¿Dijo realmente Jesús en Juan 3.16-18 lo que dijo o …?

El Calvinismo es una doctrina antigua, cuyo nombre deriva de Juan Calvino (1509 – 1564). Juan Calvino se nutrió de Agustín de Hipona (354 – 430 d.C.) para elaborar sus ideas teológicas.

La doctrina calvinista se mantiene vigente en el tiempo desde su elaboración y divulgación, y está quieta por un tiempo, pero “se despierta” de tiempo en tiempo por medio de otros maestros y predicadores, y desafía a toda la cristiandad en general con su enseñanza.

Esta doctrina tiene una visión particular de la salvación por gracia por medio de la fe que Dios ha revelado por medio de Jesucristo en las Sagradas Escrituras, La Biblia, que es la palabra escrita de Dios.

El resurgir del Calvinismo trae consigo un entendimiento algo peculiar de textos bíblicos claros y es por eso que en esta nota he decido escribir sobre uno de ellos, que es vital para nuestra comprensión del cómo Dios salva a la humanidad por medio de la fe en Jesucristo su Hijo.

El texto del que escribiré y comentaré es Juan 3.16-18. A este texto siempre lo he leído, oído, entendido y enseñado intentando ser fiel a como está escrito:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envío Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.

“Mundo”, en mi lectura, entendimiento, e interpretación normal, es la totalidad de las personas, sin exceptuar a ninguna. (Hay otros significados de la palabra mundo en la Biblia, pero he elegido este significado porque el texto y el contexto así lo indica).

Leo, entiendo e interpreto “mundo” como la humanidad entera porque es toda ella la que es pecadora y la que esta perdida y la que necesita la vida eterna que da Dios por medio de Jesús. Es a toda la humanidad, entonces, a la que Dios ama, y a la que él dio a su Hijo.

“El que él cree” es todo ser humano, entonces, el que tiene que creer en Jesús, para no perderse, sino tener vida eterna. (Como cuestión fáctica, el mundo inerte y el mundo animal, no son sujetos con la necesidad de creer).

De acuerdo al párrafo citado, la perdición y la condenación, y también la salvación y la no condenación, están íntimamente relacionadas respectivamente con no creer o sí creer en Jesús, el unigénito Hijo de Dios, cuya venida a esta tierra es prueba indubitable de que Dios ama a toda la humanidad.

Finalizo mi apreciación con estas dos ideas centrales del párrafo: Dios por su amor quiere salvar a toda la humanidad de su perdición por medio de Jesucristo y darles vida eterna por ejercer fe en él. La condenación de la humanidad, por tanto, no el propósito principal de Dios, sino una responsabilidad exclusiva de todo ser humano por no creer en Jesucristo su Hijo.

Ahora, empero, debido al resurgir del Calvinismo y sus diferentes énfasis, se está afirmando que  oír, leer, entender y enseñar como lo he hecho es incorrecto y que hay que leer Juan 3.16-18 en esta otra forma:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo (los elegidos) que ha dado a su Hijo unigénito (a los elegidos), para que todo aquel (de los elegidos) que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envío Dios a su Hijo al mundo (a los elegidos) para condenar al mundo (los elegidos), sino para el mundo (los elegidos) sea salvo por él. El que en él cree (de los elegidos), no es condenado; pero el que no cree (de los elegidos, lo cual lógicamente no es posible) ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.

Dios, según esta nueva lectura, no ama salvíficamente a toda la humanidad, sino solo a los elegidos de entre toda ella.

Jesucristo, en consecuencia, no fue dado a toda la humanidad, sino solamente a los elegidos de entre toda ella.

Por tanto, los únicos que creen y que creerán son los elegidos, lo cual hace innecesario que se presente en el texto la opción de no creer y de perderse.

En razón de esta nueva forma de entender el significado del mundo y del amor de Dios para con él en este párrafo, el amor salvífico de Dios, Jesucristo mismo, la vida eterna y la no condenación no está al alcance de toda la humanidad, sino solo de los elegidos.

A la humanidad no elegida, según está lectura e interpretación, solamente le queda la perdición y la condenación porque ha sido Dios quien lo determinó así al no proveer al Salvador, su unigénito Hijo, para ellos.

Soy sincero.

Me parece extraño leer, oíd, entender, aprender y enseñar así este párrafo bíblico.

A mí me parece que aun los calvinistas mismos no están de acuerdo con leer así al párrafo que nos ocupa y es por eso que proponen esta otra manera de leer:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo (Es decir, a toda la humanidad en general, pero no a toda ni a cada persona de manera específica) que ha dado a su Hijo unigénito (a toda la humanidad en general, pero no a todo hombre en particular) para que todo aquel (de toda la humanidad en general, pero no necesariamente a todo ser humano en particular) que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de no envío Dios a su Hijo al mundo (a toda la humanidad en general, pero no a todo hombre en particular) para condenar al mundo (es decir, a toda la humanidad en general, pero no a todo hombre en particular), sino para que el mundo (toda la humanidad en general, pero no todo hombre en particular) sea salvo por él. El que en él cree (de toda la humanidad en general, pero no de todo ni de cada hombre en particular), no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.

Esta otra forma de leer es similar a la que le precede, pero es más encubierta en su afirmación de que Dios solo ama salvíficamente a una parte de la humanidad, y no a toda ella ni a todo ser humano que la integra.

Lo mismo que he dicho en la lectura calvinista anterior sirve para también para esta otra.

El significado respecto a mundo que he citado aquí la pueden encontrar en la nota sobre Juan 1:29 de la Biblia de Estudio MacArthur. Por cierto, este predicador y maestro difunde su sistema de creencias por medio de su programa radial Gracia a Vosotros, el cual se difunde en varias emisoras cristianas de mi país y de otros países.

Soy sincero y honesto de nuevo.

Este entendimiento de Juan 3:16-18 tampoco encaja con lo que está escrito allí.

Lo siento. No puedo enseñar los textos bíblicos con significados que los contradicen y los distorsionan.

A modo de conclusión: Hace un buen tiempo decidí que siempre voy a leer, oír, creer, entender y enseñar lo que es claro y obvio en la Biblia; nunca quiero introducir un significado que la tergiverse.

Dios inspiró su palabra en el lenguaje común, para que su mensaje sea comprendido por todas y cada una de las personas de este mundo sin distinción.

Como tengo esa manera de pensar, nunca quiero ir en contra de lo que Dios dijo por medio de Jesús en forma clara y directa.

También, Dios soberanamente ha obrado y sigue obrando en el mundo para que su palabra se traduzca fielmente a todos los idiomas en los que hablan los hombres.

Dios hace esto para que todos tengan la oportunidad de leer, oír, creer, entender, obedecer y enseñar su palabra tal como está claramente escrita.

Si esta es su intención y deseo, ¿cómo puedo yo decir que lo que Dios dijo claramente no lo dijo?

¿Cómo puede un predicador pararse ante las personas con una Biblia en la mano para decirles a ellos que lo que ella dice no dice, y que es lo que él dice es lo dice, aunque muy obviamente no sea así?

Dejemos que la Biblia siga hablando a los hombres como lo ha venido haciendo por años.

Dejemos que Juan 3.16-18 diga lo que dice.

Escuchemos a Jesús diciendo lo que dijo y dice.

Permitamos que el Espíritu Santo use lo que dijo y dice Jesús en este párrafo para seguir convenciendo de pecado, justicia y juicio a toda persona del mundo, no solo a algunos.

No escuchemos a los maestros y predicadores que dicen que la Biblia dice lo que no dice.

Nunca aceptemos un mensaje que no puede ser sostenido por lo que está claramente escrito en la Biblia que Dios nos ha hecho llegar hasta nuestras manos.

No nos dejemos enredar ni embaucar por los maestros y predicadores que enseñan “desde la profundidad invisible del texto bíblico” lo que niega y contradice lo que está en la superficie visible del mismo.

No sé qué es lo que van a hacer otros, pero yo todavía prefiero leer y entender Juan 3.16-18 tal como está escrito.

Jamás quiero leer, interpretar y entender las escrituras en una forma tal que niegue su lenguaje claro y llano. ¡Es muy peligroso hacerlo!

¡Qué Dios me ayude! ¡Y que Dios ayude y a sus hijos para leer, oír, creer, entender, obedecer y enseñar la Biblia tal como está escrita! Amén.

¡Tomemos de corazón decisiones que glorifiquen a Dios!

Siempre tenemos que tomar decisiones de corazón que glorifiquen a Dios.

Las decisiones de corazón para la gloria de Dios nos traerán la bendición de Dios y alejarán sus maldiciones.

Nada es mejor que tomar decisiones que agradan a Dios porque son conforme a su bendita y buena voluntad.

“Una decisión es el acto de una persona de escoger, seleccionar y decidir entre una serie de posibilidades basada en sus juicios, que trae como consecuencia un resultado”.

Los seres humanos tomamos decisiones, muchas decisiones, cada día lo hacemos.

La capacidad de tomar decisiones es inherente al hecho de ser personas a la imagen y semejanza de Dios, nuestro Creador, quien nos hizo así y quien espera de nosotros, también, sabias y mejores decisiones.

Desde luego, eso sí, hay hechos de nuestra vida en la que nosotros no hemos decidido nada. Nuestra existencia. Nuestros padres. Nuestro nacionalidad (la de nacimiento). Nuestro nombre. Nuestro entorno cercano de crecimiento infantil. Etc.

Es cierto, asimismo, que hay una época de nuestra vida en la que nuestras decisiones están supervisadas por nuestros padres. En esa etapa, la mayoría de nuestras decisiones son importantes, pero no tan trascendentales.

Cuando crecemos, empero, nuestra decisiones son independientes y dependen de nosotros y muy poco de los demás.

Asumir la responsabilidad y los resultados de nuestras decisiones es propio de nuestro crecimiento, de nuestra madurez, de ser adultos.

Dios nos dio la capacidad de decidir.

Nuestros padres nos protegieron de nuestras decisiones cuando fuimos niños.

Ahora, que ya somos adultos, tenemos que tomar decisiones a cada instante, cada día. ¡Asegurémonos de decidir correcta y sabiamente!

La decisión indispensable, la cual debe regir a todas las demás, es la decisión de glorificar, agradar y complacer a Dios.

Nunca nuestras decisiones deben quebrantar esa decisión indispensable y esencial.

Las sacerdotes de Judá incurrieron en ese error atroz y Dios los reprendió duramente: “Ahora, pues, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento. Si no oyereís, y si no decidís de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho Jehová de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones; y aun las he maldecido, porque no os habéis decidido de corazón.” (Malaquías 2:1-2).

Los sacerdotes de Israel fallaron en la decisión vital.

Ellos tomaron la decisión equivocada.

Los sacerdotes decidieron servir y glorificar a Dios superficialmente.

Los sacerdotes “oían” a Dios. Ellos “representaban” a Dios ante sus conciudadanos, pero hipócritamente. Los sacerdotes no estaban viviendo genuinamente para Dios, ellos estaban lejos del él.

Por fuera, se veían piadoses y fieles al “adorar” y “servir” en el templo, pero en sus pensamientos y sus corazones estaban muy distantes de Dios.

Esa no fue una buena decisión. El mal ejemplo de los sacerdotes cundió en los judíos de su tiempo, lo cuales también comenzaron a vivir con menosprecio a Dios y a todo lo que giraba alrededor de él.

Tan grave fue la rebelión espiritual del pueblo judío que Dios les escribió el libro de Malaquías para reclamarles y reprenderles por su forma de vivir su vida para con él y para con sus prójimo.

El profeta fue clarísimo desde el principio de su profecía, la cual no fue dada a favor del pueblo, sino en su contra: “La profecía de la palabra de Jehová contra Israel, por medio de Malaquías” (Malaquías 1:1).

Lo que hicieron los sacerdotes y los judíos ya lo había hecho antes la humanidad entera. El apóstol Pablo refiriéndose a esta acción humana que atrajo la ira de Dios, escribió: “… pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.” (Romanos 1:21). ¡Qué trágico! La decisión de no glorificar ni agradecer a Dios en ninguna manera es buena. Esta decisión siempre nos acarreará el juicio divino.

¡Nosotros tenemos que evitar decidir como los sacerdotes y los judíos del libro de Malaquías! ¡No debemos imitar la decisión humana de no glorificar ni agradecer a Dios!

Nunca debemos decidir en contra de lo que Dios quiere de nosotros. Las consecuencias son siempre terribles. Su daño nos atraerá el enojo de Dios y afectará a nosotros en forma personal y familiar. Todo nuestro entorno será afectado gravemente. Dios fue muy claro con los sacerdotes y del pueblo judío, él les enviaría maldición y cambiaría sus bendiciones por maldiciones.

Tiene que ser horrible vivir bajo la maldición de Dios y sin sus bendiciones.

La prioridad de Dios para con nosotros es bendecirnos, no maldecirnos. No obliguemos a Dios a tratarnos como no es su prioridad. Usemos nuestra capacidad de decidir para hacer lo que Dios quiere de nosotros.

Tanto la bendición de Dios como su maldición dependen de si vivimos haciendo su voluntad o yendo contra ella. La decisión de cómo vamos a vivir está en nosotros y en nadie más. Nosotros somos los únicos responsables de si Dios nos bendecirá o maldecirá.

Dios quiere que vivamos dándole gloria. Fue para eso que envió a Jesucristo a la tierra para salvarnos de nuestra condenación.

Jesús murió por nuestros pecados y resucitó del los muertos al tercer día. Él está vivo y nos hace hijos de Dios si es que creemos en él y le seguimos.

Dios nos bendice con su salvación eterna por medio de Jesús ya desde hoy y lo hace para que nosotros lo glorifiquemos y lo honremos en toda nuestra manera de vivir. Vivir para gloria de Dios es una determinación que nosotros tenemos tomar personal y voluntariamente. Decidamos de todo corazón vivir para la gloria de Dios.

Decidir vivir para la gloria de Dios es nuestro culto racional y lo más inteligente que nosotros los seguidores de Jesucristo podemos hacer. ¡Qué Dios nos ayude a tomar la decisión de corazón de vivir para su gloria en todo aspecto de nuestra vida! Amén.

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).

¡La grandeza y los discípulos y siervos de Dios!

¡Los seguidores de Jesucristo no buscan grandezas para sí mismos!

No es el objetivo de sus vidas los bienes ni la gloria de este mundo. Ellos han escogido vivir bajo los dictámenes de su ciudadanía celestial. Por tanto, solo quieren glorificar a Dios haciendo su voluntad.

Su interés principal al vivir en esta tierra es llevar el evangelio a los perdidos y ser de bendición espiritual y de edificación a los hijos de Dios. Bajo ese objetivo eterno están en este mundo.

Pero, pero, pero …

Los pastores, misioneros, y los discípulos de Jesús son seres humanos y tienen momentos introspectivos angustiantes y difíciles, en los que cuestionan su vocación, su consagración, su arduo trabajo y su camino de vivir obedeciendo, sirviendo, agradando y glorificando a Dios.

En esos momentos, ellos sufren terriblemente, no solo porque cuestionan su vida con Dios, y su vida consigo mismos, sino porque el diablo aprovecha para tentarlos y motivarlos a la deserción, a la mundanalidad, al descontento, y a la tibieza y el abandono espiritual.

Esos momento son terribles para ellos.

Esos momentos tienen un contexto clarísimo.

El contexto está marcado por la frialdad espiritual, la oposición a la verdad de Dios, la violencia verbal y física contra los mensajeros de Dios, la rebeldía empecinada y el menosprecio a la misericordia divina.

Los hijos de Dios y los siervos de Dios sufren en el alma este terrible contexto, que se agrava y se hace mucho más complicado emocionalmente cuando se sabe y se es consciente que el juicio de Dios está cerca, muy cerca.

La frustración, la desilusión, el desengaño y el desencanto generan un hundimiento del estado de ánimo en el alma de quienes temen y esperan en Dios. Se libra una batalla espiritual complicada y compleja en los momentos de introspección espiritual.

Baruc tuvo un momento complejo así en su vida espiritual.

Dios vio la lucha espiritual que estaba viviendo Baruc en ese crucial instante.

Dios habló clara y personalmente con el amanuense del profeta Jeremías en ese contexto.

Baruc vivió y sirvió a Dios como secretario del profeta Jeremías en el momento crítico de Judá. El reino de Judá no aprendió de lo que Dios hizo con el reino de Israel por medio de los asirios y se condujo en rebeldía contra él hasta colmar su paciencia. El juicio de Dios por medio de Babilonia, por tanto, estaba a las puertas de la nación y Baruc y Jeremías eran los mensajeros que se lo hacían saber.

Al rey, a los príncipes y al pueblo de Judá no les gustó nada el mensaje del profeta Jeremías y Baruc. El trabajo de Baruc como secretario de Jeremías, en consecuencia, era muy doloroso. Su sufrimiento, por tanto, le hizo cuestionar toda su vida y todo su servicio a Dios.

Dios vio la lucha que estaba viviendo Baruc y le habló a él en forma específica por medio del profeta Jeremías (Jeremías 45:1-2).

El mensaje fue directo y muy personal a Baruc porque se estaba quejando de su dolor y porque le atribuía a Dios el agravarlo.

Las palabras introspectivas e íntimas que Dios le escuchó decir fueron: “Tú dijiste: ¡Ay de mí ahora! Porque ha añadido Jehová tristeza a mi dolor; fatigado estoy de gemir, y no he hallado descanso.” (Jeremías 45:3).

Baruc estaba triste, muy triste.

Su tristeza se expresaba en gemidos y suspiros continuos.

Baruc estaba cansado, agotado de sufrir y de gemir.

Él quería que su sufrimiento y su gemido se terminasen, acabasen.

Baruc buscaba descanso, pero no lo hallaba.

Son muchos los hijos de Dios que tienen momentos así.

Son muchos los pastores y misioneros que tienen por este tipo de pensamientos.

En esos instantes, a sus mentes vienen preguntas y pensamientos inquietantes, que los asustan y los desalientan. ¿Es bueno ser hijo de Dios? ¿Hice bien en dedicarme a Dios para servirle? ¿Por qué es que es que tengo tanto dolor? ¿Dejaré de cargar este peso algún día?

Para un discípulo y siervo de Dios, estas preguntas le desalientan y le abruman.

Dios no es ajeno a la lucha espiritual de sus hijos, él está con ellos cuando están siendo tentados.

Dios acudió a Baruc para animarlo en su momento de crisis espiritual y él también hace lo mismo con nosotros hoy.

Dios le dijo a Baruc que iba a ejecutar su juicio para con el rey de Judá, Jerusalén y los judíos. Ellos ya habían agotado su paciencia y no había vuelta atrás.

Babilonia llegaría de todos modos a destruirlos. Sus palabras fueron clarísimas: “Así le dirás: Ha dicho Jehová: He aquí que yo destruyo a los que edifiqué, y arranco a los que planté, y a toda esta tierra. (Jeremías 45:4).

A Baruc, sin embargo, lo animó y lo consoló con una promesa personal maravillosa. A él no le iba alcanzar el mal que Dios traía sobre toda carne. Él iba a vivir. Nadie iba a quitarle la vida. Él estaba protegido por donde quiera que fuera. (Jeremías 45:5).

Baruc no debía buscar “grandezas para sí mismo”, y menos fuera de la voluntad de Dios; los cristianos tampoco debemos hacerlo. Estamos aquí para hacer la voluntad de Dios, cueste lo que cueste.

Baruc tenía que seguir sirviendo a Dios con la certeza de que él juicio de Dios no era para él; lo mismo tenemos que hacer los cristianos hoy, servir a Dios con la convicción de que ya estamos libres de la condenación eterna.

No estamos en esta tierra para buscar grandezas.

No estamos esta tierra para gozar de los deleites de este mundo alejados de Dios.

No estamos en esta tierra para evitar el sufrimiento y la aflicción.

En este mundo siempre tenemos padecimientos porque al creer en Jesús dejamos de pertenecer a este mundo y es normal que ya no encajemos, que ya no nos adaptemos y que ya no disfrutemos de él.

Este mundo aborrece a Cristo y también nos aborrecerá a nosotros.

¡Ser hijos de Dios y ciudadanos del reino de los cielos por la fe en Jesucristo es grande bendición! ¡Ser testigos de Jesucristo y de las virtudes de Dios que se han manifestado para nuestro bien por medio de él es un privilegio enorme! ¡Ser instrumentos de Dios para alcanzar con el evangelio de salvación a los perdidos es un honor y una concesión bendita!

¡Qué Dios nos ayude a afirmar nuestra consagración y nuestra dedicación a él en todos nuestros momentos de introspección espiritual a causa del sufrimiento y el dolor de servirle y serle fieles a él en este mundo! Amén.

¡Mucho cuidado con caer en la estrategia mentirosa del diablo!

El diablo existe, es nuestro enemigo y hacerle caso y seguir su engaño nos trae muchísimos males. Todo aquel que lee la Biblia y cree, sabe que el diablo tuvo mucho que ver en la caída en desobediencia de Adán y Eva, los padres de toda la humanidad.

En Génesis 3:1-5 se relata que, previo a pecar contra Dios, Eva dialogó con la serpiente, que era la más astuta de todos los animales.

En Apocalipsis 12:9, a esta serpiente, que se la denomina antigua, y que en ese contexto es el dragón que lucha contra Miguel y los ángeles de Dios, se le llama diablo y Satanás. “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.”

Reitero, el relato bíblico es clarísimo: el diablo, Satanás, existe y quiere destruirnos. Para nosotros, quienes hoy nos guiamos por la Biblia, este hecho está fuera de discusión.

Pero …

Adán y Eva no sabían que existía el diablo y que era su enemigo. En la narración bíblica no hay indicios siquiera de que supiesen de su existencia. Adán y Eva cayeron en las garras del diablo, y creyeron su engaño, e hicieron conforme a su mentira.

El diablo como estratega y adversario no tiene nada nuevo que inventar para dañarnos. Él siempre usa las mismas mentiras. Estas mentiras le dieron “triunfo” temporal. No necesita cambiarlas. Mientras más se ignora sus mentiras, más victoria obtiene él, y más hombres arrastra hacia sí y hacia su condenación.

La estrategia mentirosa del diablo está revelada en su primera aparición y en su primera victoria contra los hombres. Génesis 3:1-5 es un pasaje clave para entender cómo actúa el diablo y cómo es que quiere alejarnos de Dios y encaminarnos hacia la desobediencia.

El texto bíblico es muy elocuente:

“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.”

La estrategia del diablo, Satanás, están visibles en este párrafo, si es que queremos verla:

  1. El diablo se presenta disfrazado. En este caso, se disfrazó en la serpiente. No había nada malo en sí en la serpiente misma. El mal estaba en el diablo, que la usó, para engañar a nuestros padres. Pablo entendió que el diablo usa disfraz y así lo declaró en 2 Corintios 11:14.
  2. El diablo se presenta a nosotros como muy interesado en nuestro bienestar. Fue él quien se acercó a la mujer. Él estaba acechando a nuestros padres. Estaba buscando el momento oportuno. Cuando lo encontró, se acercó y habló con la mujer como si estuviese muy interesado en su bienestar que, según su concepción maligna, Dios estaba estorbando con la restricción que les dio.
  3. El diablo siembra dudas sobre el carácter veraz de Dios y su buena voluntad para con nosotros. Dios creo a Adán y Eva para representarlo antes toda su creación. Él entregó toda su creación bajo la administración de nuestros padres. Era bastante obvio en palabras y hechos que Dios tenía muy buena voluntad para con nuestros padres. Dios, incluso, hizo un huerto para ellos, los creó allí, y les dio una libertad amplísima, y una muy mínima y protectora prohibición. El diablo, empero, con su pregunta inicial, insinuó que Dios tenía mala voluntad para con ellos. También, él acusó a Dios de no ser veraz, sino mentiroso. Es triste, pero nuestros padres cayeron en esa mentira.
  4. El diablo niega la veracidad de la palabra de Dios y de las consecuencias por desobedecerla. El mandato de Dios en Génesis 2:16-17, como mencioné antes, contenía abundante libertad y una mínima y protectora restricción. Ellos podían comer todo fruto del huerto en Edén, incluso, el árbol de la vida. Solo les estaba vedado el árbol de la ciencia del bien y del mal. Ese árbol les estaba vedado porque la ciencia del bien y el mal debían obtenerla desde la experiencia de obedecer, no de desobedecer. Ese árbol les estaba vedado para protegerlos de morir, ya que eran mortales en potencia. La desobediencia a Dios les acarrearía la muerte en experiencia. El diablo logró engañar a nuestros padres y desobedecieron y murieron, espiritualmente (en ese instante) y físicamente (después).
  5. El diablo afirma que ir contra Dios y contra lo que él ha establecido es la manera de superarnos y alcanzar nuestra similitud con Dios. Adán y Eva fueron hechos por Dios a “su imagen” y a “su semejanza”. En ese sentido, ellos ya “eran” como Dios y ya “sabían” el bien y el mal, pero desde la obediencia a Dios. El diablo les engañó haciendo que piensen que no “eran” como Dios y que no “sabían” el bien y el mal. El diablo tuvo éxito y nuestros padres aceptaron su propuesta de desobedecer a Dios para superarse y alcanzar la semejanza divina.

El diablo sigue mintiendo y engañando.

Él le dice a la gente que no necesita a Dios, ni a Jesucristo, ni su obra de salvación, ni la palabra de Dios.

Él ha convencido a muchos no necesitan sino a sí mismos para alcanzar su máximo potencial y bienestar.

¡Esto es mentira!

Los seres humanos necesitamos a Dios y a Jesucristo Su Hijo, nuestro Señor y Salvador, que cumple la escritura y que es el único que deshizo y deshace las obras del diablo. Está claramente escrito: “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el hijo de dios, para deshacer las obras del diablo.” (1 juan 3:8).

El diablo también sigue asechando a los cristianos para alejarlos de Dios, de Jesucristo y de la obediencia a la palabra de Dios, la Biblia. Él siempre está atento a nuestros deslices para tomar ventaja y arruinarnos la vida. ¡Andemos vigilantes, cristianos! ¡Cuidemos nuestra vida espiritual en todo momento, hermanos!

El diablo y su sendero mentiroso solamente traen decepción, miedo, amargura, sufrimiento, maldición y muerte.

Adán y Eva experimentaron las terribles consecuencias de obedecer al mentiroso, al engañador.

La decepción, el miedo y la tristeza de nuestros padres fueron horriblemente tristes.

¡Aprendamos de lo que ocurrió con Adán y Eva y vigilemos nuestra vida con Dios cada día!

¡Quedémonos con Dios y sometámonos a él para vencer al diablo y hacer que huya de nosotros!

Está escrito: “Someteos, pues, a dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.” (Santiago 4:7).

¡Creamos y sigamos a Jesucristo!

¡Creamos y obedezcamos la Biblia, la palabra de Dios!

¡Qué Dios nos ayude! Amén.

¡Mi amigo Percy ya descansa de su aflicción!

Hace dos meses que Percy se fue a su encuentro con el Señor Jesucristo.

Hace dos meses que él está en mi mente.

Su imagen y su historia, la parte que conozco, me tiene meditando en el sufrimiento interior.

El sufrimiento interior es el más terrible de los sufrimientos. Ese tipo de sufrimiento se lo padece solo, y todo el tiempo, y sin que los demás lo entiendan, y sin que nadie pueda ayudar, entender y menos consolar verdaderamente.

Cuando el sufrimiento es espiritual e interno, él único que puede ayudar, aliviar, consolar y animar es Dios. Percy tenía ese tipo de padecimiento y es por eso que se acercó a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo, quien vino del cielo a la tierra para salvarnos de nuestros pecados y de nuestra condenación.

Dios ayudó a Percy a sobrellevar su intenso dolor interno. Dios lo consoló y lo fortaleció porque Dios es Dios de toda consolación. Está porción de la Biblia describe bien al Dios que conoció Percy: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación.” (2 Corintios 1:3).

Percy profesó fe en Jesucristo entre el año 90 y el año 2000.

Lo conocí en mi primera experiencia pastoral en una congregación de mi ciudad. Pasé muy buenos tiempos de compañerismo y de edificación con él. Era muy entusiasta y diligente en el Señor y su obra. A él le gustaba anunciar el evangelio de Jesucristo. Siempre venía a verme para hablar de Dios y de su palabra, la Biblia.

Percy me introdujo a la predicación del evangelio por medio de una emisora. Él alquiló un espacio en una radio en El Porvenir (un Distrito de mí Provincia). En esa emisora, él transmitía música evangélica y clases bíblicas. A mí me correspondía la enseñanza. Hasta hoy recuerdo la serie de lecciones que brinde en su programa radial. Nosotros crecimos y edificamos a otros hablando del Discipulado Bíblico. ¡Pasamos un muy provechoso tiempo en ese programa radial!

Percy era un joven bastante noble, o “buena gente”, como decimos en mí ciudad. Él creció solitario, pero aun así era risueño y un poco bromista. Su sufrimiento espiritual y mental lo agobiaba. Toda su aflicción estaba en su ser interior. Nada fuera de él hacía presagiar lo que sufría.

El dolor interno que padecía Percy le abrumada. Él no podía dormir por el dolor. Eran muchas las noches que pasaba en vela. Sus ojos siempre estaban rojos por la falta de buen dormir. Esa su circunstancia, hacía que él siempre estuviese ansioso y sudoroso. Sus manos constantemente estaban húmedas. Los doctores que lo examinaron, no le encontraron mal físico; así que lo derivaron a los sicólogos, quienes tampoco le ayudaron suficientemente.

Tuve la oportunidad de aconsejar a Percy respecto a su enfermedad. Lo dirigí a Dios por medio de Jesús. Hablamos bastante sobre el sufrimiento indecible que experimentó Job y otros hombres de Dios en la Biblia. Pero, aunque creía y entendía lo que la Biblia decía, él sentía que su dolor era distinto. El dolor que lo afligía era muy fuerte y tampoco pude hacer mucho por él.

Percy se frustró conmigo porque no lo entendía; eso es cierto, y he aprendido que es muy difícil entender y sentir el sufrimiento del que sufre. Solamente el que sufre entiende su dolor. Solamente Dios, también, entiende perfectamente el dolor del que sufre.

En aquellos días, yo no era tan consciente de mí incapacidad para empatizar con el que sufre por dentro. Con todo, lo guíe a Dios. Le mostré por la Biblia que Dios sí entiende al que sufre. Y entiende porque es Dios, pero también porque al hacerse hombre en Jesús, experimentó el dolor humano, y se constituyó en él como nuestro sumo Sacerdote, que siempre se compadece de nosotros.

El autor del libro de Hebreos escribió: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” (Hebreos 4:15).

Dios me llevó a otra ciudad por varios años y es así como dejé de ver a mi amigo Percy.

Él y yo volvimos a vernos después de mucho tiempo.

Cuando lo volví a ver, Percy ya estaba casado y tenía hijos. Tenía un trabajo seguro y se veía mejor. Su fe en Cristo seguía firme. Seguía sirviendo a Dios y compartiendo el evangelio por medio de las redes sociales. Él, por el sufrimiento que siempre experimentaba, era solidario y compasivo. Siempre estaba apoyando en oración. Lideró, incluso, un movimiento de intercesión por medio de las redes sociales.

Los últimos días de Percy en este mundo fueron también de mucho dolor.

Me enteré de su condición porque un día recibí un mensaje de su cuenta de Messenger. Él mensaje no lo escribió él, sino un hermano en Cristo, que lo había acompañado durante su último período de dolor y de lucha espiritual y física, antes de dejar esta tierra.

Él hermano en mención me escribió y me dio la noticia de la partida de Percy hacia el Señor Jesucristo. Este hermano me narró los sufrimientos y las luchas que experimentó antes de partir. Sus males, esta vez, no fueron solo espirituales, sino también físicos.

La partida de Percy a la presencia de Jesucristo me hizo pensar mucho en el dolor espiritual y mental que sufren los seres humanos. Percy luchó con dolor mental y espiritual toda su vida en esta tierra. Él tuvo días en los que su sufrimiento era insoportable, pero Dios lo consoló y lo fortaleció para seguir adelante.

En un sentido, Percy hizo una vida “normal” a pesar de su dolor singular gracias a que conoció a Jesucristo y se hizo su discípulo.

Cuando recibí la noticia de la muerte de Percy, me sorprendí y entristecí. Dios, sin embargo, me consoló con este pensamiento, Percy ya descansa, ya está aliviado, ya ha dejado de experimentar el sufrimiento que lo acompañó toda su vida.

La muerte, para quienes creen en Jesús y le siguen, es el final del dolor y del sufrimiento que se experimenta en esta tierra. Al morir, los cristianos “descansan”, “reposan”. Se acaba todo su sufrimiento, todo su dolor. Eso mismo es lo que está viviendo ahora Percy. Necesitaba descansar y Dios le dio y le está dando descanso.

Dios me dio el privilegio de presentar el evangelio de Jesucristo en el sepelio de mi hermano en Cristo. Me esforcé en dejar en claro que Jesucristo perdona, salva y da vida eterna a todo aquel que cree en él.

Ruego a Dios que la familia de Percy siga también a Jesucristo.

Por lo demás, estoy contento por Percy.

Estoy seguro que él ahora está sosegado, aliviado y tranquilo.

Ya nada le aflige, ya nada le genera dolor.

Esta palabra de Juan en Apocalipsis se está cumpliendo en este mi hermano en Cristo: “Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.” (Apocalipsis 14:13).

¡Jesús se fue, pero volverá!

¡Cómo se fue Jesús a los cielos, así  es como él vendrá otra vez!

Los cristianos estamos esperando el retorno de Jesucristo.

Nuestra vida está en sus manos y solamente cuando él venga está nuestra vida será plena y gloriosa.

Nosotros creemos que Jesús es Dios hecho Hombre. Él, quien es Dios Hijo, la segunda persona del Único Dios vivo y verdadero, vino a esta tierra, se encarnó y habitó entre nosotros los seres humanos para que conozcamos y tengamos compañerismo con Dios.

Nosotros conocemos muy bien la historia de la salvación de Dios a través de Jesús, la cual está narrada en los cuatro evangelios. En estos cuatro libros se nos muestra con hechos que Jesús es a quien Dios envió para buscarnos y salvarnos de nuestra condenación y perdición.

La obra cumbre de Jesús fue su muerte por nuestros pecados y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Todo esto en conformidad con las escrituras del Antiguo Testamento, que se cumplieron específicamente en él.

Jesús, una vez resucitado, se dedicó por cuarenta días a enseñar a sus discípulos todo lo concerniente al reino de Dios.

Luego de esto, él ascendió a los cielos y sus discípulos, que estaban con él, lo vieron y son testigos oculares de este su ascenso.

Sus discípulos miraron impresionados el ascenso de Jesús a los cielos. Ellos no dejaron de mirar los cielos aun cuando Jesús ya había sido ocultado de su vista por una  nube.

Fue en esa circunstancias que se les dijo a ellos que Jesús volvería otra vez. Los que dieron el anuncio profético de la venida de Jesucristo fueron dos varones (dos ángeles) que estaban vestidos con vestiduras blancas.

Lucas, el autor del libro de Hechos, testifica este maravilloso acontecimiento: “Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entretanto él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” (Hechos 1:10-11).  

¡Cómo se fue, así es como Jesús vendrá otra vez!

Jesús vendrá y tomará a su iglesia para que se reúna con él en los cielos.

Cuando esto ocurra, los cristianos que ya están muertos, serán resucitados; y los cristianos que todavía estén vivos, serán transformados.

Luego, tanto los resucitados como los transformados, serán arrebatados en la nubes para recibir al Señor Jesús en el aire, para estar así siempre con el Señor (1 Tesalonicenses 4:13-17).

Los cristianos siempre están esperando a Jesús.

El alma de los hijos de Dios anhela el regreso de su salvador.

Todo discípulo de Jesucristo quiere que él venga y asuma ya su reino totalmente.

Jesús vendrá personalmente a arrebatar a su iglesia. No tengamos ninguna dura de eso. Él dio su vida y compró a cada hijo de Dios con su sangre preciosa, la cual es más valiosa e incorruptible que el oro y la plata. Nosotros le pertenecemos y nos vendrá a llevar a su gloria para estar con él por toda la eternidad.

Nuestra esperanza no está en este mundo.

Nosotros no queremos estar aquí por siempre.

Nuestra ciudadanía está en los cielos y desde allí esperamos a Jesús, nuestro Señor y Salvador, quien nos transformará y nos dará un cuerpo semejante a la gloria suya.

El retorno de Jesucristo desencadenará una serie de acontecimientos gloriosos y magníficos con los que se dará fin a este mundo presente para alumbrar el mundo nuevo, que será grandioso y maravilloso.

Jesús mismo ha dicho que vendrá y tenemos que está seguros y confiados que así será.

Sus últimas palabras en el libro de Apocalipsis 22:20 fueron: “… Ciertamente vengo en breve.”

Jesús siempre cumple su palabra y por eso que la iglesia de Cristo contesta así a esta su promesa: “Amén; sí, ven, Señor Jesús.”

¡Animémonos y alentemos unos a otros con esta bendita esperanza del retorno de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, quien pronto viene por nosotros! ¡Sirvámosle y hablemos de Jesús a quienes nos rodean para que crean en él y le sigan y sean salvos! ¡Qué Dios nos ayude a vivir para Cristo entretanto lo esperamos con ansias! Amén.

¡Hijos benditos de Dios por medio de Jesucristo!

Hijos benditos de Dios por medio de Jesucristo Su Hijo.

Los hombres y mujeres que creen y siguen a Jesucristo son hijos de Dios. Ese es un privilegio y una bendición grande que Dios les da a ellos por la fe en Jesucristo. Son muchos los hombres y mujeres que creen y siguen a Jesús y que son, por tanto, hijos de Dios. Estos hijos de Dios, entonces, son amados, perdonados, libres de condenación, herederos de Dios y coherederos con Cristo.

El apóstol Pablo escribió al respecto: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.” (Romanos 8:16-17).

Esta bendición no es de todos los seres humanos, pero no porque no esté a su alcance, sino porque existe un gran sector de seres humanos que no cree, no acepta y no recibe a Jesús como enviado de Dios. Ese grupo de humanos, por tanto, se queda en su condición caída, que es heredada de Adán, quien desobedeció a Dios y arrastró a todos a esa condición.

La condición caída está sintetizada en esta palabras de Romanos 3:23: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” La desobediencia de Adán nos constituyó a todos pecadores y destituidos (expulsados, echados, prohibidos, sin derecho a, sin el privilegio) de la gloria de Dios. En consecuencia, no nos es posible comunión ni compañerismo con Dios en esa nuestra condición caída. Es justamente por ese hecho que Adán y Eva se escondieron de Dios por miedo a él en el huerto.

Dios, que es bueno y que nos ama y no nos quiere perdidos, envió a Jesucristo para revertir nuestra desdichada condición caída. Jesucristo vino a esta tierra y se dedicó a buscar y a salvar lo que se había perdido. Su obra cumbre para salvarnos fue su muerte por nuestras transgresiones y su resurrección de los muertos al tercer día para nuestra justificación. Pablo escribió así al respecto: “… a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación.” (Romanos 4:24-25).

Los evangelios, que son cuatro (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), son clarísimos respecto al hecho de que Jesús es Dios hecho Hombre y él único que puede perdonar nuestros pecados y librarnos de nuestra condición caída. Así es como se presentó Jesús desde el principio de su vida en este mundo y, sobre todo, cuando empezó a predicar y a enseñar siendo ya de unos treinta años de edad.

Jesús, sin embargo, no fue recibido, ni aceptado como Hijo de Dios. Al contrario, él fue rechazado. El clímax de su rechazo fue su cruenta muerte por nuestros pecados y la negación de su resurrección por parte de las autoridades judías de ese tiempo.

Pero no todos rechazaron a Jesús. Él tuvo gente que le creyó desde el principio. Todos estos que creyeron en él y le siguieron fueron sus discípulos y sus testigos oculares de quien fue realmente él, y de todo lo que hizo y que probó verdaderamente que él es Dios hecho Hombre.

Juan se refiere a estos discípulos de Jesús cuando dice “… mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios”. Todo aquel que creyó y siguió a Jesús ese tiempo recibió “el derecho”, “el permiso”, “el privilegio” y “la facultad” de ser hijo de Dios.

Pero el ser hijos de Dios por creer en Jesús y seguirle no fue solo para la gente de aquellos días, sino también para nosotros que vivimos en este tiempo. A Nosotros también se nos anuncia el evangelio de Jesús para ser salvos de nuestros pecados e hijos de Dios. Si nosotros creemos en Jesús, y le recibimos, y le seguimos genuinamente como sus discípulos, seremos entonces hijos benditos de Dios, pues, esta palabra es también para nosotros hoy: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:12-13). 

Ser hijos de Dios por la fe en Jesús es nuestro privilegio bendito. Al creer, Dios, por medio de Su Espíritu Santo, nos hacer nacer de nuevo y nos imparte su vida, sus valores y su naturaleza, la cual se acrecentará continuamente, hasta que lleguemos a ser semejantes a Jesucristo, Su Hijo.

¡Creamos en Jesús mientras estamos en esta tierra! ¡Aprovechemos que estamos vivos y pongamos nuestra fe en Jesús para ser hijos de Dios¡ ¡Nada ni nadie es más valioso e indispensable que la bendición eterna de ser hijos de Dios por medio de Jesucristo Su Hijo! Amén.

¡Iluminados y alumbrados por Dios y por Jesucristo Su Hijo!

Al salir del avión y experimentar la claridad y la energía del sol abrazador selvático me vino a la mente un texto profético del Apocalipsis. En ese texto se anticipa un mundo nuevo en el que el sol será minimizado.

El sol es vital para la vida en esta tierra. ¿Cómo es que se sustentará la vida en ese mundo nuevo si es que el sol es opacado?

El texto del Apocalipsis lo dice clara y contundentemente: La gloria de Dios y de Jesucristo Su Hijo iluminarán y alumbrarán la ciudad en que habitarán los hijos de Dios. Está escrito: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que alumbren en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera” (Apocalipsis 21:23).

La vida eterna en la ciudad celestial que Dios tiene preparada para sus redimidos se augura maravillosa y esplendorosa. Allí, la luz del sol y de la luna no nos serán necesarias. La vida, la salud, la claridad y la energía que requerimos para vivir ya no nos serán dadas por ambos astros, sino por Dios y por Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. ¡Cuán bendita es la esperanza que Dios nos da a conocer en la Biblia, su palabra!

¡Quiénes creen en Jesucristo y le siguen tienen certeza y seguridad tanto para sus vidas en esta tierra como para sus vidas en la eternidad! Los seres humanos no vivimos y nos morimos y ya no hay nada más. No es así. Hay otra vida después de ésta. Hay otro mundo también. La biblia nos dice la verdad respecto a lo que viene y haremos muy bien en creerla y vivirla.

El frío no me gusta, y si es por mucho tiempo, menos. El frío me estremece, me entume, me enferma y paraliza. Prefiero al sol, a su luz, a su calor, a su energía. La luz del sol y su calor me serán algo incómodos, pero me dan vigor y ganas de andar y de obrar. El calor del sol no me deja en cama, me impulsa a levantarme, a pararme.

Espiritualmente también es así. No me gusta estar frío, sin energía y sin ánimo. Necesito a Dios y a Jesucristo Su Hijo. Dios me da aliento y energía para vivir cada día. Él me sostiene y me motiva. ¡Doy gracias a Dios por permitirme conocerle y seguirle por medio de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador!

¡Qué grandioso va a ser el día en que empecemos a vivir la eternidad al lado de Dios! Allí ya no habrá nada ni nadie que nos debilite y desaliente. Vivir iluminados y alumbrados por Dios y Jesucristo Su Hijo ya hoy es glorioso, y lo será mucho más en la eternidad. Amén.

José, el hombre que venció el mal con el bien.

José es el hombre que todos debemos ser. Él experimentó lo bueno y lo malo de la vida, y estas experiencias lo moldearon según la voluntad de Dios. Lo bueno y lo malo no afectaron negativamente su carácter; al contrario, lo enriquecieron y perfeccionaron.

En este mundo, lo bueno y lo malo son inevitables. Todos los seres humanos los experimentamos en mayor o menor grado.

Lo malo incluye la maldad, el odio, el maltrato, la violencia verbal y física, la mentira, la injusticia y la ingratitud. Lo bueno abarca el bien, el amor, el buen trato, la amabilidad verbal, la veracidad, la justicia y la gratitud. José sufrió lo malo y disfrutó lo bueno de la vida.

José sufrió lo malo principalmente de sus propios hermanos. Siendo el penúltimo de doce hermanos, fue aborrecido, envidiado y maltratado  por ellos. Finalmente, fue vendido como esclavo.

José también sufrió en la casa de su amo, donde fue acosado sexualmente por su patrona, y al rechazarla, fue calumniado y encarcelado injustamente.

En prisión, José interpretó los sueños del copero y el panadero del Faraón de Egipto. Aunque el copero fue liberado, olvidó interceder por José ante Faraón durante dos largos años.

A pesar de estas injusticias, José no se dejó llevar por el resentimiento ni la amargura. En cambio, perdonó a sus hermanos y no guardó rencor contra la esposa de Potifar ni el copero.

Experimentar lo malo causa dolor, impotencia, frustración, decepción, tristeza, llanto, desaliento, etc. Estas emociones son normales y transitorias, pero pueden convertirse en emociones dañinas y destructivas, si es que no se las vence con el bien.

José tiene que haber luchado mucho en su interior para no convertirse en resentido, amargado, frustrado, vengativo y odioso. La narración bíblica no muestra esa su lucha interna. Empero, la escritura y la evidencia empírica nos dan sustento para afirmar que él no fue ajeno a la tentación de pagar con emociones y actos malos a quienes lo maltrataron.

El relato bíblico muestra a José siendo un hombre bueno e interesado por el bienestar de los demás. Lo malo que experimentó de parte de otros no lo hicieron un mal hombre. No, no fue así. Lo malo que padeció lo hizo atento, paciente, considerado, misericordioso, perdonador y bondadoso.

José interpretó y reaccionó a lo malo de la vida y a la maldad desde su fe y su temor a Jehová su Dios. Él andaba con Dios. Dios estaba presente en todas sus acciones. José sabía que Dios estaba con él y que todo suceso por más malo que fuese estaba bajo su control soberano.

José testificó que Dios trató y estuvo con él durante todo el tiempo en que sufrió lo malo. Él quiso que se supiese siempre lo que Dios había hecho en su vida durante su aflicción; es por eso que llamó Manases a su hijo mayor.

Manases significa “hacer olvidar”. José nombró a su hijo dando esta su razón: “… porque Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre.” (Génesis 41:51).

Dios consoló a José en su dolor y en su amargura. Fue Dios quien alivió su tristeza por el mal que le hicieron. Fue Dios quien hizo que “olvidase” lo mal que fue tratado.

Nosotros no estamos exentos de experimentar lo malo. Los primeros cristianos sufrieron lo malo, pero Dios trató con ellos como lo hizo con José.

A nosotros lo malo nos tiene que ayudar siempre a ser buenos. Nuestro carácter como hijos de Dios tiene que ser fortalecido y perfeccionado para conformarnos a la voluntad de Dios.

La exhortación de Pedro a los cristianos de su tiempo nos es pertinente. Nosotros debemos sufrir lo malo de la vida siendo buenos. Él escribió: “Así qué, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello.” (1 Pedro 4:15-16).

Seamos como José. Que padecer lo malo y a los malos nos haga buenos para nuestro Dios y para Jesucristo Su Hijo. No dejemos que lo malo nos haga perder el gozo de nuestra salvación. Jesucristo vino para darnos vida en abundancia y no lo malo ni los malos deben interrumpir esa vida bendita.

Vencer el mal con el bien es posible para quienes que somos hijos de Dios por medio de Jesucristo. Lo malo y los malos deben fortalecer y afirmar nuestra personalidad como nuevas criaturas en Cristo Jesús.

José es un ejemplo que nosotros debemos emular. ¡Qué Dios nos ayude!

¡Dios y Padre de Jesucristo, haz que lo malo de la vida acreciente nuestro amor, devoción, confianza y lealtad plena a ti y a tu Hijo Jesucristo! Amén y amén.

¡Siempre transparentes y visibles ante Dios!

Dios está siempre presente. Él ve todo y sabe todo. No hay nada de nosotros que escape a su percepción.

Nos observa tanto en la luz como en la oscuridad. Ni las tinieblas más profundas ni el escondite más recóndito pueden ocultarnos de su presencia. Todos somos transparentes y siempre visibles ante sus ojos.

El escritor del Salmo 139 sabía que Dios es omnisciente y omnipresente. David sabía que nunca se deja de estar en la presencia de Dios. Él está siempre y también ve todo en todo momento. No existe un instante de nuestra vida que está fuera de su vista.

Dios nos vio en el vientre de nuestra madre. Él nos ve al levantarnos y al sentarnos. Él nos ve cuando andamos y también cuando descansamos.

La vista de Dios cubre nuestro ser interior y también el exterior.

Él contempla nuestros pensamientos, intenciones y acciones. Dios percibe nuestra tristeza y nuestra alegría, nuestro ánimo y nuestro desánimo, nuestra fortaleza y nuestra debilidad.

Dios nos conoce profundamente y podemos ser auténticos en su presencia. ¡Qué maravilloso es conocer y relacionarnos con este bendito y glorioso Dios a través de la fe en Jesucristo, Su Hijo, nuestro Señor y Salvador!

David estaba impresionado y maravillado por Dios y sus virtudes. Él era consciente de la imposibilidad de escaparse de la presencia de tan grande Dios. Su reacción natural ante esta cualidad de Dios fue la alabanza y la adoración reverente y gozosa.

Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo tenemos que ser genuinos siempre ante Dios. Debemos pararnos ante él con confianza y sinceridad. No hay razón para la doblez sino para la transparencia y la autenticidad. ¡Alabemos y adoremos respetuosa y alegremente a través de Jesús a este nuestro maravilloso y grandioso Dios todo vidente! Amén.