¡Gracias, muchas gracias!

La palabra “gracias” es única. La humanidad la usa para “expresar gratitud por algo a una persona.” La palabra es una interjección.

En su sentido profundo, la palabra “gracias” está en la boca de quienes cuentan los beneficios que tienen mientras viven.

La palabra gracias procede del corazón que mira a Dios e interpreta su vida y todo alrededor de ella como resultado de la buena voluntad de Dios.

Toda la humanidad debe dar gracias a Dios todo el tiempo y en todo momento. No es así, tristemente, pero nuestras bocas tendrían que decirle a Dios gracias cada día.

Motivos de gratitud:

Existencia.

Personalidad.

Familia.

Comida.

Vestido.

Vivienda.

Trabajo.

Descanso.

Salud.

Dificultades.

Males.

El agradecido ve bondad en todo suceso, bueno o malo.

Las personas más agradecidas deben ser los cristianos. ¿Por qué? Porque conocen a Dios y a Jesucristo a quién él ha enviado.

Motivos de gratitud:

Son hijos de Dios.

Están perdonados.

Sus pecados y culpas han sido quitados.

No tienen condenación.

Tienen vida eterna.

El Espíritu Santo mora en ellos.

Son instrumento de Dios en esta tierra.

Han vencido al diablo y la muerte no tiene potestad definitiva sobre ellos.

Tienen moradas en la casa de Dios y vivirán con él eternamente.

Sus vidas están en manos de Dios siempre.

Dios nos quiere agradecidos. Todos los seres humanos debemos dar gracias a Dios siempre, pero mucho más los cristianos.

La voluntad de Dios en Cristo Jesús es que le demos “gracias en todo”. “Todo” es lo bueno y también lo malo. En todo suceso hay bondad y los cristianos lo sabemos.

¡Dios ayúdame a serte agradecido y a tener siempre la palabra gracias en mi boca!

¡Gracias por oírme y por estar siempre a mi lado!

Amén.

El Peligro de la Queja Contenida: Cuando la Provisión de Dios Empieza a Fastidiarnos.

Una reflexión basada en Números 11:6

El maná es el pan del cielo que Dios dio a Israel diariamente por cuarenta años mientras anduvieron por el desierto que hay entre Egipto y Palestina. ¡El maná era el alimento diario de Dios a Israel! Con maná se alimentaron las familias de seiscientos tres mil quinientos cincuenta israelitas. Ellos no lo sembraban: lo recogían, lo preparaban y lo comían.

Israel lo recibió con algarabía… al principio. Pero, después, con el paso de los días, semanas y meses, el maná les “fastidió”, les “incomodó”, les “disgustó” y les “molestó”. Empezaron a tener “asco” y “hastío” de la comida que Dios amorosa, fiel y puntualmente les proveía.

El fastidio fue real. Absolutamente. El testigo bíblico no esconde el hastío ni la queja del pueblo de Israel. Todas las tribus se refirieron al bendito, diario y fiel alimento de forma despectiva:

“… pues nada sino este maná ven nuestros ojos”.

Sus palabras expresan su menosprecio en forma contundente. La forma y el tono en que se expresaron muestra que su hartazgo estaba contenido, embalsado en sus corazones desde hacía ya un buen tiempo. ¡Pero Israel no menospreció al maná nada más! El pueblo menospreció realmente, y en instancia final, a Dios, que era quien fiel y bondadosamente se los entregaba cada día.

El Espejo en el Desierto: ¿Somos como Israel?

¿Nos fastidiamos nosotros de nuestro “maná” diario? ¿Tenemos enfado, molestia y enojo contenido como consecuencia de que la provisión divina que un día alegró nuestra alma ya nos dejó de gustar? ¿Estamos menospreciando lo que Dios nos ha dado para acompañarnos y sostenernos durante nuestro peregrinaje en esta tierra? ¿Estamos menospreciando, en primera y última instancia, a nuestro bondadoso y amoroso Dios proveedor?

El maná representa al alimento que Dios nos da cada día. Por extensión, abarca todo don que Dios nos ha provisto y nos proveerá para nuestra vida en esta tierra. El maná expresa, en este sentido, que Dios está con nosotros y que vela por todas y cada una de nuestras necesidades vitales mientras andamos en este mundo.

Confrontemos honestamente nuestro corazón:

  • ¿Comemos siempre con alegría y gratitud lo que Dios nos da, o lo recibimos con desdén porque ya nos parece monótono?

  • ¿Estamos contentos con la familia que nos rodea, o vivimos murmurando en secreto por sus defectos?

  • ¿Nos deleita la vivienda que hoy nos cobija, o nos amarga el deseo codicioso de una mejor?

  • ¿Y qué de Jesucristo y la vida nueva que nos ha dado? ¿Valoramos realmente estar en Cristo, o nos hemos acostumbrado tanto a la gracia que la salvación ya no nos asombra?

La Trampa de la Nostalgia Distorsionada

El descontento contenido por el “maná” provisto por Dios distorsiona nuestra visión y nos da nostalgia por nuestro pasado en el mundo, como si haber salido de allí fuese un error. Los israelitas son un vivo ejemplo de eso.

Su queja por el maná de Dios estuvo precedida por una evocación positiva de su “dieta” mientras eran esclavos en Egipto (Números 11:4-5). Ellos, que estaban llamados a ser luz a las naciones, se expresaron nostálgicamente en la misma forma que el vulgo extranjero que se mezcló con ellos al salir de Egipto. Idealizaron la esclavitud porque sus ojos se apartaron del Proveedor.

Un Corazón Escudriñado

El contexto y la expresión de Números 11:6 están en mi mente hace ya varios meses. Dios está escudriñando mi alma. Dios me ha escudriñado hoy. Su Espíritu Santo redarguyó mi corazón.

La Escritura, que es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos, ha penetrado en mi alma y ha partido mi corazón, quitándome toda excusa por mi falta de contentamiento y de gratitud por todo lo que Dios me ha provisto.

No quiero ser como Israel. No quiero pensar, sentir, comer y hablar como pensaron, sintieron, comieron y hablaron los hijos de Israel que salieron de Egipto y que fueron guardados, provistos y defendidos directa y personalmente por el único verdadero Dios, Jehová de los ejércitos.

Nuestra Mayor Certeza: El Verdadero Pan del Cielo

El maná de Dios “no seca el alma”; la fortalece, la nutre y la llena. Todo don divino es para nuestro bien. Los cristianos no tenemos ninguna razón veraz ni justa para imitar a los hijos de Israel que murmuraron. Nosotros tenemos mayor conocimiento y mayores evidencias de que Dios está y es por nosotros.

Dios no solamente nos provee y nos da de comer el pan físico de cada día; Él también nos ha dado el verdadero Pan del Cielo, que es Jesús Su Hijo, quien alimenta nuestra alma y nos da la comida que a vida eterna permanece.

Jesucristo es la evidencia concreta, presente y eterna de que Dios nos ama y que siempre nos da lo que es mejor para nosotros. Dios envió a Jesucristo para darnos vida abundante y rebosante. Para nosotros, en consecuencia, no existe (y no tiene que existir) ninguna provisión de Dios que nos “fastidie”, “moleste” o “hastíe”.

Nuestras vidas no tienen que parecerse en ningún momento y por ninguna razón a las de los israelitas en el desierto del Sinaí. Nosotros tenemos que vivir contentos y siempre contentos —aun en la adversidad, sin que eso signifique que no nos aflijamos realmente por las dificultades—. Estamos llamados a vivir en Jesús, por Jesús y por Su Espíritu Santo en satisfacción plena en todo tiempo.

¡Dios, ayúdanos a gozarnos y a disfrutar la comida que nos das cada día! ¡Dios, ayúdanos a gozarnos de todo don que nos das en esta vida! Amén.

El dinero y la extensión del evangelio.

Para muchos, dinero y fe son incompatibles. Piensan que Dios y lo relacionado con él no requiere dinero. ¿Tendrán razón?

Aclaremos: Jesucristo murió por nosotros  y resucitó para justificarnos. Salvarnos no nos cuesta; le costó a Jesús. En Jesús Dios regala salvación eterna. ¡No tenemos que comprar nada! ¡No necesitamos dinero para salvarnos! ¡Necesitamos creer en Jesucristo!

Pero no “espiritualicemos” todo.

Lo que cuesta dinero es llevarle el evangelio a las personas. Siempre costó y hoy más… ¡todo es más caro! El transporte moderno nos hace llegar a mayores distancias, a más personas y más rápido… pero a mayor precio. El dinero es esencial en la extensión del evangelio.

Jesucristo mismo “requirió” dinero para ir y llevar su mensaje. “Necesitó” dinero y lo tuvo. ¿De dónde lo obtuvo? De sus seguidores… ellos lo dieron y las mujeres de Lucas 8.1-3 lo prueban.

Sus discípulos de ese tiempo anunciaron la salvación a muchas más personas y en muchos más lugares gracias al dinero que aportaron los adeptos al Salvador.

Llevar el evangelio a toda criatura por todo el mundo requiere de dinero y Dios quiere que sus hijos lo provean.

Todos debemos extender la salvación en Cristo con nuestra voz, con oraciones… y con dinero.

Los cristianos debemos invertir en la obra misionera, que es lo que hacemos para extender la salvación a más personas.

Es vital el sostenimiento de quienes llevan el evangelio a pueblos y ciudades donde no hay discípulos.

Dios regala salvación en Cristo, pero difundir este mensaje sí cuesta dinero y los cristianos debemos proveerlo.

Somos muchos los cristianos, si todos damos, habrá suficiente dinero para extender el evangelio a muchos más.

¡Sumémonos a los cristianos que ofrendan para que Jesucristo sea anunciado-conocido por más personas en más lugares!

Amén.

¡Dios no quiere condenar… pero lo hará… si lo obligamos a que lo haga!

La voluntad agradable y perfecta de Dios es la salvación de todo pecador.

La Biblia es clarísima. Aquí dos textos bíblicos:

“… Vivo yo, dice Jehová, que no quiero muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva.” (Ezequiel 33.11).

“… Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas…” (Juan 9.55-56).

Dios prioritariamente quiere salvar. Pero Dios juzgará y castigará a todo pecador que “lo obliga” ha hacerlo.

La Biblia narra juicios que Dios “tuvo” que ejecutar:

Maldijo y echó a Adán y Eva del huerto.

Sentenció a Caín a vagar erizando todo terreno a su paso.

Destruyó con el Diluvio a los prediluvianos, excepto a Noé y familia.

Destruyó a Sodoma, Gomorra y otras tres ciudades que se corrompieron rápidamente.

Mató al Faraón y su ejército por impedir la libertad de Israel.

Determinó muerte y desarraigo de los cananeos por su corrupción y depravación.

Envió muerte, sequía, hambre, guerra, dispersión y cautiverio a Israel por su idolatría y rebeldía.

Hoy Dios juzga con enfermedad, debilidad y muerte a sus hijos cuando pecan, no se arrepienten y no viven como su familia.

Reiteró, Dios no quiere condenar a nadie, pero lo hará… si lo obligamos.

El castigo eterno en el lago de fuego a quienes desprecian a Jesucristo y su obra de salvación es real. Dios preparó ese lago para el diablo y sus ángeles, “no para nosotros.”

Dios quiere salvar a los hombres de condenación y de un horrible y eterno final “inacabable”.

Jesucristo vino, murió y resucitó para salvarnos. Necesitamos su salvación. ¡Creamos en Jesús y salvémonos… no obliguemos a Dios a condenarnos con justa justicia!

Amén.

¡Fortalezcámonos siempre en Dios!

Todo podemos perder en esta vida.

Nada, nada absolutamente es para siempre aquí en esta tierra. Solamente Dios y la vida con él sí son para siempre.

David experimentó y vivió siempre este hecho: Todo podemos perder, pero Dios siempre está a nuestro lado y en él hay fortaleza suficiente para sobrellevar cualquier situación.

David tenía esposa e hijos.

Tenía vivienda y espacio donde morar.

Tenía un ejército leal para todas sus guerras.

David disfrutaba y se gozaba en lo que tenía, pero un día lo perdió todo. Hasta pudo morir horriblemente, pues, su mismo “… pueblo hablaba de apedrearlo.”

Los hombres normales siempre vuelven a sus casas para recrearse y descansar del árduo trabajo diario. Pero en esa ocasión el retorno de David y de su ejército fue desesperadamente doloroso y horriblemente amargo. Lo que encontraron en su pueblo tristemente desolador.

Su aldea estaba quemada. Sus bienes muebles no estaban. Y los más valioso, sus familias, sus esposas y sus hijos tampoco estaban, habían sido llevados cautivos. El cuadro que era espantoso.

Nada de lo que amaban estaba allí.

Todo su ejército empezó a llorar a gritos. Lo que vieron los derrumbó. El ejército de David estaba compuesto de hombres fuertes, hábiles y valientes. Pero aún así, la idea y la experiencia de haberlo perdido todo desvaneció su vigor y su ánimo.

En su amargura, todos hombres buscaron un culpable … y lo hallaron. El culpable de que no estuvieran en su pueblo, junto a su familia era David. Y pensaron el peor destino para él, había que matarlo, había que apedrearlo.

David se dio cuenta de la crítica situación en la que estaba.

Había perdido su casa, sus bienes, su familia y también su leal ejército, que hablaba de ejecutarlo a pedradas. David sabía que la sentencia de sus hombres era firme. Él vio la furia y la muerte en sus miradas.

¿Cómo David no se derrumbó ante tan dramática y mortal situación? “… David se fortaleció en Jehová su Dios.” David encontró fuerza y ánimo en Dios y en su vida con él.  David sabía que Dios estaba allí, a su lado, a su disposición. David acudió a Dios y Dios lo fortaleció.

Dios evitó que David cayese en desesperación y en angustia extrema.

Nada es seguro en esta tierra. Todo se puede perder.

Todo se puede ir, y se va a ir. Nosotros también.

En un segundo, en un minuto, en una hora, en un día, etc.

Puede ser hoy, o mañana, o pasado.

Todo se puede perder por un breve tiempo o para siempre.

Así ha sido, así es y así será en esta tierra.

Solamente Dios y nuestra vida con él son seguras. Dios siempre es seguro en esta tierra y también en el mundo nuevo que ya pronto será realidad cuando Jesucristo venga por segunda vez.

A Dios no lo perdemos nunca. Dios siempre está a nuestro lado. Quienes creemos en Jesucristo y lo seguimos lo sabemos y lo vivimos. Dios es real y está con nosotros cada día porque Jesucristo lo trajo a nosotros, ya que él es Emanuel, “Dios con nosotros” (Mateo 1:23).

David sabía que Dios está disponible siempre.

Nosotros tenemos que saber que Dios siempre está.

Dios está a nuestro lado para darnos fuerzas, ánimo y todo lo que necesitamos para vivir cualquier circunstancia que nos toque.

Busquemos a Dios en Jesucristo. Si tenemos a Jesús, Dios está con nosotros.

Relacionémonos con Dios íntimamente. Amémosle y busquémosle.

Dios tiene fortaleza para nuestra vida.

Dios es nuestra fortaleza.

Amén.

¡Lo qué Dios más anhela intensamente!

¿Qué es lo que Dios más quiere? ¿Qué desea y anhela más? ¿Qué es lo céntrico en sus acciones? ¿Podemos saberlo?

Sí, sí podemos saberlo. Dios es transparente y comunicativo. Él ha revelado su deseo más profundo en La Biblia, Su Palabra.

La Biblia muestra que Dios quiere, anhela y desea intensamente la salvación de los seres humanos.

Por eso envío a Jesucristo. Por eso Dios Hijo se humanó y habitó entre los hombres. Por eso Jesucristo murió en la cruz por los pecadores. Es por eso que Jesucristo resucitó de los muertos.

Dios envío a Su Hijo para salvar, no para condenar. Todo acto de Dios busca la salvación del hombre.

Es por eso que Dios Espíritu Santo está obrando hoy en la tierra. Es por eso que Jesús mandó a sus discípulos y a su iglesia a predicar el evangelio.

Es porque Dios quiere salvar a los seres humanos que él tiene paciencia y no derrama aún juicio definitivo sobre su creación.

Si hay seres humanos que se pierden y van a condenación eterna por sus pecados, no es culpa de Dios. Nadie puede levantar su voz para reclamar a Dios su perdición. No, no, no; quien se pierde y va a condenación, lo hace por sí mismo.

El párrafo que encabeza este texto es elocuente: Dios quiere salvar al pecador. Dios ama a los pecadores y sacrificó a Jesucristo para salvarlos.

Jesucristo y su obra redentora son evidencia indubitable de que Dios anhela intensamente la salvación de todo pecador.

La salvación en Jesucristo está disponible. Todo pecador puede alcanzarla. Lo único que hay que hacer es creer y seguir a Jesucristo.

¡Dios, ayúdanos a creer y a seguir a Jesús cada día!

Amén.

¡Sepamos, sinteticemos y hablemos el evangelio!

Evangelio significa “buena noticia”, “buena nueva”. Para los cristianos, el evangelio anuncia los hechos redentores de Dios por medio de Jesucristo.

El cristiano debe conocer el evangelio de Cristo, no sólo porque le ha dado salvación por creer en Jesucristo, sino porque se le ha mandado a predicar el evangelio a toda criatura.

Un resumen básico del evangelio tiene este bosquejo: Dios, el hombre, Jesucristo y la apelación a creer.

Ejemplo:

Dios, el Único que existe, el de la Biblia; es misericordioso, ama al hombre y se interesa por él, aunque el hombre es pecador y no le obedece, no lo glorifica, … ni le da gracias.

El hombre está perdido y bajo condenación por sus pecados. Pero Dios no quiere condenarlo, sino salvarlo. Por eso ha enviado como Salvador a Jesucristo.

Jesucristo vino a salvar a pecadores. Fue crucificado para quitar nuestros pecados. Resucitó al tercer día, está vivo y sus discípulos lo certifican. Jesús vivo y resucitado, por su muerte y resurrección, ofrece salvación y vida eterna al que cree en él y le sigue.

Dios llama hoy a los hombres a creer y a seguir a Jesucristo para ser perdonados. Si usted cree en Jesús y le sigue mientras está en esta tierra, es salvo, tiene vida eterna. Pero si usted no cree ni sigue a Jesús está condenado. La Escritura, la Biblia, así lo dice.

Jesús es su única opción. Crea en él y sígalo.”

Este resumen debe estar en la mente y boca de todo hijo de Dios para anunciarlo a toda persona porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.

¡Qué el Espíritu Santo nos motive a hablar el evangelio a las personas cada día! Amén.

¡Hoy el sacrificio a Dios somos nosotros mismos!

El sacrificio “era la ofrenda que los hombres ofrecían a los dioses por adoración,  penitencia, satisfacción o alcanzar su favor.” Se ofrecían en altares, en donde se los quemaba totalmente, para que subiesen hasta sus “dioses”.

A Jehová, el Único Dios Vivo y Verdadero (los demás son falsos) también se le ofrecía sacrificios. La Biblia narra cómo se entregó sacrificios a él.

Caín y Abel presentaron sacrificios. Noé y su familia también. Abraham, Isaac y Jacob, adoraban a Dios con sacrificios. La nación de  Israel también ofreció sacrificios.

Dios, empero, no recibió todo sacrificio… porque vio maldad en el “sacrificante”. Los profetas reprendieron a Israel porque “sacrificaban” de labios, pero con corazones alejados de Dios.

Hasta que llegó Jesucristo, quien se ofreció como sacrificio perfecto y agradable a Dios para salvar a los hombres de sus pecados. Jesús tomó forma humana para ser ese único y definitivo sacrificio a Dios. Él, entonces, quitó el sistema de sacrificios y estableció la obediencia como la forma de agradar y glorificar a Dios. (Efesios 5.2 y Hebreos 10.1-10).

Hoy Dios quiere a nosotros mismos (en sentido figurado) como “sacrificios” a él; quiere todo de nosotros; nos quiere totalmente entregados. Todo nosotros debe estar a su servicio.

Pablo entendió que Dios nos quiere como “sacrificios”, no muertos, sino “vivos, santos, agradables.” Darnos a Dios cada día voluntariamente como “sacrificio vivo, santo, agradable” en todo lo que hacemos es nuestro “culto racional”.

Trabajar, estudiar, vender, comprar, pasear, viajar, jugar, etc., testificando la salvación en Cristo, tiene que ser nuestra adoración… nuestro “sacrificio” a Dios. ¡Qué Dios nos ayude a serle sacrificio vivo, santo, agradable y agradecido a Él por Jesucristo al vivir en esta tierra! Amén.

Los cielos y la tierra y su mensaje a la humanidad – Génesis 2.4

No nos calumnien. No mientan sobre nosotros. No se ilusionen con nosotros. No estamos a la deriva ni abandonados. No busquen lo que tenemos en uno u otro lugar, pero no en toda nuestra amplitud. No anticipen nuestra destrucción por ustedes. No auguren nuestra desaparición y la nada. No nos presenten ni nos vivan como no somos…

No existimos desde siempre; no somos eternos; tuvimos nuestro principio. Tenemos nuestro creador: Es Jehová, solamente Él es nuestro hacedor. Él mismo en la Biblia narra cómo nos creó.

Jehová habló y existimos. Su voz y sus manos nos formaron. Su sabiduría e inteligencia nos diseñó. Dios determinó nuestras medidas. Dios colocó a cada cosa en su lugar. El sol, luna y estrellas, en el firmamento lejano “cercano”. La vegetación, en tierra seca. Los seres marinos, en las aguas. Las aves, en los cielos. Los animales y bestias terrestres, en la tierra. Y los hombres y mujeres, por todos lados, “señoreando” todo, como mayordomos-administradores.

Procedemos de Dios, pero no somos él, ni tampoco su continuidad; somos distintos, y aparte de él. Existimos y somos sostenidos por él. Dios determinó nuestro inicio y también nuestro final.

Nuestro final no será definitivo. ¡Dios nos recreará! ¡Seremos nuevos y en nosotros morarán la justicia y los seguidores de Jesucristo!

En una semana fuimos hechos. Existimos ya poco más de seis mil años. Todavía no somos hechos nuevos porque Dios es paciente con los hombres y no quiere su condenación, sino su salvación. Pero nuestra recreación está cercana y la anhelamos.

¡Crean en Jehová nuestro creador y en Jesucristo, nuestro Redentor y Recreador, solamente así vivirán eternamente en nosotros!

La luna y la luz del sol en ella, y la luz de Jesús y los cristianos.

La luna, sin luz propia, que alumbra la noche con la luz del sol reflejada en ella; trajo a mi mente una lección y la comparto para edificación.

Cuando no hay nubes que cubren la luna; la luz del sol en ella, resplandece, alumbra e ilumina hasta a la noche más negra. Ocurre lo mismo con la luz de Jesús que reflejan e irradian a este mundo oscuro los hijos de Dios, cuando no hay en ellos algo que cubre e impide que dicha luz sea visible.

Sin embargo, como ocurre con la luz del sol en la luna, que no siempre se ve, por las nubes que muchas veces la cubren; la luz de Cristo, que está en sus seguidores, también no siempre se ve; ya por la incredulidad, desobediencia, mundanalidad, pecado, etc., que interfieren e impiden que su resplandor, iluminación y claridad se visibilice y se refleje en sus hijos, y alumbren así en la oscuridad espiritual del mundo.

Tomemos nota de esta lección espiritual de la palabra de Dios ilustrada por la luna. En su caso, la luna no puede evitar que las nubes se pongan entre el sol y ella, pero nosotros sí podemos evitar las interferencias que impiden que la luz de Cristo resplandezca.

No toca hacer el bien siempre. La luz de Cristo es la luz de la vida. La tenemos, no solo para nosotros, sino también para quienes nos rodean. ¡Qué Dios nos ayude a eliminar, confesar y desechar lo que impide que los no discípulos de este mundo vean la luz de Jesús y la luz de su vida en nosotros! ¡Amén!