La Gran Necesidad: Dios Con Nosotros.

La Gran Necesidad: Dios Con Nosotros.

Nuestra mayor necesidad es la comunión con Dios, la cual perdimos trágicamente en el Edén por causa del pecado de Adán. El mayor mal de aquel día no fue la tierra, sino ser echados de la presencia de Dios.

  • Fuimos creados para el compañerismo: Dios nos diseñó para vivir junto a Él, en una relación continua y eterna.
  • Sin Él, somos: “Huérfanos”, “muertos vivos”, solos, sin ayuda, sin punto de partida, sin camino ni punto de llegada.

La Misión de Emanuel: Dios Viene a Nosotros

Dios no quiso que esta separación fuera permanente. Aunque tuvo que cumplir su palabra al echarnos de su presencia (Génesis 3:22-24), Su objetivo eterno es vivir con nosotros, en nosotros y entre nosotros.

Por eso, Él mismo vino a nosotros:

Jesús de Nazaret es Dios Hijo hecho Hombre.

Cuando el Espíritu Santo engendró a Jesús, se cumplió la bendita promesa:

“He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.” (Mateo 1:23; Isaías 7:14)

La Solución en Jesús

  • Revelación: En Jesús, nosotros vemos y encontramos a Dios. Él es el único que lo revela y expone plenamente.
  • Unión Eterna: Solo Jesús nos une y nos vincula verdadera y eternamente con el Padre.

Todos necesitamos a Dios, y todos podemos restaurar Su compañerismo y amistad ya desde esta vida.

Emanuel, Dios con nosotros, no es solo un título, sino la restauración permanente e inquebrantable de la presencia divina perdida en Edén. (Apocalipsis 21:3).


El Llamado

No te quedes solo en el conocimiento. Dios es tu mayor necesidad; Su voluntad, guía y sostén son indispensables para tu vida en este mundo y en el venidero.

¡En Jesucristo, tú tienes a Dios contigo!

Lo único que tienes que hacer es creer y seguir a Jesús, a quien Él ha enviado. ¡Síguele desde hoy y para siempre! Amén.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. (Juan 1:14).

Jesús no solo vino, él se quedó entre nosotros y en nosotros, y nos trajo a Dios para vivir ya hoy en nosotros por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado. (Efesios 1:13; Romanos 8:9).

¡Cree y sigue ya a Jesucristo de una vez desde hoy y para siempre!

#JesúsTraeADiosYnosUneConÉl

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¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

El cristianismo en la Tierra tiene una única y fundamental razón de ser: la salvación de los seres humanos. Si alguna vez dudamos de nuestra misión principal, basta con recordar la pregunta más incómoda que Jesús hizo a dos de sus discípulos más cercanos.

Jacobo y Juan, los hijos del trueno, se llenaron de ira cuando los samaritanos, motivados por viejas enemistades étnicas y religiosas, rechazaron a Jesús en su camino a Jerusalén. ¿Cuál fue su reacción? Rápida y condenatoria: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:54, RVR60, paráfrasis).

La respuesta de Jesús, que aún resuena para la Iglesia de hoy, fue un durísimo llamado de atención: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Lucas 9:55, RVR60).

El Espíritu Condenatorio vs. el Espíritu de Cristo

Tendemos a olvidar el porqué estamos aquí. Jacobo y Juan lo hicieron. Ellos estaban dispuestos a mandar que lloviese fuego del cielo para que consumiese a los samaritanos que (por razones religiosas y enemistad étnica) no quisieron recibir a Jesús en su pueblo al notar que estaba yendo a Jerusalén.

Jesús reprendió duramente a Jacobo y a Juan por su impaciencia y por su presteza condenatoria para con sus semejantes. El llamado de atención fue muy fuerte.

Un espíritu que prioriza el juicio, la sentencia y el castigo, como el de ellos, es muy opuesto al espíritu de Cristo, que busca redimir y salvar.

La misión de Jesús es la salvación de los seres humanos, no su perdición. Él vino para salvar a los hombres y nunca olvidó ese su objetivo. Toda su vida, sus enseñanzas y sus acciones se rigieron por ese norte. Sobre esta declaración giró toda su labor en esta tierra:

“… porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lucas 9:56, RVR60).

La reprensión de Jesús a sus discípulos es clarísima y los cristianos de hoy tenemos que considerarla para analizarnos profundamente. Nosotros debemos tener el mismo norte de Cristo: la salvación de los seres humanos. Nunca tenemos que tener un espíritu opuesto al objetivo y al espíritu de nuestro Señor y Salvador.

No Jueces, Sino Mensajeros

Nosotros no debemos permitir que las ofensas, la rebeldía, la injusticia, la indiferencia espiritual y la maldad de los hombres nos impacienten y nos desvíen del Espíritu de Cristo. No nos constituyamos en jueces ni en verdugos de nuestros semejantes.

  • Podemos corregir y reprender a nuestros semejantes, pero jamás debemos actuar como si fuésemos jueces de los hombres.
  • El rol de Juez final de los seres humanos le corresponde a Dios y a nadie más.

No estamos en esta tierra para perder ni condenar a los hombres. Ese no es el propósito de Dios para nosotros en este mundo. Nosotros estamos aquí por la salvación de los hombres. Despojémonos del espíritu condenatorio de los hijos de Zebedeo y revistámonos del Espíritu de Cristo, que está lleno de gracia, de bondad y de misericordia.

Dios nos salvó y nos envió al mundo para anunciar a todos los seres humanos el evangelio de salvación en Cristo Jesús. Nosotros (cada cristiano en forma particular, y toda la iglesia en general) somos la extensión de la misión salvadora de Dios Hijo a favor de los hombres.

Mostremos el espíritu redentor, liberador y salvador de Jesucristo, y quitemos de nuestro ser todo vestigio del espíritu condenatorio y de perdición al relacionarnos con nuestros semejantes.

¡Que Dios nos ayude a vivir haciendo todo lo que está a nuestro alcance con el fin de que mucha más gente sea salva por medio de Jesucristo! ¡Que siempre sepamos que somos del Espíritu de Jesucristo y que queremos la salvación de todos los hombres, no su perdición! Amén.

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Mi batalla cotidiana: Dejar “el púlpito de boquilla” y Vivir lo que enseño y predico.

“A cada instante y en cada circunstancia peleo por no ser ni el escriba ni el fariseo a quienes Jesús reprochó duramente.”

Jesucristo no veía con agrado a una gran parte de “los escribas” y de “los fariseos”. Sus palabras para con este gran sector religioso judío fueron durísimas. El capítulo 23 del libro de Mateo está dirigido por entero a ambos grupos religiosos.

El discurso de Jesús contra esas dos facciones del judaísmo de su tiempo fue severo e inflexible. Cada versículo del capítulo 23 es una condena al “ser” y al “hacer” de los escribas y fariseos. Los “Ayes” contra ellos son difíciles de asumir. Siempre que leo esa porción de la escritura temo y me estremezco. En ninguna manera quiero esas palabras dirigidas hacia mí. No quiero ser ni “escriba” ni “fariseo”.

Los escribas y los fariseos, que eran enemigos de Jesús y que fueron confrontados por él, están en mi mente en estos días. Ellos eran los maestros de Israel y los que enseñaban la ley de Dios al pueblo.

Jesús hace referencia a la posición y al trabajo de maestros de los escribas y los fariseos con esta declaración: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.” (San Mateo 23:2-3).

En estas sus palabras, Jesús destaca tres asuntos claves sobre los escribas y fariseos: 1) Su autoridad, hablaban y enseñaban con la autoridad de Moisés y de la ley de Dios dada a él; 2) Su precisión y fidelidad al exponer y enseñar la ley de Dios en la vida de los israelitas, Jesús afirma que sus oyentes debían guardar y hacer lo que ellos enseñaban. 3) Su terrible y condenable pecado, ellos mismos no practicaban ni guardaban lo que le enseñaban a guardar y hacer a otros.

De estos tres aspectos, el que me amonesta y me asusta es el tercero: “Su terrible y condenable pecado”. No quiero cometerlo. No quiero practicarlo. “No quiero ser escriba ni fariseo” en ese aspecto.

Esa es mi batalla diaria. (Y la de todo siervo y obrero de Dios).

Mi lucha cotidiana es no practicar, no guardar, ni hacer lo que le enseño y le pido a otros que practiquen, guarden y hagan.

Los escribas y fariseos eran “catedráticos de boquilla” y “maestros de pizarra”. Eran exigentes y estrictos en enseñar a cumplir la ley de Dios a otros, pero no a sí mismos. Su magisterio era inflexible y riguroso para con sus estudiantes, mas no para consigo.

Jesús denunció la doble vara de los escribas y fariseos con estas palabras: “Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y la ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.” (Mateo 23:4).

Mi combate habitual como predicador y maestro de la Biblia, la palabra de Dios, es no ser parte de los escribas ni de los fariseos que fueron reprendidos con justa razón por Jesucristo, Dios hecho Hombre.

No quiero convertirme en un Predicador y Maestro Bíblico de Boquilla. No quiero exigirle a otros lo que no me exijo a mí mismo. No es bueno ni justo que utilice la posición y la autoridad que da el enseñar la palabra de Dios para pedir que la cumplan otros, pero no yo.

Si anunció que la Biblia manda que los seres humanos se acerquen a Dios por medio de Jesucristo para obtener perdón de pecados y vida eterna, tengo que estar acercándome verdaderamente a Dios únicamente por medio de Jesús.

Si enseño que la palabra de Dios dice que todo hijo de Dios debe testificar de Jesucristo y predicar el evangelio a toda criatura en todo tiempo, tengo que dar el ejemplo e ilustrar tal enseñanza por medio de una vida que testifica y evangeliza siempre.

Si enseño que la Biblia dice que se tiene que perdonar a otros sus ofensas, tengo que ser el primero en practicar y obedecer esa enseñanza.

Si enseño que la Biblia ordena a los hijos que cuiden de sus padres cuando ya son ancianos, tengo que obeceder esa palabra y cuidar a mis padres en su vejez.

Si predico que la Biblia manda que los hijos de Dios tienen que orar sin cesar, debo estar guardando y obedeciendo ese mandato y orando, por tanto, en todo tiempo y en toda circunstancia,

En fin …

No quiero ser un maestro ni un predicador merecedor del capítulo 23 de Mateo.

Esta mi lucha es, también, creo yo, la lucha de todo pastor, misionero y evangelista que quiere ser fiel a Dios y a su palabra. Todo aquel que se sienta (se para) en la “cátedra de Moisés” (el púlpito) del siglo XXI guerrea para no ser ni el escriba ni el fariseo al que reprendió Jesús.

Voy a terminar este testimonio de mi batalla.

Necesito la ayuda de Dios para no caer en el craso yerro de los escribas y fariseos de los días de Jesús. Al igual que ellos, soy pecador e imperfecto. No estoy libre de ese su tropiezo.

Tengo que velar y orar para no caer en esta horrible tentación. Jesús dijo que la carne es débil y él tiene mucha razón. Necesito, por tanto, orar sin cesar para no caer ni convertirme en un reprochable y condenable escriba y fariseo moderno.

Requiero de la intercesión y la ayuda en oración de mis hermanos en Cristo para no ser un predicador y maestro que no practica ni obedece lo que él mismo predica y enseña.

¡Dios y Padre de Jesucristo, auxíliame en mi lucha consciente por no ser un predicador ni un maestro que no practica la palabra tuya que enseño a tus hijos! Amén y amén.

Obedecer a Dios en todo aspecto de nuestra vida es vital y esencial.

Necesitamos obedecer a Dios antes que a los hombres. La obediencia a Dios es nuestra prioridad. Nada ni nadie es más importante que Dios. En consecuencia, obedecerle y hacer su voluntad es imprescindible.

Pedro y Juan sabían lo vital y lo esencial de obedecer a Dios. Dios les dio un mandato urgente: Prediquen el evangelio Cristo en todo el mundo y a toda criatura, y hagan discípulos de Jesucristo a todas las naciones. (Marcos 16:15; Mateo 28:19). Ellos estaban obedeciendo a Dios, estaban predicando el evangelio. A las autoridades judías de su tiempo les incomodó su obediencia. Por eso, les prohibieron que predicasen (Hechos 4:1-22; 5:17-42). Pedro y Juan no se amilanaron. Su disposición y su determinación de obedecer eran el fundamento de sus vidas.

Todos tenemos que ver el obedecer a Dios como un asunto vital y urgente. Dios quiere nuestra obediencia y su palabra, la Biblia, y Su Espíritu Santo nos han sido dados para eso mismo. ¡Obedezcámosle!

La obediencia a Dios es una asunto personal.

Nadie puede obedecer por nosotros.

Dios nos habla individualmente a cada uno de nosotros por su palabra escrita y por su Espíritu. Nuestra obediencia a la clara palabra escrita es imprescindible. Hacerle caso al Espíritu Santo es vital y esencial.

Cuando Dios me alcanzó por medio de Cristo, ofrecí obedecerle. Le dije: “Lo que dispongas que haga, eso voy a hacer.” Y es lo que me he procurado hacer siempre. No significa que he obedecido perfectamente ni que nunca he pecado. No, no significa eso. La obediencia perfecta e impecable de los cristianos está aún en el futuro.

Obedecer a Dios es la prioridad de todos quienes creemos en Jesús.

Nuestra vida debe girar, moverse y encaminarse en función de hacer la voluntad de Dios, no la nuestra. 

Debemos obedecer a Dios cada vez que tenemos la convicción de que él quiere algo específico de nosotros. Sea lo que sea y cueste lo que cueste. Obedecer a Dios tiene que ser nuestra única e innegociable opción. 

Estoy en eso en este período de mi vida.

Creo que Dios quiere que haga algo, y debo hacerlo. “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. Me costará, me dolerá, pero tengo que obedecer. Dios me ha elegido para esta tarea; es mi privilegio. ¡Que Dios me ayude a hacer lo mejor posible! Amén y amén.

Gracias a Dios, esta responsabilidad no la cumpliré solo, tengo el apoyo de mi familia nuclear, de mi familia extendida y de mis hermanos en Cristo. ¡Qué bendición tan grande que es así! ¡Dios es bueno y no nos da tareas sin darnos también ayuda para cumplirlas!

Gracias por orar por mí y por todos los que me ayudan a obedecer a Dios en este mi nuevo desafío.

Ser bueno, el desafío cotidiano de todo hijo de Dios por medio de Jesucristo.

Hace unos días vi a dos personas que se trataban mal el uno al otro. En su interacción acalorada había solo dureza. Sus palabras y sus acciones de ida y vuelta no reflejaban bondad.

Ese suceso me marcó y me hizo pensar en la bondad de Dios y en la necesidad que tenemos los seres humanos de ser buenos con nuestros semejantes.

Comparto mi reflexión por escrito porque creo que todos los cristianos estamos llamados a mostrar nuestra fe por medio de una personalidad buena y bondadosa.

Dios es bueno y nosotros, quienes creemos en él y le seguimos por medio de Jesucristo Su Hijo, también tenemos que serlo. Ser buenos es el desafío y el reto cotidiano que tenemos que vivir todos y cada uno de los hijos de Dios mientras estamos en esta tierra.

La palabra “bueno” es un adjetivo que, en el ámbito moral y personal, es utilizado para describir y calificar a una persona que: 1) tiene bondad en su naturaleza o carácter y 2) se comporta y se conduce de una manera justa, correcta y virtuosa, y en conformidad con su bondadosa esencia.

Dios, en el sentido de la definición previa es, por antonomasia, el Bueno, el Único Bueno Perfecto y Pleno, tanto en su naturaleza personal como en sus obras, que siempre son total y enteramente buenas.

Está escrito: “Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones” (Salmos 100:5). Jesucristo, siguiendo esta verdad, y refiriéndose al carácter y al obrar bueno de Dios le dijo a uno, que lo llamó “Maestro bueno”: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios” (Marcos 10:18).

Este Dios Bueno es nuestro Creador y también nuestro Redentor. Él nos creó buenos, pero el pecado, la desobediencia, nos hizo malos. Dios, sin embargo, porque nos ama y porque nos quiere buenos, nos redimió por medio de Jesucristo Su Hijo, quien murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos para nuestra justificación (Romanos 4:25).

Los cristianos, todos y cada uno de nosotros, dondequiera que vivamos, estamos llamados a ser buenos y ha hacer lo bueno, como nuestro Creador y Redentor. Ser buenos, en esencia y en hechos, como nuestro Dios, es nuestro desafío, nuestro reto divino, como hijos de Dios y nuevas criaturas en Cristo Jesús.

El apóstol Pablo escribió: “Por el contrario, sean buenos y compasivos los unos con los otros, y perdónense, así como Dios los perdonó a ustedes por medio de Cristo.” (Efesios 4:32. Biblia Versión Traducción Lenguaje Actual).

El reto a nosotros es claro y contundente.

No podemos ser cristianos sin aceptar el desafío de ser buenos.

Dios es bueno y hace lo bueno siempre.

Nosotros también tenemos que ser buenos y hacer lo bueno en todo tiempo.

El modelo del ser y del hacer de todos los hijos de Dios por medio de Jesucristo es Dios. Dios es nuestro referente y nuestro ejemplo supremo. Tenemos que imitar a Dios al vivir en esta tierra y al relacionarnos con los que nos rodean. Efesios 5:1 afirma: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados.”

El reto que nos plantea Dios en su palabra a nosotros es imposible de esquivar. Tenemos que asumirlo y cumplirlo.  ¡Dios ordena que seamos buenos y tenemos que serlo! ¿Podremos? ¡Claro que sí!

Dios nos ha hecho nacer de nuevo por medio de la fe en Jesucristo y nos ha dado el Espíritu Santo para seamos y hagamos lo que él quiere. 2 Corintios 3:18 dice: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”

La bondad es fruto del Espíritu Santo y ser bueno y bondadoso es una evidencia concreta de que él esta obrando y transformando nuestra vida a la imagen de Cristo. (Gálatas 5:22-23).

Expresemos bondad y benignidad en nuestro trato con quienes nos rodean. Empecemos en nuestra casa, con nuestra familia. Luego, en nuestro barrio, con nuestros vecinos. Continuimos, con nuestros compañeros de trabajo o de estudio. Nuestros hermanos en Cristo, asimismo, también deben experimentar y ser testigos de nuestra benignidad y apacibilidad.

¡Nosotros tenemos que ser conocidos por nuestra bondad y benignidad! ¡La misericordia, la compasión, el perdón y la benignidad deben ser visibles en nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras reacciones y nuestras acciones al tratar con los que se relacionan con nosotros!

¡En nuestra bondad y benignidad se tiene que ver la bondad y la benignidad del Dios que nos ha creado y redimido por medio de Jesucristo, Dios hecho Hombre! Amén y amén.

El Mayor Gozo: Ver Vidas Transformadas por Jesucristo y Su Evangelio.

El mayor gozo de quienes predican y enseñan el evangelio de Jesucristo es ver a la gente creyendo, creciendo, sirviendo y viviendo en Cristo y para Cristo.

Los predicadores son creyentes y siervos de Dios que también viven por Cristo y para Cristo. Sus vidas están consagradas a su Salvador y a la extensión del evangelio de salvación. Ellos aman a los que no siguen a Cristo y tienen compasión de su perdida condición. Les duele verles perdidos y es por eso que entregan sus vidas para llevarles el evangelio.

En consecuencia, los evangelizadores se alegran grandemente cuando ven conversiones a Cristo, y crecimiento en él, y servicio fiel, y obediencia.

Dios me alegra el alma con este “mayor gozo” y lo testificaré con una experiencia personal.

“El mayor gozo” que puede experimentar un predicador del evangelio lo disfruto con frecuencia. En este escrito, sin embargo, me limitaré a un acontecimiento muy significativo. Mi “mayor gozo” lo disfrute al ver y pasar un lindo tiempo con el hermano José Palacios y su familia, el último fin de semana de setiembre. 

Conocí a José Palacios y a Segunda, su esposa, en 1988, al fin de mi primer año de estudios en el Seminario Bautista del Perú, cuando viajé a Moyobamba, para predicar y enseñar el evangelio y la palabra de Cristo en algunos pueblos de alrededor de esa ciudad. Me he encontrado con ellos después de más de tres décadas.

José y su esposa vivían y trabajaban en Ochamé, el primer pueblo en el que prediqué y enseñé. Ellos tenían tres hijos: José, Rosario y Juvenal. En Ochamé había una iglesia bautista, que fue formada por los hermanos en Cristo que migraron hasta allí desde la sierra de Piura. José y su esposa asistían de vez en cuando a las reuniones de la Iglesia. Ambos llegaron a creer en Jesús y a seguirle mientras servía yo a Dios allí.

José y Segunda se bautizaron y empezaron su vida en Cristo desde ese año hasta hoy. Ellos ya no viven en Ochamé. Dejaron esa parte de la selva de San Martín y migraron a Piura, en la costa de Perú, Ellos viven y trabajan ahora en Piura. En Piura, ellos son parte de la Iglesia Bautista Betel de Fe, en Las Dalias. Nuestros hermanos tienen a sus tres hijos, que ya son adultos, viviendo muy cerca de ellos. Su tres hijos han oído el evangelio desde pequeños, pero solo uno de ellos, José, ya está siguiendo a Cristo, nuestro Señor y Salvador. Oremos por esta pareja de esposas, para que tengan buena salud espiritual y física. Oremos también por sus hijos, para que sigan a Cristo fielmente.

Dios ha alegrado mi alma al permitirme ver, visitar, hablar y orar con esta preciosa familia. Estuve con ellos en mi último viaje a Piura. Disfrute y fui edificado al ver la forma en la que Dios ha hecho y hace su obra en todos ellos. La familia Palacios ha pasado momentos duros, pero sigue firme y fiel a nuestro Señor y Salvador. Ayudémosle con nuestras oraciones.

Los esposos Palacios me han hecho mucho bien. El trabajo en el Señor y para el Señor nunca es en vano. La palabra de Dios siempre, siempre da fruto, ¡sembrémosla en los corazones de los hombres en todo tiempo! Es una bendición grande ver a los hijos de Dios siguiendo y permaneciendo fieles a Cristo Jesús.

El apóstol Juan testificó el hecho gozoso de ver a los creyentes seguir fielmente el camino de Cristo en dos de sus tres epístolas:

“Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre.” (2 Juan 1:4).

“No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.” (3 Juan 1:4).

Sus palabras no necesitan explicación y la alegría con la que escribió y la experiencia que he narrado las ilustran.

Los mensajeros del evangelio trabajamos duro para llevar el evangelio y ver vidas cambiadas por Jesucristo nos llena de regocijo. La escritura nos describe claramente en este siguiente texto: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas.” (Salmos 126‬:‭5‬-‭6‬).

El hermano José Palacios y su familia alegraron mi alma. Mi emoción y gozo fueron mayores cuando dijeron que “era su misionero, el misionero de la familia”. Me lo dijeron con un fuerte abrazo.

Estoy muy motivado a seguir mi labor de testigo de Jesucristo y su salvación. Quiero experimentando este “mayor gozo y regocijo” por más tiempo.

¡Muchas gracias por el privilegio que me has dado, Dios mío! ¡Ayúdame a predicar y a enseñar el evangelio de Cristo y la Biblia hasta que me recojas! Amén.

Jesucristo arrebatará a Su Iglesia hasta las nubes y se reunirá con ella para siempre.

Los cristianos creemos, seguimos, amamos, obedecemos y esperamos a Jesucristo. Él, que murió por nuestros pecados y que resucitó para nuestra justificación, fue a los cielos y volverá por nosotros, para que vivamos con él para siempre.

Jesús cumple lo que promete. Su venida, en consecuencia, es un hecho ciertísimo e indubitable. Tenemos que estar expectantes y preparados para reunirnos con él.

Jesús vendrá por Su Iglesia, Su Cuerpo, Su Congregación, que es la suma de todas las personas de este mundo que han creído, que creen y que creerán en él hasta esa Su Venida.

La venida de Jesús por Su Iglesia está detallada en el párrafo de 1 Tesalonicenses 4:13-18.

Lo primero que tenemos que resaltar es que Jesús viene hasta nosotros con los que murieron creyendo y siguiéndole (Porque ellos ya están espiritualmente con él. 2 Corintios 5:8. Filipenses 1:23). Obviamente, al venir con Jesús, los que murieron vienen en espíritu (4:14), ya que sus cuerpos están en la tierra, en donde fueron sepultados.

Lo segundo a observar es el hecho de que Jesús resucitará los cuerpos de los discípulos que murieron creyendo y que están viniendo con él en espíritu (4:15-16). Esa bendita resurrección unirá el cuerpo y el espíritu de los muertos en Cristo en una condición eterna e incorruptible. Luego, y gracias a ese hecho portentoso, los redimidos resucitados se reunirán con Jesús en las nubes, en el aire.

Lo tercero a destacar es lo que hará Jesús con todos los creyentes que estén vivos cuando venga por Su Iglesia. El texto afirma que todos los creyentes vivos serán arrebatados (llevados, subidos) juntamente con los creyentes resucitados para recibir al Señor en el aire. Este arrebatamiento ocurrirá rápido, muy rápido. Todos los hechos transformadores sucederán en “un momento”, “en un abrir y cerrar de ojos” (1 Corintios 15:52). ¡Esa experiencia grandiosa y poderosa nos maravillará y asombrará tremendamente!

Lo último a anotar respecto al acto bendito y bienaventurado de la venida de Jesucristo por Su Iglesia es el lugar de la reunión y el propósito de la misma. El lugar de reunión es “las nubes”, “el aire” (eso significa e implica la atmósfera, la atmósfera de nuestra tierra y nuestros cielos). El propósito está declarado en este afirmación: “… y así estaremos siempre con el Señor” (4:17).

Los cristianos tenemos esta esperanza bendita y nos gozamos y vivimos por ella. Somos transeúntes en esta tierra. Nuestra vida definitiva, eterna y plena se hará realidad junto a Cristo en Su Venida.

“Alentémonos los unos a los otros” con esta ciertísima enseñanza de nuestro Señor (4:18). ¡Hagámoslo cada día, hermanos!

Cobremos ánimo y fuerza, y cumplamos nuestra misión como testigos de Cristo y de su salvación eterna a quienes nos rodean y se relacionan con nosotros todos los días de nuestra vida en este mundo.

¡Muchas gracias por darnos esta bendiga esperanza en Jesucristo, Bendito y Bondadoso Dios! Amén.

El zarandeo diabólico: Una realidad purificadora y perfeccionadora de discípulos por la gracia y la soberanía de Dios.

Estas palabras de Jesucristo a Pedro, que fueron previas a su dolorosa y vergonzosa caída, son hartamente edificantes y esperanzadoras. Pedro, como sabemos, negó cobardemente tres veces que conocía a Jesús, Su Maestro, y Señor, y Salvador. Aún así, sin embargo, Jesucristo no abandonó a Pedro durante su zarandeo diabólico, sino que estuvo con él e intercedió para que no desvaneciese ni perdiese su fe.

Zarandear, según el diccionario, significa: 1) agitar con violencia. 2) mover con ligereza. 3) Cribar o tamizar, Aunque los tres significados son útiles y válidos para esa palabra, el contexto y el texto de Lucas 22.31-32, se inclinan por “cribar y tamizar”.

La expresión “… zarandearos como a trigo” hace referencia a la experiencia de negación vergonzosa de Jesucristo ante los demás en la que incurriría Pedro. Esa experiencia seria muy dolorosa, dramática, vergonzosa y desalentadora para Pedro.

El zarandeo diabólico con el respectivo permiso de Dios es un hecho bíblico. Job lo vivió y sufrió; Pedro, también. La iglesia ha sufrido el embate del diablo durante toda su estadía en esta tierra. Los creyentes y discípulos de Jesucristo de este tiempo también somos objeto del acecho del diablo. El diablo también quiere zarandearnos.

El zarandeo de Satanás a los hijos de Dios es una realidad. Él siempre quiere dañarlos, pero no puede hacerlo sin el permiso de Dios. El diablo, al “recibir” el permiso divino, tiene el objetivo de lastimar, desanimar e inutilizar a los creyentes y siervos de Dios. Esa es la intención diabólica, pero el objetivo de Dios es distinto y opuesto.

Dios usa el zarandeo diabólico a los creyentes y discípulos de Jesucristo para fortalecerlos, purificarlos y perfeccionarlos para cumplir con su misión. El dolor y la angustia de atravesar la densa oscuridad demoniaca optimiza el carácter, la fe y el fervor espiritual de los cristianos genuinos. El zarandeo y aun el diablo mismo, en consecuencia, son instrumentos en las manos de Dios. Dios los usa para para el bien de todos los que creemos y seguimos a Jesucristo.

Jesucristo, quien murió y resucitó para nuestra salvación eterna, está con nosotros durante el zarandeo diabólico, Su presencia y su intercesión nos aseguran una fe que no desmaya en ese sufrido y durísimo periodo. Por causa de la compañía y la obra mediadora de Jesucristo, por tanto, quienes creemos y seguimos a Jesucristo, somos purificados y perfeccionados por el zarandeo satánico para cumplir una nueva misión para nuestro Señor en su bendita iglesia.

El zarandeo, por la gracia y la misericordia de Dios en Cristo Jesús, nos cambia, y recompone, y afirma nuestra identidad en Cristo, dejándonos aptos para “confirmar la fe de nuestros hermanos”.

Pedro sufrió terrible y amargamente el zarandeo diabólico, pero el diablo no lo neutralizó ni inutilizó. No, no lo hizo. Jesucristo y su intercesión sostuvieron la fe de Pedro, y él fue purificado, afirmado y confirmado como su discípulo, su apóstol y su siervo. El diablo perdió zarandeando a Pedro.

Pedro salió del zarandeo mucho más apto y confiable para cumplir la misión de Cristo. La evidencia de la derrota del diablo es clarísima. Jesucristo confió mucho más en Pedro al final de su zarandeo. Es justamente por eso que Jesús, personal e íntimamente, le dijo: “Apacienta mis ovejas” (Juan 21:15-17).

Al lado de Jesucristo nunca hay pierde. Nunca desmayemos por nuestros tropiezos ni caídas, por más horribles, vergonzosas y dolorosas que sean. Por causa de nuestro Señor y Salvador, el diablo solo tiene victorias aparentes sobre nosotros. Gracias a Jesús, nuestra vida siempre puede estar firme, segura y útil en sus manos. Amén.

Si hemos pasado uno o más zarandeos vergonzosos y dolorosos, miremos a Cristo con arrepentimiento genuino, y volvamos a él de corazón. Él nos recibirá, nos restaurará, nos perfeccionará y nos volverá útiles para su misión salvífica a favor de los pecadores de este mundo. Amén.

¡Cuiden a los hijos de Dios por medio de visitarles cotidianamente, siervos de Dios!

La visitación es una actividad clave para cuidar y apacentar a los miembros del cuerpo de Cristo con fruto permanente.

Jesucristo partió a los cielos sin dejar a sus seguidores sin apacentadores. Él preparó a sus discípulos para que cumpliesen esa tarea. Empero, antes de encargarles a sus ovejas, él se aseguró de que sus apóstoles lo amaban. Es por eso que les preguntó si es que lo amaban. Una vez que él tuvo esa certeza, le dijo a Pedro, el líder de los apóstoles:

“Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.” (Juan 21:17).

Los siervos de Dios tienen que cumplir esta su tarea por medio de visitarlos constantemente.

Visitar a los hermanos en Cristo en sus casas es una actividad clave para los pastores, misioneros y evangelistas que aman a los hijos de Dios y que cumplen con apacentar y cuidar la grey de Dios fielmente.

Los beneficios de cuidar a las ovejas del Señor por medio de visitas regulares son invaluables. Como todos los seres humanos, los cristianos tienen sus problemas y sus luchas; por tanto, recibir la visita de sus pastores y líderes los conforta y motiva.

La visitación hace que los apacentadores y los apacentados se conozcan, se aprecien y se vinculen en amor y en confianza mutua. Tanto los unos como los otros recibirán crecimiento espiritual como resultado de este encuentro espiritual, lo cual es vital para la buena marcha de toda la congregación.

La visitación a las ovejas tiene que ser bien aprovechada. Durante la misma, los apacentadores deben: 1) Enseñar una verdad o un texto bíblico. 2) Hacer preguntas a los hermanos y responder también las preguntas de ellos. 3) Tener un tiempo de intercesión junto a los hermanos visitados y orar por ellos y sus familias. 4) Escuchar y escuchar las inquietudes de los hijos de Dios. 5) Recalcar las metas y las actividades de la congregación.

Este tipo de visita tiene que estar en la agenda del trabajo diario de todo pastor y líder que ama a Cristo y a su iglesia. Debe ser anunciada personalmente y debe tener una duración de entre 20 a 30 minutos. Esta visita no debe ser confundida con la visita en razón de una invitación a comer o de crisis o emergencia. Esta visita es clave para cuidar y para discipular a los hermanos en Cristo.

Los miembros de la Iglesia no deben ver la visita pastoral como una actividad extraña del siervo de Dios. (Hay iglesias cuyos pastores y misioneros ni siquiera saben donde viven y trabajan los miembros de su congregación). El pastor tiene que ser conocido por realizar esta actividad fielmente.

Dios, por la labor que realizó, me da el privilegio de acompañar a los pastores cuando están realizando sus visitas a los miembros bajo su cuidado. En mi último viaje a Sullana, por ejemplo, acompañé al pastor Rubén Córdova a hacer visitas a algunos hermanos en sus hogares.

El pastor Rubén, al ir con él, me contó que en este caso, visitaríamos a hermanos ancianos que estaban enfermos. Visitamos en total a tres hermanos ancianos, dos mujeres y un varón. El varón estaba postrado en cama y no podía valerse por sí mismo. Gracias a Dios, uno de sus hijos lo cuida, con el apoyo de sus hermanos. Terminamos nuestra visita en cada hogar con oración. El gozo de los hermanos por la visita fue visible.

La visitación es una actividad valiosísima y no está siendo aprovechada suficientemente. Quienes lideran la iglesia del Dios viviente tienen que asumirla y realizarla con fiel cotidianidad.

Dios bendice mi alma al acompañar a los siervos de Cristo en esta su tarea cuando estoy con ellos por una conferencia, curso o campaña. En este mi último viaje me tocó ir con el pastor Rubén Córdova para esta crucial e indispensable actividad. Estoy muy agradecido a Dios por darme este tipo de experiencias.

He compartido este testimonio con el fin de estimular a los pastores, misioneros, evangelistas, maestros y líderes de la Iglesia a visitar, visitar y visitar tanto como tengan tiempo.

La visitación es vital para cumplir el mandato de apacentar la ovejas de Jesucristo.

Termino. Pero no sin escribir unos consejos claves: 1) Hay que tener una agenda de visitación preestablecida. 2) El siervo de Dios tiene que ser conocido por hacer visitas. 3) Hay que avisar a los hermanos sobre el día y la hora de la visita. 4) Hay que visitar cuando toda los hermanos están en casa. 5) Hay que visitar acompañados de al menos 1 a 3 hermanos. 6) Hay que evitar visitar en horarios de comida o de trabajo urgente. 7) Hay que mantener cada visita dentro de un tiempo determinado. 8) Hay que tener mucha prudencia y amabilidad al hacer las visitas.

Jesucristo quiere que sus siervos, que lo aman, apaciente por amor y voluntaria, sacrificada y diligentemente a su la grey que él compró con su sangre preciosa.

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.” (1 Pedro 5:1-4).

¡Que Dios bendiga a la grey de Dios con siervos suyos que la apacientan y cuidan por medio de visitarlos!

¡Dios recompensará generosamente a quienes cumplen bien su labor de apacentar a los hijos de Dios!

¡Vivamos y hagamos discípulos en pro de la predicación del evangelio a toda criatura, discípulos de Jesús!

“La Gran Comisión es nuestro deber supremo en esta tierra.

En la fotografía en la que se lee el texto de Mateo 28:18-20, que encabeza este escrito se ve a cuatro personas. Tres de ellas son discípulos de Cristo y están evangelizando a una joven polaca.

Estos tres discípulos aprovecharon una caminata por la playa de Ostia di Lido, Roma, Italia, para anunciar el evangelio de Cristo.

La fotografía muestra un ejemplo concreto de cristianos cumpliendo con su deber supremo en su vida cotidiana.

Estos tres cristianos tuvieron la intención de evangelizar y aprovecharon ese su momento para hablar de Jesús a la jovencita polaca, que, por cierto, escuchó el evangelio con entusiasmo. (Ellos también evangelizaron a dos mujeres italianas que estaban cuidando a sus hijos en uno de los parques de la ciudad).

Dios nos ha dado a los cristianos la misión de Cristo y todos nosotros estamos llamados a cumplirla en todo tiempo.

Tenemos que vivir nuestra vida en esta tierra en función de la misión que Dios nos ha encomendado a nosotros por medio de Jesucristo, Su Hijo, nuestro Señor y Salvador. Él nos dice a nosotros ahora lo mismo que le dijo a sus discípulos: “Como me envío el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21). 

Los hijos de Dios y la iglesia de Jesucristo están en este mundo para cumplir el propósito de Dios. Cada uno de los hijos de Dios por medio de Jesucristo y toda la iglesia de Jesucristo tienen un propósito, un objetivo determinado por Dios para su vida en esta tierra. Su propósito, su objetivo, es cumplir la voluntad de Dios y la voluntad de Dios es la salvación de los seres humanos.

Dios quiere salvar, no condenar. Dios no quiere que los hombres perezcan en condenación, sino que todos procedan al arrepentimiento. Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.

Dios, en consecuencia de ese su deseo salvador, envió a Jesucristo para salvar a los pecadores.

Jesucristo vino a la tierra y dijo justamente que el propósito de su venida era dar su vida en rescate por muchos. La muerte, la sepultura y la resurrección de Jesucristo son vitales para la salvación de los seres humanos. En la muerte de Jesucristo, Dios mostró su amor por los pecadores porque él murió en remplazo de ellos, para salvarlos y rescatarlos así de toda su condenación.

Jesucristo, durante su ministerio en la tierra, aparte de la obra de salvación que realizó, enseñó y predicó la palabra de Dios e hizo discípulos. Los discípulos fueron formados y entrenados por Jesucristo para cumplir la misma misión que él vino a cumplir.

La última orden de Jesús a sus discípulos previo a irse a los cielos, fue: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19-20).

El cumplimiento de la misión de hacer discípulos es trascendental para asegurar la predicación y el anuncio del evangelio de Jesucristo a toda criatura en todo el mundo.

El objetivo de nuestra vida en esta tierra es la misión y su cumplimiento y es por eso que ésta está declarada y ratificada al fin de cada uno de los cuatro evangelios y al inicio del libro de Hechos.

Esta misión es el propósito de la existencia de todos y cada uno de los hijos de Dios. Los hijos de Dios por medio de Jesucristo constituyen hoy la Iglesia de Jesucristo y la misión de Jesús es también la misión de la Iglesia.

Todos debemos vivir en esta tierra cumpliendo la Gran Comisión intencionalmente en todo momento.

¡Apreciemos el privilegio de vivir en función de la Gran Comisión y aprovechemos cada oportunidad para anunciar el evangelio de Cristo a nuestros semejantes!

¡Qué Dios no ayude a vivir cumpliendo Su Misión! Amén.”