El sacrificio “era la ofrenda que los hombres ofrecían a los dioses por adoración, penitencia, satisfacción o alcanzar su favor.” Se ofrecían en altares, en donde se los quemaba totalmente, para que subiesen hasta sus “dioses”.
A Jehová, el Único Dios Vivo y Verdadero (los demás son falsos) también se le ofrecía sacrificios. La Biblia narra cómo se entregó sacrificios a él.
Caín y Abel presentaron sacrificios. Noé y su familia también. Abraham, Isaac y Jacob, adoraban a Dios con sacrificios. La nación de Israel también ofreció sacrificios.
Dios, empero, no recibió todo sacrificio… porque vio maldad en el “sacrificante”. Los profetas reprendieron a Israel porque “sacrificaban” de labios, pero con corazones alejados de Dios.
Hasta que llegó Jesucristo, quien se ofreció como sacrificio perfecto y agradable a Dios para salvar a los hombres de sus pecados. Jesús tomó forma humana para ser ese único y definitivo sacrificio a Dios. Él, entonces, quitó el sistema de sacrificios y estableció la obediencia como la forma de agradar y glorificar a Dios. (Efesios 5.2 y Hebreos 10.1-10).
Hoy Dios quiere a nosotros mismos (en sentido figurado) como “sacrificios” a él; quiere todo de nosotros; nos quiere totalmente entregados. Todo nosotros debe estar a su servicio.
Pablo entendió que Dios nos quiere como “sacrificios”, no muertos, sino “vivos, santos, agradables.” Darnos a Dios cada día voluntariamente como “sacrificio vivo, santo, agradable” en todo lo que hacemos es nuestro “culto racional”.
Trabajar, estudiar, vender, comprar, pasear, viajar, jugar, etc., testificando la salvación en Cristo, tiene que ser nuestra adoración… nuestro “sacrificio” a Dios. ¡Qué Dios nos ayude a serle sacrificio vivo, santo, agradable y agradecido a Él por Jesucristo al vivir en esta tierra! Amén.
