La voluntad agradable y perfecta de Dios es la salvación de todo pecador.
La Biblia es clarísima. Aquí dos textos bíblicos:
“… Vivo yo, dice Jehová, que no quiero muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva.” (Ezequiel 33.11).
“… Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas…” (Juan 9.55-56).
Dios prioritariamente quiere salvar. Pero Dios juzgará y castigará a todo pecador que “lo obliga” ha hacerlo.
La Biblia narra juicios que Dios “tuvo” que ejecutar:
Maldijo y echó a Adán y Eva del huerto.
Sentenció a Caín a vagar erizando todo terreno a su paso.
Destruyó con el Diluvio a los prediluvianos, excepto a Noé y familia.
Destruyó a Sodoma, Gomorra y otras tres ciudades que se corrompieron rápidamente.
Mató al Faraón y su ejército por impedir la libertad de Israel.
Determinó muerte y desarraigo de los cananeos por su corrupción y depravación.
Envió muerte, sequía, hambre, guerra, dispersión y cautiverio a Israel por su idolatría y rebeldía.
Hoy Dios juzga con enfermedad, debilidad y muerte a sus hijos cuando pecan, no se arrepienten y no viven como su familia.
Reiteró, Dios no quiere condenar a nadie, pero lo hará… si lo obligamos.
El castigo eterno en el lago de fuego a quienes desprecian a Jesucristo y su obra de salvación es real. Dios preparó ese lago para el diablo y sus ángeles, “no para nosotros.”
Dios quiere salvar a los hombres de condenación y de un horrible y eterno final “inacabable”.
Jesucristo vino, murió y resucitó para salvarnos. Necesitamos su salvación. ¡Creamos en Jesús y salvémonos… no obliguemos a Dios a condenarnos con justa justicia!
Amén.
