El Peligro de la Queja Contenida: Cuando la Provisión de Dios Empieza a Fastidiarnos.

Una reflexión basada en Números 11:6

El maná es el pan del cielo que Dios dio a Israel diariamente por cuarenta años mientras anduvieron por el desierto que hay entre Egipto y Palestina. ¡El maná era el alimento diario de Dios a Israel! Con maná se alimentaron las familias de seiscientos tres mil quinientos cincuenta israelitas. Ellos no lo sembraban: lo recogían, lo preparaban y lo comían.

Israel lo recibió con algarabía… al principio. Pero, después, con el paso de los días, semanas y meses, el maná les “fastidió”, les “incomodó”, les “disgustó” y les “molestó”. Empezaron a tener “asco” y “hastío” de la comida que Dios amorosa, fiel y puntualmente les proveía.

El fastidio fue real. Absolutamente. El testigo bíblico no esconde el hastío ni la queja del pueblo de Israel. Todas las tribus se refirieron al bendito, diario y fiel alimento de forma despectiva:

“… pues nada sino este maná ven nuestros ojos”.

Sus palabras expresan su menosprecio en forma contundente. La forma y el tono en que se expresaron muestra que su hartazgo estaba contenido, embalsado en sus corazones desde hacía ya un buen tiempo. ¡Pero Israel no menospreció al maná nada más! El pueblo menospreció realmente, y en instancia final, a Dios, que era quien fiel y bondadosamente se los entregaba cada día.

El Espejo en el Desierto: ¿Somos como Israel?

¿Nos fastidiamos nosotros de nuestro “maná” diario? ¿Tenemos enfado, molestia y enojo contenido como consecuencia de que la provisión divina que un día alegró nuestra alma ya nos dejó de gustar? ¿Estamos menospreciando lo que Dios nos ha dado para acompañarnos y sostenernos durante nuestro peregrinaje en esta tierra? ¿Estamos menospreciando, en primera y última instancia, a nuestro bondadoso y amoroso Dios proveedor?

El maná representa al alimento que Dios nos da cada día. Por extensión, abarca todo don que Dios nos ha provisto y nos proveerá para nuestra vida en esta tierra. El maná expresa, en este sentido, que Dios está con nosotros y que vela por todas y cada una de nuestras necesidades vitales mientras andamos en este mundo.

Confrontemos honestamente nuestro corazón:

  • ¿Comemos siempre con alegría y gratitud lo que Dios nos da, o lo recibimos con desdén porque ya nos parece monótono?

  • ¿Estamos contentos con la familia que nos rodea, o vivimos murmurando en secreto por sus defectos?

  • ¿Nos deleita la vivienda que hoy nos cobija, o nos amarga el deseo codicioso de una mejor?

  • ¿Y qué de Jesucristo y la vida nueva que nos ha dado? ¿Valoramos realmente estar en Cristo, o nos hemos acostumbrado tanto a la gracia que la salvación ya no nos asombra?

La Trampa de la Nostalgia Distorsionada

El descontento contenido por el “maná” provisto por Dios distorsiona nuestra visión y nos da nostalgia por nuestro pasado en el mundo, como si haber salido de allí fuese un error. Los israelitas son un vivo ejemplo de eso.

Su queja por el maná de Dios estuvo precedida por una evocación positiva de su “dieta” mientras eran esclavos en Egipto (Números 11:4-5). Ellos, que estaban llamados a ser luz a las naciones, se expresaron nostálgicamente en la misma forma que el vulgo extranjero que se mezcló con ellos al salir de Egipto. Idealizaron la esclavitud porque sus ojos se apartaron del Proveedor.

Un Corazón Escudriñado

El contexto y la expresión de Números 11:6 están en mi mente hace ya varios meses. Dios está escudriñando mi alma. Dios me ha escudriñado hoy. Su Espíritu Santo redarguyó mi corazón.

La Escritura, que es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos, ha penetrado en mi alma y ha partido mi corazón, quitándome toda excusa por mi falta de contentamiento y de gratitud por todo lo que Dios me ha provisto.

No quiero ser como Israel. No quiero pensar, sentir, comer y hablar como pensaron, sintieron, comieron y hablaron los hijos de Israel que salieron de Egipto y que fueron guardados, provistos y defendidos directa y personalmente por el único verdadero Dios, Jehová de los ejércitos.

Nuestra Mayor Certeza: El Verdadero Pan del Cielo

El maná de Dios “no seca el alma”; la fortalece, la nutre y la llena. Todo don divino es para nuestro bien. Los cristianos no tenemos ninguna razón veraz ni justa para imitar a los hijos de Israel que murmuraron. Nosotros tenemos mayor conocimiento y mayores evidencias de que Dios está y es por nosotros.

Dios no solamente nos provee y nos da de comer el pan físico de cada día; Él también nos ha dado el verdadero Pan del Cielo, que es Jesús Su Hijo, quien alimenta nuestra alma y nos da la comida que a vida eterna permanece.

Jesucristo es la evidencia concreta, presente y eterna de que Dios nos ama y que siempre nos da lo que es mejor para nosotros. Dios envió a Jesucristo para darnos vida abundante y rebosante. Para nosotros, en consecuencia, no existe (y no tiene que existir) ninguna provisión de Dios que nos “fastidie”, “moleste” o “hastíe”.

Nuestras vidas no tienen que parecerse en ningún momento y por ninguna razón a las de los israelitas en el desierto del Sinaí. Nosotros tenemos que vivir contentos y siempre contentos —aun en la adversidad, sin que eso signifique que no nos aflijamos realmente por las dificultades—. Estamos llamados a vivir en Jesús, por Jesús y por Su Espíritu Santo en satisfacción plena en todo tiempo.

¡Dios, ayúdanos a gozarnos y a disfrutar la comida que nos das cada día! ¡Dios, ayúdanos a gozarnos de todo don que nos das en esta vida! Amén.

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