¡Enfoquémonos en la renovación de nuestro hombre interior!

El hombre exterior es el hombre en Adán, el hombre viejo, lo que somos como criaturas de Dios. De acuerdo a este bíblico, es hombre exterior se va “desgastando”.

La palabra desgastando viene del verbo desgastar, que significa “agotar o cansarse por uso excesivo o gran esfuerzo o estrés”.

La palabra desgastarse también puede ser reemplazada por “debilitarse”, “marchitarse”, “extenuarse”.

La palabra “desgastarse” describe muy bien lo que pasa con nuestro hombre exterior, el hombre físico, que fue creado por Dios del polvo de la tierra.

Este cuerpo tiene su étapa de apogeo, de efervecencia, de crecimiento. Esa étapa es maravillosa, y revosante, y llena de vigor y de energía.

Pero esa étapa culmina, se acaba. Y cuando se acaba, ese hombre exterior empieza a debilitarse, a marchitarse, a extenuarse, … a desgastarse.

Este proceso se complica con las enfermedades y con el paso de los años. Tal es así que a más enfermedades o más años, mayor desgaste y mayor extenuación y debilitamiento, hasta el día del final, que es cuando morimos.

El desgaste del hombre exterior es paulatino, y lento, pero fatal y dolorosamente eficaz.

Dios me ha hecho ver este desgaste en mí mismo, y en familiares, y en amigos, y en hermanos en Cristo.

Justo hoy mismo me impresionó ser testigo de cómo “el desgaste” del hombre exterior ha transformado en débil y marchito a un amigo antes fuerte y lozano.

El marchitamiento y debilitamiento del hombre exterior es doloroso, incómodo, frustrante, vergonzoso e imposible de evitar, frenar y curar.

Los cristianos, sin embargo, en razón de nuestra fe en Jesucristo, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación, recibimos de Dios al hombre “interior”, que es un hombre nuevo, “… creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24).

Este hombre interior, a diferencia del hombre exterior que se va desgastando, “… se renueva de día en día”.

La palabra “renueva” significa “hacer nuevo a algo”. Esto quiere decir que el hombre interior no “se deteriora ni se marchita”. Este hombre interior no deja de “transformarse” positivamente, y de crecer, y de fortalecerse.

Los cristianos vivimos estas dos realidades contradictorias entre sí. Tenemos, por un lado, al hombre exterior, debilitándose y muriéndose; y por el otro, al hombre interior, haciéndose nuevo, y vigorizándose, y regenerándose, más y más cada vez.

Los cristianos sí tenemos que tomar providencias para cuidar nuestro hombre exterior, pero no debemos afanarnos demasiado por él.

Nosotros tenemos que ocuparnos mucho más en el crecimiento de nuestro hombre interior porque ese es el hombre que vivirá eternamente al lado de Dios cuando Jesucristo venga por nosotros.

El hombre exterior se va a desgastar completamente, hasta morir y ser absorbido por la corrupción propia de la mortalidad. El hombre exterior no es el hombre que vivirá por la eternidad.

El hombre que vivirá por toda la eternidad es el hombre interior, que absoverá totalmente al hombre exterior hasta hacerlo desaparecer totalmente.

El apostol Pablo lo sabía y es por eso que escribió estas palabras: “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.” (1 Corintios 15:53-54).

Yo no puedo evitar el desgaste, el marchitamiento, el debilitamiento de hombre exterior. Quisiera, pero me es imposible hacerlo. Pero esta imposibilidad no es solamente mía, sino de todos los seres humanos. Ninguno de nosotros los mortales puede evitar el desgaste de su hombre exterior.

No me tengo que afanar por eso entonces. No debemos gastar energía en lo que nos es imposible de evitar.

Lo que yo sí puedo y debo hacer, es aprovechar la energía y el vigor que todavía tiene mi hombre exterior para cultivar y acrecentar mi hombre interior, que es el que se renueva, se revigoriza y se transforma día a día.

El acrecentamiento del hombre interior que Dios me ha dado al creer y seguir a Jesucristo es el que me dará ánimo, fuerza y esperanza al vivir con el hombre exterior que se va desgastando.

¡Creamos y sigamos a Jesucristo! ¡Él nos dará al hombre interior que se renueva de día en día y viviremos con ánimo en el hombre exterior aunque se desgastando!

¡Crezcamos en nuestra fe en Jesucristo, si ya somos hijos de Dios, y fortalezcamos y acrecentemos nuestro hombre interior para que vivamos con gozo en esta tierra a pesar de los sufrimientos y el debilitamiento de nuestro hombre exterior!

Amén.

¡La muerte dejará de reinar al retornar Jesucristo!

La muerte reina en esta tierra.

No me gusta la muerte.

Me aflige la muerte y sus efectos.

Tampoco me gusta ver la agonía, ni cuando empieza ni cuando está finalizando.

Asimismo, no me gusta ser testigo del dolor de nadie por causa de la agonía y de la muerte.

Empero, no puedo esquivar a la muerte. Siempre hay alguien en agonía. No falta en todo momento un ser humano que no esté muriendo. Tampoco faltan seres humanos que estén sufriendo por la agonía y la muerte de un ser querido.

La Biblia expone clara y crudamente todo lo que tiene que ver con la muerte.

Al respecto de la muerte, este párrafo de la Biblia que transcribo dice: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan. (Hebreos 9:27-28).

Es clarísimo en esta escritura que no podemos eludir ni evitar la muerte de nadie. Tampoco vamos a esquivar ni impedir nuestra propia muerte.

“La muerte está establecida”. La muerte física ocurrirá sí o sí “una sola vez”. Dios lo determinó así, pero no porque fue su plan inicial, sino porque Adán, nuestro padre desobedeció y pecó, y nosotros también en él. (Romanos 5:12).

Pero la muerte, siendo lo terrible que es, no es lo más terrible que está establecido para nosotros los seres humanos. Lo más terrorífico y amedrentador que nos espera luego de ella es el juicio, no el del hombre, sino el de Dios, nuestro Creador, Sustentador y Redentor, y también nuestro Juez.

Son muchos los que piensan que la muerte es el final, el descanso, el dejar de sufrir. La Biblia, empero, no confirma ese pensamiento. La Biblia presenta al juicio de Dios como lo que sigue le sigue a la muerte. Sus palabras son clarísimas: “… y después de esto el juicio.”

Me causan pavor los juicios, y el juicio de Dios mucho más. Exponer mis actos, mis pensamientos y mis motivaciones externas e internas ante Dios no es algo que quiero hacer. Mi pecaminosidad e imperfección han untado todo lo que vivo. Será espantoso y vergonzoso estar de pie ante Dios en el juicio.

La muerte y el juicio de Dios me espantan porque soy pecador y porque el serlo me es inevitable. No me malentiendan, he luchado, lucho y lucharé para no pecar contra Dios. Lo que quiero decir con mi declaración es que el pecado en una fuerza que no podemos derrotar por nosotros mismos.

Ser pecador no es algo de lo que me vanaglorio. No he disfrutado, no disfruto y no disfrutaré, en última instancia, ni ser pecador ni pecar contra Dios. La condición de pecador en un hecho trágico para mí. Todos los males de mi vida son consecuencia de mi pecaminosidad.

Empero, el párrafo de Hebreos 9:27-28, nos da esperanza. En ese bendito párrafo se habla de Cristo, el Hijo de Dios que vino a este mundo por mandato de Dios, no para condenarlo, sino para salvarlo (Juan 3:16-18). Jesucristo fue introducido a este mundo con muchísima alegría porque es el Salvador de mundo (Lucas 2:8-14).

Jesucristo es el remedio de Dios para la condenación del pecado, la muerte y el juicio final suyo. El párrafo presenta a nuestro Señor y Salvador en sus dos cruciales venidas: la primera y la segunda.

En su primera venida, Jesús vino a la tierra para salvar a los pecadores. Él mismo dijo que había venido para llamar a los pecadores al arrepentimiento y para dar su vida en rescate por muchos. En su venida primera el murió por nosotros pecadores. Este sacrificio por los pecadores lo realizó “una sola vez” para siempre. Dios Padre lo determinó así. Está escrito: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5:8). Luego de morir por los pecadores, Jesús resucitó de entre los muertos al tercer día, y fue visto por sus discípulos, y ascendido a los cielos, de donde vendrá por segunda vez.

En su segunda venida, de acuerdo al párrafo de Hebreos 9:27-28, Jesús vendrá “sin relación con el pecado” y será así porque ya pagó por él. Su segunda venida tiene el objetivo de “… salvar a los que le esperan.” Esto implica que hay esperanza para todos cuántos creemos en Jesucristo y le seguimos.

Empecé mi escrito afirmando que no me gusta ver la muerte, ni la agonía, ni la aflicción. Nuestro mundo está impregnado y rodeado de esa cosas, que son endémicas y que nos acompañan por dondequiera que vamos. No las podemos esquivar, ni evitar.

Llegará un día, sin embargo, en el que la muerte, la agonía y la aflicción, serán extirpadas de nuestras vidas y de este universo creado por Dios. Ese día será un gran día. Ese día será el fin del mundo presente y el inicio de la eternidad.

Ese bendito día llegará y será Jesús, Dios hecho Hombre, quien lo traerá y e iniciará.

La fe en Jesús en conformidad con la Biblia me da esperanza y ánimo para enfrentar el dolor, la agonía y la muerte.

¡Qué Dios nos ayude a creer en Jesucristo Su Hijo en base a su palabra escrita, la Biblia!

¡Qué Dios nos dé ánimo con sus promesas de vida y gozo eterno para estar listos para enfrentarnos al dolor, la agonía y la muerte!

¡Qué Dios nos ayude a los cristianos a darle esperanza y ayuda con el evangelio de Jesucristo a todo aquel que está pasando por el dolor, la agonía y la muerte!

¡Anhelemos y preparémonos para vivir eternamente en el mundo nuevo que traerá Jesucristo y en el que el pecado y la muerte ya no reinarán más!

Amén y amén.

¡Dios siempre nos ve!

Hay ocasiones en los que quisiera que Dios no me viese.

En esos momentos, yo no quisiera que viese ni fuera de mí y menos aún dentro de mí. En esos momentos, a mí me gustaría que todo lo mío, en especial, lo que no es bueno, estuviese oculto y encubierto de él.

Pero eso es imposible y lo sé, pues, Dios siempre ve.

No existe un instante en el que yo, y todo ser humano, esté oculto a sus ojos. Siempre estamos en su presencia. Su mirada traspasa todo obstáculo, toda barrera y todo escondite que coloquemos entre nosotros y él.

David, el rey de Israel, que tuvo momentos en su vida que hubiera preferido mantener encubiertos de Dios, escribió: “Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandece alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti. Y la noche resplandece como el día: lo mismo te son las tinieblas que la luz.” (Salmo 139.11-12).

David tuvo momentos de tropiezo, de debilidad. Su carne y sus pasiones pecaminosas lo doblegaron, y cedió, y pecó, y ofendió a Dios. ¡Su caída fue vergonzosa! Y lo peor de todo: ¡Dios lo vio! Está escrito: “… Mas esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Jehová.” (2 Samuel 11:27).

¡David tiene que haber querido que las tinieblas más oscuras lo ocultasen de los ojos de Dios!

Pero …

Dios nos ve en la noche más compacta y en las tinieblas más negras. Las tinieblas más densas y la noche más oscura son claras y diáfanas a sus ojos. Él nos mira en la penumbra y en la negrura de la noche como si mirase el día más soleado.

¡Qué grandioso y glorioso es el Dios y Padre de Jesucristo! ¡Cuán bendito es Jesucristo, quien nos hace aceptos ante los ojos del Dios todo vidente! ¡Gracias a Dios por Jesucristo Su Hijo quien nos cubre nuestras tinieblas con la luz de su justicia y santidad!

¡Por Jesucristo y su obra de salvación es que todo pecador que cree en él puede ser visto por Dios como digno de vivir y experimentar su gloria ya hoy y por toda la eternidad!

¡Acerquémonos al Dios que todo lo ve por medio de Jesucristo! ¡Nunca nos arrepentiremos de hacerlo! Amén.

¿Dijo realmente Jesús en Juan 3.16-18 lo que dijo o …?

El Calvinismo es una doctrina antigua, cuyo nombre deriva de Juan Calvino (1509 – 1564). Juan Calvino se nutrió de Agustín de Hipona (354 – 430 d.C.) para elaborar sus ideas teológicas.

La doctrina calvinista se mantiene vigente en el tiempo desde su elaboración y divulgación, y está quieta por un tiempo, pero “se despierta” de tiempo en tiempo por medio de otros maestros y predicadores, y desafía a toda la cristiandad en general con su enseñanza.

Esta doctrina tiene una visión particular de la salvación por gracia por medio de la fe que Dios ha revelado por medio de Jesucristo en las Sagradas Escrituras, La Biblia, que es la palabra escrita de Dios.

El resurgir del Calvinismo trae consigo un entendimiento algo peculiar de textos bíblicos claros y es por eso que en esta nota he decido escribir sobre uno de ellos, que es vital para nuestra comprensión del cómo Dios salva a la humanidad por medio de la fe en Jesucristo su Hijo.

El texto del que escribiré y comentaré es Juan 3.16-18. A este texto siempre lo he leído, oído, entendido y enseñado intentando ser fiel a como está escrito:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envío Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.

“Mundo”, en mi lectura, entendimiento, e interpretación normal, es la totalidad de las personas, sin exceptuar a ninguna. (Hay otros significados de la palabra mundo en la Biblia, pero he elegido este significado porque el texto y el contexto así lo indica).

Leo, entiendo e interpreto “mundo” como la humanidad entera porque es toda ella la que es pecadora y la que esta perdida y la que necesita la vida eterna que da Dios por medio de Jesús. Es a toda la humanidad, entonces, a la que Dios ama, y a la que él dio a su Hijo.

“El que él cree” es todo ser humano, entonces, el que tiene que creer en Jesús, para no perderse, sino tener vida eterna. (Como cuestión fáctica, el mundo inerte y el mundo animal, no son sujetos con la necesidad de creer).

De acuerdo al párrafo citado, la perdición y la condenación, y también la salvación y la no condenación, están íntimamente relacionadas respectivamente con no creer o sí creer en Jesús, el unigénito Hijo de Dios, cuya venida a esta tierra es prueba indubitable de que Dios ama a toda la humanidad.

Finalizo mi apreciación con estas dos ideas centrales del párrafo: Dios por su amor quiere salvar a toda la humanidad de su perdición por medio de Jesucristo y darles vida eterna por ejercer fe en él. La condenación de la humanidad, por tanto, no el propósito principal de Dios, sino una responsabilidad exclusiva de todo ser humano por no creer en Jesucristo su Hijo.

Ahora, empero, debido al resurgir del Calvinismo y sus diferentes énfasis, se está afirmando que  oír, leer, entender y enseñar como lo he hecho es incorrecto y que hay que leer Juan 3.16-18 en esta otra forma:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo (los elegidos) que ha dado a su Hijo unigénito (a los elegidos), para que todo aquel (de los elegidos) que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envío Dios a su Hijo al mundo (a los elegidos) para condenar al mundo (los elegidos), sino para el mundo (los elegidos) sea salvo por él. El que en él cree (de los elegidos), no es condenado; pero el que no cree (de los elegidos, lo cual lógicamente no es posible) ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.

Dios, según esta nueva lectura, no ama salvíficamente a toda la humanidad, sino solo a los elegidos de entre toda ella.

Jesucristo, en consecuencia, no fue dado a toda la humanidad, sino solamente a los elegidos de entre toda ella.

Por tanto, los únicos que creen y que creerán son los elegidos, lo cual hace innecesario que se presente en el texto la opción de no creer y de perderse.

En razón de esta nueva forma de entender el significado del mundo y del amor de Dios para con él en este párrafo, el amor salvífico de Dios, Jesucristo mismo, la vida eterna y la no condenación no está al alcance de toda la humanidad, sino solo de los elegidos.

A la humanidad no elegida, según está lectura e interpretación, solamente le queda la perdición y la condenación porque ha sido Dios quien lo determinó así al no proveer al Salvador, su unigénito Hijo, para ellos.

Soy sincero.

Me parece extraño leer, oíd, entender, aprender y enseñar así este párrafo bíblico.

A mí me parece que aun los calvinistas mismos no están de acuerdo con leer así al párrafo que nos ocupa y es por eso que proponen esta otra manera de leer:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo (Es decir, a toda la humanidad en general, pero no a toda ni a cada persona de manera específica) que ha dado a su Hijo unigénito (a toda la humanidad en general, pero no a todo hombre en particular) para que todo aquel (de toda la humanidad en general, pero no necesariamente a todo ser humano en particular) que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de no envío Dios a su Hijo al mundo (a toda la humanidad en general, pero no a todo hombre en particular) para condenar al mundo (es decir, a toda la humanidad en general, pero no a todo hombre en particular), sino para que el mundo (toda la humanidad en general, pero no todo hombre en particular) sea salvo por él. El que en él cree (de toda la humanidad en general, pero no de todo ni de cada hombre en particular), no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.

Esta otra forma de leer es similar a la que le precede, pero es más encubierta en su afirmación de que Dios solo ama salvíficamente a una parte de la humanidad, y no a toda ella ni a todo ser humano que la integra.

Lo mismo que he dicho en la lectura calvinista anterior sirve para también para esta otra.

El significado respecto a mundo que he citado aquí la pueden encontrar en la nota sobre Juan 1:29 de la Biblia de Estudio MacArthur. Por cierto, este predicador y maestro difunde su sistema de creencias por medio de su programa radial Gracia a Vosotros, el cual se difunde en varias emisoras cristianas de mi país y de otros países.

Soy sincero y honesto de nuevo.

Este entendimiento de Juan 3:16-18 tampoco encaja con lo que está escrito allí.

Lo siento. No puedo enseñar los textos bíblicos con significados que los contradicen y los distorsionan.

A modo de conclusión: Hace un buen tiempo decidí que siempre voy a leer, oír, creer, entender y enseñar lo que es claro y obvio en la Biblia; nunca quiero introducir un significado que la tergiverse.

Dios inspiró su palabra en el lenguaje común, para que su mensaje sea comprendido por todas y cada una de las personas de este mundo sin distinción.

Como tengo esa manera de pensar, nunca quiero ir en contra de lo que Dios dijo por medio de Jesús en forma clara y directa.

También, Dios soberanamente ha obrado y sigue obrando en el mundo para que su palabra se traduzca fielmente a todos los idiomas en los que hablan los hombres.

Dios hace esto para que todos tengan la oportunidad de leer, oír, creer, entender, obedecer y enseñar su palabra tal como está claramente escrita.

Si esta es su intención y deseo, ¿cómo puedo yo decir que lo que Dios dijo claramente no lo dijo?

¿Cómo puede un predicador pararse ante las personas con una Biblia en la mano para decirles a ellos que lo que ella dice no dice, y que es lo que él dice es lo dice, aunque muy obviamente no sea así?

Dejemos que la Biblia siga hablando a los hombres como lo ha venido haciendo por años.

Dejemos que Juan 3.16-18 diga lo que dice.

Escuchemos a Jesús diciendo lo que dijo y dice.

Permitamos que el Espíritu Santo use lo que dijo y dice Jesús en este párrafo para seguir convenciendo de pecado, justicia y juicio a toda persona del mundo, no solo a algunos.

No escuchemos a los maestros y predicadores que dicen que la Biblia dice lo que no dice.

Nunca aceptemos un mensaje que no puede ser sostenido por lo que está claramente escrito en la Biblia que Dios nos ha hecho llegar hasta nuestras manos.

No nos dejemos enredar ni embaucar por los maestros y predicadores que enseñan “desde la profundidad invisible del texto bíblico” lo que niega y contradice lo que está en la superficie visible del mismo.

No sé qué es lo que van a hacer otros, pero yo todavía prefiero leer y entender Juan 3.16-18 tal como está escrito.

Jamás quiero leer, interpretar y entender las escrituras en una forma tal que niegue su lenguaje claro y llano. ¡Es muy peligroso hacerlo!

¡Qué Dios me ayude! ¡Y que Dios ayude y a sus hijos para leer, oír, creer, entender, obedecer y enseñar la Biblia tal como está escrita! Amén.

¡Tomemos de corazón decisiones que glorifiquen a Dios!

Siempre tenemos que tomar decisiones de corazón que glorifiquen a Dios.

Las decisiones de corazón para la gloria de Dios nos traerán la bendición de Dios y alejarán sus maldiciones.

Nada es mejor que tomar decisiones que agradan a Dios porque son conforme a su bendita y buena voluntad.

“Una decisión es el acto de una persona de escoger, seleccionar y decidir entre una serie de posibilidades basada en sus juicios, que trae como consecuencia un resultado”.

Los seres humanos tomamos decisiones, muchas decisiones, cada día lo hacemos.

La capacidad de tomar decisiones es inherente al hecho de ser personas a la imagen y semejanza de Dios, nuestro Creador, quien nos hizo así y quien espera de nosotros, también, sabias y mejores decisiones.

Desde luego, eso sí, hay hechos de nuestra vida en la que nosotros no hemos decidido nada. Nuestra existencia. Nuestros padres. Nuestro nacionalidad (la de nacimiento). Nuestro nombre. Nuestro entorno cercano de crecimiento infantil. Etc.

Es cierto, asimismo, que hay una época de nuestra vida en la que nuestras decisiones están supervisadas por nuestros padres. En esa etapa, la mayoría de nuestras decisiones son importantes, pero no tan trascendentales.

Cuando crecemos, empero, nuestra decisiones son independientes y dependen de nosotros y muy poco de los demás.

Asumir la responsabilidad y los resultados de nuestras decisiones es propio de nuestro crecimiento, de nuestra madurez, de ser adultos.

Dios nos dio la capacidad de decidir.

Nuestros padres nos protegieron de nuestras decisiones cuando fuimos niños.

Ahora, que ya somos adultos, tenemos que tomar decisiones a cada instante, cada día. ¡Asegurémonos de decidir correcta y sabiamente!

La decisión indispensable, la cual debe regir a todas las demás, es la decisión de glorificar, agradar y complacer a Dios.

Nunca nuestras decisiones deben quebrantar esa decisión indispensable y esencial.

Las sacerdotes de Judá incurrieron en ese error atroz y Dios los reprendió duramente: “Ahora, pues, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento. Si no oyereís, y si no decidís de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho Jehová de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones; y aun las he maldecido, porque no os habéis decidido de corazón.” (Malaquías 2:1-2).

Los sacerdotes de Israel fallaron en la decisión vital.

Ellos tomaron la decisión equivocada.

Los sacerdotes decidieron servir y glorificar a Dios superficialmente.

Los sacerdotes “oían” a Dios. Ellos “representaban” a Dios ante sus conciudadanos, pero hipócritamente. Los sacerdotes no estaban viviendo genuinamente para Dios, ellos estaban lejos del él.

Por fuera, se veían piadoses y fieles al “adorar” y “servir” en el templo, pero en sus pensamientos y sus corazones estaban muy distantes de Dios.

Esa no fue una buena decisión. El mal ejemplo de los sacerdotes cundió en los judíos de su tiempo, lo cuales también comenzaron a vivir con menosprecio a Dios y a todo lo que giraba alrededor de él.

Tan grave fue la rebelión espiritual del pueblo judío que Dios les escribió el libro de Malaquías para reclamarles y reprenderles por su forma de vivir su vida para con él y para con sus prójimo.

El profeta fue clarísimo desde el principio de su profecía, la cual no fue dada a favor del pueblo, sino en su contra: “La profecía de la palabra de Jehová contra Israel, por medio de Malaquías” (Malaquías 1:1).

Lo que hicieron los sacerdotes y los judíos ya lo había hecho antes la humanidad entera. El apóstol Pablo refiriéndose a esta acción humana que atrajo la ira de Dios, escribió: “… pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.” (Romanos 1:21). ¡Qué trágico! La decisión de no glorificar ni agradecer a Dios en ninguna manera es buena. Esta decisión siempre nos acarreará el juicio divino.

¡Nosotros tenemos que evitar decidir como los sacerdotes y los judíos del libro de Malaquías! ¡No debemos imitar la decisión humana de no glorificar ni agradecer a Dios!

Nunca debemos decidir en contra de lo que Dios quiere de nosotros. Las consecuencias son siempre terribles. Su daño nos atraerá el enojo de Dios y afectará a nosotros en forma personal y familiar. Todo nuestro entorno será afectado gravemente. Dios fue muy claro con los sacerdotes y del pueblo judío, él les enviaría maldición y cambiaría sus bendiciones por maldiciones.

Tiene que ser horrible vivir bajo la maldición de Dios y sin sus bendiciones.

La prioridad de Dios para con nosotros es bendecirnos, no maldecirnos. No obliguemos a Dios a tratarnos como no es su prioridad. Usemos nuestra capacidad de decidir para hacer lo que Dios quiere de nosotros.

Tanto la bendición de Dios como su maldición dependen de si vivimos haciendo su voluntad o yendo contra ella. La decisión de cómo vamos a vivir está en nosotros y en nadie más. Nosotros somos los únicos responsables de si Dios nos bendecirá o maldecirá.

Dios quiere que vivamos dándole gloria. Fue para eso que envió a Jesucristo a la tierra para salvarnos de nuestra condenación.

Jesús murió por nuestros pecados y resucitó del los muertos al tercer día. Él está vivo y nos hace hijos de Dios si es que creemos en él y le seguimos.

Dios nos bendice con su salvación eterna por medio de Jesús ya desde hoy y lo hace para que nosotros lo glorifiquemos y lo honremos en toda nuestra manera de vivir. Vivir para gloria de Dios es una determinación que nosotros tenemos tomar personal y voluntariamente. Decidamos de todo corazón vivir para la gloria de Dios.

Decidir vivir para la gloria de Dios es nuestro culto racional y lo más inteligente que nosotros los seguidores de Jesucristo podemos hacer. ¡Qué Dios nos ayude a tomar la decisión de corazón de vivir para su gloria en todo aspecto de nuestra vida! Amén.

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).

¡La grandeza y los discípulos y siervos de Dios!

¡Los seguidores de Jesucristo no buscan grandezas para sí mismos!

No es el objetivo de sus vidas los bienes ni la gloria de este mundo. Ellos han escogido vivir bajo los dictámenes de su ciudadanía celestial. Por tanto, solo quieren glorificar a Dios haciendo su voluntad.

Su interés principal al vivir en esta tierra es llevar el evangelio a los perdidos y ser de bendición espiritual y de edificación a los hijos de Dios. Bajo ese objetivo eterno están en este mundo.

Pero, pero, pero …

Los pastores, misioneros, y los discípulos de Jesús son seres humanos y tienen momentos introspectivos angustiantes y difíciles, en los que cuestionan su vocación, su consagración, su arduo trabajo y su camino de vivir obedeciendo, sirviendo, agradando y glorificando a Dios.

En esos momentos, ellos sufren terriblemente, no solo porque cuestionan su vida con Dios, y su vida consigo mismos, sino porque el diablo aprovecha para tentarlos y motivarlos a la deserción, a la mundanalidad, al descontento, y a la tibieza y el abandono espiritual.

Esos momento son terribles para ellos.

Esos momentos tienen un contexto clarísimo.

El contexto está marcado por la frialdad espiritual, la oposición a la verdad de Dios, la violencia verbal y física contra los mensajeros de Dios, la rebeldía empecinada y el menosprecio a la misericordia divina.

Los hijos de Dios y los siervos de Dios sufren en el alma este terrible contexto, que se agrava y se hace mucho más complicado emocionalmente cuando se sabe y se es consciente que el juicio de Dios está cerca, muy cerca.

La frustración, la desilusión, el desengaño y el desencanto generan un hundimiento del estado de ánimo en el alma de quienes temen y esperan en Dios. Se libra una batalla espiritual complicada y compleja en los momentos de introspección espiritual.

Baruc tuvo un momento complejo así en su vida espiritual.

Dios vio la lucha espiritual que estaba viviendo Baruc en ese crucial instante.

Dios habló clara y personalmente con el amanuense del profeta Jeremías en ese contexto.

Baruc vivió y sirvió a Dios como secretario del profeta Jeremías en el momento crítico de Judá. El reino de Judá no aprendió de lo que Dios hizo con el reino de Israel por medio de los asirios y se condujo en rebeldía contra él hasta colmar su paciencia. El juicio de Dios por medio de Babilonia, por tanto, estaba a las puertas de la nación y Baruc y Jeremías eran los mensajeros que se lo hacían saber.

Al rey, a los príncipes y al pueblo de Judá no les gustó nada el mensaje del profeta Jeremías y Baruc. El trabajo de Baruc como secretario de Jeremías, en consecuencia, era muy doloroso. Su sufrimiento, por tanto, le hizo cuestionar toda su vida y todo su servicio a Dios.

Dios vio la lucha que estaba viviendo Baruc y le habló a él en forma específica por medio del profeta Jeremías (Jeremías 45:1-2).

El mensaje fue directo y muy personal a Baruc porque se estaba quejando de su dolor y porque le atribuía a Dios el agravarlo.

Las palabras introspectivas e íntimas que Dios le escuchó decir fueron: “Tú dijiste: ¡Ay de mí ahora! Porque ha añadido Jehová tristeza a mi dolor; fatigado estoy de gemir, y no he hallado descanso.” (Jeremías 45:3).

Baruc estaba triste, muy triste.

Su tristeza se expresaba en gemidos y suspiros continuos.

Baruc estaba cansado, agotado de sufrir y de gemir.

Él quería que su sufrimiento y su gemido se terminasen, acabasen.

Baruc buscaba descanso, pero no lo hallaba.

Son muchos los hijos de Dios que tienen momentos así.

Son muchos los pastores y misioneros que tienen por este tipo de pensamientos.

En esos instantes, a sus mentes vienen preguntas y pensamientos inquietantes, que los asustan y los desalientan. ¿Es bueno ser hijo de Dios? ¿Hice bien en dedicarme a Dios para servirle? ¿Por qué es que es que tengo tanto dolor? ¿Dejaré de cargar este peso algún día?

Para un discípulo y siervo de Dios, estas preguntas le desalientan y le abruman.

Dios no es ajeno a la lucha espiritual de sus hijos, él está con ellos cuando están siendo tentados.

Dios acudió a Baruc para animarlo en su momento de crisis espiritual y él también hace lo mismo con nosotros hoy.

Dios le dijo a Baruc que iba a ejecutar su juicio para con el rey de Judá, Jerusalén y los judíos. Ellos ya habían agotado su paciencia y no había vuelta atrás.

Babilonia llegaría de todos modos a destruirlos. Sus palabras fueron clarísimas: “Así le dirás: Ha dicho Jehová: He aquí que yo destruyo a los que edifiqué, y arranco a los que planté, y a toda esta tierra. (Jeremías 45:4).

A Baruc, sin embargo, lo animó y lo consoló con una promesa personal maravillosa. A él no le iba alcanzar el mal que Dios traía sobre toda carne. Él iba a vivir. Nadie iba a quitarle la vida. Él estaba protegido por donde quiera que fuera. (Jeremías 45:5).

Baruc no debía buscar “grandezas para sí mismo”, y menos fuera de la voluntad de Dios; los cristianos tampoco debemos hacerlo. Estamos aquí para hacer la voluntad de Dios, cueste lo que cueste.

Baruc tenía que seguir sirviendo a Dios con la certeza de que él juicio de Dios no era para él; lo mismo tenemos que hacer los cristianos hoy, servir a Dios con la convicción de que ya estamos libres de la condenación eterna.

No estamos en esta tierra para buscar grandezas.

No estamos esta tierra para gozar de los deleites de este mundo alejados de Dios.

No estamos en esta tierra para evitar el sufrimiento y la aflicción.

En este mundo siempre tenemos padecimientos porque al creer en Jesús dejamos de pertenecer a este mundo y es normal que ya no encajemos, que ya no nos adaptemos y que ya no disfrutemos de él.

Este mundo aborrece a Cristo y también nos aborrecerá a nosotros.

¡Ser hijos de Dios y ciudadanos del reino de los cielos por la fe en Jesucristo es grande bendición! ¡Ser testigos de Jesucristo y de las virtudes de Dios que se han manifestado para nuestro bien por medio de él es un privilegio enorme! ¡Ser instrumentos de Dios para alcanzar con el evangelio de salvación a los perdidos es un honor y una concesión bendita!

¡Qué Dios nos ayude a afirmar nuestra consagración y nuestra dedicación a él en todos nuestros momentos de introspección espiritual a causa del sufrimiento y el dolor de servirle y serle fieles a él en este mundo! Amén.

La gracia de Dios y yo.

“por gracias sois salvos.” (Efesios 2:5).

La gracia de Dios me maravilla, me impresiona.

No concibo mi vida sin la gracia de Dios.

Vivo y viviré en esta tierra hasta que la gracia de Dios lo determine. Es la gracia de Dios la que me sostiene y me da aliento para estar en pie aquí. Yo no tengo esperanza de vivir con Dios por la eternidad, asimismo, sin la gracia de Dios. Es la gracia de Dios la que me da esperanza de vivir eternamente en el mundo nuevo junto a Dios cuando todo termine.

La gracia de Dios me es indispensable.

¡Yo la necesito y la necesitaré siempre!

Y la gracia de Dios, a Dios gracias, está a mi alcance, a mi disposición … pero no solo para mí, sino para todo aquel que la necesite, que la requiera.

La gracia de Dios es abundante y suficiente. El alto, el ancho, el largo y la profundidad de la gracia de Dios es equivalente a Dios y a su inmensidad. La gracia de Dios es del tamaño de Dios.

Pienso mucho en la gracia de Dios.

Pero no siempre ha sido así.

Antes de mis veintidós años no pensaba en la gracia de Dios. No la tomaba en cuenta. Pensaba en mi buena suerte, en mi habilidad, en mi astucia, en mi capacidad. Sabía que era malo y no tan bueno, pero me veía en mejor condición que mis semejantes.

En aquel tiempo, yo no temía a Dios, ni lo respetaba. Tampoco pensaba en lo transitorio de la vida ni en la inmensidad de la eternidad. Vivía el momento sin pensar en nada más. No pensaba ni en la recompensa eterna por el bien, ni el castigo eterno por el mal.

Empecé a pensar en la gracia de Dios porque conocí a Jesucristo en base a la Biblia. La gracia de Dios me permitió esa experiencia con Jesús. A partir de allí, la gracia de Dios hizo y hace maravillas en mí. Me quedó absorto y atónito al verla obrando en mi vida. Mi comprensión de la gracia de Dios se ha acrecentado y se acrecienta, por experimentarla y disfrutarla, y por mi lectura de la Biblia, que habla de ella.

La expresión “por gracia sois salvos” que está en Efesios 2:5 (y su contexto, que describe mi condición, y la de todo ser humano), me emociona, me conmueve, me llena de gratitud, de confianza y de esperanza.

Alabo a Dios y le agradezco por su gracia. Es ella la que me trajo a Cristo y a su camino; y es ella, también, la que me mantiene en esta fe y en esta esperanza hasta el fin de mis días en esta tierra.

Es imposible para mí mi salvación ante Dios.

No la puedo conseguir por mí mismo.

Soy pecador. Es mi tragedia, mi desgracia (pero no solo la mía).

Soy pecador en mi naturaleza. Soy pecador en mi mente. Soy pecador en mi actos y en mi reacciones. A mí no me enseñaron a hacer el mal, lo aprendí solito. Nadie me presionó ni me obligó a pecar, yo mismo, en forma voluntaria, lo hice.

Mi vida tiene acontecimientos pecaminosos que me abruman. Pienso en ellos siempre (estoy pensado en ellos mientras escribo). Al pensar en ellos, pienso también en que Dios me vio cometernos.

Si Dios ve todo, y es seguro que sí, no tengo excusa ante él. ¿Qué puedo decirle? ¿Cómo puedo justificarme? Es imposible. No tengo argumentos. No tengo nada que decir. Solo tengo que guardar silencio y agacharme avergonzado en su delante.

Dios sabe todo.

No puedo ocultarle lo que soy ni lo he hecho de malo.

La gracia de Dios en Jesucristo, sin embargo, hace posible que yo mismo ya no tenga que responder ante Dios por mis pecados. Dios mandó a Jesucristo a esta tierra para darnos en él su gracia y su bondad.

Dios envío a Jesucristo para salvarnos de nuestros pecados. Jesucristo murió por nuestros pecados. Él murió en reemplazo de los pecadores (de todos, no solo algunos). Él pagó el castigo que nos correspondía a nosotros por nuestros pecados.

Es gracias a la obra de Jesucristo a nuestro favor que está escrito: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia, en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.” (Romanos 5:1-2).

Necesitamos la gracia de Dios.

La gracia de Dios nos es indispensable.

Es imperativo que Dios nos trate y nos mire con gracia. Sin la gracia de Dios no tenemos opción de misericordia, de perdón de pecados, de vida eterna y de vivir junto a Dios en su gloria.

Pensemos más y más en la gracia de Dios, que en nuestros méritos o deméritos.

Enfoquémonos más en Cristo Jesús y en su obra gratuita de salvación a nuestro favor que en nuestra pecaminosidad y en nuestra imperfección.

No merecemos la salvación de Dios. No la podremos obtener nunca hagamos lo que hagamos. Y es por eso, justamente, que Dios nos ofrece su salvación y su vida eterna por gracia y solamente por gracia.

Dios nos regala su salvación y su perdón de pecados gratuitamente a través de la fe en Jesucristo. ¡Recibámosla! Estiremos nuestras manos y apropiémonos de ella por la fe en Jesús, nuestro bendito y fiel salvador.

Finalizo.

Estoy y estaré de pie ante Dios por su gracia. (Pero no solo yo).

Estamos en pie y estaremos en pie ante Dios como sus hijos benditos por la gracia de Dios en Cristo Jesús, no por nosotros mismos, sino a pesar de nosotros.

Descansemos en la gracia de Dios y sirvamos a Dios agradecidos durante todo el tiempo que todavía nos queda en este mundo.

No busquemos a Dios basados en nuestro mérito, sino en su gracia a través de la fe Jesucristo Su Hijo. No existe otra manera, sino solo la que Dios a determinado: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ella.” (Efesios 2:8-10).

¡Qué Dios me ayude a valorar y vivir conforme a la gracia de Dios en toda área de mi vida en este mundo!

¡Muchas gracias doy a Dios por haberme hecho conocer su gracia por la fe en Jesucristo Su Hijo, quien es Dios hecho Hombre para unirnos con Dios!

Si has leído hasta aquí y tú todavía no has creído ni sigues a Jesús, empieza hoy y cree en él y síguelo. Solamente por la fe en Jesús disfrutarás y experimentarás la gracia bendita de Dios.

¡Dios oye y socorre al desesperado y angustiado que llora!

Dios está e interesado en la humanidad. En especial, él está atento y presto para oír y socorrer al acorralado y al que se ve perdido y sin esperanza. La especialidad de Dios son las causas imposibles. Toda su bondad y poder se ponen acción para darle salida y camino al atrapado.

Ismael tuvo una vida buena y holgada. Era hijo único de un hombre anciano cuya riqueza era considerable. Sus primeros catorce años fueron buenísimos. Él tenía toda la atención de su padre y de su madre, que era la esclava de la esposa de su padre. La vida le sonreía. Él era el heredero único de todas las posesiones de su padre.

Pero, la vida siempre tiene sus peros. Tenemos que aprender a vivir con ellos y a pesar de ellos. Los peros de la vida nos deben fortalecer y hacernos crecer.

La vida de Ismael cambió a partir del nacimiento de Isaac, su hermano. Su hermano Isaac era hijo de su padre y de la esposa de su padre. Ahora, Ismael ya no era hijo único. Además, el amor de su padre se enfocó en Isaac, porque era su hijo en su propia esposa, y porque lo había tenido en su vejez, y porque nació gracias al poder milagroso de Dios.

A Ismael, el cambio de su posición en la casa de su padre, le afectó mucho. Su vida fue trastocada y no supo afrontar la situación. Su frustración fue tan grande, que empezó a burlarse de su hermano pequeño. Esta conducta burlona contra su hermano fue vista por su madrasta, quién pidió a su padre que, tanto él como su madre, fuesen echados del hogar de la familia.

Abraham, su padre, lo amaba, no tanto como a su hermano menor, pero lo amaba y se resistía a echar de su hogar a Ismael y a su madre. Tuvo que intervenir Dios para que su padre obedeciese a su esposa y echase así a Ismael y a su madre de su casa.

El pero en la vida de Ismael se hizo mucho más crítico entonces.

Tanto él como su madre se quedaron sin hogar, sin suficientes provisiones para vivir y sin la abundante riqueza de su padre. La descripción de cómo es que fueron despedidos y echados es insensible: “Entonces Abraham (su padre) se levantó muy de mañana, y tomó pan, y odre de agua, y lo dio a Agar (su madre), poniéndolo sobre su hombre, y le entregó el muchacho, y la despidió. Y ella salió y anduvo errante por el desierto de Berseeba.” (Génesis 21:14).

En este dramático momento, Ismael tenía entre dieciséis y dieciocho años, aproximadamente. Obviamente, todo había sido muy rápido. Él y su madre estaban en shock, y no tenían idea alguna de qué hacer. Caminaron sin rumbo y solos por el desierto. Su confusión y su angustia eran grandes, muy grandes.

La situación de Ismael y de su madre se agravó muchísimo más cuando se les acabó el agua que recibieron. Su madre se dio por vencida y se dispuso a ver morir a su hijo. Ismael, empero, hizo lo que se debe hace cuando no se ve la salida. ¿Qué hizo él? El relato lo explica en esta breve frase: “… el muchacho alzo su voz y lloro.” (Génesis 21:16).

Estaban en un desierto. Normalmente, en los desiertos no hay “nadie” que escuche. Un momento. ¿No hay nadie realmente?

En ninguna manera. Existe alguien que está siempre presente. Su presencia está en todo lugar. En ese desierto inmenso, el llanto de Ismael fue escuchado. Lo escuchó Dios, quien es la única persona que siempre oye. El escritor del Génesis expone este hecho así: “Y oyó Dios la voz del muchacho…” (Génesis 21:17).

Dios no solamente escuchó la voz de Ismael para consolarlo y socorrerlo, sino para bendecirlo y constituirse en su padre proveedor y fortalecedor. Luego de esta experiencia crítica, Ismael se hizo un hombre de bien, que siempre tuvo a Dios a su lado.

¡Dios oye y socorre al desesperado y angustiado que llora!

Los seres humanos somos frágiles y no tenemos nada seguro en este mundo.

Podemos tenerlo todo y perderlo también todo en un instante.

La tragedia, el dolor, el mal, la tristeza, la frustración, la pérdida, están allí … latentes.

En forma personal, podemos perder la salud, un miembro, un órgano, la vida.

En forma familiar, podemos perder a los padres, a hermanos, al cónyuge, a hijos.

Podemos perder el trabajo, el negocio, los clientes, oportunidades, etc.

Y ni que decir de los bienes.

Como Ismael y como Agar, podemos quedarnos sin nada, y andar errantes y sin rumbo, y quedarnos aun sin esperanza ni futuro, derrotados y esperando solamente el momento de morir.

En momentos así todavía podemos hacer algo más. Ismael lo hizo. Él lloró. ¡Nosotros también debemos hacerlo! ¡Llorar es bueno! ¡Dios atiende al que llora!

¡Si lloramos, Dios oirá! ¡Y nos consolará! ¡Y nos dará fuerzas! Y nos abrirá otra vez el camino. Y volveremos a empezar, pero ya no solos, sino con él.

La historia del Ismael, de su lloró, y de cómo Dios obró en él, me ha fortalecido y animado.

Dios siempre, siempre está.

Dios nos ha dado un Salvador, que es Cristo, el Señor. Cuando nosotros creemos y seguimos a Jesucristo, ya no estamos más solos, Dios está con nosotros.

Pasé lo que pase; no nos quedemos postrados. Lloremos ante Dios. Él nos oirá, nos consolará y nos mostrará que todavía hay mucho camino que andar, y mucho que hacer,  y mucho porque vivir.

¡Mucho cuidado con caer en la estrategia mentirosa del diablo!

El diablo existe, es nuestro enemigo y hacerle caso y seguir su engaño nos trae muchísimos males. Todo aquel que lee la Biblia y cree, sabe que el diablo tuvo mucho que ver en la caída en desobediencia de Adán y Eva, los padres de toda la humanidad.

En Génesis 3:1-5 se relata que, previo a pecar contra Dios, Eva dialogó con la serpiente, que era la más astuta de todos los animales.

En Apocalipsis 12:9, a esta serpiente, que se la denomina antigua, y que en ese contexto es el dragón que lucha contra Miguel y los ángeles de Dios, se le llama diablo y Satanás. “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.”

Reitero, el relato bíblico es clarísimo: el diablo, Satanás, existe y quiere destruirnos. Para nosotros, quienes hoy nos guiamos por la Biblia, este hecho está fuera de discusión.

Pero …

Adán y Eva no sabían que existía el diablo y que era su enemigo. En la narración bíblica no hay indicios siquiera de que supiesen de su existencia. Adán y Eva cayeron en las garras del diablo, y creyeron su engaño, e hicieron conforme a su mentira.

El diablo como estratega y adversario no tiene nada nuevo que inventar para dañarnos. Él siempre usa las mismas mentiras. Estas mentiras le dieron “triunfo” temporal. No necesita cambiarlas. Mientras más se ignora sus mentiras, más victoria obtiene él, y más hombres arrastra hacia sí y hacia su condenación.

La estrategia mentirosa del diablo está revelada en su primera aparición y en su primera victoria contra los hombres. Génesis 3:1-5 es un pasaje clave para entender cómo actúa el diablo y cómo es que quiere alejarnos de Dios y encaminarnos hacia la desobediencia.

El texto bíblico es muy elocuente:

“Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.”

La estrategia del diablo, Satanás, están visibles en este párrafo, si es que queremos verla:

  1. El diablo se presenta disfrazado. En este caso, se disfrazó en la serpiente. No había nada malo en sí en la serpiente misma. El mal estaba en el diablo, que la usó, para engañar a nuestros padres. Pablo entendió que el diablo usa disfraz y así lo declaró en 2 Corintios 11:14.
  2. El diablo se presenta a nosotros como muy interesado en nuestro bienestar. Fue él quien se acercó a la mujer. Él estaba acechando a nuestros padres. Estaba buscando el momento oportuno. Cuando lo encontró, se acercó y habló con la mujer como si estuviese muy interesado en su bienestar que, según su concepción maligna, Dios estaba estorbando con la restricción que les dio.
  3. El diablo siembra dudas sobre el carácter veraz de Dios y su buena voluntad para con nosotros. Dios creo a Adán y Eva para representarlo antes toda su creación. Él entregó toda su creación bajo la administración de nuestros padres. Era bastante obvio en palabras y hechos que Dios tenía muy buena voluntad para con nuestros padres. Dios, incluso, hizo un huerto para ellos, los creó allí, y les dio una libertad amplísima, y una muy mínima y protectora prohibición. El diablo, empero, con su pregunta inicial, insinuó que Dios tenía mala voluntad para con ellos. También, él acusó a Dios de no ser veraz, sino mentiroso. Es triste, pero nuestros padres cayeron en esa mentira.
  4. El diablo niega la veracidad de la palabra de Dios y de las consecuencias por desobedecerla. El mandato de Dios en Génesis 2:16-17, como mencioné antes, contenía abundante libertad y una mínima y protectora restricción. Ellos podían comer todo fruto del huerto en Edén, incluso, el árbol de la vida. Solo les estaba vedado el árbol de la ciencia del bien y del mal. Ese árbol les estaba vedado porque la ciencia del bien y el mal debían obtenerla desde la experiencia de obedecer, no de desobedecer. Ese árbol les estaba vedado para protegerlos de morir, ya que eran mortales en potencia. La desobediencia a Dios les acarrearía la muerte en experiencia. El diablo logró engañar a nuestros padres y desobedecieron y murieron, espiritualmente (en ese instante) y físicamente (después).
  5. El diablo afirma que ir contra Dios y contra lo que él ha establecido es la manera de superarnos y alcanzar nuestra similitud con Dios. Adán y Eva fueron hechos por Dios a “su imagen” y a “su semejanza”. En ese sentido, ellos ya “eran” como Dios y ya “sabían” el bien y el mal, pero desde la obediencia a Dios. El diablo les engañó haciendo que piensen que no “eran” como Dios y que no “sabían” el bien y el mal. El diablo tuvo éxito y nuestros padres aceptaron su propuesta de desobedecer a Dios para superarse y alcanzar la semejanza divina.

El diablo sigue mintiendo y engañando.

Él le dice a la gente que no necesita a Dios, ni a Jesucristo, ni su obra de salvación, ni la palabra de Dios.

Él ha convencido a muchos no necesitan sino a sí mismos para alcanzar su máximo potencial y bienestar.

¡Esto es mentira!

Los seres humanos necesitamos a Dios y a Jesucristo Su Hijo, nuestro Señor y Salvador, que cumple la escritura y que es el único que deshizo y deshace las obras del diablo. Está claramente escrito: “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el hijo de dios, para deshacer las obras del diablo.” (1 juan 3:8).

El diablo también sigue asechando a los cristianos para alejarlos de Dios, de Jesucristo y de la obediencia a la palabra de Dios, la Biblia. Él siempre está atento a nuestros deslices para tomar ventaja y arruinarnos la vida. ¡Andemos vigilantes, cristianos! ¡Cuidemos nuestra vida espiritual en todo momento, hermanos!

El diablo y su sendero mentiroso solamente traen decepción, miedo, amargura, sufrimiento, maldición y muerte.

Adán y Eva experimentaron las terribles consecuencias de obedecer al mentiroso, al engañador.

La decepción, el miedo y la tristeza de nuestros padres fueron horriblemente tristes.

¡Aprendamos de lo que ocurrió con Adán y Eva y vigilemos nuestra vida con Dios cada día!

¡Quedémonos con Dios y sometámonos a él para vencer al diablo y hacer que huya de nosotros!

Está escrito: “Someteos, pues, a dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.” (Santiago 4:7).

¡Creamos y sigamos a Jesucristo!

¡Creamos y obedezcamos la Biblia, la palabra de Dios!

¡Qué Dios nos ayude! Amén.

¡Mi amigo Percy ya descansa de su aflicción!

Hace dos meses que Percy se fue a su encuentro con el Señor Jesucristo.

Hace dos meses que él está en mi mente.

Su imagen y su historia, la parte que conozco, me tiene meditando en el sufrimiento interior.

El sufrimiento interior es el más terrible de los sufrimientos. Ese tipo de sufrimiento se lo padece solo, y todo el tiempo, y sin que los demás lo entiendan, y sin que nadie pueda ayudar, entender y menos consolar verdaderamente.

Cuando el sufrimiento es espiritual e interno, él único que puede ayudar, aliviar, consolar y animar es Dios. Percy tenía ese tipo de padecimiento y es por eso que se acercó a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo, quien vino del cielo a la tierra para salvarnos de nuestros pecados y de nuestra condenación.

Dios ayudó a Percy a sobrellevar su intenso dolor interno. Dios lo consoló y lo fortaleció porque Dios es Dios de toda consolación. Está porción de la Biblia describe bien al Dios que conoció Percy: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación.” (2 Corintios 1:3).

Percy profesó fe en Jesucristo entre el año 90 y el año 2000.

Lo conocí en mi primera experiencia pastoral en una congregación de mi ciudad. Pasé muy buenos tiempos de compañerismo y de edificación con él. Era muy entusiasta y diligente en el Señor y su obra. A él le gustaba anunciar el evangelio de Jesucristo. Siempre venía a verme para hablar de Dios y de su palabra, la Biblia.

Percy me introdujo a la predicación del evangelio por medio de una emisora. Él alquiló un espacio en una radio en El Porvenir (un Distrito de mí Provincia). En esa emisora, él transmitía música evangélica y clases bíblicas. A mí me correspondía la enseñanza. Hasta hoy recuerdo la serie de lecciones que brinde en su programa radial. Nosotros crecimos y edificamos a otros hablando del Discipulado Bíblico. ¡Pasamos un muy provechoso tiempo en ese programa radial!

Percy era un joven bastante noble, o “buena gente”, como decimos en mí ciudad. Él creció solitario, pero aun así era risueño y un poco bromista. Su sufrimiento espiritual y mental lo agobiaba. Toda su aflicción estaba en su ser interior. Nada fuera de él hacía presagiar lo que sufría.

El dolor interno que padecía Percy le abrumada. Él no podía dormir por el dolor. Eran muchas las noches que pasaba en vela. Sus ojos siempre estaban rojos por la falta de buen dormir. Esa su circunstancia, hacía que él siempre estuviese ansioso y sudoroso. Sus manos constantemente estaban húmedas. Los doctores que lo examinaron, no le encontraron mal físico; así que lo derivaron a los sicólogos, quienes tampoco le ayudaron suficientemente.

Tuve la oportunidad de aconsejar a Percy respecto a su enfermedad. Lo dirigí a Dios por medio de Jesús. Hablamos bastante sobre el sufrimiento indecible que experimentó Job y otros hombres de Dios en la Biblia. Pero, aunque creía y entendía lo que la Biblia decía, él sentía que su dolor era distinto. El dolor que lo afligía era muy fuerte y tampoco pude hacer mucho por él.

Percy se frustró conmigo porque no lo entendía; eso es cierto, y he aprendido que es muy difícil entender y sentir el sufrimiento del que sufre. Solamente el que sufre entiende su dolor. Solamente Dios, también, entiende perfectamente el dolor del que sufre.

En aquellos días, yo no era tan consciente de mí incapacidad para empatizar con el que sufre por dentro. Con todo, lo guíe a Dios. Le mostré por la Biblia que Dios sí entiende al que sufre. Y entiende porque es Dios, pero también porque al hacerse hombre en Jesús, experimentó el dolor humano, y se constituyó en él como nuestro sumo Sacerdote, que siempre se compadece de nosotros.

El autor del libro de Hebreos escribió: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” (Hebreos 4:15).

Dios me llevó a otra ciudad por varios años y es así como dejé de ver a mi amigo Percy.

Él y yo volvimos a vernos después de mucho tiempo.

Cuando lo volví a ver, Percy ya estaba casado y tenía hijos. Tenía un trabajo seguro y se veía mejor. Su fe en Cristo seguía firme. Seguía sirviendo a Dios y compartiendo el evangelio por medio de las redes sociales. Él, por el sufrimiento que siempre experimentaba, era solidario y compasivo. Siempre estaba apoyando en oración. Lideró, incluso, un movimiento de intercesión por medio de las redes sociales.

Los últimos días de Percy en este mundo fueron también de mucho dolor.

Me enteré de su condición porque un día recibí un mensaje de su cuenta de Messenger. Él mensaje no lo escribió él, sino un hermano en Cristo, que lo había acompañado durante su último período de dolor y de lucha espiritual y física, antes de dejar esta tierra.

Él hermano en mención me escribió y me dio la noticia de la partida de Percy hacia el Señor Jesucristo. Este hermano me narró los sufrimientos y las luchas que experimentó antes de partir. Sus males, esta vez, no fueron solo espirituales, sino también físicos.

La partida de Percy a la presencia de Jesucristo me hizo pensar mucho en el dolor espiritual y mental que sufren los seres humanos. Percy luchó con dolor mental y espiritual toda su vida en esta tierra. Él tuvo días en los que su sufrimiento era insoportable, pero Dios lo consoló y lo fortaleció para seguir adelante.

En un sentido, Percy hizo una vida “normal” a pesar de su dolor singular gracias a que conoció a Jesucristo y se hizo su discípulo.

Cuando recibí la noticia de la muerte de Percy, me sorprendí y entristecí. Dios, sin embargo, me consoló con este pensamiento, Percy ya descansa, ya está aliviado, ya ha dejado de experimentar el sufrimiento que lo acompañó toda su vida.

La muerte, para quienes creen en Jesús y le siguen, es el final del dolor y del sufrimiento que se experimenta en esta tierra. Al morir, los cristianos “descansan”, “reposan”. Se acaba todo su sufrimiento, todo su dolor. Eso mismo es lo que está viviendo ahora Percy. Necesitaba descansar y Dios le dio y le está dando descanso.

Dios me dio el privilegio de presentar el evangelio de Jesucristo en el sepelio de mi hermano en Cristo. Me esforcé en dejar en claro que Jesucristo perdona, salva y da vida eterna a todo aquel que cree en él.

Ruego a Dios que la familia de Percy siga también a Jesucristo.

Por lo demás, estoy contento por Percy.

Estoy seguro que él ahora está sosegado, aliviado y tranquilo.

Ya nada le aflige, ya nada le genera dolor.

Esta palabra de Juan en Apocalipsis se está cumpliendo en este mi hermano en Cristo: “Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.” (Apocalipsis 14:13).