¡El mundo de hoy es Dios y el mundo del futuro también!

El mundo es de Dios y todo lo que hay en el mundo también. Dios es el creador de todo lo que existe y también el sustentador. No existe nada que exista en este mundo, excepto el pecado y el mal, que no haya sido hecho por Dios, ya en forma directa (la creación original) o ya en forma indirecta (las cosas que existen a partir de la creatividad de sus criaturas).

Los seres humanos no somos dueños del mundo, sino sus administradores. Este hecho es clarísimo. Dios creo al hombre y le entregó el dominio y la administración sabia del mundo y lo que en él existe (Génesis 1:26-31). Aunque no somos dueños del mundo, sí somos responsables de cuidarlo para la gloria de Dios y para el bien de todas las criaturas que habitan en él. El autor del libro de Salmos se maravilló del privilegio que Dios dio al hombre al colocarlo como su administrador del mundo (Salmo 8:1-9).

El hombre falló como administrador del mundo desde el principio y cedió esa su posición en beneficio del diablo, su adversario, cuando desobedeció a Dios y le obedeció a él (Génesis 2:16-17; 3:1-6). Este hecho trágico, trastocó y atrajo el mal, el sufrimiento y la muerte a este mundo, que quedó “bajo” el dominio del diablo (Génesis 3:8-24; Romanos 5:12-14; Lucas 4-7; 1 Juan 5.19). El diablo, el enemigo de Dios y del hombre, es un usurpador en este mundo. Él rige el sistema del mal y del pecado (Hechos 26:16-18). Todos los hombres y mujeres que no aman ni obedecen a Dios ni a Jesucristo Su Hijo están bajo su dominio (1 Juan 5:19). Empero, el dominio y el regir del diablo no es ilimitado y ya pronto llegará a su final (Juan 12:31; 1 Juan 3:8; Apocalipsis 12:7-12; 20:1-10).

No olvidemos que el mundo es de Dios. Nadie excepto él lo conduce. El origen, la permanencia y el fin de este mundo es un asunto de Dios, no del hombre. Nosotros no estamos en ignorancia respecto al mundo ni a todo lo que en él existe. Tenemos la palabra de Dios, la Biblia, y ella es la que nos instruye y la que nos da el conocimiento para vivir en este mundo conforme a la voluntad de Dios.

Los cristianos tenemos que ver al mundo como Dios nos enseña en la Biblia. Y la Biblia es clarísima en que Dios ama al mundo y a todo lo que en él existe. Jesucristo vino para redimir al mundo (Juan 3:16-21). Su obra de salvación incluye también la redención del mundo en tanto creación de Dios. Es más, la Biblia también es directa y transparente en el hecho de que toda la creación está a la espera de la manifestación de la salvación definitiva de Jesucristo (Romanos 8:19-23).

Para nosotros los seguidores de Jesucristo el mundo es nuestro campo de misión (Marcos 16:15). Estamos llamados a ir a todo el mundo llevando el evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Toda criatura que habita este mundo debe oír el evangelio y somos nosotros los encargados de anunciárselo. ¡Qué Dios nos ayude y nos mueva a testificar de Jesucristo en todo el mundo!

Finalmente, cuando llegue el tiempo y Jesucristo se manifieste para consumar su eterna salvación visiblemente, Dios destruirá con fuego a este mundo y a estos cielos (2 Pedro 3:5-12). La destrucción de este mundo no implica su extinción, sino su recreación. Dios hará trocará este mundo en un mundo nuevo. Está escrito: “Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los que mora la justicia.” (2 Pedro 3:13).

Todos los que estamos en este mundo estamos convocados a escapar de la destrucción que lo transformará y que lo hará nuevo y eterno. Jesucristo es la clave para ser salvo del juicio que destruirá este mundo. El murió por nuestros pecados y resucitó de los muertos para darnos vida. Nos toca creer en él y seguirle mientras estamos vivos en este mundo.

Hoy es el tiempo de creer y de seguir a Jesucristo. Solamente los creyentes y temerosos de Jehová del AT y los creyentes en Jesús desde el tiempo del NT en adelante que han vivido en este mundo que es de Dios, vivirán en el mundo nuevo con Dios por toda la eternidad. (Apocalipsis 21:1-8).

¡Qué Dios nos abra los ojos y que nos convenza de seguir a Jesucristo Su Hijo de una vez para siempre!

Amén.

¡Una reflexión por un año más de existir, ser y vivir en este mundo!

¡Existimos, estamos aquí, este es un hecho grandioso que escapa a nuestra voluntad y a nuestra determinación!

¡Nosotros no tuvimos nada que ver en nuestra existencia, nuestro ser y nuestra vida!

Nuestra existencia fue una determinación divina. Dios, nuestro creador, decidió que existiésemos e hizo lo necesario para que así fuese. Si no fuese por la decisión de Dios nuestro hacedor y formador, nosotros no existiríamos, ni fuésemos, ni viviésemos. Dios asumió el desafío de crearnos y traernos a la existencia en este mundo presente.

Luego de Dios, y por la voluntad y la disposición de nuestro hacedor, nuestra existencia dependió de las decisiones de todos nuestros antepasados, siendo los más cercanos e íntimos, nuestros padres. Fueron las decisiones que tomaron nuestro padre y nuestra madre las que determinaron nuestra existencia y nuestro ser.

Existir es mejor que no existir.

Ser es mejor que no ser.

Y vivir es mejor que no vivir.

En mi peregrinaje por este mundo solamente he encontrado hasta hoy a un joven que cuestionaba su existencia, su ser, su vida. Él estaba incómodo e insatisfecho por existir y ser. Él, aunque vivía, esta inconforme, en última instancia, con quienes determinaron que estuviese vivo.

Escucharle para tratar de comprenderle fue un desafío grande para mí.

Ese muchacho no estaba conforme por no haber tenido la opción de no existir ni ser. Él creía firmemente que tenía que haber sido consultado respecto a si quería tener vida. Estaba frustrado por no haber tenido parte en la decisión previa a su existencia y a su ser. (¿Qué será de este joven?).

Fue curioso hablar con él. Pero ni él ni nadie que existe y es tuvo parte en su existencia y su ser.

Yo estoy contexto de existir y ser. Estoy contento con el hecho de que Dios me haya formado y hecho. También estoy contento con las decisiones que tomaron mis padres y mis antepasados para que existiese y fuese.

Hoy (20 de junio) es el día que Dios me trajo al mundo.

Hoy es el día que mi madre me alumbró.

Hoy es el día en que se le anunció a mi padre que tenía otro hijo varón.

(Mi padre también nació 20 de junio, por cierto. Pero él ya no está aquí, Dios se lo llevó a su presencia. Mi padre conocía y seguía a Jesucristo, el camino, la verdad y la vida).

La existencia, el ser y la vida son dones preciosos. ¡Gracias doy a Dios y a mis padres por darme existencia, ser y vida! ¡Estoy feliz de que ellos determinaron que yo existiese, fuese y viviese!

Examino mi historia en esta tierra y veo la bondad y la misericordia de Dios.

Analizo mi vivir y veo la buena voluntad de mis padres y hermanos.

¡Es bueno existir, ser y vivir … aun cuando nosotros no hayamos tenido parte en la determinación que decidió que estemos aquí!

Aunque no hemos decidido nuestra existencia ni nuestro ser, el cómo es que vivimos ya que existimos y estamos aquí sí que es nuestra responsabilidad. Asumámosla con determinación y diligencia.

Asumamos nuestra existencia y nuestro ser y vivámoslas para Dios y para hacer lo bueno. Vivamos con gratitud y alegría. Disfrutemos o suframos cada momento con gozo mientras podemos.

Aprovechemos nuestro existir y nuestro ser para buscar a Dios nuestro hacedor por medio de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Dios nos dio la existencia, el ser y el vivir, y quiere que nos acerquemos a él por medio de Jesucristo Su Hijo Unigénito. Jesucristo vino a salvarnos y murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos para que nosotros podamos experimentar y ver la gloria de Dios.

¡Busquemos a Dios en Cristo Jesús para que podamos existir y ser y vivir junto a él por toda la eternidad!

Dios nos dado sus mandamientos en la Biblia, Su Palabra, para que los aprendamos y los sigamos. Dios también está presto a hacernos entender sus mandamientos. Los mandamientos de Dios nos dirigen hasta Jesús, quien es el camino que nos lleva a Dios.

¡Aprovechemos nuestra vida en este mundo para obtener el perdón de pecados y la vida eterna por medio de Jesucristo para vivir con Dios en el mundo nuevo que él trae para todos nosotros que creemos en Jesucristo y le seguimos!

Amén y amén.

“Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.”

(Apocalipsis 21:3-4).

¡La fe salvadora y el conocimiento son interdependientes entre sí!

El saber y la fe bíblica son interdependientes entre sí. La fe bíblica es la única fe que salva verdaderamente y requiere conocimiento. Solamente esta fe, que surge y se basa en el saber, satisface, agrada y honra a Dios.

La Biblia es clarísima respecto al hecho de que todo aquel que cree en Jesucristo deja la perdición y tiene ya vida eterna. El perdón de pecados y la libertad de toda condenación está al alcance de todo pecador por la fe en Jesucristo.

La justificación ante Dios, es decir, el ser declarado justo, el ya no ser culpable de ningún pecado, el ser inimputable ante Dios, es una realidad y un hecho ciertísimo por la fe en Jesucristo para todo pecador que cree en él y le sigue. Está escrito: “Justificados, pues, por la fe, tenemos para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.” (Romanos 5:1-2).

La fe bíblica es crucial para nuestra vida en esta tierra y también para nuestra vida en la eternidad. Necesitamos esta fe bíblica; nos es indispensable poseerla. Debemos tener la certeza de que nuestra fe es fe bíblica.

La fe bíblica está fundada en el saber, en el conocimiento, no en la ignorancia ni en la superstición. La ignorancia, la desinformación y la superstición son incompatibles con la fe bíblica. La fe bíblica no es posible sin el conocimiento y sin el saber de la palabra de Dios. En la iglesia de Jesucristo, el conocimiento de la Biblia, las Sagradas escrituras, es imprescindible.

Es el conocimiento que viene de oír la palabra de Dios el que origina la fe bíblica. El apóstol Pablo argumentó y demostró ese hecho cuando escribió que la salvación en Cristo Jesús estaba al alcance de todo aquel que invocaba su nombre (Romanos 10:1-13). Su argumentación por medio de preguntas es elocuente y es muy fácil entender. El conocimiento que resulta de escuchar la palabra de Dios es vital para que la fe que salva se origine y nazca en todo aquel que cree y sigue en Jesús. (Romanos 10:14-17).

El hijo de Dios, que llega a serlo por recibir y creer en Jesús (Juan 1:12-13), necesita crecer en la fe bíblica. Esa fe que le hizo salvo le es indispensable para vivir agradando y glorificando a Dios en su vida diaria. Es su deber acrecentarla y afirmarla. Se le exhorta, por tanto, a desear “como niños recién nacidos” la palabra de Dios (1 Pedro 2:2). Dios quiere hijos adultos, que saben y entienden su voluntad, que están entrenados, y que son aptos y capaces de hacer el bien en cualquier circunstancia que les toca vivir (2 Timoteo 3:16-17).

La fe bíblica y el conocimiento de la palabra de Dios se nutren y se engrandecen entre sí. Dios quiere que los discípulos de Su Hijo sean libres, verdaderamente libres, es por eso que se les demanda que conozcan y permanezcan en la palabra de Cristo (Juan 8:31-32). La permanencia de los discípulos y el saber de la palabra de Dios son interdependientes. Dios lo sabe y es por eso que él quiere que sus hijos sean siempre gente que sabe y que conoce bien su voluntad, la cual está escrita en la Biblia, la palabra de Dios.

El conocimiento es vital en la firmeza de nuestra fe. El saber nos es crucial para la fe que agrada a Dios y lo glorifica. Dios quiere estemos muy bien informados en la verdad que viene únicamente de él. Asegurémonos de que nuestra fe esté fundada en el saber y el conocimiento de la palabra de Dios.

El conocimiento de lo que Dios ha preparado para nosotros sus hijos está a nuestro alcance. Nadie, excepto los seguidores de Cristo pueden entender las cosas que Dios ha revelado en la Biblia. Dios envió al Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, para que nosotros sepamos y conozcamos lo que él tiene para nosotros. Nosotros somos los portavoces de Dios en este mundo. Dios quiere que el mundo conozca su salvación en Cristo por medio de nosotros y nosotros necesitamos conocer y hablar de esa salvación con la ayuda del Espíritu Santo. Está escrito: “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.” (1 Corintios 2:12-13).

El saber y la fe bíblica van de la mano. La fe bíblica y el conocimiento son íntimos amigos. La fe de los discípulos se origina, crece y se afirma en el conocimiento de la verdad de Dios revelada en la Biblia.

Es justamente porque la fe bíblica se origina y engrandece con el conocimiento que se dice de ella, “que hace entender” y “que es convicción” y “certeza” (Hebreos 11:1-3). Honremos esta fe, teniéndola y mostrándola cada vez más firme y grande, hermanos.

Dios quiere que nuestra fe se acreciente por el saber de su voluntad, hermanos. ¡Conozcámosla, leyendo y oyendo la palabra de Dios que está en la Biblia!

El tamaño y la firmeza de nuestra fe están íntimamente relacionada con cuánto sabemos lo que Dios nos dice en la Biblia. ¡Estudiemos y aprendamos la Biblia tanto como podamos, hermanos!

¡Qué Dios nos ayude con Su Espíritu a aumentar y a acrecentar nuestra fe por medio de aumentar y acrecentar nuestro conocimiento de la Biblia día tras día! Amén.

Pablo y su modo de enseñar a los creyentes – Hechos 20.20, 27

Hechos 20:24, 27 testifica de la filosofía de enseñanza de Pablo, siervo y apóstol de Jesucristo. El modo de enseñar de Pablo tiene que “revivir” y volver a ser usado al discipular a los hijos de Dios.

Pablo tenía urgencia por predicar el evangelio y enseñar la verdad de Dios. Su pasión le hacía testificar de Jesús a todos cuantos podía en todo lugar al que llegaba. Él estaba siempre en movimiento. Siempre estaba yendo más allá. Su meta lo obligaba a vivir así: Pablo anhelaba que Jesucristo y su salvación fuesen conocidos por cada criatura en todos los pueblos y ciudades de su tiempo. 

Después de Jesucristo, Pablo es el protagonista bíblico más crucial en el Nuevo Testamento.

La vida de Pablo y todo su trabajo en la extensión del evangelio de Cristo son un desafío grande. 

Su declaración en Hechos 20:24, 27 sobre cómo enseñó es un reto tremendo: “… y como nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas … porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios.” (Hechos 20:24, 27). Pablo resume su trabajo de enseñanza de la palabra de Dios en esas palabras.

Él enseñó a los discípulos de Cristo todo lo que les fuese “útil” y “todo el consejo de Dios”. ¿Cómo lo hizo? Sus palabras sugieren su cómo. Él enseñó el “todo” usando cómo bosquejo rector “lo útil”. Pablo tuvo la habilidad, que era propia de los maestros de aquellos días, de enseñar por medio de resumir “el todo” de la escritura a través de lo que le era “útil” a los discípulos en su propia circunstancia particular.

La voluntad de Dios, lo que él quiere que nosotros hagamos no es tan complicada. Dios es claro y sencillo en sus peticiones a nosotros los seres humanos. Sus peticiones son fáciles de conocer y entender (Génesis 2:16-17; Génesis 6:9-22; Génesis 12:1-4; Deuteronomio 10:12-13; Juan 6:39-40). El conocimiento bíblico no es ya un misterio y ahora menos.

Pablo entendía que tenía que enseñar y enseñar y lo hizo. Él resumía su enseñanza. El corazón de su enseñanza siempre fue la salvación eterna de Dios a los pecadores por medio de Jesucristo, Su Hijo Unigénito. Sus discursos resumían esa salvación y son muy sencillos de entender. Él exponía la escritura centralizando a toda ella en Cristo Jesús como Señor y Salvador (Hechos 9:20-22; 13:13-52; 14:14-18; 16:29-34; 17:1-4, 22-34; 19:1-7; 20:17-38; 21:37-22:22; 24:10-27; 26:1-32; 28:17-31). 

Pablo conocía sus limitaciones al enseñar. Él quería que todos los que creen y siguen a Jesucristo supiesen “todo el consejo de Dios” y todo lo que les fuese “útil” para vivir sirviendo y agradando a Dios. Él veía la urgencia de su labor y de la misión encomendada y lo limitado de su tiempo. Él no podía estar ni todo el tiempo ni mucho tiempo en todo lugar.

Pablo, en consecuencia, resumía lo que Dios reveló en el Antiguo Testamento. El hilo conductor de su resumen era Jesucristo y Su Salvación y es así como instruía y enseñaba. Él entrenaba diligente y rápidamente. Capacitaba a los discípulos como lo hacen los instructores militares a los reclutas que de inmediato van a la guerra. Pablo entregaba a los discípulos “todo el consejo de Dios” y lo que les era “útil” en entrenamiento intensivo y concentrado.

Pablo quería que los discípulos y las iglesias supiesen, que conociesen, que estuviesen informados. Para él, la ignorancia y el desconocimiento de la revelación de Dios no era propia de los hijos de Dios ni de la iglesia de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 15:14; 1 Corintios 2:9-13; 1 Tesalonicenses 4:13-5:11). Él anhelaba gente entrenaba y perfeccionada y es por eso que enseñaba y predicaba “todo el consejo de Dios” y todo lo “útil” a los discípulos y a las iglesias a tiempo y fuera de tiempo (2 Timoteo 3:10-4:5).

Pablo interpela a los pastores, maestros y predicadores de hoy. ¿Conocen los discípulos y la congregación “todo el consejo de Dios” y todo lo que les es “útil” para agradar a Dios y extender la verdad de Dios? ¿Está instruida, capacitada y perfeccionada en las sagradas escrituras nuestra congregación? ¿Conocen la Biblia y pueden decir qué es lo ella dice sobre Dios y su salvación por medio de Jesucristo? ¿Pueden ellos presentar ordenadamente la obra de Dios en el pasado, en el presente y en el futuro por medio de la Biblia?

La Iglesia tiene que conocer “todo el consejo de Dios” y todo lo que es “útil” para agradar y glorificar a Dios. Todo hijo de Dios tiene que estar instruido en toda la Biblia, no solo en partes de ella. La Iglesia es columna y baluarte de la verdad y tiene que saber y conocer toda esta verdad que Dios ha revelado y que está en la Biblia

Enseñar a todos los hijos de Dios y a toda la iglesia “todo el consejo de Dios” y todo que es “útil” es un gran desafío para todos aquellos que enseñan y predican la palabra de Dios.

Pablo asumió ese desafío y encontró su método para instruir a los discípulos y a las iglesias de su tiempo. Enseñó “todo el consejo de Dios” y todo lo que es lo “útil”. Todos los que entrenó fueron bien capacitados por él.

Enseñar toda la Biblia por medio de lo que es útil y vital en ella es el reto de hoy. Instruir y capacitar a nuestros hermanos en Cristo en el todo de la fe es una necesidad que hay que suplir. ¡Qué Dios nueva y de sabiduría a quienes enseñan y predican la palabra de Dios para que enseñen y encaminen a la iglesia y a cada hijo de Dios en el conocimiento de todo el consejo de Dios que está en la Biblia!

¡La ansiedad “deshace” y “desalienta” el alma, pero hay remedio contra ella!

La ansiedad es un estado de agitación, inquietud y zozobra del ánimo. En esta condición,  los ansiosos se llenan de angustia, de incertidumbre, de desasosiego, de intranquilidad, de congoja.

El ansioso no vive en paz. El ansioso siempre está turbado. El ansioso permanentemente está agitado e intranquilo. Está intranquilo y abrumado por lo que necesita para vivir cada día. Está nervioso e inquieto por sus relaciones personales. Está sin paz porque no sabe si podrá mantener lo que tiene o recuperar a quienes estaban a su lado y se le han ido.

El ansioso no disfruta la vida. El ansioso siempre está cansado, cargado y lleno de pavor. El escritor del salmo 119 expone esa su ansiosa zozobra y su efecto en su ser más profundo con esta declaración: “se deshace mi alma de ansiedad”.

El alma del salmista, su ser interior, la parte vital de él, que es donde tiene su fuerza, su energía, su ánimo y su motivación para vivir, trabajar, amar, sufrir y gozar en esta tierra, estaba “deshaciéndose”, “descomponiéndose”, “desbaratándose” y “desarticulándose”. La condición de su alma, que es sede de sus pensamientos, emociones y voluntad, estaba mal, realmente mal, muy mal.

Son muchos los hombres y mujeres que pasan por momentos así en su peregrinaje en esta tierra. Estoy pensando en mí y en muchos otros que conozco mientras escribo. La vida es buena y bella, pero complicada y difícil. El mundo es hermoso y lleno de bien, pero también tiene fealdad y maldad. Los seres humanos que nos rodean, tanto los cercanos como los más lejanos, tienen virtudes y bondad, pero también pecado y maldad.

Al vivir tendremos problemas, frustración, decepción, sufrimiento, etc. “El alma que se deshace de ansiedad” no contribuye a enfrentar la vida tal como es. Necesitamos encontrar la cura contra la ansiedad porque la vida sin decepción, ni frustración, ni dolor, ni angustia no existe en esta dimensión.

El remedio contra la ansiedad y su efecto debilitador y “desintegrador” de nuestra alma sí existe. Sí hay cura y medicina para que nuestra alma no se “deshaga” por la ansiedad. La cura está en Dios y en Su Palabra, que es la Biblia.

En el mismo texto en el que el salmista expresó la condición de su alma por la ansiedad, él presentó el remedio y la cura para su situación. Él dijo: “Se deshace mi alma de ansiedad; susténtame según tu palabra.”

El remedio contra la ansiedad y el quebrantamiento del alma está en Dios. Tenemos que hablar con Dios cuando estamos así. Digámosle a Dios nuestra situación. Contémosle lo que nos pasa. Narrémosle con confianza lo que nos pasó, nos pasa y suponemos que nos pasará. Pongamos delante de él lo que nos ahoga, inquieta y desalienta. Hablar con él nos curará, fortalecerá y animará.

El remedio y la cura para restaurar y mantener saludable y fuerte nuestra alma también está en la palabra de Dios. Leamos su palabra. Creamos todo lo que está escrito. Alimentémonos de las palabras de Dios que están en la Biblia porque ellas son “… espíritu y son vida.” (Juan 6:63). Esperemos y fortalezcámonos en las promesas de Dios que están en la Biblia porque ellas “… son fieles y verdaderas.” (Apocalipsis 22:6).

La ansiedad está allí, “en” nuestro entorno. La ansiedad “quiere” deshacer nuestra alma. No nos dejemos “capturar” por ella. Pongámosle freno y vacunémonos contra ella hablando con Dios en oración y sustentándonos con su palabra bendita.

Jesús, nuestro Señor y Salvador, dijo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33). Jesús nunca ofreció que la fe en él nos “garantizaba” una vida sin aflicción. No, él nunca nos ofreció nada de dificultades. Al contrario, él nos anticipó las aflicciones al vivir en esta tierra. Sin embargo, juntamente con esa anticipación, él nos dijo que la paz y el sosiego para vivir animados y victoriosos en este mundo difícil se encuentra en vivir en él.

¡Qué Dios nos sustente con nuestra fe en Jesús y en su palabra para vivir íntegros, fuertes, gozosos y optimistas aun cuando el afán y en la ansiedad asedien nuestra alma para deshacerla!

¡Vivamos en Jesús, creamos y confiemos en Dios, hablémosle de lo que nos acontece y recibamos su sustento a través de su palabra que está en la Biblia!

Amén.

¡El diablo te quiere derribar y está a tu acecho!

Tienes un enemigo vivo y activo. Está furioso y te tiene muchísimas ganas. Quiere devorarte, tragarte. Quiere derribarte y destruirte. Su intención contra ti, contra los tuyos, contra lo que te sostiene y contra lo que amas, no es nada buena.

Él quiere que tenerte derribado, cabizbajo, sin ánimo, sin ganas y sin nada de gozo ni fuerza.

Él te quiere inútil e improductivo para con Dios y su obra.

El diablo es tu adversario, tu enemigo. Él existe y está activo a tu alrededor. Tú, los tuyos, lo que posees y lo bueno que anhelas son su blanco. Necesitas estar prevenido y alerta. Necesitas protegerte y proteger a los tuyos espiritualmente en forma diaria y constante.

Dios nos advierte y nos revela al diablo y a sus intenciones para con nosotros y para con los que nos rodean. Dios no nos ha dejado a oscuras respecto a este nuestro formidable y feroz adversario. Dios en la Biblia, Su Palabra, nos habla clara y crudamente de nuestro adversario y lo que hace en nuestra contra.

Dios quiere que vivamos con todas nuestras facultades bajo control y en alerta y vigilancia constantes. Dios sabe que tendremos victoria contra el diablo si es que le hacemos caso y vivimos como él nos instruye y manda. El apóstol Pedro expresa esta voluntad victoriosa de Dios para con nosotros en forma elocuentemente. “Sed sobrios, y velad”, nos dice. Su petición a nosotros es vital y tenemos que hacerle caso.

La sobriedad que nos demanda Dios tiene su antónimo en la ebriedad propia del bebedor de licor, que hace perder nuestras facultades. La sobriedad optimiza y multiplica nuestras facultades físicas, mentales y espirituales. El sobrio está alerta y vigilante. El sobrio está despierto y en custodia constante, como centinela y guardián responsable. Los cristianos tenemos que estar con todos nuestros sentidos despiertos y en guardia permanente para vencer y resistir al diablo y a sus ataques.

Si crees en Jesús y le sigues de corazón tienes que vivir en alerta y vigilancia constante “… porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar”. Tenemos que estar alertas y vigilantes porque tenemos al diablo como enemigo y él es un enemigo formidable. No podemos darle ventaja sobre nosotros. Tenemos que tomarle en serio y resguardarnos de él y de sus ataques en todo momento. No menospreciemos ni minimicemos a nuestro contrincante el diablo.

El diablo es nuestro adversario. Él está contra nosotros. Es nuestro enemigo, nuestro rival. Su encono contra nosotros es mayor desde que abandonamos sus huestes y nos unimos a Dios por medio de la fe en Jesucristo Su Hijo. Desde ese día de tu conversión el diablo te puso en la mira. El diablo se pone más furiosos y peligroso contra ti cuando te ve fiel y esforzado en agradar a Dios cumpliendo su voluntad. La energía, la fuerza y el furor diabólico lo mueven a marchar agresiva y ferozmente alrededor tuyo para devorarte y engullirte entero… si se lo permites por descuido.

Hagámosle caso a Dios y vivamos sobria y vigilantemente al transitar este mundo. Nosotros estamos de paso en esta tierra. Nuestro destino es el mundo eterno que Dios tiene para nosotros. En este mundo eterno nosotros tenemos morada segura y lo que es mejor, allí viviremos con Jesucristo, nuestro Salvador, y con nuestro buen y eterno Dios.

La victoria contra el diablo y sus asechanzas es segura si es que vivimos sobriamente. Pedro nos desafía a no ser cobardes ni medrosos ante el diablo. Él nos anima a “resistid firmes en la fe” al diablo. No estamos obligados a someternos a nuestro adversario, sino al contrario, tenemos que oponernos e ir en contra de su voluntad siempre.

El diablo es el adversario de todos los cristianos. Él se opone y está en contra de los cristianos cercanos y lejanos. Todos los cristianos del mundo sufrimos padecimientos propios de sus asechanzas y ataques. Pedro lo expresa así: “… sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo.” Ningún hijo de Dios está excepto de padecer algo del diablo. Con todo y esto que todos los cristianos padecemos, la victoria contra el diablo es segura, pues, todos cristianos del mundo están resistiéndole y oponiéndose a su asechanzas. Amén y amén.

Dios es más fuerte que el diablo y el cristiano que se somete a Dios siempre será más fuerte y firme que su diabólico tentador. Fortalezcámonos en Dios y en el poder su fuerza constantemente y tendremos victoria contra el diablo en forma continua. Velemos y oremos a Dios para obtener ayuda y socorro triunfante contra nuestro adversario. Obedezcamos a Dios y a su voluntad y seremos victoriosos siempre.

¡Qué Dios nos ayude a resistir constantemente a nuestro acechador enemigo! ¡Qué Dios nos ayude a combatir espiritualmente contra el diablo para proteger así a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, a nuestros familiares, a nuestros hermanos en Cristo y a nuestros amigos de sus acechanzas! ¡Qué Dios nos ayude a obedecer su palabra escrita en la Biblia para obtener victoria contra nuestro adversario el diablo constantemente! Amén.

Dios y nuestro pasado, presente y futuro.

El pasado es inmutable. Lo vivido, vivido está. No podemos enmendar el pasado; no podemos volverlo a vivir.

Nuestro presente es resultado de nuestro pasado, pero no tenemos que anclarnos en él. Debemos mirar hacia atrás para sacar lecciones para nuestro presente y para nuestro futuro, pero no tenemos que vivir mirando el retrovisor a cada instante ni en todo el tiempo.

Son muchos los seres humanos que viven su presente y su futuro añorando su vida pasada. Unos, añoran sus buenos tiempos y lo extrañan. Otros, se lamentan de sus experiencias malas y viven afligidos, enojados, amargados.

No es bueno ni práctico vivir así.

Israel, el pueblo escogido de Dios vivía atado al pasado y eso le estorbaba porque nublaba sus ojos y no “veía” a Dios y a su obrar. Algunos judíos pensaban tanto en los buenos tiempos de antaño que no veían ni aprovechaban lo que Dios estaba haciendo en su presente. Otros judíos estaban constantemente tristes por sus pretéritos sufrimientos y males y no disfrutaban lo bueno de su presente ni estaban expectantes a lo nuevo que Dios les traería en su futuro.

Dios le habló a Israel respecto al pasado y con esas sus palabras nos habla hoy sobre eso mismo a nosotros. Él dice: “No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas” (Isaías 43:18). “Olviden” el pasado. “Dejen” atrás las cosas que ya ocurrieron. Eso le dijo claramente. Obviamente, Dios no quería que su pueblo “viviese” el pasado en su presente. Nosotros tampoco debemos vivir “añorando afanosamente” lo bueno ni lo malo de lo que ya fue.

El presente exige concentración, dedicación y enfoque total.

El futuro y lo nuevo que viene en él demandan nuestra alerta maximizada.

Como Dios estuvo con nosotros en el pasado, está en el presente y estará en nuestro futuro. Dios no cesa de hacer su obra y nosotros tenemos estar abiertos a lo que él está haciendo hoy y a lo que él hará mañana.  Dejar de vivir en el pasado es vital para ver lo nuevo de Dios en nuestro presente y en nuestro futuro.

Dios quería a Israel atento y abierto a su accionar en su presente y en su futuro.

Sus palabras a Israel también son para nosotros. Él dijo: “He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad” (Isaías 43:18). Dios siempre hace nuevas cosas. Dios siempre está abriendo caminos. Dios nunca nos deja solos. Siempre tenemos que estar atentos a lo que Dios hace.

No debemos ser ateos al vivir.

No estamos solos al estar en esta tierra.

Siempre tenemos a Dios y él siempre está interesado en nosotros. Nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro están en sus manos. Como Dios estuvo en nuestro pasado, está en nuestro presente y también en nuestro futuro.

Dios está siempre.

Dios está obrando en todo momento.

Dios siempre está interesado en nosotros y en nuestro bien.

Miremos nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro en función a lo que Dios dice. El pasado debe quedar atrás, dice Dios. Dios está haciendo su obra en nuestro presente y debemos verla y conocerla para disfrutarla y maravillarnos. Dios, asimismo, hará “camino” y “río” nuevo en nuestro futuro.

Nunca estamos solos y abandonados.

Nunca estamos acorralados y perdidos.

Nunca ya no hay nada que hacer.

Nunca debemos debemos darnos por derrotados.

En nuestro pasado las cosas ya están hechas, pero en nuestro presente y en nuestro futuro siempre hay opciones, maneras, rutas y experiencias nuevas. La presencia de Dios y su obrar misericordioso y bondadoso garantizan compañía, ayuda, salida y socorro novedoso. ¡Dios abre camino donde no hay y él hace germinar donde está seco!

La presencia de Dios y su buena voluntad para con nosotros garantizan otra oportunidad, otro comienzo, otra vida. Si reconocemos a Dios presente y activo podemos esperar curación y sanidad para toda herida del alma. Mientras estamos vivos siempre hay un nuevo amanecer, un nuevo día y un nuevo florecimiento.

No nos encerremos en nosotros mismos.

Tampoco vivamos “dependientes” y en función del obrar de quienes nos rodean.

No nos demos por vencidos. No tiremos la toalla por más incapacitados e impotentes que nos sintamos y nos veamos.

Miremos a Dios y esperemos su nueva obra, su nueva vida, su nuevo camino, su nuevo río.

Dios se reveló y se revela a nosotros hoy por medio de Jesucristo y la obra de su Espíritu Santo en concordancia con la palabra de Dios que está en la Biblia y es por eso que nosotros estamos llamados a tener una perspectiva suya de nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

¡Qué Dios nos ayude a estar atentos y a ver a Dios y su hacer en todo tiempo!

¡Dios está siempre y nosotros contamos con él en cualquier circunstancia!

Amén.

¡Hasta setenta veces siete! – Mateo 18.21-22

“Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:21-22).

El pecado, el maltrato, el insulto y el menosprecio de otro contra uno deja el alma seca, árida, desalentada, débil y chamuscada … como suelo sin agua y fuerte sol abrazador.

El desánimo y la flaqueza causada por la traición, ofensa, injusticia y maldad de otro contra uno son muchísimo más grandes cuando ese otro es cercano e íntimo.

Las emociones son trastocadas horriblemente desde que se sabe que el hermano, amigo, compañero íntimo o la persona más estimada … ha actuado deslealmente.

Este momento es el peor momento que puede vivir un ser humano.

La carne, el mundo y el diablo aprovecharán ese momento para sacar lo peor de él. Ese momento es crítico para todo ser humano, pero muchísimo más para quienes profesan genuinamente fe en Jesucristo, quien es Dios que se hizo Hombre para redimir y perdonar de su pecado y su deslealtad contra Dios a toda persona.

En un momento así el seguidor de Jesucristo puede traicionar la vocación a la que Dios lo llamó. La vocación del cristiano es obedecer e imitar a su Señor y Salvador. En este sentido y en el contexto de una situación como la descrita, Dios y Jesucristo quieren que el cristiano perdone, perdone, perdone. Los discípulos de Jesucristo tienen que vivir perdonando siempre y siempre.

El hijo de Dios, empero, será tentado a vengarse, a resentirse, a odiar, a querer pagar mal por mal, etc. La decepción, frustración, incertidumbre, desesperanza y la tristeza le abrumarán el alma. Las emociones pecaminosas contra el ofensor inundarán lo más profundo de su ser.

El Espíritu Santo, empero, le dará consuelo y fuerzas y le hará recordar que perdonar siempre durante toda su vida es el camino de Dios ha preparado para él. El hijo de Dios está llamado a perdonar ofensas, traiciones, malos tratos, insultos, injusticias, heridas físicas, y espirituales. Ese es el desafío de Jesucristo a todos sus seguidores.

El apóstol Pedro sabía que debía perdonar a su hermano cuando éste pecaba contra él. De ese su deber de perdonar a su hermano estaba seguro. Pero Pedro tenía una duda y es por eso que hizo esta pregunta a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” (Mateo 18:21).

Pedro quería saber a partir de qué número de ofensa él ya no estaba obligado a perdonar. La pregunta de Pedro es también la pregunta de muchos de los pecadores perdonados del presente.

La fe cristiana es una fe ligada al perdón.

Los cristianos nos hemos hecho cristianos porque necesitamos perdón y porque oímos que Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, da perdón a todo pecador que cree en él y le sigue de todo corazón.

Todos los cristianos saben que tienen que perdonar. Muchos de ellos, incluso, están dispuestos a perdonar. Empero, en el fondo de su ser, todos, como Pedro, “tienen” un límite y una cantidad máxima de ofensas que “creen” pueden y deben perdonar.

Pedro dio un numero tentativo máximo de ofensas a perdonar. Su número tentativo fue siete. Otros pueden dar un número mayor o un número menor. Pero todos quieren definir la cantidad y la gravedad de ofensas a perdonar.

Jesús, nuestro Señor y Salvador, empero, no estuvo de acuerdo con Pedro. Tampoco está de acuerdo con cualquiera que fije un máximo de ofensas a perdonar. Para Jesucristo, sus seguidores deben perdonar siempre, siempre, siempre.

La palabra de Jesús a Pedro, y a todos nosotros sus seguidores, respecto a cuántas ofensas debemos perdonar es la siguiente: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22).

¿Esto significa que debemos estar contando y chequeando cada ofensa y pecado que nuestro prójimo comete contra nosotros a fin de que al llegar a 490 dejemos ya de perdonarle? No, no y obviamente no.

Jesús no está instruyendo a sus seguidores a que tengan un sin número de cuadernos a su alcance para que anoten constantemente cada ofensa que cometen contra ellos sus semejantes. No. Lo que Jesús les está diciendo es: “Perdonen sin llevar cuenta ni de la cantidad, ni del tamaño ni de la gravedad de las ofensas cometidas. Perdonen siempre a sus ofensores.”

Los discípulos de Jesucristo recibimos de parte de Dios un perdón ilimitado. En Cristo, Dios nos perdonó, nos perdona y nos perdonará constantemente. En consecuencia, Dios demanda también que todos quienes siguen a Jesús perdonen las ofensas de sus semejantes siempre y siempre.

Perdonar una o más ofensas no es fácil para nadie. Perdonar todas y cualquier tipo de ofensas es complicado. Pero perdonar sincera y genuinamente siempre, siempre y siempre es imposible para todos los seres humanos, pero no para quienes siguen a Jesucristo.

Los discípulos de Jesús estamos llamados a perdonar a nuestros ofensores porque tenemos el ejemplo perdonador de Dios, el sacrificio vicario y salvífico de Jesucristo a favor de los pecadores, y la presencia y la capacitación del Espíritu Santo en nuestro ser. No tenemos excusa para no perdonar a quienes nos ofenden. Tampoco podemos desechar a ningún pecador u ofensor nuestro. Estamos llamados a perdonar siempre, siempre y siempre… “Hasta setenta veces siete”.

¡Qué Dios nos ayude a perdonar como perdonó Jesús a todos quienes participaron en una u otra forma en su crucifixión!

¡Dios, ayúdanos a perdonar a quienes nos hacen mal como perdonó Esteban a quienes lo apedrearon hasta que muriese!

Amén.

¿Qué debemos hacer cuando pecamos contra Dios?

Todos los seres humanos somos pecadores y pecamos siempre. Nuestra naturaleza y nuestros actos pecaminosos son nuestros perennes compañeros en toda nuestra existencia en esta tierra. El pecado es nuestra tragedia y la causa de todos nuestros males y sinsabores en esta vida.

Pecar es ir contra Dios y contra su buena voluntad para con nosotros. Cuando pecamos obramos mal contra quienes nos rodean. Al obrar pecaminosamente vamos también contra nosotros mismos.

El pecado empezó en el huerto en Edén. Adán y Eva fueron los primeros seres humanos que pecaron contra Dios. Ellos no fueron creados pecadores, ellos mismos se hicieron pecadores. Se hicieron pecadores cuando desobedecieron a Dios y comieron el fruto que él ordenó que no comiesen. (Génesis 2:16-3:6).

Adán y Eva pecaron. Es un hecho.

Su acto pecaminoso trastocó toda su vida, y también la de sus descendientes. Así de grave fue su pecado y así de grave es también nuestro pecado. El pecado cambiará nuestra vida para mal, nunca para bien, excepto que nos arrepintamos y nos corrijamos pronto, pronto.

En esta nota me enfocaré en lo que Adán y Eva hicieron tan pronto como desobedecieron a Dios. Lo que hicieron no es lo que nosotros debemos hacer. Lo que nosotros debemos hacer es lo opuesto a lo que ellos hicieron.

¿Qué es lo que hicieron Adán y Eva tan pronto como pecaron contra Dios? Sus acciones inmediatas fueron: 1) Cubrirse con hojas de higuera, 2) Esconderse de la presencia de Dios, 3) Responder lo que no se le preguntó y 4) Culpar de su pecado a otros.

En terminología actual: 1) Cubrieron la consecuencia de su pecado, 2) Evitaron a Dios y no disfrutaron oír su palabra, 3) No quisieron que Dios los “viese” en su escondite y 4) No asumieron la responsabilidad de su pecado.

Estas acciones son propias e inmediatas al pecado en todo pecador, pero son las acciones que no nos ayudan a remediar nuestro pecado ni sus consecuencias. Lo que tenemos que hacer tan pronto pecamos es lo opuesto a lo que Adán y Eva hicieron.

Pienso en mí como pecador al escribir esta nota. Pienso también en los pecadores que quieren salir y levantarse de su pecado. Pienso, asimismo, en forma específica, en un hijo de Dios que ha tropezado y ha caído en pecado.

Los verdaderos hijos de Dios no nos deleitamos en el pecado. El “gozo” de la concupiscencia previa al acto pecaminoso y el “gozo” de la concupiscencia en acto mismo del pecado es muy fugaz y efímero. Ese “gozo” se disipa pronto, de inmediato. Lo único que es permanente es la vergüenza, la frustración, la culpa, la decepción, las consecuencias, etc. Para los hijos de Dios, caer en pecado es horrible.

Los hijos de Dios que pecan por hacer caso de su concupiscencia pueden ser presos por el engaño del pecado para endurecerse, para no arrepentirse, para permanecer en esa condición caída. La carne pecaminosa puede llevar al pecador creyente al punto de desalentarlo para que pierda toda esperanza de enmienda.

El diablo trabaja durísimo en la mente y en el corazón del pecador caído. Su intención y su propósito es esclavizarlo por medio de sumirlo en la desesperanza para que no se arrepienta ni se vuelva a Dios.

El pecador caído está en peligro y necesita de la intercesión de los hijos de Dios pues corre el riesgo el acostumbrarse a vivir caído.

Dios que es bueno y misericordioso no quiere que los pecadores vivan en esa triste condición. Es por eso que los busca, los llama, los escucha, los confronta y les da la oportunidad de reivindicarse por medio del arrepentimiento, la confesión y la conversión.

Por eso, y mirando el relato del cómo reaccionaron Adán y Eva al caer en pecado, quiero alistar lo que debemos hacer tan pronto como caemos en pecado:

1. Debemos reconocer que hemos pecado y no tratar de arreglar nuestro pecado sin tomar en cuenta a Dios. Adán y Eva no dijeron hemos pecado, busquemos a Dios y digámosle que lo hemos desobedecido y no sabemos qué hacer para remediar lo hecho. Ellos se cubrieron por sí mismos. Eso no solucionó su pecado. Ellos necesitaban ir a Dios para que él los dirigiese en el cómo levantarse y enmendar su pecado. Los pecadores no debemos tratar de arreglar nuestros pecados por nosotros mismos. Reconozcamos nuestros pecados y pidamos a Dios ayuda para remediarlos. ¡Dios va a ayudarnos!

2. Debemos escuchar a Dios y acercarnos a él de corazón. Dios nos dará dirección por medio de Su Palabra. Su presencia misericordiosa nos dará ánimo. Por eso no debemos tener miedo de su voz ni de su presencia. Al contrario, escuchemos su palabra y acerquémonos a él confiadamente.

3. Digámosle a Dios dónde estamos en relación a él. Seamos honestos. No ocultemos nada de lo que hemos hecho. Él sabe todo y es inútil u ocultarle de nuestra condición. Describirle nuestra condición a Dios es vital para ser ayudados por él.

4. Asumamos nuestra responsabilidad en nuestro pecado. El pecado es un asunto nuestro. Ninguno de nosotros peca forzado. Adán no fue forzado a pecar; tampoco Eva. Empero, ambos no asumieron su responsabilidad, culparon a otros. Adán culpó a Eva y a Dios. Eva culpó a la serpiente. Ninguno dijo: “Te desobedecí. Quebranté tu palabra. Fui contra tu voluntad.” No tenemos que imitar a Adán y Eva en cómo actuaron luego de su pecado. No debemos echarle la culpa a otros por nuestro pecado. Asumamos nuestra responsabilidad. ¡Qué Dios nos ayude!

El pecado tiene remedio.

Hay solución para los pecadores.

Los pecadores no estamos obligados a vivir en pecado toda nuestra vida.

En el tiempo presente Dios soluciona el problema del pecado por medio de Jesucristo. Dios envío a Jesucristo a esta tierra como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él murió por nuestros pecados, para redimirnos y liberarnos de ellos y de su condenación.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”

¡Dios bueno y misericordioso y Padre de Jesucristo ayúdanos a nosotros tus hijos a tratar con nuestro pecado como tú ordenas en tu palabra escrita que está en la Biblia! Amén.

Servicio a Dios, sí; servicio a ídolos ya no.

El cristiano genuino es uno que ha dejado de servir a los “ídolos” que servía para enfocarse y centralizarse en el servicio y la adoración del Dios vivo y verdadero.

Los hombres de hoy tenemos nuestros “ídolos”. Un “ídolo” es todo aquello que interrumpe nuestra adoración y obediencia exclusiva a Dios.

Los “ídolos” nos hacen desobedecer e ir en contra de Dios y de su palabra. Los “ídolos” pueden ser otras personas, cosas, pensamientos, hábitos, vicios, … o nosotros mismos.

La conversión verdadera implica el abandono total de los ídolos. Los que creemos y seguimos a Jesucristo debemos dejar los ídolos tan pronto como los identificamos, si es que de verdad queremos servir, adorar y agradar única y exclusivamente al Dios vivo y verdadero que nuestro Salvador vino a revelarnos.

Dios y Jesucristo esperan de nosotros sus seguidores consagración y devoción exclusivas. Nada ni nadie debe estorbar nuestra lealtad a Dios y a nuestro Señor y Salvador que vino a la tierra a salvarnos de nuestros pecados y de nuestra condenación.

Al mismo tiempo que dejamos nuestros “ídolos” y servimos consagradamente a Dios, nosotros tenemos que estar a la expectativa de la venida de Jesús, nuestro Señor.

Jesucristo viene por nosotros. Lo ha prometido y él cumple lo que promete. Su retorno es nuestra esperanza y nuestra garantía de no experimentar la ira venidera que él trae y que caerá sobre todos aquellos que no han creído en él ni le han seguido.

Cristianos de todo el mundo, creamos, sigamos, obedezcamos, sirvamos y esperemos a Jesucristo que ya pronto viene.

Dejemos todo aquello que impide nuestra adoración a Dios. Nada con los ídolos de todo tipo. Abandonemos lo que nos estorba y nos impide servir en exclusividad a Dios.

¡Dios y Padre nuestro, ayúdanos a creer y a seguir a Jesucristo de todo corazón!

¡Dios eterno y lleno de misericordia, qué la conversión de “nuestros ídolos” al Dios vivo y verdadero sea genuina y verdadera!

Amén.