José, el hombre que venció el mal con el bien.

José es el hombre que todos debemos ser. Él experimentó lo bueno y lo malo de la vida, y estas experiencias lo moldearon según la voluntad de Dios. Lo bueno y lo malo no afectaron negativamente su carácter; al contrario, lo enriquecieron y perfeccionaron.

En este mundo, lo bueno y lo malo son inevitables. Todos los seres humanos los experimentamos en mayor o menor grado.

Lo malo incluye la maldad, el odio, el maltrato, la violencia verbal y física, la mentira, la injusticia y la ingratitud. Lo bueno abarca el bien, el amor, el buen trato, la amabilidad verbal, la veracidad, la justicia y la gratitud. José sufrió lo malo y disfrutó lo bueno de la vida.

José sufrió lo malo principalmente de sus propios hermanos. Siendo el penúltimo de doce hermanos, fue aborrecido, envidiado y maltratado  por ellos. Finalmente, fue vendido como esclavo.

José también sufrió en la casa de su amo, donde fue acosado sexualmente por su patrona, y al rechazarla, fue calumniado y encarcelado injustamente.

En prisión, José interpretó los sueños del copero y el panadero del Faraón de Egipto. Aunque el copero fue liberado, olvidó interceder por José ante Faraón durante dos largos años.

A pesar de estas injusticias, José no se dejó llevar por el resentimiento ni la amargura. En cambio, perdonó a sus hermanos y no guardó rencor contra la esposa de Potifar ni el copero.

Experimentar lo malo causa dolor, impotencia, frustración, decepción, tristeza, llanto, desaliento, etc. Estas emociones son normales y transitorias, pero pueden convertirse en emociones dañinas y destructivas, si es que no se las vence con el bien.

José tiene que haber luchado mucho en su interior para no convertirse en resentido, amargado, frustrado, vengativo y odioso. La narración bíblica no muestra esa su lucha interna. Empero, la escritura y la evidencia empírica nos dan sustento para afirmar que él no fue ajeno a la tentación de pagar con emociones y actos malos a quienes lo maltrataron.

El relato bíblico muestra a José siendo un hombre bueno e interesado por el bienestar de los demás. Lo malo que experimentó de parte de otros no lo hicieron un mal hombre. No, no fue así. Lo malo que padeció lo hizo atento, paciente, considerado, misericordioso, perdonador y bondadoso.

José interpretó y reaccionó a lo malo de la vida y a la maldad desde su fe y su temor a Jehová su Dios. Él andaba con Dios. Dios estaba presente en todas sus acciones. José sabía que Dios estaba con él y que todo suceso por más malo que fuese estaba bajo su control soberano.

José testificó que Dios trató y estuvo con él durante todo el tiempo en que sufrió lo malo. Él quiso que se supiese siempre lo que Dios había hecho en su vida durante su aflicción; es por eso que llamó Manases a su hijo mayor.

Manases significa “hacer olvidar”. José nombró a su hijo dando esta su razón: “… porque Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre.” (Génesis 41:51).

Dios consoló a José en su dolor y en su amargura. Fue Dios quien alivió su tristeza por el mal que le hicieron. Fue Dios quien hizo que “olvidase” lo mal que fue tratado.

Nosotros no estamos exentos de experimentar lo malo. Los primeros cristianos sufrieron lo malo, pero Dios trató con ellos como lo hizo con José.

A nosotros lo malo nos tiene que ayudar siempre a ser buenos. Nuestro carácter como hijos de Dios tiene que ser fortalecido y perfeccionado para conformarnos a la voluntad de Dios.

La exhortación de Pedro a los cristianos de su tiempo nos es pertinente. Nosotros debemos sufrir lo malo de la vida siendo buenos. Él escribió: “Así qué, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello.” (1 Pedro 4:15-16).

Seamos como José. Que padecer lo malo y a los malos nos haga buenos para nuestro Dios y para Jesucristo Su Hijo. No dejemos que lo malo nos haga perder el gozo de nuestra salvación. Jesucristo vino para darnos vida en abundancia y no lo malo ni los malos deben interrumpir esa vida bendita.

Vencer el mal con el bien es posible para quienes que somos hijos de Dios por medio de Jesucristo. Lo malo y los malos deben fortalecer y afirmar nuestra personalidad como nuevas criaturas en Cristo Jesús.

José es un ejemplo que nosotros debemos emular. ¡Qué Dios nos ayude!

¡Dios y Padre de Jesucristo, haz que lo malo de la vida acreciente nuestro amor, devoción, confianza y lealtad plena a ti y a tu Hijo Jesucristo! Amén y amén.

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