El misionero Abel Rodríguez y familia y la Iglesia Maranata de Pucallpa.

Mi vida desde el 29 de junio de 1987 está marcada por mi fe en Jesucristo. Desde esa fecha en adelante, la iglesia que él está edificando ha sido, es y seguirá siendo crucial en mi vida.

Me he ocupado, me ocupo y me ocuparé en la obra que Dios está realizando en este mundo a través de la iglesia de Jesucristo Su Hijo hasta que él lo determine. Mi corazón se regocija y encuentra satisfacción en serle útil a Dios, a Su Iglesia y a todo aquel que me necesite.

Soy testigo de la gracia y la misericordia de Dios por medio de Jesucristo. Experimento y veo la obra que Dios está realizando en donde vivo y en dondequiera que él me lleva. Mi alma se regocija al contar lo que Dios hace en sus hijos y a través de ellos.

Desde hace ya dos años atrás, Dios me ha hecho ver su obra de salvación y santificación en la Iglesia Bautista Maranata de Hortencia Pardo, Pucallpa. Llegué a la congregación y a la ciudad gracias al pastor Abel Rodríguez y a su familia. El pastor Abel y su familia y su congregación se han convertido en parte de mi vida. Mi ser se regocija cada vez que estoy entre ellos.

El pastor Abel y Juanita, su esposa, son mis amigos en Cristo Jesús desde hace ya muchos años atrás. Los conocí en Trujillo, mi ciudad. Nosotros coincidimos en el Seminario Bautista del Perú. También nos hemos visto durante varias oportunidades en el Campamento de Pastores en Aucallama, Huaral, Lima. Dios me ha dado siempre muy buenos tiempos con ellos.

Abel y Juanita tienen un hijo, Isaac, quien está casado con Nila y tiene ya una hijita. La familia entera sirve hoy a Dios en Pucallpa, en la Iglesia Bautista Maranata. Mi ser se llena de contentamiento cuando veo una familia completa que trabaja para Dios en la extensión del evangelio de Jesucristo.

Conocer e interactuar con la congregación que dirige el pastor Abel es un privilegio mayúsculo para mí. Los hermanos de la iglesia Maranata son personas que quieren aprender la palabra de Dios. Les gusta la Biblia; la leen, la creen, la estudian y la obedecen. Su devoción y su atención por las escrituras es estimulante. Mi ánimo se acrecienta al verlos valorar la palabra de Dios.

Dios me ha dado la bendición de repasar con ellos varios cursos bíblicos: “Vida Espiritual Personal”, “La Misión de la Iglesia”, “Síntesis del Antiguo Testamento”, “Síntesis del Nuevo Testamento”, “Síntesis de Doctrina Bíblica” y “Síntesis Básica de Historia de la Iglesia”. Nosotros ocupamos un promedio de ocho horas por cada curso. Dios mediante, estudiaré con ellos otros cuatro cursos más en los meses siguientes.

Los hermanos de esta congregación tienen también un muy buen compañerismo. Me edifica la forma en la que se preocupan los unos por los otros. El señor Jesucristo está siendo glorificado por ellos y me gozo en ver cómo están creciendo en él cada día.

Desde luego, ellos como todos los hijos de Dios, no son perfectos, ni impecables, pero aman a Dios y viven su fe con entusiasmo. Los hermanos en Cristo de esta congregación, asimismo, como todos los hijos de Dios en todo este mundo, tienen sus sufrimientos, sus enfermedades y sus luchas espirituales, pero no se amilanan, sino que se fortalecen en Cristo y su fuerza, y siguen adelante.

Hay un detalle más que me encanta de estos mis hermanos y que he visto cada vez he estado allí. El domingo al mediodía, después de las clases bíblicas y del servicio de adoración y alabanza a Dios, ellos almuerzan juntos. Cada familia trae su almuerzo y pronto se arma un buffet con diversos potajes. 

El tiempo de comer es buenísimo. Es una gran oportunidad para dialogar y edificarse mutuamente. La amistad y el compañerismo se acrecientan en los momentos de comunión alrededor de los alimentos. La exhortación del escritor inspirado en Hebreos 10:24-25 cobra relevancia y la importancia debida en este contexto fraternal: “Y Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”

Pido sus oraciones por el pastor Abel Rodríguez e Isaac su hijo, y sus respectivas familias. Ellos trabajan por amor a Cristo allí y están haciendo un buen trabajo. Pido sus oraciones también por los hermanos de la congregación, para que Dios los afirme en la fe en Cristo y en su labor de testificar de nuestro Salvador a quienes los rodean. La oración, recordemos, es una actividad espiritual con la que siempre podemos ayudarnos unos a otros. (Romanos 15:30-33).

En especial, y terminando este testimonio, pido sus oraciones por el hermano Odín y su familia. El hermano Odín tiene un mal en su cuerpo que lo aflige sobremanera. Toda la iglesia está orando por él y nosotros también podemos ayudarle con nuestras oraciones aun cuando estemos lejos. Pidamos que Dios siga fortaleciéndole y animándole.

Gracias por leer este testimonio y por orar los hermanos en Cristo que están esta congregación y que están sirviendo fielmente a nuestro Señor y Salvador.

“Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo.”

Hechos 9:31

¡Los cristianos son competentes para vivir en Dios y hablar de Jesucristo y su salvación!

Conducir a los hombres hasta Dios, al único y verdadero, Jehová, el Dios y Padre de Jesucristo, para que crean en él y le sigan y sean sus hijos, no es tarea solo humana, sino también divina. No es posible realizar esta eterna y urgente labor en la aptitud y suficiencia humana … ¡Es imprescindible el poder, la sabiduría y la aptitud que solamente Dios puede dar!

Pablo fue un competente testigo de Cristo. Él es nuestro ejemplo a seguir. A nosotros nos toca también testificar de Jesucristo y su obra de salvación y tenemos que aprender mucho de él y de su trabajo.

La evidencia bíblica respecto a Pablo como discípulo, testigo, maestro, predicador e interprete de las Sagradas Escrituras es impresionante. Pablo hizo un trabajo laborioso, suficiente, eficiente, fructífero y productivo. Su legado en discípulos, iglesias y libros, testifican de su efectividad. Dios lo usó … “y lo usa”, “y lo sigue usando” todavía hasta hoy.

Pablo, sin embargo, para evitar una falsa interpretación de él y de su trabajo, testifica que su suficiencia y su capacidad para cumplir su tarea no fue suya, sino de Dios. Fue Dios, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, quien lo capacitó y habilitó con denuedo, sabiduría, poder y valentía para hablar el evangelio por dondequiera que fue.

Rescatar a los hombres de su propio pecado y de las garras del diablo no es posible para los seres humanos; se requiere necesariamente del poder y de la sabiduría de Dios. Sin Dios este objetivo es imposible, pero con él y con su poder, siempre se puede trabajar confiado y esperanzado. Está escrito: “… ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible.” (Mateo 19:25-26).

La palabra competencia en 2 Corintios 3:4-6 es una palabra poderosa y significativa. Ella resume “la combinación de conocimientos, capacidades, habilidades, actitudes, que se expresan en el saber hacer, en el hacer bien lo que se encomienda”. Esta palabra califica e identifica a los trabajadores útiles y destacados en sus tareas y Pablo lo era, pero no por sí mismo. Este es su testimonio: “Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.”

Los sinónimos específicos de esta palabra en base son también impresionantes: “poder”, “capacidad”, “autoridad”, “pericia”, “aptitud”, etc. Todo trabajador competente es confiable. Se puede estar seguro y tranquilo con trabajadores así.

Pablo usó esta palabra para describir su suficiencia y su competencia al predicar y enseñar el evangelio de Jesucristo y las sagradas escrituras a los hijos de Dios y a toda la iglesia. Esa su suficiencia y competencia no le era propia, provenía de Dios. Él quería dejar muy en claro ese hecho. Dios le hizo “capaz”, “apto”, “suficiente” y “competente” para el trabajo que le encomendó. Es por eso que él se dedicó con toda confianza y por entero a ese su trabajo.

Enseñar, predicar y compartir el evangelio es una obra espiritual, no carnal. El ser humano está perdido y bajo el dominio del diablo. Él no puede ser salvo y libre de esa su terrible condición por sí mismo ni tampoco por la ayuda de todos los seres humanos habidos o por haber. La salvación y la liberación espiritual es obra de Dios.

El hombre pecador solamente puede ser salvo si es que cree en el evangelio de Jesucristo, que es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Y ese mensaje solo puede ser anunciado competentemente en el poder y la sabiduría de Dios. Los hombres que anuncian el evangelio tienen que ser hechos competentes por Dios mismo para que “… la excelencia del poder sea de Dios…” visiblemente y no de ellos. (2 Corintios 4:7).

Todos quienes hoy testifican, enseñan y proclaman a Jesucristo y su obra de salvación necesitan que Dios obre en ellos y a través de ellos. ¡Y él lo hace, créanlo! Él es el principal interesado en salvar a los pecadores. Él es quien establece, perfecciona, capacita, empodera y usa a los pecadores que creen en Jesús y le siguen.

La vida cristiana no se vive en la fuerza ni la competencia de uno mismo. Nada se sobrelleva ni se soporta sin Dios ni su intervención a nuestro favor.

Dios es el que empodera, capacita, entrena, habilita y fortalece a quienes creen en Jesús y le siguen y le sirven.

Los que testifican de Cristo y predican y enseñan la palabra de Dios a la humanidad y a la iglesia necesitan que Dios los haga aptos para su tarea y para vivir agrandándole cada día.

Pablo lo sabía y es por eso que escribió también estas palabras: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriare más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Corintios 12:9-10).

¡Dios hace competentes, suficientes y aptos para creer, crecer, servirle y obedecerle a quienes ponen su fe en Jesucristo! ¡Qué Dios nos ayude y nos siga haciendo competentes, suficientes y aptos para predicar el evangelio de Jesucristo a mucha más personas! Amén.

¡El cristiano verdadero vive y se relaciona con otros con amor y en amor!

Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo viven y se relacionan con sus semejantes por amor, con amor y en amor. Ellos imitan a Dios como hijos amados y todas sus acciones, reacciones y motivaciones surgen y se originan en el amor, el amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en sus corazones (Romanos 5:5).

El seguidor de Jesucristo, por tanto, no odia ni aborrece a nadie. Él no puede vivir en ira pecaminosa ni en enojo permanente. Su llamado a no guardar rencor y a perdonar siempre están implantados en su mente y en su corazón por la fe en el Dios que lo ha transformado al creer y seguir al Hijo Unigénito de Dios.

Por causa de Jesús, entonces, toda la vida, las obras, las reacciones y las motivaciones de los cristianos en esta tierra emanan del amor de Dios. Su primer amor, desde luego, está dedicado y dirigido a Dios, Su Creador, Su Sustentador y Su Redentor. Él está llamado a amar a Dios con toda su mente, su alma, su corazón y sus fuerzas (Deuteronomio 6:4-5). Los cristianos aman y deben amar a Dios con todo su ser. Está escrito: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.” (Mateo 22:37-38).

Dios es la fuente, el río y el océano del amor del discípulo de Jesucristo. La señal más evidente de este su amor a Dios es su obediencia a la palabra escrita de Dios que está únicamente en los sesenta y seis libros de la Biblia. El cristiano, por tanto, demuestra y hace evidente su amor a Dios por medio de hacerle caso a él antes que cualquier otro. (Juan 14:15, 21; Hechos 4:19-20; 5:29-32).

El hijo de Dios por la fe en Jesucristo ama también a quienes lo rodean, tanto a los que están cerca como a los que están lejos. Él ama a todos los seres humanos. Su amor a Dios (al que no ve) se hace visible en su amor a sus semejantes (a los que él sí ve).

Su amor no es solo de palabra, sino de hecho (1 Juan 3:16-18). El cristiano obedece a Dios y ama a su prójimo como se ama a sí mismo. Esto es lo que dijo Jesús al respecto: “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:39).

Toda la ley de Dios depende del amor a Dios y al prójimo y los discípulos de Jesucristo lo saben muy bien. (Mateo 22:40; Romanos 13:8-10). Vivir en amor es cumplir con la voluntad de Dios expresada en las Escrituras.

Obviamente, el amor del discípulo de Jesús para con sus semejantes se manifiesta y se expresa primero en su familia de sangre, según el vínculo natural que le une a cada miembro. Así, él ama a sus padres y expresa ese su amor respetándolos, obedeciéndolos, honrándolos y cuidándolos. Ama a sus hermanos y expresa su amor a ellos con cuidado, ayuda y servicio diligente. El amor del cristiano se extiende también al resto de sus familiares que derivan de su padre y de su madre.

El creyente, asimismo, al contraer matrimonio para formar su propia familia, ama su cónyuge, a sus hijos y a los familiares de su cónyuge. (Efesios 5:21-6:4). El amor divino en el corazón de los cristianos, y no solo el amor natural, es vital en todo hogar cristiano y lo identificará y lo distinguirá ante quienes lo rodean. 

Los cristianos se conducen con amor y en amor al relacionarse con sus hermanos espirituales, que son todos aquellos que creen y siguen a Jesucristo, y que constituyen la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3:14-15). Este amor, que surge del Espíritu Santo que mora en todo discípulo, es indispensable en toda iglesia para vivir glorificando a Dios y para cumplir su misión de testificar de la salvación de Dios a toda la humanidad.

La capacidad de amar de los cristianos es desafiada por quienes les hacen mal y por quienes son sus enemigos. Los cristianos todavía somos pecadores e imperfectos y nuestra reacción carnal a la maldad de los malos y de nuestros enemigos es la evidencia concreta. La carne, que se opone al espíritu, nos impulsará a la ira pecaminosa, a la venganza, al resentimiento, a la amargura, al aborrecimiento y a devolver el mal por el mal. (Gálatas 5:16-26; Romanos 12:19-21).

El ser vencido por el mal para hacerle mal a los que nos hacen mal es la tentación constante de nuestra vida de amor y en amor. Dios nos conoce y es por eso que nos ordena clara y específicamente: “… Amad vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:44). En consecuencia, el seguidor de Jesucristo está obligado a vivir amando a todos, todo el tiempo y en todas las circunstancias.

En los cristianos no hay lugar para el odio ni para el aborrecimiento; esas emociones son propias del diablo y de las personas que le pertenecen y siguen. Está escrito: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.” (1 Juan 3:10-12).

Jesucristo es la encarnación y la evidencia del Dios que es amor (1 Juan 4:7-10). Dios mostró “… su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Todos los hijos de Dios hemos sido persuadidos, cautivados y conquistados por el amor de Dios y es por eso que amamos y vivimos en su amor, con su amor y por su amor toda nuestra vida.

¡Muchas gracias Dios por amarnos y darnos tu amor y tu capacidad de amar para que te amemos a ti con todo nuestro ser y a nuestros semejantes como a nosotros mismos! Amén y amén.

¡Resistir los hechos, la verdad y las evidencias sobre la divinidad de Jesús es una tortura!

Saulo se resistía aceptar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador de los judíos y del mundo entero. Su resistencia a los hechos y a las evidencias que Jesús mostró en su corto tiempo en la tierra y que el Antiguo Testamento respaldaban le hicieron perseguir injusta y violentamente a la iglesia de Jesucristo.

Pablo conocía las Escrituras. Él sabía de Jesús, de sus palabras y de sus hechos. En consecuencia, en su mente había una gran lucha respecto a Jesús. Una parte de su mente clamaba: “Jesús es el Mesías, el enviado de Dios. Él es a quien todo judío creyente está esperando.” La otra parte le decía, sin embargo: “Eso no puede ser, él es un impostor.” En su interior esa lucha era intensa y dolorosa.

Pablo se resistía tercamente a aceptar que Jesús era el Mesías. Es por eso que Jesús le dijo: “… dura cosa te es dar coces contra el aguijón.” En lo básico, esa expresión implica que el dolor en el corazón de Pablo era mayor y más intenso en la medida que negaba lo que los hechos y las evidencias le decían sobre Jesús y su divinidad. A mayor negación, mayor dolor. A mayor resistencia, mayor intranquilidad. Su ira y su determinación violenta y asesina al perseguir a los cristianos eran un reflejo de su frustración por negar esos hechos y evidencias.

Saulo no tenía paz en su ser. Su resistencia a los los hechos, a la verdad y a los evidencias que mostraban que Jesús provenía de Dios lo atormentaban. Su remordimiento, su congoja y su intranquilidad por su obrar injusto y criminal contra Jesucristo y sus seguidores lo “torturaban”.

Cerrar los ojos para no ver los hechos no desaparecen a éstos. Oscurecer la conciencia para no ver la luz, no extingue la luz. Toda persona que niega hechos vive en felicidad irreal. Todo aquel que cierra sus ojos a las evidencias se engaña y se conduce ilusamente. El que se resiste a la verdad nunca puede disfrutar de paz real ni de dicha verdadera. Saulo, quien luego llegó a ser conocido como Pablo, es un ejemplo de cómo vive y reacciona quien no acepta los hechos, ni las evidencias ni la verdad sobre Jesús el Unigénito Hijo de Dios.

Jesucristo tuvo misericordia de Saulo. Él se apiadó de quien luego le serviría como Pablo. Su compasión para con él le hizo dejar su asiento a la derecha de Dios Padre para “venir” a la tierra para “encontrarse personalmente” con su atormentado y agobiado perseguidor. Jesús se reveló a su perseguidor asesino y lo salvó y lo transformó en su testigo más apasionado y fervoroso.

La vida de Saulo Pablo dio un vuelco tremendo al rendirse a los hechos reconociendo a Jesús como el Señor, el Cristo, el enviado de Dios. El momento de su liberación fue crucial pues la paz espiritual inundó su alma al aceptar que Jesús es el salvador de mundo. La tortura y el tormento producto de su terca resistencia y oposición a Jesús y a su iglesia terminaron para siempre.

No es bueno vivir negando los hechos.

No es sano resistirse a las evidencias.

No es de sabios vivir en contra de la verdad.

Jesucristo es un personaje histórico real. Se hizo carne y habitó entre los hombres. No se puede ignorar ni quién es ni lo que hizo. Todos los seres humanos tenemos que tomar una determinación respecto a él.

Jesús es Dios hecho Hombre. Él es el Salvador de mundo. Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. Él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Todo aquel que cree en Jesús y le sigue es hecho hijo de Dios, tiene vida eterna y vive y vivirá con Dios por siempre jamás.

Jesucristo es nuestra única opción de salvación. Saulo Pablo se rindió a Jesús y le siguió y le sirvió toda su vida en esta tierra. Eso mismo es lo que todos tenemos que hacer. Aceptar y rendirnos a los hechos, las evidencias y a la verdad: Jesús es el Señor y el Salvador del universo.

Jesucristo es el único que nos une a Dios. Solamente Jesucristo tiene que ser el sujeto de toda nuestra fe. Nuestro vivir en este mundo sólo tiene sentido y dirección siguiendo a Jesucristo. Solamente con Jesús y en Jesús tenemos una vida que agrada y glorifica a Dios.

Jesús cumplió las Sagradas Escrituras. Él demostró con sus hechos portentosos que es Dios hecho hombre. Las evidencias respecto a la veracidad de todo lo que dijo han transformado al mundo en el que vivimos hasta hoy. Él es el personaje que la historia humana no puede esquivar.

“Dejemos de dar coces contra el aguijón” y entreguémonos con fe a Jesucristo de una vez para siempre. Imitemos a Saulo Pablo y aceptemos que Jesús es el Señor. Nuestra alma no tendrá paz verdadera ni gozo genuino hasta que no reconozcamos que Jesús es el Señor y nos sometamos a él para obedecerle y servirle. ¡Qué Dios nos ayude a creer y seguir a Jesucristo todos los días de nuestra vida en esta tierra! Amén.

“Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.”

Hechos 9:5-6

¡Dios se manifiesta y nos habla para que lo conozcamos y nos relacionemos con él!

Dios existe, es una persona y se comunica comprensiblemente. Él se revela y se manifiesta a nosotros porque quiere que lo conozcamos. Su revelación y su voluntad está registrada en la Biblia para que la sepamos y entendamos (Jeremías 9:23-24).

Dios quiere que nosotros hagamos su voluntad y es por eso que su mensaje es sencillo de captar y asimilar. Él no quiere no vayamos de su presencia confundidos y rascándonos la cabeza. Él, como todo buen padre a sus hijos, nos habla clara y comprensiblemente.

Su comunicación clara y comprensible está en la Biblia, la cual es Su Palabra. Esta su Palabra, las Sagradas Escrituras, fue inspirada por el Espíritu Santo (2 Timoteo 3:16-17) y está a nuestro alcance gracias a los santos hombres de Dios, que la hablaron y la escribieron para nuestro bien. Está escrito que “… nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” (2 Pedro 1:21).

La determinación de Dios por ser conocido por todos los seres humanos está fuera de toda duda. Las evidencias son muchas en toda la Escritura y el libro de Hebreos 1:1-4 las resume con precisión y exactitud. Dios ha hablado muchas veces y de muchas maneras y solo hay que revisar hoy el Antiguo y el Nuevo Testamento para verificarlo. Empero, la evidencia más grande e impresionante del afán de Dios por ser conocido por nosotros, es Jesucristo Su Unigénito Hijo. Dios lo envío a esta tierra para que Jesús personal y humanamente nos exponga y nos revele cómo es él y cómo es que nosotros podemos relacionarnos íntimamente con él. Está escrito: “A Dios nadie le vio Jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” (Juan 1:18).

Dios, asimismo, para que nosotros sepamos todo lo concerniente a él, a sus obras, a sus deseos y a su buena voluntad para con nosotros, nos ha dado Su Espíritu Santo, quien inspiró la palabra de Dios. El Espíritu Santo está en todo aquel que cree en Jesús y le sigue (Efesios 1:11-14). El Espíritu es el maestro de los hijos de Dios. Él guía, enseña y hacer recordar la verdad de la palabra de Dios a todos quienes creemos y seguimos a Jesucristo (Juan 14:15-17, 26; 16:13-15).

El Espíritu Santo también ilumina y da sabiduría a los expositores, maestros, predicadores y oyentes de la palabra de Dios para que sepan, comuniquen y entiendan lo que Dios quiere decir por medio de la Biblia (1 Corintios 2:6-13). El conocimiento de Dios, Su Persona, Sus Obras y Su Voluntad, está garantizado de parte de nuestro Dios y Padre celestial. Somos nosotros entonces hoy los responsables de acercarnos a Dios por medio de la escritura para conocerlo y relacionarlos con él por medio de Jesucristo Su Hijo. Está escrito también: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.” (Isaías 55:6).

A nosotros nos toca leer, oír, creer y obedecer la Biblia para conocer e intimar con Dios. Dios quiere esto y es por eso que se ha comunicado, se comunica y se seguirá comunicando con nosotros. Vivimos un tiempo de gracia y de revelación salvífica de Dios (Lucas 4:16-21). Todo aquel que hoy conoce y se relaciona con Dios por medio de Jesucristo oyendo lo que la Biblia dice de él es salvo, es perdonado de sus pecados y hecho hijo de Dios.

¡Aprovechemos este bendito tiempo que vivimos y ocupémonos en conocer e intimar personalmente con Dios porque él así lo quiere!

Amén.

“Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.”
Jeremías 9:23-24

¡El mundo de hoy es Dios y el mundo del futuro también!

El mundo es de Dios y todo lo que hay en el mundo también. Dios es el creador de todo lo que existe y también el sustentador. No existe nada que exista en este mundo, excepto el pecado y el mal, que no haya sido hecho por Dios, ya en forma directa (la creación original) o ya en forma indirecta (las cosas que existen a partir de la creatividad de sus criaturas).

Los seres humanos no somos dueños del mundo, sino sus administradores. Este hecho es clarísimo. Dios creo al hombre y le entregó el dominio y la administración sabia del mundo y lo que en él existe (Génesis 1:26-31). Aunque no somos dueños del mundo, sí somos responsables de cuidarlo para la gloria de Dios y para el bien de todas las criaturas que habitan en él. El autor del libro de Salmos se maravilló del privilegio que Dios dio al hombre al colocarlo como su administrador del mundo (Salmo 8:1-9).

El hombre falló como administrador del mundo desde el principio y cedió esa su posición en beneficio del diablo, su adversario, cuando desobedeció a Dios y le obedeció a él (Génesis 2:16-17; 3:1-6). Este hecho trágico, trastocó y atrajo el mal, el sufrimiento y la muerte a este mundo, que quedó “bajo” el dominio del diablo (Génesis 3:8-24; Romanos 5:12-14; Lucas 4-7; 1 Juan 5.19). El diablo, el enemigo de Dios y del hombre, es un usurpador en este mundo. Él rige el sistema del mal y del pecado (Hechos 26:16-18). Todos los hombres y mujeres que no aman ni obedecen a Dios ni a Jesucristo Su Hijo están bajo su dominio (1 Juan 5:19). Empero, el dominio y el regir del diablo no es ilimitado y ya pronto llegará a su final (Juan 12:31; 1 Juan 3:8; Apocalipsis 12:7-12; 20:1-10).

No olvidemos que el mundo es de Dios. Nadie excepto él lo conduce. El origen, la permanencia y el fin de este mundo es un asunto de Dios, no del hombre. Nosotros no estamos en ignorancia respecto al mundo ni a todo lo que en él existe. Tenemos la palabra de Dios, la Biblia, y ella es la que nos instruye y la que nos da el conocimiento para vivir en este mundo conforme a la voluntad de Dios.

Los cristianos tenemos que ver al mundo como Dios nos enseña en la Biblia. Y la Biblia es clarísima en que Dios ama al mundo y a todo lo que en él existe. Jesucristo vino para redimir al mundo (Juan 3:16-21). Su obra de salvación incluye también la redención del mundo en tanto creación de Dios. Es más, la Biblia también es directa y transparente en el hecho de que toda la creación está a la espera de la manifestación de la salvación definitiva de Jesucristo (Romanos 8:19-23).

Para nosotros los seguidores de Jesucristo el mundo es nuestro campo de misión (Marcos 16:15). Estamos llamados a ir a todo el mundo llevando el evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Toda criatura que habita este mundo debe oír el evangelio y somos nosotros los encargados de anunciárselo. ¡Qué Dios nos ayude y nos mueva a testificar de Jesucristo en todo el mundo!

Finalmente, cuando llegue el tiempo y Jesucristo se manifieste para consumar su eterna salvación visiblemente, Dios destruirá con fuego a este mundo y a estos cielos (2 Pedro 3:5-12). La destrucción de este mundo no implica su extinción, sino su recreación. Dios hará trocará este mundo en un mundo nuevo. Está escrito: “Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los que mora la justicia.” (2 Pedro 3:13).

Todos los que estamos en este mundo estamos convocados a escapar de la destrucción que lo transformará y que lo hará nuevo y eterno. Jesucristo es la clave para ser salvo del juicio que destruirá este mundo. El murió por nuestros pecados y resucitó de los muertos para darnos vida. Nos toca creer en él y seguirle mientras estamos vivos en este mundo.

Hoy es el tiempo de creer y de seguir a Jesucristo. Solamente los creyentes y temerosos de Jehová del AT y los creyentes en Jesús desde el tiempo del NT en adelante que han vivido en este mundo que es de Dios, vivirán en el mundo nuevo con Dios por toda la eternidad. (Apocalipsis 21:1-8).

¡Qué Dios nos abra los ojos y que nos convenza de seguir a Jesucristo Su Hijo de una vez para siempre!

Amén.

¡Una reflexión por un año más de existir, ser y vivir en este mundo!

¡Existimos, estamos aquí, este es un hecho grandioso que escapa a nuestra voluntad y a nuestra determinación!

¡Nosotros no tuvimos nada que ver en nuestra existencia, nuestro ser y nuestra vida!

Nuestra existencia fue una determinación divina. Dios, nuestro creador, decidió que existiésemos e hizo lo necesario para que así fuese. Si no fuese por la decisión de Dios nuestro hacedor y formador, nosotros no existiríamos, ni fuésemos, ni viviésemos. Dios asumió el desafío de crearnos y traernos a la existencia en este mundo presente.

Luego de Dios, y por la voluntad y la disposición de nuestro hacedor, nuestra existencia dependió de las decisiones de todos nuestros antepasados, siendo los más cercanos e íntimos, nuestros padres. Fueron las decisiones que tomaron nuestro padre y nuestra madre las que determinaron nuestra existencia y nuestro ser.

Existir es mejor que no existir.

Ser es mejor que no ser.

Y vivir es mejor que no vivir.

En mi peregrinaje por este mundo solamente he encontrado hasta hoy a un joven que cuestionaba su existencia, su ser, su vida. Él estaba incómodo e insatisfecho por existir y ser. Él, aunque vivía, esta inconforme, en última instancia, con quienes determinaron que estuviese vivo.

Escucharle para tratar de comprenderle fue un desafío grande para mí.

Ese muchacho no estaba conforme por no haber tenido la opción de no existir ni ser. Él creía firmemente que tenía que haber sido consultado respecto a si quería tener vida. Estaba frustrado por no haber tenido parte en la decisión previa a su existencia y a su ser. (¿Qué será de este joven?).

Fue curioso hablar con él. Pero ni él ni nadie que existe y es tuvo parte en su existencia y su ser.

Yo estoy contexto de existir y ser. Estoy contento con el hecho de que Dios me haya formado y hecho. También estoy contento con las decisiones que tomaron mis padres y mis antepasados para que existiese y fuese.

Hoy (20 de junio) es el día que Dios me trajo al mundo.

Hoy es el día que mi madre me alumbró.

Hoy es el día en que se le anunció a mi padre que tenía otro hijo varón.

(Mi padre también nació 20 de junio, por cierto. Pero él ya no está aquí, Dios se lo llevó a su presencia. Mi padre conocía y seguía a Jesucristo, el camino, la verdad y la vida).

La existencia, el ser y la vida son dones preciosos. ¡Gracias doy a Dios y a mis padres por darme existencia, ser y vida! ¡Estoy feliz de que ellos determinaron que yo existiese, fuese y viviese!

Examino mi historia en esta tierra y veo la bondad y la misericordia de Dios.

Analizo mi vivir y veo la buena voluntad de mis padres y hermanos.

¡Es bueno existir, ser y vivir … aun cuando nosotros no hayamos tenido parte en la determinación que decidió que estemos aquí!

Aunque no hemos decidido nuestra existencia ni nuestro ser, el cómo es que vivimos ya que existimos y estamos aquí sí que es nuestra responsabilidad. Asumámosla con determinación y diligencia.

Asumamos nuestra existencia y nuestro ser y vivámoslas para Dios y para hacer lo bueno. Vivamos con gratitud y alegría. Disfrutemos o suframos cada momento con gozo mientras podemos.

Aprovechemos nuestro existir y nuestro ser para buscar a Dios nuestro hacedor por medio de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Dios nos dio la existencia, el ser y el vivir, y quiere que nos acerquemos a él por medio de Jesucristo Su Hijo Unigénito. Jesucristo vino a salvarnos y murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos para que nosotros podamos experimentar y ver la gloria de Dios.

¡Busquemos a Dios en Cristo Jesús para que podamos existir y ser y vivir junto a él por toda la eternidad!

Dios nos dado sus mandamientos en la Biblia, Su Palabra, para que los aprendamos y los sigamos. Dios también está presto a hacernos entender sus mandamientos. Los mandamientos de Dios nos dirigen hasta Jesús, quien es el camino que nos lleva a Dios.

¡Aprovechemos nuestra vida en este mundo para obtener el perdón de pecados y la vida eterna por medio de Jesucristo para vivir con Dios en el mundo nuevo que él trae para todos nosotros que creemos en Jesucristo y le seguimos!

Amén y amén.

“Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.”

(Apocalipsis 21:3-4).

¡La fe salvadora y el conocimiento son interdependientes entre sí!

El saber y la fe bíblica son interdependientes entre sí. La fe bíblica es la única fe que salva verdaderamente y requiere conocimiento. Solamente esta fe, que surge y se basa en el saber, satisface, agrada y honra a Dios.

La Biblia es clarísima respecto al hecho de que todo aquel que cree en Jesucristo deja la perdición y tiene ya vida eterna. El perdón de pecados y la libertad de toda condenación está al alcance de todo pecador por la fe en Jesucristo.

La justificación ante Dios, es decir, el ser declarado justo, el ya no ser culpable de ningún pecado, el ser inimputable ante Dios, es una realidad y un hecho ciertísimo por la fe en Jesucristo para todo pecador que cree en él y le sigue. Está escrito: “Justificados, pues, por la fe, tenemos para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.” (Romanos 5:1-2).

La fe bíblica es crucial para nuestra vida en esta tierra y también para nuestra vida en la eternidad. Necesitamos esta fe bíblica; nos es indispensable poseerla. Debemos tener la certeza de que nuestra fe es fe bíblica.

La fe bíblica está fundada en el saber, en el conocimiento, no en la ignorancia ni en la superstición. La ignorancia, la desinformación y la superstición son incompatibles con la fe bíblica. La fe bíblica no es posible sin el conocimiento y sin el saber de la palabra de Dios. En la iglesia de Jesucristo, el conocimiento de la Biblia, las Sagradas escrituras, es imprescindible.

Es el conocimiento que viene de oír la palabra de Dios el que origina la fe bíblica. El apóstol Pablo argumentó y demostró ese hecho cuando escribió que la salvación en Cristo Jesús estaba al alcance de todo aquel que invocaba su nombre (Romanos 10:1-13). Su argumentación por medio de preguntas es elocuente y es muy fácil entender. El conocimiento que resulta de escuchar la palabra de Dios es vital para que la fe que salva se origine y nazca en todo aquel que cree y sigue en Jesús. (Romanos 10:14-17).

El hijo de Dios, que llega a serlo por recibir y creer en Jesús (Juan 1:12-13), necesita crecer en la fe bíblica. Esa fe que le hizo salvo le es indispensable para vivir agradando y glorificando a Dios en su vida diaria. Es su deber acrecentarla y afirmarla. Se le exhorta, por tanto, a desear “como niños recién nacidos” la palabra de Dios (1 Pedro 2:2). Dios quiere hijos adultos, que saben y entienden su voluntad, que están entrenados, y que son aptos y capaces de hacer el bien en cualquier circunstancia que les toca vivir (2 Timoteo 3:16-17).

La fe bíblica y el conocimiento de la palabra de Dios se nutren y se engrandecen entre sí. Dios quiere que los discípulos de Su Hijo sean libres, verdaderamente libres, es por eso que se les demanda que conozcan y permanezcan en la palabra de Cristo (Juan 8:31-32). La permanencia de los discípulos y el saber de la palabra de Dios son interdependientes. Dios lo sabe y es por eso que él quiere que sus hijos sean siempre gente que sabe y que conoce bien su voluntad, la cual está escrita en la Biblia, la palabra de Dios.

El conocimiento es vital en la firmeza de nuestra fe. El saber nos es crucial para la fe que agrada a Dios y lo glorifica. Dios quiere estemos muy bien informados en la verdad que viene únicamente de él. Asegurémonos de que nuestra fe esté fundada en el saber y el conocimiento de la palabra de Dios.

El conocimiento de lo que Dios ha preparado para nosotros sus hijos está a nuestro alcance. Nadie, excepto los seguidores de Cristo pueden entender las cosas que Dios ha revelado en la Biblia. Dios envió al Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, para que nosotros sepamos y conozcamos lo que él tiene para nosotros. Nosotros somos los portavoces de Dios en este mundo. Dios quiere que el mundo conozca su salvación en Cristo por medio de nosotros y nosotros necesitamos conocer y hablar de esa salvación con la ayuda del Espíritu Santo. Está escrito: “Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.” (1 Corintios 2:12-13).

El saber y la fe bíblica van de la mano. La fe bíblica y el conocimiento son íntimos amigos. La fe de los discípulos se origina, crece y se afirma en el conocimiento de la verdad de Dios revelada en la Biblia.

Es justamente porque la fe bíblica se origina y engrandece con el conocimiento que se dice de ella, “que hace entender” y “que es convicción” y “certeza” (Hebreos 11:1-3). Honremos esta fe, teniéndola y mostrándola cada vez más firme y grande, hermanos.

Dios quiere que nuestra fe se acreciente por el saber de su voluntad, hermanos. ¡Conozcámosla, leyendo y oyendo la palabra de Dios que está en la Biblia!

El tamaño y la firmeza de nuestra fe están íntimamente relacionada con cuánto sabemos lo que Dios nos dice en la Biblia. ¡Estudiemos y aprendamos la Biblia tanto como podamos, hermanos!

¡Qué Dios nos ayude con Su Espíritu a aumentar y a acrecentar nuestra fe por medio de aumentar y acrecentar nuestro conocimiento de la Biblia día tras día! Amén.

Pablo y su modo de enseñar a los creyentes – Hechos 20.20, 27

Hechos 20:24, 27 testifica de la filosofía de enseñanza de Pablo, siervo y apóstol de Jesucristo. El modo de enseñar de Pablo tiene que “revivir” y volver a ser usado al discipular a los hijos de Dios.

Pablo tenía urgencia por predicar el evangelio y enseñar la verdad de Dios. Su pasión le hacía testificar de Jesús a todos cuantos podía en todo lugar al que llegaba. Él estaba siempre en movimiento. Siempre estaba yendo más allá. Su meta lo obligaba a vivir así: Pablo anhelaba que Jesucristo y su salvación fuesen conocidos por cada criatura en todos los pueblos y ciudades de su tiempo. 

Después de Jesucristo, Pablo es el protagonista bíblico más crucial en el Nuevo Testamento.

La vida de Pablo y todo su trabajo en la extensión del evangelio de Cristo son un desafío grande. 

Su declaración en Hechos 20:24, 27 sobre cómo enseñó es un reto tremendo: “… y como nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas … porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios.” (Hechos 20:24, 27). Pablo resume su trabajo de enseñanza de la palabra de Dios en esas palabras.

Él enseñó a los discípulos de Cristo todo lo que les fuese “útil” y “todo el consejo de Dios”. ¿Cómo lo hizo? Sus palabras sugieren su cómo. Él enseñó el “todo” usando cómo bosquejo rector “lo útil”. Pablo tuvo la habilidad, que era propia de los maestros de aquellos días, de enseñar por medio de resumir “el todo” de la escritura a través de lo que le era “útil” a los discípulos en su propia circunstancia particular.

La voluntad de Dios, lo que él quiere que nosotros hagamos no es tan complicada. Dios es claro y sencillo en sus peticiones a nosotros los seres humanos. Sus peticiones son fáciles de conocer y entender (Génesis 2:16-17; Génesis 6:9-22; Génesis 12:1-4; Deuteronomio 10:12-13; Juan 6:39-40). El conocimiento bíblico no es ya un misterio y ahora menos.

Pablo entendía que tenía que enseñar y enseñar y lo hizo. Él resumía su enseñanza. El corazón de su enseñanza siempre fue la salvación eterna de Dios a los pecadores por medio de Jesucristo, Su Hijo Unigénito. Sus discursos resumían esa salvación y son muy sencillos de entender. Él exponía la escritura centralizando a toda ella en Cristo Jesús como Señor y Salvador (Hechos 9:20-22; 13:13-52; 14:14-18; 16:29-34; 17:1-4, 22-34; 19:1-7; 20:17-38; 21:37-22:22; 24:10-27; 26:1-32; 28:17-31). 

Pablo conocía sus limitaciones al enseñar. Él quería que todos los que creen y siguen a Jesucristo supiesen “todo el consejo de Dios” y todo lo que les fuese “útil” para vivir sirviendo y agradando a Dios. Él veía la urgencia de su labor y de la misión encomendada y lo limitado de su tiempo. Él no podía estar ni todo el tiempo ni mucho tiempo en todo lugar.

Pablo, en consecuencia, resumía lo que Dios reveló en el Antiguo Testamento. El hilo conductor de su resumen era Jesucristo y Su Salvación y es así como instruía y enseñaba. Él entrenaba diligente y rápidamente. Capacitaba a los discípulos como lo hacen los instructores militares a los reclutas que de inmediato van a la guerra. Pablo entregaba a los discípulos “todo el consejo de Dios” y lo que les era “útil” en entrenamiento intensivo y concentrado.

Pablo quería que los discípulos y las iglesias supiesen, que conociesen, que estuviesen informados. Para él, la ignorancia y el desconocimiento de la revelación de Dios no era propia de los hijos de Dios ni de la iglesia de nuestro Señor Jesucristo (Romanos 15:14; 1 Corintios 2:9-13; 1 Tesalonicenses 4:13-5:11). Él anhelaba gente entrenaba y perfeccionada y es por eso que enseñaba y predicaba “todo el consejo de Dios” y todo lo “útil” a los discípulos y a las iglesias a tiempo y fuera de tiempo (2 Timoteo 3:10-4:5).

Pablo interpela a los pastores, maestros y predicadores de hoy. ¿Conocen los discípulos y la congregación “todo el consejo de Dios” y todo lo que les es “útil” para agradar a Dios y extender la verdad de Dios? ¿Está instruida, capacitada y perfeccionada en las sagradas escrituras nuestra congregación? ¿Conocen la Biblia y pueden decir qué es lo ella dice sobre Dios y su salvación por medio de Jesucristo? ¿Pueden ellos presentar ordenadamente la obra de Dios en el pasado, en el presente y en el futuro por medio de la Biblia?

La Iglesia tiene que conocer “todo el consejo de Dios” y todo lo que es “útil” para agradar y glorificar a Dios. Todo hijo de Dios tiene que estar instruido en toda la Biblia, no solo en partes de ella. La Iglesia es columna y baluarte de la verdad y tiene que saber y conocer toda esta verdad que Dios ha revelado y que está en la Biblia

Enseñar a todos los hijos de Dios y a toda la iglesia “todo el consejo de Dios” y todo que es “útil” es un gran desafío para todos aquellos que enseñan y predican la palabra de Dios.

Pablo asumió ese desafío y encontró su método para instruir a los discípulos y a las iglesias de su tiempo. Enseñó “todo el consejo de Dios” y todo lo que es lo “útil”. Todos los que entrenó fueron bien capacitados por él.

Enseñar toda la Biblia por medio de lo que es útil y vital en ella es el reto de hoy. Instruir y capacitar a nuestros hermanos en Cristo en el todo de la fe es una necesidad que hay que suplir. ¡Qué Dios nueva y de sabiduría a quienes enseñan y predican la palabra de Dios para que enseñen y encaminen a la iglesia y a cada hijo de Dios en el conocimiento de todo el consejo de Dios que está en la Biblia!

¡La ansiedad “deshace” y “desalienta” el alma, pero hay remedio contra ella!

La ansiedad es un estado de agitación, inquietud y zozobra del ánimo. En esta condición,  los ansiosos se llenan de angustia, de incertidumbre, de desasosiego, de intranquilidad, de congoja.

El ansioso no vive en paz. El ansioso siempre está turbado. El ansioso permanentemente está agitado e intranquilo. Está intranquilo y abrumado por lo que necesita para vivir cada día. Está nervioso e inquieto por sus relaciones personales. Está sin paz porque no sabe si podrá mantener lo que tiene o recuperar a quienes estaban a su lado y se le han ido.

El ansioso no disfruta la vida. El ansioso siempre está cansado, cargado y lleno de pavor. El escritor del salmo 119 expone esa su ansiosa zozobra y su efecto en su ser más profundo con esta declaración: “se deshace mi alma de ansiedad”.

El alma del salmista, su ser interior, la parte vital de él, que es donde tiene su fuerza, su energía, su ánimo y su motivación para vivir, trabajar, amar, sufrir y gozar en esta tierra, estaba “deshaciéndose”, “descomponiéndose”, “desbaratándose” y “desarticulándose”. La condición de su alma, que es sede de sus pensamientos, emociones y voluntad, estaba mal, realmente mal, muy mal.

Son muchos los hombres y mujeres que pasan por momentos así en su peregrinaje en esta tierra. Estoy pensando en mí y en muchos otros que conozco mientras escribo. La vida es buena y bella, pero complicada y difícil. El mundo es hermoso y lleno de bien, pero también tiene fealdad y maldad. Los seres humanos que nos rodean, tanto los cercanos como los más lejanos, tienen virtudes y bondad, pero también pecado y maldad.

Al vivir tendremos problemas, frustración, decepción, sufrimiento, etc. “El alma que se deshace de ansiedad” no contribuye a enfrentar la vida tal como es. Necesitamos encontrar la cura contra la ansiedad porque la vida sin decepción, ni frustración, ni dolor, ni angustia no existe en esta dimensión.

El remedio contra la ansiedad y su efecto debilitador y “desintegrador” de nuestra alma sí existe. Sí hay cura y medicina para que nuestra alma no se “deshaga” por la ansiedad. La cura está en Dios y en Su Palabra, que es la Biblia.

En el mismo texto en el que el salmista expresó la condición de su alma por la ansiedad, él presentó el remedio y la cura para su situación. Él dijo: “Se deshace mi alma de ansiedad; susténtame según tu palabra.”

El remedio contra la ansiedad y el quebrantamiento del alma está en Dios. Tenemos que hablar con Dios cuando estamos así. Digámosle a Dios nuestra situación. Contémosle lo que nos pasa. Narrémosle con confianza lo que nos pasó, nos pasa y suponemos que nos pasará. Pongamos delante de él lo que nos ahoga, inquieta y desalienta. Hablar con él nos curará, fortalecerá y animará.

El remedio y la cura para restaurar y mantener saludable y fuerte nuestra alma también está en la palabra de Dios. Leamos su palabra. Creamos todo lo que está escrito. Alimentémonos de las palabras de Dios que están en la Biblia porque ellas son “… espíritu y son vida.” (Juan 6:63). Esperemos y fortalezcámonos en las promesas de Dios que están en la Biblia porque ellas “… son fieles y verdaderas.” (Apocalipsis 22:6).

La ansiedad está allí, “en” nuestro entorno. La ansiedad “quiere” deshacer nuestra alma. No nos dejemos “capturar” por ella. Pongámosle freno y vacunémonos contra ella hablando con Dios en oración y sustentándonos con su palabra bendita.

Jesús, nuestro Señor y Salvador, dijo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33). Jesús nunca ofreció que la fe en él nos “garantizaba” una vida sin aflicción. No, él nunca nos ofreció nada de dificultades. Al contrario, él nos anticipó las aflicciones al vivir en esta tierra. Sin embargo, juntamente con esa anticipación, él nos dijo que la paz y el sosiego para vivir animados y victoriosos en este mundo difícil se encuentra en vivir en él.

¡Qué Dios nos sustente con nuestra fe en Jesús y en su palabra para vivir íntegros, fuertes, gozosos y optimistas aun cuando el afán y en la ansiedad asedien nuestra alma para deshacerla!

¡Vivamos en Jesús, creamos y confiemos en Dios, hablémosle de lo que nos acontece y recibamos su sustento a través de su palabra que está en la Biblia!

Amén.