Sufrimiento persistente y gracia suficiente: Cómo vivir con un dolor que no se va.

Toda persona necesita a Dios para vivir en esta tierra. Lo necesita siempre, pero muchísimo más cuando sufre, ya sea por quebranto y angustia del alma o por herida y enfermedad grave y muy dolorosa del cuerpo.

El sufrimiento y la tristeza extrema —ya por decepción, injusticia, enfermedad o muerte— son muchas veces terribles e insoportables, muy, pero muy difíciles de sobrellevar.

Los cristianos no están exentos de este tipo de experiencias en esta tierra. La Biblia no nos promete que no sufriremos; al contrario, enseña que las tribulaciones serán nuestra compañía constante hasta que entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

Pablo, el apóstol a los gentiles, vivió una experiencia continua de dolor extremo. Él testifica que rogó tres veces al Señor que le quitase ese aguijón —un mensajero de Satanás que lo abofeteaba— el cual le fue dado por Dios para protegerlo del enaltecimiento y la soberbia (2 Corintios 12:7).

Nadie quiere padecer dolor extremo de forma constante. Todos podemos soportar el dolor, pequeño o grande, pero por poco tiempo. Nuestro mayor desafío es el sufrimiento profundo, agudo e incesante… ese tipo de tormento que no deseamos ni en el cuerpo ni en el alma.

Pablo padeció ese aguijón y suplicó al Señor que se lo quitase. Dios respondió su plegaria, pero no como él esperaba: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Dios no le quitó el mensajero de Satanás. En cambio, le dio su gracia y su poder, los cuales se perfeccionan en la debilidad y en el padecimiento extremo.

Pablo aceptó la voluntad de Dios. Entendió que el Señor había diseñado y permitido esa dolorosa condición para hacerlo humilde y dependiente de Él. Esa rendición abrió sus ojos para testificar que, gracias a ese dolor continuo, podía ser depositario del poder de Cristo. Por eso se gloriaba de buena gana en sus debilidades.

Ningún hijo de Dios está solo en sus tribulaciones. Dios está a su lado, fortaleciéndolo, aliviándolo y consolándolo. Podemos orar como Pablo para que se nos quite lo que nos atormente. Si Dios nos lo quita, amén. Pero si no nos lo quita, amén también. Recordemos que no sufrimos ni padecemos en nuestra propia fuerza, sino en el poder y la fuerza de Dios.

No nos resistamos a las tribulaciones, ni a las enfermedades, ni a la muerte misma, hermanos en Cristo. Asumámoslas con humildad y buena gana, aunque duelan, y mucho. No estamos solos en ninguno de esos momentos. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con su gracia y todo su poder, nos acompaña siempre, y especialmente en situaciones como estas. Amén y amén.

 

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Solo O Fructífero: La Opción Crucial que Jesús Tomó por la Humanidad.

“El significado profundo del Grano de Trigo de Juan 12:24, la terrible exclusión que Jesús evitó con su muerte y el llamado radical a que el cristiano dé su propio fruto.”

Dios Hijo, la segunda persona de la Trinidad, se hizo Hombre en Jesús de Nazaret para salvar a los seres humanos de sus pecados y de su condenación. Él siempre vivió en función de su misión. Sus palabras sobre el propósito de su venida son claras y Juan 12:24 es la evidencia.

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.”

Seis días antes de la Pascua, Jesús reveló que Él mismo era ese grano. Su entrada en Jerusalén (Zacarías 9:9) lo confirmaba: para que Su Reino se extendiera a todo el mundo (el “mucho fruto”), Él debía morir.

Jesús, con el poder de elegir, pudo haber guardado Su vida. Si no hubiese muerto, se habría quedado “solo” (sin vida eterna para nadie más). Él habría sido el único en la gloria de Dios. Todos los demás habríamos quedado excluidos eternamente.

Él, sin embargo, optó por dar Su vida por nosotros. Murió en nuestro lugar para resucitar y, como el grano que produce la espiga, levantar y llevar a muchísimos otros seres humanos hacia la gloria de Dios (Hebreos 2:10).

Este pasaje no solo establece el plan de salvación, sino también el camino del discípulo. Jesús nos enseña que en Su camino hay que “morir” para realmente “vivir” y ser fructíferos:

“El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25).

El cristianismo demanda el sacrificio de uno mismo. Jesús empieza su Iglesia sacrificándose por ella (Efesios 5:25) y demanda que Sus discípulos mueran a sí mismos para ser Sus testigos y portavoces. El egoísmo no tiene parte en la vida de los cristianos.

Jesús nos llama a morir a nuestra vida en este mundo para vivir la Suya. ¡Él nos convoca a seguirle y a imitarle! ¡Hagámoslo! ¡Muramos a nosotros y vivamos a Cristo cada día! ¡Hay recompensa eterna por hacerlo!

“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.” (Juan 12:25-26).

Oración: Padre, ayúdanos a morir a nuestro ego y a darnos a Ti y a los demás, por gratitud a la obra salvadora de Jesucristo en el Gólgota. Amén.
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¡Mi Redentor Vive y después de muerto resucitaré, lo veré y viviré con él!

La muerte llegó a personas que quiero. La tristeza les embarga y el dolor les agobia.

Están tristes y desde donde estoy solamente puedo orar por ellos y darles palabras de aliento.

La persona que murió vivió en esta tierra creyendo en Dios por medio de Jesucristo, Su Hijo. Y Jesucristo, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Romanos 4:25), dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Cree esto?”

Ella creyó en Jesucristo y en lo que él dijo de sí mismo. En consecuencia, su muerte no es definitiva, no ha muerto eternamente, ella resucitará y vivirá eternamente al lado de Dios y de todos los redimidos.

Desde la distancia y desde mi no presencia física pido a Dios que consuele, de fuerzas, ánimo y ayuda a mis amigos y hermanos en Cristo, cuyo familiar a partido a su encuentro espiritual con Dios.

El antónimo de la muerte es la vida. Lo opuesto a morir es resucitar.  La Biblia habla de la muerte y también de la vida. La Biblia presenta el morir y también el resucitar.

Yo no sé de ustedes, pero sí se de mí. Se puede vivir y morir con la esperanza de resucitar de los muertos para salvación y vida eterna al lado de Dios. Si se quiere vivir y morir así, hay que creer y seguir a Jesucristo de todo corazón.

Job, quien es conocido por el sufrimiento atroz que padeció, creía en la resurrección de los muertos y en su propia resurrección. Sus palabras, en Job 19:25-27, son contundentes.

Él sabía que Su Redentor estaba vivo. Él sabía que se iba a morir y que por el proceso de la muerte, su piel iba a ser deshecha. Pero él sabía, también, que iba a resucitar y que en su carne iba a ver a Dios.

Ver a Dios luego de morir y resucitar es una verdad liberadora y alentadora. La muerte no es nuestro final, sino nuestro principio, el principio de nuestra eternidad. En esta nuestra eternidad, veremos a Dios, lo veremos personalmente, seremos nosotros mismos los que experimentaremos ese bendito hecho y Job lo hace patente.

La muerte y el dolor que produce en nosotros que la padecemos, nos agobia, nos abruma. Job no lo niega, él dice que su corazón desfallece dentro del él. Pasa lo mismo con nosotros. Pero, eso sí, nuestra esperanza es mayor, y es por eso que nos sobreponemos al dolor y nos levantamos y nos ponemos en pie, para seguir viviendo con ánimo para Dios por la fe en Jesucristo.

¡Gracias a Dios por darnos esperanza en días de dolor por la muerte! ¡Gracias a Dios por darnos a Jesucristo, que murió y resucitó para salvarnos de la muerte!

¡Qué Dios nos ayude a vivir creyendo en Jesucristo mientras vivimos como extranjeros y peregrinos hasta irnos a vivir con él por la eternidad!

Amén y amén.

Dios sigue salvando …

Dios sigue salvando personas por medio de la predicación del evangelio de Jesucristo. Jesucristo vino a la tierra para salvar a los pecadores. Él murió en una cruz y derramó su sangre con el fin de salvar a los pecadores. Él resucitó de los muertos al tercer día porque así estaba escrito en su palabra.

Luego de resucitar de los muertos e instruir a sus discípulos por 40 días, Jesús se fue a los cielos, y se sentó a la diestra de Dios. Antes de irse, Jesús ordenó a sus discípulos que fuesen por todo el mundo y que predicasen el evangelio a toda criatura. (Foto 1: Norris y Victoria junto a sus menores hijos).

Desde ese día en adelante, y gracias a la obediencia de sus seguidores, que fueron por todas partes anunciando su evangelio, son muchas las personas que han creído, y que siguen creyendo en él, y haciéndose discípulos suyos.

Allí donde hay gente que obedece y habla de Cristo a otros,  allí siempre hay nuevos convertidos, nuevos discípulos de Jesús. ¡Gloria a Dios!

Anoche tuve el privilegio de ser testigo de la conversión de una pareja de esposos. Ellos, Victoria y Norris, entregaron sus vidas a Jesucristo, para ser salvos de sus pecados y servirle de todo corazón. ¡Alabado sea a Dios por tanta miseridordia! (Foto 2: Los hermanos de la Iglesia Bautista Bethesda de Requena dando gozosamente la bienvenida a Norris y Victoria, que aceptaron al Señor).

Sigamos yendo a predicar el evangelio. Hablemos de Jesús a tiempo y fuera de tiempo. Aprovechemos cada oportunidad para compartirle a otros que Jesucristo en el poderoso y suficiente salvador que Dios nos ha dado. Digámosles que “no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos”.  No nos quedemos callados. Abramos nuestras bocas con entusiasmo. Anunciemos esta verdad grandiosa y esperemos la obra del Espíritu Santo en los corazones de aquellos que nos oyen. Hagamos nosotros nuestro trabajo y dejemos que Dios haga el suyo.

Si lo hacemos, si cumplimos con testificar y hablar de Jesús, tengamos por seguro que Dios honrara su palabra y dará fruto de arrepentimiento y salvación en muchísima más gente. Dios quiere salvar a más gente. La Biblia es clarísima en ese hecho. Pero Dios va a lograr ese su objetivo por medio de la predicación del evangelio de Jesucristo y esta predicación es realizada por aquellos que son discípulos de Cristo y que le obedecen y cumplen la gran comisión.

No hay nada mejor que ser usado por Dios para llevar su evangelio a la gente pecadora necesitada del mismo. No hay nada mejor que ser testigo de cómo los pecadores se arrepienten y creen en Jesucristo de corazón. Amén. (Foto 3: Me gustó mucho ver la manera en que los hermanos saludaron a estos nuevos creyentes).

¡Qué Dios nos ayude a hablar y a testificar a otros respecto a nuestro bendito y glorioso salvador! ¡Gracias Dios por aquellos que se esfuerzan y hablan de ti a los pecadores! ¡Mueve, oh Dios, a tu iglesia y hazla testigo de tu Hijo Jesucristo ante toda persona y en todo tiempo y lugar! Amén.

“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4.20).

Foto inicial: Norris y Victoria ante la congregación luego de haber profesado fe en Jesucristo. El hermano José Chistama y el pastor Manuel Guevara están tras ellos.

Himno: “Piensa en él” – Por Josué Huamán y Noé Rodríguez

“Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio, en el cual sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa. Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna.” (2 Timoteo 2.8-10). Siempre, siempre tenemos y debemos pensar, meditar, recordar, rumiar y acordarnos de Jesucristo. ¡Qué Dios nos ayude a hacerlo, y siempre! Amén.

 

Elisabeth Tramell, una mujer admirable.

Nuestra hermana Elisabeth Tramell partió a la presencia de Dios hace ya unos poquitos días (específicamente, el 2 de febrero).

Mi esposa la describe como una mujer piadosa, atenta, hacendosa, ordenada y muy servicial.

Su esposo, el misionero Redford Tramell, la describe por sus hechos para con él. “Siempre me acompañó en todo; nunca me preocupe por ropa limpia y planchada; siempre me tenía la comida preparada. No tengo queja para con ella”, me dijo, con voz entrecortada.

Yo la conocí por el misionero Redford. A mi me impresionó su vitalidad, su alegría y su muchísima, pero muchísima paciencia para con mi hermano Redford Tramell. Siempre destaqué ante él esa virtud tan preponderante. Nadie como ella para esperar y esperar al hermano Redford. Realmente, “nadie”, excepto, ella podía convivir con él y complementarlo. Ella era “la” ayuda idónea de Dios para él.

Nuestra hermana Elisabeth ya partió a la presencia de nuestro bendito y eterno salvador, quien es Jesucristo, el Hijo de Dios, que fue enviado a esta tierra para salvar a los pecadores.

Ella, su sierva, que se entregó a él para servirle toda su vida, ya está con él, en espíritu. Su cuerpo está todavía aquí, en la tierra. Sus restos están en una urna, esperando el día de la resurrección. El día de la resurrección será glorioso y portentoso. Pablo describe lo describe así:

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Co 15.51–57).

En este texto hay mucho que decir. Pero no es el fin de este escrito. Este escrito está hecho en memoria de una preciosa sierva de Dios. Una mujer que sirvió a Dios y a su iglesia en Perú. Ella dejó Estados Unidos por servirnos a los peruanos dándonos el evangelio, que es el tesoro y la perla de gran precio. Toda su vida la vivió aquí y es de aquí de donde el Señor se la llevó.

Dios la tenga en su gloria y la recompense con su servicio.

La recordaré siempre. Su sentido del humor (ella me contó el mejor chiste que le cuento a mis amigos), su paciencia, su diligencia y su disposición para servir a otros estarán siempre presentes en mi memoria.

Al pensar en ella, oremos por su esposo, el hermano Redford, quien “la extrañaba”, la extraña y la extrañará.

Oremos también por sus hijos y nietos, para que sigan el ejemplo de Elisabeth, y sirvan a Dios con todo su corazón.

¡Qué Dios nos ayude a todos a seguir al Señor Jesús como le siguió nuestra hermana Elisabeth!