¡La ansiedad “deshace” y “desalienta” el alma, pero hay remedio contra ella!

La ansiedad es un estado de agitación, inquietud y zozobra del ánimo. En esta condición,  los ansiosos se llenan de angustia, de incertidumbre, de desasosiego, de intranquilidad, de congoja.

El ansioso no vive en paz. El ansioso siempre está turbado. El ansioso permanentemente está agitado e intranquilo. Está intranquilo y abrumado por lo que necesita para vivir cada día. Está nervioso e inquieto por sus relaciones personales. Está sin paz porque no sabe si podrá mantener lo que tiene o recuperar a quienes estaban a su lado y se le han ido.

El ansioso no disfruta la vida. El ansioso siempre está cansado, cargado y lleno de pavor. El escritor del salmo 119 expone esa su ansiosa zozobra y su efecto en su ser más profundo con esta declaración: “se deshace mi alma de ansiedad”.

El alma del salmista, su ser interior, la parte vital de él, que es donde tiene su fuerza, su energía, su ánimo y su motivación para vivir, trabajar, amar, sufrir y gozar en esta tierra, estaba “deshaciéndose”, “descomponiéndose”, “desbaratándose” y “desarticulándose”. La condición de su alma, que es sede de sus pensamientos, emociones y voluntad, estaba mal, realmente mal, muy mal.

Son muchos los hombres y mujeres que pasan por momentos así en su peregrinaje en esta tierra. Estoy pensando en mí y en muchos otros que conozco mientras escribo. La vida es buena y bella, pero complicada y difícil. El mundo es hermoso y lleno de bien, pero también tiene fealdad y maldad. Los seres humanos que nos rodean, tanto los cercanos como los más lejanos, tienen virtudes y bondad, pero también pecado y maldad.

Al vivir tendremos problemas, frustración, decepción, sufrimiento, etc. “El alma que se deshace de ansiedad” no contribuye a enfrentar la vida tal como es. Necesitamos encontrar la cura contra la ansiedad porque la vida sin decepción, ni frustración, ni dolor, ni angustia no existe en esta dimensión.

El remedio contra la ansiedad y su efecto debilitador y “desintegrador” de nuestra alma sí existe. Sí hay cura y medicina para que nuestra alma no se “deshaga” por la ansiedad. La cura está en Dios y en Su Palabra, que es la Biblia.

En el mismo texto en el que el salmista expresó la condición de su alma por la ansiedad, él presentó el remedio y la cura para su situación. Él dijo: “Se deshace mi alma de ansiedad; susténtame según tu palabra.”

El remedio contra la ansiedad y el quebrantamiento del alma está en Dios. Tenemos que hablar con Dios cuando estamos así. Digámosle a Dios nuestra situación. Contémosle lo que nos pasa. Narrémosle con confianza lo que nos pasó, nos pasa y suponemos que nos pasará. Pongamos delante de él lo que nos ahoga, inquieta y desalienta. Hablar con él nos curará, fortalecerá y animará.

El remedio y la cura para restaurar y mantener saludable y fuerte nuestra alma también está en la palabra de Dios. Leamos su palabra. Creamos todo lo que está escrito. Alimentémonos de las palabras de Dios que están en la Biblia porque ellas son “… espíritu y son vida.” (Juan 6:63). Esperemos y fortalezcámonos en las promesas de Dios que están en la Biblia porque ellas “… son fieles y verdaderas.” (Apocalipsis 22:6).

La ansiedad está allí, “en” nuestro entorno. La ansiedad “quiere” deshacer nuestra alma. No nos dejemos “capturar” por ella. Pongámosle freno y vacunémonos contra ella hablando con Dios en oración y sustentándonos con su palabra bendita.

Jesús, nuestro Señor y Salvador, dijo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33). Jesús nunca ofreció que la fe en él nos “garantizaba” una vida sin aflicción. No, él nunca nos ofreció nada de dificultades. Al contrario, él nos anticipó las aflicciones al vivir en esta tierra. Sin embargo, juntamente con esa anticipación, él nos dijo que la paz y el sosiego para vivir animados y victoriosos en este mundo difícil se encuentra en vivir en él.

¡Qué Dios nos sustente con nuestra fe en Jesús y en su palabra para vivir íntegros, fuertes, gozosos y optimistas aun cuando el afán y en la ansiedad asedien nuestra alma para deshacerla!

¡Vivamos en Jesús, creamos y confiemos en Dios, hablémosle de lo que nos acontece y recibamos su sustento a través de su palabra que está en la Biblia!

Amén.

¡El diablo te quiere derribar y está a tu acecho!

Tienes un enemigo vivo y activo. Está furioso y te tiene muchísimas ganas. Quiere devorarte, tragarte. Quiere derribarte y destruirte. Su intención contra ti, contra los tuyos, contra lo que te sostiene y contra lo que amas, no es nada buena.

Él quiere que tenerte derribado, cabizbajo, sin ánimo, sin ganas y sin nada de gozo ni fuerza.

Él te quiere inútil e improductivo para con Dios y su obra.

El diablo es tu adversario, tu enemigo. Él existe y está activo a tu alrededor. Tú, los tuyos, lo que posees y lo bueno que anhelas son su blanco. Necesitas estar prevenido y alerta. Necesitas protegerte y proteger a los tuyos espiritualmente en forma diaria y constante.

Dios nos advierte y nos revela al diablo y a sus intenciones para con nosotros y para con los que nos rodean. Dios no nos ha dejado a oscuras respecto a este nuestro formidable y feroz adversario. Dios en la Biblia, Su Palabra, nos habla clara y crudamente de nuestro adversario y lo que hace en nuestra contra.

Dios quiere que vivamos con todas nuestras facultades bajo control y en alerta y vigilancia constantes. Dios sabe que tendremos victoria contra el diablo si es que le hacemos caso y vivimos como él nos instruye y manda. El apóstol Pedro expresa esta voluntad victoriosa de Dios para con nosotros en forma elocuentemente. “Sed sobrios, y velad”, nos dice. Su petición a nosotros es vital y tenemos que hacerle caso.

La sobriedad que nos demanda Dios tiene su antónimo en la ebriedad propia del bebedor de licor, que hace perder nuestras facultades. La sobriedad optimiza y multiplica nuestras facultades físicas, mentales y espirituales. El sobrio está alerta y vigilante. El sobrio está despierto y en custodia constante, como centinela y guardián responsable. Los cristianos tenemos que estar con todos nuestros sentidos despiertos y en guardia permanente para vencer y resistir al diablo y a sus ataques.

Si crees en Jesús y le sigues de corazón tienes que vivir en alerta y vigilancia constante “… porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar”. Tenemos que estar alertas y vigilantes porque tenemos al diablo como enemigo y él es un enemigo formidable. No podemos darle ventaja sobre nosotros. Tenemos que tomarle en serio y resguardarnos de él y de sus ataques en todo momento. No menospreciemos ni minimicemos a nuestro contrincante el diablo.

El diablo es nuestro adversario. Él está contra nosotros. Es nuestro enemigo, nuestro rival. Su encono contra nosotros es mayor desde que abandonamos sus huestes y nos unimos a Dios por medio de la fe en Jesucristo Su Hijo. Desde ese día de tu conversión el diablo te puso en la mira. El diablo se pone más furiosos y peligroso contra ti cuando te ve fiel y esforzado en agradar a Dios cumpliendo su voluntad. La energía, la fuerza y el furor diabólico lo mueven a marchar agresiva y ferozmente alrededor tuyo para devorarte y engullirte entero… si se lo permites por descuido.

Hagámosle caso a Dios y vivamos sobria y vigilantemente al transitar este mundo. Nosotros estamos de paso en esta tierra. Nuestro destino es el mundo eterno que Dios tiene para nosotros. En este mundo eterno nosotros tenemos morada segura y lo que es mejor, allí viviremos con Jesucristo, nuestro Salvador, y con nuestro buen y eterno Dios.

La victoria contra el diablo y sus asechanzas es segura si es que vivimos sobriamente. Pedro nos desafía a no ser cobardes ni medrosos ante el diablo. Él nos anima a “resistid firmes en la fe” al diablo. No estamos obligados a someternos a nuestro adversario, sino al contrario, tenemos que oponernos e ir en contra de su voluntad siempre.

El diablo es el adversario de todos los cristianos. Él se opone y está en contra de los cristianos cercanos y lejanos. Todos los cristianos del mundo sufrimos padecimientos propios de sus asechanzas y ataques. Pedro lo expresa así: “… sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo.” Ningún hijo de Dios está excepto de padecer algo del diablo. Con todo y esto que todos los cristianos padecemos, la victoria contra el diablo es segura, pues, todos cristianos del mundo están resistiéndole y oponiéndose a su asechanzas. Amén y amén.

Dios es más fuerte que el diablo y el cristiano que se somete a Dios siempre será más fuerte y firme que su diabólico tentador. Fortalezcámonos en Dios y en el poder su fuerza constantemente y tendremos victoria contra el diablo en forma continua. Velemos y oremos a Dios para obtener ayuda y socorro triunfante contra nuestro adversario. Obedezcamos a Dios y a su voluntad y seremos victoriosos siempre.

¡Qué Dios nos ayude a resistir constantemente a nuestro acechador enemigo! ¡Qué Dios nos ayude a combatir espiritualmente contra el diablo para proteger así a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, a nuestros familiares, a nuestros hermanos en Cristo y a nuestros amigos de sus acechanzas! ¡Qué Dios nos ayude a obedecer su palabra escrita en la Biblia para obtener victoria contra nuestro adversario el diablo constantemente! Amén.

Dios y nuestro pasado, presente y futuro.

El pasado es inmutable. Lo vivido, vivido está. No podemos enmendar el pasado; no podemos volverlo a vivir.

Nuestro presente es resultado de nuestro pasado, pero no tenemos que anclarnos en él. Debemos mirar hacia atrás para sacar lecciones para nuestro presente y para nuestro futuro, pero no tenemos que vivir mirando el retrovisor a cada instante ni en todo el tiempo.

Son muchos los seres humanos que viven su presente y su futuro añorando su vida pasada. Unos, añoran sus buenos tiempos y lo extrañan. Otros, se lamentan de sus experiencias malas y viven afligidos, enojados, amargados.

No es bueno ni práctico vivir así.

Israel, el pueblo escogido de Dios vivía atado al pasado y eso le estorbaba porque nublaba sus ojos y no “veía” a Dios y a su obrar. Algunos judíos pensaban tanto en los buenos tiempos de antaño que no veían ni aprovechaban lo que Dios estaba haciendo en su presente. Otros judíos estaban constantemente tristes por sus pretéritos sufrimientos y males y no disfrutaban lo bueno de su presente ni estaban expectantes a lo nuevo que Dios les traería en su futuro.

Dios le habló a Israel respecto al pasado y con esas sus palabras nos habla hoy sobre eso mismo a nosotros. Él dice: “No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas” (Isaías 43:18). “Olviden” el pasado. “Dejen” atrás las cosas que ya ocurrieron. Eso le dijo claramente. Obviamente, Dios no quería que su pueblo “viviese” el pasado en su presente. Nosotros tampoco debemos vivir “añorando afanosamente” lo bueno ni lo malo de lo que ya fue.

El presente exige concentración, dedicación y enfoque total.

El futuro y lo nuevo que viene en él demandan nuestra alerta maximizada.

Como Dios estuvo con nosotros en el pasado, está en el presente y estará en nuestro futuro. Dios no cesa de hacer su obra y nosotros tenemos estar abiertos a lo que él está haciendo hoy y a lo que él hará mañana.  Dejar de vivir en el pasado es vital para ver lo nuevo de Dios en nuestro presente y en nuestro futuro.

Dios quería a Israel atento y abierto a su accionar en su presente y en su futuro.

Sus palabras a Israel también son para nosotros. Él dijo: “He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad” (Isaías 43:18). Dios siempre hace nuevas cosas. Dios siempre está abriendo caminos. Dios nunca nos deja solos. Siempre tenemos que estar atentos a lo que Dios hace.

No debemos ser ateos al vivir.

No estamos solos al estar en esta tierra.

Siempre tenemos a Dios y él siempre está interesado en nosotros. Nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro están en sus manos. Como Dios estuvo en nuestro pasado, está en nuestro presente y también en nuestro futuro.

Dios está siempre.

Dios está obrando en todo momento.

Dios siempre está interesado en nosotros y en nuestro bien.

Miremos nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro en función a lo que Dios dice. El pasado debe quedar atrás, dice Dios. Dios está haciendo su obra en nuestro presente y debemos verla y conocerla para disfrutarla y maravillarnos. Dios, asimismo, hará “camino” y “río” nuevo en nuestro futuro.

Nunca estamos solos y abandonados.

Nunca estamos acorralados y perdidos.

Nunca ya no hay nada que hacer.

Nunca debemos debemos darnos por derrotados.

En nuestro pasado las cosas ya están hechas, pero en nuestro presente y en nuestro futuro siempre hay opciones, maneras, rutas y experiencias nuevas. La presencia de Dios y su obrar misericordioso y bondadoso garantizan compañía, ayuda, salida y socorro novedoso. ¡Dios abre camino donde no hay y él hace germinar donde está seco!

La presencia de Dios y su buena voluntad para con nosotros garantizan otra oportunidad, otro comienzo, otra vida. Si reconocemos a Dios presente y activo podemos esperar curación y sanidad para toda herida del alma. Mientras estamos vivos siempre hay un nuevo amanecer, un nuevo día y un nuevo florecimiento.

No nos encerremos en nosotros mismos.

Tampoco vivamos “dependientes” y en función del obrar de quienes nos rodean.

No nos demos por vencidos. No tiremos la toalla por más incapacitados e impotentes que nos sintamos y nos veamos.

Miremos a Dios y esperemos su nueva obra, su nueva vida, su nuevo camino, su nuevo río.

Dios se reveló y se revela a nosotros hoy por medio de Jesucristo y la obra de su Espíritu Santo en concordancia con la palabra de Dios que está en la Biblia y es por eso que nosotros estamos llamados a tener una perspectiva suya de nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

¡Qué Dios nos ayude a estar atentos y a ver a Dios y su hacer en todo tiempo!

¡Dios está siempre y nosotros contamos con él en cualquier circunstancia!

Amén.

¡Hasta setenta veces siete! – Mateo 18.21-22

“Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:21-22).

El pecado, el maltrato, el insulto y el menosprecio de otro contra uno deja el alma seca, árida, desalentada, débil y chamuscada … como suelo sin agua y fuerte sol abrazador.

El desánimo y la flaqueza causada por la traición, ofensa, injusticia y maldad de otro contra uno son muchísimo más grandes cuando ese otro es cercano e íntimo.

Las emociones son trastocadas horriblemente desde que se sabe que el hermano, amigo, compañero íntimo o la persona más estimada … ha actuado deslealmente.

Este momento es el peor momento que puede vivir un ser humano.

La carne, el mundo y el diablo aprovecharán ese momento para sacar lo peor de él. Ese momento es crítico para todo ser humano, pero muchísimo más para quienes profesan genuinamente fe en Jesucristo, quien es Dios que se hizo Hombre para redimir y perdonar de su pecado y su deslealtad contra Dios a toda persona.

En un momento así el seguidor de Jesucristo puede traicionar la vocación a la que Dios lo llamó. La vocación del cristiano es obedecer e imitar a su Señor y Salvador. En este sentido y en el contexto de una situación como la descrita, Dios y Jesucristo quieren que el cristiano perdone, perdone, perdone. Los discípulos de Jesucristo tienen que vivir perdonando siempre y siempre.

El hijo de Dios, empero, será tentado a vengarse, a resentirse, a odiar, a querer pagar mal por mal, etc. La decepción, frustración, incertidumbre, desesperanza y la tristeza le abrumarán el alma. Las emociones pecaminosas contra el ofensor inundarán lo más profundo de su ser.

El Espíritu Santo, empero, le dará consuelo y fuerzas y le hará recordar que perdonar siempre durante toda su vida es el camino de Dios ha preparado para él. El hijo de Dios está llamado a perdonar ofensas, traiciones, malos tratos, insultos, injusticias, heridas físicas, y espirituales. Ese es el desafío de Jesucristo a todos sus seguidores.

El apóstol Pedro sabía que debía perdonar a su hermano cuando éste pecaba contra él. De ese su deber de perdonar a su hermano estaba seguro. Pero Pedro tenía una duda y es por eso que hizo esta pregunta a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” (Mateo 18:21).

Pedro quería saber a partir de qué número de ofensa él ya no estaba obligado a perdonar. La pregunta de Pedro es también la pregunta de muchos de los pecadores perdonados del presente.

La fe cristiana es una fe ligada al perdón.

Los cristianos nos hemos hecho cristianos porque necesitamos perdón y porque oímos que Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, da perdón a todo pecador que cree en él y le sigue de todo corazón.

Todos los cristianos saben que tienen que perdonar. Muchos de ellos, incluso, están dispuestos a perdonar. Empero, en el fondo de su ser, todos, como Pedro, “tienen” un límite y una cantidad máxima de ofensas que “creen” pueden y deben perdonar.

Pedro dio un numero tentativo máximo de ofensas a perdonar. Su número tentativo fue siete. Otros pueden dar un número mayor o un número menor. Pero todos quieren definir la cantidad y la gravedad de ofensas a perdonar.

Jesús, nuestro Señor y Salvador, empero, no estuvo de acuerdo con Pedro. Tampoco está de acuerdo con cualquiera que fije un máximo de ofensas a perdonar. Para Jesucristo, sus seguidores deben perdonar siempre, siempre, siempre.

La palabra de Jesús a Pedro, y a todos nosotros sus seguidores, respecto a cuántas ofensas debemos perdonar es la siguiente: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22).

¿Esto significa que debemos estar contando y chequeando cada ofensa y pecado que nuestro prójimo comete contra nosotros a fin de que al llegar a 490 dejemos ya de perdonarle? No, no y obviamente no.

Jesús no está instruyendo a sus seguidores a que tengan un sin número de cuadernos a su alcance para que anoten constantemente cada ofensa que cometen contra ellos sus semejantes. No. Lo que Jesús les está diciendo es: “Perdonen sin llevar cuenta ni de la cantidad, ni del tamaño ni de la gravedad de las ofensas cometidas. Perdonen siempre a sus ofensores.”

Los discípulos de Jesucristo recibimos de parte de Dios un perdón ilimitado. En Cristo, Dios nos perdonó, nos perdona y nos perdonará constantemente. En consecuencia, Dios demanda también que todos quienes siguen a Jesús perdonen las ofensas de sus semejantes siempre y siempre.

Perdonar una o más ofensas no es fácil para nadie. Perdonar todas y cualquier tipo de ofensas es complicado. Pero perdonar sincera y genuinamente siempre, siempre y siempre es imposible para todos los seres humanos, pero no para quienes siguen a Jesucristo.

Los discípulos de Jesús estamos llamados a perdonar a nuestros ofensores porque tenemos el ejemplo perdonador de Dios, el sacrificio vicario y salvífico de Jesucristo a favor de los pecadores, y la presencia y la capacitación del Espíritu Santo en nuestro ser. No tenemos excusa para no perdonar a quienes nos ofenden. Tampoco podemos desechar a ningún pecador u ofensor nuestro. Estamos llamados a perdonar siempre, siempre y siempre… “Hasta setenta veces siete”.

¡Qué Dios nos ayude a perdonar como perdonó Jesús a todos quienes participaron en una u otra forma en su crucifixión!

¡Dios, ayúdanos a perdonar a quienes nos hacen mal como perdonó Esteban a quienes lo apedrearon hasta que muriese!

Amén.

¿Qué debemos hacer cuando pecamos contra Dios?

Todos los seres humanos somos pecadores y pecamos siempre. Nuestra naturaleza y nuestros actos pecaminosos son nuestros perennes compañeros en toda nuestra existencia en esta tierra. El pecado es nuestra tragedia y la causa de todos nuestros males y sinsabores en esta vida.

Pecar es ir contra Dios y contra su buena voluntad para con nosotros. Cuando pecamos obramos mal contra quienes nos rodean. Al obrar pecaminosamente vamos también contra nosotros mismos.

El pecado empezó en el huerto en Edén. Adán y Eva fueron los primeros seres humanos que pecaron contra Dios. Ellos no fueron creados pecadores, ellos mismos se hicieron pecadores. Se hicieron pecadores cuando desobedecieron a Dios y comieron el fruto que él ordenó que no comiesen. (Génesis 2:16-3:6).

Adán y Eva pecaron. Es un hecho.

Su acto pecaminoso trastocó toda su vida, y también la de sus descendientes. Así de grave fue su pecado y así de grave es también nuestro pecado. El pecado cambiará nuestra vida para mal, nunca para bien, excepto que nos arrepintamos y nos corrijamos pronto, pronto.

En esta nota me enfocaré en lo que Adán y Eva hicieron tan pronto como desobedecieron a Dios. Lo que hicieron no es lo que nosotros debemos hacer. Lo que nosotros debemos hacer es lo opuesto a lo que ellos hicieron.

¿Qué es lo que hicieron Adán y Eva tan pronto como pecaron contra Dios? Sus acciones inmediatas fueron: 1) Cubrirse con hojas de higuera, 2) Esconderse de la presencia de Dios, 3) Responder lo que no se le preguntó y 4) Culpar de su pecado a otros.

En terminología actual: 1) Cubrieron la consecuencia de su pecado, 2) Evitaron a Dios y no disfrutaron oír su palabra, 3) No quisieron que Dios los “viese” en su escondite y 4) No asumieron la responsabilidad de su pecado.

Estas acciones son propias e inmediatas al pecado en todo pecador, pero son las acciones que no nos ayudan a remediar nuestro pecado ni sus consecuencias. Lo que tenemos que hacer tan pronto pecamos es lo opuesto a lo que Adán y Eva hicieron.

Pienso en mí como pecador al escribir esta nota. Pienso también en los pecadores que quieren salir y levantarse de su pecado. Pienso, asimismo, en forma específica, en un hijo de Dios que ha tropezado y ha caído en pecado.

Los verdaderos hijos de Dios no nos deleitamos en el pecado. El “gozo” de la concupiscencia previa al acto pecaminoso y el “gozo” de la concupiscencia en acto mismo del pecado es muy fugaz y efímero. Ese “gozo” se disipa pronto, de inmediato. Lo único que es permanente es la vergüenza, la frustración, la culpa, la decepción, las consecuencias, etc. Para los hijos de Dios, caer en pecado es horrible.

Los hijos de Dios que pecan por hacer caso de su concupiscencia pueden ser presos por el engaño del pecado para endurecerse, para no arrepentirse, para permanecer en esa condición caída. La carne pecaminosa puede llevar al pecador creyente al punto de desalentarlo para que pierda toda esperanza de enmienda.

El diablo trabaja durísimo en la mente y en el corazón del pecador caído. Su intención y su propósito es esclavizarlo por medio de sumirlo en la desesperanza para que no se arrepienta ni se vuelva a Dios.

El pecador caído está en peligro y necesita de la intercesión de los hijos de Dios pues corre el riesgo el acostumbrarse a vivir caído.

Dios que es bueno y misericordioso no quiere que los pecadores vivan en esa triste condición. Es por eso que los busca, los llama, los escucha, los confronta y les da la oportunidad de reivindicarse por medio del arrepentimiento, la confesión y la conversión.

Por eso, y mirando el relato del cómo reaccionaron Adán y Eva al caer en pecado, quiero alistar lo que debemos hacer tan pronto como caemos en pecado:

1. Debemos reconocer que hemos pecado y no tratar de arreglar nuestro pecado sin tomar en cuenta a Dios. Adán y Eva no dijeron hemos pecado, busquemos a Dios y digámosle que lo hemos desobedecido y no sabemos qué hacer para remediar lo hecho. Ellos se cubrieron por sí mismos. Eso no solucionó su pecado. Ellos necesitaban ir a Dios para que él los dirigiese en el cómo levantarse y enmendar su pecado. Los pecadores no debemos tratar de arreglar nuestros pecados por nosotros mismos. Reconozcamos nuestros pecados y pidamos a Dios ayuda para remediarlos. ¡Dios va a ayudarnos!

2. Debemos escuchar a Dios y acercarnos a él de corazón. Dios nos dará dirección por medio de Su Palabra. Su presencia misericordiosa nos dará ánimo. Por eso no debemos tener miedo de su voz ni de su presencia. Al contrario, escuchemos su palabra y acerquémonos a él confiadamente.

3. Digámosle a Dios dónde estamos en relación a él. Seamos honestos. No ocultemos nada de lo que hemos hecho. Él sabe todo y es inútil u ocultarle de nuestra condición. Describirle nuestra condición a Dios es vital para ser ayudados por él.

4. Asumamos nuestra responsabilidad en nuestro pecado. El pecado es un asunto nuestro. Ninguno de nosotros peca forzado. Adán no fue forzado a pecar; tampoco Eva. Empero, ambos no asumieron su responsabilidad, culparon a otros. Adán culpó a Eva y a Dios. Eva culpó a la serpiente. Ninguno dijo: “Te desobedecí. Quebranté tu palabra. Fui contra tu voluntad.” No tenemos que imitar a Adán y Eva en cómo actuaron luego de su pecado. No debemos echarle la culpa a otros por nuestro pecado. Asumamos nuestra responsabilidad. ¡Qué Dios nos ayude!

El pecado tiene remedio.

Hay solución para los pecadores.

Los pecadores no estamos obligados a vivir en pecado toda nuestra vida.

En el tiempo presente Dios soluciona el problema del pecado por medio de Jesucristo. Dios envío a Jesucristo a esta tierra como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él murió por nuestros pecados, para redimirnos y liberarnos de ellos y de su condenación.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”

¡Dios bueno y misericordioso y Padre de Jesucristo ayúdanos a nosotros tus hijos a tratar con nuestro pecado como tú ordenas en tu palabra escrita que está en la Biblia! Amén.

Servicio a Dios, sí; servicio a ídolos ya no.

El cristiano genuino es uno que ha dejado de servir a los “ídolos” que servía para enfocarse y centralizarse en el servicio y la adoración del Dios vivo y verdadero.

Los hombres de hoy tenemos nuestros “ídolos”. Un “ídolo” es todo aquello que interrumpe nuestra adoración y obediencia exclusiva a Dios.

Los “ídolos” nos hacen desobedecer e ir en contra de Dios y de su palabra. Los “ídolos” pueden ser otras personas, cosas, pensamientos, hábitos, vicios, … o nosotros mismos.

La conversión verdadera implica el abandono total de los ídolos. Los que creemos y seguimos a Jesucristo debemos dejar los ídolos tan pronto como los identificamos, si es que de verdad queremos servir, adorar y agradar única y exclusivamente al Dios vivo y verdadero que nuestro Salvador vino a revelarnos.

Dios y Jesucristo esperan de nosotros sus seguidores consagración y devoción exclusivas. Nada ni nadie debe estorbar nuestra lealtad a Dios y a nuestro Señor y Salvador que vino a la tierra a salvarnos de nuestros pecados y de nuestra condenación.

Al mismo tiempo que dejamos nuestros “ídolos” y servimos consagradamente a Dios, nosotros tenemos que estar a la expectativa de la venida de Jesús, nuestro Señor.

Jesucristo viene por nosotros. Lo ha prometido y él cumple lo que promete. Su retorno es nuestra esperanza y nuestra garantía de no experimentar la ira venidera que él trae y que caerá sobre todos aquellos que no han creído en él ni le han seguido.

Cristianos de todo el mundo, creamos, sigamos, obedezcamos, sirvamos y esperemos a Jesucristo que ya pronto viene.

Dejemos todo aquello que impide nuestra adoración a Dios. Nada con los ídolos de todo tipo. Abandonemos lo que nos estorba y nos impide servir en exclusividad a Dios.

¡Dios y Padre nuestro, ayúdanos a creer y a seguir a Jesucristo de todo corazón!

¡Dios eterno y lleno de misericordia, qué la conversión de “nuestros ídolos” al Dios vivo y verdadero sea genuina y verdadera!

Amén.

¿Qué es lo que me espera después de mi muerte?

Al morir, la nada, unos;

Al perecer, la reencarnación, otros;

Después de esta vida, la resurrección, la Biblia.

Estas tres concepciones están en disputa entre los seres humanos y solo una de ellas es verdadera. No es posible que las tres sean veraces. Tampoco es plausible combinar estas tres posturas para que sean veraces.

Estas tres concepciones “se saben” y se asumen por “fe” y solo por “fe”…

Estas tres concepciones tienen a su vez su fuente de autoridad. Esto significa que uno o muchos han hablado y presentado a cada una de estas tres ideas. La fuente (o fuentes) está escrita y puede ser leída y aprendida.

La resurrección de los muertos está expuesta en la Biblia y Job creía en ella y estas palabras salidas de su boca en el libro de Job 19:25-27 lo demuestran:

“Yo sé que mi Redentor vive, 

Y al fin se levantará sobre el polvo; 

Y después de deshecha esta mi piel, 

En mi carne he de ver a Dios; 

Al cual veré por mí mismo, 

Y mis ojos lo verán, y no otro, 

Aunque mi corazón desfallece dentro de mí.”

En la Biblia hay varios textos que presentan resurrecciones: La resurrección del hijo de la viuda de Sarepta (1 Reyes 17:17-24). La resurrección del hijo de la sunamita (2 Reyes 4:18-37). El hombre que resucitó al caer en la tumba de Eliseo (2 Reyes 13:20-21). El hijo de la viuda de Naín (Lucas 7:11-17). La hija de Jairo (Lucas 8:40-56). Lázaro de Betania (Juan 11). Tabita (Hechos 9:36-43). Eutico (Hechos 20:7-12).

Todas estas resurrecciones son hechos históricos, pero hay una resurrección mayor, la más grande de todas, la resurrección de Jesucristo. La resurrección de Jesucristo está narrada por los testigos de ella en los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan).

Los seres humanos estamos frente a una determinación clave en esta vida respecto a qué vamos a creer respecto a lo que pasará con nosotros al morir. ¿La nada? ¿La reencarnación? ¿La resurrección? La tres concepciones son las opciones que tenemos para asumir… pero solo una de ellas es la verdadera.

La muerte nos acecha… La muerte nos llegará… Nuestra muerte es inevitable… ¿”Sabiendo” por “fe” cuál de estas tres concepciones nos iremos de esta vida? Cada uno de nosotros sabe cuál es su concepción… eso es seguro.

En mi caso, al igual que Job, y que muchos otros en la Biblia misma, y en la historia de la humanidad, creo en la resurrección de los muertos. Creo que Jesucristo vive (“mi Redentor vive”) porque resucitó de entre los muertos al tercer día. Creo también que yo mismo voy a resucitar de entre los muertos por el poder de Dios. Mi fe me asegura el hecho de que una vez resucitado “en mi carne he de ver a Dios”.

No es que yo crea ser por mí mismo merecedor de esta resurrección ni merecedor tampoco del privilegio de ver a Dios personalmente… No. No merezco la resurrección. No merezco tampoco ver a Dios.

Si tengo la seguridad de resucitar y ver a Dios es porque Dios dice en la Biblia que los hombres y mujeres que creen y siguen a Jesucristo resucitarán y verán a Dios personalmente. (1 Tesalonicenses 4:13-18; Apocalipsis 21:1-8; 22:1-5).

Job sabía y anticipaba qué es lo que le esperaba al terminar su vida en este mundo. Job sabía que la muerte no era el fin de la existencia, que había algo más después de ella… la resurrección, ver a Dios personalmente…

En el caso tuyo, ¿qué es lo que sabes de lo que te espera al dejar este mundo presente? ¿La nada? ¿La reencarnación? ¿La resurrección? … Solamente tú tienes la respuesta a estas interrogantes.

La vida en esta tierra tiene momentos cortos y largos en los que se vive pesadamente, desfalleciendo. Job lo sabía. Él estaba sufriendo como nadie más ha sufrido cuando pronunció sus palabras. Él dijo que “su corazón desfallecía dentro de él”. Job, empero, encontraba ánimo y fortaleza en su certeza de que su Redentor vive y en la convicción de su propia resurrección para ver a Dios personalmente.

Al igual que Job, mi convicción en que Jesucristo vive y mi certeza de que he resucitar de entre los muertos para presentarme ante Dios me alientan y me dan fuerzas para vivir mis tiempos alegres y también mis momentos de dolor.

La resurrección de entre los muertos y la esperanza de ver a Dios personalmente son creencias alentadoras y fortalecedoras. Gracias a Dios por lo que él ha dejado por escrito sobre ellas en la Biblia, la palabra de Dios.

¡Qué Dios nos ayude a vivir en este mundo en función de la resurrección de los muertos y del hecho indubitable e inequívoco de que veremos a Dios personalmente! Amén.

Israel, Jerusalén y el fin de la historia de la humanidad

Israel,

Jerusalén,

Los judíos y

El fin de la historia de la humanidad.

La Biblia le da a Israel y a Jerusalén y a los judíos un lugar céntrico en la historia de la humanidad.

Todo aquel que cree en el Dios de la Biblia, el único Dios verdadero, tiene que conocer e interpretar la historia de la humanidad a partir de la palabra de Dios, La Biblia, que es el único libro que él ha inspirado para revelar Su Persona, Sus Obras y Su Voluntad para los seres humanos y para con todo el universo.

En este libro singular Dios anuncia que el fin de la historia de la humanidad se consumará teniendo como protagonista a Israel. Los judíos son la clave del fin del mundo presente. Jerusalén será el epicentro del fin de nuestra historia.

De acuerdo al salmo segundo, el acontecimiento previo al fin de la historia de la humanidad es un “amotinamiento”, una rebelión, una sublevación, una insurrección, una revuelta, etc.

El alzamiento es contra Dios y contra Su Ungido. La rebelión tiene una intención clarísima. Los rebeldes proclaman su propósito a viva voz. Ellos dicen: “Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas”.

Los subversivos no quieren que Dios y Su Ungido los gobiernen, los dirijan. Los rebeldes quieren independizarse de Dios y de su figura gobernante, que es el Cristo, Dios hecho Hombre, Jesús de Nazaret, según la interpretación cristiana del Antiguo y Nuevo Testamento, la Biblia.

Los rebeldes en el texto bíblico son “las gentes”, “los pueblos”.

Las gentes y los pueblos son las naciones de todo este mundo. Los pueblos se sublevan contra Dios, pero su sublevación no se lleva a cabo así porque sí, de la nada… No, no, no. Las naciones tienen azuzadores, promotores, conductores. Los que encabezan y los que dirigen la rebelión son los gobernantes, que en el texto bíblico son mencionados como “los príncipes” y “los reyes de la tierra”.

En las palabras “los príncipes” y “los reyes de la tierra” están todos los gobernantes de este mundo, tanto los gobernantes de las naciones pequeñas como los gobernantes de la naciones más poderosas. Desde luego, los promotores protagonistas de la rebelión son los gobernantes de las naciones poderosas, pues son ellos quienes dirigen a los gobernantes de las naciones más débiles.

Son los gobernantes de las naciones los que “consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido.” La conspiración de los gobernantes tiene un objetivo concreto. No quieren más el gobierno de Dios sobre ellos, ni sobre sus naciones, ni sobre todo el mundo. La revolución de los gobernantes y sus naciones busca la independencia total de Dios.

En el salmo dos, Dios está observando el “amotinamiento”. Dios ve la rebelión. Dios ve a los rebeldes. Dios está atento a todos sus movimientos.

La sublevación de los gobernantes y sus naciones le causa a Dios gracia, risa. Él se burla de los revolucionarios.

Pero Dios no solamente se burla de los revolucionarios… Dios habla fuerte contra ellos. Él les deja en claro su molestia, su ira contra ellos. De acuerdo al texto bíblico. Los subversivos se turban al experimentar en carne propia lo que su amotinamiento ha causado en Dios.

Los gobernantes y sus naciones van a quedar estupefactos, asustados y paralizados cuando Dios los confronte airadamente por su osadía vana de rebelarse con él y contra su ungido. Los sinónimos de la palabra turbar son impresionantes (aturdir, confundir, despistar, desconcertar, desorientar, azorar, azarar, emocionar, consternar, perturbar, avergonzar) y describen muy bien el cómo quedarán emocionalmente los revolucionarios cuando Dios extinga, aplaque y controle ese levantamiento final.

Dios aplacará la rebelión afirmando y estableciendo Su Gobierno visible en este mundo temporal. Dios gobernará al mundo desde Israel por medio de Su Cristo, Jesús de Nazaret, quien volverá a esta tierra por segunda vez para cumplir este decreto divino. La sede del gobierno de Dios por medio de Jesucristo será Jerusalén, la ciudad santa.

Desde luego, esta determinación divina no le gustará a los gobernantes de las naciones de este mundo ni a sus súbditos y es por eso que se amotinarán e intentarán que el Rey de Jehová Dios no asuma su reinado… Escribiré sobre este amotinamiento violento en otro escrito, Dios mediante.

La Biblia nos obliga a mirar a los judíos, a la nación de Israel, al territorio judío y a Jerusalén con ojos alertas. Tenemos que mirar los acontecimientos alrededor de este pueblo singular desde la perspectiva de lo que está escrito en la Biblia porque así Dios lo ha decidido.

El gobierno del Rey de Jehová Dios será mundial. El salmo dos es un salmo mesiánico y quien cumple lo profetizado allí es Jesús de Nazaret. El salmo señala la filiación divina de Jesucristo y su autoridad sobre todas las naciones de la tierra. Todas las naciones son herencia de Jesucristo y él ejercerá su autoridad con poder y fuerza sobre ellas y sobre todos los confines de la tierra.

En el salmo segundo termina con una exhortación a los gobernantes de la tierra y a los jueces de las naciones. 1) Se les pide prudencia y docilidad. Dios quiere que las autoridades sepan oírle y someterse a él. 2) Se les pide que sirvan con temor y alegría a Dios. 3) Se les pide que honren a Jesucristo, el Hijo, el Rey del Israel y del mundo, para que él no los consuma en su enojo e ira. El salmo dos termina señalando la bienaventuranza que hay en confiar en Dios y en Jesucristo Su Hijo.

El Salmo dos ya se ha cumplido en parte, pero todavía faltan algunos detalles. El amotinamiento final todavía no ocurre. En realidad, serán dos amotinamientos. El primero intentará impedir que Jesucristo asuma su reino y el segundo procurará derrocarlo del gobierno que él estará ejerciendo. Ambos amotinamientos ocurrirán en el futuro. Escribiré sobre esos dos amotinamientos en otros artículos.

Recordemos: Los judíos, la nación de Israel y la ciudad de Jerusalén son protagonistas del fin de la historia de la humanidad.

¡No te rindas! ¡Rendirte no es tu opción!

¡No te rindas! ¡Rendirte no es tu opción!

Escuché un mensaje basado en Gálatas 6:9 con esta exhortación. Estaba con mis dos hijos varones cuando escuché la exposición. El mensaje me dejó un desafío que no he olvidado y que siempre está en mi mente y en mi corazón.

Rendirse es dejar de luchar, de pelear, de trabajar.

Rendirse es darse por vencido, darse por perdedor.

Rendirse es aceptar la derrota.

Los que creemos en Jesús no podemos rendirnos. Jesús es el vencedor. Él ha vencido al diablo, al mundo y al pecado.

Jesús no se cansó de hacer el bien a los seres humanos. Jesús no se frustró hasta desalentarse de ser bueno con todos. Jesús no desmayó en su ocupación de cumplir la voluntad de Dios y de glorificarle en todo lo que hizo mientras estuvo en la tierra.

Jesús no se rindió ni con Judas. Le hizo el bien hasta el último momento. Si Judas se perdió no fue por culpa de Dios, ni de Jesucristo Su Hijo. Judas no puede quejarse de Dios, él sabe que su perdición fue culpa suya.

Jesús tampoco se rindió con sus discípulos, que muchas veces fueron incrédulos y faltos de entendimiento. Jesús amó e hizo el bien a sus discípulos hasta el fin, aun cuando ellos le fueron tropiezo, le negaron y le dejaron solo en el momento culminante de su misión en favor de la salvación de los pecadores.

Hacer el bien a los seres humanos cansa, agota… mucho más cuando no te agradecen o te corresponden con maldad y aborrecimiento.

Hacer lo bueno en un mundo corrupto que va de mal en peor es desalentador.

Obrar en conformidad con el Espíritu Santo y el evangelio y la oposición constante de la carne que está aún en nosotros y que siempre quiere hacer el mal es trabajoso y agobiante.

El gran apóstol Pablo entendía la dura batalla cotidiana por hacer siempre el bien y es por eso que escribió este desafío: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9).

Nosotros necesitamos hacer el bien sin cansarnos y sin desmayar.

Hacer el bien tiene su recompensa. Si sembramos amor, bondad y bien, cosecharemos también amor, bondad y bien. La cosecha será a su tiempo, no cuando nosotros queremos. A lo mejor no segaremos en esta tierra, que es lo que queremos, pero sí cosecharemos con toda seguridad en el mundo eterno. Lo esencial es que de todas maneras cosecharemos el bien que hacemos.

Hacer el mal, ser vencido por lo malo, obrar conforme a la carne y desagradar a Dios también tiene sus consecuencias. En el contexto, estas consecuencias están contenidas en esta declaración: “Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción” (Gálatas 6:8). Hacer el mal también paga y yo no quiero esa paga, ni para mí ni para ninguno de los que me rodean,

Hagamos lo bueno.

Tomemos la determinación de no hacer el mal.

No nos dejemos dominar ni conducir por la carne.

No nos rindamos a la maldad y al mal obrar.

No le paguemos a nadie mal por mal.

No desmayemos y sigamos haciendo lo correcto y viviendo el evangelio de Cristo en el poder y la guía del Espíritu Santo hasta el fin de nuestros días. Jamás vamos a arrepentirnos de hacer el bien sin cansarnos y sin desmayar.

¡Qué Dios nos ayude! ¡Necesitamos la ayuda de Dios para hacer el bien sin agotarnos y sin tirar la toalla! Aprovechemos esta vida temporal y pasajera para hacer el bien. Dios nos mirará con gracia y agrado si es que no desmayamos en hacer las buenas obras que él ha preparado de antemano para nosotros.

“Así que, según tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

Recuerda y ten presente esta idea en tu mente siempre: ¡No te rindas! ¡Rendirse no es tu opción! ¡La rendición al mal obrar no el camino de los hijos de Dios! ¡Hagamos el bien hasta el fin de nuestros días!

Amén.

¡Ocupémonos en pensar y hacer lo bueno y lo virtuoso!

Meditemos en lo bueno de las personas, en sus buenas acciones.

Ocupemos nuestra mente en las cosas virtuosas de este mundo.

Fijémonos en lo limpio y óptimo de todos y de todo.

No estoy diciendo que neguémos la existencia de personas pecadoras malas, que obran mal y que nos dañan a nosotros y a otros… No. No voy en esa dirección.

Tampoco quiero que neguemos la existencia de la maldad en esta tierra. Esto es imposible. El mal y sus consecuencias son hechos cotidianos.

No se puede negar la existencia de los pecadores malos ni de sus acciones… Lo que sí podemos es dejar de pensar y de meditar en ellos obsesivamente… Hasta el punto de dejar de disfrutar a los pecadores buenos y a sus acciones.

Para la estimular, difundir y promocionar a lo malos y a sus maldades existen muchos medios de comunicación… Ya no somos necesarios.

Pensar, reflexionar y meditar en lo bueno, en lo virtuoso, es un asunto vital al vivir en este mundo pasajero. Necesitamos paz y alegría y ánimo al vivir en esta tierra y estas condiciones son posibles si ocupamos nuestra mente en lo que es puro y en lo que es santo.

Si nos ponemos a pensar en los pecadores buenos que relacionan con nosotros y nos rodean encontraremos que el bien que nos han hecho y concedido es muchísimo mayor que lo que es malo.

Medita en lo bueno de estar vivo.

Reflexiona en lo bueno de tu familia.

Medita en lo bueno de tu ocupación.

Cavila en lo bueno de tus vecinos y de tu vecindario.

Piensa en lo bello de tu país y de tus compatriotas.

En fin… ¡Busquémosle lo bueno y virtuoso y bello a todos y a todo!

Los buenos y sus buenas acciones son mucho más abundantes que los malos. Son los buenos y sus buenas acciones los que hacen posible que el universo exista y se hermosee y se optimice y mantenga así la alegría y la bendición de vivir y de convivir con nuestros semejantes.

El apóstol Pablo afirma que el Dios de paz estará con nosotros si es que pensamos y hacemos lo que es bondadoso y de buen nombre.

Dios es la persona a quien nunca debemos perder al vivir en este mundo. Él está con todos aquellos que creen en Jesucristo y le siguen. Dios se expresa y se glorifica en las vidas de los pecadores que piensan y hacen el bien por causa de él y de Jesucristo Su Hijo.

Pensar y hacer el bien agrada y glorifica a Dios.

Pensar y hacer lo bueno nos garantiza la presencia del Dios de paz en nuestra vida y emprendimientos.

Pensar y hacer el bien nos da la paz y la tranquilidad que son propias de la buena conciencia por el hecho de no tener de que avergonzarse.

¡Pensemos y hagamos lo bueno y lo virtuoso y lo de buen nombre con la ayuda de Dios!

Amén y amén.