¡No te rindas! ¡Rendirte no es tu opción!

¡No te rindas! ¡Rendirte no es tu opción!

Escuché un mensaje basado en Gálatas 6:9 con esta exhortación. Estaba con mis dos hijos varones cuando escuché la exposición. El mensaje me dejó un desafío que no he olvidado y que siempre está en mi mente y en mi corazón.

Rendirse es dejar de luchar, de pelear, de trabajar.

Rendirse es darse por vencido, darse por perdedor.

Rendirse es aceptar la derrota.

Los que creemos en Jesús no podemos rendirnos. Jesús es el vencedor. Él ha vencido al diablo, al mundo y al pecado.

Jesús no se cansó de hacer el bien a los seres humanos. Jesús no se frustró hasta desalentarse de ser bueno con todos. Jesús no desmayó en su ocupación de cumplir la voluntad de Dios y de glorificarle en todo lo que hizo mientras estuvo en la tierra.

Jesús no se rindió ni con Judas. Le hizo el bien hasta el último momento. Si Judas se perdió no fue por culpa de Dios, ni de Jesucristo Su Hijo. Judas no puede quejarse de Dios, él sabe que su perdición fue culpa suya.

Jesús tampoco se rindió con sus discípulos, que muchas veces fueron incrédulos y faltos de entendimiento. Jesús amó e hizo el bien a sus discípulos hasta el fin, aun cuando ellos le fueron tropiezo, le negaron y le dejaron solo en el momento culminante de su misión en favor de la salvación de los pecadores.

Hacer el bien a los seres humanos cansa, agota… mucho más cuando no te agradecen o te corresponden con maldad y aborrecimiento.

Hacer lo bueno en un mundo corrupto que va de mal en peor es desalentador.

Obrar en conformidad con el Espíritu Santo y el evangelio y la oposición constante de la carne que está aún en nosotros y que siempre quiere hacer el mal es trabajoso y agobiante.

El gran apóstol Pablo entendía la dura batalla cotidiana por hacer siempre el bien y es por eso que escribió este desafío: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9).

Nosotros necesitamos hacer el bien sin cansarnos y sin desmayar.

Hacer el bien tiene su recompensa. Si sembramos amor, bondad y bien, cosecharemos también amor, bondad y bien. La cosecha será a su tiempo, no cuando nosotros queremos. A lo mejor no segaremos en esta tierra, que es lo que queremos, pero sí cosecharemos con toda seguridad en el mundo eterno. Lo esencial es que de todas maneras cosecharemos el bien que hacemos.

Hacer el mal, ser vencido por lo malo, obrar conforme a la carne y desagradar a Dios también tiene sus consecuencias. En el contexto, estas consecuencias están contenidas en esta declaración: “Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción” (Gálatas 6:8). Hacer el mal también paga y yo no quiero esa paga, ni para mí ni para ninguno de los que me rodean,

Hagamos lo bueno.

Tomemos la determinación de no hacer el mal.

No nos dejemos dominar ni conducir por la carne.

No nos rindamos a la maldad y al mal obrar.

No le paguemos a nadie mal por mal.

No desmayemos y sigamos haciendo lo correcto y viviendo el evangelio de Cristo en el poder y la guía del Espíritu Santo hasta el fin de nuestros días. Jamás vamos a arrepentirnos de hacer el bien sin cansarnos y sin desmayar.

¡Qué Dios nos ayude! ¡Necesitamos la ayuda de Dios para hacer el bien sin agotarnos y sin tirar la toalla! Aprovechemos esta vida temporal y pasajera para hacer el bien. Dios nos mirará con gracia y agrado si es que no desmayamos en hacer las buenas obras que él ha preparado de antemano para nosotros.

“Así que, según tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

Recuerda y ten presente esta idea en tu mente siempre: ¡No te rindas! ¡Rendirse no es tu opción! ¡La rendición al mal obrar no el camino de los hijos de Dios! ¡Hagamos el bien hasta el fin de nuestros días!

Amén.

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