El zarandeo diabólico: Una realidad purificadora y perfeccionadora de discípulos por la gracia y la soberanía de Dios.

Estas palabras de Jesucristo a Pedro, que fueron previas a su dolorosa y vergonzosa caída, son hartamente edificantes y esperanzadoras. Pedro, como sabemos, negó cobardemente tres veces que conocía a Jesús, Su Maestro, y Señor, y Salvador. Aún así, sin embargo, Jesucristo no abandonó a Pedro durante su zarandeo diabólico, sino que estuvo con él e intercedió para que no desvaneciese ni perdiese su fe.

Zarandear, según el diccionario, significa: 1) agitar con violencia. 2) mover con ligereza. 3) Cribar o tamizar, Aunque los tres significados son útiles y válidos para esa palabra, el contexto y el texto de Lucas 22.31-32, se inclinan por “cribar y tamizar”.

La expresión “… zarandearos como a trigo” hace referencia a la experiencia de negación vergonzosa de Jesucristo ante los demás en la que incurriría Pedro. Esa experiencia seria muy dolorosa, dramática, vergonzosa y desalentadora para Pedro.

El zarandeo diabólico con el respectivo permiso de Dios es un hecho bíblico. Job lo vivió y sufrió; Pedro, también. La iglesia ha sufrido el embate del diablo durante toda su estadía en esta tierra. Los creyentes y discípulos de Jesucristo de este tiempo también somos objeto del acecho del diablo. El diablo también quiere zarandearnos.

El zarandeo de Satanás a los hijos de Dios es una realidad. Él siempre quiere dañarlos, pero no puede hacerlo sin el permiso de Dios. El diablo, al “recibir” el permiso divino, tiene el objetivo de lastimar, desanimar e inutilizar a los creyentes y siervos de Dios. Esa es la intención diabólica, pero el objetivo de Dios es distinto y opuesto.

Dios usa el zarandeo diabólico a los creyentes y discípulos de Jesucristo para fortalecerlos, purificarlos y perfeccionarlos para cumplir con su misión. El dolor y la angustia de atravesar la densa oscuridad demoniaca optimiza el carácter, la fe y el fervor espiritual de los cristianos genuinos. El zarandeo y aun el diablo mismo, en consecuencia, son instrumentos en las manos de Dios. Dios los usa para para el bien de todos los que creemos y seguimos a Jesucristo.

Jesucristo, quien murió y resucitó para nuestra salvación eterna, está con nosotros durante el zarandeo diabólico, Su presencia y su intercesión nos aseguran una fe que no desmaya en ese sufrido y durísimo periodo. Por causa de la compañía y la obra mediadora de Jesucristo, por tanto, quienes creemos y seguimos a Jesucristo, somos purificados y perfeccionados por el zarandeo satánico para cumplir una nueva misión para nuestro Señor en su bendita iglesia.

El zarandeo, por la gracia y la misericordia de Dios en Cristo Jesús, nos cambia, y recompone, y afirma nuestra identidad en Cristo, dejándonos aptos para “confirmar la fe de nuestros hermanos”.

Pedro sufrió terrible y amargamente el zarandeo diabólico, pero el diablo no lo neutralizó ni inutilizó. No, no lo hizo. Jesucristo y su intercesión sostuvieron la fe de Pedro, y él fue purificado, afirmado y confirmado como su discípulo, su apóstol y su siervo. El diablo perdió zarandeando a Pedro.

Pedro salió del zarandeo mucho más apto y confiable para cumplir la misión de Cristo. La evidencia de la derrota del diablo es clarísima. Jesucristo confió mucho más en Pedro al final de su zarandeo. Es justamente por eso que Jesús, personal e íntimamente, le dijo: “Apacienta mis ovejas” (Juan 21:15-17).

Al lado de Jesucristo nunca hay pierde. Nunca desmayemos por nuestros tropiezos ni caídas, por más horribles, vergonzosas y dolorosas que sean. Por causa de nuestro Señor y Salvador, el diablo solo tiene victorias aparentes sobre nosotros. Gracias a Jesús, nuestra vida siempre puede estar firme, segura y útil en sus manos. Amén.

Si hemos pasado uno o más zarandeos vergonzosos y dolorosos, miremos a Cristo con arrepentimiento genuino, y volvamos a él de corazón. Él nos recibirá, nos restaurará, nos perfeccionará y nos volverá útiles para su misión salvífica a favor de los pecadores de este mundo. Amén.

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