Jesucristo divide a toda la humanidad en dos grupos bien diferenciados:
1) los que son suyos e hijos de Dios y
2) los que son suyos, pero que no son hijos de Dios.
No existe un punto neutro.
Él vino a esta tierra y estableció esta división desde el principio de su ministerio terrenal.
Somos nosotros quienes escogemos y decidimos nuestro lugar en esa división.
Examinemos esta realidad en Juan 1:11-13.
1. “Los suyos” no hijos de Dios son los que no creyeron en Jesús y no le siguieron.
“A lo suyo vino y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).
El evangelista escribe sin ambigüedad.
Él expone la venida de Jesucristo -“A lo suyo vino …”- y el cómo fue rechazado por un sector de la humanidad del momento histórico en el que llegó -“… y los suyos no le recibieron”-.
No hay duda alguna en la declaración.
“Lo suyo” en el texto y en su contento cercano y amplio admite solamente dos únicas opciones:
La primera: “Lo suyo” es toda la creación y, en forma específica, el mundo, la tierra, en la que habitamos todos los seres humanos (Juan 1:3, 9-10). Este mundo, nuestro planeta, y todo lo que hay en él, es de Jesucristo porque él lo hizo y lo sostiene.
La segunda: “Lo suyo”, en forma mucho más especial y limitada, es la nación de Israel, el pueblo del pacto, a quien Jesús siempre dijo que fue enviado (Mateo 15:24).
Ahora necesitamos definir quienes son “… los suyos que no le recibieron”. El significado también se puede conocer con certeza por el contexto cercano y amplio del evangelio de Juan y de los otros tres evangelios.
“Los suyos que no recibieron a Jesús” son, en primer lugar, todos los ciudadanos judíos de su época. Tanto los que lo vieron como los que oyeron de él durante sus tres años de ministerio público. Estas personas “no recibieron” a Jesús como el Mesías, el Salvador del mundo.
Estas personas no creyeron en Jesús y es por eso que no lo siguieron.Todas estas personas, por tanto, no son hijos de Dios.
“Los suyos que no le recibieron” son, en segundo lugar, todos los seres humanos del mundo de la época en la se escribió el evangelio de Juan que no creyeron ni recibieron a Jesús como el hijo de Dios.
Toda esa gente, al igual que los judíos que rechazaron a Jesús en sus días de ministerio, no le recibieron a pesar de que escucharon claramente quién era él y qué es lo que había hecho a favor de la humanidad al morir y resucitar al tercer día.
El evangelista maneja “lo suyo” y “los suyos” de forma magistral. “Lo suyo” es el entorno que le pertenece por derecho de creación (su planeta / su nación); “los suyos” son los habitantes de ese mundo (toda la humanidad / los judíos). Como bien señaló en el versículo anterior, “el mundo no le conoció” (v. 10): lo que define la tragedia de “los suyos” es precisamente su acto personal de no conocer ni recibir al Dios hecho hombre.
Las expresiones bíblicas del evangelio de Juan sobre quienes no recibieron a Jesús, tanto de los judíos como de toda la humanidad, siguen siendo actuales porque hoy también hay muchos que “no conocen” (Juan 1:10) ni “reciben” (Juan 1:11) a Jesús como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.
Es triste que la historia del rechazo a Jesús se repita día a día.
Es lamentable que haya gente que “no conoce” (no se relaciona, no le sigue) a Jesús a pesar de que escuchan de él.
Es trágico que existan personas que “no reciban” al Hijo de Dios aún cuando siempre se les anuncia de lo que él hizo a su favor.
Los que rechazan a Jesús se quedan, en consecuencia, en una posición de condenación eterna, pero no porque Dios no quiera salvarlos en Jesucristo Su Hijo, sino porque ellos mismos eligen esa condición.
Estas personas, ya judías o ya de cualquier otra nacionalidad, se quedan como no hijos de Dios y sufrirán las terribles consecuencias de sus menosprecio y su rechazo al Hijo de Dios.
2. Los suyos hijos de Dios por la autoridad de Dios son toda la humanidad que recibió, creyó y siguió a Jesús como Dios hecho hombre.
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre; les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).
La palabra es “mas” es una conjunción adversativa, que se usa para conceptos o circunstancias opuestas. En el versículo 11 el evangelista mostró con claridad como un sector de seres humanos “no recibió” a Jesús, Dios hecho Hombre (Juan 1:1, 14); y ahora, en el versículo 12, él mostrará que hubo seres humanos que sí recibieron y que sí creyeron en Jesús, y que fueron privilegiados, por lo tanto, con la bendición de ser hechos hijos De Dios.
La palabra “mas” introduce el hecho de que no todos cerraron sus ojos y sus corazones a Jesús y a las evidencias de que provenía de Dios y era Dios (Juan 1:1). Gracias a Dios, sí hubo gente que “recibió”, “creyó” y “siguió” al Hijo de Dios en aquel tiempo.
Todas las personas que recibieron y creyeron en Jesús fueron hechos hijos de Dios. Dios mismo les dio esa “potestad”. La palabra “potestad” (exousía: derecho, autoridad, privilegio legítimo) implica que Dios autorizó e hizo que estos hombres y mujeres fuesen hechos sus hijos.
Los que no recibieron a Jesucristo siguen siendo “lo suyo”, pero no son hijos de Dios. Dios no tiene comunión ni compañerismo con ellos.
Los que recibieron y creyeron en Jesús, sin embargo, sí son hijos de Dios. Dios les ha dado ese derecho y privilegio. Dios tiene una relación estrecha con ellos. Son sus hijos por causa de Jesucristo Su Hijo.
El versículo 13 certifica que el privilegio de ser hijos de Dios no es solo una cuestión legal, sino un hecho también un hecho espiritual que Dios obró directamente en el interior de quienes creyeron y recibieron a Jesús para hacerlos verdadera y realmente sus hijos.
El evangelista Juan expresó este maravilloso hecho divino, al que conocemos como nacer de nuevo o nuevo nacimiento, con estás precisas y preciosas palabras: “los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:13). Los que creen en Jesús son realmente hijos de Dios por haberlo recibido como quien en es él.
El hecho de ser hijos de Dios no es una obra planeada y realizada por seres humanos. Esto incluye también a quienes creen en Jesús y le siguen. La humanidad no ejecuta su nacimiento espiritual, es Dios mismo quien opera y materializa espiritualmente tal nacimiento. Los hijos de Dios por la fe en Jesús no realizan en ninguna manera ese su engendramiento. Es Dios mismo quien ejecuta el nuevo nacimiento.
Dios da este privilegio a toda persona que escucha sobre Jesús y su obra de salvación y cree en él y lo sigue. Dios quiere que toda la humanidad reciba a Jesús. Es por eso que ha ordenado a su iglesia que vaya por todo el mundo y predique el evangelio a toda criatura. Todo criatura tiene que aprovechar la oportunidad de ser hecho hijo De Dios.
Recuerda. Dios quiere y puede hacerte hijo suyo. Lo único que tienes que hacer es recibir y creer en Jesús de todo corazón. Hazlo hoy mismo. Recibe a Jesús. Aprovecha tu oportunidad de entrar a la familia de Dios como hijo suyo.
3. Ahora, al igual que en el periodo del Nuevo Testamento y en toda la historia post neotestamentaria, lo que determina que un ser humano creado por Dios reciba la potestad de ser hecho hijo de Dios es la fe en Jesucristo.
Jesucristo sigue dividiendo a la humanidad en estos dos grupos: Los que son hijos de Dios por recibirle y creer en él y los que no son sus hijos por no recibirle ni seguirle.
Es obvio que la división de la humanidad en estos dos grupos no es responsabilidad de Dios, sino de los seres humanos. Dios quiere que todos sean sus hijos, pero él no fuerza la fe ni la creencia de nadie. Es el ser humano el que decide su destino como hijo de Dios o como no hijo suyo.
Jesucristo sigue siendo anunciado como lo que la Biblia dice sobre él. Él es el Hijo de Dios que vino a esta tierra a salvar a los pecadores. Él se hizo hombre para dar su vida en rescate por todos. Él murió por nuestros pecados conforme a la Escritura. Él resucitó de entre los muertos al tercer día para nuestra justificación. Jesucristo está vivo y ofrece salvación y vida eterna a todo aquel que cree en él y lo sigue.
Es responsabilidad del hombre “recibir” y “creer” en Jesucristo. Si lo hace, Dios lo hace nacer de nuevo como su hijo, su verdadero hijo. Si no “recibe” ni “cree” en Jesús, Dios no lo hace su hijo, sino que lo deja en su condición humana perdida.
Es tiempo de finalizar.
La humanidad está dividida en dos por causa de Jesucristo.
Recibe y cree en Jesús para que Dios te haga su hijo. No desaproveches tu oportunidad y privilegio. Sigue a Jesús ya mismo y serás verdaderamente un hijo de Dios.
Si ya eres hijo de Dios porque ya has recibido y ya has creído en Jesús, enhorabuena. Gózate cada día y crece como hijo de Dios. Afirma tu fe y obedece a Jesús testificando su salvación a otros y viviendo cada día para él y su gloria.
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