Mateo 25:41 Explicado: Para quién fue preparado realmente el lago de fuego.

El lago de fuego, el fuego eterno no fue hecho para la humanidad.

Jesucristo vino a este mundo para salvar a los pecadores. Dios ama a los hombres y no quiere su condenación, sino su salvación eterna. No se puede acusar a Dios de planear y de anhelar la condenación eterna de los seres humanos. La Biblia enseña que Dios quiere la salvación de todos los hombres. (1 Timoteo 2:3-6; 2Pedro 3:9).

El que quiere la condenación de los hombres y su destrucción es Satanás, quien se constituyó por sí mismo como enemigo de Dios. El Diablo vino para matar y destruir a los hombres. Él siempre está acechando a los cristianos para devorarlos. (Juan 10:10; Efesios 6:11; 1 Pedro 5:8).

El Diablo, en consecuencia, desde que pecó contra Dios, y sabiendo ya que su destino es el lago de fuego, acechó, acecha y acechará a la humanidad para llevarla hasta ese su lugar de condena.

El Diablo no quiere irse al lago de fuego solamente con sus ángeles; él también quiere a seres humanos allí.

Jesucristo, respecto al Diablo, a sus ángeles -demonios- y al fuego eterno o lago de fuego, dijo: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.” (San Mateo 25:41). Las palabras de nuestro Señor necesitan leerse y entenderse bien, muy bien. Es crucial que así sea.

En este texto, Jesucristo reveló estas siguientes verdades respecto al plan de Dios para con la humanidad, al lago de fuego, el diablo y sus ángeles, y nosotros los seres humanos:

1) El fuego eterno, el lago de fuego, fue preparado para el Diablo y sus ángeles, no para los seres humanos. El texto es clarísimo. La condenación eterna fue diseñada teniendo a Satanás y sus demonios como sujetos claves. Ellos irán allí o sí (Apocalipsis 20:10).

2) El Diablo y sus ángeles no pueden escaparse de ese su destino de condenación. No existe redención para ellos. Dios no planeó salvación para Satanás y sus demonios, sino condenación. (Hebreos 2:16). Tanto el Diablo como sus demonios saben que su destino es irreversible. (Mateo 8:29; Judas 1:6; Apocalipsis 12:12; 20:10).

3) Los seres humanos no fueron creados para ser condenados y no tienen que ir necesariamente al lago de fuego o fuego eterno. Para los seres humanos Dios ha provisto salvación y vida eterna por medio de Jesucristo y sus obra salvadora (Juan 3:16-21; Romanos 5:6-11). El hombre no tiene la condenación determinada. Se le ofrece la salvación y el perdón de pecados si es que cree y sigue a Jesucristo. (Juan 1:11-13). Su condenación se disipa y se desvanece tan pronto cree genuinamente en el Hijo de Dios. (Juan 3:36; Mateo 25:34-40). 

4) Hay un buen número de seres humanos que irán al fuego eteno o lago de fuego. Aunque los seres humanos no fueron hechos para condenación, Dios sí arrojará al lago de fuego junto al Diablo y sus ángeles a los seres humanos que no creen ni siguen a Jesucristo y que le muestran su menosprecio tratando mal a quienes sí creen en él y le siguen (Mateo 25:41-45). Quienes vayan a condenación irán al lago de fuego por su propia determinación y elección, ya que escogieron por sí mismos despreciar e ignorar a Jesucristo y su obra de salvación a su favor (Apocalipsis 20:15; 21:8). Ellos no tendrán ninguna excusa por su terrible elección.

En español, Mateo 25:41 es contundente: La condenación de los seres humanos no es la prioridad de Dios. Él no hizo el lago de fuego para ellos, sino para el diablo y sus ángeles.

La traducción al español refleja estas ideas en conformidad con el texto griego, en cuya sintaxis no se deja margen para interpretar que el fuego eterno haya sido preparado originalmente para los seres humanos, sino solamente para Satanás y sus demonios.

Los hombres tenemos oportunidad de salvación eterna, aprovechémosla. Dios nos creo para que vivamos en comunión con él. Su plan y su determinación para con nosotros es que reinemos con él por la eternidad.

Está escrito: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mateo 25:34). Este texto es igual de claro. Dios ha preparado para nosotros los seres humanos un reino a su lado. Jesús también habló de las moradas que él está preparando para quienes creen en él y le siguen (Juan 14:1-3).

Al final de los tiempos, quienes creen en Jesús y le siguen, vivirán con Dios en su tabernáculo eterno. Está escrito: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y el morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.” (Apocalipsis 21:3). Este es plan original de Dios para con toda la humanidad, que habitemos junto a él.

No nos dejemos engañar por nuestro enemigo el Diablo. No lo sigamos en su rebelión contra Dios. Satanás nos quiere engañados para que lo acompañamos en su condenación. Sus ofertas todas son mentira y solamente mentira. No se puede confiar en él en ningún momento. (Juan 8:44; Apocalipsis 20:7-10).

No lo sigamos a él.

Resistámosle y dejémoslo.

No dejemos que logre su objetivo para con nosotros ni para nuestro prójimo.

Miremos a Jesucristo, Dios hecho Hombre. Él vino para deshacer las obras del Diablo y para sacarnos de su opresivo dominio (1 Juan 3:8; Hechos 26:18).

Miremos a Jesucristo con fe y seamos salvos del diablo y su condenación eterna.

Escapémonos del lago de fuego y de la compañía eterna del Diablo y sus demonios creyendo y siguiendo a Jesucristo.

Creer y seguir a Jesucristo en esta vida y en esta tierra es urgente. Hagámoslo hoy mismo. Amén.

 

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El Peligro de la Queja Contenida: Cuando la Provisión de Dios Empieza a Fastidiarnos.

Una reflexión basada en Números 11:6

El maná es el pan del cielo que Dios dio a Israel diariamente por cuarenta años mientras anduvieron por el desierto que hay entre Egipto y Palestina. ¡El maná era el alimento diario de Dios a Israel! Con maná se alimentaron las familias de seiscientos tres mil quinientos cincuenta israelitas. Ellos no lo sembraban: lo recogían, lo preparaban y lo comían.

Israel lo recibió con algarabía… al principio. Pero, después, con el paso de los días, semanas y meses, el maná les “fastidió”, les “incomodó”, les “disgustó” y les “molestó”. Empezaron a tener “asco” y “hastío” de la comida que Dios amorosa, fiel y puntualmente les proveía.

El fastidio fue real. Absolutamente. El testigo bíblico no esconde el hastío ni la queja del pueblo de Israel. Todas las tribus se refirieron al bendito, diario y fiel alimento de forma despectiva:

“… pues nada sino este maná ven nuestros ojos”.

Sus palabras expresan su menosprecio en forma contundente. La forma y el tono en que se expresaron muestra que su hartazgo estaba contenido, embalsado en sus corazones desde hacía ya un buen tiempo. ¡Pero Israel no menospreció al maná nada más! El pueblo menospreció realmente, y en instancia final, a Dios, que era quien fiel y bondadosamente se los entregaba cada día.

El Espejo en el Desierto: ¿Somos como Israel?

¿Nos fastidiamos nosotros de nuestro “maná” diario? ¿Tenemos enfado, molestia y enojo contenido como consecuencia de que la provisión divina que un día alegró nuestra alma ya nos dejó de gustar? ¿Estamos menospreciando lo que Dios nos ha dado para acompañarnos y sostenernos durante nuestro peregrinaje en esta tierra? ¿Estamos menospreciando, en primera y última instancia, a nuestro bondadoso y amoroso Dios proveedor?

El maná representa al alimento que Dios nos da cada día. Por extensión, abarca todo don que Dios nos ha provisto y nos proveerá para nuestra vida en esta tierra. El maná expresa, en este sentido, que Dios está con nosotros y que vela por todas y cada una de nuestras necesidades vitales mientras andamos en este mundo.

Confrontemos honestamente nuestro corazón:

  • ¿Comemos siempre con alegría y gratitud lo que Dios nos da, o lo recibimos con desdén porque ya nos parece monótono?

  • ¿Estamos contentos con la familia que nos rodea, o vivimos murmurando en secreto por sus defectos?

  • ¿Nos deleita la vivienda que hoy nos cobija, o nos amarga el deseo codicioso de una mejor?

  • ¿Y qué de Jesucristo y la vida nueva que nos ha dado? ¿Valoramos realmente estar en Cristo, o nos hemos acostumbrado tanto a la gracia que la salvación ya no nos asombra?

La Trampa de la Nostalgia Distorsionada

El descontento contenido por el “maná” provisto por Dios distorsiona nuestra visión y nos da nostalgia por nuestro pasado en el mundo, como si haber salido de allí fuese un error. Los israelitas son un vivo ejemplo de eso.

Su queja por el maná de Dios estuvo precedida por una evocación positiva de su “dieta” mientras eran esclavos en Egipto (Números 11:4-5). Ellos, que estaban llamados a ser luz a las naciones, se expresaron nostálgicamente en la misma forma que el vulgo extranjero que se mezcló con ellos al salir de Egipto. Idealizaron la esclavitud porque sus ojos se apartaron del Proveedor.

Un Corazón Escudriñado

El contexto y la expresión de Números 11:6 están en mi mente hace ya varios meses. Dios está escudriñando mi alma. Dios me ha escudriñado hoy. Su Espíritu Santo redarguyó mi corazón.

La Escritura, que es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos, ha penetrado en mi alma y ha partido mi corazón, quitándome toda excusa por mi falta de contentamiento y de gratitud por todo lo que Dios me ha provisto.

No quiero ser como Israel. No quiero pensar, sentir, comer y hablar como pensaron, sintieron, comieron y hablaron los hijos de Israel que salieron de Egipto y que fueron guardados, provistos y defendidos directa y personalmente por el único verdadero Dios, Jehová de los ejércitos.

Nuestra Mayor Certeza: El Verdadero Pan del Cielo

El maná de Dios “no seca el alma”; la fortalece, la nutre y la llena. Todo don divino es para nuestro bien. Los cristianos no tenemos ninguna razón veraz ni justa para imitar a los hijos de Israel que murmuraron. Nosotros tenemos mayor conocimiento y mayores evidencias de que Dios está y es por nosotros.

Dios no solamente nos provee y nos da de comer el pan físico de cada día; Él también nos ha dado el verdadero Pan del Cielo, que es Jesús Su Hijo, quien alimenta nuestra alma y nos da la comida que a vida eterna permanece.

Jesucristo es la evidencia concreta, presente y eterna de que Dios nos ama y que siempre nos da lo que es mejor para nosotros. Dios envió a Jesucristo para darnos vida abundante y rebosante. Para nosotros, en consecuencia, no existe (y no tiene que existir) ninguna provisión de Dios que nos “fastidie”, “moleste” o “hastíe”.

Nuestras vidas no tienen que parecerse en ningún momento y por ninguna razón a las de los israelitas en el desierto del Sinaí. Nosotros tenemos que vivir contentos y siempre contentos —aun en la adversidad, sin que eso signifique que no nos aflijamos realmente por las dificultades—. Estamos llamados a vivir en Jesús, por Jesús y por Su Espíritu Santo en satisfacción plena en todo tiempo.

¡Dios, ayúdanos a gozarnos y a disfrutar la comida que nos das cada día! ¡Dios, ayúdanos a gozarnos de todo don que nos das en esta vida! Amén.