Accidentes, alcohol y cárcel: Cuando un acto insensato mata y cambia la vida.

Estoy entrando a la prisión a enseñar, a predicar, a escuchar y a hablar con los reos. No entro solo, entro con el pastor Joel Gamboa (quien gestionó nuestro ingreso) y con otros cinco hermanos más.

¿Por qué lo hago? Esta es mi respuesta. Me siento deudor con los presos. Me identifico con ellos. Cometieron un crimen atroz, o un delito menor, o quebrantaron la ley, o incurrieron en un error, o sufrieron una injusticia -y no pudieron demostrar su inocencia-, o estuvieron en el lugar inapropiado, o anduvieron y estuvieron con personas que no debían estar, … en fin. Yo he hecho como la gran parte de ellos, aunque no he llegado a la cárcel.

No todos quienes están allí son criminales ni delincuentes en el sentido estricto de la definición, es decir, quienes viven en el mal, por el mal y para el mal. No. No es así. Algunos están allí por propia imperfección humana, que se expresa, por ejemplo, en la falta de dominio propio, lo cual es agravado, exacerbado y manifestado al abusar del licor.

Dios puso en mi camino dos reos que ilustran lo que acabo de escribir. 

Estas son sus historias:

El primer reo se me acercó y me contó que estaba en prisión preventiva por un accidente de tráfico. Iba a chocar con una combi, y para esquivarla y no chocarse, hizo una maniobra con la que atropelló con gravedad a varias transeúntes, de los cuales, murió uno. Él, como estaba bajo los efectos del alcohol, huyó del accidente por el miedo (y para evitar el dosaje etílico -un agravante-). Se presentó a la justicia después de tres días, lo cual agravó su situación. Él todavía no tiene juicio ni sentencia firme, está en la etapa de investigación preparatoria, pero ya en prisión por dos meses. 

A su choque y a su prisión preventiva se le añadió la muerte de su madre, quien antes de fallecer, le dijo a sus hijos y familiares, que ella estaba enferma por una “brujería” destinada a su hijo (él). Las palabras de su madre han calado en el corazón de su padre y de sus hermanos, y ahora todos ellos se han alejado de él y lo han dejado solo.

Él se quebró y se puso a llorar desconsoladamente al terminar su relato.

Me conmovió verlo así. No pude controlar mi emoción.

El segundo reo habló conmigo cuando ya me estaba yendo. Fue impensado, y espontáneo. Nuestro diálogo empezó porque ambos habíamos estado en el ejército y teníamos experiencias militares.

Este reo estaba sentenciado a 15 años de cárcel. También por una accidente de tránsito. Él conducía una moto, y también estaba bajo los efectos del alcohol. El dueño del carro al que chocó le pidió que le pagase por el daño hecho. Él ofreció pagar cincuenta soles.

El dueño de auto se enfureció y lo golpeó con un fierro. Él también respondió con violencia y también lo golpeó con un fierro (no sé si ese mismo fierro u otro). Sus golpes fueron letales y el dueño del auto murió de inmediato.

Su sentencia, según él, no tiene beneficios.

Luego de escucharles y de orar por ellos, procuré animarles a creer y a seguir a Jesucristo, el único que los recibe como son, y que murió y resucitó para salvarlos de sus pecados y de su condenación.

Ambos expresaron que han aprendido y que sus vidas cambiaran para bien. El primer reo confesó que está buscando a Dios para servirle y agradarle desde el mismo momento que empezó a sufrir las consecuencias de sus actos. El segundo, en cambio, testificó prudentemente que no quería hacer promesas. Dijo haber visto a varios presos prometer acercarse a Dios y no cumplir; él no quería hacer lo mismo.

Espero seguir hablando con estos presos, y también con otros presos más.

Escribo estos testimonios para que veamos que estos dos presos no “son” delincuentes propiamente dicho. Ellos no salieron de sus casas diciendo hoy voy matar a alguien sí o sí. Ellos ni siquiera imaginaban lo que iba a acontecerles.

Sin embargo, los dos reos sí podían haber evitado beber licor y embriagarse. Ambos reconocieron que el alcohol nubló sus ojos y sus mentes, y atrofió sus facultades para no actuar como les correspondía.

El licor estimuló el miedo, en el primer caso, y no le permitió maniobrar adecuadamente para evitar el choque, y lo hizo huir -evitando que socorriese a los heridos-, lo cual habría sido lo correcto en esa situación.

El licor nubló sus ojos, en el segundo caso, y acrecentó la furia del hoy reo contra el otro conductor, al que golpeó y golpeó contundentemente, hasta matarlo.

La Biblia tiene razón cuando nos exhorta a no detenernos en las bebidas alcohólicas. La embriaguez y la borrachera no tienen que ser parte de nuestras vidas. Necesitamos evitar el licor. No es bueno que los hombres y mujeres se acostumbren a ella.

Consideremos este texto:

“¿Para quién será el ay? ¿Para quién el dolor? ¿Para quién las rencillas? ¿Para quién las quejas? ¿Para quién las heridas en balde? ¿Para quién lo amoratado de los ojos?

Para los que se detienen mucho en el vino, Para los que van buscando la mistura.

No mires al vino cuando rojea, Cuando resplandece su color en la copa. Se entra suavemente;

Mas al fin como serpiente morderá, Y como áspid dará dolor.

Tus ojos mirarán cosas extrañas, Y tu corazón hablará perversidades.

Serás como el que yace en medio del mar, O como el que está en la punta de un mastelero.

Y dirás: Me hirieron, mas no me dolió; Me azotaron, mas no lo sentí; Cuando despertare, aún lo volveré a buscar.” (PROVERBIOS 23:29-35)

También este otro:

“El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora, Y cualquiera que por ellos yerra no es sabio.” (Proverbios 20:1).

Los dos reos de mi crónica están en donde están por haberse detenido en el licor, por haberse emborrachado. Son responsables de lo que ocurrió y están pagando las consecuencias de su yerro, de su craso error.

La prisión es buen sitio para que estos dos reos, y también los otros, reflexionen y se encuentren con Jesucristo y lo sigan. Ese es el mensaje que les llevamos y el que les dará verdadera libertad aun desde la misma prisión. Espero en que reciban las buenas nuevas de salvación y que sus vidas sean hechas nuevas. Amén.

El Peligro de la Queja Contenida: Cuando la Provisión de Dios Empieza a Fastidiarnos.

Una reflexión basada en Números 11:6

El maná es el pan del cielo que Dios dio a Israel diariamente por cuarenta años mientras anduvieron por el desierto que hay entre Egipto y Palestina. ¡El maná era el alimento diario de Dios a Israel! Con maná se alimentaron las familias de seiscientos tres mil quinientos cincuenta israelitas. Ellos no lo sembraban: lo recogían, lo preparaban y lo comían.

Israel lo recibió con algarabía… al principio. Pero, después, con el paso de los días, semanas y meses, el maná les “fastidió”, les “incomodó”, les “disgustó” y les “molestó”. Empezaron a tener “asco” y “hastío” de la comida que Dios amorosa, fiel y puntualmente les proveía.

El fastidio fue real. Absolutamente. El testigo bíblico no esconde el hastío ni la queja del pueblo de Israel. Todas las tribus se refirieron al bendito, diario y fiel alimento de forma despectiva:

“… pues nada sino este maná ven nuestros ojos”.

Sus palabras expresan su menosprecio en forma contundente. La forma y el tono en que se expresaron muestra que su hartazgo estaba contenido, embalsado en sus corazones desde hacía ya un buen tiempo. ¡Pero Israel no menospreció al maná nada más! El pueblo menospreció realmente, y en instancia final, a Dios, que era quien fiel y bondadosamente se los entregaba cada día.

El Espejo en el Desierto: ¿Somos como Israel?

¿Nos fastidiamos nosotros de nuestro “maná” diario? ¿Tenemos enfado, molestia y enojo contenido como consecuencia de que la provisión divina que un día alegró nuestra alma ya nos dejó de gustar? ¿Estamos menospreciando lo que Dios nos ha dado para acompañarnos y sostenernos durante nuestro peregrinaje en esta tierra? ¿Estamos menospreciando, en primera y última instancia, a nuestro bondadoso y amoroso Dios proveedor?

El maná representa al alimento que Dios nos da cada día. Por extensión, abarca todo don que Dios nos ha provisto y nos proveerá para nuestra vida en esta tierra. El maná expresa, en este sentido, que Dios está con nosotros y que vela por todas y cada una de nuestras necesidades vitales mientras andamos en este mundo.

Confrontemos honestamente nuestro corazón:

  • ¿Comemos siempre con alegría y gratitud lo que Dios nos da, o lo recibimos con desdén porque ya nos parece monótono?

  • ¿Estamos contentos con la familia que nos rodea, o vivimos murmurando en secreto por sus defectos?

  • ¿Nos deleita la vivienda que hoy nos cobija, o nos amarga el deseo codicioso de una mejor?

  • ¿Y qué de Jesucristo y la vida nueva que nos ha dado? ¿Valoramos realmente estar en Cristo, o nos hemos acostumbrado tanto a la gracia que la salvación ya no nos asombra?

La Trampa de la Nostalgia Distorsionada

El descontento contenido por el “maná” provisto por Dios distorsiona nuestra visión y nos da nostalgia por nuestro pasado en el mundo, como si haber salido de allí fuese un error. Los israelitas son un vivo ejemplo de eso.

Su queja por el maná de Dios estuvo precedida por una evocación positiva de su “dieta” mientras eran esclavos en Egipto (Números 11:4-5). Ellos, que estaban llamados a ser luz a las naciones, se expresaron nostálgicamente en la misma forma que el vulgo extranjero que se mezcló con ellos al salir de Egipto. Idealizaron la esclavitud porque sus ojos se apartaron del Proveedor.

Un Corazón Escudriñado

El contexto y la expresión de Números 11:6 están en mi mente hace ya varios meses. Dios está escudriñando mi alma. Dios me ha escudriñado hoy. Su Espíritu Santo redarguyó mi corazón.

La Escritura, que es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos, ha penetrado en mi alma y ha partido mi corazón, quitándome toda excusa por mi falta de contentamiento y de gratitud por todo lo que Dios me ha provisto.

No quiero ser como Israel. No quiero pensar, sentir, comer y hablar como pensaron, sintieron, comieron y hablaron los hijos de Israel que salieron de Egipto y que fueron guardados, provistos y defendidos directa y personalmente por el único verdadero Dios, Jehová de los ejércitos.

Nuestra Mayor Certeza: El Verdadero Pan del Cielo

El maná de Dios “no seca el alma”; la fortalece, la nutre y la llena. Todo don divino es para nuestro bien. Los cristianos no tenemos ninguna razón veraz ni justa para imitar a los hijos de Israel que murmuraron. Nosotros tenemos mayor conocimiento y mayores evidencias de que Dios está y es por nosotros.

Dios no solamente nos provee y nos da de comer el pan físico de cada día; Él también nos ha dado el verdadero Pan del Cielo, que es Jesús Su Hijo, quien alimenta nuestra alma y nos da la comida que a vida eterna permanece.

Jesucristo es la evidencia concreta, presente y eterna de que Dios nos ama y que siempre nos da lo que es mejor para nosotros. Dios envió a Jesucristo para darnos vida abundante y rebosante. Para nosotros, en consecuencia, no existe (y no tiene que existir) ninguna provisión de Dios que nos “fastidie”, “moleste” o “hastíe”.

Nuestras vidas no tienen que parecerse en ningún momento y por ninguna razón a las de los israelitas en el desierto del Sinaí. Nosotros tenemos que vivir contentos y siempre contentos —aun en la adversidad, sin que eso signifique que no nos aflijamos realmente por las dificultades—. Estamos llamados a vivir en Jesús, por Jesús y por Su Espíritu Santo en satisfacción plena en todo tiempo.

¡Dios, ayúdanos a gozarnos y a disfrutar la comida que nos das cada día! ¡Dios, ayúdanos a gozarnos de todo don que nos das en esta vida! Amén.