Los discípulos de Jesucristo y los “ríos de agua viva” de su “interior”.

Las palabras de Jesús en Juan 7:37-39 son poderosas, muy poderosas.

Hay enseñanza clara y contundente sobre la realidad y las obras de la vida espiritual para todo aquel que tiene oídos para oír y ojos para ver.

Jesús dijo: “… Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:37-38).

“La sed” es la falta de Dios en nuestra vida, es decir, sin en él en y con nosotros, nos falta vida espiritual y satisfacción espiritual… ¡estamos sedientos! Siempre, siempre tenemos “sed”. Nuestra alma no se sacia. Nuestro corazón está hambriento y no hay nada que lo satisfaga.

“Venir a Cristo” es creer en él y seguirle de todo corazón, reconociéndole como el Mesías, el Hijo de Dios, el único salvador del mundo, y el único que sacia eterna, continua y permanentemente la sed de nuestra alma.

Una vez que creemos en Jesús y le seguimos de todo corazón, en consecuencia, “bebemos” de él, quien es “el agua de vida”. Al “beber” de él somos saciados, ya no tenemos sed espiritual…  ¡estamos saciados! … ¡Nuestra sed “desaparece”: ya no hay sed espiritual alguna!

¡Jesucristo nos ha saciado al creer en él y seguirle!

Pero esa satisfacción espiritual, ese saciar, que ocurrió en nuestro interior y que es la vida espiritual que nos ha sido dada por el Espíritu Santo (Juan 7:39) al creer en Jesucristo, nuestro Señor y Salvador: no se queda allí, sino que al llenarnos e inundarnos a nosotros, primero, fluye y se expresa fuera de nosotros, a otros, y a otros. Es por eso que Jesús afirma que, del interior del creyente, “… correrán ríos de agua viva”.

“Los ríos de agua viva”, que es la vida espiritual que experimentamos al creer en Jesús, no se queda en nosotros y con nosotros, que hemos creído, sino que empieza a fluir desde nuestro corazón, y a expresarse, y a “empapar” todo nuestro ser y todo ámbito de la vida que vivimos en esta tierra.

El fluir de la Vida Espiritual Personal que experimentamos al creer en Jesús es lógico y “natural”. Los manantiales de agua, que originan los ríos, que irrigan y hacen florecer y acrecentar la vida por todo lugar por el que van corriendo y empapando son el ejemplo perfecto para ilustrar el claro efecto de la vida espiritual que Dios nos da por medio de Jesucristo, Su Hijo, nuestro Señor y Salvador.

Dios nos da de su vida por medio del Espíritu Santo al creer en Jesús.

Esta su vida eterna, que es propia solamente de Dios, nos es dada por Jesús Su Hijo. Jesús es el Único al que Dios le ha concedido el poder de conceder la vida suya a quienes creen él y le siguen.

Él le dijo esto a la mujer samaritana cuando habló con ella en el pozo de Jacob, en la ciudad Sicar: “… Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:13-14).

Todos tenemos que acudir a Jesús para que “bebamos” agua de vida.

La mujer samaritana le pidió a Jesús “su agua” y eso mismo debemos hacer nosotros todos.

Pero volvamos a Juan 7:37-39 para ver cómo se manifiesta la vida espiritual que produce el Espíritu Santo en nosotros y desde nosotros. En el texto en mención, la realidad y el obrar de la vida espiritual en y desde todos aquellos que hemos creídos se “ve” en la imagen de “ríos de agua viva”.

Esta vida espiritual impacta toda nuestra vida personal en relación a Dios, primero. Dios empieza a ser indispensable en nuestras vidas. En consecuencia, todos nuestros pensamientos, motivos, emociones, acciones y voluntad son totalmente transformadas hacia Dios. Nosotros somos hechos nuevas criaturas e hijo de Dios. Eso

Pero la vida espiritual que nos transforma y sacia totalmente a nosotros no queda allí, sino que al empaparnos, empieza a fluir fuera de nosotros e impacta positivamente en nuestra vida familiar, ya que vivimos en ella, entre ella y con ella. Son nuestros familiares (padres, hermanos, esposa, hijos, etc, etc.) los primeros en ser irrigados por la vida nueva que Dios no da al empezar a seguir a Jesucristo.

La vida espiritual sale, asimismo, del ámbito familiar e impacta a nuestros hermanos en Cristo, que son la iglesia del Dios Viviente, la congregación de los santos, el Cuerpo de Jesucristo. Los discípulos de Jesucristo están ligados a la iglesia de Cristo porque son miembros de ella. Gran parte de sus vidas en esta tierra transcurren en, con y por la iglesia. Jesucristo lo ha decidido así y es por eso que el Espíritu Santo sumerge e integra a los creyentes en él en la iglesia. La congregación en general y cada miembro en particular recibe y da vida espiritual a todo aquel que ha creído en Jesús. La iglesia del Dios viviente es empapada espiritualmente por la vida que el Espíritu Santo le da a sus miembros.

Así, la vida espiritual sigue imparablemente su rumbo e impacta también nuestra vida en nuestro barrio, comunidad y pueblo. La vida espiritual influye y afecta también al país al que pertenecemos y al mundo en el que vivimos. Nuestra luz, que es la luz de Jesucristo, alumbra a este nuestro entorno con la verdad y los principios y valores que Dios nos revelado en la Biblia, su palabra escrita. Nuestro modo de vivir y de obrar no que oculto y es por eso que todos quienes se relacionan con nosotros los ven. Todo nuestro entorno en bendecido espiritualmente por Dios por medio de nosotros.

“Los ríos de agua”, que empezaron “a correr” desde nuestro “interior”, irrigaron e impartieron “el agua de vida”, que es Jesús y su salvación, a toda persona en todo ámbito en el que nosotros nos hemos desenvuelto.

Finalmente, y para terminar este cuadro a partir de “los ríos de agua viva”, tenemos que expresar que este fluir de la vida espiritual obrada por Espíritu Santo en y partir de nuestro interior, es hecho y vivido desde la perspectiva del futuro y la eternidad que Dios nos enseña en Su Palabra, la Biblia. Porque los cristianos somos conscientes que estamos en esta tierra por breve tiempo. Nosotros sabemos que el futuro y la eternidad están viniendo para nosotros, y que son buenos; porque Dios terminará su obra salvadora y nos transformará en personas a la imagen de Jesucristo Su Hijo (1 Juan 3:1-3).

El futuro y la eternidad no asustan a los hijos de Dios. Nosotros sabemos que viviremos en “cielos nuevos y tierra nueva en los que mora la justicia” (2 Pedro 3). Para quienes creemos y seguimos a Jesucristo ni el futuro ni la eternidad nos son inciertos. Nuestra vida toda está escondida en Jesucristo y anhelamos que él venga y manifieste la obra que empezó en nosotros el día que creímos en él y acudimos a “beber” de él para satisfacer nuestra sed espiritual.

La imagen que presentó Jesucristo en Juan 7:38 respecto a la vida espiritual en nosotros sus seguidores es poderosa y claramente comprensible. Es fácil darse cuenta del irradiar “natural” y lógico de la vida que Dios nos da en Cristo Jesús.

Si ya has creído en Jesús, alégrate y gózate por la vida espiritual que Dios te ha dado por medio de Jesucristo.

Si ya estás siguiendo a Jesucristo, afírmate en tu vida espiritual y fortalécela y acreciéntela cada día de tu vida en esta tierra.

Pero si todavía no has creído en Jesucristo ni le estás siguiendo, no continúes en esa condición. Jesucristo aún sigue invitándote a recibir su vida espiritual en el interior de tu ser. Sus palabras a ti, son estas: “… si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:37-38).

Imita a la mujer samaritana, háblale a Jesús en oración y pídele la vida eterna. Jesús te la dará. Esta es la forma en la que la mujer samaritana le solicitó vida eterna a Jesús: “… Señor, dame esa agua, para que no tenga sed, ni venga aquí a sacarla” (Juan 4:15). No demores, ¡pídele a Jesucristo su agua de vida ya! Amén.

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