“Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:21-22).
El pecado, el maltrato, el insulto y el menosprecio de otro contra uno deja el alma seca, árida, desalentada, débil y chamuscada … como suelo sin agua y fuerte sol abrazador.
El desánimo y la flaqueza causada por la traición, ofensa, injusticia y maldad de otro contra uno son muchísimo más grandes cuando ese otro es cercano e íntimo.
Las emociones son trastocadas horriblemente desde que se sabe que el hermano, amigo, compañero íntimo o la persona más estimada … ha actuado deslealmente.
Este momento es el peor momento que puede vivir un ser humano.
La carne, el mundo y el diablo aprovecharán ese momento para sacar lo peor de él. Ese momento es crítico para todo ser humano, pero muchísimo más para quienes profesan genuinamente fe en Jesucristo, quien es Dios que se hizo Hombre para redimir y perdonar de su pecado y su deslealtad contra Dios a toda persona.
En un momento así el seguidor de Jesucristo puede traicionar la vocación a la que Dios lo llamó. La vocación del cristiano es obedecer e imitar a su Señor y Salvador. En este sentido y en el contexto de una situación como la descrita, Dios y Jesucristo quieren que el cristiano perdone, perdone, perdone. Los discípulos de Jesucristo tienen que vivir perdonando siempre y siempre.
El hijo de Dios, empero, será tentado a vengarse, a resentirse, a odiar, a querer pagar mal por mal, etc. La decepción, frustración, incertidumbre, desesperanza y la tristeza le abrumarán el alma. Las emociones pecaminosas contra el ofensor inundarán lo más profundo de su ser.
El Espíritu Santo, empero, le dará consuelo y fuerzas y le hará recordar que perdonar siempre durante toda su vida es el camino de Dios ha preparado para él. El hijo de Dios está llamado a perdonar ofensas, traiciones, malos tratos, insultos, injusticias, heridas físicas, y espirituales. Ese es el desafío de Jesucristo a todos sus seguidores.
El apóstol Pedro sabía que debía perdonar a su hermano cuando éste pecaba contra él. De ese su deber de perdonar a su hermano estaba seguro. Pero Pedro tenía una duda y es por eso que hizo esta pregunta a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?” (Mateo 18:21).
Pedro quería saber a partir de qué número de ofensa él ya no estaba obligado a perdonar. La pregunta de Pedro es también la pregunta de muchos de los pecadores perdonados del presente.
La fe cristiana es una fe ligada al perdón.
Los cristianos nos hemos hecho cristianos porque necesitamos perdón y porque oímos que Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, da perdón a todo pecador que cree en él y le sigue de todo corazón.
Todos los cristianos saben que tienen que perdonar. Muchos de ellos, incluso, están dispuestos a perdonar. Empero, en el fondo de su ser, todos, como Pedro, “tienen” un límite y una cantidad máxima de ofensas que “creen” pueden y deben perdonar.
Pedro dio un numero tentativo máximo de ofensas a perdonar. Su número tentativo fue siete. Otros pueden dar un número mayor o un número menor. Pero todos quieren definir la cantidad y la gravedad de ofensas a perdonar.
Jesús, nuestro Señor y Salvador, empero, no estuvo de acuerdo con Pedro. Tampoco está de acuerdo con cualquiera que fije un máximo de ofensas a perdonar. Para Jesucristo, sus seguidores deben perdonar siempre, siempre, siempre.
La palabra de Jesús a Pedro, y a todos nosotros sus seguidores, respecto a cuántas ofensas debemos perdonar es la siguiente: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22).
¿Esto significa que debemos estar contando y chequeando cada ofensa y pecado que nuestro prójimo comete contra nosotros a fin de que al llegar a 490 dejemos ya de perdonarle? No, no y obviamente no.
Jesús no está instruyendo a sus seguidores a que tengan un sin número de cuadernos a su alcance para que anoten constantemente cada ofensa que cometen contra ellos sus semejantes. No. Lo que Jesús les está diciendo es: “Perdonen sin llevar cuenta ni de la cantidad, ni del tamaño ni de la gravedad de las ofensas cometidas. Perdonen siempre a sus ofensores.”
Los discípulos de Jesucristo recibimos de parte de Dios un perdón ilimitado. En Cristo, Dios nos perdonó, nos perdona y nos perdonará constantemente. En consecuencia, Dios demanda también que todos quienes siguen a Jesús perdonen las ofensas de sus semejantes siempre y siempre.
Perdonar una o más ofensas no es fácil para nadie. Perdonar todas y cualquier tipo de ofensas es complicado. Pero perdonar sincera y genuinamente siempre, siempre y siempre es imposible para todos los seres humanos, pero no para quienes siguen a Jesucristo.
Los discípulos de Jesús estamos llamados a perdonar a nuestros ofensores porque tenemos el ejemplo perdonador de Dios, el sacrificio vicario y salvífico de Jesucristo a favor de los pecadores, y la presencia y la capacitación del Espíritu Santo en nuestro ser. No tenemos excusa para no perdonar a quienes nos ofenden. Tampoco podemos desechar a ningún pecador u ofensor nuestro. Estamos llamados a perdonar siempre, siempre y siempre… “Hasta setenta veces siete”.
¡Qué Dios nos ayude a perdonar como perdonó Jesús a todos quienes participaron en una u otra forma en su crucifixión!
¡Dios, ayúdanos a perdonar a quienes nos hacen mal como perdonó Esteban a quienes lo apedrearon hasta que muriese!
Amén.
