Una costumbre es una forma de sentir, de pensar y de obrar. Toda persona tiene costumbres, hábitos. Las costumbres y hábitos nos mueven, nos identifican, nos señalan. Nuestra ser interior se ve expuesto por nuestras costumbres y hábitos.
El escritor bíblico nos motiva a tener costumbres “sin avaricia”. ¡Escuchémosle y hagámosle caso! Es imprescindible que tomemos muy en serio su exhortación.
La avaricia es “un deseo intenso y desordenado”, un “afán desmesurado” por adquirir y poseer dinero, riquezas, cosas, bienes, posesiones y títulos, para uno mismo, “más allá de lo necesario para vivir y estar cómodo.”
Las personas cuyas costumbres tienen avaricia viven sin reposo y sin alegría duradera. Ellos se sobre cargan. Su dicha es fugaz, pasajera. Siempre están frustradas, decepcionadas, aburridas. Nada les satisface, nada les llena “totalmente”. Su deseo intenso y desordenado por lo que no tienen los controla hasta tal punto que no disfrutan lo que tienen, lo que han conseguido.
No es malo exactamente querer más, y más, pero cuando ese querer más y más es una obsesión que quita la paz, el gozo y la alegría de vivir y de trabajar, entonces ese querer ya no es saludable. Ese querer es pernicioso, nocivo y contraproducente. Ese querer más y más es una costumbre avara que tiene que ser desechada. ¡Qué Dios nos ayude a reconocer y a desechar las costumbres avaras de nuestra vida!
El autor inspirado nos propone una vida “sin costumbres y ni hábitos avarientos”.
Él nos exhorta a tener una vida caracterizada por estar contentos y confiar en Dios.
La palabra “contentos” expresa “felicidad”, “dicha”, “alegría”, “satisfacción”, “júbilo”, etc. A todos los seres humanos nos gustaría vivir reflejando lo que la palabra contentos expresa. ¿Cómo es que conseguiremos vivir así?
El texto bíblico nos dice lo que tenemos que hacer para estar contentos: “… contentos con lo que tenéis ahora.” La clave de la dicha es fijarnos en lo que ya tenemos, en lo que ya es nuestro.
¿Tienes vida? Alégrate de tenerla.
¿Tienes familia? Gózate en ella y con ella.
¿Tienes donde vivir? Amén, gloria a Dios, alégrate.
¿Tienes trabajo? ¡Eso es buenísimos!
¿Tienes qué comer? ¡Qué bueno que así es! ¡Sé feliz!
¿Tienes males, dificultades, problemas en tú vida? ¡Estamos en un mundo de pecadores! ¡Es normal que los haya! ¡Gózate en tus males, dificultades y problemas! ¡Te harán una persona mejor!
Las costumbres y hábitos avariciosos deben ser cambiados por una vida de satisfacción y de alegría. Para esto hay que enfocarnos más en nuestro Dios y en su bondad para con nosotros. Si somos creyentes en Dios y si hemos certificado esa creencia poniendo nuestra fe en Jesucristo Su Hijo, somos hijos de Dios, nuestros pecados han sido perdonados y tenemos vida eterna.
Por nuestra fe en Jesucristo, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación, Dios está con nosotros. Jesucristo es Emanuel, que traducido es Dios con nosotros (Mateo 1:23). La presencia de Dios en nuestras vidas desde que creemos en Jesús y le seguimos es un hecho que nunca debemos obviar, ya sea que nos esté yendo bien o que nos esté yendo mal.
Dios está presente. Siempre estamos delante de él.
Dios está presente para ayudarnos, para socorrernos, para bendecirnos.
Por él, en él, y con él, la vida gozosa es posible, cualquiera que sea la situación.
El autor inspirado lo sabía y lo experimentaba. Recordemos que los primeros cristianos vivieron momentos de dolor intenso por su fe. Pero esos momentos les permitieron experimentar que Dios es real y es por eso que enfrentaron con gozo esas adversidades.
Los cristianos veían e interpretaban sus circunstancias buenas y malas a la luz de lo que Dios dijo: “No te desampararé, ni te dejaré.” Dios prometió no desampararlos ni dejarlos nunca y ellos se aferraban y vivían bajo la certeza de esa promesa. Esta certeza en Dios hacía que desechasen sus costumbres avaras y las trocasen por hábitos gozosos.
Su fe en la presencia de Dios era su sostén y el motivo crucial de su alegría.
Así debemos vivir también nosotros hoy. Dios siempre está. Si nos acostumbramos a ver a Dios en cada detalle de nuestra vida en esta tierra, el gozo es seguro. Si vemos la bondad de Dios en cada cosa que tenemos, la alegría y la gratitud serán un hábito, una costumbre.
Somos pecadores, vivimos con pecadores y estamos en un mundo bajo maldición. Esto implica que siempre habrá en nuestras vidas algo de dolor, de mal, de enfermedad, de muerte. Pero aún así, con alegría y certidumbre, “… podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.”
¡Dejemos y abandonemos las costumbres avaras!
¡Cultivemos y hagamos crecer las costumbres y hábitos gozosos y agradecidos!
¡Confiemos en qué Dios está con nosotros y que nada ni nadie lo aleja de nosotros!
¡Ayúdanos Dios y Padre de Jesucristo a tener costumbres y hábitos gozosos!
Amén y amén.