Nadie da a otro lo que no tiene; pero tú, hijo de Dios, ya tienes lo más valioso que dar. ¡Dáselo!

Nadie puede dar a otro lo que no tiene. Es imposible. Solamente podemos dar lo que tenemos. Tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones, también de nuestras posibilidades.

Pedro y Juan conocían lo que podían y no podían dar. Estas sus palabras son para enmarcar y vivir a cada instante: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).

El paralítico del relato bíblico esperaba “algo” que Pedro y Juan no tenían, pero recibió de ellos algo mucho más valioso: su salud física y también su salud espiritual; él pudo caminar y alabar a Dios por el poder de Jesucristo. Los apóstoles le dieron lo que sí poseían y es por eso que el paralítico caminó y alabó.

Las palabras de Pedro y de Juan al paralítico están en mi mente desde ayer. Vinieron a mi mente mientras visitaba el penal El Milagro. Los presos tienen muchas necesidades allí. Varias de esas necesidades se solucionan con dinero, y yo no lo tengo. Me sentí frustrado por eso, pero me animé al saber que sí tenía algo valioso que darles: el evangelio de Jesucristo.

Di el evangelio a varios de ellos. Les dije que Jesús vino a salvarlos, que murió por sus pecados y que resucitó para su justificación. Les dije que creyendo y siguiendo a Jesús serían verdaderamente libres -a pesar de estar en prisión- y podrían empezar una vida nueva.

Fueron varios de los internos los que me agradecieron por el mensaje y el folleto que les di. Cumplí mi labor como testigo de Jesús y su salvación con ellos. Di lo que sí tenía. Compartí con ellos lo que no se puede comprar con dinero, el evangelio de salvación.

Salí del penal reconfortado. 

Tengo algo valioso que dar, no solo a los presos, sino a toda persona que se relaciona conmigo. El evangelio de salvación, que anuncia el perdón de pecados, la libertad de condenación y la vida eterna, me ha sido entregado; es mi posesión, pero no solo para mi beneficio, sino para el de toda persona, tengo dárselo urgentemente. ¡Ayúdame a compartir tu evangelio con todo pecador, oh Dios y Padre de Jesucristo!

Dios nunca nos pide que demos lo que no tenemos.

Nadie podrá condenarnos a nosotros por no darle lo que no está en nuestras manos ni en nuestro poder.

No nos turbemos ni nos afanemos por no dar lo que no poseemos.

Pedro y Juan dieron lo que tenían al paralítico -la capacidad de andar por el poder del nombre de Jesucristo-. Ellos no le dieron oro ni plata porque no tenían.

Solamente somos responsables por dar aquello que sí tenemos, hermanos.

1) Si tienes a Cristo y su evangelio siempre pueden compartirlos. No los guardes solo para ti. Testifica, habla, comparte. Otros pecadores necesitan a Jesús y su salvación. Dáselos tú.

2) Siempre puedes orar e interceder por todos los hombres, para que crean y sigan a nuestros Señor.

3) Ya que vives y trabajas entre otros seres humanos, siempre puedes darles la luz de Cristo por medio tu buen testimonio.

4) Ya que tienes oídos y boca para hablar, siempre puedes escuchar las cargas de tu prójimo con compasión y animarles con palabras de aliento.

5) Por último, si Dios te ha prosperado y sí tienes dinero más que suficiente, ayuda a los necesitados sabiamente, y coopera con la evangelización mundial con generosidad y regularidad.

Una vida transformada por la fe en Jesucristo, con el presencia poderosa del Espíritu Santo, siempre tiene algo que dar a su prójimo.

Gracias Dios porque los cristianos siempre tenemos algo valioso que dar a nuestros semejantes.

Muévenos a compartir con gozo lo que tú nos has dado. Amén y amén.

¿A quién puedes compartirle hoy de lo que Dios ya te ha dado? Haz la cita, llama, fija la hora y ve y comparte el mensaje de salvación con urgencia.

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Interpelados por Hechos 8:4: El desafío de hablar de Jesucristo a toda criatura en todo lugar hoy.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

El evangelio en la vida diaria

Todo hijo de Dios tiene que tener en su mente, su corazón y boca el evangelio de Jesucristo para compartirlo espontánea e intencionalmente tan pronto como se presente una oportunidad para hacerlo cada día de su vida en esta tierra.

Los cristianos primigenios vivían predicando el evangelio cada día por dondequiera que estaban e iban y Hechos 8:4 es contundente al respecto. Ellos anunciaron el evangelio fiel y cotidianamente en un ambiente hostil, violento y mortal.

El denuedo, la disposición y la acción evangelista de los cristianos de los inicios de la Iglesia es nuestro reto actual. Necesitamos hablar de Jesús como lo hicieron ellos.

La persecución y la dispersión bendita

El testimonio bíblico da cuenta de la muerte de Esteban y de la persecución que se desató contra toda la iglesia que estaba en Jerusalén. Los únicos que no fueron perseguidos y esparcidos aquel día fueron los apóstoles (Hechos 8:1). ¿Por qué es que fueron dejados? El texto no lo dice, pero “me” imagino que como ellos habían mostrado que nada les amilanaba (Hechos 5:40-42), sus adversarios los dejaron “descansar” en Jerusalén y centralizaron su brutal y feroz enojo en toda la congregación.

Los enemigos de Cristo y del evangelio -los principales líderes del Israel de ese tiempo- enfocaron toda su furia y todo su ensañamiento contra toda la iglesia, es decir, contra todos y cada uno de aquellos que habían creído y que ya estaban siguiendo a Jesucristo.

Los enemigos de la iglesia querían frenarla con su ira cruenta e injusta, pero se equivocaron. Su perverso acto generó una dispersión bendita. Todos los hijos de Dios que tuvieron que salir de Jerusalén por la persecución “… fueron esparcidos por todas las tierras de Judea y de Samaria” (Hechos 8:1). La semilla poderosa del evangelio fue dispersada a través de los cristianos esparcidos entre la gente de todos los pueblos de esas dos provincias de aquel entonces.

Lo que para los enemigos de Dios fue el principio del fin de la propagación de Jesucristo y su evangelio, fue en realidad el inicio de la movilización de miles de sus testigos y de sus evangelistas desde Jerusalén hasta lo último de la tierra, en conformidad con su voluntad expresada en Hechos 1:8.

El «pero» victorioso y el fruto de la fe

El “pero” de Hechos 8:4 es un pero victorioso. Quien promovió el miedo, el enclaustramiento, la invisibilidad y el silencio de los cristianos desencadenó su valiente dispersión y su visible testimonio evangélico por todo lugar al que llegaron.

“… los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, dice el autor bíblico.

Ellos no se escondieron.

Ellos no se callaron.

Ellos predicaron el evangelio por todas partes.

Los apasionados hijos de Dios por la fe en Jesús sembraron y sembraron el evangelio de nuestro Señor y Salvador en todo pueblo y en toda ciudad a donde fueron. Es por esa razón que rápidamente surgieron iglesias en Judea, Samaria, Galilea y muchos otros lugares del mundo de aquel entonces (Hechos 9:31; 11:19-26).

La persecución que buscaba acallar a los discípulos, los puso en movimiento y actividad evangelizadora constante. Es por eso que ese “pero” es bendito y glorioso. Convirtamos también nosotros nuestro contexto adverso en una oportunidad para testificar con entusiasmo de nuestro misericordioso Señor y de su salvación eterna.

Un texto que nos confronta e interpela

Los cristianos de hoy tenemos que hacer lo mismo que hicieron nuestros antepasados del Nuevo Testamento. Necesitamos predicar y anunciar el evangelio por todas partes. Todos tenemos que hacer esta tarea. Todos estamos capacitados y llamados a testificas de Jesucristo por todas partes.

Hechos 8:4 me interpela personalmente.

Este texto de la Escritura cuestiona en realidad a la totalidad de la iglesia y a cada miembro de ella. ¿Está toda la iglesia testificando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que se encuentra? ¿Están todos y cada uno de los miembros de iglesia compartiendo de Jesús y su obra de salvación en los lugares en donde viven y en todos los lugares a donde van? ¿Estoy yo predicando el evangelio de Jesucristo en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy?

Hechos 8:4 es un desafío para mí. Este texto me confronta desde mi conversión a Jesucristo. La movilización proclamadora del evangelio de todos y cada uno de los miembros de la iglesia es un reto para todos aquellos que apacientan las congregaciones de Jesucristo en Perú y en todas partes del mundo.

Nosotros los cristianos de hoy tenemos la misma fe, el mismo Espíritu, la misma palabra escrita, la misma misión y la misma presencia constante de Jesucristo que los primeros discípulos. Nuestras circunstancias han variado, pero en las cuestiones esenciales, no nos diferenciamos. ¿Por qué es entonces que no testificamos de Jesucristo como lo hicieron ellos?

La necesidad del compromiso personal y del ejemplo

Hechos 8:4 me escudriña.

Necesito cumplir el desafío que presenta.

Tengo que predicar el evangelio en todo lugar en el que estoy y en todo lugar al que voy. Toda persona que se relaciona conmigo por una u otra razón tiene que oír el evangelio de mi boca, tanto si ya es cristiano, y con mayor razón si es que todavía no lo es.

Si quiero que toda la iglesia predique el evangelio en donde está y en todo lugar al que va, tengo que darle la motivación adecuada -además de la enseñanza y del mandato de hacerlo- con mi ejemplo y con mi pasión.

Los primeros cristianos tuvieron el ejemplo de los apóstoles. Ellos predicaron valientemente el evangelio. No se acobardaron por la prisión, por las amenazas, ni por azotes de las autoridades judías. Prefirieron obedecer a Dios antes que a los hombres. Hechos 5:42 testifica de este su apasionado trabajo: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”

La movilización evangelizadora de todos y cada uno de los miembros de la iglesia empieza con uno, con dos, o tres, o más cristianos. El ejemplo y la pasión de estos cristianos cundirá en los demás y la dispersión de los hijos de Dios en razón de su vivienda, su trabajo, sus estudios hará el resto.

Los cristianos ya estamos “dispersos” y “esparcidos” entre la gente que todavía no cree ni sigue a nuestro Salvador.

Nosotros vivimos entre las personas que tienen necesidad de Jesús y de su salvación la mayor parte del tiempo.

Cumplamos nuestra misión aprovechando esa nuestra dispersión. Anunciemos el evangelio a quienes se relacionan con nosotros cada día. Imitemos el ejemplo de nuestros antepasados neotestamentarios y hablemos de Jesucristo y su evangelio por todas partes en todo momento.

Pasos prácticos para hacer realidad Hechos 8:4 hoy

No sé de ti, pero yo estoy desafiado y animado.

Hacer realidad Hechos 8:4 en mi vida es mi reto presente y continuo.

Te comparto lo que estoy haciendo con la ayuda y la guía de Dios:

  1. Oro por valentía, oportunidades y diligencia para testificar cada día por donde vaya.
  2. Llevo folletos evangelísticos para entregarlos tan pronto como haya oportunidad.
  3. Procuro hablar de Jesús y su evangelio a cada persona que se relaciona conmigo.
  4. Tengo momentos en los que salgo de la casa con el objetivo específico de hablar el evangelio con alguna persona u otra persona.
  5. Ofrezco mi compañía evangelizadora a quien necesite un compañero para evangelizar y voy con él a donde sea necesario.
  6. Motivo a otros a evangelizar y les enseño cómo hacerlo.

Oración

Dios y Padre de Jesucristo, muévenos a evangelizar cada día a toda persona por todo lugar a donde vamos. Que Hechos 8:4 sea una realidad también en nosotros tu iglesia hoy. En nombre de Jesús. Amén.

“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).

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¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

El cristianismo en la Tierra tiene una única y fundamental razón de ser: la salvación de los seres humanos. Si alguna vez dudamos de nuestra misión principal, basta con recordar la pregunta más incómoda que Jesús hizo a dos de sus discípulos más cercanos.

Jacobo y Juan, los hijos del trueno, se llenaron de ira cuando los samaritanos, motivados por viejas enemistades étnicas y religiosas, rechazaron a Jesús en su camino a Jerusalén. ¿Cuál fue su reacción? Rápida y condenatoria: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:54, RVR60, paráfrasis).

La respuesta de Jesús, que aún resuena para la Iglesia de hoy, fue un durísimo llamado de atención: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Lucas 9:55, RVR60).

El Espíritu Condenatorio vs. el Espíritu de Cristo

Tendemos a olvidar el porqué estamos aquí. Jacobo y Juan lo hicieron. Ellos estaban dispuestos a mandar que lloviese fuego del cielo para que consumiese a los samaritanos que (por razones religiosas y enemistad étnica) no quisieron recibir a Jesús en su pueblo al notar que estaba yendo a Jerusalén.

Jesús reprendió duramente a Jacobo y a Juan por su impaciencia y por su presteza condenatoria para con sus semejantes. El llamado de atención fue muy fuerte.

Un espíritu que prioriza el juicio, la sentencia y el castigo, como el de ellos, es muy opuesto al espíritu de Cristo, que busca redimir y salvar.

La misión de Jesús es la salvación de los seres humanos, no su perdición. Él vino para salvar a los hombres y nunca olvidó ese su objetivo. Toda su vida, sus enseñanzas y sus acciones se rigieron por ese norte. Sobre esta declaración giró toda su labor en esta tierra:

“… porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lucas 9:56, RVR60).

La reprensión de Jesús a sus discípulos es clarísima y los cristianos de hoy tenemos que considerarla para analizarnos profundamente. Nosotros debemos tener el mismo norte de Cristo: la salvación de los seres humanos. Nunca tenemos que tener un espíritu opuesto al objetivo y al espíritu de nuestro Señor y Salvador.

No Jueces, Sino Mensajeros

Nosotros no debemos permitir que las ofensas, la rebeldía, la injusticia, la indiferencia espiritual y la maldad de los hombres nos impacienten y nos desvíen del Espíritu de Cristo. No nos constituyamos en jueces ni en verdugos de nuestros semejantes.

  • Podemos corregir y reprender a nuestros semejantes, pero jamás debemos actuar como si fuésemos jueces de los hombres.
  • El rol de Juez final de los seres humanos le corresponde a Dios y a nadie más.

No estamos en esta tierra para perder ni condenar a los hombres. Ese no es el propósito de Dios para nosotros en este mundo. Nosotros estamos aquí por la salvación de los hombres. Despojémonos del espíritu condenatorio de los hijos de Zebedeo y revistámonos del Espíritu de Cristo, que está lleno de gracia, de bondad y de misericordia.

Dios nos salvó y nos envió al mundo para anunciar a todos los seres humanos el evangelio de salvación en Cristo Jesús. Nosotros (cada cristiano en forma particular, y toda la iglesia en general) somos la extensión de la misión salvadora de Dios Hijo a favor de los hombres.

Mostremos el espíritu redentor, liberador y salvador de Jesucristo, y quitemos de nuestro ser todo vestigio del espíritu condenatorio y de perdición al relacionarnos con nuestros semejantes.

¡Que Dios nos ayude a vivir haciendo todo lo que está a nuestro alcance con el fin de que mucha más gente sea salva por medio de Jesucristo! ¡Que siempre sepamos que somos del Espíritu de Jesucristo y que queremos la salvación de todos los hombres, no su perdición! Amén.

#Salvación #Evangelismo #ReflexiónCristiana #Biblia #Lucas9 #PropósitoCristiano #Cristianos #VidaCristiana #Gracia #Jesucristo #NoJuzgues

Ser bueno, el desafío cotidiano de todo hijo de Dios por medio de Jesucristo.

Hace unos días vi a dos personas que se trataban mal el uno al otro. En su interacción acalorada había solo dureza. Sus palabras y sus acciones de ida y vuelta no reflejaban bondad.

Ese suceso me marcó y me hizo pensar en la bondad de Dios y en la necesidad que tenemos los seres humanos de ser buenos con nuestros semejantes.

Comparto mi reflexión por escrito porque creo que todos los cristianos estamos llamados a mostrar nuestra fe por medio de una personalidad buena y bondadosa.

Dios es bueno y nosotros, quienes creemos en él y le seguimos por medio de Jesucristo Su Hijo, también tenemos que serlo. Ser buenos es el desafío y el reto cotidiano que tenemos que vivir todos y cada uno de los hijos de Dios mientras estamos en esta tierra.

La palabra “bueno” es un adjetivo que, en el ámbito moral y personal, es utilizado para describir y calificar a una persona que: 1) tiene bondad en su naturaleza o carácter y 2) se comporta y se conduce de una manera justa, correcta y virtuosa, y en conformidad con su bondadosa esencia.

Dios, en el sentido de la definición previa es, por antonomasia, el Bueno, el Único Bueno Perfecto y Pleno, tanto en su naturaleza personal como en sus obras, que siempre son total y enteramente buenas.

Está escrito: “Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones” (Salmos 100:5). Jesucristo, siguiendo esta verdad, y refiriéndose al carácter y al obrar bueno de Dios le dijo a uno, que lo llamó “Maestro bueno”: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios” (Marcos 10:18).

Este Dios Bueno es nuestro Creador y también nuestro Redentor. Él nos creó buenos, pero el pecado, la desobediencia, nos hizo malos. Dios, sin embargo, porque nos ama y porque nos quiere buenos, nos redimió por medio de Jesucristo Su Hijo, quien murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos para nuestra justificación (Romanos 4:25).

Los cristianos, todos y cada uno de nosotros, dondequiera que vivamos, estamos llamados a ser buenos y ha hacer lo bueno, como nuestro Creador y Redentor. Ser buenos, en esencia y en hechos, como nuestro Dios, es nuestro desafío, nuestro reto divino, como hijos de Dios y nuevas criaturas en Cristo Jesús.

El apóstol Pablo escribió: “Por el contrario, sean buenos y compasivos los unos con los otros, y perdónense, así como Dios los perdonó a ustedes por medio de Cristo.” (Efesios 4:32. Biblia Versión Traducción Lenguaje Actual).

El reto a nosotros es claro y contundente.

No podemos ser cristianos sin aceptar el desafío de ser buenos.

Dios es bueno y hace lo bueno siempre.

Nosotros también tenemos que ser buenos y hacer lo bueno en todo tiempo.

El modelo del ser y del hacer de todos los hijos de Dios por medio de Jesucristo es Dios. Dios es nuestro referente y nuestro ejemplo supremo. Tenemos que imitar a Dios al vivir en esta tierra y al relacionarnos con los que nos rodean. Efesios 5:1 afirma: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.”

El reto que nos plantea Dios en su palabra a nosotros es imposible de esquivar. Tenemos que asumirlo y cumplirlo.  ¡Dios ordena que seamos buenos y tenemos que serlo! ¿Podremos? ¡Claro que sí!

Dios nos ha hecho nacer de nuevo por medio de la fe en Jesucristo y nos ha dado el Espíritu Santo para seamos y hagamos lo que él quiere. 2 Corintios 3:18 dice: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”

La bondad es fruto del Espíritu Santo y ser bueno y bondadoso es una evidencia concreta de que él esta obrando y transformando nuestra vida a la imagen de Cristo. (Gálatas 5:22-23).

Expresemos bondad y benignidad en nuestro trato con quienes nos rodean. Empecemos en nuestra casa, con nuestra familia. Luego, en nuestro barrio, con nuestros vecinos. Continuimos, con nuestros compañeros de trabajo o de estudio. Nuestros hermanos en Cristo, asimismo, también deben experimentar y ser testigos de nuestra benignidad y apacibilidad.

¡Nosotros tenemos que ser conocidos por nuestra bondad y benignidad! ¡La misericordia, la compasión, el perdón y la benignidad deben ser visibles en nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras reacciones y nuestras acciones al tratar con los que se relacionan con nosotros!

¡En nuestra bondad y benignidad se tiene que ver la bondad y la benignidad del Dios que nos ha creado y redimido por medio de Jesucristo, Dios hecho Hombre! Amén y amén.

¡Consideremos siempre a Cristo al combatir contra el pecado!

El cristiano combate contra el pecado. Contra el suyo, primero; y contra el de los demás, después. Toda su vida en esta tierra en un constante y trabajoso batallar contra el origen y la causa de todos los males y de todas las tragedias de la humanidad, el pecado.

La lucha personal es árdua, intensa y continua. Cada día combate. Él sabe que su carne, su viejo hombre, quiere pecar e ir contra la santidad de Dios. Por eso no se descuida; siempre está alerta.

El combate contra el pecado es hasta la muerte. Solo la muerte lo liberará de este cruento combate.

El combate del cristiano contra el pecado de otros también es continuo. Lucha contra ese pecado con intercesión, en lo secreto; y en lo público, con enseñanza y predicación de la palabra de Dios, y con testimonio de vida.

El cristiano sufre con paciencia y sin sentimientos negativos y no espirituales el pecado que otros cometen contra él, porque no se deja vencer por el mal, sino que vence con el bien al mal.

El Cristiano se agotará y se desanimará casi hasta desmayar en esta lucha contra el pecado. El Espíritu Santo lo sabe y es por eso que lo exhorta a considerar a Jesucristo al batallar contra el pecado.

Considerar significa “pensar sobre algo analizándolo cuidadosamente”. El hijo de Dios tiene que meditar, pensar, contemplar y considerar a Jesucristo y su ejemplo para animarse y fortalecerse y no desmayar al luchar contra el pecado.

¡Qué todos los cristianos consideremos y miremos a Cristo siempre al luchar arduamente contra el pecado¡ ¡Nuestros ojos siempre tienen que estar fijos en nuestro Señor para que nuestro ánimo esté ferviente! Amén.

¡Agradar y complacer a Dios no es tan complicado!

Complacer, agradar y contentar a Dios, según Miqueas 6:8, no es tan complicado ni tan engorroso. ¡Qué bueno que Dios es fácil de satisfacer!

Dios no quiere grandes sacrificios de nosotros necesariamente. No nos pide todos nuestros bienes. No está interesado en que le entreguemos a nuestros familiares. ¡A Dios no lo compramos con lo más preciado que poseamos!

Arrancarle aprobación a Dios no es tan intrincado. La complicación siempre ha estado, está y estará en nosotros pecadores; nunca en él.

Dios sabe que nosotros complicamos lo que es sencillo y por eso que se esmera en facilitarnos las cosas.

Dios, por tanto, ha declarado lo que es bueno y sus demandas a nosotros están clarísimas. Agradarle, en consecuencia, sí es posible. Mucho más si es que nosotros creemos y seguimos a Jesucristo Su Hijo.

Dios ha comunicado lo que quiere de nosotros y Miqueas 6:8 es un ejemplo.

Tenemos que hacer justicia (hacer lo bueno) y amar misericordia (ser buenos y compasivos). Estas instrucciones son para cumplirlas con quienes nos rodean. Nosotros no debemos hacer mal a nuestro prójimo en ningún momento. Nosotros solamente debemos hacer el bien a nuestros semejantes.

La otra instrucción expresada también es diáfana. Dios quiere que vivamos humillados ante él. Y claro que sí tenemos que vivir constantemente humillados y reverentes ante nuestro Dios. Él es tan gran grande, tan bueno, tan maravilloso y tan todo, que … solamente la postración humilde y agradecida ante Dios en Jesucristo Su Hijo es la manera correcta de vivir.

Propongámonos darle alegría a Dios haciendo lo que él nos pide. Todos los seres humanos tenemos que vivir agradando a Dios y los cristianos mucho más.

Dios nos ha salvado por medio de Jesucristo Su Hijo y nos ha dado su Espíritu para motivarnos y movernos hacia amarle y deleitarle.

¡Hagámosle el bien a nuestros semejantes y cumplamos así la petición que Dios nos hace!

¡Nunca permitamos que nuestro alma se eleve soberbiamente ante Dios! ¡Reconozcamos la grandeza y la inmensidad de Dios y obedezcámosle y sirvámosle humildemente ahora y o la eternidad! Amén y amén.

¡No te rindas! ¡Rendirte no es tu opción!

¡No te rindas! ¡Rendirte no es tu opción!

Escuché un mensaje basado en Gálatas 6:9 con esta exhortación. Estaba con mis dos hijos varones cuando escuché la exposición. El mensaje me dejó un desafío que no he olvidado y que siempre está en mi mente y en mi corazón.

Rendirse es dejar de luchar, de pelear, de trabajar.

Rendirse es darse por vencido, darse por perdedor.

Rendirse es aceptar la derrota.

Los que creemos en Jesús no podemos rendirnos. Jesús es el vencedor. Él ha vencido al diablo, al mundo y al pecado.

Jesús no se cansó de hacer el bien a los seres humanos. Jesús no se frustró hasta desalentarse de ser bueno con todos. Jesús no desmayó en su ocupación de cumplir la voluntad de Dios y de glorificarle en todo lo que hizo mientras estuvo en la tierra.

Jesús no se rindió ni con Judas. Le hizo el bien hasta el último momento. Si Judas se perdió no fue por culpa de Dios, ni de Jesucristo Su Hijo. Judas no puede quejarse de Dios, él sabe que su perdición fue culpa suya.

Jesús tampoco se rindió con sus discípulos, que muchas veces fueron incrédulos y faltos de entendimiento. Jesús amó e hizo el bien a sus discípulos hasta el fin, aun cuando ellos le fueron tropiezo, le negaron y le dejaron solo en el momento culminante de su misión en favor de la salvación de los pecadores.

Hacer el bien a los seres humanos cansa, agota… mucho más cuando no te agradecen o te corresponden con maldad y aborrecimiento.

Hacer lo bueno en un mundo corrupto que va de mal en peor es desalentador.

Obrar en conformidad con el Espíritu Santo y el evangelio y la oposición constante de la carne que está aún en nosotros y que siempre quiere hacer el mal es trabajoso y agobiante.

El gran apóstol Pablo entendía la dura batalla cotidiana por hacer siempre el bien y es por eso que escribió este desafío: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9).

Nosotros necesitamos hacer el bien sin cansarnos y sin desmayar.

Hacer el bien tiene su recompensa. Si sembramos amor, bondad y bien, cosecharemos también amor, bondad y bien. La cosecha será a su tiempo, no cuando nosotros queremos. A lo mejor no segaremos en esta tierra, que es lo que queremos, pero sí cosecharemos con toda seguridad en el mundo eterno. Lo esencial es que de todas maneras cosecharemos el bien que hacemos.

Hacer el mal, ser vencido por lo malo, obrar conforme a la carne y desagradar a Dios también tiene sus consecuencias. En el contexto, estas consecuencias están contenidas en esta declaración: “Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción” (Gálatas 6:8). Hacer el mal también paga y yo no quiero esa paga, ni para mí ni para ninguno de los que me rodean,

Hagamos lo bueno.

Tomemos la determinación de no hacer el mal.

No nos dejemos dominar ni conducir por la carne.

No nos rindamos a la maldad y al mal obrar.

No le paguemos a nadie mal por mal.

No desmayemos y sigamos haciendo lo correcto y viviendo el evangelio de Cristo en el poder y la guía del Espíritu Santo hasta el fin de nuestros días. Jamás vamos a arrepentirnos de hacer el bien sin cansarnos y sin desmayar.

¡Qué Dios nos ayude! ¡Necesitamos la ayuda de Dios para hacer el bien sin agotarnos y sin tirar la toalla! Aprovechemos esta vida temporal y pasajera para hacer el bien. Dios nos mirará con gracia y agrado si es que no desmayamos en hacer las buenas obras que él ha preparado de antemano para nosotros.

“Así que, según tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

Recuerda y ten presente esta idea en tu mente siempre: ¡No te rindas! ¡Rendirse no es tu opción! ¡La rendición al mal obrar no el camino de los hijos de Dios! ¡Hagamos el bien hasta el fin de nuestros días!

Amén.