Por la gracia de Dios…

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.” (1 Co 15.10).

Pablo experimentó la gracia de Dios. La gracia de Dios lo transformó. Era incrédulo y enemigo acérrimo de Jesucristo pero la gracia de Dios le hizo tener fe, confianza y amor supremo por él. Fue un cruel perseguidor de la iglesia y de los cristianos pero la gracia de Dios lo convirtió en fundador y promotor de iglesias en varias ciudades y también en enrolador de más cristianos en todos los lugares a donde fue. La transformación de Pablo fue totalmente radical. De todos los personajes principales del Nuevo Testamento, Pablo, después de Jesucristo, es el personaje más trascendental.

La vida presente y futura de Pablo cambió de rumbo por obra de la gracia de Dios. La gracia de Dios impactó la vida de este varón de una manera tal que no dejaba de hablar de ella y de atribuirle a ella lo que él era y lo que él hacía. “Por la gracia de Dios soy lo que soy” y “he trabajado más que todos…”, decía. El Nuevo Testamento tiene abundante testimonio de quién era Pablo y de cuánto trabajó para Jesucristo y la extensión de su evangelio en todo el mundo de aquel entonces.

Pablo empezó a vivir a Cristo y a proclamar el evangelio de salvación tan pronto como Dios se manifestó a él y lo llamó a su reino. Su trabajo fue diligente y sacrificado. Llevó el evangelio a gran parte de los pueblos y ciudades del Imperio Romano. Fue perseguido, apedreado y encarcelado por predicar a Jesucristo, pero eso no le desanimó, sino que le estimuló a predicar con más tesón todavía. Pablo trabajó mucho, es innegable. Pero ese su trabajo, él no se lo atribuyó a sí mismo, sino a la gracia de Dios, que fue la que obró para que él, en Cristo, fuese quien era e hiciese todo lo que hizo.

La gracia de Dios estaba presente en toda la vida de Pablo. Nunca la puso a un lado. Nunca la ignoró. Nunca la menosprecio. Siempre valoró y siempre vivía muy agradecido a Dios por ella. Su vida toda estaba basada en la gracia de Dios. La gracia de Dios fue su motivación constante al vivir en esta tierra luego de conocer a Jesucristo. Recibió gracia y compartió gracia. Así vivió él en la tierra, hasta que Dios lo llevó a su presencia.

Pero la gracia de Dios no ha obrado solamente en Pablo, sino también en todos los que creemos y seguimos a Jesucristo. No ha existido, no existe y no existirá ningún discípulo de Jesucristo que no atribuya su salvación y su transformación a la gracia de Dios. Nosotros no tenemos mérito por nosotros mismos. Por nosotros mismos solamente tenemos deméritos. Somos pecadores y merecemos el juicio de Dios. Pero Dios, por su gracia y por su misericordia nos ha mirado, nos mira y nos mirará con compasión, para salvarnos, santificarnos, utilizarnos y glorificarnos. Todo discípulo sabe y es consciente de que es por la gracia de Dios que estamos en pie y tenemos esperanza.

He pensado mucho en la gracia de Dios en estos días. He pensado en ella en función de mi propia vida; mi vida sin Cristo y mi vida en Cristo; mi vida personal y mi vida familiar. No puedo yo mirar ningún aspecto noble, bueno y alegre de mi vida aparte de la gracia de Dios. Aun mis pecados, mis defectos y mi imperfección los miro en base a la gracia de Dios pues solo ella explica el porqué todavía sigo en pie a pesar de ellos.

El evangelio de Juan dice que Dios por medio de Jesucristo trajo para todos los hombres gracia sobre gracia. Fue la gracia y la misericordia de Dios la que me preservó y me mantuvo vivo cuando yo no conocía todavía a Jesucristo. Esa gracia me hizo mirar a Cristo para rogar mi salvación y transformación cuando vivía una vida vacía y sometida a mis pasiones y pecados. Es la gracia de Dios la que me ha sostenido durante todos los años en que estoy siguiendo a Jesucristo.

Pablo atribuyó lo que era y lo mucho que trabajó por Cristo y su evangelio a la gracia de Dios. Yo tengo que hacer lo mismo. Aparte de la gracia de Dios, no tengo nada bueno y nada de valor. Todo lo que soy y todo lo que tengo es por Dios y su gracia.

La gracia de Dios, su misericordia y su bondad para los pecadores, ya hijos suyos o no, han sido mi meditación en todos estos últimos días. Al pensar en la gracia de Dios, también he pensado en mi reacción ante Dios y mis semejantes a causa de ella. Tengo que amar más a Dios. Debo ponerme a su servicio y trabajar más y más duro por él. También, tengo que darle más de mí, por causa de Dios y su gracia, a todos los que me rodean, que son muchos.

Antes he pensado que he hecho suficiente y que tengo derecho a descanso. He exagerado en eso. He sido egoísta y negligente. Por Dios y su evangelio, tengo que cambiar. Tengo que darme más y hacer más por los demás.

La gracia de Dios demanda sacrificio y negación de uno mismo. Dios sacrificó a su Hijo Jesús por nosotros. Jesús entregó su vida por nosotros pecadores. El Espíritu Santo vino a morar en humanos pecadores. Ni Dios Padre, ni Dios Hijo, ni Dios Espíritu Santo se han guardado algo para sí a fin de servirnos. La gracia de Dios se ha manifestado así, en esa medida, con entrega total.

La gracia de Dios debe impulsarnos a entregarnos totalmente a Dios, primero, y también a los demás, todo por gratitud y por agradarle él. Todos los que disfrutamos los beneficios de la maravillosa gracia de Dios tenemos que consagrarnos voluntaria y diligentemente al servicio a Dios y a los demás.

Todo esto ha venido a mi mente mientras he meditado en la gracia de Dios. Soy lo que soy y tengo lo que tengo por la gracia de Dios. Tengo que trabajar más y más para Dios y para otros debido justamente a la gracia de Dios. Aparte de la gracia de Dios, no creo que exista una motivación más grande para vivir para Dios y para los demás. ¡Qué Dios me ayude a vivir por su gracia y expresando esa su gracia a todos los que están en mi entorno y a todos los que se relacionan conmigo por dondequiera que vaya! Amén.

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