El mensaje de unos leprosos a los cristianos

La ciudad estaba cerrada. Nadie entraba ni salía. Nada llegaba, nada se iba. El ejército invasor-conquistador sitiaba la ciudad para doblegarla por hambre y sed. El temor, angustia, llanto, desesperación y muerte campeaban en los acorralados ciudadanos.

Esta confesión-petición cruel-criminal de una madre al rey ilustra la situación: “Esta mujer dijo que comiésemos a mi hijo primero, luego el suyo; lo hicimos. Ahora ella escondió su hijo y no lo podemos comer. Haz justicia y obliga a esta mujer a cumplir su compromiso y comamos a su hijo como al mío.”

La situación era insostenible tanto dentro como fuera.

Es por eso que unos leprosos vinieron a la ciudad, y vieron, y entendieron, y buscaron una solución para sobrevivir. ¿Entrar? No. ¿Quedarse fuera? Tampoco. ¿Ir al ejército conquistador? Sí, es peligroso, nos podrían… Y fueron, y no encontraron al invasor, que por un milagro de Dios, había huido sin nada, dejando comida, oro, ropa, etc. Y ellos comieron y bebieron… y se saciaron. Y cogieron oro, y ropa… y más oro y más ropa.

Pero… algo pasó. Vino a su mente la gente de la ciudad y pronunciaron las palabras de 2 Reyes 7:9, que es su mensaje para los seguidores de Jesucristo. Ellos nos dicen: “callar y no compartir en forma urgente la buena noticia de salvación eterna en Jesucristo a los pecadores es gran maldad.”

Vivimos una época de gracia y salvación. Tenemos buenas nuevas de perdón para pecadores. ¡Hablemos! ¡Prediquemos! ¡Anunciemos! Callarnos las buenas nuevas de salvación en Jesucristo es gran maldad y debemos arrepentirnos.

¡Escuchemos a los leprosos! ¡Obedezcamos a Dios y hablemos evangelio!

¡Qué siempre le hablemos a alguien Señor Jesucristo y su salvación! Amén.

¡Miremos lo no visible y eterno, no lo visible y temporal!

¡Estamos de paso! ¡Y el mundo en que vivimos también lo está! Ahora estamos aquí, pero un día nos iremos. Lo mismo pasará con el mundo que nos cobija. Lo que vemos ahora es pasajero, transitorio, temporal.

No vivamos nuestra vida aquí como si fuese la única y definitiva vida que viviremos. No, no vivamos así. Existe la eternidad, la vida eterna. No la vemos, pero está allí, expectante, esperándonos. Dios manifestará la eternidad en su tiempo.

Debemos aprovechar esta vida y prepararnos para la eternidad. Dios, que siempre es veraz, nos ha dicho en la Biblia que nuestra eternidad puede ser gozosa y gloriosa o terriblemente tormentosa. Está escrito: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Daniel 12.2).

Usemos esta vida pasajera para asegurarnos nuestra eternidad gozosa. Y asegurarla sí es posible. La única forma es creer y seguir a Jesucristo en esta vida. Él vino a esta tierra para salvarnos y darnos vida eterna. Jesús dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10.27-28).

No dejemos que lo presente y visible, que es temporal y efímero, empañen nuestros ojos y no nos “dejen ver” lo eterno. Hagamos caso a Pablo y miremos las cosas que “no se ven” porque esas “son eternas”.

Miremos a Cristo y sigámosle. La fe en Jesucristo nos asegura la eternidad gozosa. Amén.

La primera declaración bíblica sobre Dios es indiscutible – Génesis 1.1

La primera declaración bíblica sobre Dios es indiscutible, clarísima, elocuente y contundente: “En el principio creo Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1.1). Tiene solamente diez palabras, pero nos presenta a Dios, la persona suprema, que está por encima de todo lo que existe y que es distinto a él.

Dios es vital y esencial en esta primera afirmación. No se discute ni se duda la existencia de Dios, se asume, se da por hecho. Él es eterno y existe por sí mismo. Dios estaba antes que todo lo demás. Él es el creador de los cielos y la tierra y de todo cuanto en ellos hay. El tiempo, el espacio y la materia vinieron a existencia por obra Dios. La vida vegetal, animal y personal provienen de él.

Este texto bíblico desautoriza a politeístas, agnósticos, panteístas, materialistas, ateos, humanistas y a todos los que desconocen y niegan la existencia eterna de Dios y de su obrar permanente en el universo y en la historia humana. Dios es un ser espiritual personal auto existente sin principio ni fin.

Esta primera declaración respecto a Dios es incuestionable. Su claridad y simplicidad son elocuentes. Nos toca creer y aceptar la declaración tal como está escrita. Si se la niega o se cuestiona o se la pone en duda, se hará lo mismo con toda la Biblia. La fe en el Dios de la Biblia, que es él Único que hay, es un acto racional e inteligente.

Creamos en Dios y también en Jesucristo, a quien él envió. Jesucristo nos hace conocer e intimar con Dios. Busquemos a Dios en Jesucristo  y obtengamos así nuestra salvación eterna.

¡Qué Dios nos ayude a creer en Jesús en esta tierra para vivir a su lado hoy y por la eternidad! Amén.

La fe bíblica – Hebreos 11.6

La fe bíblica no es “ciega”, ni irracional e ignorante, mucho menos “saltar al vacío”. La fe bíblica es racional e inteligente. Esta fe es una certeza basada en Dios, que existe y que actúa para bien de sus criaturas.

La fe bíblica cree en Dios, en sus hechos, en su bondad, en sus promesas y en su palabra (la Biblia), que testifica lo que necesitamos saber sobre él y su voluntad para con nosotros.

Esta fe se expresa ahora creyendo y siguiendo a Jesucristo, el Hijo de Dios, quien vino a este mundo para salvar a los pecadores. Jesucristo murió por los pecadores y resucitó de los muertos al tercer día conforme a las Escrituras.

La fe bíblica pregona que Dios salva, perdona, justifica y da vida nueva a toda persona que cree y sigue a Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres. Esta fe motiva e impulsa a los creyentes en Jesús a buscar a Dios para conocerle, amarle, adorarle, servirle, obedecerle y glorificarle.

La fe bíblica es la única que complace y agrada a Dios; sin esta fe es imposible tenerle contento; sin esta fe no obtenemos sus recompensas. Necesitamos esta fe. Esta fe está a nuestro alcance y empieza al creer en Jesucristo (Juan 6.29).

Cuando confesamos que Jesucristo es el Señor y creemos que Dios lo levantó de entre los muertos, somos salvos (Romanos 10.9-10) y empezamos a vivir la fe bíblica

¡Qué Dios nos ayude a creer y a tener esta fe, pues, es la única que le agrada y que da salvación eterna! Amén y amén.

El dinero y su uso bíblico

El dinero es un instrumento mediático temporal y “necesario” en la vida presente.  Con el dinero se compran y se venden bienes y servicios. Es muy difícil obtener algún bien o servicio sin dinero.

Su utilidad e indispensabilidad en la vida del hombre pueden confundir y desviar al ser humano. El ser humano puede amar, codiciar y buscar incansablemente al dinero.

Este desvío es muy peligroso porque acarrea el extraviarse de la fe; de la fe en Dios; de la fe en Cristo; de la fe en la Biblia, que es la palabra de Dios, etc. Y este desvío, a la vez, al hacernos olvidar el cuidado de nuestra alma y de nuestra vida con Dios, acarrea el ser traspasado de muchos dolores, con el climax del dolor mayor y eterno, que es la condenación sin fin en el lago de fuego (Apocalipsis 20.11-15; 21.8, 27; 22.15).

El dinero está asociado indisolublemente con la riqueza y no es malo en sí mismo; tenerlo y obtenerlo lícitamente es una gran bendición de Dios (Proverbios 10.22). Pongamos al dinero en su lugar y ganémoslo y usémoslo apropiadamente, cumpliendo la voluntad de Dios.

Usamos el dinero conforme a la voluntad de Dios si lo usamos 1) para satisfacer nuestras necesidades personales (2 Tesalonicenses 3.12), 2) para satisfacer las necesidades de nuestra familia (1 Timoteo 5.7-8), 3) para ayudar a satisfacer las necesidades de los desvalidos (Efesios 4.28) y 4) para invertir en extensión del evangelio de Cristo a toda criatura en todo el mundo (Lucas 8.1-3).

No amemos al dinero. No pongamos nuestra esperanza en la riqueza que viene con el dinero (1 Timoteo 6.17).

Obtengamos el dinero trabajando ardua y lícitamente, y disfrutémoslo dándole siempre gracias a Dios por dárnoslo suficientemente.

Amén y amén.

¡Se necesitan Epafroditos!

“Dios y Su Obra Redentora, y la Iglesia de Jesucristo, y los obreros de Dios, y los pecadores no redimidos de este mundo, necesitan de hombres y mujeres como Epafrodito.”

Epafrodito es un personaje bíblico. Su nombre es un nombre griego, lo cual implica que tanto él como sus padres eran griegos o habían sido muy infuenciados por esa poderosa cultura de la antigüedad.

Epafrodito no es nombre muy apreciado en el presente; son escasos, por no decir nulos, los nuevos padres que piensan en ese nombre para sus hijos varones. En la antigüedad, empero, ese era un nombre común muy utilizado por los padres para sus hijos varones.

La tecnología nos permite saber hoy muy rápido cuál era el significado del nombre Epafrodito. El nombre está asociado con Afrodita, la diosa griega del amor. El nombre significaba: “amoroso”, “amable”, “ameno” o “encantador”. Los padres esperaban que sus hijos reflejasen una personalidad atrayente y encantadora al nombrarle Epafrodito.

Desconocemos si todos quienes en la antigüedad se llamaron Epafrodito desarrollaron la personalidad agradable que era correspondiente con su nombre. Nos es imposible saber eso hoy. Sí sabemos por el Nuevo Testamento, sin embargo, de un Epafrodito que sí llegó a plasmar, a evidenciar y a manifestar esa amable y amena personalidad. Ese Epafrodito era un cristiano, un discípulo, un seguidor de Jesucristo, y se le menciona y describe en dos párrafos del capítulo 2 y 4 de la epístola de Pablo a los Filipenses.

Dios, el Autor de la Biblia, nos presenta y nos describe a Epafrodito como un hombre útil y necesario a él y a su misión salvífica a favor de los hombres pecadores de este mundo. Dios llamó a la salvación en Cristo Jesús a Epafrodito por medio del evangelio. Una vez que él respondió con fe al llamado divino del evangelio, Dios transformó y desarrolló el carácter y el sentir de Jesucristo en este varón y lo hizo así útil en su obra de redención.

La iglesia de Filipos, que empezó y creció gracias al trabajo del apóstol Pablo, disfrutó la bendición de tener a Epafrodito como uno de sus miembros. La iglesia veía en él el carácter y el sentir de Jesucristo pues había superado el egoísmo propio de la pecaminosidad humana para interesarse y preocuparse por el bienestar de los otros y del avance de la obra de Dios antes que de sí mismo. Es por eso que cuando retomaron su cuidado de Pablo, pensaron en él, para que fuese hasta donde estaba Pablo, llevándole provisiones y recursos para satisfacer sus necesidades al cumplir con la predicación del evangelio. Pablo testifica al respecto: “pero todo lo he recibido, y tengo abundancia; estoy lleno, habiendo recibido de Epafrodito lo que enviasteis; olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios” (Filipenses 4.18). La iglesia de Filipos era una iglesia que vivía en función de la extensión del evangelio. Ella cuidaba y suplía las necesidades de Pablo, “su misionero”. Todo parece indicar que la iglesia siempre enviaba a Epafrodito para cuidar de las necesidades de Pablo a todo lugar donde iba. (Filipenses 4.15-17).

Pablo tenía una gran consideración por Epafrodito. Lo veía como “su hermano” (porque era un verdadero hijo De Dios por la fe en Jesucristo), como “su colaborador” (porque era su ayudante en la propagación del evangelio), como “su compañero de milicia” (porque siempre estaba a su lado al combatir contra la huestes espirituales que oprimen a las almas y se oponen a que éstas crean en Jesucristo y le sigan) y como “el ministrador de sus necesidades” (porque le llevaba provisiones y recursos de parte de la Iglesia de Filipos y porque lo cuidaba y servía cuando estaba a su lado). (Filipenses 2.25; 4.10-20). Epafrodito era una bendición grande para Pablo. Pablo veía a Cristo en Epafrodito. Epafrodito había llegado al punto de exponer su vida por la obra de Cristo y por servir a Pablo y a la iglesia (Filipenses 2.30). Pablo estaba muy agradecido e impresionado por la capacidad de sacrificio de Epafrodito.

Epafrodito era también muy necesario para los pecadores de este mundo. Los pecadores necesitaban la salvación de sus pecados y de la condenación eterna y él había consagrado su vida para serle útil a Dios llevándoles el evangelio de Jesucristo. Su vida era la misión salvífica de Dios. Si la iglesia de Filipos necesitaba “un mensajero” que fuese al campo de misión como apoyo, allí estaba él. Si el misionero, en este caso Pablo, en el campo de misión, requería de un compañero, Epafrodito era el indicado. Él vivía para la obra de Cristo y para servir a la iglesia y a los misioneros en esa obra. Los pecadores en condenación necesitan cristianos como Epafrodito.

Epafrodito representa a todos los cristianos que son el engranaje que Dios utiliza para llevarle el evangelio a los pecadores perdidos. Estos cristianos son el nexo entre la iglesia que cumple la gran comisión y los misioneros que están luchando por la salvación de las almas en el campo de misión. Necesitamos rogar para que sean muchos más los cristianos “Epafrodito” en la obra de redención que Dios está realizando en este mundo.

La exhortación de Pablo a los Filipenses respecto a como tratar a Epafrodito es impactante: “Recibidle, pues, en el Señor, con todo gozo, y tened en estima a los que son como él; porque por la obra de Cristo estuvo próximo a la muerte, exponiendo su vida para suplir lo que faltaba en vuestro servicio por mí” (Filipenses 2.29-30). ¡Que Dios Dios levante a más “Epafroditos” en la iglesias y que las iglesias los reconozcamos y los valoremos como Pablo exhorta!

¡Dios de toda gracia y de toda salvación, levanta de tu iglesia más hombres y mujeres como Epafrodito para el bien de los pecadores perdidos que necesitan la salvación en Cristo Jesús! Amén y amén.

¡El desgaste mortal de la vida humana!

La vida está acompañada de la muerte. Desde que empezamos a vivir; empezamos también a morir. Al principio, y en todo ser humano promedio, la vida es rebosante, creciente, dinámica, fuerte, ágil, productiva, alerta, etc. Esto es así hasta un momento, hasta un climax, a partir del cual comienza el declive, el decaimiento, el envejecimiento, … el desgaste.

Entonces, una vez pasada el climax y la cumbre de la vida, ésta empieza a ser disminuida, debilitada y apocada por la muerte, que es la que empieza a manifestarse, y la que empieza a carcomer y a desgastar poquito a poquito a cada uno de nuestros órganos y miembros.

Como consecuencia de este desgaste y decaimiento, todos nosotros empezamos a perder la fuerza, la movilidad, la agilidad, la productividad, etc. Todo empieza a sernos mucho más trabajoso, duro y doloroso. Nuestros sentidos empiezan a ser cada vez más y más débiles y poco eficientes. Entonces, los males y las enfermedades, que antes eran contrarrestadas y vencidas por la fuerza de la rebosante y creciente vida, empiezan a ser constantes y cada vez más y más difíciles de curar y de derrotar.

La vida se va apagando porque la muerte va tomando control de todo el ser. Esto es así para el promedio de todos los hombres (porque en algunos, la muerte toma control y los mata en la plenitud de la vida). Este proceso mortal es irreversible e imparable. Una vez que empieza, ya no tiene vuelta atrás. A lo mucho, lo que puede hacerse con este proceso (y se ha hecho y seguro que se seguirá haciendo) en el que la vida es absorbida por la muerte, es retardarla, palearla y hasta hacerla indolora, pero no evitarla ni interrumpirla.

Me causa dolor, tristeza e impotencia el proceso de desgaste irreversible de la muerte de un ser humano. No porque yo mismo la esté viviendo ahora en la dimensión que describo, sino porque la he visto en otros, antes; y porque la estoy viendo ahora mismo, irreversible, imparable y rápida en gente a la que amo y que es muy cercana a mí.

No me gusta lo que entiendo y veo sobre este proceso mortal de la vida humana. Seguro que me gustará menos cuando yo mismo tenga que experimentarlo en carne propia, si es que así lo dispone Dios. (Dios evitó este proceso con Enoc y Elías, y lo evitará también en aquellos que estén vivos cuando Jesucristo venga por su iglesia).

Empero, mi entendimiento de este proceso mortal de desgaste y envejecimiento, no es desesperanzado, porque soy creyente en Jesucristo, y en la Biblia, que es la Palabra de Dios, y que tiene la exposición veraz sobre esta cuestión humana, que es endémica y que nos acompaña en todo nuestro corto peregrinaje en este mundo. La Biblia hace claro que en todo este proceso de vida mortal moribunda, los seguidores de Jesucristo somos suyos, tanto si vivimos como si morimos. (Romanos 14:8).

Escribo esta nota adolorido y triste, pero con esperanza, y con ánimo. Y es que la fe genuina en Dios, que está basada en la Biblia, es así, alentadora, esperanzadora, optimista y gozosa.

Y es que si uno a creído verdaderamente en Jesucristo, y se ha hecho su discípulo, su seguidor, tiene en su ser, que está muriendo por este proceso mortal irreversible, al hombre interior, al hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y la santidad de la verdad (Efesios 4:23); el cual, según 1 Corintios 4:16, “se va renueva de día en día.”

La vida mortal que tenemos en este mundo, es temporal, efímera y breve. Esta vida va a acabar; vamos a morir. Pero, y me gusta este pero, cuando “este hombre exterior se desgaste” completamente y muera; “el hombre interior”, “el nuevo hombre creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”, se expresará, … rebosante, glorioso, gozoso y eterno.

Tenemos que mirar, experimentar e interpretar esta vida mortal moribunda en base a nuestra fe en Cristo Jesús, nuestro Señor. Él no nos ha dejado a oscuras respecto a este endémico proceso de vida mortal. Él mismo declaró: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:25-26).

La mujer que escuchó a Jesús respondió a su declaración y a su pregunta con una convicción y una certeza que es propia de la verdadera fe, que es la que Dios quiere que tengamos. Ella dijo: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a mundo” (Juan 11:27).

Yo también creo en Jesús. Como creo en él, miró el proceso de desgaste, de marchitación y de envejecimiento mortal de la vida presente, tanto de aquellos a quienes amo como el mío propio, no como finales y definitivos, sino como el alumbramiento del “hombre interior”, que saldrá y emergerá libre de las limitaciones, del desgaste, de la marchitación, del envejecimiento, de la corrupción y de la mortalidad, para vivir plena e inmortalmente por toda la eternidad.

Amén y amén.

¡La Biblia es de aprendizaje fácil! – Mateo 11:25

La Biblia es de aprendizaje fácil. No se necesita estudios elevados para entender la Palabra de Dios. Solamente se necesita la capacidad de escuchar, de leer, de sentir, de tocar, de gustar, de pensar, de obrar… y de querer saber.

Jesucristo declaró sobre lo sencillo que es saber la Palabra de Dios en este texto de Mateo 11.25. Su afirmación es clarísima. La revelación de Dios está diseñada para personas que quieren aprender, no para quienes “asumen” que ya saben mucho.

Dios ha revelado su palabra a los “niños”, que son los que están aprendiendo y asimilando siempre lo que se les va mostrando y enseñando.

Jesucristo se regocijó y alabó maravillado a Dios Padre por haber revelado sus verdades a los niños. Yo también hago lo mismo.

Lo que Dios ha revelado es de fácil aprendizaje. Son más de 3 décadas que leo la Biblia y cada vez me convenzo más de que no es complicada, sino fácil, muy fácil… si es que se ha creído en Jesús, se tiene el Espíritu Santo, se la quiere vivir y, sobre todo, si se la quiere conocer… y se trabaja para eso.

Aprender, saber, conocer, entender y vivir la palabra de Dios está en nuestras manos. ¡Hagamos nuestra tarea, Dios ya hizo la suya! Amén.

“En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños.”

(Mt 11:25).

¡Vayamos y llevemos el evangelio a los pecadores perdidos así haya solo uno!

“Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve y va por los montes a buscar la que se había descarriado? Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se descarriaron. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.” (Mateo 18:10–14).

Dios busca a un perdido como un pastor de ovejas busca a una oveja que se perdió. Dios no menosprecia ni abandona a ningún pecador perdido. Dios quiere salvar a todos y a cada uno de los pecadores perdidos. Jesucristo es la evidencia de esta su gracia y su misericordia salvadora. Él, Jesús mismo, quien vino a esta tierra para salvar a los pecadores perdidos, dijo: Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido.”

Los pastores de ovejas buscan a las ovejas que se descarrían y se pierden aun cuando fuesen solo una sola. La conducta de los pastores de ovejas es normal, natural, lógica. Dios obra igual que los pastores y es por eso que envió a Jesucristo a salvar a los pecadores.

Los cristianos, que somos pecadores a quienes Dios ha hallado y ha salvado por medio de Jesucristo, tenemos que imitar a Dios y no menospreciar ni abandonar a ningún pecador perdido. Tenemos que estar listos para ir y llevar el evangelio hasta donde están los pecadores perdidos; tanto si son miles, o cientos, o decenas, o solo uno… porque Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.” (Foto: El misionero Joel Choqque estableciendo contacto con este grupo de pastorcillos para hablarles el evangelio).

Dios nos manda a “ir por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.” Tenemos que “hacer discípulos a todas las naciones.” 

Estamos llamados a darle el evangelio de Jesucristo a toda persona que habita este mundo. Tenemos que tener una pasión grande por llevar el evangelio. Esta nuestra pasión puede hacer que nos enfoquemos en predicar el evangelio y hacer discípulos en todo lugar donde hay miles y cientos de pecadores perdidos, pero que nos olvidemos de los lugares donde sólo hay decenas o hasta un solo pecador perdido. (Foto: Estrella, Reina, Jesús y Mary Luz, escuchando el evangelio de Jesucristo).

Tenemos que tener mucho cuidado y no ir solamente a los lugares muy poblados, sino también a los poco poblados. Tenemos que predicar en todo lugar donde hay seres humanos. Dios quiere que vayamos y prediquemos el evangelio aun a un solo pecador perdido esté donde esté. No abandonemos a los pecadores perdidos que están viviendo solitarios en lugares alejados, remotos y de difícil acceso.

El corazón de Dios es como el pastor de ovejas que busca con ahínco a la única oveja que se le perdió. Dios sacó a Felipe de Samaria y lo envió al desierto, para darle el evangelio a un solo pecador perdido, un etíope, que retornaba a su país.

Ese único pecador creyó en Jesús y en los cielos hubo gozo delante de Dios en ese mismo instante. Felipe obedeció a Dios. Felipe sintonizaba con Dios. Si Dios quería salvar a un solo pecador en un lugar remoto y solitario; Felipe también.

Hoy también hay “Felipes”. Estos están en lugares remotos, dificultosos y poco habitados. Ellos están allí porque llevan el evangelio a pecadores perdidos, aunque sean pocos, y aunque estén aislados, y aunque vivan solitarios. Estos “Felipes” son un ejemplo a imitar.

Conocí yo a un misionero “Felipe”, y lo acompañé a evangelizar. Él me llevó a buscar pastores de ovejas y alpacas en los andes de Pitumarca. Estos pastores están a más 4,000 msnm.

Dios bendijo a este “Felipe” con un buen carro y eso es muy bueno porque los valles de pastoreo están muy alejados entre sí. Nosotros viajamos varias horas hasta que encontramos a un grupo pastores y también a un solo pastor. Les hablamos el evangelio y nos escucharon con mucha atención. Nosotros cumplimos con ir y presentarles el evangelio. Ahora esperamos confiados en Dios por el fruto en sus vidas. ¡La experiencia ha sido harto gratificante para mí! (Foto: El misionero Joel Choqque exponiendo el evangelio a Fulgencio por segunda vez!

Volveré a casa en unos días, pero no olvidaré a los pecadores perdidos de los andes del sur de Perú. Tampoco olvidaré al misionero “Felipe” y la labor que realiza. Este misionero “Felipe” se llama Joel Choqque. Está casado y tiene dos hijos. Él es bilingüe, habla español y quechua. Joel y su familia predican el evangelio de Jesucristo y enseñan la palabra de Dios en Pitumarca, Provincia de Canchis, Cusco. La población de esta zona es quechuahablante y Joel y su familia son una bendición grande a todos los ciudadanos de Pitumarca y sus alrededores. Ayudemos a este misionero con nuestras oraciones y ofrendas. Su presencia y su trabajo en esta parte de Perú es vital para la salvación de los pecadores perdidos y también para el crecimiento espiritual de los pecadores hallados. (Foto: Joel Choqque y su familia. ¡Oremos por ellos y por su labor en los andes cercanos a Cusco!

El trabajo que realiza Joel Choqque en Pitumarca y alrededores es todo un desafío para mí. Su esfuerzo por llevar el evangelio a los solitarios pastores de ovejas en los andes me conmovió enormemente. Este escrito es la evidencia del impacto que recibí. Su labor me ha hecho reflexionar en la necesidad de equilibrar nuestro cumplimiento de la gran comisión. Tenemos que buscar a los pecadores perdidos en lugares donde hay muchos de ellos y también en los lugares donde hay un poquito de ellos. No debemos dejar a ningún pecador perdido atrás. ¡Qué Dios nos ayude a ir a buscar a los pecadores perdidos a los lugares donde estén, aun cuando allí haya solamente uno! Amén.

¡Contentamiento, vida en Cristo y la gran ganancia!

“Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (1 Timoteo 6:6).

Dos mendigos estaban charlando sobre el valor de su vidas y sus nulas posesiones. El uno de le decía al otro: “Yo soy un mendigo rico, rico, muy rico, porque estoy feliz de estar vivo, aún cuando no tengo casi nada y de que como poco y visto con harapos. Pero tú eres un mendigo pobre, pero muy pobre; porque a tu condición de mendigo le añades amargura y frustración. Siempre te estás quejando. Haz perdido la alegría de vivir. Estás constantemente descontento.” El mendigo oyente escuchaba a su compañero en silencio y cabizbajo; sabía que le estaba diciendo la verdad sobre su forma de vivir.

Se podría escuchar un diálogo similar al anterior entre dos personas ricas. Es decir, puede haber un rico, rico, muy rico; y también un rico pobre, pobre, muy pobre. La diferencia entre el uno y el otro es la alegría, la dicha, el gozo, … el contentamiento.

También puede oírse una conversación igual entre dos solteros, dos casados, dos padres, dos comerciantes, dos obreros, dos estudiantes, dos futbolistas, etc. (Foto: César Salamanca y esposa, Marco, y yo, en Chachapoyas).

Aun se podría oír este misma conversación entre dos cómicos (o payasos).

Y también, por cierto, se podría oír esta misma charla entre dos hijos de Dios.

Contentamiento viene de contento, que es estar alegre, feliz y satisfecho. Sus sinónimos son: satisfacción, felicidad, alegría, complacencia, dicha, regocijo, júbilo, algarabía y gozo. La palabra contentamiento, su significado y sus sinónimos nos presentan a todos los hombres un desafío enorme. Este desafío es enormemente mucho más grande si es que somos verdaderos seguidores de Jesucristo, quien es nuestro Salvador, Señor y Rey.

El contentamiento, que es la alegría y el gozo de existir y ser quien se es, y de tener o no tener algo, al vivir en esta tierra, es lo que distingue a los que están ganando grandemente, de los que están perdiendo y empobreciéndose más y más cada día. Solo hay dos opciones al vivir: Se puede vivir siempre mayormente contentos o se puede vivir siempre mayormente tristes.

La elección de una de las dos de estas maneras de vivir depende de cada uno de nosotros, de nadie más. Los que elegimos somos nosotros, nosotros y nosotros.

Pablo, quien vivió constantemente con contentamiento y con regocijo, testificó que no se nace con tal modo de vivir, sino que se aprende: “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4:11–13).

Pablo le dijo a Timoteo: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento”.

Las palabras de Pablo son clarísimas. Solamente existen dos tipos de discípulos de Jesucristo en esta tierra: Los discípulos que están siendo ricos, ricos, muy ricos y los discípulos que están siendo pobres, pobres, muy pobres.

Los discípulos que están siendo ricos, ricos, muy ricos son los discípulos que viven con contentamiento y gozo constante su vida con Dios y su vida con quienes los rodean. Los discípulos que están siendo pobres, pobres, muy pobres son aquellos que viven su fe en Dios frustrados, resignados, amargados, … descontentos.

Los primeros siempre están teniendo gran ganancia por vivir con contentamiento; es por eso que cada vez son más y más ricos.

El profeta Habacuc en el Antiguo Testamento y el apóstol Pablo en el Nuevo Testamento son dos buenos ejemplos de este tipo discípulos de Jesucristo.

Las palabras de Habacuc al final de su libro reflejan su alegría y su contentamiento a pesar de las circunstancias que vivía: “Aunque la higuera no florezca, Ni en las vides haya frutos, Aunque falte el producto del olivo, Y los labrados no den mantenimiento, Y las ovejas sean quitadas de la majada, Y no haya vacas en los corrales; Con todo, yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, El cual hace mis pies como de ciervas, Y en mis alturas me hace andar.” (Habacuc 3:17–19).

Los segundos, en cambio, por vivir sin contentamiento, siempre son más y más pobres. Sus vidas son un módelo no digno ni provechoso de seguir. Un ejemplo de este tipo de discípulos es Jonás, quien sirvió a Dios enojado y amargado (Jonás 4:8-9), y también los israelitas adultos, que fueron libertados por Dios de su amarga esclavitud en Egipto. Estos judíos vivieron mayormente toda su libertad murmurándose y quejándose constantemente contra Dios (Números 14:26-35).

La vida en este mundo, que está bajo la maldición de Dios, no está exenta de dolor, de tristeza, de trabajos, de problemas, de lloro, de enfermedad, … de muerte. Pero, aún así, los cristianos estamos llamados a vivir con alegría, con gozo, con regocijo, … con contentamiento.

La razón del contentamiento y del gozo constante de los discípulos de Jesucristo es bastante sencilla: Dios es nuestro Padre por la fe en Jesucristo Su Hijo, quien está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo por el Espíritu Santo que nos ha dado. Esta experiencia grandiosa y bendita es motivo suficiente para encontrar gozo, satisfacción y contentamiento continuo en esta tierra.

Es justamente por eso que el ejemplar apóstol Pablo, que siempre busca el bien de todos los hombres, les dio este consejo a los seguidores de Jesucristo que eran ricos: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna.” (1 Timoteo 6:17–19).

Siempre tenemos que ver a cada persona, a cada cosa y a cada situación a luz de nuestra relación con Dios por medio de Jesucristo. Solamente si vemos y vivimos así la vida tendremos gran ganancia al peregrinar en este mundo hasta vivir con Jesucristo en la casa de Su Padre (Juan 14:1-3). Nuestra contentamiento será visible y cotidiano al vivir en esa forma.

Jesucristo vino a esta tierra para darnos vida y vida en abundancia (Juan 10:10).  El contentamiento en toda área de nuestra vida es justamente la expresión de que estamos viviendo la vida abundante que él nos trajo, y la que él nos ha dado, y la que él nos da diariamente, por ser sus seguidores.

En mi experiencia diaria lucho constantemente con estar siempre contento y alegre en el Señor Jesucristo y sus dones. Soy tentado a cada momento a no estar gozoso. Estar jubiloso y contento todo el tiempo en este mundo opuesto a Dios y a Su Palabra es difícil. Es por eso que hago este ruego por mí y por otros, frecuentemente: ¡Qué Dios nos ayude a vivir la gran ganancia que es la vida con Dios y con otros acompañada de contentamiento!

Amén, amén y amén.