Jesucristo nos divide: ¿O somos solo creación de Dios o somos también hijos de Dios?

Jesucristo divide a toda la humanidad en dos grupos bien diferenciados:

1) los que son suyos e hijos de Dios y

2) los que son suyos, pero que no son hijos de Dios.

No existe un punto neutro.

Él vino a esta tierra y estableció esta división desde el principio de su ministerio terrenal.

Somos nosotros quienes escogemos y decidimos nuestro lugar en esa división.

Examinemos esta realidad en Juan 1:11-13.

1. “Los suyos” no hijos de Dios son los que no creyeron en Jesús y no le siguieron.

“A lo suyo vino y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).

El evangelista escribe sin ambigüedad.

Él expone la venida de Jesucristo -“A lo suyo vino …”- y el cómo fue rechazado por un sector de la humanidad del momento histórico en el que llegó -“… y los suyos no le recibieron”-.

No hay duda alguna en la declaración.

“Lo suyo” en el texto y en su contento cercano y amplio admite solamente dos únicas opciones:

La primera: “Lo suyo” es toda la creación y, en forma específica, el mundo, la tierra, en la que habitamos todos los seres humanos (Juan 1:3, 9-10). Este mundo, nuestro planeta, y todo lo que hay en él, es de Jesucristo porque él lo hizo y lo sostiene.

La segunda: “Lo suyo”, en forma mucho más especial y limitada, es la nación de Israel, el pueblo del pacto, a quien Jesús siempre dijo que fue enviado (Mateo 15:24).

Ahora necesitamos definir quienes son “… los suyos que no le recibieron”. El significado también se puede conocer con certeza por el contexto cercano y amplio del evangelio de Juan y de los otros tres evangelios.

“Los suyos que no recibieron a Jesús” son, en primer lugar, todos los ciudadanos judíos de su época. Tanto los que lo vieron como los que oyeron de él durante sus tres años de ministerio público. Estas personas “no recibieron” a Jesús como el Mesías, el Salvador del mundo.

Estas personas no creyeron en Jesús y es por eso que no lo siguieron.Todas estas personas, por tanto, no son hijos de Dios.

“Los suyos que no le recibieron” son, en segundo lugar, todos los seres humanos del mundo de la época en la se escribió el evangelio de Juan que no creyeron ni recibieron a Jesús como el hijo de Dios.

Toda esa gente, al igual que los judíos que rechazaron a Jesús en sus días de ministerio, no le recibieron a pesar de que escucharon claramente quién era él y qué es lo que había hecho a favor de la humanidad al morir y resucitar al tercer día.

El evangelista maneja “lo suyo” y “los suyos” de forma magistral. “Lo suyo” es el entorno que le pertenece por derecho de creación (su planeta / su nación); “los suyos” son los habitantes de ese mundo (toda la humanidad / los judíos). Como bien señaló en el versículo anterior, “el mundo no le conoció” (v. 10): lo que define la tragedia de “los suyos” es precisamente su acto personal de no conocer ni recibir al Dios hecho hombre.

Las expresiones bíblicas del evangelio de Juan sobre quienes no recibieron a Jesús, tanto de los judíos como de toda la humanidad, siguen siendo actuales porque hoy también hay muchos que “no conocen” (Juan 1:10) ni “reciben” (Juan 1:11) a Jesús como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.

Es triste que la historia del rechazo a Jesús se repita día a día.

Es lamentable que haya gente que “no conoce” (no se relaciona, no le sigue) a Jesús a pesar de que escuchan de él.

Es trágico que existan personas que “no reciban” al Hijo de Dios aún cuando siempre se les anuncia de lo que él hizo a su favor.

Los que rechazan a Jesús se quedan, en consecuencia, en una posición de condenación eterna, pero no porque Dios no quiera salvarlos en Jesucristo Su Hijo, sino porque ellos mismos eligen esa condición.

Estas personas, ya judías o ya de cualquier otra nacionalidad, se quedan como no hijos de Dios y sufrirán las terribles consecuencias de sus menosprecio y su rechazo al Hijo de Dios.

2. Los suyos hijos de Dios por la autoridad de Dios son toda la humanidad que recibió, creyó y siguió a Jesús como Dios hecho hombre.

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre; les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).

La palabra es “mas” es una conjunción adversativa, que se usa para conceptos o circunstancias opuestas. En el versículo 11 el evangelista mostró con claridad como un sector de seres humanos “no recibió” a Jesús, Dios hecho Hombre (Juan 1:1, 14); y ahora, en el versículo 12, él mostrará que hubo seres humanos que sí recibieron y que sí creyeron en Jesús, y que fueron privilegiados, por lo tanto, con la bendición de ser hechos hijos De Dios.

La palabra “mas” introduce el hecho de que no todos cerraron sus ojos y sus corazones a Jesús y a las evidencias de que provenía de Dios y era Dios (Juan 1:1). Gracias a Dios, sí hubo gente que “recibió”, “creyó” y “siguió” al Hijo de Dios en aquel tiempo.

Todas las personas que recibieron y creyeron en Jesús fueron hechos hijos de Dios. Dios mismo les dio esa “potestad”. La palabra “potestad” (exousía: derecho, autoridad, privilegio legítimo) implica que Dios autorizó e hizo que estos hombres y mujeres fuesen hechos sus hijos.

Los que no recibieron a Jesucristo siguen siendo “lo suyo”, pero no son hijos de Dios. Dios no tiene comunión ni compañerismo con ellos.

Los que recibieron y creyeron en Jesús, sin embargo, sí son hijos de Dios. Dios les ha dado ese derecho y privilegio. Dios tiene una relación estrecha con ellos. Son sus hijos por causa de Jesucristo Su Hijo.

El versículo 13 certifica que el privilegio de ser hijos de Dios no es solo una cuestión legal, sino un hecho también un hecho espiritual que Dios obró directamente en el interior de quienes creyeron y recibieron a Jesús para hacerlos verdadera y realmente sus hijos.

El evangelista Juan expresó este maravilloso hecho divino, al que conocemos como nacer de nuevo o nuevo nacimiento, con estás precisas y preciosas palabras: “los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:13). Los que creen en Jesús son realmente hijos de Dios por haberlo recibido como quien en es él.

El hecho de ser hijos de Dios no es una obra planeada y realizada por seres humanos. Esto incluye también a quienes creen en Jesús y le siguen. La humanidad no ejecuta su nacimiento espiritual, es Dios mismo quien opera y materializa espiritualmente tal nacimiento. Los hijos de Dios por la fe en Jesús no realizan en ninguna manera ese su engendramiento. Es Dios mismo quien ejecuta el nuevo nacimiento.

Dios da este privilegio a toda persona que escucha sobre Jesús y su obra de salvación y cree en él y lo sigue. Dios quiere que toda la humanidad reciba a Jesús. Es por eso que ha ordenado a su iglesia que vaya por todo el mundo y predique el evangelio a toda criatura. Todo criatura tiene que aprovechar la oportunidad de ser hecho hijo De Dios.

Recuerda. Dios quiere y puede hacerte hijo suyo. Lo único que tienes que hacer es recibir y creer en Jesús de todo corazón. Hazlo hoy mismo. Recibe a Jesús. Aprovecha tu oportunidad de entrar a la familia de Dios como hijo suyo.

3. Ahora, al igual que en el periodo del Nuevo Testamento y en toda la historia post neotestamentaria, lo que determina que un ser humano creado por Dios reciba la potestad de ser hecho hijo de Dios es la fe en Jesucristo.

Jesucristo sigue dividiendo a la humanidad en estos dos grupos: Los que son hijos de Dios por recibirle y creer en él y los que no son sus hijos por no recibirle ni seguirle.

Es obvio que la división de la humanidad en estos dos grupos no es responsabilidad de Dios, sino de los seres humanos. Dios quiere que todos sean sus hijos, pero él no fuerza la fe ni la creencia de nadie. Es el ser humano el que decide su destino como hijo de Dios o como no hijo suyo.

Jesucristo sigue siendo anunciado como lo que la Biblia dice sobre él. Él es el Hijo de Dios que vino a esta tierra a salvar a los pecadores. Él se hizo hombre para dar su vida en rescate por todos. Él murió por nuestros pecados conforme a la Escritura. Él resucitó de entre los muertos al tercer día para nuestra justificación. Jesucristo está vivo y ofrece salvación y vida eterna a todo aquel que cree en él y lo sigue.

Es responsabilidad del hombre “recibir” y “creer” en Jesucristo. Si lo hace, Dios lo hace nacer de nuevo como su hijo, su verdadero hijo. Si no “recibe” ni “cree” en Jesús, Dios no lo hace su hijo, sino que lo deja en su condición humana perdida.

Es tiempo de finalizar.

La humanidad está dividida en dos por causa de Jesucristo.

Recibe y cree en Jesús para que Dios te haga su hijo. No desaproveches tu oportunidad y privilegio. Sigue a Jesús ya mismo y serás verdaderamente un hijo de Dios.

Si ya eres hijo de Dios porque ya has recibido y ya has creído en Jesús, enhorabuena. Gózate cada día y crece como hijo de Dios. Afirma tu fe y obedece a Jesús testificando su salvación a otros y viviendo cada día para él y su gloria.

 

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Mateo 25:41 Explicado: Para quién fue preparado realmente el lago de fuego.

El lago de fuego, el fuego eterno no fue hecho para la humanidad.

Jesucristo vino a este mundo para salvar a los pecadores. Dios ama a los hombres y no quiere su condenación, sino su salvación eterna. No se puede acusar a Dios de planear y de anhelar la condenación eterna de los seres humanos. La Biblia enseña que Dios quiere la salvación de todos los hombres. (1 Timoteo 2:3-6; 2Pedro 3:9).

El que quiere la condenación de los hombres y su destrucción es Satanás, quien se constituyó por sí mismo como enemigo de Dios. El Diablo vino para matar y destruir a los hombres. Él siempre está acechando a los cristianos para devorarlos. (Juan 10:10; Efesios 6:11; 1 Pedro 5:8).

El Diablo, en consecuencia, desde que pecó contra Dios, y sabiendo ya que su destino es el lago de fuego, acechó, acecha y acechará a la humanidad para llevarla hasta ese su lugar de condena.

El Diablo no quiere irse al lago de fuego solamente con sus ángeles; él también quiere a seres humanos allí.

Jesucristo, respecto al Diablo, a sus ángeles -demonios- y al fuego eterno o lago de fuego, dijo: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.” (San Mateo 25:41). Las palabras de nuestro Señor necesitan leerse y entenderse bien, muy bien. Es crucial que así sea.

En este texto, Jesucristo reveló estas siguientes verdades respecto al plan de Dios para con la humanidad, al lago de fuego, el diablo y sus ángeles, y nosotros los seres humanos:

1) El fuego eterno, el lago de fuego, fue preparado para el Diablo y sus ángeles, no para los seres humanos. El texto es clarísimo. La condenación eterna fue diseñada teniendo a Satanás y sus demonios como sujetos claves. Ellos irán allí o sí (Apocalipsis 20:10).

2) El Diablo y sus ángeles no pueden escaparse de ese su destino de condenación. No existe redención para ellos. Dios no planeó salvación para Satanás y sus demonios, sino condenación. (Hebreos 2:16). Tanto el Diablo como sus demonios saben que su destino es irreversible. (Mateo 8:29; Judas 1:6; Apocalipsis 12:12; 20:10).

3) Los seres humanos no fueron creados para ser condenados y no tienen que ir necesariamente al lago de fuego o fuego eterno. Para los seres humanos Dios ha provisto salvación y vida eterna por medio de Jesucristo y sus obra salvadora (Juan 3:16-21; Romanos 5:6-11). El hombre no tiene la condenación determinada. Se le ofrece la salvación y el perdón de pecados si es que cree y sigue a Jesucristo. (Juan 1:11-13). Su condenación se disipa y se desvanece tan pronto cree genuinamente en el Hijo de Dios. (Juan 3:36; Mateo 25:34-40). 

4) Hay un buen número de seres humanos que irán al fuego eteno o lago de fuego. Aunque los seres humanos no fueron hechos para condenación, Dios sí arrojará al lago de fuego junto al Diablo y sus ángeles a los seres humanos que no creen ni siguen a Jesucristo y que le muestran su menosprecio tratando mal a quienes sí creen en él y le siguen (Mateo 25:41-45). Quienes vayan a condenación irán al lago de fuego por su propia determinación y elección, ya que escogieron por sí mismos despreciar e ignorar a Jesucristo y su obra de salvación a su favor (Apocalipsis 20:15; 21:8). Ellos no tendrán ninguna excusa por su terrible elección.

En español, Mateo 25:41 es contundente: La condenación de los seres humanos no es la prioridad de Dios. Él no hizo el lago de fuego para ellos, sino para el diablo y sus ángeles.

La traducción al español refleja estas ideas en conformidad con el texto griego, en cuya sintaxis no se deja margen para interpretar que el fuego eterno haya sido preparado originalmente para los seres humanos, sino solamente para Satanás y sus demonios.

Los hombres tenemos oportunidad de salvación eterna, aprovechémosla. Dios nos creo para que vivamos en comunión con él. Su plan y su determinación para con nosotros es que reinemos con él por la eternidad.

Está escrito: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mateo 25:34). Este texto es igual de claro. Dios ha preparado para nosotros los seres humanos un reino a su lado. Jesús también habló de las moradas que él está preparando para quienes creen en él y le siguen (Juan 14:1-3).

Al final de los tiempos, quienes creen en Jesús y le siguen, vivirán con Dios en su tabernáculo eterno. Está escrito: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y el morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.” (Apocalipsis 21:3). Este es plan original de Dios para con toda la humanidad, que habitemos junto a él.

No nos dejemos engañar por nuestro enemigo el Diablo. No lo sigamos en su rebelión contra Dios. Satanás nos quiere engañados para que lo acompañamos en su condenación. Sus ofertas todas son mentira y solamente mentira. No se puede confiar en él en ningún momento. (Juan 8:44; Apocalipsis 20:7-10).

No lo sigamos a él.

Resistámosle y dejémoslo.

No dejemos que logre su objetivo para con nosotros ni para nuestro prójimo.

Miremos a Jesucristo, Dios hecho Hombre. Él vino para deshacer las obras del Diablo y para sacarnos de su opresivo dominio (1 Juan 3:8; Hechos 26:18).

Miremos a Jesucristo con fe y seamos salvos del diablo y su condenación eterna.

Escapémonos del lago de fuego y de la compañía eterna del Diablo y sus demonios creyendo y siguiendo a Jesucristo.

Creer y seguir a Jesucristo en esta vida y en esta tierra es urgente. Hagámoslo hoy mismo. Amén.

 

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La fe hace obrar a Dios: La fe que Dios quiere ver en sus hijos para salvar a muchos más pecadores.

La fe del hombre hace obrar a Dios. La Biblia testifica este hecho en forma ciertísima e indudable.

Dios despliega su poder perdonador y sanador a favor de los hombres cuando ve fe en ellos. Mateo, Lucas y Marcos, los evangelistas sinópticos, testifican esta realidad en sus libros.

El evangelio de Marcos es suficiente para demostrar que Dios actúa salvíficamente por la fe del hombre. Jesús perdonó sus pecados e hizo caminar saludablemente a un paralítico porque vio la fe de quienes lo llevaron hasta él. (Marcos 2:1-12).

Las palabras de Marcos son clarísimas y contundentes: “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.” (Marcos 2:5). “A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.” (Marcos 2:11). No hay ninguna ambigüedad en el evangelista: El paralítico anduvo porque Jesús obró su salud al ver la fe de sus cargadores.

Ese paralítico recibió salud espiritual -el perdón de sus pecados- y salud física -caminó normalmente- gracias a la fe que Jesucristo “vio” en quienes lo transportaron hasta él.

El evangelista no se ocupa de la fe del paralítico en su relato, sino la fe de los hombres que lo llevaron hasta Jesús. Es la fe de ellos la que destaca. ¿Por qué? Porque es la fe de estos “unos” (2:3) la que movió e hizo actuar a Jesús a favor del paralítico. Es gracias a esta fe humana que ocurrió este portentoso milagro. A Dios le agrada, le gusta y le complace la fe del hombre. Él actúa cuando ve esta fe.

Necesitamos tener la fe que hace actuar poderosa y redentoramente a Dios. ¿Por qué? Porque esta fe le muestra a Dios que nosotros estamos alineados con él, con su carácter y con su buena voluntad.

En la fe de esos “unos” en Jesús, nuestro Señor y Salvador, él vio:

1. Su compasión por el paralítico.

2. Su determinación por hacer algo para ayudarle.

3. Su unidad de propósito y su esfuerzo colectivo en bien de su prójimo.

4. Su conocimiento de quién es él, de su poder y de su disposición por hacer bien a los hombres necesitados.

5. Su persistencia e ingenio para llevar al paralítico hasta Jesús a pesar de las circunstancias opuestas que encontraron.

Los cristianos necesitamos la fe que hace actuar a Dios salvíficamente. La fe de los que llevaron al paralítico hasta su sanidad espiritual y física también tiene que ser vista por Dios en nosotros hoy.

Tengamos esa fe en Jesucristo, hermanos.

Mostrémosle a Dios fe misionera en todo lo que hacemos mientras somos sus testigos y mensajeros en esta tierra. Hagamos que Dios salve y restaure a muchos pecadores más al ver nuestra fe mientras cumplimos la gran comisión.

Que Dios nos ayude y desarrolle esa fe misionera en nosotros. Es fundamental que la cultivemos y que Dios la halle en su pueblo, hijos de Dios. ¿Por qué? Porque cuando él encuentra esa convicción activa, obrará y salvará a los pecadores que estamos evangelizando.

En esa fe que mueve el brazo de Dios, él verá nuestra compasión por el perdido que necesita a Cristo, nuestra determinación por obedecer la gran comisión, la certeza de que Jesús es el único Salvador, la persistencia en llevar a los pecadores a sus pies a pesar de los obstáculos y nuestra unidad al glorificarle como sus instrumentos para alcanzar a los extraviados.

Que Dios halle esa convicción y salve a muchos más pecadores, hermanos. Que la contemple:

1. En nuestras oraciones a favor de los pecadores.

2. En el buen testimonio con el que vivimos y trabajamos entre ellos.

3. En nuestra unidad y trabajo conjunto en la gran comisión.

4. En nuestras ofrendas y donativos dedicados a la extensión del evangelio.

5. En todas las actividades evangelísticas que realizamos cotidianamente.

Que Dios vea en nosotros en este tiempo la fe que apreció en quienes llevaron al paralítico hasta Jesús. Es urgente que tengamos esa fe, hijos de Dios. Que Dios nos ayude a tener esa fe y a vivir en base a ella. Amén y amén.

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Nadie da a otro lo que no tiene; pero tú, hijo de Dios, ya tienes lo más valioso que dar. ¡Dáselo!

Nadie puede dar a otro lo que no tiene. Es imposible. Solamente podemos dar lo que tenemos. Tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones, también de nuestras posibilidades.

Pedro y Juan conocían lo que podían y no podían dar. Estas sus palabras son para enmarcar y vivir a cada instante: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).

El paralítico del relato bíblico esperaba “algo” que Pedro y Juan no tenían, pero recibió de ellos algo mucho más valioso: su salud física y también su salud espiritual; él pudo caminar y alabar a Dios por el poder de Jesucristo. Los apóstoles le dieron lo que sí poseían y es por eso que el paralítico caminó y alabó.

Las palabras de Pedro y de Juan al paralítico están en mi mente desde ayer. Vinieron a mi mente mientras visitaba el penal El Milagro. Los presos tienen muchas necesidades allí. Varias de esas necesidades se solucionan con dinero, y yo no lo tengo. Me sentí frustrado por eso, pero me animé al saber que sí tenía algo valioso que darles: el evangelio de Jesucristo.

Di el evangelio a varios de ellos. Les dije que Jesús vino a salvarlos, que murió por sus pecados y que resucitó para su justificación. Les dije que creyendo y siguiendo a Jesús serían verdaderamente libres -a pesar de estar en prisión- y podrían empezar una vida nueva.

Fueron varios de los internos los que me agradecieron por el mensaje y el folleto que les di. Cumplí mi labor como testigo de Jesús y su salvación con ellos. Di lo que sí tenía. Compartí con ellos lo que no se puede comprar con dinero, el evangelio de salvación.

Salí del penal reconfortado. 

Tengo algo valioso que dar, no solo a los presos, sino a toda persona que se relaciona conmigo. El evangelio de salvación, que anuncia el perdón de pecados, la libertad de condenación y la vida eterna, me ha sido entregado; es mi posesión, pero no solo para mi beneficio, sino para el de toda persona, tengo dárselo urgentemente. ¡Ayúdame a compartir tu evangelio con todo pecador, oh Dios y Padre de Jesucristo!

Dios nunca nos pide que demos lo que no tenemos.

Nadie podrá condenarnos a nosotros por no darle lo que no está en nuestras manos ni en nuestro poder.

No nos turbemos ni nos afanemos por no dar lo que no poseemos.

Pedro y Juan dieron lo que tenían al paralítico -la capacidad de andar por el poder del nombre de Jesucristo-. Ellos no le dieron oro ni plata porque no tenían.

Solamente somos responsables por dar aquello que sí tenemos, hermanos.

1) Si tienes a Cristo y su evangelio siempre pueden compartirlos. No los guardes solo para ti. Testifica, habla, comparte. Otros pecadores necesitan a Jesús y su salvación. Dáselos tú.

2) Siempre puedes orar e interceder por todos los hombres, para que crean y sigan a nuestros Señor.

3) Ya que vives y trabajas entre otros seres humanos, siempre puedes darles la luz de Cristo por medio tu buen testimonio.

4) Ya que tienes oídos y boca para hablar, siempre puedes escuchar las cargas de tu prójimo con compasión y animarles con palabras de aliento.

5) Por último, si Dios te ha prosperado y sí tienes dinero más que suficiente, ayuda a los necesitados sabiamente, y coopera con la evangelización mundial con generosidad y regularidad.

Una vida transformada por la fe en Jesucristo, con el presencia poderosa del Espíritu Santo, siempre tiene algo que dar a su prójimo.

Gracias Dios porque los cristianos siempre tenemos algo valioso que dar a nuestros semejantes.

Muévenos a compartir con gozo lo que tú nos has dado. Amén y amén.

…

¿A quién puedes compartirle hoy de lo que Dios ya te ha dado? Haz la cita, llama, fija la hora y ve y comparte el mensaje de salvación con urgencia.

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Interpelados por Hechos 8:4: El desafío de hablar de Jesucristo a toda criatura en todo lugar hoy.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

El evangelio en la vida diaria

Todo hijo de Dios tiene que tener en su mente, su corazón y boca el evangelio de Jesucristo para compartirlo espontánea e intencionalmente tan pronto como se presente una oportunidad para hacerlo cada día de su vida en esta tierra.

Los cristianos primigenios vivían predicando el evangelio cada día por dondequiera que estaban e iban y Hechos 8:4 es contundente al respecto. Ellos anunciaron el evangelio fiel y cotidianamente en un ambiente hostil, violento y mortal.

El denuedo, la disposición y la acción evangelista de los cristianos de los inicios de la Iglesia es nuestro reto actual. Necesitamos hablar de Jesús como lo hicieron ellos.

La persecución y la dispersión bendita

El testimonio bíblico da cuenta de la muerte de Esteban y de la persecución que se desató contra toda la iglesia que estaba en Jerusalén. Los únicos que no fueron perseguidos y esparcidos aquel día fueron los apóstoles (Hechos 8:1). ¿Por qué es que fueron dejados? El texto no lo dice, pero “me” imagino que como ellos habían mostrado que nada les amilanaba (Hechos 5:40-42), sus adversarios los dejaron “descansar” en Jerusalén y centralizaron su brutal y feroz enojo en toda la congregación.

Los enemigos de Cristo y del evangelio -los principales líderes del Israel de ese tiempo- enfocaron toda su furia y todo su ensañamiento contra toda la iglesia, es decir, contra todos y cada uno de aquellos que habían creído y que ya estaban siguiendo a Jesucristo.

Los enemigos de la iglesia querían frenarla con su ira cruenta e injusta, pero se equivocaron. Su perverso acto generó una dispersión bendita. Todos los hijos de Dios que tuvieron que salir de Jerusalén por la persecución “… fueron esparcidos por todas las tierras de Judea y de Samaria” (Hechos 8:1). La semilla poderosa del evangelio fue dispersada a través de los cristianos esparcidos entre la gente de todos los pueblos de esas dos provincias de aquel entonces.

Lo que para los enemigos de Dios fue el principio del fin de la propagación de Jesucristo y su evangelio, fue en realidad el inicio de la movilización de miles de sus testigos y de sus evangelistas desde Jerusalén hasta lo último de la tierra, en conformidad con su voluntad expresada en Hechos 1:8.

El «pero» victorioso y el fruto de la fe

El “pero” de Hechos 8:4 es un pero victorioso. Quien promovió el miedo, el enclaustramiento, la invisibilidad y el silencio de los cristianos desencadenó su valiente dispersión y su visible testimonio evangélico por todo lugar al que llegaron.

“… los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, dice el autor bíblico.

Ellos no se escondieron.

Ellos no se callaron.

Ellos predicaron el evangelio por todas partes.

Los apasionados hijos de Dios por la fe en Jesús sembraron y sembraron el evangelio de nuestro Señor y Salvador en todo pueblo y en toda ciudad a donde fueron. Es por esa razón que rápidamente surgieron iglesias en Judea, Samaria, Galilea y muchos otros lugares del mundo de aquel entonces (Hechos 9:31; 11:19-26).

La persecución que buscaba acallar a los discípulos, los puso en movimiento y actividad evangelizadora constante. Es por eso que ese “pero” es bendito y glorioso. Convirtamos también nosotros nuestro contexto adverso en una oportunidad para testificar con entusiasmo de nuestro misericordioso Señor y de su salvación eterna.

Un texto que nos confronta e interpela

Los cristianos de hoy tenemos que hacer lo mismo que hicieron nuestros antepasados del Nuevo Testamento. Necesitamos predicar y anunciar el evangelio por todas partes. Todos tenemos que hacer esta tarea. Todos estamos capacitados y llamados a testificas de Jesucristo por todas partes.

Hechos 8:4 me interpela personalmente.

Este texto de la Escritura cuestiona en realidad a la totalidad de la iglesia y a cada miembro de ella. ¿Está toda la iglesia testificando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que se encuentra? ¿Están todos y cada uno de los miembros de iglesia compartiendo de Jesús y su obra de salvación en los lugares en donde viven y en todos los lugares a donde van? ¿Estoy yo predicando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy?

Hechos 8:4 es un desafío para mí. Este texto me confronta desde mi conversión a Jesucristo. La movilización proclamadora del evangelio de todos y cada uno de los miembros de la iglesia es un reto para todos aquellos que apacientan las congregaciones de Jesucristo en Perú y en todas partes del mundo.

Nosotros los cristianos de hoy tenemos la misma fe, el mismo Espíritu, la misma palabra escrita, la misma misión y la misma presencia constante de Jesucristo que los primeros discípulos. Nuestras circunstancias han variado, pero en las cuestiones esenciales, no nos diferenciamos. ¿Por qué es entonces que no testificamos de Jesucristo como lo hicieron ellos?

La necesidad del compromiso personal y del ejemplo

Hechos 8:4 me escudriña.

Necesito cumplir el desafío que presenta.

Tengo que predicar el evangelio en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy. Toda persona que se relaciona conmigo por una u otra razón tiene que oír el evangelio de mi boca, tanto si ya es cristiano, y con mayor razón si es que todavía no lo es.

Si quiero que toda la iglesia predique el evangelio en donde está y en todo lugar al que va, tengo que darle la motivación adecuada -además de la enseñanza y del mandato de hacerlo- con mi ejemplo y con mi pasión.

Los primeros cristianos tuvieron el ejemplo de los apóstoles. Ellos predicaron valientemente el evangelio. No se acobardaron por la prisión, por las amenazas, ni por azotes de las autoridades judías. Prefirieron obedecer a Dios antes que a los hombres. Hechos 5:42 testifica de este su apasionado trabajo: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”

La movilización evangelizadora de todos y cada uno de los miembros de la iglesia empieza con uno, con dos, o tres, o más cristianos. El ejemplo y la pasión de estos cristianos cundirá en los demás y la dispersión de los hijos de Dios en razón de su vivienda, su trabajo, sus estudios hará el resto.

Los cristianos ya estamos “dispersos” y “esparcidos” entre la gente que todavía no cree ni sigue a nuestro Salvador.

Nosotros vivimos entre las personas que tienen necesidad de Jesús y de su salvación la mayor parte del tiempo.

Cumplamos nuestra misión aprovechando esa nuestra dispersión. Anunciemos el evangelio a quienes se relacionan con nosotros cada día. Imitemos el ejemplo de nuestros antepasados neotestamentarios y hablemos de Jesucristo y su evangelio por todas partes en todo momento.

Pasos prácticos para hacer realidad Hechos 8:4 hoy

No sé de ti, pero yo estoy desafiado y animado.

Hacer realidad Hechos 8:4 en mi vida es mi reto presente y continuo.

Te comparto lo que estoy haciendo con la ayuda y la guía de Dios:

  1. Oro por valentía, oportunidades y diligencia para testificar cada día por donde vaya.
  2. Llevo folletos evangelísticos para entregarlos tan pronto como haya oportunidad.
  3. Procuro hablar de Jesús y su evangelio a cada persona que se relaciona conmigo.
  4. Tengo momentos en los que salgo de la casa con el objetivo específico de hablar el evangelio con alguna persona u otra persona.
  5. Ofrezco mi compañía evangelizadora a quien necesite un compañero para evangelizar y voy con él a donde sea necesario.
  6. Motivo a otros a evangelizar y les enseño cómo hacerlo.

Oración

Dios y Padre de Jesucristo, muévenos a evangelizar cada día a toda persona por todo lugar a donde vamos. Que Hechos 8:4 sea una realidad también en nosotros tu iglesia hoy. En nombre de Jesús. Amén.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

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Sufrimiento persistente y gracia suficiente: Cómo vivir con un dolor que no se va.

Toda persona necesita a Dios para vivir en esta tierra. Lo necesita siempre, pero muchísimo más cuando sufre, ya sea por quebranto y angustia del alma o por herida y enfermedad grave y muy dolorosa del cuerpo.

El sufrimiento y la tristeza extrema —ya por decepción, injusticia, enfermedad o muerte— son muchas veces terribles e insoportables, muy, pero muy difíciles de sobrellevar.

Los cristianos no están exentos de este tipo de experiencias en esta tierra. La Biblia no nos promete que no sufriremos; al contrario, enseña que las tribulaciones serán nuestra compañía constante hasta que entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

Pablo, el apóstol a los gentiles, vivió una experiencia continua de dolor extremo. Él testifica que rogó tres veces al Señor que le quitase ese aguijón —un mensajero de Satanás que lo abofeteaba— el cual le fue dado por Dios para protegerlo del enaltecimiento y la soberbia (2 Corintios 12:7).

Nadie quiere padecer dolor extremo de forma constante. Todos podemos soportar el dolor, pequeño o grande, pero por poco tiempo. Nuestro mayor desafío es el sufrimiento profundo, agudo e incesante… ese tipo de tormento que no deseamos ni en el cuerpo ni en el alma.

Pablo padeció ese aguijón y suplicó al Señor que se lo quitase. Dios respondió su plegaria, pero no como él esperaba: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Dios no le quitó el mensajero de Satanás. En cambio, le dio su gracia y su poder, los cuales se perfeccionan en la debilidad y en el padecimiento extremo.

Pablo aceptó la voluntad de Dios. Entendió que el Señor había diseñado y permitido esa dolorosa condición para hacerlo humilde y dependiente de Él. Esa rendición abrió sus ojos para testificar que, gracias a ese dolor continuo, podía ser depositario del poder de Cristo. Por eso se gloriaba de buena gana en sus debilidades.

Ningún hijo de Dios está solo en sus tribulaciones. Dios está a su lado, fortaleciéndolo, aliviándolo y consolándolo. Podemos orar como Pablo para que se nos quite lo que nos atormente. Si Dios nos lo quita, amén. Pero si no nos lo quita, amén también. Recordemos que no sufrimos ni padecemos en nuestra propia fuerza, sino en el poder y la fuerza de Dios.

No nos resistamos a las tribulaciones, ni a las enfermedades, ni a la muerte misma, hermanos en Cristo. Asumámoslas con humildad y buena gana, aunque duelan, y mucho. No estamos solos en ninguno de esos momentos. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con su gracia y todo su poder, nos acompaña siempre, y especialmente en situaciones como estas. Amén y amén.

 

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Solo O Fructífero: La Opción Crucial que Jesús Tomó por la Humanidad.

“El significado profundo del Grano de Trigo de Juan 12:24, la terrible exclusión que Jesús evitó con su muerte y el llamado radical a que el cristiano dé su propio fruto.”

Dios Hijo, la segunda persona de la Trinidad, se hizo Hombre en Jesús de Nazaret para salvar a los seres humanos de sus pecados y de su condenación. Él siempre vivió en función de su misión. Sus palabras sobre el propósito de su venida son claras y Juan 12:24 es la evidencia.

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.”

Seis días antes de la Pascua, Jesús reveló que Él mismo era ese grano. Su entrada en Jerusalén (Zacarías 9:9) lo confirmaba: para que Su Reino se extendiera a todo el mundo (el “mucho fruto”), Él debía morir.

Jesús, con el poder de elegir, pudo haber guardado Su vida. Si no hubiese muerto, se habría quedado “solo” (sin vida eterna para nadie más). Él habría sido el único en la gloria de Dios. Todos los demás habríamos quedado excluidos eternamente.

Él, sin embargo, optó por dar Su vida por nosotros. Murió en nuestro lugar para resucitar y, como el grano que produce la espiga, levantar y llevar a muchísimos otros seres humanos hacia la gloria de Dios (Hebreos 2:10).

Este pasaje no solo establece el plan de salvación, sino también el camino del discípulo. Jesús nos enseña que en Su camino hay que “morir” para realmente “vivir” y ser fructíferos:

“El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25).

El cristianismo demanda el sacrificio de uno mismo. Jesús empieza su Iglesia sacrificándose por ella (Efesios 5:25) y demanda que Sus discípulos mueran a sí mismos para ser Sus testigos y portavoces. El egoísmo no tiene parte en la vida de los cristianos.

Jesús nos llama a morir a nuestra vida en este mundo para vivir la Suya. ¡Él nos convoca a seguirle y a imitarle! ¡Hagámoslo! ¡Muramos a nosotros y vivamos a Cristo cada día! ¡Hay recompensa eterna por hacerlo!

“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.” (Juan 12:25-26).

Oración: Padre, ayúdanos a morir a nuestro ego y a darnos a Ti y a los demás, por gratitud a la obra salvadora de Jesucristo en el Gólgota. Amén.
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¡Dios no siempre explica sus razones, pero siempre se revela!

Job, el patriarca del Antiguo Testamento, experimentó a Dios y nosotros también podemos experimentarlo en todo momento. No en forma audible y visible como él, pero sí en forma espiritual y real por medio de su obrar soberano y providencial, y su palabra escrita, la Biblia, la palabra de Dios.

Job necesitaba una respuesta personal de Dios. Él, a pesar de ser un hombre integro (no sin pecado), recto y temeroso de Dios, sufrió la muerte de sus 10 hijos, la quiebra económica, la soledad conyugal, la pérdida de su salud y la reprensión e incomprensión de sus amigos.

Todo estos males, que lo confundieron porque estaba convencido de que no había hecho nada de malo, fueron obra del diablo, pero con el permiso del Soberano de toda la creación, el Único y Verdadero Dios. (El diablo no es autónomo; él nunca puede hacer nada sin la autorización de Dios).

En su confusión y en su lucha por entender el porqué de su sufrimiento, clamó, reclamó y se comprometió a una audiencia con Dios para presentar su injusto caso. Él tenía la convicción de que Dios lo entendería; por eso es que quería estar “cara a cara” ante Dios para argumentar su sufrida situación.

Dios se manifestó a Job para darle la respuesta que buscaba. Al manifestarse, sin embargo, Dios confrontó a Job con preguntas cuyas respuestas mostraban su grandeza y inmenso poder.

La reacción de Job ante la manifestación personal de Su Creador fue arrepentimiento en polvo y ceniza y humillación ante él y estas palabras de admiración: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti.” (Job 42:2).

Job se rindió ante el todo poder y el todo saber de Dios (que limita al diablo y al mal, aunque permite su obrar y lo aprovecha para el bien de su pueblo). Job aprendió que debía confiar y esperar en Dios aun cuando no entendiese la razón de lo que le aconteció. Dios se agradó de su humilde reacción y, aunque no le explicó el porqué de su dolor, sí restauró su salud, le dio 10 hijos más y le devolvió sus bienes por duplicado.

No siempre vamos a saber el porqué de nuestros sucesos dolorosos; Dios no está obligado a explicarnos todo, todo, todo. Lo que sí vamos a conocer a través del dolor y el sufrimiento, si es que nos mantenemos fieles y si es que nos encomendamos a Dios, es esto: Dios está con nosotros, y nos oye, y “todo lo puede” y “todo lo sabe”. ¡Él sabe todos los porqués y siempre son para nuestro bien, aunque nosotros no los sepamos!

¡Esperemos, confiemos, clamemos, oigamos y conozcamos más y mejor a nuestro Dios durante nuestro sufrimiento incompresible! Amén.  

¡Dios y Padre de Jesucristo, ayúdanos a vivir confiados y seguros en ti aun cuando el diablo nos ataque muy duramente y nos genere sufrimiento que no entendemos! Te pedimos esto en Jesús tu Hijo, amén.

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“¿Has sentido a Dios en tu sufrimiento aunque no entendieras el porqué?”
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La Gran Necesidad: Dios Con Nosotros.

La Gran Necesidad: Dios Con Nosotros.

Nuestra mayor necesidad es la comunión con Dios, la cual perdimos trágicamente en el Edén por causa del pecado de Adán. El mayor mal de aquel día no fue la tierra, sino ser echados de la presencia de Dios.

  • Fuimos creados para el compañerismo: Dios nos diseñó para vivir junto a Él, en una relación continua y eterna.
  • Sin Él, somos: “Huérfanos”, “muertos vivos”, solos, sin ayuda, sin punto de partida, sin camino ni punto de llegada.

La Misión de Emanuel: Dios Viene a Nosotros

Dios no quiso que esta separación fuera permanente. Aunque tuvo que cumplir su palabra al echarnos de su presencia (Génesis 3:22-24), Su objetivo eterno es vivir con nosotros, en nosotros y entre nosotros.

Por eso, Él mismo vino a nosotros:

Jesús de Nazaret es Dios Hijo hecho Hombre.

Cuando el Espíritu Santo engendró a Jesús, se cumplió la bendita promesa:

“He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.” (Mateo 1:23; Isaías 7:14)

La Solución en Jesús

  • Revelación: En Jesús, nosotros vemos y encontramos a Dios. Él es el único que lo revela y expone plenamente.
  • Unión Eterna: Solo Jesús nos une y nos vincula verdadera y eternamente con el Padre.

Todos necesitamos a Dios, y todos podemos restaurar Su compañerismo y amistad ya desde esta vida.

Emanuel, Dios con nosotros, no es solo un título, sino la restauración permanente e inquebrantable de la presencia divina perdida en Edén. (Apocalipsis 21:3).


El Llamado

No te quedes solo en el conocimiento. Dios es tu mayor necesidad; Su voluntad, guía y sostén son indispensables para tu vida en este mundo y en el venidero.

¡En Jesucristo, tú tienes a Dios contigo!

Lo único que tienes que hacer es creer y seguir a Jesús, a quien Él ha enviado. ¡Síguele desde hoy y para siempre! Amén.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. (Juan 1:14).

Jesús no solo vino, él se quedó entre nosotros y en nosotros, y nos trajo a Dios para vivir ya hoy en nosotros por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado. (Efesios 1:13; Romanos 8:9).

¡Cree y sigue ya a Jesucristo de una vez desde hoy y para siempre!

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¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

El cristianismo en la Tierra tiene una única y fundamental razón de ser: la salvación de los seres humanos. Si alguna vez dudamos de nuestra misión principal, basta con recordar la pregunta más incómoda que Jesús hizo a dos de sus discípulos más cercanos.

Jacobo y Juan, los hijos del trueno, se llenaron de ira cuando los samaritanos, motivados por viejas enemistades étnicas y religiosas, rechazaron a Jesús en su camino a Jerusalén. ¿Cuál fue su reacción? Rápida y condenatoria: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:54, RVR60, paráfrasis).

La respuesta de Jesús, que aún resuena para la Iglesia de hoy, fue un durísimo llamado de atención: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Lucas 9:55, RVR60).

El Espíritu Condenatorio vs. el Espíritu de Cristo

Tendemos a olvidar el porqué estamos aquí. Jacobo y Juan lo hicieron. Ellos estaban dispuestos a mandar que lloviese fuego del cielo para que consumiese a los samaritanos que (por razones religiosas y enemistad étnica) no quisieron recibir a Jesús en su pueblo al notar que estaba yendo a Jerusalén.

Jesús reprendió duramente a Jacobo y a Juan por su impaciencia y por su presteza condenatoria para con sus semejantes. El llamado de atención fue muy fuerte.

Un espíritu que prioriza el juicio, la sentencia y el castigo, como el de ellos, es muy opuesto al espíritu de Cristo, que busca redimir y salvar.

La misión de Jesús es la salvación de los seres humanos, no su perdición. Él vino para salvar a los hombres y nunca olvidó ese su objetivo. Toda su vida, sus enseñanzas y sus acciones se rigieron por ese norte. Sobre esta declaración giró toda su labor en esta tierra:

“… porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lucas 9:56, RVR60).

La reprensión de Jesús a sus discípulos es clarísima y los cristianos de hoy tenemos que considerarla para analizarnos profundamente. Nosotros debemos tener el mismo norte de Cristo: la salvación de los seres humanos. Nunca tenemos que tener un espíritu opuesto al objetivo y al espíritu de nuestro Señor y Salvador.

No Jueces, Sino Mensajeros

Nosotros no debemos permitir que las ofensas, la rebeldía, la injusticia, la indiferencia espiritual y la maldad de los hombres nos impacienten y nos desvíen del Espíritu de Cristo. No nos constituyamos en jueces ni en verdugos de nuestros semejantes.

  • Podemos corregir y reprender a nuestros semejantes, pero jamás debemos actuar como si fuésemos jueces de los hombres.
  • El rol de Juez final de los seres humanos le corresponde a Dios y a nadie más.

No estamos en esta tierra para perder ni condenar a los hombres. Ese no es el propósito de Dios para nosotros en este mundo. Nosotros estamos aquí por la salvación de los hombres. Despojémonos del espíritu condenatorio de los hijos de Zebedeo y revistámonos del Espíritu de Cristo, que está lleno de gracia, de bondad y de misericordia.

Dios nos salvó y nos envió al mundo para anunciar a todos los seres humanos el evangelio de salvación en Cristo Jesús. Nosotros (cada cristiano en forma particular, y toda la iglesia en general) somos la extensión de la misión salvadora de Dios Hijo a favor de los hombres.

Mostremos el espíritu redentor, liberador y salvador de Jesucristo, y quitemos de nuestro ser todo vestigio del espíritu condenatorio y de perdición al relacionarnos con nuestros semejantes.

¡Que Dios nos ayude a vivir haciendo todo lo que está a nuestro alcance con el fin de que mucha más gente sea salva por medio de Jesucristo! ¡Que siempre sepamos que somos del Espíritu de Jesucristo y que queremos la salvación de todos los hombres, no su perdición! Amén.

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