¡Ocupémonos en pensar y hacer lo bueno y lo virtuoso!

Meditemos en lo bueno de las personas, en sus buenas acciones.

Ocupemos nuestra mente en las cosas virtuosas de este mundo.

Fijémonos en lo limpio y óptimo de todos y de todo.

No estoy diciendo que neguémos la existencia de personas pecadoras malas, que obran mal y que nos dañan a nosotros y a otros… No. No voy en esa dirección.

Tampoco quiero que neguemos la existencia de la maldad en esta tierra. Esto es imposible. El mal y sus consecuencias son hechos cotidianos.

No se puede negar la existencia de los pecadores malos ni de sus acciones… Lo que sí podemos es dejar de pensar y de meditar en ellos obsesivamente… Hasta el punto de dejar de disfrutar a los pecadores buenos y a sus acciones.

Para la estimular, difundir y promocionar a lo malos y a sus maldades existen muchos medios de comunicación… Ya no somos necesarios.

Pensar, reflexionar y meditar en lo bueno, en lo virtuoso, es un asunto vital al vivir en este mundo pasajero. Necesitamos paz y alegría y ánimo al vivir en esta tierra y estas condiciones son posibles si ocupamos nuestra mente en lo que es puro y en lo que es santo.

Si nos ponemos a pensar en los pecadores buenos que relacionan con nosotros y nos rodean encontraremos que el bien que nos han hecho y concedido es muchísimo mayor que lo que es malo.

Medita en lo bueno de estar vivo.

Reflexiona en lo bueno de tu familia.

Medita en lo bueno de tu ocupación.

Cavila en lo bueno de tus vecinos y de tu vecindario.

Piensa en lo bello de tu país y de tus compatriotas.

En fin… ¡Busquémosle lo bueno y virtuoso y bello a todos y a todo!

Los buenos y sus buenas acciones son mucho más abundantes que los malos. Son los buenos y sus buenas acciones los que hacen posible que el universo exista y se hermosee y se optimice y mantenga así la alegría y la bendición de vivir y de convivir con nuestros semejantes.

El apóstol Pablo afirma que el Dios de paz estará con nosotros si es que pensamos y hacemos lo que es bondadoso y de buen nombre.

Dios es la persona a quien nunca debemos perder al vivir en este mundo. Él está con todos aquellos que creen en Jesucristo y le siguen. Dios se expresa y se glorifica en las vidas de los pecadores que piensan y hacen el bien por causa de él y de Jesucristo Su Hijo.

Pensar y hacer el bien agrada y glorifica a Dios.

Pensar y hacer lo bueno nos garantiza la presencia del Dios de paz en nuestra vida y emprendimientos.

Pensar y hacer el bien nos da la paz y la tranquilidad que son propias de la buena conciencia por el hecho de no tener de que avergonzarse.

¡Pensemos y hagamos lo bueno y lo virtuoso y lo de buen nombre con la ayuda de Dios!

Amén y amén.

Tu rutina… ¿la gozas alegremente o la sufres amargamente?

Tu rutina…

¿la gozas alegremente

o

la sufres amargamente?

La vida es rutina.

Todo es rutinario.

La rutina es lo acostumbrado, lo habitual, lo usual, lo repetitivo, lo monótono, lo asiduo, lo constante.

La rutina es “la vida” misma o también “la muerte”.

El universo funciona rutinariamente, si no funcionase así, todo sería caos, confusión y desorden. No se podría planificar nada. Todo sería inseguro. No habría estabilidad.

Los seres humanos también funcionamos rutinariamente. Es normal y lógico que así sea, pues, ya hemos visto que el universo mismo se conduce rutinariamente. Nosotros hacemos siempre las mismas cosas. Nuestro vivir está llena de repeticiones.

Nosotros los seres humanos somos los únicos que podemos decidir cómo vivir nuestra rutina. El universo no decide nada. Los cosas inanimadas y las seres vivos no personales como las plantas y los animales tampoco. Solo nosotros los seres humanos decidimos voluntariamente cómo es que vamos a vivir nuestra rutina.

La rutina se puede vivir con gozo, con alegría. Nosotros podemos disfrutar y satisfacernos en todo lo que vivimos repetidamente día tras día. Podemos deleitarnos con todo y con todos en nuestra rutina. Dios nos ha dado el privilegio y el deber de gozarnos (Eclesiastés 5:18).

La rutina también puede vivirse con quejas, con amargura, con resignación y con desesperanza. Nosotros podemos resistir nuestra rutina y frustrarnos con cada cosa que tenemos y que hacemos cada día. Podemos estar enojados contra toda nuestra rutina y también contra todos los que participan de ella.

La rutina puede darte “vida” o puede darte “muerte”, pero no será por ella misma, sino por tu propia responsabilidad, ya que el cómo asumes y vives la rutina y tu propia rutina es tu elección personal. Nadie excepto tú decides personalmente cómo afrontar tu rutina. (Eclesiastés 2:11).

La rutina no va a cambiar.

Ella es así y será siempre así. Imponente. Impasible. Insensible. Su condición es inmutable, excepto una catástrofe, que la cambie, que la mute. Nosotros podemos huir y escapar de nuestra rutina, pero eso no significa que ya no volveremos a tener una; no es ni será así, lo único que ocurrirá es que volveremos a tener otra rutina, es decir, la reemplazaremos por otra.

Siempre tenemos que despertarnos, asearnos, vestirnos, alimentarnos; saludar, trabajar, descansar, dormir, etc.

Siempre hay que relacionarnos con otros. Con nuestros padres, hermanos, cónyuges, suegros, primos, vecinos, compañeros de trabajo, etc.

El problema nunca es nuestra rutina.

El problema es cómo asumimos la rutina.

Todas nuestras actividades son rutinarias y expresan nuestra estabilidad y seguridad. Debemos gozarnos de esa rutina y de sus beneficios. Y si somos normales, lo disfrutaremos, excepto que estemos presos, esclavos, enfermos, o en tribulación constante.

Pero toda condición rutinaria, por más pesada, dolorosa y sufrida que sea, puede ser asumida con gozo.

Salomón, en su Eclesiastés, analizó lo rutinario de la vida.

Salomón examinó lo trabajoso, lo pesado y lo amargo de la rutina del universo y de la vida humana. En su análisis, él descubrió que quien sufre la rutina de la vida es el hombre (o mujer), pero no cualquier hombre (o mujer), sino el hombre (o mujer) que pierde, que abandona a Dios. El hombre (o mujer) que deja de temer y de honrar a Dios es aquel (o aquella) a quien la rutina frustrará, decepcionará, resentirá y amargará.

Nosotros tenemos que ver a Dios en nuestra rutina. Nosotros tenemos que estar agradecidos a Dios porque tenemos una rutina y podemos vivirla. Nuestra rutina es una bendición de Dios. Nuestra rutina es una expresión de que estamos vivos y de que seguimos vivos.

Cada acto de nuestra rutina tiene que ser optimista y si eres un creyente en Dios por medio de Jesucristo Su Hijo con muchísima mayor razón.

Para nosotros los cristianos Dios está en nuestra rutina. Dios nos ayuda a vivir nuestra rutina. Dios nos perfecciona con y en nuestra rutina. Dios nos usa y se glorifica con y en nuestra rutina. La Biblia es clarísima al respecto.

Cuando nosotros creemos en Jesús y le seguimos tenemos a Dios en nuestra rutina por él es Emanuel y él trae a Dios a nuestras vidas (Mateo 1.22-23). Nuestra rutina, que es nuestra vida, ya no la vivimos solos, nosotros la vivimos con Dios.

Me he extendido con este asunto de la rutina.

Lo que sucede es que he visto que mi rutina la puedo disfrutar o la puedo sufrir.

Yo quiero disfrutar mi rutina.

Me he propuesto gozarme en todo lo que es repetitivo en mi vida.

La rutina la podemos vivir pensando y rumiando en lo malo de todo y en lo malo de todos y amargadnos así la vida. No es saludable vivir así. No vale la pena vivir así. Es dañino para nosotros mismos y también para quienes nos rodean.

Al vivir la rutina hay que pensar en Dios, y en los bueno de todo y de todos. Entonces, nuestros pensamientos serán guardados en paz y tendremos gozo y gratitud constante al vivir nuestra rutina terrestre. ¡Qué Dios nos ayude a vivir gozosos la rutina terrestre hasta que Dios nos lleve a su reino eterno!

¡Qué Dios nos transforme y se glorifique con nuestra rutina de cada día!

Amén y amén.

¡Congreguemos, congreguemos, congreguemos!

Congregar es una costumbre saludable, que edifica, fortalece y anima el alma de todo hijo de Dios.

No congregar es una mala costumbre y debe ser un hábito extraño en nuestras vidas.

Dios nos anima a no dejar de congregar. ¡Hagámosle caso a Dios y congreguemos, congreguemos, congreguemos!

Hoy recibí bendición y ánimo abundante al reunir en la congregación en la que participo, la Iglesia Bautista Betel de Trujillo, Perú. Dios me motivo con la clase de la Academia Bíblica, con los hermanos que vi, saludé y hablé, con los himnos que se entonaron, con la predicación de la palabra de Dios, y con la comunión por medio lo que conocemos como la cena del Señor.

Congregar siempre, siembre es bueno, y hoy yo fui muy consciente de esa bondad.

En la clase de la Academia Bíblica hablamos sobre la necesidad de examinar nuestras vidas, antes que la de los otros. Necesitamos quitar primero la viga de nuestro propio ojo para poder ver bien así la paja en el ojo de otro. La exhortación de la clase fue muy apropiada y pertinente.

La predicación giró alrededor del cómo debemos vivir los seguidores de Jesucristo. Se nos dijo claramente que ya no debemos conducirnos ni ver las cosas conforme a la carne, es decir, en conformidad a nuestra vida antigua. También, se nos dijo que debíamos vivir predicando el evangelio de Jesucristo a toda persona, por dondequiera que vayamos. Finalmente, se nos exhortó a vivir conscientes de que representamos a Dios ante los demás.

Los cristianos tenemos una gran responsabilidad y la predicación nos animó a asumirla y a vivirla con la ayuda de Dios.

Los himnos también alentaron mi alma y los filmé para compartirlos. En mi canal de YouTube los podrán ver y oír.

Participar en la cena del Señor también alentó mi alma. El cuerpo de Cristo fue molido por nuestros pecador. La sangre de Jesús fue derramada para rescatarnos de nuestra maldad y comprarnos para pertenecer a Dios. En la cena del Señor se nos hizo recordar este hecho glorioso y mi fe fue fortalecida.

Recordemos, congregar es bueno siempre.

Congregar estimula a amar a quienes nos rodean.

Congregar nos ayuda a enfocarnos en hacer buenas obras.

Congregar nos permite ser un estímulo para nuestros hermanos en Cristo.

Congregar refleja nuestra obediencia a Dios.

Congregar nos coloca en el contexto apropiado para escuchar a Dios.

¡Qué Dios nos ayude a congregar, congregar, congregar!

Amén.

¿Costumbres avaras? ¿Costumbres contentas? ¿Cuáles son las tuyas?

Una costumbre es una forma de sentir, de pensar y de obrar. Toda persona tiene costumbres, hábitos. Las costumbres y hábitos nos mueven, nos identifican, nos señalan. Nuestra ser interior se ve expuesto por nuestras costumbres y hábitos.

El escritor bíblico nos motiva a tener costumbres “sin avaricia”. ¡Escuchémosle y hagámosle caso! Es imprescindible que tomemos muy en serio su exhortación.

La avaricia es “un deseo intenso y desordenado”, un “afán desmesurado” por adquirir y poseer dinero, riquezas, cosas, bienes, posesiones y títulos, para uno mismo, “más allá de lo necesario para vivir y estar cómodo.”

Las personas cuyas costumbres tienen avaricia viven sin reposo y sin alegría duradera. Ellos se sobre cargan. Su dicha es fugaz, pasajera. Siempre están frustradas, decepcionadas, aburridas. Nada les satisface, nada les llena “totalmente”. Su deseo intenso y desordenado por lo que no tienen los controla hasta tal punto que no disfrutan lo que tienen, lo que han conseguido.

No es malo exactamente querer más, y más, pero cuando ese querer más y más es una obsesión que quita la paz, el gozo y la alegría de vivir y de trabajar, entonces ese querer ya no es saludable. Ese querer es pernicioso, nocivo y contraproducente. Ese querer más y más es una costumbre avara que tiene que ser desechada. ¡Qué Dios nos ayude a reconocer y a desechar las costumbres avaras de nuestra vida!

El autor inspirado nos propone una vida  “sin costumbres y ni hábitos avarientos”.

Él nos exhorta a tener una vida caracterizada por estar contentos y confiar en Dios.

La palabra “contentos” expresa “felicidad”, “dicha”, “alegría”, “satisfacción”, “júbilo”, etc. A todos los seres humanos nos gustaría vivir reflejando lo que la palabra contentos expresa. ¿Cómo es que conseguiremos vivir así?

El texto bíblico nos dice lo que tenemos que hacer para estar contentos: “… contentos con lo que tenéis ahora.” La clave de la dicha es fijarnos en lo que ya tenemos, en lo que ya es nuestro.

¿Tienes vida? Alégrate de tenerla.

¿Tienes familia? Gózate en ella y con ella.

¿Tienes donde vivir? Amén, gloria a Dios, alégrate.

¿Tienes trabajo? ¡Eso es buenísimos!

¿Tienes qué comer? ¡Qué bueno que así es! ¡Sé feliz!

¿Tienes males, dificultades, problemas en tú vida? ¡Estamos en un mundo de pecadores! ¡Es normal que los haya! ¡Gózate en tus males, dificultades y problemas! ¡Te harán una persona mejor!

Las costumbres y hábitos avariciosos deben ser cambiados por una vida de satisfacción y de alegría. Para esto hay que enfocarnos más en nuestro Dios y en su bondad para con nosotros. Si somos creyentes en Dios y si hemos certificado esa creencia poniendo nuestra fe en Jesucristo Su Hijo, somos hijos de Dios, nuestros pecados han sido perdonados y tenemos vida eterna.

Por nuestra fe en Jesucristo, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación, Dios está con nosotros. Jesucristo es Emanuel, que traducido es Dios con nosotros (Mateo 1:23). La presencia de Dios en nuestras vidas desde que creemos en Jesús y le seguimos es un hecho que nunca debemos obviar, ya sea que nos esté yendo bien o que nos esté yendo mal.

Dios está presente. Siempre estamos delante de él.

Dios está presente para ayudarnos, para socorrernos, para bendecirnos.

Por él, en él, y con él, la vida gozosa es posible, cualquiera que sea la situación.

El autor inspirado lo sabía y lo experimentaba. Recordemos que los primeros cristianos vivieron momentos de dolor intenso por su fe. Pero esos momentos les permitieron experimentar que Dios es real y es por eso que enfrentaron con gozo esas adversidades.

Los cristianos veían e interpretaban sus circunstancias buenas y malas a la luz de lo que Dios dijo: “No te desampararé, ni te dejaré.” Dios prometió no desampararlos ni dejarlos nunca y ellos se aferraban y vivían bajo la certeza de esa promesa. Esta certeza en Dios hacía que desechasen sus costumbres avaras y las trocasen por hábitos gozosos.

Su fe en la presencia de Dios era su sostén y el motivo crucial de su alegría.

Así debemos vivir también nosotros hoy. Dios siempre está. Si nos acostumbramos a ver a Dios en cada detalle de nuestra vida en esta tierra, el gozo es seguro. Si vemos la bondad de Dios en cada cosa que tenemos, la alegría y la gratitud serán un hábito, una costumbre.

Somos pecadores, vivimos con pecadores y estamos en un mundo bajo maldición. Esto implica que siempre habrá en nuestras vidas algo de dolor, de mal, de enfermedad, de muerte. Pero aún así, con alegría y certidumbre, “… podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.”

¡Dejemos y abandonemos las costumbres avaras!

¡Cultivemos y hagamos crecer las costumbres y hábitos gozosos y agradecidos!

¡Confiemos en qué Dios está con nosotros y que nada ni nadie lo aleja de nosotros!

¡Ayúdanos Dios y Padre de Jesucristo a tener costumbres y hábitos gozosos!

Amén y amén.

¡Yo necesito a Dios y tú …

… también lo necesitas, y mucho!

Yo no sé de ti, pero sí sé de mí. Necesito a Dios. No concibo mi vida sin él. No estaría yo en pie si no fuese por él. Por Dios soy quien soy. Por Dios tengo lo que tengo. Por Dios vivo lo vivo. Es la certeza de que él siempre es, y siempre está, la que me dirige, fortalece, desafía y motiva mi vida en esta tierra.

Pero yo no soy él único que necesita a Dios. No inventé a Dios ni a la necesidad de él. Otros ya han tenido necesidad de él y de su presencia constante en su vida. El escritor del Salmo 73 es uno ellos;  este hombre necesitaba y valoraba a Dios como su posesión segura más valiosa.

Pero Dios no “es” importante ni necesario para todos los hombres. Hay muchos que niegan existencia y presencia. No le toman en cuenta para nada. Viven, se alimentan, crecen, trabajan, tienen familia, tienen donde vivir, se divierten y gozan, etc., pero no agradecen a Dios para nada. No lo consideran en ningún aspecto de sus vidas. Es igual cuando sufren o están agobiados, no buscan a Dios. Todo depende de ellos. Dios no está en ninguno de sus pensamientos.

Existen otros hombres y mujeres que sí creen en Dios, pero viven como si él no existiese. Al igual que los anteriores, ellos disfrutan de lo que Dios les da, pero no le agradecen ni le glorifican por nada. Este tipo de personas solamente se acuerdan y buscan a Dios en los momentos de dolor, de tragedia, de escasez. Sólo en esos momento ven a Dios necesario e indispensable. Para ellos, Dios solo es necesario en la adversidad, en la tristeza, en tragedia.

El que conoce a Dios verdaderamente, en cambio, ve a Dios como indispensable siempre. Dios le es indispensable en los tiempos de abundancia y en los tiempos de escasez. Dios le es vital en su alegría y también en su tristeza. Dios está presente en todos sus valores e ideales. Dios es tomado en cuenta en todos los instantes de sus proyectos. Todo lo hace por Dios, en Dios y para Dios.

El que conoce y experimenta a Dios vive asediado por la tentación de vivir alejado de él. Su entorno de negación a Dios y de desobediencia a él lo atraen peligrosamente. No es una broma ni un juego esta experiencia de tentación. El escritor de este salmo la experimentó. Él llegó, incluso, hasta el punto de pensar que le era mejor olvidarse de Dios, para vivir sin tomarle en cuenta, como hacían la mayor parte de sus contemporáneos.

Nosotros los hombres y mujeres de no hoy no estamos exentos de este asedio tentador.

Pero el salmista volvió a la lucidez, a la cordura. Al volver es que analizó inteligentemente su vida en Dios. Fue así que escribió todo el salmo 73, que recomiendo leer detenidamente. Sus palabras, en los versículos 25 y 26, son contundentes: “A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.”

El salmista descubrió que Dios era lo más valioso para él y esas sus palabras lo testifican.

Así tiene que ser Dios en nuestras vidas también hoy.

Nada ni nadie puede ocupar el lugar de Dios en la vida del verdadero creyente. Nada ni nadie es, ni tiene que ser, más valioso que Dios en nuestra vida. A Dios nunca lo perdemos. Dios siempre está a nuestro lado.

Yo no sé de ti, pero sí de mí. Yo necesito a Dios. Él indispensable para mí. Mi vida no tiene razón de ser sin él. Eso sí, tengo que confesar que no siempre fue así. No siempre vi a Dios como vital e indispensable. Empecé a ver a Dios como vital desde mi conversión a Jesucristo, el 29 de junio de 1987. Ese día bendito creí que Jesucristo murió por mis pecados y resucitó para darme vida. Ese día glorioso fue el día en que Dios empezó a ser indispensable en mi vida.

Todo ser humano necesita a Dios. Al Dios de la Biblia, no a otros, que no existen, y que son producto de la imaginación humana. Todo hombre y mujer tiene un hueco inmensamente profundo sin el Dios de la Biblia en su ser. No se puede ser plenamente dichoso sin este bendito Dios. No se puede tener fuerzas ni ánimo constante para sufrir el dolor de la vida y de la muerte sin el Dios y Padre de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Dios es necesario e indispensable… vive en él, por él y para él.

Dios es necesario e indispensable… Todo es mejor con él, por él y para él.

Dios siempre es y siempre está y ha venido y viene en Jesucristo a ti.

Cree en Jesús y síguele y Dios estará contigo y lo valorarás y experimentarás como los valioso de tu vida.

Jesucristo es Emanuel, que significa Dios con nosotros. Si tienes a Jesús, tienes a Dios. Cree y sigue a Jesús fielmente hasta el fin de tu peregrinaje en esta tierra.

¡Qué Dios me ayude a mí a seguir a Jesús hasta el fin! Amén y amén.

¡Seamos genuinos, honestos y transparentes ante Dios!

¡Seamos genuinos, honestos y transparentes ante Dios!

Engañar a Dios no es posible.

No se debe.

No se puede.

Es una insensatez e inútil intentarlo siquiera.

Para Dios nada es secreto, nada es oculto. Nada está escondido. Nada se puede cubrir. Nada se puede ocultar.

Ante Dios, toda su creación, toda, absolutamente, está en su presencia, en su delante. Los seres humanos estamos incluidos porque somos su creación, sus criaturas, la obra de sus manos. En todo instante estamos ante él. No hay ni un solo segundo que él no nos vea… ¡Él siempre, siempre nos contempla!

Los ojos de Dios son todo videntes. Su mirada traspasa nuestro ser exterior e interior. Dios ve todo de nosotros por fuera, y todo por dentro. No hay ninguno de nuestros poros externos ni ningún resquicio interno de nuestro ser que Dios no vea ni traspase con su mirada. Ante él no hay nada ni nadie que no sea manifiesto, descubierto, abierto, visible, evidente y notorio.

Ante Dios todos estamos desnudos, sin ropa, sin nada que nos cubra. Dios ve todo lo que hay en nuestro interior y que nadie más, excepto él, ve íntegramente. ¡Ay de nosotros! No existe ningún pensamiento, ni un motivo, ni ninguna intención, que Dios no conozca de nosotros.

Es una locura, un sin sentido, una ridiculez tratar siguiera de intentar engañar y estafar a Dios. Somos tontos y necios cuando intentamos presentarnos ante él siendo lo que no somos. No necesitamos justificarnos ante él. A nuestro Dios no necesitamos palabrearle ni falsear nada. Dios sabe, conoce, y todo, todo, absolutamente todo.

Seamos siempre genuinos y honestos ante todos. Mucho más ante Dios. Si estamos tristes, digámosle. Si estamos desanimados, comuniquémosle. Expresémonos ante él sin ningún tapujo. Dejemos nuestras vanas “hojas de higuera” y parémonos desnudos ante nuestro Dios. Salgamos de entre “los árboles de nuestro huerto” y digámosle a Dios nuestro miedo y el porqué del mismo.

No tenemos que fingir nada ante Dios.

Ante Dios no necesitamos caretas.

En vez de esforzarnos por engañar inútil y vanamente, esforcémonos por creer, amar, obedecer, respetar y glorificar a Dios sinceramente.

El texto bíblico dice que ante Dios nosotros “tenemos que dar cuenta”. Estamos avisados. Dios va a pedirnos cuenta de cómo hemos vivido en esta tierra.

Tenemos que darle cuenta a Dios de cada obra, de cada pensamiento, de cada motivo, de cada intención. Todo lo que hemos vivido, vivimos y viviremos en este mundo será escudriñado. No nos podremos escapar del tribunal de Dios. En ese día solemne estaremos parados ante él totalmente descubiertos exterior e interiormente.

No seamos fariseos.

No nos presentemos ante Dios como no somos.

Es inútil hacerlo.

No es necesario.

Presentémonos ante Dios como somos porque a él no le sorprendemos; él nos conoce. Dios ya sabe cómo somos.

¡Qué Dios nos ayude a ser siempre sinceros y honestos delante de él!

Amén y amén.

¡Mi gratitud y admiración a Dios en Jesús Su Hijo!

¡Mi gratitud y admiración a Dios en Jesús Su Hijo!

¡Siempre me sorprendes y maravillas, Dios creador y redentor mío!

¡Tu bondad y tus misericordias son muchas, me deslumbran en todo momento!

¡Mi día a día lo vivo esperando solamente en ti, Dios fiel y bondadoso!

¡Tú eres todo para mí!

La comida diaria para mi familia y para mí;

La bebida para nuestra sed y nuestra limpieza;

La vivienda en la que nos refugiamos y reposamos;

El trabajo y las fuerzas para trabajar;

El ánimo y la esperanza de lo bueno y mejor en la tierra de mi peregrinaje y misión;

¡Todo esto, y mucho más, son posibles gracias a ti, por ti y en ti, bondadoso Dios!

¡Eres bueno, Dios mío, creador mío y redentor mío!

¡Eres fiel y leal para con todas tus criaturas!

En Jesucristo te encontré a ti un día inolvidable.

En Jesucristo tú me buscaste, me hallaste y me recibiste.

En Jesucristo tu amor y tu gracia tú me mostraste.

Mi vida fue, es y será siempre nueva porque me uní por fe en Jesucristo a ti.

No he sido, no soy, ni seré perfecto, sino hasta que Jesús tu Hijo venga otra vez y me transforme totalmente para ser como él es.

El pecado aún me agobia, me acecha y me derrota, pero por Jesús y su obra de salvación estoy delante ti y me levanto, para seguirte hasta el fin de mis días en este mundo.

¡Muchas gracias, Dios mío, por darme, en Jesús tu Unigénito, vida, que es tuya y también mía!

¡Muchas gracias, Dios mío, por tu paciencia y por tu constante bondad para conmigo y mi familia!

¡Nosotros todos somos lo que somos por ti, en ti y para ti!

¡Solamente por ti, en ti y para ti, consagrado a Jesús quiero vivir!

¡Qué tu Espíritu Santo me llene, fortalezca, motive e impulse a agradarte y a servirte solo a ti!

¡Gracias, muchas gracias, Dios mío, mi creador, mi redentor y mi sustentador!

Amén y amén.

(5 de octubre 2023)

¡Jesucristo es Dios verdadero y vida eterna!

Los primeros seguidores de Jesucristo sabían, conocían. Ellos nos transmitieron ese su saber en el Nuevo Testamento, que juntamente con el Antiguo Testamento, constituyen la Biblia, la palabra de Dios, la cual él ha revelado a través de hombres inspirados -guiados y conducidos- por el Espíritu Santo (2 Pedro 1:20-21; 2 Timoteo 3:16-17).

El conocimiento y el saber más importante, que es el vital y el que cambió totalmente sus vidas, tenía que ver con Jesucristo. Jesucristo los asombró y maravilló. Ellos no volvieron a ser los mismos luego de oír, creer, seguir y obedecer a Jesucristo.

Para ellos, Jesús de Nazaret, venía de Dios y era Hijo de Dios; no tenían dudan al respecto.

Ellos empezaron a oírle, a creerle y a seguirle por verlo como un enviado por Dios. Así fue al principio. Pero después, al ir reflexionando más detenidamente en todo lo que vieron y experimentaron, especialmente, luego de su muerte y resurrección, conocieron y entendieron que Jesús era Dios, el Único y Verdadero Dios.

El evangelista que tuvo más tiempo para pensar, afirmarse y maravillarse de ese glorioso hecho fue Juan, el discípulo amado. Juan fue el último de los apóstoles en morir. Él escribió su Evangelio, sus tres cartas y el Apocalipsis, testificando de la deidad de Jesús.

Los apóstoles y todos los discípulos de aquella época eran gente que sabía, que conocía y entendía. Todo ellos entendían que Jesús de Nazaret, Su Salvador y Rey, había venido a la tierra verdaderamente; ellos lo habían visto con sus propios ojos. Este era un hecho indiscutible. 

Jesús es Dios hecho Hombre (Juan 1:1-14). Este era un hecho histórico verdadero; y ellos, por haberle oído, creído y seguido, estaban en comunión con él, quien es Dios, El Verdadero. Jesús les  otorgó y proveyó vida eterna a todos ellos, porque él es también la vida eterna, la cual estaba con Dios Padre y se manifestó en él en esta tierra (1 Juan 1:1-4). Este era también un hecho histórico del que ellos testificaban convincentemente.

Ellos entendieron que Jesús es Dios y La Vida Eterna gracias a que él mismo les dio entendimiento para que lo conociesen como Dios y Vida Eterna. En consecuencia, los que creen y siguen a Jesucristo son siempre personas sabias, conocedoras y entendidas. La ignorancia, la falta de conocimiento y la necedad no son parte de los hijos de Dios.

¡El seguidor de Jesucristo sabe y entiende la palabra de Dios porque Jesucristo mismo le instruye y le da entendimiento!

Es por eso entonces que el seguidor de Jesús tiene la convicción y la certeza de poseer la vida eterna. Jesús definió la vida eterna como la experiencia de conocer a Dios Padre, el Único Dios Verdadero, y a Jesucristo a quien él ha enviado! (Juan 17:1-4).

¡Quienes seguimos a Jesucristo sabemos, conocemos y entendemos que somos de Dios por causa de Jesucristo y que es por él también que tenemos una relación sana y buena con Dios!

Juan, que era conciente de lo benditos que somos los creyentes y seguidores de Jesús. escribió así: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20).

No estamos en ignorancia.

Nosotros sabemos.

Nosotros entendemos.

Los cristianos estamos convencidos de que Jesús es Dios Verdadero y Vida Eterna.

Nuestra convicción sobre Jesucristo está alimentada y sustentada en la Escritura y la iluminación del Espíritu Santo.

Nosotros entendemos que Jesús nos trae a Dios y también la vida eterna. Jesucristo es nuestra esperanza única para esta vida y la venidera.

¡Qué Dios nos ayude a crecer en nuestro entendimiento y en nuestra convicción de que Jesús es Dios verdadero y la vida eterna!

Amén.

Redford Tramell, un hombre de Dios que vive por y para la misión de evangelizar y discipular a todas las naciones.

Redford Tramell es un hombre de Dios. Él vive por Jesucristo y su obra de salvación. Dios y su obra son visibles en su vida. Pablo, que vivía por Cristo y la extensión del evangelio, “lo tuvo en su mente” cuando escribió estas palabras: “Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a lo que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros” (Filipenses 4:17). Admiro a este mi hermano y quiero imitar su fe y su pasión por la extensión del evangelio.

Conocí a Redford Tramell en el año 1999, cuando yo tenía 34 años. En ese año yo tenía 7 años siguiendo a Jesucristo, mi historia en Cristo estaba empezando; la historia en Cristo de mi hermano Redford era mucho más larga, él llegó a Perú en el año 60 y ya había establecido dos congregaciones en Lima.

El misionero Redfod Tramell ha bendecido y ha sido usado crucialmente en la extensión del evangelio y la fundación varias iglesias de Jesucristo en Perú. En Villa El Salvador, Lima, existen hoy varias iglesias crecientes y florecientes, que tiene una buena cantidad de discípulos, local propio y liderazgo firme gracias, en una u otra manera, a este siervo de Dios. (Foto: Redford Tramell y Andrés, mi hijo, y yo, cuando lo visitamos el mes de agosto).

Al momento de conocerle, el misionero Redford Tramell y Elisabeth, su esposa, que partió a la presencia de Jesucristo hace unos años, ya no estaban estableciendo congregaciones en forma directa y personal. Para ese momento, Redford había fundado la Misión Peruana A Toda Criatura (ATOCRI), cuya oficina estaba ubicada en su vivienda.Toda su labor misionera la realizaba desde y a través de esta misión.

Redford Tramell fundó Atocri con la participación de varios pastores e iglesias de Lima. Atocri surgió por la misión y para la misión. Viví a Atocri y a su objetivo, la misión y su cumplimiento, por unos 8 años. En esa oficina “se respira”, “se come” y “se bebe” obra misionera local, nacional y mundial. Todo lo que ocurre allí es un reflejo de la vida, obra, discurso y ejemplo de este singular obrero de Dios.

Atocri promueve la oración misionera. Se ora con ruego intenso por obreros para la obra de Dios, para que Dios envíe más. Se ora por las iglesias que no tienen pastor, para que Dios les de su pastor. Se ora por los pastores y misioneros, para que Dios les provea, los guarde y los use en la salvación y en la edificación de las personas. Se ora por las iglesias, para que tengan visión y pasión por predicar el evangelio. Se ora por las etnias del Perú y el mundo, para que sean alcanzados con el evangelio. Etc. (Foto: Una oficina de Atocri. Todo es misiones y misiones).

Redford Tramell y Atocri, en el tiempo que serví allí, organizaban mensualmente cursos para ayudar a los pastores, misioneros y líderes en la actualización y la renovación de su conocimiento bíblico teológico ministerial. Organizaban anualmente, también, una conferencia bíblica para misioneros, pastores y líderes. Recuerdo esas conferencias, eran de desafío y de bendición grande. Tanto los cursos mensuales como la conferencia anual, ayudaban a los pastores, misioneros, líderes e iglesias en su comunión y compañerismo, pues, se conocían y se relacionaban bendiciéndose mutuamente.

Redford Tramell y la misión de Jesucristo a la iglesia están muy entrelazadas.

Redford Tramell y Atocri son inseparables.

Redford Tramell respira y transpira evangelización y discipulación.

Dios, Jesucristo y su obra de salvación, y la misión y la iglesia, y el mundo y su condición, están en todos los poros de mi hermano Redford. No he conocido a alguien que viva la misión como él la vive. Mi “jefe”, yo le llamo así siempre, es único. (Foto: Oficina de Jenny, secretaria de Atocri. Más misiones y misiones).

Ya no vivo en Lima y ya no lo frecuento tanto, pero cada vez que lo he visitado he sido testigo del compromiso misionero de Redford Tramell. Su casa está llena de su pasión. Mapas misionológicos en las paredes de toda la casa. Globos terráqueos. Tarjetas de oración de misioneros. Descripción y fotografías de la etnias de Perú y de otras naciones. Todo está “pintado” y “decorado” con la gran comisión.

Redford Tramell construyó en el techo de su casa “el Aposento Alto”. El Aposento Alto es una habitación en la que se hospeda a los visitantes. Esa habitación también está dedicada a la oración, a la oración misionera. Allí se ora por la extensión del evangelio cada día. Siempre hay una predica que motiva a la acción misionera. Siempre hay oración misionera allí.

Redford Tramell ya pasó los noventa años. Ayudémosle intercediendo a Dios por él. Dios ya recogió a Elisabeth, su esposa y compañera de milicia de toda la vida. También, Dios recientemente acaba de llamar a su presencia a su hijo Jonathan Tramell, el mayor de sus tres hijos. Él está triste. Él necesita nuestra mediación en oración. Él mantiene su lucidez mental y espiritual, pero su cuerpo está cada vez más desgastado y débil. Nosotros le ayudaremos muchos orando por él.

Aprecio y admiro a Redford Tramell. Veo a Dios en él. Su pasión por Cristo y su forma de hablar con Dios me conmueve. Dios bendijo mi vida a través de él. Lo tengo en mi memoria y es mi referente en mi camino de vivir para Jesucristo y su obra. (Foto: Andrés y yo con Redford Tramell cuando oímos su testimonio y nos animó).

¡Qué Dios bendiga a Redford Tramell con una vejez lúcida y poco dolorosa! ¡Qué Dios alivie y conforte el corazón de este su buen siervo! ¡Qué Dios se glorifique en él hasta el último día de su vida en esta tierra!

Amén y amén.

Más:

Elisabeth Tramell, una mujer admirable.

El Aposento Alto.

¡Los seguidores de Jesucristo somos personas que conocemos la verdad de Dios!

El hijo de Dios es una persona que sabe, que conoce, que está enterado. La Biblia es clarísima. La ignorancia, el no saber, la desinformación, no es propia de aquellos que creen en Dios por Jesucristo.

Todo hijo de Dios sabe lo que cree y sabe dar razones convincentes en base la Escritura, la Biblia, de la esperanza que tiene por seguir a Jesucristo. No somos buenos seguidores de Jesucristo si no sabemos y no podemos dar testimonio convincente e inteligente de nuestra fe.

La ignorancia de Dios, de Su Voluntad y de Su Palabra, es propia de los que no creen en Dios, de los que le dan la espalda, de los que lo niegan. Ellos son los que no tienen ninguna idea clara de lo que Dios quiere para los seres humanos. Ellos viven así porque “han recibido el espíritu del mundo” y ese espíritu lo controla el maligno y él quiere a la humanidad en ignorancia completa de Dios y de lo que él dice.

Pablo afirma irrebatiblemente: “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido” (1 Corintios 2:12).

En ese texto bíblico se divide a la humanidad en dos grupos bien diferenciados: 1) los que han recibido el espíritu del mundo, que son los que no conocen a Dios y que no saben lo que Dios ha dispuesto para los seres humanos y 2) los que han recibido el Espíritu que proviene de Dios y que saben lo que Dios ha dispuesto para la humanidad y para ellos mismos.

Todos los que seguimos Jesucristo hemos recibido el Espíritu Santo de Dios. El Espíritu Santo lo recibimos tan pronto como creemos el evangelio y nos convertimos en seguidores de Jesucristo (Juan 7:37-39; Efesios 1:13-14). Nosotros estamos aptos para saber y para conocer lo que Dios nos ha concedido desde el mismo instante que Dios nos da vida nueva por medio de Su Espíritu.

1 Corintios 2:12 es una llamada de atención a los seguidores de Jesucristo de hoy. Todos nosotros tenemos que conocer la verdad, las obras y la voluntad de Dios porque él nos ha dado Su Espíritu Santo para que nos enseñe y nos haga saber todo lo suyo. Dios ha hecho su trabajo y nos ha bendecido dándonos la Biblia, Su Palabra, y Su Espíritu Santo. Ahora nosotros tenemos que educarnos e instruirnos en lo que Dios ha dicho.

Dios ha hecho lo que le toca.

Ahora nos toca trabajar a nosotros.

A nosotros nos toca leer y escuchar la palabra de Dios, la Biblia. A nosotros nos toca pensar y meditar en la ley de Dios. A nosotros nos toca escudriñar e investigar lo que Dios dice. Nosotros tenemos que coger la Biblia y alimentarnos de ella tanto como podamos.

A nosotros nos toca saber y conocer lo que Dios nos ha concedido. Todo está en la Biblia. ¡Muévenos a darle la atención debida a la palabra inspirada por tu Espíritu, Dios nuestro! ¡Haz que seamos un pueblo instruido en tu santa verdad, Dios y Padre de Jesucristo!

Amén y amén.