¡Los cristianos son competentes para vivir en Dios y hablar de Jesucristo y su salvación!

Conducir a los hombres hasta Dios, al único y verdadero, Jehová, el Dios y Padre de Jesucristo, para que crean en él y le sigan y sean sus hijos, no es tarea solo humana, sino también divina. No es posible realizar esta eterna y urgente labor en la aptitud y suficiencia humana … ¡Es imprescindible el poder, la sabiduría y la aptitud que solamente Dios puede dar!

Pablo fue un competente testigo de Cristo. Él es nuestro ejemplo a seguir. A nosotros nos toca también testificar de Jesucristo y su obra de salvación y tenemos que aprender mucho de él y de su trabajo.

La evidencia bíblica respecto a Pablo como discípulo, testigo, maestro, predicador e interprete de las Sagradas Escrituras es impresionante. Pablo hizo un trabajo laborioso, suficiente, eficiente, fructífero y productivo. Su legado en discípulos, iglesias y libros, testifican de su efectividad. Dios lo usó … “y lo usa”, “y lo sigue usando” todavía hasta hoy.

Pablo, sin embargo, para evitar una falsa interpretación de él y de su trabajo, testifica que su suficiencia y su capacidad para cumplir su tarea no fue suya, sino de Dios. Fue Dios, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, quien lo capacitó y habilitó con denuedo, sabiduría, poder y valentía para hablar el evangelio por dondequiera que fue.

Rescatar a los hombres de su propio pecado y de las garras del diablo no es posible para los seres humanos; se requiere necesariamente del poder y de la sabiduría de Dios. Sin Dios este objetivo es imposible, pero con él y con su poder, siempre se puede trabajar confiado y esperanzado. Está escrito: “… ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible.” (Mateo 19:25-26).

La palabra competencia en 2 Corintios 3:4-6 es una palabra poderosa y significativa. Ella resume “la combinación de conocimientos, capacidades, habilidades, actitudes, que se expresan en el saber hacer, en el hacer bien lo que se encomienda”. Esta palabra califica e identifica a los trabajadores útiles y destacados en sus tareas y Pablo lo era, pero no por sí mismo. Este es su testimonio: “Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.”

Los sinónimos específicos de esta palabra en base son también impresionantes: “poder”, “capacidad”, “autoridad”, “pericia”, “aptitud”, etc. Todo trabajador competente es confiable. Se puede estar seguro y tranquilo con trabajadores así.

Pablo usó esta palabra para describir su suficiencia y su competencia al predicar y enseñar el evangelio de Jesucristo y las sagradas escrituras a los hijos de Dios y a toda la iglesia. Esa su suficiencia y competencia no le era propia, provenía de Dios. Él quería dejar muy en claro ese hecho. Dios le hizo “capaz”, “apto”, “suficiente” y “competente” para el trabajo que le encomendó. Es por eso que él se dedicó con toda confianza y por entero a ese su trabajo.

Enseñar, predicar y compartir el evangelio es una obra espiritual, no carnal. El ser humano está perdido y bajo el dominio del diablo. Él no puede ser salvo y libre de esa su terrible condición por sí mismo ni tampoco por la ayuda de todos los seres humanos habidos o por haber. La salvación y la liberación espiritual es obra de Dios.

El hombre pecador solamente puede ser salvo si es que cree en el evangelio de Jesucristo, que es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Y ese mensaje solo puede ser anunciado competentemente en el poder y la sabiduría de Dios. Los hombres que anuncian el evangelio tienen que ser hechos competentes por Dios mismo para que “… la excelencia del poder sea de Dios…” visiblemente y no de ellos. (2 Corintios 4:7).

Todos quienes hoy testifican, enseñan y proclaman a Jesucristo y su obra de salvación necesitan que Dios obre en ellos y a través de ellos. ¡Y él lo hace, créanlo! Él es el principal interesado en salvar a los pecadores. Él es quien establece, perfecciona, capacita, empodera y usa a los pecadores que creen en Jesús y le siguen.

La vida cristiana no se vive en la fuerza ni la competencia de uno mismo. Nada se sobrelleva ni se soporta sin Dios ni su intervención a nuestro favor.

Dios es el que empodera, capacita, entrena, habilita y fortalece a quienes creen en Jesús y le siguen y le sirven.

Los que testifican de Cristo y predican y enseñan la palabra de Dios a la humanidad y a la iglesia necesitan que Dios los haga aptos para su tarea y para vivir agrandándole cada día.

Pablo lo sabía y es por eso que escribió también estas palabras: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriare más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Corintios 12:9-10).

¡Dios hace competentes, suficientes y aptos para creer, crecer, servirle y obedecerle a quienes ponen su fe en Jesucristo! ¡Qué Dios nos ayude y nos siga haciendo competentes, suficientes y aptos para predicar el evangelio de Jesucristo a mucha más personas! Amén.

El amor de Dios en sus hijos: vivir, reaccionar y relacionarse solo por amor.

Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo viven y se relacionan con sus semejantes por amor, con amor y en amor.

Ellos imitan a Dios como hijos amados y todas sus acciones, reacciones y motivaciones surgen y se originan en el amor, el amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en sus corazones (Romanos 5:5).

El seguidor de Jesucristo, por tanto, no odia ni aborrece a nadie. (No debería). (Estas emociones son obra de la carne).

El cristiano no puede vivir en ira pecaminosa ni en enojo permanente. Su llamado a no guardar rencor y a perdonar siempre están implantados en su mente y en su corazón por la fe en el Dios que lo ha transformado al creer y seguir al Hijo Unigénito de Dios. (Estas emociones son obra de la carne y se opone al ideal del Espíritu que Dios ha puesto en él. Gálatas 5:16-21).

Por causa de Jesús, entonces, toda la vida, las obras, las reacciones y las motivaciones de los cristianos en esta tierra emanan (y tienen que emanar) del amor de Dios.

Su primer amor, desde luego, está dedicado y dirigido a Dios, Su Creador, Su Sustentador y Su Redentor. Él está llamado a amar a Dios con toda su mente, su alma, su corazón y sus fuerzas (Deuteronomio 6:4-5).

Los cristianos aman y deben amar a Dios con todo su ser. Está escrito: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.” (Mateo 22:37-38).

Dios es la fuente, el río y el océano del amor del discípulo de Jesucristo.

La señal más evidente de este su amor a Dios es su obediencia a la palabra escrita de Dios que está únicamente en los sesenta y seis libros de la Biblia. El cristiano, por tanto, demuestra y hace evidente su amor a Dios por medio de hacerle caso a él antes que cualquier otro. (Juan 14:15, 21; Hechos 4:19-20; 5:29-32).

El hijo de Dios por la fe en Jesucristo ama también a quienes lo rodean, tanto a los que están cerca como a los que están lejos. Él ama a todos los seres humanos. Su amor a Dios (al que no ve) se hace visible en su amor a sus semejantes (a los que él sí ve).

Su amor no es solo de palabra, sino de hecho (1 Juan 3:16-18). El cristiano obedece a Dios y ama a su prójimo como se ama a sí mismo. Esto es lo que dijo Jesús al respecto: “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:39).

Toda la ley de Dios depende del amor a Dios y al prójimo y los discípulos de Jesucristo lo saben muy bien. (Mateo 22:40; Romanos 13:8-10). Vivir en amor es cumplir con la voluntad de Dios expresada en las Escrituras.

Obviamente, el amor del discípulo de Jesús para con sus semejantes se manifiesta y se expresa primero en su familia de sangre, según el vínculo natural que le une a cada miembro. Así, él ama a sus padres y expresa ese su amor respetándolos, obedeciéndolos, honrándolos y cuidándolos. Ama a sus hermanos y expresa su amor a ellos con cuidado, ayuda y servicio diligente. El amor del cristiano se extiende también al resto de sus familiares que derivan de su padre y de su madre.

El creyente, asimismo, al contraer matrimonio para formar su propia familia, ama su cónyuge, a sus hijos y a los familiares de su cónyuge. (Efesios 5:21-6:4). El amor divino en el corazón de los cristianos, y no solo el amor natural, es vital en todo hogar cristiano y lo identificará y lo distinguirá ante quienes lo rodean. 

Los cristianos se conducen con amor y en amor al relacionarse con sus hermanos espirituales, que son todos aquellos que creen y siguen a Jesucristo, y que constituyen la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3:14-15).

Este amor, que surge del Espíritu Santo que mora en todo discípulo, es indispensable en toda iglesia para vivir glorificando a Dios y para cumplir su misión de testificar de la salvación de Dios a toda la humanidad.

La capacidad de amar de los cristianos es desafiada por quienes les hacen mal y por quienes son sus enemigos.

Los cristianos todavía somos pecadores e imperfectos y nuestra reacción carnal a la maldad de los malos y de nuestros enemigos es la evidencia concreta.

La carne, que se opone al espíritu, nos impulsará a la ira pecaminosa, a la venganza, al resentimiento, a la amargura, al aborrecimiento y a devolver el mal por el mal. (Gálatas 5:16-26; Romanos 12:19-21).

La reacción carnal ante el mal de otros y de sí mismo es la batalla continua y ardua de todo hijo de Dios.

El ser vencido por el mal para hacerle mal a los que nos hacen mal es nuestra tentación constante a nuestra vida de amor y en amor. Dios nos conoce y es por eso que nos ordena clara y específicamente: “… Amad vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:44). En consecuencia, el seguidor de Jesucristo está obligado a vivir amando a todos, todo el tiempo y en todas las circunstancias.

En los cristianos no hay lugar para el odio ni para el aborrecimiento; esas emociones son propias del diablo y de las personas que le pertenecen y siguen.

Eso no significa, sin embargo, que no vendrán ni no surgirán en nuestro ser. Recordemos que aún somos pecadores y que la perfección plena nos es futura. (1 Juan 3:2-3).

No seamos ilusos, sino realistas.

Con todo y por nuestro realismo, tenemos que tener cuidado con cultivar y enraizar las obras de la carne. No son propias de nuestra nueva en Cristo, sino de la vida que teníamos lejos de él. Combatámoslas con la ayuda de nuestro bendito y paciente Dios.

Está escrito: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.” (1 Juan 3:10-12).

Amar a Dios y por él y su obra en nosotros a nuestro prójimo y a todo ser humana es la evidencia concreta que ya no pertenecemos al diablo, sino a Dios.

Termino.

Jesucristo es la encarnación y la evidencia de la existencia del único Dios que es amor. Este único Dios nos ama en Jesús hasta el punto de sacrificarlo por nosotros para salvarnos de nuestra condenación (1 Juan 4:7-10). Dios mostró “… su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Todos los hijos de Dios hemos sido persuadidos, cautivados y conquistados por el amor de Dios en Jesucristo Su Hijo y es por eso que amamos y vivimos en su amor, con su amor y por su amor toda nuestra vida.

¡Muchas gracias Dios por amarnos y darnos tu amor y tu capacidad de amar para que te amemos a ti con todo nuestro ser y a nuestros semejantes como a nosotros mismos! Amén y amén.

 

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¿Luchando contra la verdad? La lección de Saulo de Tarso.

Descubre por qué resistirse a los hechos sobre Jesucristo arrebata la paz y cómo la rendición trae verdadera liberación.

Saulo se resistía aceptar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador de los judíos y del mundo entero. Su resistencia a los hechos y a las evidencias que Jesús mostró en su corto tiempo en la tierra, y que el Antiguo Testamento respaldaban, le hicieron perseguir injusta y violentamente a las discípulos y a la iglesia de Jesucristo. (1 Timoteo 1:13).

Pablo conocía las Escrituras. Él, asimismo, sabía de Jesús, de sus palabras y de sus hechos. En consecuencia, en su mente había una gran lucha respecto a Jesús. Una parte de su mente clamaba: “Jesús es el Mesías, el enviado de Dios. Él es a quien todo judío creyente está esperando.” La otra parte le decía, sin embargo: “Eso no puede ser, él es un impostor.”

En el interior de Saulo (Pablo) esa lucha era intensa y dolorosa.

Él se resistía tercamente a aceptar que Jesús era el Mesías.

Es en ese contexto que Jesús le dijo al aparecérsele en camino a Damasco: “… dura cosa te es dar coces contra el aguijón”, le dijo. (Hechos 9:5).

En lo básico, esa expresión implicaba que el dolor en el corazón de Saulo era mayor y más intenso en la medida que negaba lo que los hechos y las evidencias le decían sobre Jesús y su divinidad.

A mayor negación, mayor dolor.

A mayor resistencia, mayor intranquilidad.

La ira y la determinación violenta y asesina de Pablo al perseguir a los cristianos eran un reflejo de su frustración por negar esos hechos y evidencias.

Saulo no tenía paz en su ser. Su resistencia a los los hechos, a la verdad y a los evidencias que mostraban que Jesús provenía de Dios lo atormentaban. Su remordimiento, su congoja y su intranquilidad por su obrar injusto y criminal contra Jesucristo y sus seguidores lo “torturaban”.

Cerrar los ojos para no ver los hechos no desaparecen a éstos.

Oscurecer la conciencia para no ver la luz, no extingue la luz.

Toda persona que niega hechos vive en felicidad irreal. Todo aquel que cierra sus ojos a las evidencias se engaña y se conduce ilusamente. El que se resiste a la verdad nunca puede disfrutar de paz real ni de dicha verdadera.

Saulo, quien luego llegó a ser conocido como Pablo, es un ejemplo de cómo vive y reacciona quien no acepta los hechos, ni las evidencias, ni la verdad sobre Jesús el Unigénito Hijo de Dios. En especial, de aquellos que se oponen airada y violentamente a Jesús, a su evangelio y a su iglesia.

Jesucristo tuvo misericordia de Saulo.

Él se apiadó de quien luego le serviría como Pablo.

Jesucristo me asombra por lo que hizo por causa de Saulo (Pablo). Su compasión para con él le hizo dejar su asiento a la derecha de Dios Padre para “venir” a la tierra y “encontrarse personalmente” con su atormentado y agobiado perseguidor.

Jesús se reveló a su perseguidor asesino y lo salvó y lo transformó en su testigo más apasionado y fervoroso.

La vida de Saulo Pablo dio un vuelco tremendo al rendirse a los hechos reconociendo a Jesús como el Señor, el Cristo, el enviado de Dios.

El momento de su liberación fue crucial pues la paz espiritual inundó su alma al aceptar que Jesús es el salvador de mundo. La tortura y el tormento producto de su terca resistencia y oposición a Jesús y a su iglesia terminaron para siempre.

No es bueno vivir negando los hechos.

No es sano resistirse a las evidencias.

No es de sabios vivir en contra de la verdad.

Jesucristo es un personaje histórico real. Se hizo carne y habitó entre los hombres. No se puede ignorar ni quién es ni lo que hizo. Todos los seres humanos tenemos que tomar una determinación respecto a él.

Jesús es Dios hecho Hombre.

Él es el Salvador de mundo.

Jesucristo es el camino, la verdad y la vida.

Él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Todo aquel que cree en Jesús y le sigue es hecho hijo de Dios, tiene vida eterna y vive y vivirá con Dios por siempre jamás.

Jesucristo es nuestra única opción de salvación. Saulo Pablo se rindió a Jesús y le siguió y le sirvió toda su vida en esta tierra. Eso mismo es lo que todos tenemos que hacer. Aceptar y rendirnos a los hechos, las evidencias y a la verdad: Jesús es el Señor y el Salvador del universo.

Jesucristo es el único que nos une a Dios. Solamente Jesucristo tiene que ser el sujeto de toda nuestra fe. Nuestro vivir en este mundo sólo tiene sentido y dirección siguiendo a Jesucristo. Solamente con Jesús y en Jesús tenemos una vida que agrada y glorifica a Dios.

Jesús cumplió las Sagradas Escrituras. Él demostró con sus hechos portentosos que es Dios hecho hombre. Las evidencias respecto a la veracidad de todo lo que dijo han transformado al mundo en el que vivimos hasta hoy.

Jesús es el personaje que la historia humana no puede esquivar.

Jesucristo nos obliga a cada uno de nosotros a tomar una determinación respecto a él.

O creemos en él y le seguimos, o no le creemos y no le seguimos. No hay lugar para la neutralidad.

“Dejemos de dar coces contra el aguijón” y entreguémonos con fe a Jesucristo de una vez para siempre. Imitemos a Saulo (Pablo) y aceptemos que Jesús es el Señor.

Nuestra alma no tendrá paz verdadera ni gozo genuino hasta que no reconozcamos que Jesús es el Señor y nos sometamos a él para obedecerle y servirle. ¡Qué Dios nos ayude a creer y seguir a Jesucristo todos los días de nuestra vida en esta tierra! Amén.

“Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Hechos 9:5-6

 

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¡Vivamos listos para morir!

Necio es una palabra fuerte, muy fuerte. Es un adjetivo durísimo. Su significado, según cualquier diccionario, describe a una persona “que insiste en los propios errores o se aferra a ideas o posturas equivocadas, demostrando con ello poca inteligencia.”

Los sinónimos de necio son también igualmente abrumadores. Cualquier diccionario de sinónimos les dará esta siguiente lista de adjetivos para remplazar a esta palabra: “incapaz, tonto, sandio, simple, estúpido, imbecil, estulto, mentecato, etc, etc,”. (Solamente tienen que colocar la palabra necio en google para confirmar lo que he escrito en los dos párrafos anteriores).

Jesucristo calificó de necio a una persona que vive su vida en esta tierra como si fuese a vivir para siempre en ella, sin morir nunca. Las palabras de Cristo, en la parábola del rico al que llamó necio, y con la que intentó hacer reflexionar a quienes están muy enfocados en su vida en esta tierra, sin acordarse para nada de que van a morir, y de que van a encontrarse ante Dios cuando ocurra su deceso, fueron: “Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Lucas 12:20-21).

Jesús, quien, según la Biblia, es Dios hecho Hombre, y quien vino a esta tierra a salvar a los pecadores, y quien murió en una cruz para redimir y salvar a todo el mundo, y quien fue a los cielos para volver otra vez cuando llegue el día señalado por Dios, siempre, siempre dice la verdad. La veracidad de Jesucristo es indiscutible y hay que tomar muy en serio toda palabra que sale de su boca.

Vamos a morirnos un día, eso es indudable. No sabemos ni cómo ni cuándo, pero va a llegar el día de nuestra muerte. Ese día, seremos nosotros quienes estemos en un ataud. Ese día habrá mucha gente a nuestro alrededor, pero nosotros no las percibiremos, ya nos habremos ido, ya no estaremos vivos a esta tierra ni a nada de lo que existe en ella.

Todos tenemos que pensar en nuestra muerte, para prepararnos, y para estar así listos para cuando ocurra. No nos debe ocurrir lo que le ocurrió al rico de la historia narrada por Jesucristo… ni al antiguo soberano que se burlaba y se reía de su bufón.

El relato que leí respecto a este soberano y a su bufon se resume así. El rey se burlaba siempre de su bufon. Un día, en son de burla, este soberando le entregó una prenda suya al bufón y le ordenó que fuese por su reino buscando a una persona más tonta que él. La instrucción del rey al bufón fue: cuando encuentres una persona más tonta que tú, le entregas esta prenda mía. El bufón se fue por todo el reino buscando una persona más tonta que él, sin poderla encontrar. Cuando regresó al reino, después de muchos meses, encontró que al rey muy, pero muy enfermo. Al ver al rey en ese estado, el bufón se acercó y le preguntó lo que le pasaba. El rey le dijo que estaba muy enfermo y que pronto iba a emprender un viaje sin retorno. El bufón le preguntó al rey si es que se había preparado para ese viaje sin retorno, que era su muerte. El rey le respondió al bufón, que no, que no se había preparado, que no estaba listo para este su viaje final. El bufón, entonces, ni corto ni perezoso, sacó la prenda que el rey le había dado y se la entregó, diciéndole: “Su majestad, le entrego esta su prenda a usted porque en todo su reino no existe ninguna persona que sea más tonta que yo, excepto usted, que no se preparó para este trascendental viaje, que sabía iba a realizar.”

Es necio, tonto, poco inteligente y nada sabio no prepararnos para morir. Vamos a morirnos. No nos podremos escapar de la muerte. La muerte está allí, esperándonos; siempre ha estado, y siempre está, y siempre estará espectante, y aguardando por nosotros. Este tiempo de pandemia por el virus chino nos tiene que haber hecho muchísimo más conscientes de la inminencia de la muerte.  La muerte de otros, sí; pero más la de nosotros, que vamos a morir indefectiblemente.

Siempre he pensando en mi muerte, y durante esta época muchísimo más,

¡Cómo no voy a pensar constantemente en la muerte si ella ha estado presente en cada instante de mi vida durante todo este periodo de pandemia! Los noticieros mostraban la muerte en artículos, fotografías y videos. Las llamadas por teléfono anunciaban muertes y más muertes. En mi vecindario había sepelios y más sepelios. Mi esposa, mis cuñados y yo tuvimos que viajar a la sierra para sepultar a mi suegro. Varios de mis amigos* y compañeros de trabajo se enfermaron y murieron muy rápidamente. Finalmente, y reciencito, hace muy pocos días, en mi casa, tuvimos que sepultar a uno mi hermano de sangre, mi hermano Elmer Manuel.** (Foto: Un día una carroza llevará nuestro ataúd a la tumba… preparémonos para ese momento).

Tenemos que prepararnos para morirnos. No estoy diciendo que busquemos morirnos, no. Esa no es mi idea. Mi idea que vivamos de tal manera que cuando la muerte nos llegue, no nos sorprenda, sino que nos encuentre listos, preparados. Como la mujer anciana, de la que escribí hace unos meses, que estaba esperando su muerte con mucha alegría.***

Muchos de los hombres del pasado se preparaban para partir y dejar este mundo. Recuerdo que una vez llegué a un pueblo y encontré a un hombre mayor, de unos 80 años. Este hombre estaba listo para partir, hasta había comprado su ataud, al cual tenía en su habitación, junto a su cama.

En la Biblia, un profeta de Jehová le dijo a uno de los reyes de Israel: “Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás” (2 Reyes 20:1). Nosotros no tenemos una instrucción ni un mandato así, tan directo y específico. Pero Dios sí nos enseña en su palabra que la muerte es un fenómeno establecido… e ineludible: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27). ¡Tenemos que vivir nuestra vida preparándonos para morir y acudir al juicio ante de Dios!

¿Cómo es que nos preparamos para morir mientras vivimos en esta tierra? A continuación algunas acciones concretas para esta preparación:

1. Nos preparamos para morir creyendo en Jesucristo de todo crorazón. Hay que asegurarnos de que nuestra fe en Jesucristo es verdadera y genuina. Esto es vital, porque solamente el cree y sigue a Jesucristo tiene vida eterna y va con él, a su reino, al morir.

2. Nos preparamos para morir viviendo en Cristo y sirviéndole con dedicación. Hay que vivir toda nuestra vida confiando en Jesucristo y sirviéndole en toda área de nuestra vida en esta tierra. Toda área de nuestra vida debe estar sometida a Cristo y tiene que ser vivida para honrarle y glorificarle.

3. Nos preparamos para morir creciendo en el conocimiento íntimo y personal con Dios. Hay que crecer cada día en nuestra relación con Dios por medio de la oración, la lectura de la Biblia, la adoración y alabanza a Dios, el arrepentimiento y la confesión de pecados, la obediencia a la palabra de Dios, y de ser testigo de Jesucristo y su evangelio dondequiera que Dios nos lleve.

4. Nos preparamos para morir viviendo y disfrutando intensamente nuestra vida y todo lo que Dios nos da en ella. Hay que disfrutar intensamente la vida, la familia, la iglesia, el trabajo y los bienes que Dios nos ha dado. Dios nos da sus dones para disfrutarlos y debemos gozarnos en todo lo que él nos ha dado en esta tierra.

5. Nos preparamos para morir viviendo como testigos enviados por Dios y por Jesucristo, Su Hijo. Hay que vivir en este mundo en función de la gran comisión. Este mundo es nuestro campo de misión. Estamos aquí para predicar el evangelio de Jesucristo y para hacer discípulos de Jesús a todas las naciones. Estamos aquí para alumbrar este mundo con nuestras buenas obras para que más personas vean así a Dios por ellas. Mucha más gente debe conocer a Dios y relacionarse con él por causa de nuestra vida y obras y palabras.

6. Nos preparamos para morir siendo concientes que nuestra morada permanente no está en esta tierra, sino en el reino eterno de Dios. Hay que vivir como extranjeros y con desapego a este mundo y a todo lo que tenemos y hay en él. Nuestra ciudadanía es celestial. Estamos en esta tierra de paso, de tránsito. Nuestra patria celestial nos espera y debemos estar listos para reunirnos con Jesucristo cuando él lo determine.

No seamos necios como el rico de la historia que narró Jesucristo; seamos sabios. Tampoco seamos los más tontos del mundo como el rey antiguo que no se preparó para emprender su viaje sin retorno; seamos inteligentes.

Nosotros tenemos que ser sabios e inteligentes, que es lo opuesto a ser necios y tontos. La muerte nos tiene que hallar preparados, listos. De tal modo que, cuando llegue, le digamos: “te estaba esperando, ya viví cómo debía vivir e hice lo que tenía que hacer; estoy listo, vámonos.” ¡Qué Dios nos ayude a que así sea y que la muerte nos llegue y nos encuentre viviendo creyendo y confiando en Jesucristo todos lo días de nuestra vida! Amén.

“Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.” (Juan 11:25-27).

* https://segundorodriguez.com/benjamin-salinas-vive/

** https://segundorodriguez.com/elmer-manuel-rodriguez-chuquimango/

*** https://segundorodriguez.com/morir-con-entusiasmo-y-gozo/

Elisabeth Tramell, una mujer admirable.

Nuestra hermana Elisabeth Tramell partió a la presencia de Dios hace ya unos poquitos días (específicamente, el 2 de febrero).

Mi esposa la describe como una mujer piadosa, atenta, hacendosa, ordenada y muy servicial.

Su esposo, el misionero Redford Tramell, la describe por sus hechos para con él. “Siempre me acompañó en todo; nunca me preocupe por ropa limpia y planchada; siempre me tenía la comida preparada. No tengo queja para con ella”, me dijo, con voz entrecortada.

Yo la conocí por el misionero Redford. A mi me impresionó su vitalidad, su alegría y su muchísima, pero muchísima paciencia para con mi hermano Redford Tramell. Siempre destaqué ante él esa virtud tan preponderante. Nadie como ella para esperar y esperar al hermano Redford. Realmente, “nadie”, excepto, ella podía convivir con él y complementarlo. Ella era “la” ayuda idónea de Dios para él.

Nuestra hermana Elisabeth ya partió a la presencia de nuestro bendito y eterno salvador, quien es Jesucristo, el Hijo de Dios, que fue enviado a esta tierra para salvar a los pecadores.

Ella, su sierva, que se entregó a él para servirle toda su vida, ya está con él, en espíritu. Su cuerpo está todavía aquí, en la tierra. Sus restos están en una urna, esperando el día de la resurrección. El día de la resurrección será glorioso y portentoso. Pablo describe lo describe así:

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Co 15.51–57).

En este texto hay mucho que decir. Pero no es el fin de este escrito. Este escrito está hecho en memoria de una preciosa sierva de Dios. Una mujer que sirvió a Dios y a su iglesia en Perú. Ella dejó Estados Unidos por servirnos a los peruanos dándonos el evangelio, que es el tesoro y la perla de gran precio. Toda su vida la vivió aquí y es de aquí de donde el Señor se la llevó.

Dios la tenga en su gloria y la recompense con su servicio.

La recordaré siempre. Su sentido del humor (ella me contó el mejor chiste que le cuento a mis amigos), su paciencia, su diligencia y su disposición para servir a otros estarán siempre presentes en mi memoria.

Al pensar en ella, oremos por su esposo, el hermano Redford, quien “la extrañaba”, la extraña y la extrañará.

Oremos también por sus hijos y nietos, para que sigan el ejemplo de Elisabeth, y sirvan a Dios con todo su corazón.

¡Qué Dios nos ayude a todos a seguir al Señor Jesús como le siguió nuestra hermana Elisabeth!