
Pablo experimentó la gracia de Dios. La gracia de Dios lo transformó. Era incrédulo y enemigo acérrimo de Jesucristo pero la gracia de Dios le hizo tener fe, confianza y amor supremo por él. Fue un cruel perseguidor de la iglesia y de los cristianos pero la gracia de Dios lo convirtió en fundador y promotor de iglesias en varias ciudades y también en enrolador de más cristianos en todos los lugares a donde fue. La transformación de Pablo fue totalmente radical. De todos los personajes principales del Nuevo Testamento, Pablo, después de Jesucristo, es el personaje más trascendental.
Pablo empezó a vivir a Cristo y a proclamar el evangelio de salvación tan pronto como Dios se manifestó a él y lo llamó a su reino. Su trabajo fue diligente y sacrificado. Llevó el evangelio a gran parte de los pueblos y ciudades del Imperio Romano. Fue perseguido, apedreado y encarcelado por predicar a Jesucristo, pero eso no le desanimó, sino que le estimuló a predicar con más tesón todavía. Pablo trabajó mucho, es innegable. Pero ese su trabajo, él no se lo atribuyó a sí mismo, sino a la gracia de Dios, que fue la que obró para que él, en Cristo, fuese quien era e hiciese todo lo que hizo.
Pero la gracia de Dios no ha obrado solamente en Pablo, sino también en todos los que creemos y seguimos a Jesucristo. No ha existido, no existe y no existirá ningún discípulo de Jesucristo que no atribuya su salvación y su transformación a la gracia de Dios. Nosotros no tenemos mérito por nosotros mismos. Por nosotros mismos solamente tenemos deméritos. Somos pecadores y merecemos el juicio de Dios. Pero Dios, por su gracia y por su misericordia nos ha mirado, nos mira y nos mirará con compasión, para salvarnos, santificarnos, utilizarnos y glorificarnos. Todo discípulo sabe y es consciente de que es por la gracia de Dios que estamos en pie y tenemos esperanza.
El evangelio de Juan dice que Dios por medio de Jesucristo trajo para todos los hombres gracia sobre gracia. Fue la gracia y la misericordia de Dios la que me preservó y me mantuvo vivo cuando yo no conocía todavía a Jesucristo. Esa gracia me hizo mirar a Cristo para rogar mi salvación y transformación cuando vivía una vida vacía y sometida a mis pasiones y pecados. Es la gracia de Dios la que me ha sostenido durante todos los años en que estoy siguiendo a Jesucristo.
Antes he pensado que he hecho suficiente y que tengo derecho a descanso. He exagerado en eso. He sido egoísta y negligente. Por Dios y su evangelio, tengo que cambiar. Tengo que darme más y hacer más por los demás.