¡Estamos de paso! ¡Y el mundo en que vivimos también lo está! Ahora estamos aquí, pero un día nos iremos. Lo mismo pasará con el mundo que nos cobija. Lo que vemos ahora es pasajero, transitorio, temporal.
No vivamos nuestra vida aquí como si fuese la única y definitiva vida que viviremos. No, no vivamos así. Existe la eternidad, la vida eterna. No la vemos, pero está allí, expectante, esperándonos. Dios manifestará la eternidad en su tiempo.
Debemos aprovechar esta vida y prepararnos para la eternidad. Dios, que siempre es veraz, nos ha dicho en la Biblia que nuestra eternidad puede ser gozosa y gloriosa o terriblemente tormentosa. Está escrito: “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (Daniel 12.2).
Usemos esta vida pasajera para asegurarnos nuestra eternidad gozosa. Y asegurarla sí es posible. La única forma es creer y seguir a Jesucristo en esta vida. Él vino a esta tierra para salvarnos y darnos vida eterna. Jesús dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10.27-28).
No dejemos que lo presente y visible, que es temporal y efímero, empañen nuestros ojos y no nos “dejen ver” lo eterno. Hagamos caso a Pablo y miremos las cosas que “no se ven” porque esas “son eternas”.
Miremos a Cristo y sigámosle. La fe en Jesucristo nos asegura la eternidad gozosa. Amén.
