Jesucristo nos divide: ¿O somos solo creación de Dios o somos también hijos de Dios?

Jesucristo divide a toda la humanidad en dos grupos bien diferenciados:

1) los que son suyos e hijos de Dios y

2) los que son suyos, pero que no son hijos de Dios.

No existe un punto neutro.

Él vino a esta tierra y estableció esta división desde el principio de su ministerio terrenal.

Somos nosotros quienes escogemos y decidimos nuestro lugar en esa división.

Examinemos esta realidad en Juan 1:11-13.

1. “Los suyos” no hijos de Dios son los que no creyeron en Jesús y no le siguieron.

“A lo suyo vino y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).

El evangelista escribe sin ambigüedad.

Él expone la venida de Jesucristo -“A lo suyo vino …”- y el cómo fue rechazado por un sector de la humanidad del momento histórico en el que llegó -“… y los suyos no le recibieron”-.

No hay duda alguna en la declaración.

“Lo suyo” en el texto y en su contento cercano y amplio admite solamente dos únicas opciones:

La primera: “Lo suyo” es toda la creación y, en forma específica, el mundo, la tierra, en la que habitamos todos los seres humanos (Juan 1:3, 9-10). Este mundo, nuestro planeta, y todo lo que hay en él, es de Jesucristo porque él lo hizo y lo sostiene.

La segunda: “Lo suyo”, en forma mucho más especial y limitada, es la nación de Israel, el pueblo del pacto, a quien Jesús siempre dijo que fue enviado (Mateo 15:24).

Ahora necesitamos definir quienes son “… los suyos que no le recibieron”. El significado también se puede conocer con certeza por el contexto cercano y amplio del evangelio de Juan y de los otros tres evangelios.

“Los suyos que no recibieron a Jesús” son, en primer lugar, todos los ciudadanos judíos de su época. Tanto los que lo vieron como los que oyeron de él durante sus tres años de ministerio público. Estas personas “no recibieron” a Jesús como el Mesías, el Salvador del mundo.

Estas personas no creyeron en Jesús y es por eso que no lo siguieron.Todas estas personas, por tanto, no son hijos de Dios.

“Los suyos que no le recibieron” son, en segundo lugar, todos los seres humanos del mundo de la época en la se escribió el evangelio de Juan que no creyeron ni recibieron a Jesús como el hijo de Dios.

Toda esa gente, al igual que los judíos que rechazaron a Jesús en sus días de ministerio, no le recibieron a pesar de que escucharon claramente quién era él y qué es lo que había hecho a favor de la humanidad al morir y resucitar al tercer día.

El evangelista maneja “lo suyo” y “los suyos” de forma magistral. “Lo suyo” es el entorno que le pertenece por derecho de creación (su planeta / su nación); “los suyos” son los habitantes de ese mundo (toda la humanidad / los judíos). Como bien señaló en el versículo anterior, “el mundo no le conoció” (v. 10): lo que define la tragedia de “los suyos” es precisamente su acto personal de no conocer ni recibir al Dios hecho hombre.

Las expresiones bíblicas del evangelio de Juan sobre quienes no recibieron a Jesús, tanto de los judíos como de toda la humanidad, siguen siendo actuales porque hoy también hay muchos que “no conocen” (Juan 1:10) ni “reciben” (Juan 1:11) a Jesús como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.

Es triste que la historia del rechazo a Jesús se repita día a día.

Es lamentable que haya gente que “no conoce” (no se relaciona, no le sigue) a Jesús a pesar de que escuchan de él.

Es trágico que existan personas que “no reciban” al Hijo de Dios aún cuando siempre se les anuncia de lo que él hizo a su favor.

Los que rechazan a Jesús se quedan, en consecuencia, en una posición de condenación eterna, pero no porque Dios no quiera salvarlos en Jesucristo Su Hijo, sino porque ellos mismos eligen esa condición.

Estas personas, ya judías o ya de cualquier otra nacionalidad, se quedan como no hijos de Dios y sufrirán las terribles consecuencias de sus menosprecio y su rechazo al Hijo de Dios.

2. Los suyos hijos de Dios por la autoridad de Dios son toda la humanidad que recibió, creyó y siguió a Jesús como Dios hecho hombre.

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre; les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).

La palabra es “mas” es una conjunción adversativa, que se usa para conceptos o circunstancias opuestas. En el versículo 11 el evangelista mostró con claridad como un sector de seres humanos “no recibió” a Jesús, Dios hecho Hombre (Juan 1:1, 14); y ahora, en el versículo 12, él mostrará que hubo seres humanos que sí recibieron y que sí creyeron en Jesús, y que fueron privilegiados, por lo tanto, con la bendición de ser hechos hijos De Dios.

La palabra “mas” introduce el hecho de que no todos cerraron sus ojos y sus corazones a Jesús y a las evidencias de que provenía de Dios y era Dios (Juan 1:1). Gracias a Dios, sí hubo gente que “recibió”, “creyó” y “siguió” al Hijo de Dios en aquel tiempo.

Todas las personas que recibieron y creyeron en Jesús fueron hechos hijos de Dios. Dios mismo les dio esa “potestad”. La palabra “potestad” (exousía: derecho, autoridad, privilegio legítimo) implica que Dios autorizó e hizo que estos hombres y mujeres fuesen hechos sus hijos.

Los que no recibieron a Jesucristo siguen siendo “lo suyo”, pero no son hijos de Dios. Dios no tiene comunión ni compañerismo con ellos.

Los que recibieron y creyeron en Jesús, sin embargo, sí son hijos de Dios. Dios les ha dado ese derecho y privilegio. Dios tiene una relación estrecha con ellos. Son sus hijos por causa de Jesucristo Su Hijo.

El versículo 13 certifica que el privilegio de ser hijos de Dios no es solo una cuestión legal, sino un hecho también un hecho espiritual que Dios obró directamente en el interior de quienes creyeron y recibieron a Jesús para hacerlos verdadera y realmente sus hijos.

El evangelista Juan expresó este maravilloso hecho divino, al que conocemos como nacer de nuevo o nuevo nacimiento, con estás precisas y preciosas palabras: “los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:13). Los que creen en Jesús son realmente hijos de Dios por haberlo recibido como quien en es él.

El hecho de ser hijos de Dios no es una obra planeada y realizada por seres humanos. Esto incluye también a quienes creen en Jesús y le siguen. La humanidad no ejecuta su nacimiento espiritual, es Dios mismo quien opera y materializa espiritualmente tal nacimiento. Los hijos de Dios por la fe en Jesús no realizan en ninguna manera ese su engendramiento. Es Dios mismo quien ejecuta el nuevo nacimiento.

Dios da este privilegio a toda persona que escucha sobre Jesús y su obra de salvación y cree en él y lo sigue. Dios quiere que toda la humanidad reciba a Jesús. Es por eso que ha ordenado a su iglesia que vaya por todo el mundo y predique el evangelio a toda criatura. Todo criatura tiene que aprovechar la oportunidad de ser hecho hijo De Dios.

Recuerda. Dios quiere y puede hacerte hijo suyo. Lo único que tienes que hacer es recibir y creer en Jesús de todo corazón. Hazlo hoy mismo. Recibe a Jesús. Aprovecha tu oportunidad de entrar a la familia de Dios como hijo suyo.

3. Ahora, al igual que en el periodo del Nuevo Testamento y en toda la historia post neotestamentaria, lo que determina que un ser humano creado por Dios reciba la potestad de ser hecho hijo de Dios es la fe en Jesucristo.

Jesucristo sigue dividiendo a la humanidad en estos dos grupos: Los que son hijos de Dios por recibirle y creer en él y los que no son sus hijos por no recibirle ni seguirle.

Es obvio que la división de la humanidad en estos dos grupos no es responsabilidad de Dios, sino de los seres humanos. Dios quiere que todos sean sus hijos, pero él no fuerza la fe ni la creencia de nadie. Es el ser humano el que decide su destino como hijo de Dios o como no hijo suyo.

Jesucristo sigue siendo anunciado como lo que la Biblia dice sobre él. Él es el Hijo de Dios que vino a esta tierra a salvar a los pecadores. Él se hizo hombre para dar su vida en rescate por todos. Él murió por nuestros pecados conforme a la Escritura. Él resucitó de entre los muertos al tercer día para nuestra justificación. Jesucristo está vivo y ofrece salvación y vida eterna a todo aquel que cree en él y lo sigue.

Es responsabilidad del hombre “recibir” y “creer” en Jesucristo. Si lo hace, Dios lo hace nacer de nuevo como su hijo, su verdadero hijo. Si no “recibe” ni “cree” en Jesús, Dios no lo hace su hijo, sino que lo deja en su condición humana perdida.

Es tiempo de finalizar.

La humanidad está dividida en dos por causa de Jesucristo.

Recibe y cree en Jesús para que Dios te haga su hijo. No desaproveches tu oportunidad y privilegio. Sigue a Jesús ya mismo y serás verdaderamente un hijo de Dios.

Si ya eres hijo de Dios porque ya has recibido y ya has creído en Jesús, enhorabuena. Gózate cada día y crece como hijo de Dios. Afirma tu fe y obedece a Jesús testificando su salvación a otros y viviendo cada día para él y su gloria.

 

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Mateo 25:41 Explicado: Para quién fue preparado realmente el lago de fuego.

El lago de fuego, el fuego eterno no fue hecho para la humanidad.

Jesucristo vino a este mundo para salvar a los pecadores. Dios ama a los hombres y no quiere su condenación, sino su salvación eterna. No se puede acusar a Dios de planear y de anhelar la condenación eterna de los seres humanos. La Biblia enseña que Dios quiere la salvación de todos los hombres. (1 Timoteo 2:3-6; 2Pedro 3:9).

El que quiere la condenación de los hombres y su destrucción es Satanás, quien se constituyó por sí mismo como enemigo de Dios. El Diablo vino para matar y destruir a los hombres. Él siempre está acechando a los cristianos para devorarlos. (Juan 10:10; Efesios 6:11; 1 Pedro 5:8).

El Diablo, en consecuencia, desde que pecó contra Dios, y sabiendo ya que su destino es el lago de fuego, acechó, acecha y acechará a la humanidad para llevarla hasta ese su lugar de condena.

El Diablo no quiere irse al lago de fuego solamente con sus ángeles; él también quiere a seres humanos allí.

Jesucristo, respecto al Diablo, a sus ángeles -demonios- y al fuego eterno o lago de fuego, dijo: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.” (San Mateo 25:41). Las palabras de nuestro Señor necesitan leerse y entenderse bien, muy bien. Es crucial que así sea.

En este texto, Jesucristo reveló estas siguientes verdades respecto al plan de Dios para con la humanidad, al lago de fuego, el diablo y sus ángeles, y nosotros los seres humanos:

1) El fuego eterno, el lago de fuego, fue preparado para el Diablo y sus ángeles, no para los seres humanos. El texto es clarísimo. La condenación eterna fue diseñada teniendo a Satanás y sus demonios como sujetos claves. Ellos irán allí o sí (Apocalipsis 20:10).

2) El Diablo y sus ángeles no pueden escaparse de ese su destino de condenación. No existe redención para ellos. Dios no planeó salvación para Satanás y sus demonios, sino condenación. (Hebreos 2:16). Tanto el Diablo como sus demonios saben que su destino es irreversible. (Mateo 8:29; Judas 1:6; Apocalipsis 12:12; 20:10).

3) Los seres humanos no fueron creados para ser condenados y no tienen que ir necesariamente al lago de fuego o fuego eterno. Para los seres humanos Dios ha provisto salvación y vida eterna por medio de Jesucristo y sus obra salvadora (Juan 3:16-21; Romanos 5:6-11). El hombre no tiene la condenación determinada. Se le ofrece la salvación y el perdón de pecados si es que cree y sigue a Jesucristo. (Juan 1:11-13). Su condenación se disipa y se desvanece tan pronto cree genuinamente en el Hijo de Dios. (Juan 3:36; Mateo 25:34-40). 

4) Hay un buen número de seres humanos que irán al fuego eteno o lago de fuego. Aunque los seres humanos no fueron hechos para condenación, Dios sí arrojará al lago de fuego junto al Diablo y sus ángeles a los seres humanos que no creen ni siguen a Jesucristo y que le muestran su menosprecio tratando mal a quienes sí creen en él y le siguen (Mateo 25:41-45). Quienes vayan a condenación irán al lago de fuego por su propia determinación y elección, ya que escogieron por sí mismos despreciar e ignorar a Jesucristo y su obra de salvación a su favor (Apocalipsis 20:15; 21:8). Ellos no tendrán ninguna excusa por su terrible elección.

En español, Mateo 25:41 es contundente: La condenación de los seres humanos no es la prioridad de Dios. Él no hizo el lago de fuego para ellos, sino para el diablo y sus ángeles.

La traducción al español refleja estas ideas en conformidad con el texto griego, en cuya sintaxis no se deja margen para interpretar que el fuego eterno haya sido preparado originalmente para los seres humanos, sino solamente para Satanás y sus demonios.

Los hombres tenemos oportunidad de salvación eterna, aprovechémosla. Dios nos creo para que vivamos en comunión con él. Su plan y su determinación para con nosotros es que reinemos con él por la eternidad.

Está escrito: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mateo 25:34). Este texto es igual de claro. Dios ha preparado para nosotros los seres humanos un reino a su lado. Jesús también habló de las moradas que él está preparando para quienes creen en él y le siguen (Juan 14:1-3).

Al final de los tiempos, quienes creen en Jesús y le siguen, vivirán con Dios en su tabernáculo eterno. Está escrito: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y el morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.” (Apocalipsis 21:3). Este es plan original de Dios para con toda la humanidad, que habitemos junto a él.

No nos dejemos engañar por nuestro enemigo el Diablo. No lo sigamos en su rebelión contra Dios. Satanás nos quiere engañados para que lo acompañamos en su condenación. Sus ofertas todas son mentira y solamente mentira. No se puede confiar en él en ningún momento. (Juan 8:44; Apocalipsis 20:7-10).

No lo sigamos a él.

Resistámosle y dejémoslo.

No dejemos que logre su objetivo para con nosotros ni para nuestro prójimo.

Miremos a Jesucristo, Dios hecho Hombre. Él vino para deshacer las obras del Diablo y para sacarnos de su opresivo dominio (1 Juan 3:8; Hechos 26:18).

Miremos a Jesucristo con fe y seamos salvos del diablo y su condenación eterna.

Escapémonos del lago de fuego y de la compañía eterna del Diablo y sus demonios creyendo y siguiendo a Jesucristo.

Creer y seguir a Jesucristo en esta vida y en esta tierra es urgente. Hagámoslo hoy mismo. Amén.

 

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De la Intimidad al Impacto: La integridad externa como una expresión del ser interior.

Dios obra en nuestro interior, en lo más profundo de nosotros. Es allí donde Su Espíritu y Su Palabra nos transforman y vitalizan espiritualmente. Es en nuestra soledad y en nuestra intimidad donde se gesta nuestro éxito o nuestra derrota espiritual.

David, el dulce cantor de Israel y el hombre conforme al corazón de Dios, entendió esa realidad incuestionable de la vida espiritual. Tanto su victoria como su caída espiritual germinaron en lo más recóndito de su ser.

Este salmo, el 51, que fue escrito por David cuando Dios lo amonestó y lo restauró, luego de su terrible fracaso con Betsabé y Urías heteo, es la evidencia.

…

La vida en este tiempo se desenvuelve entre otros y con otros. Las demandas de la vida pública nos llevan fuera de la intimidad y de la soledad. Estamos condicionados a desentendernos y a desenfocarnos de nuestra vida interior. La sociedad obsesionada con la imagen pública, las apariencias y el reconocimiento externo nos hacen olvidarnos de nuestra alma.

Tenemos que resistir la presión por nuestro desempeño exterior porque afectará negativamente a nuestro fortalecimiento interior.

Dios ama la verdad en lo íntimo. Dios nos hace sabios en secreto, cuando estamos solos. Es en esa intimidad que nos enseña y nos comparte su sabiduría.

Dios y nuestra alma se encuentran en la privacidad. La Biblia es clarísima. Su obra purificadora ocurre cuando estamos aislados de todos y de todo.

Dios trata con nosotros en lo más profundo de nuestro corazón. Él ve dentro de nosotros, no solamente afuera. Su enfoque transformador no empieza de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera.

Para reflexionar en esto, vale preguntarse: ¿qué es lo más importante y vital en un auto? Aunque tiene muchas piezas importantes, hay una que es crucial y por la cual todas las demás funcionan: el motor. De la misma manera, en la vida cristiana el corazón es el motor interior que impulsa todo el funcionamiento externo. La Palabra nos dice en el Salmo 51:6: «He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.»

En el diseño bíblico de la verdadera integridad, comprender la verdad en lo íntimo implica reconocer el significado de la palabra verdad (Émet), que se refiere a la sinceridad, autenticidad y alineación entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.

Lo íntimo representa lo más profundo, lo recóndito, la recámara secreta del ser donde nadie más -excepto Dios- tiene acceso. Dios nos trata individual y personalmente a cada uno. ¡Qué bendición que es así!

La naturaleza del Nuevo Pacto, el cual se selló con la sangre preciosa de Jesucristo, no consiste en una religión de normas externas ni de fachadas morales, sino en una transformación profunda del corazón (Jeremías 31:33; Ezequiel 36:26-27).

Dios nos hace nacer nacer de nuevo por nuestra fe en Jesús y nos cambia en nuestro ser interno para empezar a dar fruto externo, en nuestro vivir diario.

En este proceso opera el trinomio de la transformación interna, donde Dios trabaja en la intimidad de nuestro ser mediante tres agentes fundamentales:

Primero, el Espíritu Santo en el interior como la fuente inagotable de vida que fluye desde las entrañas (Juan 7:37-39);

Segundo, la Palabra de Dios como un bisturí que penetra, discierne y alinea las intenciones del corazón (Hebreos 4:12); y

Tercero, la voz y la conciencia instruida a través del consejo suave de Dios -Por Su Espíritu y Su Palabra- que redarguye y enseña en la quietud de la noche (Salmo 16:7).

Como fundamento indispensable, todo este trinomio es posible y tiene eficacia gracias a la obra redentora de Jesucristo en la Cruz del Calvario.

Como resultado, se produce un efecto dominó con cinco manifestaciones de un corazón transformado. Cuando la vida privada con Dios es sana, el fruto público fluye de forma natural:

1) En la nutrición de nuestro interior al seleccionar lo que leemos, escuchamos y permitimos ingresar a nuestra mente -La alimentamos con la palabra de Dios (1 Pedro 2:2 y con todo lo que es bueno y digno (Filipenses 4:)-;

2) En nuestra comunicación, mediante palabras con valor y veraces que edifican a quienes nos oyen (Efesios 4:25, 29);

3) En nuestros filtros emocionales y reacciones, mostrando dominio propio y madurez ante las ofensas, provocaciones, adversidades y tentaciones (Gálatas 5:16-24);

4) En nuestra conducta pública, expresada en ética, honestidad y rectitud en todo lo que hacemos cuando nadie nos ve y también cuando todos nos ven (Filipenses 2:14-16); y

5) En nuestra perspectiva de vida, caracterizada por un optimismo y una esperanza inquebrantable en relación con el futuro (Tito 2:11-15; Apocalipsis 22:20).

En conclusión, la vida pública con poder no es más que el desbordamiento de lo que ha crecido en la intimidad, en nuestro interior, en lo secreto, que es cuando Dios trata con nosotros y nos transforma.

…

En consecuencia, no intentemos arreglar el fruto externo sin rendir primero nuestro ser interior al Señor y ante el Señor.

Nuestro desafío es cultivar nuestra relación con Dios en lo secreto; la luz de su presencia en nosotros y su obra bendita serán tan reales, pero tan reales, que quienes nos rodean la verán, se acercarán a Él y glorificarán su nombre. Amén.

David conoció y agradó a Dios mucho fue un desconocido y solitario pastor de ovejas, pero sucumbió ante la tentación y pecó grave y escandalosamente cuando su vida pública lo hizo insincero y no veraz en su ser interior y en su soledad.

No incurramos en su craso error.

Busquemos a Dios en nuestro ser interior con sinceridad de corazón y experimentemos su bendita obra santificadora cada día. Que nuestra vida pública exprese la vida que Dios está produciendo en nuestro corazón.

…

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La fe hace obrar a Dios: La fe que Dios quiere ver en sus hijos para salvar a muchos más pecadores.

La fe del hombre hace obrar a Dios. La Biblia testifica este hecho en forma ciertísima e indudable.

Dios despliega su poder perdonador y sanador a favor de los hombres cuando ve fe en ellos. Mateo, Lucas y Marcos, los evangelistas sinópticos, testifican esta realidad en sus libros.

El evangelio de Marcos es suficiente para demostrar que Dios actúa salvíficamente por la fe del hombre. Jesús perdonó sus pecados e hizo caminar saludablemente a un paralítico porque vio la fe de quienes lo llevaron hasta él. (Marcos 2:1-12).

Las palabras de Marcos son clarísimas y contundentes: “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.” (Marcos 2:5). “A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.” (Marcos 2:11). No hay ninguna ambigüedad en el evangelista: El paralítico anduvo porque Jesús obró su salud al ver la fe de sus cargadores.

Ese paralítico recibió salud espiritual -el perdón de sus pecados- y salud física -caminó normalmente- gracias a la fe que Jesucristo “vio” en quienes lo transportaron hasta él.

El evangelista no se ocupa de la fe del paralítico en su relato, sino la fe de los hombres que lo llevaron hasta Jesús. Es la fe de ellos la que destaca. ¿Por qué? Porque es la fe de estos “unos” (2:3) la que movió e hizo actuar a Jesús a favor del paralítico. Es gracias a esta fe humana que ocurrió este portentoso milagro. A Dios le agrada, le gusta y le complace la fe del hombre. Él actúa cuando ve esta fe.

Necesitamos tener la fe que hace actuar poderosa y redentoramente a Dios. ¿Por qué? Porque esta fe le muestra a Dios que nosotros estamos alineados con él, con su carácter y con su buena voluntad.

En la fe de esos “unos” en Jesús, nuestro Señor y Salvador, él vio:

1. Su compasión por el paralítico.

2. Su determinación por hacer algo para ayudarle.

3. Su unidad de propósito y su esfuerzo colectivo en bien de su prójimo.

4. Su conocimiento de quién es él, de su poder y de su disposición por hacer bien a los hombres necesitados.

5. Su persistencia e ingenio para llevar al paralítico hasta Jesús a pesar de las circunstancias opuestas que encontraron.

Los cristianos necesitamos la fe que hace actuar a Dios salvíficamente. La fe de los que llevaron al paralítico hasta su sanidad espiritual y física también tiene que ser vista por Dios en nosotros hoy.

Tengamos esa fe en Jesucristo, hermanos.

Mostrémosle a Dios fe misionera en todo lo que hacemos mientras somos sus testigos y mensajeros en esta tierra. Hagamos que Dios salve y restaure a muchos pecadores más al ver nuestra fe mientras cumplimos la gran comisión.

Que Dios nos ayude y desarrolle esa fe misionera en nosotros. Es fundamental que la cultivemos y que Dios la halle en su pueblo, hijos de Dios. ¿Por qué? Porque cuando él encuentra esa convicción activa, obrará y salvará a los pecadores que estamos evangelizando.

En esa fe que mueve el brazo de Dios, él verá nuestra compasión por el perdido que necesita a Cristo, nuestra determinación por obedecer la gran comisión, la certeza de que Jesús es el único Salvador, la persistencia en llevar a los pecadores a sus pies a pesar de los obstáculos y nuestra unidad al glorificarle como sus instrumentos para alcanzar a los extraviados.

Que Dios halle esa convicción y salve a muchos más pecadores, hermanos. Que la contemple:

1. En nuestras oraciones a favor de los pecadores.

2. En el buen testimonio con el que vivimos y trabajamos entre ellos.

3. En nuestra unidad y trabajo conjunto en la gran comisión.

4. En nuestras ofrendas y donativos dedicados a la extensión del evangelio.

5. En todas las actividades evangelísticas que realizamos cotidianamente.

Que Dios vea en nosotros en este tiempo la fe que apreció en quienes llevaron al paralítico hasta Jesús. Es urgente que tengamos esa fe, hijos de Dios. Que Dios nos ayude a tener esa fe y a vivir en base a ella. Amén y amén.

#FeActiva

#FeComunitaria

#FeEIntercesión

#FeMisionera

#SoberaníaDivinaYFe

Nadie da a otro lo que no tiene; pero tú, hijo de Dios, ya tienes lo más valioso que dar. ¡Dáselo!

Nadie puede dar a otro lo que no tiene. Es imposible. Solamente podemos dar lo que tenemos. Tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones, también de nuestras posibilidades.

Pedro y Juan conocían lo que podían y no podían dar. Estas sus palabras son para enmarcar y vivir a cada instante: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).

El paralítico del relato bíblico esperaba “algo” que Pedro y Juan no tenían, pero recibió de ellos algo mucho más valioso: su salud física y también su salud espiritual; él pudo caminar y alabar a Dios por el poder de Jesucristo. Los apóstoles le dieron lo que sí poseían y es por eso que el paralítico caminó y alabó.

Las palabras de Pedro y de Juan al paralítico están en mi mente desde ayer. Vinieron a mi mente mientras visitaba el penal El Milagro. Los presos tienen muchas necesidades allí. Varias de esas necesidades se solucionan con dinero, y yo no lo tengo. Me sentí frustrado por eso, pero me animé al saber que sí tenía algo valioso que darles: el evangelio de Jesucristo.

Di el evangelio a varios de ellos. Les dije que Jesús vino a salvarlos, que murió por sus pecados y que resucitó para su justificación. Les dije que creyendo y siguiendo a Jesús serían verdaderamente libres -a pesar de estar en prisión- y podrían empezar una vida nueva.

Fueron varios de los internos los que me agradecieron por el mensaje y el folleto que les di. Cumplí mi labor como testigo de Jesús y su salvación con ellos. Di lo que sí tenía. Compartí con ellos lo que no se puede comprar con dinero, el evangelio de salvación.

Salí del penal reconfortado. 

Tengo algo valioso que dar, no solo a los presos, sino a toda persona que se relaciona conmigo. El evangelio de salvación, que anuncia el perdón de pecados, la libertad de condenación y la vida eterna, me ha sido entregado; es mi posesión, pero no solo para mi beneficio, sino para el de toda persona, tengo dárselo urgentemente. ¡Ayúdame a compartir tu evangelio con todo pecador, oh Dios y Padre de Jesucristo!

Dios nunca nos pide que demos lo que no tenemos.

Nadie podrá condenarnos a nosotros por no darle lo que no está en nuestras manos ni en nuestro poder.

No nos turbemos ni nos afanemos por no dar lo que no poseemos.

Pedro y Juan dieron lo que tenían al paralítico -la capacidad de andar por el poder del nombre de Jesucristo-. Ellos no le dieron oro ni plata porque no tenían.

Solamente somos responsables por dar aquello que sí tenemos, hermanos.

1) Si tienes a Cristo y su evangelio siempre pueden compartirlos. No los guardes solo para ti. Testifica, habla, comparte. Otros pecadores necesitan a Jesús y su salvación. Dáselos tú.

2) Siempre puedes orar e interceder por todos los hombres, para que crean y sigan a nuestros Señor.

3) Ya que vives y trabajas entre otros seres humanos, siempre puedes darles la luz de Cristo por medio tu buen testimonio.

4) Ya que tienes oídos y boca para hablar, siempre puedes escuchar las cargas de tu prójimo con compasión y animarles con palabras de aliento.

5) Por último, si Dios te ha prosperado y sí tienes dinero más que suficiente, ayuda a los necesitados sabiamente, y coopera con la evangelización mundial con generosidad y regularidad.

Una vida transformada por la fe en Jesucristo, con el presencia poderosa del Espíritu Santo, siempre tiene algo que dar a su prójimo.

Gracias Dios porque los cristianos siempre tenemos algo valioso que dar a nuestros semejantes.

Muévenos a compartir con gozo lo que tú nos has dado. Amén y amén.

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¿A quién puedes compartirle hoy de lo que Dios ya te ha dado? Haz la cita, llama, fija la hora y ve y comparte el mensaje de salvación con urgencia.

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Incluso si es solo uno: El corazón de Dios por cada perdido.

¡Vayamos y busquemos a quienes están perdidos así sea solo uno!

Los cristianos tenemos que vivir conforme al corazón de Dios por los extraviados y él no quiere dejar a ninguno en esa condición: Él siempre quiere a salvar, incluso si es uno solo quien está perdido.

Nosotros sus hijos también debemos hacer lo mismo: No dejar a ningún perdido en esa condición.

La Biblia es clara respecto a que Dios y sus hijos buscan a los perdidos aunque estos sean solo uno.

“Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.

Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido.

¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve y va por los montes a buscar la que se había descarriado?

Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se descarriaron.

Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.” (Mateo 18:10–14).

Dios busca a un perdido como un pastor de ovejas busca a una oveja que se le perdió.

Dios no menosprecia ni abandona a ningún pecador perdido -ya niño, ya joven o ya adulto-, mucho menos aún si este pecador ya es una oveja suya por la fe en Jesucristo.

Dios quiere salvar a todos y a cada uno de los pecadores perdidos. Jesucristo es la evidencia de esta su gracia y su misericordia salvadora. Él, Jesús mismo, quien vino a esta tierra para salvar a los pecadores perdidos, dijo: “Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido.”

Los pastores de ovejas buscan a las ovejas que se descarrían y se pierden aun cuando fuese solo una sola. La conducta de los pastores de ovejas es normal, natural, lógica.

Dios obra igual que los pastores y no permitirá en ninguna manera que se pierda ninguno que ya es “su pequeñito”, es decir, uno que ya ha creído y ya sigue a Jesucristo Su Hijo.

La salvación de quienes están en Cristo es absolutamente segura y el evangelista Mateo es contundente: “Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.”

La forma en que Dios valora, cuida y asegura a quienes creen y siguen a Jesús me maravilla. La iglesia de Cristo necesita pastores con ese corazón por todos y cada uno de los miembros de la grey de Dios. Necesito este tipo aprecio por toda la iglesia y por cada uno de quienes creen en Jesús.

Los cristianos, que somos pecadores a quienes Dios ha hallado y ha salvado por medio de Jesucristo, tenemos que imitar a Dios y no menospreciar ni abandonar a ningún pecador perdido -ya pobre o rico, ya agrupado o aislado-.

Nosotros tenemos que llevar el evangelio hasta donde están los pecadores perdidos, tanto si hay un millar de ellos o solo uno. Nuestro Señor vino a salvar a todos los pecadores y él se dio a sí mismo en rescate por todos ellos. Jesús se sacrificó por todos porque Dios quiere que todos se salven y conozcan la verdad (1 Timoteo 1:15; 2:3-7).

Dios nos manda a “ir por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” Nosotros tenemos que “hacer discípulos a todas las naciones. Nosotros no debemos dejar a nadie sin darle el evangelio de salvación.

Estamos llamados a darle el evangelio de Jesucristo a toda persona que habita este mundo. Tenemos que tener una pasión grande por llevar el evangelio. Esta nuestra pasión puede hacer que nos enfoquemos en predicar el evangelio y hacer discípulos en todo lugar donde hay cientos y miles de pecadores perdidos, pero que nos olvidemos de los lugares donde sólo hay decenas de ellos o aun uno solo.

Tenemos que tener mucho cuidado y no ir solamente a los lugares muy poblados, sino también a los poco poblados.

Tenemos que predicar en todo lugar donde hay seres humanos.

Dios quiere que vayamos y prediquemos el evangelio aun a un solo pecador perdido esté donde esté.

No abandonemos a los pecadores perdidos que están viviendo solitarios en lugares alejados, remotos y de difícil acceso.

El corazón de Dios es como el pastor de ovejas que busca con ahínco a la única oveja que se le perdió. Dios sacó a Felipe de Samaria y lo envió al desierto, para darle el evangelio a un solo pecador perdido, un etíope, que retornaba a su país (Hechos 8:26-40).

Ese único pecador creyó en Jesús y en los cielos hubo gozo delante de Dios en ese mismo instante.

Felipe obedeció a Dios.

Felipe sintonizaba con Dios.

Si Dios quería salvar a un solo pecador en un lugar remoto y solitario; Felipe también.

Hoy también hay “Felipes”. Estos están en lugares remotos, dificultosos y poco habitados. Ellos están allí porque llevan el evangelio a pecadores perdidos, aunque sean pocos, y aunque estén aislados, y aunque vivan solitarios. Estos “Felipes” son un ejemplo a imitar.

El Felipe de la Biblia y los “Felipes” de hoy son un desafío para mí.

Tengo que llevarle el evangelio a toda persona en este mundo.

Tengo que ir hasta ella porque Dios quiere salvarla.

No tengo que pensar solamente en las multitudes, sino también en cada individuo. Dios se preocupa y deja en buen recaudo a noventa y nueve, pero sale a buscar hasta encontrar y salvar a solo una.

¡Levanta para tu iglesia, oh Dios, pastores y obreros que valoran y cuidan no solo a toda la congregación, sino también a los hijos tuyos que se apartan y se alejan de ti y de tu grey, aun cuando sean solo uno!

¡Dios y Padre de Jesucristo, ayúdame a llevar el evangelio a los pecadores, aun cuando haya solo uno! 

¡Ayuda a tu iglesia y dale a ella, oh Dios, la pasión por llevarle el evangelio a toda criatura! Amén.

  • #ElEvangelioAUnSoloPecador

  • #NoAbandonemosANadie

  • #MisiónAAislados

  • #BusquemosALosPerdidosSolitarios
  • #CorazónPastoral

  • #EvangelismoPersonal

El rol invisible y poderoso que transforma naciones: La urgencia de interceder en oración por todos los hombres.

Jesucristo es cabeza de su iglesia y su iglesia es su cuerpo. Jesús es el único mediador e intercesor seguro y eficaz entre Dios y los hombres y su iglesia también tiene que serlo -no usurpando a Jesús, pero sí reflejándolo e imitándolo-.

Dios ha colocado en esta época a la iglesia de Jesucristo como intercesora entre Dios y los hombres y ella tiene que serlo intencional y diligentemente hasta que Su Salvador la lleve a su presencia.

La naturaleza y la acción intercesora de la iglesia por medio de la oración es vital e indispensable para la salvación de los perdidos, el cumplimiento de su misión y la vida quieta y reposada en toda piedad y honestidad de toda la iglesia, las familias, los pueblos y las naciones de este mundo.

La iglesia de Jesucristo y cada uno de los miembros de ella cumplen su rol intercesor por todos los hombres y mujeres del mundo ante Dios mediante: 1) Su presencia y su testimonio viviente en y entre ellos, 2) Su labor evangelizadora y discipuladora a toda criatura y en todas las naciones y 3) Sus oraciones y ruegos por todos los hombres de todo el planeta.

Los tres roles son esenciales, pero en este escrito quiero resaltar la intercesión, que es el rol no visible y frecuentemente desvalorizado, pero crucial para la vida de la propia iglesia y su misión, y para la salvación y la extensión de la misericordia divina a favor de la humanidad en todo tiempo, hasta que Dios determine el retorno de Jesucristo y el inicio del fin de la era presente.

1 Timoteo 2:1-8 es el texto crítico y determinante sobre lo indispensable de nuestra intercesión. Tenemos que estar orando por todos los hombres. Dios y la humanidad entera “dependen” de nuestro trabajo intercesor. Nuestra labor intercesora tiene que ser natural, espontánea y urgente.

Analicemos, pensemos y cumplamos nuestro rol intercesor a favor de todos los hombres en base a 1 Timoteo 2:1-8.

1) Interceder ante Dios por todos los hombres es un acto de obediencia voluntario y espontáneo fruto del amor y la gratitud a Dios.

“Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres” (2:1).

Pablo es clarísimo. Orar por todos los hombres es nuestra acción prioritaria. Tanto, que es la acción que nosotros debemos realizar antes que cualquier otra acción. Es decir, no podemos evangelizar, por ejemplo, sin primero orar por aquellos a quienes les vamos a testificar. Tampoco podemos quejarnos de nuestros gobernantes y autoridades ni criticarlos si es que primero no hemos estado orando por ellos.

Pablo nos dice: “Exhorto ante todo …”. Exhortar, según la RAE en línea, es “incitar a alguien a que haga o deje de hacer algo.” Sus sinónimos son: animar, alentar, amonestar, pedir, suplicar. En griego, exhortar (Parakalo) significa, “llamar al lado, ponerse al lado de uno o de otro para ayudarle, animarle y rogarle.” Esta palabra, implica, por tanto, que Pablo se pone junto a nosotros para movernos empática y confiadamente a ejercer este nuestro determinante y vital rol intercesor.

Orar por todos los hombres es un acto de obediencia espontánea y natural. Pablo quiere que cumplamos este rol reconociendo su importancia. La autoridad apostólica y la autoridad del Espíritu Santo sobre nosotros son determinantes. Obedecer esta exhortación es nuestra única opción, no obligada, sino de amor agradecido. No podemos escaparnos de ella. Obedezcamos esta exhortación con la ayuda de Dios, hermanos.

Nuestra intercesión por todos los hombres es integral y los distintos términos usados en la exhortación lo evidencia: “Exhorto ante todo que se hagan rogativas (Deēseis – carecer, necesitar), oraciones (Proseuchas – Invocación o adoración), peticiones (Enteuxeis – reunirse con, acercarse a o tener acceso a) y acciones de gracias (Eucharistias – gratitud, reconocimiento por bondad o favor) por todos los hombres.”

Nosotros obedecemos a Dios y oramos por todos los hombres en función 1) de sus necesidades urgentes, 2) de nuestra adoración a Dios y por la necesidad que los hombres tienen de volverse a él en arrepentimiento para adorarle, 3) de nuestra confianza en que Dios nos oye y de nuestra identificación con nuestros semejantes y sus males, y 4) de la gratitud que tenemos para con Dios por su bondad y su gracia para con nosotros y para con todos los hombres.

Obedezcamos a Dios e intercedamos así en oración por toda la humanidad por amor y gratitud, hermanos.

2) La iglesia brinda cobertura espiritual universal a toda la humanidad por medio de sus oraciones.

“… por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia” (2:1-2).

Los cristianos estamos llamados a orar “por todos los hombres”. Todos los hombres son todos los varones y todas mujeres -de todas las edades y de todo el mundo-. Esto implica todos los seres humanos pecadores, es decir, los pecadores que “hacen el bien” desde su pecaminosidad -la gente de bien- y los pecadores que “hacen el mal’ desde ella. Nuestra intercesión por todos los hombres incluye a los pecadores que se han extremado en su maldad y que han escogido la violencia y el asesinato egoísta, ventajoso, alevoso y cruel de sus semejantes.

Nuestra intercesión, a su vez, debe enfocarse en quienes gobiernan y en la élite que los respalda y hasta los dirige. Pablo nos dice: “Por los reyes y por todos los que están en eminencia.”

Al igual que en el caso anterior, nuestra intercesión tiene que incluir al gobernante pecador y a su élite que “hace el bien”, a los que “hacen el mal” y a los que se han extremado en su maldad.

Tenemos que orar por quienes son autoridades y dirigen a los seres humanos en todos los niveles. A nivel de las comunidades y pueblos pequeños, de las provincias, de los países y de los imperios.

Nuestro ruego por las autoridades y la élite que los respalda es vital para el avance del bien, y para la restricción del mal y su crecimiento. Dios ha determinado que sean las autoridades quienes se encarguen de esa tarea esencial y es muy importante que nosotros cooperemos con nuestra intercesión constante.

3) La labor intercesora de los cristianos generará como resultado la paz y prosperidad general de los ciudadanos y de las naciones.

“… para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador” (2:2-3).

Dios siempre quiere el bien de la humanidad. Él no nos creo para atormentarnos y para que suframos. Es nuestra desobediencia en Adán y nuestra desobediencia personal la que trajo y la que trae el dolor multiplicado y la maldición a nuestro mundo, pero aún así Dios quiere que nos vaya bien y que disfrutemos de la abundancia que hay en esta tierra.

Nuestra prioritaria intercesión por todos los hombres y  por quienes están en eminencia es esencial e indispensable para la prosperidad y la paz de los pueblos y naciones. Pablo escribe: “… para que vivamos quieta y reposamente en toda piedad y honestidad.”

El resultado de nuestras peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias ante Dios por todos seres humanos logrará un mundo mejor, no perfecto, pero muchísimo mejor -donde se pueda vivir, trabajar, prosperar y disfrutar sin temor alguno-. Esto no significa, necesariamente, que lograremos la vida celestial sin interrupción en esta tierra, sino que se estimulará el bien hacer y la bondad, y se restringirá y se disminuirá el mal hacer.

A Dios no le disgusta que vivamos bien en esta tierra y el apóstol a los gentiles expresa diafanamente ese hecho. Él dice: “Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador.” Es muy importante que cumplamos este rol intercesor, hermanos míos.

El avance de la delincuencia menor -robos, hurtos y estafas-, mayor -la corrupción y los asaltos violentos- y extremo y mortal -homicidios, terrorismo, narcotráfico, extorsión y sicariato- son un llamado a interceder muchísimo más.

Este tipo de contexto nos interpela como Cuerpo del Intercesor Único, Jesucristo nuestro Señor y Salvador. Necesitamos suplicar con muchísima más constancia e intensidad si es que queremos “vivir quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.” Hagámoslo.

4) Nuestro rol intercesor como hijos de Dios es una expresión de crecimiento y conformación a la imagen de Jesucristo.

“… el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo. Para esto yo fui constituido predicador y apóstol (digo verdad en Cristo, no miento), y maestro de los gentiles en fe y en verdad” (2:4-7).

Cuando nosotros creemos y seguimos a Jesucristo nos constituimos en hijos de Dios (Juan 1:12-13). A partir de ese momento, Dios trabaja en nosotros para conformanos a la imagen de Jesucristo Su Hijo. Esta su obra perfeccionada él la realiza por medio del Espíritu Santo, Su Palabra escrita, Su Iglesia y los sucesos cotidianos.

Dios espera, por tanto, que el carácter, la voluntad, el deseo salvífico y la veracidad de nuestro Redentor y Salvador Jesucristo sean también nuestros. Nuestra acción intercesora a favor de todos los hombres, en consecuencia, es una evidencia de que nosotros estamos creciendo en esa bendita semejanza.

Los cristianos no intercedemos ante Dios por todos los hombres para condenación y perdición. A nosotros no nos está ordenado actuar como fiscales ni jueces de los hombres. Nosotros, al ser el Cuerpo del Intercesor, queremos y buscamos para los hombres ante Dios lo mismo que Jesucristo quiere para ellos. Él no vino para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Recordemos que no pidió la condenación de los hombres al morir en la cruz, sino que Su Padre los perdonase por el pecado que estaban cometiendo al matarlo (Lucas 23:34).

Nuestra intercesión y nuestras peticiones son Jesús-céntricas. Esto significa que nosotros priorizamos y buscamos la salvación y el conocimiento de la verdad para todos los hombres por medio de ellas.

Nosotros evangelizamos y testificamos de la obra redentora de Jesucristo a favor, no de algunos pocos seres humanos, sino de todos los hombres (2:4, 6) en nuestras oraciones y súplicas.

El cristiano no pide venganza, ni juicio, ni condenación para todos los hombres en su intercesión. No importa cuanto sea el mal que recibe o cuanto sea el mal que hacen los hombres, el hijo de Dios no pide maldiciones ni el infierno para ellos por esa causa. El cristiano reconoce que está en esta tierra no para la condenación de los seres humanos, sino para su salvación. (Lucas 9:52-56). Su intercesión universal y espefífica por todos los hombres, en consecuencia, refleja y expresa el mismo espíritu salvífico de Jesucristo Su Salvador y Señor.

5) Orar por libre y voluntariamente por toda la humanidad es una expresión y una señal de que vivimos en comunión continua con Dios y con nuestro prójimo.

“Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda” (2:8).

Nuestro rol intercesor demanda que vivamos en una buena relación con Dios y con todos aquellos que nos rodean. Nosotros no podemos orar ni suplicar por nadie voluntaria y espontáneamente si estamos viviendo con pecados no confesados ni abandonados. Nosotros no podemos interceder ante Dios si estamos enojados y airados con alguien.

Es la voluntad de Dios que cumplamos nuestro rol intercesor en todo lugar -en donde estamos: en la casa, en la calle, en el trabajo, en el negocio, etc.- “… levantando manos santas, sin ira ni contienda” -no tenemos que tener ningún pecado contra Dios ni contra los hombres que no hemos solucionado-.

Es muy difícil que nosotros podamos orar e interceder por alguien ante Dios si no estamos en comunión con él y con nuestros semejantes. Dios no recibirá nuestras súplicas a favor de nadie ni de nosotros mismos si es que tenemos cuentas pendientes con nuestro prójimo.

Mateo 5:21-24 y 1 Pedro 3:1-7 testifican que nuestras oraciones no fluirán libremente hasta Dios si no nos purificamos de emociones y actos pecaminosos contra Dios y contra quienes se relacionan con nosotros.

Limpiémonos de todo fruto de la carne para cumplir espontánea y eficazmente nuestro rol intercesor con la ayuda de Dios, hermanos en Cristo.

Conclusión: Cumplamos nuestro rol intercesor con rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias a favor de todos los hombres.

Tenemos una responsabilidad trascendental ante Dios y ante los hombres. La iglesia, es decir, todos y cada uno de nosotros que creemos y seguimos a Jesucristo, está en este mundo para continuar la misión de su Salvador y Su Redentor -Su Cabeza-. No puede ni debe eximirse de su posición y deber, sino asumirla diligente e intencionalmente.

Nuestra intercesión es indetenible. Nadie puede impedirla, excepto nosotros mismos -por negligencia y por falta de ética de arrepentimiento-. Oremos por todos los hombres con ruegos y súplicas. Es urgente que lo hagamos.

Oremos por todos los hombres por su necesidad de Dios.

Oremos para que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de Jesucristo.

Oremos por las autoridades para que teman a Dios, amen la justicia, premien al que hace el bien y castiguen al que hace lo malo.

Oremos para que Dios siga extendiendo su gracia y su misericordia salvadora a todos los hombres por mucho más tiempo.

Oremos en todo tiempo, en todo lugar y en toda circunstancia.

Oremos a nivel personal, familiar, grupal y congregacional cada vez que tengamos oportunidad.

¡Ayúdame a cumplir más y mejor mi rol intercesor a favor de todos los hombres y a criticarlos y a juzgarlos menos, oh Dios y Padre de Jesucristo!

¡Obra, oh Dios bendito, en tu iglesia y en todos y cada uno de los miembros de ella para que vean a la intercesión a favor de todos los hombres como la actividad prioritaria a practicar antes que cualquier otra!

¡Que el Dios y Padre de Jesucristo nos asemeje a Su Hijo para orar salvíficamente a favor de todos los hombres cada día!

¡Pongámonos en la brecha a favor de los hombres y que Dios nos encuentre allí en todo momento, hermanos! Amén y amén.

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Interpelados por Hechos 8:4: El desafío de hablar de Jesucristo a toda criatura en todo lugar hoy.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

El evangelio en la vida diaria

Todo hijo de Dios tiene que tener en su mente, su corazón y boca el evangelio de Jesucristo para compartirlo espontánea e intencionalmente tan pronto como se presente una oportunidad para hacerlo cada día de su vida en esta tierra.

Los cristianos primigenios vivían predicando el evangelio cada día por dondequiera que estaban e iban y Hechos 8:4 es contundente al respecto. Ellos anunciaron el evangelio fiel y cotidianamente en un ambiente hostil, violento y mortal.

El denuedo, la disposición y la acción evangelista de los cristianos de los inicios de la Iglesia es nuestro reto actual. Necesitamos hablar de Jesús como lo hicieron ellos.

La persecución y la dispersión bendita

El testimonio bíblico da cuenta de la muerte de Esteban y de la persecución que se desató contra toda la iglesia que estaba en Jerusalén. Los únicos que no fueron perseguidos y esparcidos aquel día fueron los apóstoles (Hechos 8:1). ¿Por qué es que fueron dejados? El texto no lo dice, pero “me” imagino que como ellos habían mostrado que nada les amilanaba (Hechos 5:40-42), sus adversarios los dejaron “descansar” en Jerusalén y centralizaron su brutal y feroz enojo en toda la congregación.

Los enemigos de Cristo y del evangelio -los principales líderes del Israel de ese tiempo- enfocaron toda su furia y todo su ensañamiento contra toda la iglesia, es decir, contra todos y cada uno de aquellos que habían creído y que ya estaban siguiendo a Jesucristo.

Los enemigos de la iglesia querían frenarla con su ira cruenta e injusta, pero se equivocaron. Su perverso acto generó una dispersión bendita. Todos los hijos de Dios que tuvieron que salir de Jerusalén por la persecución “… fueron esparcidos por todas las tierras de Judea y de Samaria” (Hechos 8:1). La semilla poderosa del evangelio fue dispersada a través de los cristianos esparcidos entre la gente de todos los pueblos de esas dos provincias de aquel entonces.

Lo que para los enemigos de Dios fue el principio del fin de la propagación de Jesucristo y su evangelio, fue en realidad el inicio de la movilización de miles de sus testigos y de sus evangelistas desde Jerusalén hasta lo último de la tierra, en conformidad con su voluntad expresada en Hechos 1:8.

El «pero» victorioso y el fruto de la fe

El “pero” de Hechos 8:4 es un pero victorioso. Quien promovió el miedo, el enclaustramiento, la invisibilidad y el silencio de los cristianos desencadenó su valiente dispersión y su visible testimonio evangélico por todo lugar al que llegaron.

“… los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, dice el autor bíblico.

Ellos no se escondieron.

Ellos no se callaron.

Ellos predicaron el evangelio por todas partes.

Los apasionados hijos de Dios por la fe en Jesús sembraron y sembraron el evangelio de nuestro Señor y Salvador en todo pueblo y en toda ciudad a donde fueron. Es por esa razón que rápidamente surgieron iglesias en Judea, Samaria, Galilea y muchos otros lugares del mundo de aquel entonces (Hechos 9:31; 11:19-26).

La persecución que buscaba acallar a los discípulos, los puso en movimiento y actividad evangelizadora constante. Es por eso que ese “pero” es bendito y glorioso. Convirtamos también nosotros nuestro contexto adverso en una oportunidad para testificar con entusiasmo de nuestro misericordioso Señor y de su salvación eterna.

Un texto que nos confronta e interpela

Los cristianos de hoy tenemos que hacer lo mismo que hicieron nuestros antepasados del Nuevo Testamento. Necesitamos predicar y anunciar el evangelio por todas partes. Todos tenemos que hacer esta tarea. Todos estamos capacitados y llamados a testificas de Jesucristo por todas partes.

Hechos 8:4 me interpela personalmente.

Este texto de la Escritura cuestiona en realidad a la totalidad de la iglesia y a cada miembro de ella. ¿Está toda la iglesia testificando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que se encuentra? ¿Están todos y cada uno de los miembros de iglesia compartiendo de Jesús y su obra de salvación en los lugares en donde viven y en todos los lugares a donde van? ¿Estoy yo predicando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy?

Hechos 8:4 es un desafío para mí. Este texto me confronta desde mi conversión a Jesucristo. La movilización proclamadora del evangelio de todos y cada uno de los miembros de la iglesia es un reto para todos aquellos que apacientan las congregaciones de Jesucristo en Perú y en todas partes del mundo.

Nosotros los cristianos de hoy tenemos la misma fe, el mismo Espíritu, la misma palabra escrita, la misma misión y la misma presencia constante de Jesucristo que los primeros discípulos. Nuestras circunstancias han variado, pero en las cuestiones esenciales, no nos diferenciamos. ¿Por qué es entonces que no testificamos de Jesucristo como lo hicieron ellos?

La necesidad del compromiso personal y del ejemplo

Hechos 8:4 me escudriña.

Necesito cumplir el desafío que presenta.

Tengo que predicar el evangelio en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy. Toda persona que se relaciona conmigo por una u otra razón tiene que oír el evangelio de mi boca, tanto si ya es cristiano, y con mayor razón si es que todavía no lo es.

Si quiero que toda la iglesia predique el evangelio en donde está y en todo lugar al que va, tengo que darle la motivación adecuada -además de la enseñanza y del mandato de hacerlo- con mi ejemplo y con mi pasión.

Los primeros cristianos tuvieron el ejemplo de los apóstoles. Ellos predicaron valientemente el evangelio. No se acobardaron por la prisión, por las amenazas, ni por azotes de las autoridades judías. Prefirieron obedecer a Dios antes que a los hombres. Hechos 5:42 testifica de este su apasionado trabajo: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”

La movilización evangelizadora de todos y cada uno de los miembros de la iglesia empieza con uno, con dos, o tres, o más cristianos. El ejemplo y la pasión de estos cristianos cundirá en los demás y la dispersión de los hijos de Dios en razón de su vivienda, su trabajo, sus estudios hará el resto.

Los cristianos ya estamos “dispersos” y “esparcidos” entre la gente que todavía no cree ni sigue a nuestro Salvador.

Nosotros vivimos entre las personas que tienen necesidad de Jesús y de su salvación la mayor parte del tiempo.

Cumplamos nuestra misión aprovechando esa nuestra dispersión. Anunciemos el evangelio a quienes se relacionan con nosotros cada día. Imitemos el ejemplo de nuestros antepasados neotestamentarios y hablemos de Jesucristo y su evangelio por todas partes en todo momento.

Pasos prácticos para hacer realidad Hechos 8:4 hoy

No sé de ti, pero yo estoy desafiado y animado.

Hacer realidad Hechos 8:4 en mi vida es mi reto presente y continuo.

Te comparto lo que estoy haciendo con la ayuda y la guía de Dios:

  1. Oro por valentía, oportunidades y diligencia para testificar cada día por donde vaya.
  2. Llevo folletos evangelísticos para entregarlos tan pronto como haya oportunidad.
  3. Procuro hablar de Jesús y su evangelio a cada persona que se relaciona conmigo.
  4. Tengo momentos en los que salgo de la casa con el objetivo específico de hablar el evangelio con alguna persona u otra persona.
  5. Ofrezco mi compañía evangelizadora a quien necesite un compañero para evangelizar y voy con él a donde sea necesario.
  6. Motivo a otros a evangelizar y les enseño cómo hacerlo.

Oración

Dios y Padre de Jesucristo, muévenos a evangelizar cada día a toda persona por todo lugar a donde vamos. Que Hechos 8:4 sea una realidad también en nosotros tu iglesia hoy. En nombre de Jesús. Amén.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

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Modelados por el Maestro: La teología de mentoreo y restauración de obreros en Bernabé.

Los seres humanos tenemos la tendencia a enfocarnos en los hombres que resaltan y que lideran los procesos transformadores y a pasar por alto a quienes son cruciales en ellos, pero no tan visibles. Nos fijamos en los primeros, pero nos olvidamos de los segundos, terceros, cuartos, etc.

Los cristianos no estamos exentos de esa miopía de la condición humana. Admiramos a Pablo —y a otros como él—, pero obviamos a Bernabé —y a quienes son como él—. Es parte de nuestra humanidad hacer así. Nos fijamos en quien está adelante, pero desatendemos a quienes lo impulsaron y promovieron para llegar hasta allí.

Bernabé es un ejemplo. Él, en el relato bíblico, es un discípulo de segunda línea y hasta de tercera, pero con un carácter y un rol decisivo en el crecimiento del evangelio y de la iglesia de Jesucristo en los diferentes pueblos y ciudades del otrora poderoso Imperio Romano. Su contribución personal fue determinante en la vida de la Iglesia de Jerusalén y la vida de los apóstoles, y en la vida de la Iglesia de Antioquía y de Pablo, y en la vida de Juan Marcos.

1. Un nombre que revela el corazón

Bernabé significa «hijo de consolación» y es un sobrenombre, no un nombre. Su nombre de pila era José, y solo se lo menciona con ese nombre el día en que se le apodó «Bernabé» (Hechos 4:36). Fueron los apóstoles quienes le pusieron ese sobrenombre. Ese detalle no es menor, ya que ellos eran hombres de probada percepción espiritual.

Los apóstoles le apodaron «Hijo de consolación» por la profunda sensibilidad de su corazón. La fe en Cristo potenció su tierno y compasivo corazón. La evidencia concreta de esa potencialización fue la venta de su heredad y la entrega de lo obtenido a los pies de los apóstoles, para que fuese distribuido a los necesitados de la congregación de Jerusalén (Hechos 4:36-37).

¡Bernabé valoraba a la gente, no a las cosas ni al dinero!

¡Las personas le eran más importantes que sus posesiones!

Bernabé nunca más fue llamado por su nombre José. Su sobrenombre, que reflejaba su corazón y su bondadosa personalidad, ocupó el lugar de su nombre.

2. El puente de aceptación para Saulo

Fue gracias a Bernabé que Saulo, el perseguidor de la iglesia, una vez convertido a Jesucristo y bautizado por Ananías, fue aceptado e integrado a la iglesia de Jerusalén. Al principio, los discípulos miraban a Pablo con desconfianza. El propio Ananías, quien lo bautizó en Damasco, hizo patente su temor respecto a Pablo al propio Jesucristo antes de bautizarlo (Hechos 9:13-14).

El pasado de Pablo como Saulo el perseguidor era un lastre que dificultaba a los discípulos creer que él era «verdadero» discípulo (Hechos 9:26). La intervención de Bernabé y el respeto que se le tenía por su carácter fueron determinantes para que los discípulos de Jerusalén lo recibiesen como hijo de Dios (Hechos 9:27). Bernabé no se amilanó por el pasado de Saulo; sino que creyó y se entusiasmó por la obra de Jesucristo en él.

3. Discernimiento y mentoría en Antioquía

Los apóstoles, los ancianos y la iglesia de Jerusalén confiaban en la bondad, la fe, la vista y la sensibilidad espiritual de Bernabé. Es justo por eso que lo enviaron hasta Antioquía para supervisar la obra de los cristianos dispersos entre los gentiles de la ciudad de Antioquía (Hechos 11:22).

Bernabé reconoció que Dios estaba haciendo su obra en Antioquía. Su llegada y sus palabras de ánimo reflejaron su sensibilidad y su carácter espiritual. Hubo muchas conversiones durante su estadía. Él vio de inmediato el potencial de esa naciente iglesia y decidió quedarse allí para ministrar. Pero no se quedó solo, sino que fue hasta Tarso en busca de Saulo —Pablo—, a quien trajo para que trabajase junto a él discipulando a tantos como podían. Bernabé confió en Pablo, ya no solo como un discípulo, sino como un siervo, como un maestro, como un ministro del evangelio de Cristo.

4. El carácter restaurador frente al fracaso: El caso de Juan Marcos

Bernabé y Pablo ministraron juntos desde el inicio de la iglesia en Antioquía hasta el inicio de lo que se conoce como su segundo viaje misionero, que fue cuando se separaron y dejaron de andar y de servir juntos. ¿Por qué? La razón de la separación fue el corazón y el carácter bondadoso y restaurador de Bernabé. Él, a diferencia de Pablo, que se frustraba y perdía la confianza en los que daban muestra de debilidad, confiaba y creía en este tipo de cristianos.

Bernabé y Pablo se separaron por causa de Juan Marcos. Bernabé quería llevarlo en este segundo viaje, pero Pablo no. Juan Marcos los había abandonado en Panfilia en un viaje anterior y Pablo ya no confiaba en él. Bernabé, sin embargo, sí lo quería llevar consigo; él —más allá del parentesco: era su sobrino—, sí lo veía útil. El desacuerdo entre estos dos siervos de Dios fue tan fuerte, que no les quedó más remedio que separarse. Pablo se fue con Silas y Bernabé se la jugó por Juan Marcos y lo llevó con él a la obra (Hechos 15:36-41).

Bernabé confiaba en quienes otros ya no confiaban. Él no desechaba a quienes otros sí desechaban. Su carácter bondadoso y misericordioso, y su sensibilidad espiritual le hacían restaurar y curar a los caídos. Y eso es lo que hizo con Juan Marcos. Él viajó con Juan Marcos y Juan Marcos no volvió a abandonar la obra de Dios nunca más.

Dios no nos ha revelado la labor que realizó Bernabé en la vida de Juan Marcos al viajar con él. No sabemos qué es lo que hizo. Lo que sí sabemos, sin embargo, es el resultado final: Juan Marcos volvió a ser un obrero confiable y es el propio Pablo quien testifica esa confiabilidad en tres de sus cartas (Colosenses 4:10; 2 Timoteo 4:11; Filemón 24). Aun Pedro testificó de la fidelidad de Marcos (1 Pedro 5:13).

5. El reflejo del Maestro

El impacto que me ha causado Bernabé en estos días es tremendo. Él es un seguidor e imitador leal de Jesucristo, nuestro Maestro. Él, en el caso específico de Juan Marcos, imitó a Jesucristo. Nuestro Señor sabía de antemano que sus principales discípulos, los doce, lo iban a negar terriblemente. Él se los dijo clara y directamente, pero ellos no se «veían» negándolo.

Jesús vio la negación pecaminosa de sus discípulos, pero no los desechó, ni los descartó para nunca más volverlos a usar. No, él no hizo eso —y Bernabé aprendió de su Señor—. Jesús intercedió por sus discípulos para que no se desalentasen —el momento post caída es terriblemente desalentador para todo verdadero discípulo—. Él también anticipó el arrepentimiento y la aptitud para el servicio en su oración intercesora.

La oración de Jesús por sus discípulos previendo su negación es clarísima y Bernabé la debe haber tenido en su memoria:

«Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.»

— Lucas 22:31-32 (RVR1960)

Conclusión

Bernabé, como Jesús, no desechaba, restauraba.

Bernabé no fue un hombre de primera plana, pero quienes estaban delante de él lo respetaban y valoraban. Todos veían la utilidad de Bernabé debido a la madurez de su carácter y a su sensibilidad espiritual.

Necesitamos la personalidad espiritual y el carácter de Bernabé. ¡Cultivémoslos con la ayuda de Dios, hermanos en Cristo! Amén.

Cada vez que veamos a un hombre de Dios de primera línea en la obra de Dios, como Pablo o como Juan Marcos, pensemos de inmediato en quienes desde la segunda línea, como Bernabé, los ayudaron a llegar hasta el lugar donde están.

¡Que Dios nos ayude a ser como Bernabé! Amén.

…

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El Impacto Transformador de la Iglesia Verdadera de Jesucristo en las Naciones.

Los ciudadanos y las autoridades del Imperio Romano “temían” a los primeros cristianos. No los temían porque fueran inmorales, ladrones, violentos o asesinos, sino porque su mensaje y sus vidas demandaban un cambio total y radical.

Ellos anunciaban con sus vidas y sus voces a Jesús Nazareno —muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación— como el Rey y Señor de todo el universo. Todos tenían que reconocerlo a Él como Salvador y dueño de sus vidas. Creer en Jesús y seguirle significaba convertirse en hijo de Dios y ciudadano del reino de los cielos.

En consecuencia, quienes estaban conformes con su modo de vivir (cultural, religiosa o políticamente) no los querían entre ellos. No querían cambio alguno; por eso los rechazaban y perseguían con violencia. La presencia de cristianos verdaderos en sus pueblos y ciudades era una amenaza directa al status quo —el estado de las cosas—.

El “Trastorno” de Tesalónica

Es por esa razón que cuando Pablo y Silas ingresaron a Tesalónica, los judíos celosos intentaron aprehenderlos. Al no encontrarlos, apresaron y llevaron ante las autoridades a otros hermanos en su reemplazo para amedrentarlos e impedir la predicación del Evangelio.

El libro de Hechos testifica:

“Pero no hallándolos, trajeron a Jasón y a algunos hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá; a los cuales Jasón ha recibido; y todos estos contravienen los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús. Y alborotaron al pueblo y a las autoridades de la ciudad, oyendo estas cosas.”

— Hechos 17:6-8 (RVR1960)

Para los ciudadanos de Tesalónica, los cristianos estaban “trastornando el mundo entero”. ¿Por qué lo decían? ¿Estaban exagerando? Lo decían por la enseñanza crucial del Evangelio, que desafiaba la lealtad absoluta exigida por el Imperio: los cristianos enseñaban que «hay otro rey, Jesús».

La palabra griega utilizada aquí para “trastornar” es Anastatoō (ἀναστατόω). Lejos de ser una metáfora blanda, este término significa: perturbar, inquietar, agitar, alterar el orden, provocar conmoción o poner de cabeza. Proviene de la idea de “sacar algo de su lugar” o hacer que quede desalojado.

La acusación de sedición o insurrección contra los discípulos era una calumnia política. Los cristianos de aquellos días no buscaban el poder político terrenal ni usaban la fuerza; sabían muy bien que el reino de Jesucristo no era de este mundo y que eran ciudadanos del reino de los cielos.

Sin embargo, había un aspecto innegable y muy cierto en la acusación de sus adversarios:

Quienes creen y siguen a Jesucristo, Su Iglesia, si viven a Cristo y cumplen fielmente con predicar el evangelio en el poder del Espíritu Santo, no solamente se multiplicarán y se acrecentarán numéricamente y se constituirán como iglesias locales en más pueblos y ciudades, sino que transformarán para bien toda la vida, la cultura, las costumbres, la religión y la política de la nación o de las naciones donde están y cumplen su misión.

En palabras sencillas: ese núcleo fervoroso realmente “trastornará” para bien toda la vida de la gente.

Las Figuras del Reino y el Ejemplo de Éfeso

Jesucristo presentó durante su ministerio figuras que ilustran este poder transformador continuo de sus discípulos en este mundo:

  • La sal de la tierra (Mateo 5:13). -Sabor, curación, preservación-.

  • La luz del mundo (Mateo 5:14-16). -Alumbrar, iluminar, guiar-.

  • La levadura que leuda toda la masa (Mateo 13:33). -Transformación interna, silenciosa y total-.

  • La semilla de mostaza que se hace árbol y da cobijo a las aves (Mateo 13:31-32). -Pequeño, grande-.

Antes de seguir, quiero aclarar lo siguiente: la transformación positiva y digna de toda la vida de un pueblo o de una nación en función del Evangelio de Jesucristo no significa necesariamente que todos los habitantes serán salvos e hijos de Dios. No, no es así.

En el libro de Hechos hay un ejemplo concreto de la transformación de una ciudad por los cristianos y el poderoso mensaje de Jesús: Éfeso (Hechos 19:1-41). En esa ciudad, el impacto de la predicación de la palabra de Dios en el poder del Espíritu Santo por los cristianos genuinos y obedientes la “trastornó” positivamente:

  1. Conversión genuina: Hubo un buen número de ciudadanos que se convirtió a Cristo y se integró a su iglesia.

  2. Humillación del ocultismo: La religión idolátrica y demoníaca de la ciudad fue humillada y golpeada con muchas deserciones.

  3. Impacto económico: La economía, que estaba basada en la religión idolátrica, recibió un duro golpe, ya que fueron muchos los que abandonaron a la diosa Diana y a todos los objetos artísticos relacionados con ella.

  4. Transformación cultural: La cultura de la ciudad también recibió una conmoción porque los libros de magia fueron quemados públicamente.

  5. Reordenamiento político: La política, que reflejaba a la ciudadanía, tuvo que intervenir para imponer la paz y el orden social.

Es obvio, entonces, que el temor algo exagerado de los ciudadanos de Tesalónica sobre el impacto revolucionario de los cristianos y su mensaje no estaba tan lejos de la verdad. Más adelante, la transformación micro de la sociedad que se vio en Éfeso se vio también a nivel macro, al transformar formalmente al poderoso y enorme Imperio Romano a partir de Constantino (306 – 337 d.C.), una transformación tan profunda que moldeó a toda la sociedad del Mediterráneo hasta hoy.

Las Cuatro Dimensiones del Cristianismo en la Sociedad

Escribí este artículo por causa del impacto que generó en mis lectores mi nota sobre el Te Deum “evangélico”. Al leer los comentarios, percibí que hay un buen número de cristianos que captan el impacto de obedecer la Gran Comisión solo en las conversiones personales y en la asimilación a la iglesia, el Cuerpo de Cristo; pero no toman en cuenta el impacto que hay en la vida personal, familiar y social de quienes oyen pero no se convierten a Jesús ni se añaden a su iglesia. En ese post mostré cómo el movimiento evangélico ha crecido hasta el punto de ser hoy considerado relevante por las autoridades políticas. El mensaje de Cristo ha impactado poderosamente en nuestra sociedad desde la fundación misma de la república, lo cual no significa que todos sean salvos o verdaderos hijos de Dios.

Para entender totalmente el impacto transformador del mensaje de Cristo en los pueblos y naciones, tenemos que considerar estos cuatro aspectos o dimensiones de su manifestación:

  1. Cristianismo Relacional: Quienes oyen el Evangelio, creen y siguen a Cristo de forma verdadera. Estos son hijos de Dios, tienen una relación real con Él y han sido añadidos a la Verdadera y Única Iglesia de Jesucristo. Este impacto representa el núcleo fervoroso y la fuente viva de la transformación.

  2. Cristianismo Religioso: Quienes oyen el Evangelio y creen porque les gustó e impactó la enseñanza de la Palabra de Dios, pero no necesariamente han nacido de nuevo. Son, por tanto, cristianos e iglesias en la forma, pero no en la esencia.

  3. Cristianismo Cultural: Quienes no creen ni siguen a Jesucristo como Señor y Salvador, pero adoptan los principios y valores de la Biblia para vivirlos porque los reconocen como buenos, verdaderos, dignificantes y razonables. Ellos adoptan la cosmovisión cristiana porque la ven correspondiente con la realidad, actuando como un freno moral indirecto en la sociedad.

  4. Cristianismo Político: Quienes buscan el poder político y aprovechan al cristianismo religioso y cultural para conseguir autoridad y gobernar los pueblos y naciones, en el mejor de los casos, con la intención de construir el reino de Dios en la tierra por medios humanos y terrenales.

El Evangelio y los creyentes han producido este tipo de impacto en sus diferentes aspectos a lo largo de la historia de la humanidad hasta hoy. El Sacro Imperio Romano, las naciones católicas y protestantes surgidas tras la Reforma Protestante y los pueblos formados en América son evidencia de ello.

Advertencia Final y Llamado

La clave de todo este impacto transformador está en Dios, en primer lugar; y en la Iglesia de Jesucristo y en cada hijo verdadero de Dios, después. Dios obra en este núcleo de su pueblo, y es por su obediencia diligente a la Palabra de Dios en el poder del Espíritu Santo que se logra esa transformación.

Este hecho bendito nos lleva a una advertencia final: de la misma manera que toda transformación positiva en un pueblo o nación empieza, se mantiene y se acrecienta por la fe fervorosa y obediente de los cristianos verdaderos, su enfriamiento, la pérdida de su primer amor y el descuido de la obediencia diligente pueden originar un “trastorno” negativo en la sociedad, hasta el punto de hacer desaparecer la presencia del Evangelio en ellos. El ejemplo concreto en la historia son las naciones orientales y del Norte de África que hoy son musulmanas, pero que en el pasado fueron grandes bastiones cristianos. Otro ejemplo más cercano y presente es Europa, que iluminó y edificó la civilización occidental con el Cristianismo en sus diferentes vertientes, pero que hoy luce fría, desorientada y mutando al ateísmo, al secularismo, a las religiones orientales, al socio comunismo moderno y al Islam. 

Cuidemos nuestra vida con Dios por medio de Jesucristo. Nuestra presencia y nuestra misión en este mundo no solamente salvan a las personas y las llevan a la gloria de Dios, sino que también le dan tiempo, preservación y oportunidad a las naciones para que oigan el Evangelio, crean y se salven. Los cristianos que vivimos en Perú estamos bendecidos por la fe que Dios nos ha dado. Vivámosla y difundámosla cada día por todo lugar de nuestro país y el mundo.

Amén.

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