Todo absolutamente depende de Dios y de su buena voluntad para con nosotros.

Si Dios quiere. Si Dios permite. Si Dios dispone. Depende de Dios.
Si Dios lo determina. Si a Dios le place. Si a Dios le agrada. Si Dios lo ordena.
Primero Dios. Primeramente Dios.
Estas expresiones no son meras expresiones vacías o vacuas, sino verdaderas y siempre verdaderas. La contundencia de las palabras me impresionan y maravillan. Dios es el principio, el medio, la causa y el fin de todas las cosas.
Existimos y vivimos porque Dios lo quiso y lo quiere. No estamos en esta tierra por nuestra absoluta y sola voluntad. Así es con todo lo que existe. Todo, todo depende de Dios y de su voluntad. Nada se mueve ni es posible, sino por Dios.
Esto es categórico.
Nunca debemos usar esas expresiones sin la carga y el contenido que expresan. Nunca debemos pronunciarlas sin cierta y efectivamente creerlas.
Cada día de mi vida, en especial, desde que conozco a Dios por medio de la fe en Jesucristo Su Hijo, he aprendido y asimilado esta profunda y significativa verdad: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.” (Santiago 4:15).
Nosotros no somos señores de nuestros caminos. Dios es quien gobierna y quien conduce toda su creación y a todas sus criaturas, y los seres humanos no somos la excepción. Esta verdad va en contra de la autonomía y la soberbia del ser humano, pero es inobjetable.
Siempre uso las expresiones con las que inicié esta nota. Las uso porque creo que así es. Las uso en mi vida cotidiana, pero más cuando viajo, y he viajado mucho, tanto cerca de mi barrio como muy lejos del mismo.
Justo ahora estoy ad portas de un viaje largo y es por eso que todo el párrafo de Santiago 4:13-17 está en mi meditación. Todos dependemos de Dios para todo lo que hacemos y yo muchísimo más.
Nada de lo que soy ni de lo que tengo es por mí mismo, sino por Dios y por su buena voluntad para conmigo. Pero esto no es así solo para conmigo, sino para con todos los seres humanos, sin distinción. Dios no hace acepción de personas.
Pensémoslo, meditémoslo, considerémoslo.
Seguro que al final, si reflexionamos meticulosamente bien, descubriremos y concluiremos que sí, que lo que dice la Biblia es verdad, y que “… si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.”
¡Qué Dios nos ayude a vivir bajo esta convicción y certidumbre cada día! Amén y amén.

¡Consideremos siempre a Cristo al combatir contra el pecado!

El cristiano combate contra el pecado. Contra el suyo, primero; y contra el de los demás, después. Toda su vida en esta tierra en un constante y trabajoso batallar contra el origen y la causa de todos los males y de todas las tragedias de la humanidad, el pecado.

La lucha personal es árdua, intensa y continua. Cada día combate. Él sabe que su carne, su viejo hombre, quiere pecar e ir contra la santidad de Dios. Por eso no se descuida; siempre está alerta.

El combate contra el pecado es hasta la muerte. Solo la muerte lo liberará de este cruento combate.

El combate del cristiano contra el pecado de otros también es continuo. Lucha contra ese pecado con intercesión, en lo secreto; y en lo público, con enseñanza y predicación de la palabra de Dios, y con testimonio de vida.

El cristiano sufre con paciencia y sin sentimientos negativos y no espirituales el pecado que otros cometen contra él, porque no se deja vencer por el mal, sino que vence con el bien al mal.

El Cristiano se agotará y se desanimará casi hasta desmayar en esta lucha contra el pecado. El Espíritu Santo lo sabe y es por eso que lo exhorta a considerar a Jesucristo al batallar contra el pecado.

Considerar significa “pensar sobre algo analizándolo cuidadosamente”. El hijo de Dios tiene que meditar, pensar, contemplar y considerar a Jesucristo y su ejemplo para animarse y fortalecerse y no desmayar al luchar contra el pecado.

¡Qué todos los cristianos consideremos y miremos a Cristo siempre al luchar arduamente contra el pecado¡ ¡Nuestros ojos siempre tienen que estar fijos en nuestro Señor para que nuestro ánimo esté ferviente! Amén.

¡Agradar y complacer a Dios no es tan complicado!

Complacer, agradar y contentar a Dios, según Miqueas 6:8, no es tan complicado ni tan engorroso. ¡Qué bueno que Dios es fácil de satisfacer!

Dios no quiere grandes sacrificios de nosotros necesariamente. No nos pide todos nuestros bienes. No está interesado en que le entreguemos a nuestros familiares. ¡A Dios no lo compramos con lo más preciado que poseamos!

Arrancarle aprobación a Dios no es tan intrincado. La complicación siempre ha estado, está y estará en nosotros pecadores; nunca en él.

Dios sabe que nosotros complicamos lo que es sencillo y por eso que se esmera en facilitarnos las cosas.

Dios, por tanto, ha declarado lo que es bueno y sus demandas a nosotros están clarísimas. Agradarle, en consecuencia, sí es posible. Mucho más si es que nosotros creemos y seguimos a Jesucristo Su Hijo.

Dios ha comunicado lo que quiere de nosotros y Miqueas 6:8 es un ejemplo.

Tenemos que hacer justicia (hacer lo bueno) y amar misericordia (ser buenos y compasivos). Estas instrucciones son para cumplirlas con quienes nos rodean. Nosotros no debemos hacer mal a nuestro prójimo en ningún momento. Nosotros solamente debemos hacer el bien a nuestros semejantes.

La otra instrucción expresada también es diáfana. Dios quiere que vivamos humillados ante él. Y claro que sí tenemos que vivir constantemente humillados y reverentes ante nuestro Dios. Él es tan gran grande, tan bueno, tan maravilloso y tan todo, que … solamente la postración humilde y agradecida ante Dios en Jesucristo Su Hijo es la manera correcta de vivir.

Propongámonos darle alegría a Dios haciendo lo que él nos pide. Todos los seres humanos tenemos que vivir agradando a Dios y los cristianos mucho más.

Dios nos ha salvado por medio de Jesucristo Su Hijo y nos ha dado su Espíritu para motivarnos y movernos hacia amarle y deleitarle.

¡Hagámosle el bien a nuestros semejantes y cumplamos así la petición que Dios nos hace!

¡Nunca permitamos que nuestro alma se eleve soberbiamente ante Dios! ¡Reconozcamos la grandeza y la inmensidad de Dios y obedezcámosle y sirvámosle humildemente ahora y o la eternidad! Amén y amén.

¿Qué tiene que hacer el pecador para ser salvo? – Una interpretación no calvinista ni arminiana de Romanos 10:8-13.

“Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.

Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo.” (Romanos 10:8-13).

¿Qué es lo que tiene que hacer el hombre pecador para apropiarse de la salvación que Dios ha obrado para él por medio de Jesucristo?

Encontraremos la respuesta en este párrafo, que está ubicado justo luego de los textos bíblicos en los que Pablo expone la diferencia que hay entre la justicia de Dios, que viene por la fe, y la justicia humana o justicia propia, que viene por lo que uno mismo hace, aun cuando es en “obediencia” a la mismísima ley de Dios (Romanos 10:5-6).

Los judíos están perdidos porque no tienen ni siguen la justicia de Dios que es por fe, sino su propia justicia, la justicia humana, que depende de sus obras, de sus acciones. (Romanos 9:1-5; 10:1-5).

Los cristianos, al contrario, son salvos porque se han apropiado y han hecho suya la justicia de Dios por la fe. Ellos no dependen de sus obras para su salvación, sino de la obra que Dios ha hecho por medio de Jesucristo. (Romanos 10:6-7).

La obra de salvación de Dios es imposible para el ser humano, cualquiera que sea. El hombre no puede salvarse por sí mismo en ninguna manera. Pablo afirma clarísimamente esta irrefutable verdad.

Ningún ser humano subió al cielo para traer a Jesucristo a la tierra; Dios lo hizo. Ninguno descendió tampoco al abismo para resucitar a Cristo de entre los muertos; fue Dios quien sí lo hizo. (Dios hizo esto mismo con su ley, la cual, según Deuteronomio 30:11-14, fue puesta al alcance de Israel, para que la obedeciese). En consecuencia, la obra de salvación ya está realizada por Dios mismo por medio de Jesucristo. (Romanos 10:8-9).

Esa salvación ya realizada y consumada está cerca de todo ser humano y el escritor bíblico es contundente en su afirmación. (Romanos 10:6-8).

A continuación, Pablo muestra cómo el pecador, ya judío o ya gentil, puede apropiarse de la salvación de Dios en Cristo Jesús, ya que la misma está cerca de él, a su alcance.

1. El pecador debe confesar con su boca que Jesús es el Señor. La acción que le corresponde al pecador es confesar. Esta palabra de Dios se repite dos veces en los versículos 9 y 10. ¿Qué significa confesar? Confesar es declarar, manifestar, revelar, admitir y reconocer verbal, abierta y públicamente una idea, una convicción, un hecho o una persona. En este caso específico, lo que se confiesa y se declara oralmente es que Jesús es el Señor, es decir, el que manda, el que gobierna, el que reina. ¿Quién es la persona que confiesa esto? La instrucción es clarísima. Es el pecador mismo quien tiene que hacer la confesión. Esta confesión es un acto de fe propiamente humano (no una obra, aunque los calvinistas la quieran ver como tal).

2. El pecador debe creer en su corazón que Dios resucitó a Jesucristo de entre los muertos. La palabra creer o su derivado se encuentra tres veces en los versículos 9 al 11. ¿Qué significa creer en este párrafo? Creer en este párrafo y en la Biblia, no es un acto ciego, irracional o ignorante. El creer bíblico tiene conocimiento (que viene de oír sobre Dios y sus hechos), convicción (que es obrada por el Espíritu Santo) y acción (que es la expresión visible y externa de creer). En consecuencia, el pecador, por el acto de creer, acepta y reconoce verbalmente con su boca que Jesucristo verdaderamente ha resucitado de entre los muertos por la obra y el poder de Dios. El creer es un acto interno, del corazón, pero se manifiesta por medio de confesar e invocar, lo cual se hace por medio de la boca.

3. El pecador debe invocar el nombre del Señor. La palabra invocar se encuentra dos veces en los versículos 12 y 13. Invocar significa “llamar o clamar a alguien por ayuda y socorro”. Esta invocación y clamor es específico y singular en este contexto, pues se llama a Jesús, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.

¿Para qué se llama, se clama o se invoca a Jesús? Básicamente, el pecador lo llama, clama o invoca pidiéndole misericordia, perdón y salvación. En lo fundamental, aunque son varios los calvinistas que niegan esto que escribiré, los pecadores, al invocar el nombre del Señor, oran a él pidiéndole que los perdone, los salve y les de vida eterna. (Los calvinistas cuestionan a la oración como medio de salvación y, hasta cierto punto, tienen algo de razón. Orar no salva, pero es por medio de orar que pedimos que Dios nos salve en Jesús Su Hijo. Sino invocamos a Jesús en oración para que nos salve, ¿cómo es que lo haremos?).

Estos tres actos humanos son propios y personales, pero no son obras para ganar o merecer la salvación (la salvación nunca se gana o se merece). Los pecadores confiesan, creen e invocan a Jesús para pedir su salvación (que él ha ejecutado y realizado) porque reconocen por fe que él es el Señor y Salvador resucitado por Dios.

El párrafo que estamos estudiando garantiza y asegura firmemente la salvación de todo hombre o mujer que realice personal, voluntaria y genuinamente las tres acciones alistadas.

Las expresiones “serás salvo” (9, 13) y “para salvación” son el resultado de confesar, creer e invocar a Jesús. La salvación del pecador que hace lo que Dios demanda respecto a Jesús está cierta y totalmente garantizada.

La salvación de Dios para el pecador es un hecho y los creyentes podemos confiar y creer en Jesús con la certeza de que “todo aquel que él creyere, no será avergonzado”, en ninguna manera.

La abundancia de la salvación para los pecadores que hacen las tres acciones que Dios quiere y demanda, ya sea judío o gentil, está certificada por el hecho mismo de que Jesucristo “es Señor de todos” los pecadores y “es rico”, suficiente y abundantemente rico para darle su salvación a todos.

La interpretación de este párrafo de Romanos 10:8-13 intenta ser estrictamente apegada a lo que está escrito.

La interpretación no quiere ser ni arminiana ni calvinista, sino bíblica.

Cada vez me convenzo que ambas posturas están erradas, pues, van en contra de lo claramente escrito.

Dios ha hecho la obra de salvación por medio de Jesucristo y tal obra no estaba en ninguna manera al alcance del ser humano. Empero, la apropiación, la obtención de la salvación sí requiere de la acción humana, que es fe, no obra.

Estas acciones de apropiación están claramente señaladas.

El pecador tiene que confesar que Jesús es el Señor.

El pecador tiene que creer que Dios levantó a Jesús de entre los muertos.

El pecador tiene que invocar el nombre del Señor.

Estás acciones, reitero, tienen que ser realizadas por todo pecador que quiere ser partícipe de la salvación de Dios en Cristo. Nadie puede hacerlo por él y nadie lo hará. Es su responsabilidad ejecutarlas. Él es quien tiene que realizarlas, sí o sí.

Finalizo esta exposición con este mi ruego:

“¡Que Dios siga haciendo llegar su salvación en Cristo a los pecadores por medio de sus mensajeros y que los pecadores que los escuchen se apropien y hagan suya la bendita salvación por medio de la fe en Jesús (confesándolo, creyéndolo e invocándolo), ya que él es el único que murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación! Amén.”

¡La prioridad de Dios es la salvación de todos los seres humanos, no su condenación!

El calvinismo es una mala sistematización de la doctrina bíblica. No solamente es mala, sino también la más peligrosa y dañina. La razón es sencilla: El calvinismo “tiene” como bandera la soberanía y gloria de Dios, y la apariencia de ser “rigurosamente bíblico”.

Pero, tristemente, no lo es. Aunque, desde los calvinistas piensan que sí.

El calvinismo distorsiona el carácter de Dios y pasa por alto la enseñanza general y evidente de la Escritura.

En este escrito voy a usar a la doctrina de la salvación de la humanidad como ejemplo de lo que afirmo. Los calvinistas enseñan que Dios tiene ya decidido de antemano la salvación de unos y la condenación de otros.

La Biblia es clarísima, sin embargo, en que lo que Dios más quiere de los seres humanos es su salvación. La evidencia de tal realidad son estos cuatro hechos:

  1. Dios le tiene paciencia a la humanidad y la soporta y busca su salvación. (Hechos 17:29-31).
  2. Dios ama a la humanidad y envío a Jesucristo, Dios Hijo, para salvarla de su condenación. (Juan 3:13-21).
  3. Dios sacrificó y ajustició a Jesucristo en reemplazo de los pecadores. (Romanos 5:6-8).
  4. Dios envío al Espíritu Santo y a la iglesia de Cristo a este mundo para predicar y anunciar el evangelio de salvación en Cristo a toda criatura a fin de que sean salvos por medio de creer en él y seguirle. (Hechos 1:8; 5:29-32).

Estos hechos son innegables y están absolutamente clarísimos en la Escritura, básicamente; y también en la historia de la humanidad.

La Biblia, asimismo, es diáfana en que Dios no quiere la muerte del impío ni su condenación. El fuego eterno de condenación, incluso, no fue preparado para los seres humanos, sino para el diablo y sus ángeles (Mateo 26:41).

Hay varios textos que afirman la inalterable verdad divina de que Dios no quiere condenar al pecador.

He aquí algunos de ellos:

  1. “Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos, ¿Por qué moriréis, oh casa de Israel?” (Ezequiel 33:11).
  2. “Porque no envío Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).
  3. “Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea” (Lucas 9:55-56).
  4. “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

Estas dos verdades complementarias son inconmovibles. Dios quiere salvar a todos los seres humanos. Esa es su prioridad. Dios no quiere condenar a los seres humanos. Esa no es su principal motivación. Los textos bíblicos son claros e irrefutables. No se puede quebrantar la palabra de Dios ocultando o negando lo brillantemente escrito.

El calvinismo enseña en última instancia, sin embargo, tanto el moderado como el más extremo, en una u otra manera, esta idea que es opuesta a lo que la Biblia dice sobre la salvación de la humanidad: Dios tiene desde antes de la fundación del mundo un grupo de seres humanos a los que no quiere ni va a salvar, sino condenar y que no hay nada ni nadie que lo pueda evitar, pues esa su condenación está establecida por su soberano decreto.

No juzgo la condición espiritual de mis hermanos en Cristo que son calvinistas. Si han creído en Cristo y lo siguen son salvos, sus pecados han sido perdonados y tienen vida eterna. Jesucristo verdaderamente los ha salvado. La salvación siempre es gracias a la obra de salvación que Dios ha realizado por medio de Su Hijo.

La salvación tampoco depende de que tengamos el cien por cierto de la verdad de Dios que, por cierto, nos es imposible en este pasajero e imperfecto mundo. Gracias a Dios que es así, sino ningún ser humano podría ser salvo.

El calvinismo no representa fielmente la enseñanza de la Biblia. La desvirtúa, la quebranta, la altera y la estropea.

La Biblia enseña claramente que Dios quiere salvar a todos los seres humanos. Eso es lo que él busca y es por eso que envío a Jesucristo Su Hijo a esta tierra. La condenación de los seres humanos (de todos o de un gran sector de ellos) no es el plan original ni la prioridad de Dios.

Eso no significa, desde luego, que Dios no haya castigado, que no esté castigando, ni que no castigará a los seres humanos por sus pecados. No es así. Dios sí hace justicia y castiga a los pecadores. Aun cuando hacerlo no es su prioridad ni lo que quiere.

Reitero, la enseñanza bíblica es  esta: Dios ama a la humanidad y es por eso que obra por medio de Jesucristo y del Espíritu Santo y la predicación del evangelio su salvación, no su condenación.

El Calvinismo va en contra de esta verdad que está plasmada en la Biblia, en la historia de la humanidad y en la eternidad. Es doloroso que así sea. Pero no se puede dejar de denunciar a tan peligroso y contraproducente movimiento doctrinal .

El Calvinismo va en contra de lo que la Biblia dice sobre Dios y su salvación para todos los hombres a través de Jesucristo Su Hijo. Esa su enseñanza no es fiel a la Escritura aunque sus principales propulsores digan que sí.

Termino.

El calvinismo olvida que lo que a Dios más le alegra y regocija es el arrepentimiento y la salvación de un pecador. Dios sí está contengo con sus quienes ya son salvos. Él sí se deleita con quienes ya se han arrepentido y creído. Empero, su gozo es muchísimo mayor al ver la salvación de un pecador que se arrepiente.

¡Dejemos el Calvinismo y ocupémonos en darle alegría a Dios predicando y testificando su salvación en Jesucristo para que los pecadores se arrepientan y sean salvos! Amén.

“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (San Lucas 15:7).

“Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (San Lucas 15:10).

¡Admiremos y alabemos a Dios por su interés especial por los seres humanos!

Nuestra sentidos siempre tienen que estar alertas para experimentar a Dios en sus obras; para maravillarnos, alabarle, adorarle, temerle y glorificarle.

La obra más impresionante y por la que Dios gana todo nuestro ser y todo lo que tenemos, desde luego, es su obra se salvación de nuestros pecados y de nuestra condenación por medio de Jesucristo Su Hijo. No hay obra más persuasiva, seductora y convincente que esa para nosotros que creemos y seguimos a Jesucristo desde que lo conocimos por medio de su evangelio.

Pero todas las demás, como la creación, el cuidado providencial del universo y, en especial, su enfoque en el bienestar de nosotros los seres humanos, son sorprendente e impresionantemente admirables. ¡Todos nosotros, sin excepción, somos objeto del amor de Dios y todo lo que hace a nuestro favor desde que existimos es la evidencia ineludible de ello!

El salmista estaba impresionado por cómo Dios se interesaba y privilegiada al ser humano. Dios tiene a los ángeles y al universo entero, que son mucho más hermosos, inmensos y superiores, pero le presta atención y distingue al ser humano, que es infinitamente pequeño y, tengo que escribirlo, el que más problemas y dolor y decepción le causa.

La perplejidad del salmista es también la mía.

Mi asombro y mi admiración por cómo Dios nos trata a nosotros los seres humanos afloró mientras estaba en el vuelo de la fotografía, al mirar desde allí la inmensidad y la belleza silenciosa de los cielos,  y es por eso que coloqué esa porción del Salmo 8 en ella.

Nosotros los seres humanos no tenemos excusa ante Dios.

No amarle, no obedecerle, no servirle, no alabarle, no adorarle, no temerle y no creerle nos pasará factura cuando nos presentemos y nos paremos ante él al terminar el mundo presente. ¿Qué le podremos decir que nos disculpe y justifique si es que no le hemos buscado ni agradado mientras estuvimos en esta tierra?

No hay nada, absolutamente.

Solo el silencio terrorífico y avergonzado nos acompañará en ese supremo y temible instante.

Tal enmudecimiento convicto y culpable será mucho más atroz y sobrecogedor si es que hemos oído de Jesucristo y su salvación y lo hemos rechazado por el motivo que sea mientras Dios nos dio vida.

Pero no tiene que ser así.

Dios tiene amor e interés en cada uno de nosotros. Dios dio a Jesucristo y lo sacrificó en la cruz del Calvario para que nosotros seamos salvos. Ahora es el tiempo de creer y de seguir a Jesucristo. ¡Hagámoslo! ¡No demoremos más!

Nosotros los seres humanos somos privilegiados y distinguidos por Dios. Solamente tenemos que tener los ojos abiertos por la fe para mirar a nuestro alrededor y verlo. De tanta belleza y grandeza que Dios ha creado y tiene para cuidar, contemplar y deleitarse; nos prefiere a nosotros, y nos ama, busca, cuidar y atiende diligentemente. ¡Qué bendecidos y aventajados que somos!

¡Creamos, obedezcamos, sirvamos, alabemos, … y glorifiquemos a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo todos los días de nuestra vida en este universo temporal que ya pronto será transformado en el universo eterno en el que moraremos con Dios por siempre! Amén.

¡ Cuidado con la nueva Nehustan, Cristianos! – Las tradiciones humanas no son la palabra de Dios.

La perdición de los seres humanos es resultado de hacer lo contrario a lo que Dios dice, manda y enseña en su palabra.

Quebrantar la voluntad de Dios al ir contra ella es el origen de todos los males que aquejan a la humanidad.

Vivir y seguir otra palabra, excepto la palabra de Dios es un error craso y garrafal.

La voluntad de Dios está transparentemente expresada en la Biblia, que es su revelación y que ha sido comunicada por él en forma oral, al principio; en forma escrita, luego; y en forma encarnada en Jesucristo Su Hijo, al final. Hebreos 1:1-3 sentencia esto claramente:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyo heredero, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder; habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, …”

El diablo, que es el enemigo de Dios y de los hombres, que no crea nada y que no tiene nada propio de sí, excepto el mal, es el primer tergiverzador de la palabra de Dios por antonomasia (Génesis 3:1-5).

El éxito del diablo al distorsionar y oscurecer el claro sentido y propósito de la voluntad de Dios expresada en su palabra hizo que Adán y Eva incurriesen en desobediencia y acarreasen maldición y perdición a toda la humanidad (Génesis 3:6-24)..

La deformación de la palabra de Dios que inició el diablo (Génesis 3:1-5) se expresa hoy en toda tradición humana que -quita, cubre y añade- y que es puesta por encima de lo que Dios ha dicho clara y contundemente en las Sagradas Escrituras, el Antiguo y Nuevo Testamento, que es la Biblia.

Lo terrible de la tradición humana es que quienes la originan, y la escriben y la enseñan, la presentan como si “fuese” la palabra de Dios y así, con intención o sin intención, o con buena o con mala voluntad, socaban la autoridad de la verdadera palabra de Dios, desmereciéndola y reemplazándola por ella.

Las tradiciones humanas perversas, que son una tergiverzación y una deformación de lo que Dios dice, y que usurpan y asumen el lugar de la palabra de Dios en la vida de los seres humanos, han producido religiones falsas y todo sistema religioso que contradice lo que Dios ha revelado en la Biblia.

Jesucristo denunció a los judíos por el horrible pecado de vivir sus vidas en función de “mandamientos de hombres” (las tradiciones humanas). Él fue clarísimo y su dura reprensión a ellos es la evidencia:

“Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.” (Mateo 15:7-9).

El judaísmo de la época del Nuevo Testamento no hizo caso a Dios y no reconoció ni a Juan el Bautista ni a Jesús, que fueron enviados a ellos por él para su bien, porque estaban “enceguecidos” por sus “mandamientos de hombres”, que eran las tradiciones de sus maestros, las cuales poquito a poquito habían ocupado el lugar de la palabra de Dios.

El proceso paulatino de reemplazar la autoridad de Dios expresada en su palabra escrita por la autoridad del hombre expresada en “los mandamiento de hombres”, la tradición humana, ocurrió y ocurre aún hoy, y es un hecho verificable. Ni el liderazgo judío ni gran parte del pueblo judío de la época de Jesús fue consciente de que ya no vivían en función de las Sagradas Escrituras.

Las tradiciones humanas que ocupan el lugar de la palabra de Dios y usurpan su autoridad en la vida de los hombres son un gran mal y un instrumento de condenación en el mundo en todos los tiempos.

La tradición humana, aun la más “bíblica” posible y hasta la muy bien intencionada, cuando se le otorga la autoridad de palabra de Dios, es un instrumento del diablo para mantener a la humanidad alejada de Dios y que aleja, distrae, desgasta, divide y confunde a los hijos de Dios y a la iglesia de Cristo para que no se ocupen de Dios y de la misión que Jesucristo ha encomendado.

La historia bíblica y la historia de la humanidad testifican lo dañino y lo nocivo que es la tradición humana que reemplaza la palabra de Dios:

Por la tradición humana el judaísmo del Nuevo Testamento rechazó y crucificó a Jesucristo, y persiguió y se opuso violenta y mortalmente, asimismo, a los discípulos y a la Iglesia que él edificó.

Por la tradición humana el Catolicismo Romano se alejó de la enseñanza de Jesucristo y de los apóstoles y aumentó poquito a poquito doctrinas opuestas a lo que ellos enseñaron, tales como: la sucesión papal, el célibato, la salvación por cumplir sacramentos, el marianismo co-rredentor y co-mediador, la ambición política y su matrimonio con el poder político, etc.

Por la tradición humana el protestantismo no volvió totalmente a la Biblia luego de la Reforma del siglo XVI (31 de octubre 1517) sino que se mantuvo con tradiciones propias de la Iglesia Católica Romana, a saber: El bautismo de infantes, el ritualismo católico, la unión con el poder político y la persecusión violenta de los disidentes.

La tradición humana es peligrosa porque surge, al principio, como una explicación y una aplicación de la palabra de Dios a un asunto específico en un determinado momento histórico, pero después, con el tiempo, al usurpar el texto y la doctrina que intentó explicar y aplicar, se constituye en un estorbo para el crecimiento de los hijos de Dios y para el cumplimiento de la misión que tienen que cumplir.

Quienes creemos en Dios y creemos en Jesucristo Su Hijo, quien es Dios hecho Hombre, tenemos que anclar, fundamentar, alimentar y sustentar toda nuestra fe y toda nuestra vida y toda nuestra misión en la palabra escrita de Dios, que es la Biblia, la única escritura inspirada por Dios.

Nosotros, quienes seguimos a Cristo en esta época, tenemos mayor luz que nuestros antepasados en el Señor Jesucristo y no estamos obligados a sustentar nuestra fe en la tradición de los hombres o los mandamientos humanos, por más útiles y buenos que hayan sido en el contexto histórico en que fueron expresados.

Nosotros tenemos las Sagradas Escrituras completas y ya definidas en la Biblia y siempre podemos y debemos dirigirnos a ellas como fuente de autoridad para estar así siempre en la verdad y no desviarnos ni a diestra ni a siniestra.

Nosotros tenemos que vivir nuestra fe como lo hicieron nuestros antecesores primigenios. Nuestra referencia normativa para vivir a Cristo son nuestros hermanos del primer siglo, que fueron los primeros en seguirle en medio de la persecución religiosa política de su época.

La historia inspirada de la Iglesia y del Cristianismo original se encuentra en el Nuevo Testamento y hasta él tenemos que remontarnos cuando necesitamos un punto de referencia inquebrantable.

Voy a terminar esta nota, en la que me he explayado más de lo que quería.

Ninguna doctrina que no esté clara y consistentemente explicada y sustentada en la Biblia debe ser creída y seguida por los hijos de Dios y las iglesias de nuestro Señor Jesucristo.

Ninguna tradición que vaya en contra de lo que está claramente escrito en la Biblia por más razonable y lógica que sea debe ser aceptada y enseñada por quienes siguen a Jesucristo.

Ninguna tradición humana es el fundamento de los discípulos y de la iglesia de Jesucristo. No lo es ninguna tradición judía, ni aun el Antiguo Testamento “solo”. Tampoco lo es ninguna tradición católica, ya oriental u occidental. Tampoco tenemos que basar nuestra fe en a tradición reformada, ya sea luterana, o anglicana, o calvinista o de iglesias independientes.

Toda tradición humana a la que la iglesia, por la enseñanza de sus maestros y predicadores, equipara, sustituye o coloca por encima de la palabra escrita de Dios, “es” Nehustán y “tiene que ser” despedazada (2 Reyes 18:4; Números 21:9).

Los discípulos de Cristo y la iglesia que él edifica solamente se para y se sostiene en la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, la palabra de Dios, interpretada Jesus-céntricamente. Pablo expresa esta realidad en esta declaración:

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio bien coordinado, va creciendo para un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.” (Efesios 2:19-22).

Si en algo tenemos que estar de acuerdo todos los cristianos y todas las iglesias de Cristo con las tradiciones cristianas que se han originado y que se originarán hasta que Dios nos recoja, es en esto:

“Solamente la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, la palabra escrita de Dios, es nuestra fuente de autoridad, para todo lo que creemos y vivimos. Amén.”

¡Creer, seguir y aprender de Jesucristo da y garantiza la tranquilidad y la paz a nuestros corazones!

Este mundo fue diseñado para disfrutarlo gozosamente, pero la desobediencia de Adán a Dios atrajo maldición, sufrimiento y muerte.

Todos los seres humanos experimentamos lo hermoso y gozoso de esta creación, pero también lo gravoso, doloroso, cargado y pesado de ella.

Lo sufrido y lo cargado de la vida es consecuencia de estos hechos inobjetables:

  1. Somos pecadores e imperfectos, y estamos bajo condenación.
  2. Vivimos con y entre seres humanos que también son pecadores e imperfectos.
  3. Transitamos, trabajamos y nos desenvolvemos en este mundo que está bajo maldición.
  4. El diablo nos asedia para oprimirnos y conducirnos hacia su destino de condenación.

Lo trabajoso, lo frustrante, lo angustiante, lo enfermizo y lo mortal de este mundo nos hace olvidar y opacar lo bueno y alegre de la vida.

Jesucristo sabía y sabe cuán cargado y pesado es vivir en este mundo. Él vivió y habitó entre los hombres y nos entiende perfectamente. Él conoce la pesadez que experimentamos los mortales y es por eso que nos hace está amable y urgente invitación:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mateo 11:28-30).

Su invitación amplia, abierta e inclusiva es a tener descanso y reposo de lo trabajoso y cargado de vivir en este mundo. Nosotros, según Jesucristo, podemos vivir aliviados y ligeros a pesar de lo duro que es vivir en esta tierra. Todo lo que tenemos que hacer es acudir a Jesucristo aceptando su invitación y su llamamiento.

La invitación de Jesús es clarísima. El llamado de nuestro Señor es específico.

Todos nosotros vivimos trabajados y cargados.

Todos nosotros necesitamos el descanso y el alivio que él quiere darnos.

Pero Jesús no solamente quiere darnos descanso; él también quiere hacernos vivir sin el peso ni la carga de la vida en este mundo. Él nos ofrece su “yugo”, su “carga” y su “ejemplo” para obtener descanso y reposo permanente al vivir en esta tierra.

Con la figura de “su yugo”, Jesús deja en claro que nos uniremos y quedaremos ligados en forma indisoluble a él al aceptar su invitación. A partir de ese instante, nosotros nunca más andaremos ni viviremos solos. Nunca trabajaremos ni llevaremos peso sin su ayuda. Todo lo haremos con Jesús. En consecuencia, y por estar ligados a él por “su yugo”, vivir nos será “fácil”.

Con la figura de “su carga”, Jesús nos hace saber que nuestra carga, la que nos hace vivir “trabajados y cargados” por ser muy pesada, será trocada por la suya, que es “ligera”, liviana, leve. La carga de Jesús es la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios. Él está consagrado a obedecer a Dios. Nosotros, al seguirle, empezaremos a llevar también esa “su carga” que, con su compañía y ayuda, no nos será gravosa, sino llevadera y “ligera”.

Jesús nos da “su ejemplo” como la clave para llevar “su carga” y “su yugo”. Tenemos que aprender de Jesús. Él es modelo de cómo tenemos que ser. Él es “manso y humilde de corazón” y nosotros también tenemos que serlo. Ser “manso”, no significa ser débil, sino controlado, dócil, pacífico, paciente y tranquilo. El término “humilde” implica que vivimos sin orgullo ni vanidad, pero con plena consciencia de las limitaciones humanas y de la dependencia de Dios.

Nosotros necesitamos ser mansos y humildes como nuestro Señor para vivir tranquilos y livianos.

De acuerdo a la invitación de Jesucristo, si nosotros, todos los que estamos trabajados y cargados, acudimos con fe a él y llevamos “su yugo”, y “su carga”, y “aprendemos” de él, hallaremos “descanso para nuestras almas”.

Al vivir con Jesús y al andar con él todos y cada uno de nuestros días en este mundo, nosotros tendremos “su paz”, que es la “… la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7).

Nuestra alma, como consecuencia de estar aprendiendo y siendo como Jesús, estará tranquila y reposada, aun cuando la carne, el mundo y el diablo nos asedien para derribarnos.

¡Aceptemos la invitación de Jesucristo y acudamos a él para tomar “su yugo” y “su carga” y “aprender de él” para ser como él!

¡Disfrutemos del descanso y del alivio que Jesucristo no da al llevar “su yugo” y “su carga” y “aprender de él!

¡No permitamos que lo trabajoso y cargado de la vida nos abrume, vayamos inmediatamente con fe a Jesús y disfrutemos de descanso!

Amén.

La iglesia de Cristo y el Cristianismo bíblico no necesitan del poder político …

“La iglesia de Cristo y el Cristianismo bíblico no necesitan del poder político para existir y cumplir su misión en este mundo.”

El poder político expresado en el poder gobernante se opuso, ilegalizó y persiguió a los cristianos e intentó impedir el nacimiento, crecimiento y establecimiento de la Iglesia de Jesucristo en este mundo.

De haber sido por los gobernantes y por el poder político de la época, ni la iglesia de Jesucristo ni el Cristianismo existirían en este mundo.

He reflexionado en este hecho por la declaración de un Sacerdote Copto que vi y comenté en Twitter. Este sacerdote dijo: “Los cristianos fuimos en su día los gobernantes y la mayoría de Egipto. Hoy sufrimos persecución y luchamos por sobrevivir”.

Creo que la declaración del sacerdote copto necesita un comentario desde la perspectiva del Nuevo Testamento y es por eso que escribo esta nota.

La Iglesia de Cristo y el Cristianismo (el inicial, el del Nuevo Testamento), que fue y es el resultado de un vínculo espiritual con Dios por medio de la fe en Jesucristo; empezó, se extendió y se afirmó en el mundo en los primeros 100 años de esta era a pesar de la persecución del judaísmo y sus gobernantes, primero; y del paganismo y el Imperio Romano, después.

El Cristianismo, expresado en aquel tiempo únicamente por la Iglesia que edificó y edifica Jesucristo, no necesitó del poder político ni del poder de los gobernantes para existir, crecer, establecerse y cumplir su misión en este mundo.

El evangelio de Cristo y la iglesia de Cristo entendidos como una relación espiritual personal con Dios (Cristianismo Neotestamentario) es indestructible e inmortal, y se ha vivido, se vive y se vivirá siempre vibrante y ferviente, aun cuando el poder político los persiga sutil, abierta, violenta o mortalmente.

Siempre hay que tener presente que este Cristianismo es obra de Dios. Gamaliel, un fariseo doctor de la ley judía, fue el primero en razonar en el hecho de que la permanencia de los discípulos de Jesucristo era un evidencia de que la obra y el mensaje de Jesucristo se debía a Dios (Hechos 5:38-39).

Ni las puertas del infierno, ni el poder político a su servicio, por tanto, prevalecerán en ninguna manera contra la iglesia que Jesucristo está edificando. Él mismo lo dejó bien en claro cuando habló de ella por primera vez en Mateo 16:18.

Las creencias y las ideologías opuestas al Cristianismo solamente pueden opacar, triunfar y reemplazar a su expresión meramente religiosa, política, cultural, mundana, civilizatoria e histórica. Estas ideologías anticristianas solo pueden sobreponerse a estas expresiones del cristianismo cuando tienen poder político y poder gubernamental.

Las ideologías núcleo que son opuestas y enemigas del Cristianismo, y que la perseguirán siempre al obtener y ejercer poder político, y al extremarse y violentarse, son: el ateísmo, el politeísmo, el monoteísmo anti Jesús, el humanismo anti cristiano, el animismo y el cristianismo mundanalizado o secularizado o politizado (que es el cristianismo que deja su esencia neotestamentaria).

El Sacerdote copto está exponiendo, en consecuencia, un hecho parcial que es verificable. El cristianismo, en tanto expresión religiosa, política, cultural, mundana, civilizadora e histórica, sí “necesitó” del poder político y gubernamental para, como él dice, “sobrevivir”. Constantino, que promulgó la libertad religiosa y Martín Lutero, que tuvo apoyo político de Federico el sabio para lograr lo que se conoce como Reforma Protestante, son dos evidencias.

El mundo está cada vez más peligroso para el cristianismo que ha perdido su esencia neotestamentaria, pero no para el Cristianismo y los cristianos que siempre la mantienen. Este cristianismo y estos cristianos viven muy conscientes de esto que dijo Pablo en el libro de Hechos:

“… confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.” (Hechos de los Apóstoles 14:22).

El Cristianismo que ha perdido su esencia, su fundamento y su referencia bíblica autoritativa sí tiene que poner las barbas en remojo. Ese tipo de Cristianismo está siendo abandonado en la mayoría de los países europeos y es muy posible que sea reemplazado completamente por ideologías y creencias que son le son antagónicas.

El Cristianismo que no está fundamentado en el Nuevo Testamento puede ser opacado, absorbido o desaparecido por cualquiera de las creencias o ideologías que son contrarias a Jesucristo y a la palabra De Dios, que está en la Biblia.

Al contrario de lo que ocurre o ocurrirá con esa expresión del Cristianismo, la cristiandad y la iglesia de Jesucristo, en tanto obra de Dios por medio del Espíritu Santo sobre la base de la Biblia, la palabra de Dios, y la fe en Jesucristo; que ha vivido y vive y vivirá, y que cumplió y cumple y cumplirá su misión, a pesar de la oposición y la persecución política y diabólica; avanzan victoriosas e invencibles hacia su encuentro eterno con Dios al final de los tiempos, que cada vez es más cercano.

El ideal de la Iglesia de Cristo y del Cristianismo neotestamentario, que no era perfecto, pero que era fiel, nunca fue asimilar o absorber al poder político. Su ideal era predicar el evangelio a toda criatura y discipular a todas las naciones. Toda criatura y todas las naciones tenían que creer en Jesús y seguirle.

Esa iglesia y esa cristiandad no necesita “un matrimonio” con el poder político para vivir y cumplir su misión en este mundo. Su existencia y su misión han sido, y son, y serán una realidad en esta tierra porque Dios está trabajando en su seno y nada ni nadie puede impedir lo que él está haciendo en sus seguidores y a través de todos ellos. Amén.

Alfredo Smith – Las Siete marcas distintivas del Siervo de Dios.

No conocí ni conozco personalmente a Alfredo Smith, pero sí sé quien es él. Él es un misionero bautista estadounidense que sirvió en Argentina, y también en Perú.

Alfredo Smith fue parte del equipo de pastores que fundó el movimiento Lima Al Encuentro de Dios (año 1973, 14 antes de mi conversión), el cual cambió para bien a la Iglesia Alianza Cristiana y Misionera.

He escuchado su conferencia “Las siete marcas del siervo” y la comparto para edificación y desafío. Estoy seguro que todo cristiano y siervo de Dios que la escuche hallará ánimo, reto y transformación en este su mensaje.

Alfredo Smith acrecentó mi fe y mi determinación de servir a Dios en el año 87 y 88, cuando era recién convertido. Escuché uno o dos de sus mensajes que, en aquellos días, eran grabados en cassettes como los de la foto de esta nota.

En estos días he hallado algunos de sus mensajes de antaño en Youtube y he vuelto a ser animado y fortalecido. Gracias doy a quien se dio el trabajo de subir sus mensajes.

Extraño este tipo de predicadores. ¡Los necesitamos!

Lamentablemente, son escasos, escasísimos.

Esta es mi oración y ruego al Señor de la mies:

¡Bendice a tu iglesia y a este mundo levantando y colocando a siervos con Alfredo Smith, Señor! Amén.