La fe hace obrar a Dios: La fe que Dios quiere ver en sus hijos para salvar a muchos más pecadores.

La fe del hombre hace obrar a Dios. La Biblia testifica este hecho en forma ciertísima e indudable.

Dios despliega su poder perdonador y sanador a favor de los hombres cuando ve fe en ellos. Mateo, Lucas y Marcos, los evangelistas sinópticos, testifican esta realidad en sus libros.

El evangelio de Marcos es suficiente para demostrar que Dios actúa salvíficamente por la fe del hombre. Jesús perdonó sus pecados e hizo caminar saludablemente a un paralítico porque vio la fe de quienes lo llevaron hasta él. (Marcos 2:1-12).

Las palabras de Marcos son clarísimas y contundentes: “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.” (Marcos 2:5). “A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.” (Marcos 2:11). No hay ninguna ambigüedad en el evangelista: El paralítico anduvo porque Jesús obró su salud al ver la fe de sus cargadores.

Ese paralítico recibió salud espiritual -el perdón de sus pecados- y salud física -caminó normalmente- gracias a la fe que Jesucristo “vio” en quienes lo transportaron hasta él.

El evangelista no se ocupa de la fe del paralítico en su relato, sino la fe de los hombres que lo llevaron hasta Jesús. Es la fe de ellos la que destaca. ¿Por qué? Porque es la fe de estos “unos” (2:3) la que movió e hizo actuar a Jesús a favor del paralítico. Es gracias a esta fe humana que ocurrió este portentoso milagro. A Dios le agrada, le gusta y le complace la fe del hombre. Él actúa cuando ve esta fe.

Necesitamos tener la fe que hace actuar poderosa y redentoramente a Dios. ¿Por qué? Porque esta fe le muestra a Dios que nosotros estamos alineados con él, con su carácter y con su buena voluntad.

En la fe de esos “unos” en Jesús, nuestro Señor y Salvador, él vio:

1. Su compasión por el paralítico.

2. Su determinación por hacer algo para ayudarle.

3. Su unidad de propósito y su esfuerzo colectivo en bien de su prójimo.

4. Su conocimiento de quién es él, de su poder y de su disposición por hacer bien a los hombres necesitados.

5. Su persistencia e ingenio para llevar al paralítico hasta Jesús a pesar de las circunstancias opuestas que encontraron.

Los cristianos necesitamos la fe que hace actuar a Dios salvíficamente. La fe de los que llevaron al paralítico hasta su sanidad espiritual y física también tiene que ser vista por Dios en nosotros hoy.

Tengamos esa fe en Jesucristo, hermanos.

Mostrémosle a Dios fe misionera en todo lo que hacemos mientras somos sus testigos y mensajeros en esta tierra. Hagamos que Dios salve y restaure a muchos pecadores más al ver nuestra fe mientras cumplimos la gran comisión.

Que Dios nos ayude y desarrolle esa fe misionera en nosotros. Es fundamental que la cultivemos y que Dios la halle en su pueblo, hijos de Dios. ¿Por qué? Porque cuando él encuentra esa convicción activa, obrará y salvará a los pecadores que estamos evangelizando.

En esa fe que mueve el brazo de Dios, él verá nuestra compasión por el perdido que necesita a Cristo, nuestra determinación por obedecer la gran comisión, la certeza de que Jesús es el único Salvador, la persistencia en llevar a los pecadores a sus pies a pesar de los obstáculos y nuestra unidad al glorificarle como sus instrumentos para alcanzar a los extraviados.

Que Dios halle esa convicción y salve a muchos más pecadores, hermanos. Que la contemple:

1. En nuestras oraciones a favor de los pecadores.

2. En el buen testimonio con el que vivimos y trabajamos entre ellos.

3. En nuestra unidad y trabajo conjunto en la gran comisión.

4. En nuestras ofrendas y donativos dedicados a la extensión del evangelio.

5. En todas las actividades evangelísticas que realizamos cotidianamente.

Que Dios vea en nosotros en este tiempo la fe que apreció en quienes llevaron al paralítico hasta Jesús. Es urgente que tengamos esa fe, hijos de Dios. Que Dios nos ayude a tener esa fe y a vivir en base a ella. Amén y amén.

#FeActiva

#FeComunitaria

#FeEIntercesión

#FeMisionera

#SoberaníaDivinaYFe

Nadie da a otro lo que no tiene; pero tú, hijo de Dios, ya tienes lo más valioso que dar. ¡Dáselo!

Nadie puede dar a otro lo que no tiene. Es imposible. Solamente podemos dar lo que tenemos. Tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones, también de nuestras posibilidades.

Pedro y Juan conocían lo que podían y no podían dar. Estas sus palabras son para enmarcar y vivir a cada instante: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).

El paralítico del relato bíblico esperaba “algo” que Pedro y Juan no tenían, pero recibió de ellos algo mucho más valioso: su salud física y también su salud espiritual; él pudo caminar y alabar a Dios por el poder de Jesucristo. Los apóstoles le dieron lo que sí poseían y es por eso que el paralítico caminó y alabó.

Las palabras de Pedro y de Juan al paralítico están en mi mente desde ayer. Vinieron a mi mente mientras visitaba el penal El Milagro. Los presos tienen muchas necesidades allí. Varias de esas necesidades se solucionan con dinero, y yo no lo tengo. Me sentí frustrado por eso, pero me animé al saber que sí tenía algo valioso que darles: el evangelio de Jesucristo.

Di el evangelio a varios de ellos. Les dije que Jesús vino a salvarlos, que murió por sus pecados y que resucitó para su justificación. Les dije que creyendo y siguiendo a Jesús serían verdaderamente libres -a pesar de estar en prisión- y podrían empezar una vida nueva.

Fueron varios de los internos los que me agradecieron por el mensaje y el folleto que les di. Cumplí mi labor como testigo de Jesús y su salvación con ellos. Di lo que sí tenía. Compartí con ellos lo que no se puede comprar con dinero, el evangelio de salvación.

Salí del penal reconfortado. 

Tengo algo valioso que dar, no solo a los presos, sino a toda persona que se relaciona conmigo. El evangelio de salvación, que anuncia el perdón de pecados, la libertad de condenación y la vida eterna, me ha sido entregado; es mi posesión, pero no solo para mi beneficio, sino para el de toda persona, tengo dárselo urgentemente. ¡Ayúdame a compartir tu evangelio con todo pecador, oh Dios y Padre de Jesucristo!

Dios nunca nos pide que demos lo que no tenemos.

Nadie podrá condenarnos a nosotros por no darle lo que no está en nuestras manos ni en nuestro poder.

No nos turbemos ni nos afanemos por no dar lo que no poseemos.

Pedro y Juan dieron lo que tenían al paralítico -la capacidad de andar por el poder del nombre de Jesucristo-. Ellos no le dieron oro ni plata porque no tenían.

Solamente somos responsables por dar aquello que sí tenemos, hermanos.

1) Si tienes a Cristo y su evangelio siempre pueden compartirlos. No los guardes solo para ti. Testifica, habla, comparte. Otros pecadores necesitan a Jesús y su salvación. Dáselos tú.

2) Siempre puedes orar e interceder por todos los hombres, para que crean y sigan a nuestros Señor.

3) Ya que vives y trabajas entre otros seres humanos, siempre puedes darles la luz de Cristo por medio tu buen testimonio.

4) Ya que tienes oídos y boca para hablar, siempre puedes escuchar las cargas de tu prójimo con compasión y animarles con palabras de aliento.

5) Por último, si Dios te ha prosperado y sí tienes dinero más que suficiente, ayuda a los necesitados sabiamente, y coopera con la evangelización mundial con generosidad y regularidad.

Una vida transformada por la fe en Jesucristo, con el presencia poderosa del Espíritu Santo, siempre tiene algo que dar a su prójimo.

Gracias Dios porque los cristianos siempre tenemos algo valioso que dar a nuestros semejantes.

Muévenos a compartir con gozo lo que tú nos has dado. Amén y amén.

¿A quién puedes compartirle hoy de lo que Dios ya te ha dado? Haz la cita, llama, fija la hora y ve y comparte el mensaje de salvación con urgencia.

#DevocionalDiario #Evangelio #Hechos3 #TestimonioCristiano #FeEnAccion

Interpelados por Hechos 8:4: El desafío de hablar de Jesucristo a toda criatura en todo lugar hoy.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

El evangelio en la vida diaria

Todo hijo de Dios tiene que tener en su mente, su corazón y boca el evangelio de Jesucristo para compartirlo espontánea e intencionalmente tan pronto como se presente una oportunidad para hacerlo cada día de su vida en esta tierra.

Los cristianos primigenios vivían predicando el evangelio cada día por dondequiera que estaban e iban y Hechos 8:4 es contundente al respecto. Ellos anunciaron el evangelio fiel y cotidianamente en un ambiente hostil, violento y mortal.

El denuedo, la disposición y la acción evangelista de los cristianos de los inicios de la Iglesia es nuestro reto actual. Necesitamos hablar de Jesús como lo hicieron ellos.

La persecución y la dispersión bendita

El testimonio bíblico da cuenta de la muerte de Esteban y de la persecución que se desató contra toda la iglesia que estaba en Jerusalén. Los únicos que no fueron perseguidos y esparcidos aquel día fueron los apóstoles (Hechos 8:1). ¿Por qué es que fueron dejados? El texto no lo dice, pero “me” imagino que como ellos habían mostrado que nada les amilanaba (Hechos 5:40-42), sus adversarios los dejaron “descansar” en Jerusalén y centralizaron su brutal y feroz enojo en toda la congregación.

Los enemigos de Cristo y del evangelio -los principales líderes del Israel de ese tiempo- enfocaron toda su furia y todo su ensañamiento contra toda la iglesia, es decir, contra todos y cada uno de aquellos que habían creído y que ya estaban siguiendo a Jesucristo.

Los enemigos de la iglesia querían frenarla con su ira cruenta e injusta, pero se equivocaron. Su perverso acto generó una dispersión bendita. Todos los hijos de Dios que tuvieron que salir de Jerusalén por la persecución “… fueron esparcidos por todas las tierras de Judea y de Samaria” (Hechos 8:1). La semilla poderosa del evangelio fue dispersada a través de los cristianos esparcidos entre la gente de todos los pueblos de esas dos provincias de aquel entonces.

Lo que para los enemigos de Dios fue el principio del fin de la propagación de Jesucristo y su evangelio, fue en realidad el inicio de la movilización de miles de sus testigos y de sus evangelistas desde Jerusalén hasta lo último de la tierra, en conformidad con su voluntad expresada en Hechos 1:8.

El «pero» victorioso y el fruto de la fe

El “pero” de Hechos 8:4 es un pero victorioso. Quien promovió el miedo, el enclaustramiento, la invisibilidad y el silencio de los cristianos desencadenó su valiente dispersión y su visible testimonio evangélico por todo lugar al que llegaron.

“… los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, dice el autor bíblico.

Ellos no se escondieron.

Ellos no se callaron.

Ellos predicaron el evangelio por todas partes.

Los apasionados hijos de Dios por la fe en Jesús sembraron y sembraron el evangelio de nuestro Señor y Salvador en todo pueblo y en toda ciudad a donde fueron. Es por esa razón que rápidamente surgieron iglesias en Judea, Samaria, Galilea y muchos otros lugares del mundo de aquel entonces (Hechos 9:31; 11:19-26).

La persecución que buscaba acallar a los discípulos, los puso en movimiento y actividad evangelizadora constante. Es por eso que ese “pero” es bendito y glorioso. Convirtamos también nosotros nuestro contexto adverso en una oportunidad para testificar con entusiasmo de nuestro misericordioso Señor y de su salvación eterna.

Un texto que nos confronta e interpela

Los cristianos de hoy tenemos que hacer lo mismo que hicieron nuestros antepasados del Nuevo Testamento. Necesitamos predicar y anunciar el evangelio por todas partes. Todos tenemos que hacer esta tarea. Todos estamos capacitados y llamados a testificas de Jesucristo por todas partes.

Hechos 8:4 me interpela personalmente.

Este texto de la Escritura cuestiona en realidad a la totalidad de la iglesia y a cada miembro de ella. ¿Está toda la iglesia testificando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que se encuentra? ¿Están todos y cada uno de los miembros de iglesia compartiendo de Jesús y su obra de salvación en los lugares en donde viven y en todos los lugares a donde van? ¿Estoy yo predicando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy?

Hechos 8:4 es un desafío para mí. Este texto me confronta desde mi conversión a Jesucristo. La movilización proclamadora del evangelio de todos y cada uno de los miembros de la iglesia es un reto para todos aquellos que apacientan las congregaciones de Jesucristo en Perú y en todas partes del mundo.

Nosotros los cristianos de hoy tenemos la misma fe, el mismo Espíritu, la misma palabra escrita, la misma misión y la misma presencia constante de Jesucristo que los primeros discípulos. Nuestras circunstancias han variado, pero en las cuestiones esenciales, no nos diferenciamos. ¿Por qué es entonces que no testificamos de Jesucristo como lo hicieron ellos?

La necesidad del compromiso personal y del ejemplo

Hechos 8:4 me escudriña.

Necesito cumplir el desafío que presenta.

Tengo que predicar el evangelio en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy. Toda persona que se relaciona conmigo por una u otra razón tiene que oír el evangelio de mi boca, tanto si ya es cristiano, y con mayor razón si es que todavía no lo es.

Si quiero que toda la iglesia predique el evangelio en donde está y en todo lugar al que va, tengo que darle la motivación adecuada -además de la enseñanza y del mandato de hacerlo- con mi ejemplo y con mi pasión.

Los primeros cristianos tuvieron el ejemplo de los apóstoles. Ellos predicaron valientemente el evangelio. No se acobardaron por la prisión, por las amenazas, ni por azotes de las autoridades judías. Prefirieron obedecer a Dios antes que a los hombres. Hechos 5:42 testifica de este su apasionado trabajo: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”

La movilización evangelizadora de todos y cada uno de los miembros de la iglesia empieza con uno, con dos, o tres, o más cristianos. El ejemplo y la pasión de estos cristianos cundirá en los demás y la dispersión de los hijos de Dios en razón de su vivienda, su trabajo, sus estudios hará el resto.

Los cristianos ya estamos “dispersos” y “esparcidos” entre la gente que todavía no cree ni sigue a nuestro Salvador.

Nosotros vivimos entre las personas que tienen necesidad de Jesús y de su salvación la mayor parte del tiempo.

Cumplamos nuestra misión aprovechando esa nuestra dispersión. Anunciemos el evangelio a quienes se relacionan con nosotros cada día. Imitemos el ejemplo de nuestros antepasados neotestamentarios y hablemos de Jesucristo y su evangelio por todas partes en todo momento.

Pasos prácticos para hacer realidad Hechos 8:4 hoy

No sé de ti, pero yo estoy desafiado y animado.

Hacer realidad Hechos 8:4 en mi vida es mi reto presente y continuo.

Te comparto lo que estoy haciendo con la ayuda y la guía de Dios:

  1. Oro por valentía, oportunidades y diligencia para testificar cada día por donde vaya.
  2. Llevo folletos evangelísticos para entregarlos tan pronto como haya oportunidad.
  3. Procuro hablar de Jesús y su evangelio a cada persona que se relaciona conmigo.
  4. Tengo momentos en los que salgo de la casa con el objetivo específico de hablar el evangelio con alguna persona u otra persona.
  5. Ofrezco mi compañía evangelizadora a quien necesite un compañero para evangelizar y voy con él a donde sea necesario.
  6. Motivo a otros a evangelizar y les enseño cómo hacerlo.

Oración

Dios y Padre de Jesucristo, muévenos a evangelizar cada día a toda persona por todo lugar a donde vamos. Que Hechos 8:4 sea una realidad también en nosotros tu iglesia hoy. En nombre de Jesús. Amén.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

#EvangelismoCotidiano #Hechos84 #LiderazgoConElEjemplo #DiscipuladoPráctico #VidaCristiana #MisiónEclesial #EstudioBíblico #Devocional

Sufrimiento persistente y gracia suficiente: Cómo vivir con un dolor que no se va.

Toda persona necesita a Dios para vivir en esta tierra. Lo necesita siempre, pero muchísimo más cuando sufre, ya sea por quebranto y angustia del alma o por herida y enfermedad grave y muy dolorosa del cuerpo.

El sufrimiento y la tristeza extrema —ya por decepción, injusticia, enfermedad o muerte— son muchas veces terribles e insoportables, muy, pero muy difíciles de sobrellevar.

Los cristianos no están exentos de este tipo de experiencias en esta tierra. La Biblia no nos promete que no sufriremos; al contrario, enseña que las tribulaciones serán nuestra compañía constante hasta que entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

Pablo, el apóstol a los gentiles, vivió una experiencia continua de dolor extremo. Él testifica que rogó tres veces al Señor que le quitase ese aguijón —un mensajero de Satanás que lo abofeteaba— el cual le fue dado por Dios para protegerlo del enaltecimiento y la soberbia (2 Corintios 12:7).

Nadie quiere padecer dolor extremo de forma constante. Todos podemos soportar el dolor, pequeño o grande, pero por poco tiempo. Nuestro mayor desafío es el sufrimiento profundo, agudo e incesante… ese tipo de tormento que no deseamos ni en el cuerpo ni en el alma.

Pablo padeció ese aguijón y suplicó al Señor que se lo quitase. Dios respondió su plegaria, pero no como él esperaba: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Dios no le quitó el mensajero de Satanás. En cambio, le dio su gracia y su poder, los cuales se perfeccionan en la debilidad y en el padecimiento extremo.

Pablo aceptó la voluntad de Dios. Entendió que el Señor había diseñado y permitido esa dolorosa condición para hacerlo humilde y dependiente de Él. Esa rendición abrió sus ojos para testificar que, gracias a ese dolor continuo, podía ser depositario del poder de Cristo. Por eso se gloriaba de buena gana en sus debilidades.

Ningún hijo de Dios está solo en sus tribulaciones. Dios está a su lado, fortaleciéndolo, aliviándolo y consolándolo. Podemos orar como Pablo para que se nos quite lo que nos atormente. Si Dios nos lo quita, amén. Pero si no nos lo quita, amén también. Recordemos que no sufrimos ni padecemos en nuestra propia fuerza, sino en el poder y la fuerza de Dios.

No nos resistamos a las tribulaciones, ni a las enfermedades, ni a la muerte misma, hermanos en Cristo. Asumámoslas con humildad y buena gana, aunque duelan, y mucho. No estamos solos en ninguno de esos momentos. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con su gracia y todo su poder, nos acompaña siempre, y especialmente en situaciones como estas. Amén y amén.

 

#GraciaSuficiente #SufrimientoCristiano #DolorPersistente #PoderEnLaDebilidad #BástateMiGracia #FeEnElDolor #Tribulaciones #AguijonDePablo #GraciaDeDios #RendicionAGod #SufrimientoYFe #FortalezaEnCristo #DiosEnElDolor #VidaCristiana #EsperanzaEnElSufrimiento

Solo O Fructífero: La Opción Crucial que Jesús Tomó por la Humanidad.

“El significado profundo del Grano de Trigo de Juan 12:24, la terrible exclusión que Jesús evitó con su muerte y el llamado radical a que el cristiano dé su propio fruto.”

Dios Hijo, la segunda persona de la Trinidad, se hizo Hombre en Jesús de Nazaret para salvar a los seres humanos de sus pecados y de su condenación. Él siempre vivió en función de su misión. Sus palabras sobre el propósito de su venida son claras y Juan 12:24 es la evidencia.

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.”

Seis días antes de la Pascua, Jesús reveló que Él mismo era ese grano. Su entrada en Jerusalén (Zacarías 9:9) lo confirmaba: para que Su Reino se extendiera a todo el mundo (el “mucho fruto”), Él debía morir.

Jesús, con el poder de elegir, pudo haber guardado Su vida. Si no hubiese muerto, se habría quedado “solo” (sin vida eterna para nadie más). Él habría sido el único en la gloria de Dios. Todos los demás habríamos quedado excluidos eternamente.

Él, sin embargo, optó por dar Su vida por nosotros. Murió en nuestro lugar para resucitar y, como el grano que produce la espiga, levantar y llevar a muchísimos otros seres humanos hacia la gloria de Dios (Hebreos 2:10).

Este pasaje no solo establece el plan de salvación, sino también el camino del discípulo. Jesús nos enseña que en Su camino hay que “morir” para realmente “vivir” y ser fructíferos:

“El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25).

El cristianismo demanda el sacrificio de uno mismo. Jesús empieza su Iglesia sacrificándose por ella (Efesios 5:25) y demanda que Sus discípulos mueran a sí mismos para ser Sus testigos y portavoces. El egoísmo no tiene parte en la vida de los cristianos.

Jesús nos llama a morir a nuestra vida en este mundo para vivir la Suya. ¡Él nos convoca a seguirle y a imitarle! ¡Hagámoslo! ¡Muramos a nosotros y vivamos a Cristo cada día! ¡Hay recompensa eterna por hacerlo!

“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.” (Juan 12:25-26).

Oración: Padre, ayúdanos a morir a nuestro ego y a darnos a Ti y a los demás, por gratitud a la obra salvadora de Jesucristo en el Gólgota. Amén.
#SoloOFructífero #Juan12_24 #SacrificioDeCristo #Discipulado #MorirParaVivir #Teología #Evangelio #VidaCristiana #Gracia #CrecimientoEspiritual

El Mayor Gozo: Ver Vidas Transformadas por Jesucristo y Su Evangelio.

El mayor gozo de quienes predican y enseñan el evangelio de Jesucristo es ver a la gente creyendo, creciendo, sirviendo y viviendo en Cristo y para Cristo.

Los predicadores son creyentes y siervos de Dios que también viven por Cristo y para Cristo. Sus vidas están consagradas a su Salvador y a la extensión del evangelio de salvación. Ellos aman a los que no siguen a Cristo y tienen compasión de su perdida condición. Les duele verles perdidos y es por eso que entregan sus vidas para llevarles el evangelio.

En consecuencia, los evangelizadores se alegran grandemente cuando ven conversiones a Cristo, y crecimiento en él, y servicio fiel, y obediencia.

Dios me alegra el alma con este “mayor gozo” y lo testificaré con una experiencia personal.

“El mayor gozo” que puede experimentar un predicador del evangelio lo disfruto con frecuencia. En este escrito, sin embargo, me limitaré a un acontecimiento muy significativo. Mi “mayor gozo” lo disfrute al ver y pasar un lindo tiempo con el hermano José Palacios y su familia, el último fin de semana de setiembre. 

Conocí a José Palacios y a Segunda, su esposa, en 1988, al fin de mi primer año de estudios en el Seminario Bautista del Perú, cuando viajé a Moyobamba, para predicar y enseñar el evangelio y la palabra de Cristo en algunos pueblos de alrededor de esa ciudad. Me he encontrado con ellos después de más de tres décadas.

José y su esposa vivían y trabajaban en Ochamé, el primer pueblo en el que prediqué y enseñé. Ellos tenían tres hijos: José, Rosario y Juvenal. En Ochamé había una iglesia bautista, que fue formada por los hermanos en Cristo que migraron hasta allí desde la sierra de Piura. José y su esposa asistían de vez en cuando a las reuniones de la Iglesia. Ambos llegaron a creer en Jesús y a seguirle mientras servía yo a Dios allí.

José y Segunda se bautizaron y empezaron su vida en Cristo desde ese año hasta hoy. Ellos ya no viven en Ochamé. Dejaron esa parte de la selva de San Martín y migraron a Piura, en la costa de Perú, Ellos viven y trabajan ahora en Piura. En Piura, ellos son parte de la Iglesia Bautista Betel de Fe, en Las Dalias. Nuestros hermanos tienen a sus tres hijos, que ya son adultos, viviendo muy cerca de ellos. Su tres hijos han oído el evangelio desde pequeños, pero solo uno de ellos, José, ya está siguiendo a Cristo, nuestro Señor y Salvador. Oremos por esta pareja de esposas, para que tengan buena salud espiritual y física. Oremos también por sus hijos, para que sigan a Cristo fielmente.

Dios ha alegrado mi alma al permitirme ver, visitar, hablar y orar con esta preciosa familia. Estuve con ellos en mi último viaje a Piura. Disfrute y fui edificado al ver la forma en la que Dios ha hecho y hace su obra en todos ellos. La familia Palacios ha pasado momentos duros, pero sigue firme y fiel a nuestro Señor y Salvador. Ayudémosle con nuestras oraciones.

Los esposos Palacios me han hecho mucho bien. El trabajo en el Señor y para el Señor nunca es en vano. La palabra de Dios siempre, siempre da fruto, ¡sembrémosla en los corazones de los hombres en todo tiempo! Es una bendición grande ver a los hijos de Dios siguiendo y permaneciendo fieles a Cristo Jesús.

El apóstol Juan testificó el hecho gozoso de ver a los creyentes seguir fielmente el camino de Cristo en dos de sus tres epístolas:

“Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre.” (2 Juan 1:4).

“No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.” (3 Juan 1:4).

Sus palabras no necesitan explicación y la alegría con la que escribió y la experiencia que he narrado las ilustran.

Los mensajeros del evangelio trabajamos duro para llevar el evangelio y ver vidas cambiadas por Jesucristo nos llena de regocijo. La escritura nos describe claramente en este siguiente texto: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.” (Salmos 126‬:‭5‬-‭6‬).

El hermano José Palacios y su familia alegraron mi alma. Mi emoción y gozo fueron mayores cuando dijeron que “era su misionero, el misionero de la familia”. Me lo dijeron con un fuerte abrazo.

Estoy muy motivado a seguir mi labor de testigo de Jesucristo y su salvación. Quiero experimentando este “mayor gozo y regocijo” por más tiempo.

¡Muchas gracias por el privilegio que me has dado, Dios mío! ¡Ayúdame a predicar y a enseñar el evangelio de Cristo y la Biblia hasta que me recojas! Amén.

¡Confiemos en Jehová Dios totalmente!

Todas las personas que viajan en un avión confían que el avión es bueno, eficiente y apropiado para llevarlos a su destino.

Estos viajeros suben a los aviones confiando totalmente sus vidas y su plan de viaje a los pilotos, pues saben y entienden que ellos los conducirán a su destino con toda seguridad.

Todos los viajeros viajan con seguridad y esperanza en los aviones y tienen toda la razón del mundo para hacerlo, pues Google Gemini afirma que “… el medio de transporte moderno más seguro es el avión.”

Proverbios 3:5-6 me hizo reflexionar en cuánta gente confía y encomienda totalmente su vida y sus planes a los pilotos y a los aviones. Todos los aeropuertos del mundo son la evidencia empírica irrefutable de la fe de los seres humanos en la industria aeronáutica. (Aun los pasajeros desconfiados y miedosos, y que no se “fían” totalmente de los pilotos y de los aviones, están seguros en los vuelos).

Pero Proverbios 3:5-6 no fue escrito para que confiemos en los pilotos y los aviones, sino en Jehová Dios, nuestro Creador y Redentor, el único y verdadero Dios. La exhortación y la orden del escritor de Proverbios es clarísima:

“Fíate de Jehová de todo tu corazón,
Y no te apoyes en tu propia prudencia.

Reconócelo en todos tus caminos,
Y él enderezará tus veredas.”

Tenemos que fiarnos “… de Jehová todo corazón”. Tenemos que hacerlo nosotros mismos, nadie más puede fiarse de Dios por nosotros. Cada uno de nosotros tiene que entregarse a Jehová personalmente. Al fiarnos totalmente de corazón en él, le confiamos toda nuestra vida.

El fiarse en Jehová Dios implica “dejar de apoyarnos en nuestra propia prudencia” y sabiduría. A partir de encomendarnos a Dios, nosotros ya no dirigimos nuestra vida. Nuestra “prudencia”, que “es nuestra sensatez, cautela y buen juicio”, queda de lado. Ahora es la sensatez, cautela y el buen juicio de Dios las que nos gobiernan y conducen.

Cuando nosotros nos entregamos de todo corazón a Jehová Dios y “lo reconocemos en todos nuestros caminos”, nuestra vida queda en sus manos y él se encarga de enderezar entonces nuestras veredas y nuestro andar por ellas.

El significado de Proverbios 3:5-6 está ilustrado en la relación entre los pilotos del avión y los pasajeros del mismo. Todos, absolutamente todos los pasajeros dejan de apoyarse en “su” propia prudencia y juicio al viajar en los aviones. En los aviones, todos los pasajeros están en las manos de los pilotos y de su prudencia al viajar en ellos. Los pasajeros quedan en las manos de los pilotos para despegar, para volar y para aterrizar aterrizar el avión. Los pasajeros solamente tienen que subir y seguir confiadamente las instrucciones de los tripulantes del avión.

Lo que hacen los pasajeros con los pilotos y el avión al volar tenemos que hacerlo nosotros con Dios y nuestra vida con él.

Nuestra vida en este mundo es como un viaje. Tiene un punto de partida, un trayecto y un punto de llegada.

El punto de partida es Dios; con él y por él es que existimos y tenemos vida en este mundo. El trayecto es nuestra vida en este mundo; desde que nacemos hasta que morimos. El punto de llegada es nuestro encuentro con Dios; salimos de él y volvemos a él, ya para vida eterna o ya para condenación eterna.

El destino final ante Dios, ya para vida eterna o ya para condenación eterna, depende de cómo vivimos nuestra vida en este mundo (nuestro trayecto, nuestro viaje).

Si durante esta vida nos fíamos de todo corazón en Dios, y no en nuestra propia prudencia, sino que lo reconocemos en todos nuestros caminos, entonces y solo entonces, vamos a llegar hasta Dios para vivir junto a él por toda la eternidad.

Pero …

Si durante esta vida no nos fíamos de todo corazón en Dios, sino que vivimos según nuestra propia sabiduría y consejo, y no lo reconocemos en todos nuestros caminos, ni dejamos que enderece nuestros pasos, entonces nuestro encuentro con Dios será para condenación perpetua.

Dios quiere que vivamos a su lado como sus hijos desde hoy y por toda la eternidad. Dios envió a Jesucristo su Hijo a esta tierra para salvarnos de nuestros pecados y darnos vida eterna. Jesús murió por nuestros pecados y resucitó de los muertos para nuestra justificación. Jesús está vivo y ofrece salvarnos y hacernos hijos de Dios si creemos en él y le seguimos.

Dios en su sabiduría y prudencia eterna ha establecido a Jesús como el único camino para llegar hasta él. Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres. Para llegar a Dios salvíficamente hay creer y seguir a Jesús en forma necesaria e indispensable. No hay otra forma de llegar a Dios.

La fe genuina en Jesucristo en respuesta a lo que Biblia dice de él es la primera evidencia en este tiempo de que nos fiamos de Jehová de todo corazón. Si creemos y seguimos a Jesús de verdad en esta tierra, somos hijos De Dios y Dios vive en nosotros y nos conduce por medio de Su Espíritu Santo. En consecuencia, Dios está en todos nuestros caminos y se asegura de llevarnos hasta él para vida eterna.

Fiémonos de Jehová de todo corazón y empecemos nuestra vida con él creyendo y siguiendo a Jesucristo Su Hijo. ¡Que Dios nos ayude a fiarnos de él de corazón creyendo y siguiendo a Jesucristo! Amén.

La ciudad de Roma, Pablo, el evangelio y la Iglesia de Cristo del Nuevo Testamento y los cristianos en Roma hoy.

La ciudad de Roma.

Roma es una ciudad milenaria, antiquísima de Italia. Tiene aproximadamente unos 2700 años de antigüedad. Según la mitología romana, la ciudad fue fundada por Rómulo, su primer rey. Rómulo y Remo, su hermano gemelo, fueron alimentados por una loba. Romulo mató a su hermano Remo, quien se burlaba de él, y fundó la ciudad el 21 de abril del año 753 a.C.

Roma tuvo preponderancia en la época del Imperio Romano, ya que el César la constituyó como la capital y el epicentro político y económico del Imperio. La ciudad, asimismo, cuando el Imperio “se fusionó” con el Cristianismo, se convirtió en el núcleo del tal religión. Roma, en consecuencia, tuvo una grandeza admirable y la historia de la humanidad así lo evidencia.

El patrimonio histórico y arquitectónico de Roma es vasto y atrae a visitantes del todo el mundo. Son muchos quienes van a ver y a respirar la historia que emana la ciudad. Los edificios emblemáticos y representativos son: el Coliseo, el Foro Romano, el Panteón y la Basílica De San Pedro, en el Vaticano.

El apóstol Pablo y Roma.

La ciudad de Roma recibió en su seno al paladín de los seguidores de Jesucristo, a Pablo, el apóstol a los gentiles. El libro de Hechos registra y certifica la llegada y al trabajo de Pablo en la ciudad de Roma. El apóstol llegó a Roma preso, para ser juzgado ante el César, por los delitos que los judíos le habían imputado.

La travesía de Pablo hasta Roma fue atribulada. La tripulación se enfrentó a vientos contrarios y a una muy peligrosa y adversa navegación. Era invierno cuando viajó. Padecieron, incluso, un viento huracanado llamado Euroclidón, el cual los hizo naufragar.

La muerte rondó sobre Pablo y sobre todos los que navegaron con él. Dios, sin embargo, guardó a Pablo y protegió también por causa de él a todos los otros tripulantes.

Pablo, gracias a que durante la travesía fue obvio a las autoridades romanas que Dios estaba con él, fue tratado muy bien al llegar a Roma, a pesar de ser un acusado destinado a juicio. El buen trato se evidenció en el hecho de que vivió su prisión en una casa alquilaba, con la libertad de predicar la palabra de Cristo sin impedimento alguno.

Pablo llegó a Roma no como había pensado llegar. El libro de Romanos evidencia que él sí quería visitar la ciudad, pero de paso, cuando terminase su labor entre Jerusalén e Ilírico, y estuviese yendo a España (Romanos 15:17-33). Dios, sin embargo, lo llevó a la ciudad a su manera, la cual está descrita en los últimos cuatro capítulos del libro de Hechos. Pablo llegó a Roma, asimismo, no cuando quiso, sino cuando Dios quiso (Romanos 1:8-15; 15:22).

El evangelio y la iglesia de Cristo en Roma.

Roma seguramente escuchó el evangelio de Cristo gracias a los ciudadanos suyos que estuvieron en Jerusalén el día en el que nació la Iglesia de Cristo, al llegar el Espíritu Santo sobre todos los discípulos reunidos en el aposento alto (Hechos 2:1-42). Ese día, gracias a la predicación de Pedro de los hechos salvíficos de Dios a favor de la humanidad por medio de Jesucristo, se añadieron a la iglesia como tres mil personas, entre la cuales tiene que haber habido algún romano.

En Roma ya existían discípulos de Jesucristo previo a la visita de Pablo a la ciudad. No existe registro bíblico de la visita a esa ciudad, eso sí, ni de Pedro ni de ningún otro apóstol. A ninguno de los doce discípulos de Jesús, por tanto, se le debe atribuir ciertísima y dogmáticamente la fundación de dicha congregación. La evidencia de que había ya una comunidad de cristianos en Roma es la carta A Los Romanos, que fue escrita por Pablo.

La Iglesia del Nuevo Testamento y la Iglesia Católica Romana hoy.

En Roma, más específicamente, en el Vaticano, está el centro de poder de la Iglesia Católica Romana. El evangelio de Cristo no parece estar reflejado hoy por hoy por esta ya milenaria organización. Ella se denomina a sí misma como la Iglesia que Cristo fundó a partir de Pedro. Esa afirmación Católico Romana tiene que ser certificada por la Biblia para ser aceptada con convicción.

La Iglesia del Nuevo Testamento y la Iglesia Católica Romana tienen dos equivalencias y dos distinciones básicas. Las dos equivalencias son estas: 1) Ambas se identifican con Jesucristo como su fundador y 2) Ambas basan sus creencias primigenias en las Sagradas Escrituras, la Biblia.

Las dos distinciones entre ambas iglesias son las siguientes: 1) Autoridad: Iglesia del Nuevo Testamento reconocía el liderazgo singular de Pedro, pero también el de los otros once apóstoles, el de Pablo, el de los ancianos, y de los que fueron surgiendo en el tiempo; la Iglesia Católica Romana, en cambio, le da la primacía del liderazgo y de la autoridad a Pedro y lo jerarquiza en él y a través de él. 2) La autoridad escrita: La Iglesia del Nuevo Testamento se basaba únicamente en las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, primero, y la del Nuevo Testamento, después; la Iglesia Católica Romana, en cambio, acepta a la Biblia y le añade la tradición de la Iglesia, que, en definitiva, es la que le ha dado la forma que dicha iglesia tiene.

El evangelio de Cristo en Roma hoy.

En Europa el evangelio de Cristo tal como lo encontramos en la Biblia ha retrocedido. Italia no es la excepción y la ciudad de Roma tampoco.

Pero en Roma sí hay cristianos que quieren basar su fe y vivir en Cristo como vivió la Iglesia de Cristo en la Biblia.

Desde mi perspectiva, todos los cristianos tenemos que identificarnos con Cristo y con los cristianos del Nuevo Testamento. Sí tenemos que reconocer y aprender de los que Dios ha hecho en la historia y en su iglesia post bíblica, pero nuestro fundamento siempre es y tiene que ser la Biblia, la palabra de Dios.

He escrito esta nota porque, Dios mediante, voy a predicar y enseñar en una iglesia de Cristo en Roma. Sí sabía que hay iglesias que quieren vivir a Cristo como se vivió en el Nuevo Testamento, pero no conocía ninguna, porque nunca había estado en esa ciudad. Ahora, empero, estoy pronto a conocer a hermanos en Cristo que están en la ciudad en la que Pablo predicó por dos años en una casa alquilada por estar bajo arresto domiciliario.

En Roma hubo un predicador apasionado en la época bíblica.

Ese predicador fue Pablo, el apóstol a los gentiles. Sus palabras a los romanos, antes de ir a ellos fueron: “Así que, en cuánto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma” (Romanos 1:15).

Yo estoy emocionado por el privilegio de conocer a los hermanos que están ahora en Roma.

Estoy seguro que esa congregación ha sido formada por uno o más hermanos que creen y siguen a Jesucristo, y que tienen la misma pasión por anunciar las buenas nuevas que predicó Pablo.

Me contentamiento y mi asombro respetuoso y maravillado por la experiencia que se me avecina en Roma me ha hecho escribir esta nota.

Voy a tener el privilegio de conocer a mis hermanos en Cristo que están en Roma. Le enseñaré la palabra de Dios y recibiré ánimo y desafío espiritual al estar con ellos. Estoy bendecido y agradecido a Dios por darme este gozo.

Compartiré mi experiencia en Roma en una siguiente nota, Dios mediante.

Estoy anhelando el día de verme con mis hermanos de esa ciudad. Amén.

Los cristianos y las iglesias nacientes y crecientes son una evidencia de la buena y salvadora voluntad de Dios a favor de la humanidad por medio de Jesucristo.

Dios me ha dado 12 días intensos en Madrid y Guadalajara, España. Durante estos intensos días he sido testigo de cómo los cristianos y las iglesias en las que congregan, son una evidencia de que la buena voluntad de Dios y el período de gracia que inauguró Jesucristo es y está todavía vigente.

Jesucristo aperturó una época de gracia y de salvación a favor de la humanidad en su primera venida y yo la he visto por medio de sus hijos y de su iglesia en Madrid, Vallecas, Torrejón de Ardoz, Alovera, Azuqueca de Henares, Parla y Guadalajara.

En todos estos días he estado con Andrés, mi hijo, al quien no he visto por casi 2 años. Andrés y yo hemos caminado, comido y hablado mucho. Andrés sigue en Madrid y, si Dios no dispone lo contrario, estará en este país al menos 2 o 3 años más. (Foto: Bryant, Juan David, Andrés y yo en el metro de Madrid).

Durante mi estadía he tenido el privilegio de compartir la palabra de Dios en dos congregaciones: La Iglesia Bautista de Azuqueca de Henares y la Primera Iglesia Bautista de Torrejón de Ardoz. Ambas congregaciones son una evidencia de que Dios sigue salvando personas por medio de Jesucristo Su Hijo y su evangelio.

La Iglesia Bautista de Azuqueca es la congregación en la que participa mi hijo. En la congregación hay ciudadanos de Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Chile, República Dominicana, Cuba, Nigeria, Estonia, Estados Unidos y España. Cantar con ellos a Dios es un anticipo de la adoración multiétnica que disfrutaremos en la eternidad, al volver Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

La Primera Iglesia Bautista de Torrejón de Ardoz está conformada mayormente por ciudadanos españoles, pero tiene también entre sus miembros a hermanos de Ecuador, de Cuba y de Rumanía.

Esta iglesia empezó en 1981. La familia Ruiz fue la familia núcleo de la congregación. La naciente iglesia tuvo el apoyo de Julio Lyons, de Estados Unidos. (Foto: Los hermanos de la Iglesia Bautista de Azuqueca escuchando la enseñanza de la palabra De Dios).

Dios dio fruto al trabajo de  estos obedientes discípulos y la ciudad de Torrejón de Ardoz tiene hoy al testimonio de Jesucristo y su salvación por medio de la Primera Iglesia Bautista de Torrejón de Ardoz.

Dios alegró mi corazón haciéndome ver su obra en estas dos congregaciones, y en otras dos, en las que no enseñe.

Asistí a una de las dos, la Iglesia Bautista de Vallecas, durante su reunión de oración. El pastor es un hermano español, que está cumpliendo una muy buena labor. Hablé con dos hermanos peruanos allí.

A la otra iglesia no la vi, porque visité solo su local, que estaba vacío (no había reunión), pero sí conocí e interactué con unos de sus pastores, que es de Perú, el misionero Julio Velasquez. Pasé un buen tiempo escuchando como nuestro Señor lo ha usado para empezar iglesias en Venezuela y en España. (Foto: El hermano Luis Tintaya, de Azuqueca, al medio, y yo, junto al misionero peruano Julio Velasquez. El misionero Julio es muy respetado y apreciado entre los hermanos de esta parte del mundo).

Estos mis días han en Madrid han sido harto intensos y provechosos. Dios me ha bendecido y edificado conociendo un poquito más al pastor Marco Iturralde y a su familia (Iglesia Bautista de Azuqueca) y al pastor Rubén Ruiz y a su familia (Primera Iglesia Bautista de Torrejón de Ardoz).

También he conocido e interactuado un poco más con mis hermanos en Cristo de Azuqueca de Henares. Con ellos he estado por más tiempo y lo he disfrutado. Tengo en mi mente y en mi corazón su hospitalidad, amabilidad y fraternidad. Ser parte de la familia de Dios es una bendición grande.

Con un grupo de hermanos de Azuqueca salí a evangelizar por las calles de la ciudad. La experiencia me ha sido muy aleccionadora. He contado mi experiencia en un post en mi página web.

Dios ama a los seres humanos, quiere salvarlos por medio de la fe en Jesucristo y toda congregación que surge gracias a la predicación del evangelio es la evidencia de que él está obrando y salvando cada día a los pecadores.

Las congregaciones, asimismo, son una evidencia de que siempre hay hijos de Dios que obedecen a Dios y Jesucristo Su Hijo y que predican y llevan el evangelio a los pecadores. Los cristianos y las iglesias obedientes son el brazo de Dios para poblar el reino de los cielos con redimidos y yo me gozo de ver como Dios los usa y da fruto por medio de ellos. (Foto: Junto al pastor Rubén Ruíz, de la Primera Iglesia Bautista de Torrejón de Ardoz; su amabilidad y hospitalidad son encomiables).

Las nuevas iglesias y las iglesias crecientes, por último, son una prueba palpable de que los pecadores siguen respondiendo con fe y arrepentimiento a la predicación del evangelio de Cristo. Este hecho es esperanzador en todas partes, y mucho más en España, que tiene la fama de ser un país espiritualmente frío.

Lo que he visto y experimentado en Madrid ha confirmado en mi mente y en mi corazón la certeza de la época de la buena voluntad de Dios que inauguró Jesucristo en su primera venida todavía sigue vigente y hay que persistir en anunciar el evangelio de salvación.

“Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.” (San Lucas 4:17-21).

Gracias a Dios por Jesucristo y su venida. Es por él que tenemos la gracia de Dios en esta tierra. Tenemos que aprovecharla para ser salvos de nuestros pecados y de nuestra condenación. Creamos y sigamos a Jesucristo y apropiémonos de la gracia de Dios que él nos trajo. Amén. (Foto: El misionero Julio Velasquez y Luis Tintaya, en el frontis de local de la Iglesia en Parla).

Dios ama a los seres humanos y dio a Jesucristo a ellos a fin de salvarlos. Jesucristo murió por nuestros pecados y resucitó nuestra justificación. La prioridad de Dios es la salvación de los seres humanos, no su condenación. Los ciudadanos españoles y de otras naciones que viven en España no están exceptuados de la salvación de Dios y las iglesias nuevas y crecientes que existen en este país son la evidencia. Amén.

Hablar de Dios y de Jesucristo en algunos lugares de España: Testimonio personal.

La evangelización en España no es nada, nada fácil.

En Atenas, cuando Pablo predicó, lo escucharon, aunque luego, sin embargo, se burlaron de él y lo menospreciaron. En este país, en cambio, un sector de la gente, que es mucha y que se declara abiertamente como atea, ni siguiera quiere oír de Dios y de Jesucristo Su Hijo.

Hablar de Dios y de Jesucristo, por tanto, requiere de una determinación espiritual firme y valiente, que no se amilane, ni se amedrente, ni se calle por el desinterés y el rechazo seco y poco amable.

Testificar de Jesucristo en España (y en todo lugar) requiere indispensablemente de la presencia y del poder del Espíritu Santo. No se puede testificar valiente, clara y ordenadamente de la obra de Jesucristo a nadie sin el empoderamiento del Espíritu Santo.

Los inconversos, desde la perspectiva bíblica, están cegados por el diablo. 2 Corintios 4:3-4 es muy claro respecto a la ceguera en que se encuentran los no seguidores de Jesucristo. Este es un hecho empírico indubitable y todo evangelizador bíblico lo sabe y es por eso que depende y necesita de Dios al evangelizar.

En este mi tercer viaje a España estoy experimentando lo que viven los cristianos al anunciar a Jesucristo a la gente que está en este país, tanto españoles como de otras partes del mundo. (Hay ciudadanos de todos los continentes del mundo en este país).

Nos encontramos con ateos que claramente nos dijeron: “He estudiado mucho y soy ateo. No necesito tu mensaje.” Estas personas no nos dieron ni una chance de hablarles. Nos “silenciaron” con sus palabras. Nos miraron con menosprecio y se fueron rápidamente. (Por cierto, hay otros ateos más amables, que respetan la religión y que escuchan, pero sin creer lo que se le dice).

También encontramos a musulmanes, cuya declaración fue: “Nosotros queremos mucho a Jesucristo. Lo vemos con un profeta más, pero inferior a Mahoma. Habla con los otros, porque nosotros sí creemos en Dios (Alá).” Los musulmanes, aunque desde otra perspectiva, también nos miraron por sobre el hombro y nos despidieron de su lado.

También encontramos gente de África (no recuerdo el país) que, en general, tenía información confusa sobre Jesús, María y la Biblia. En este caso, nos fue muy difícil entablar una conversación coherente con ellas. Su confusión lo hizo imposible. Fuimos nosotros los que tuvimos que alejarnos.

Por último, nos encontramos con ciudadanos hispanos, lo cuales tienen un trasfondo cercano al Dios de la Biblia y a Jesucristo Su Hijo, pero que todavía no lo aceptan ni lo siguen como su Señor y Salvador. Este tipo de ciudadanos sí son más receptivos. Ellos nos animaron con su aprecio por escucharnos.

El mandato de evangelizar a toda criatura y el de hacer discípulos a todas las naciones no se dio en un contexto favorable en el Nuevo Testamento, sino todo lo contrario. Los judíos y sus principales líderes se oponían abiertamente a Jesucristo y a sus seguidores. Ellos no estaban esperando a los discípulos para escucharles con agrado.

En las ciudades griegas, como Atenas, los ciudadanos tenían interés en todo, excepto en el evangelio de Jesucristo, que les parecía una locura y al que veían con burla y abierto menosprecio.

El contexto de oposición e indiferencia al mensaje del evangelio no ha cambiado. En España esta indiferencia al evangelio de Cristo es bastante más manifiesta. Mis hermanos en Cristo y yo la hemos visto y sufrido al salir a evangelizar. Los cristianos que viven y sirven a Dios en este país ven esta indiferencia silenciadora todos los días y en casi todos los lugares en donde se desenvuelven.

Tengo, incluso, un testimonio que me ha impactado tremendamente.

Una compatriota mía, que cuida ancianos, no “puede” siquiera orar con los ancianos aunque estén muy necesitados. Ella cuidaba a una anciana y oraba por ella al acostarla. La anciana sonreía al momento de las oraciones. Mi compatriota, por tanto, pensaba que la anciana estaba complacida por las oraciones. Pero no era así, porque ya no la volvieron a llamar para cuidarla. La razón que le dieron fue esta: “Es obvio que tú no puedes trabajar sin ser religiosa.”

Hasta se puede perder el trabajo por testificar de Dios y de Cristo. Este testimonio es una evidencia.

El diablo quiere silenciar a los cristianos.

Hablar de Cristo en un contexto así es desalentador.

Dios, sin embargo, está bendiciendo el trabajo evangelizador de los discípulos de Jesucristo en este país. Existen iglesias evangélicas que están creciendo. Siempre hay conversiones y bautismos. Gracias a Dios que es así.

Es mi tercera visita a este país y veo mucho más hijos de Dios en las iglesias que conozco. Dios está salvando gente y añadiéndola a su iglesia a pesar de la indiferencia expuesta.

Comparto este testimonio para que los hijos de Dios que estamos en otros países, donde hay mucha más receptividad, y más congregaciones de discípulos, oremos intensamente por nuestros hermanos que testifican, evangelizan y hacen discípulos en España.

Nuestros hermanos necesitan nuestra intercesión y nosotros debemos dársela. Pidamos a Dios que Su Espíritu Santo los empodere con denuedo y valentía para testificar de Jesús a toda persona que vive en este país. Roguemos por los hijos de Dios para que su ánimo y su fervor por testificar de Jesucristo no desmaye por la indiferencia, sino que se acreciente y se haga más entusiasta. Amén.