“Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida.
Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría.”
(Salmos 30:5).
Dios se enoja, se llena de ira y se expresa en ira. La capacidad de indignarse y airarse es un atributo del carácter de Dios. En el texto, se habla específicamente de su ira contra su pueblo, contra sus hijos, contra
todos aquellos que han entrado en pacto para con él. En el Antiguo Testamento, los judíos, la nación de Israel; en el Nuevo Testamento, los cristianos, la iglesia de Jesucristo.
Tenemos que agradecer que esta ira contra su pueblo, es momentánea y temporal, no duradera. Si no lo fuese, Dios no tendría hijos. Israel no existiría. Tampoco la iglesia. La humanidad entera dejaría de ser. La razón es obvia: todos los seres humanos somos pecadores, y siempre pecamos, y siempre causamos que Dios se enoje, que se llene de ira contra nosotros.
Cuando Dios está enojado con sus hijos; estos sufren, y lloran, y se lamentan. La angustia y la frustración son permanentes. La “ausencia” de Dios y la “pérdida” de compañerismo con él son horribles y solamente queda derramar lágrimas. Pero, gracias a Dios que hay un pero, el llanto y la angustia que resultan de experimentar la ira de Dios son temporales porque la ira de Dios contra su pueblo es pasajera. ¡Gloria a Dios que es así! No nos podríamos sostener en pie si su ira contra nosotros fuese eterna.
Pero el texto también habla del favor de Dios para con su pueblo, para con sus hijos, para con todos aquellos que han entrado en pacto con él. Su favor, dice el texto, dura toda la vida. ¡Amén, gloria a Dios! ¡Qué bendición tan grande!
La ira de Dios es momentánea, temporal, pasajera; pero su favor, su buena voluntad, su bendición para con sus hijos, para con su pueblo y, en el presente, para con los cristianos y la iglesia de Jesucristo, son duraderas y permanentes.
Dios siempre quiere favorecernos todo el tiempo que estamos vivos en esta tierra, y por toda la eternidad, cuando pasemos a esa dimensión por obra suya cuando Jesucristo regrese y establezca cielos nuevos y tierra nueva en los que mora la justicia. ¡Qué grandioso es tener a Dios contento y dispuesto a bendecir y a alegrar nuestros corazones!
Por eso, la alegría en Dios y por Dios es una gran bendición para nosotros los que hoy seguimos a Jesucristo.
Nuestro llanto a causa de nuestros pecados es duro, frustrante, pero pasajero. Nuestra alegría y nuestra risa, en cambio, es mayor y más duradera … durará toda nuestra vida. Y, sobre todo, de acuerdo a la Biblia, nuestra alegría y nuestra risa se prolongarán por toda la eternidad. ¡Amén, gloria a Dios!
Los cristianos debemos arrepentirnos siempre y pronto de nuestros pecados; para alejar así de nosotros la ira disciplinaria y temporal de Dios, a fin de experimentar más constantemente de su favor y de sus bendiciones duraderas y eternas. ¡Qué Dios nos ayude a agradarle y a servirle mientras estemos en esta tierra! Amén.
Ser discípulo de Cristo es siempre mejor y la única opción de salvación que tenemos los seres humanos. Si somos discípulos de Cristo, entramos en pacto con Dios y él nos adopta como sus hijos.
Como sus hijos, y a
causa de nuestros pecados, experimentaremos temporalmente su ira, que es correctiva, pero disfrutaremos toda nuestra vida en esta tierra de su favor, de su bendición, las cuales se extenderán por toda la eternidad cuando esta se inaugure.
Si usted aún no ha hecho un seguidor de Jesucristo, le animo a hacerse su discípulo de una vez. Si lo hace de todo corazón, Dios será su Padre y lo tratará como su hijo. Cierto, soy veraz en esto, Dios se enojará temporalmente con usted a causa del pecado a fin de corregirle y perfeccionarle, pero su favor y su buena voluntad para con usted le acompañaran toda su vida, y por la eternidad, cuando ésta se haga presente. Crea en Jesús y sígale de corazón. ¡Qué Dios le ayude a creer y a seguir a Jesús!
