Nuestra hermana Elisabeth Tramell partió a la presencia de Dios hace ya unos poquitos días (específicamente, el 2 de febrero).
Mi esposa la describe como una mujer piadosa, atenta, hacendosa, ordenada y muy servicial.
Su esposo, el misionero Redford Tramell, la describe por sus hechos para con él. “Siempre me acompañó en todo; nunca me preocupe por ropa limpia y planchada; siempre me tenía la comida preparada. No tengo queja para con ella”, me dijo, con voz entrecortada.
Yo la conocí por el misionero Redford. A mi me impresionó su vitalidad, su alegría y su muchísima, pero muchísima paciencia para con mi hermano Redford Tramell. Siempre destaqué ante él esa virtud tan preponderante. Nadie como ella para esperar y esperar al hermano Redford. Realmente, “nadie”, excepto, ella podía convivir con él y complementarlo. Ella era “la” ayuda idónea de Dios para él.
Nuestra hermana Elisabeth ya partió a la presencia de nuestro bendito y eterno salvador, quien es Jesucristo, el Hijo de Dios, que fue enviado a esta tierra para salvar a los pecadores.
Ella, su sierva, que se entregó a él para servirle toda su vida, ya está con él, en espíritu. Su cuerpo está todavía aquí, en la tierra. Sus restos están en una urna, esperando el día de la resurrección. El día de la resurrección será glorioso y portentoso. Pablo describe lo describe así:
“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Co 15.51–57).
En este texto hay mucho que decir. Pero no es el fin de este escrito. Este escrito está hecho en memoria de una preciosa sierva de Dios. Una mujer que sirvió a Dios y a su iglesia en Perú. Ella dejó Estados Unidos por servirnos a los peruanos dándonos el evangelio, que es el tesoro y la perla de gran precio. Toda su vida la vivió aquí y es de aquí de donde el Señor se la llevó.
Dios la tenga en su gloria y la recompense con su servicio.
La recordaré siempre. Su sentido del humor (ella me contó el mejor chiste que le cuento a mis amigos), su paciencia, su diligencia y su disposición para servir a otros estarán siempre presentes en mi memoria.
Al pensar en ella, oremos por su esposo, el hermano Redford, quien “la extrañaba”, la extraña y la extrañará.
Oremos también por sus hijos y nietos, para que sigan el ejemplo de Elisabeth, y sirvan a Dios con todo su corazón.
¡Qué Dios nos ayude a todos a seguir al Señor Jesús como le siguió nuestra hermana Elisabeth!
