Jesucristo nos divide: ¿O somos solo creación de Dios o somos también hijos de Dios?

Jesucristo divide a toda la humanidad en dos grupos bien diferenciados:

1) los que son suyos e hijos de Dios y

2) los que son suyos, pero que no son hijos de Dios.

No existe un punto neutro.

Él vino a esta tierra y estableció esta división desde el principio de su ministerio terrenal.

Somos nosotros quienes escogemos y decidimos nuestro lugar en esa división.

Examinemos esta realidad en Juan 1:11-13.

1. “Los suyos” no hijos de Dios son los que no creyeron en Jesús y no le siguieron.

“A lo suyo vino y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).

El evangelista escribe sin ambigüedad.

Él expone la venida de Jesucristo -“A lo suyo vino …”- y el cómo fue rechazado por un sector de la humanidad del momento histórico en el que llegó -“… y los suyos no le recibieron”-.

No hay duda alguna en la declaración.

“Lo suyo” en el texto y en su contento cercano y amplio admite solamente dos únicas opciones:

La primera: “Lo suyo” es toda la creación y, en forma específica, el mundo, la tierra, en la que habitamos todos los seres humanos (Juan 1:3, 9-10). Este mundo, nuestro planeta, y todo lo que hay en él, es de Jesucristo porque él lo hizo y lo sostiene.

La segunda: “Lo suyo”, en forma mucho más especial y limitada, es la nación de Israel, el pueblo del pacto, a quien Jesús siempre dijo que fue enviado (Mateo 15:24).

Ahora necesitamos definir quienes son “… los suyos que no le recibieron”. El significado también se puede conocer con certeza por el contexto cercano y amplio del evangelio de Juan y de los otros tres evangelios.

“Los suyos que no recibieron a Jesús” son, en primer lugar, todos los ciudadanos judíos de su época. Tanto los que lo vieron como los que oyeron de él durante sus tres años de ministerio público. Estas personas “no recibieron” a Jesús como el Mesías, el Salvador del mundo.

Estas personas no creyeron en Jesús y es por eso que no lo siguieron.Todas estas personas, por tanto, no son hijos de Dios.

“Los suyos que no le recibieron” son, en segundo lugar, todos los seres humanos del mundo de la época en la se escribió el evangelio de Juan que no creyeron ni recibieron a Jesús como el hijo de Dios.

Toda esa gente, al igual que los judíos que rechazaron a Jesús en sus días de ministerio, no le recibieron a pesar de que escucharon claramente quién era él y qué es lo que había hecho a favor de la humanidad al morir y resucitar al tercer día.

El evangelista maneja “lo suyo” y “los suyos” de forma magistral. “Lo suyo” es el entorno que le pertenece por derecho de creación (su planeta / su nación); “los suyos” son los habitantes de ese mundo (toda la humanidad / los judíos). Como bien señaló en el versículo anterior, “el mundo no le conoció” (v. 10): lo que define la tragedia de “los suyos” es precisamente su acto personal de no conocer ni recibir al Dios hecho hombre.

Las expresiones bíblicas del evangelio de Juan sobre quienes no recibieron a Jesús, tanto de los judíos como de toda la humanidad, siguen siendo actuales porque hoy también hay muchos que “no conocen” (Juan 1:10) ni “reciben” (Juan 1:11) a Jesús como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.

Es triste que la historia del rechazo a Jesús se repita día a día.

Es lamentable que haya gente que “no conoce” (no se relaciona, no le sigue) a Jesús a pesar de que escuchan de él.

Es trágico que existan personas que “no reciban” al Hijo de Dios aún cuando siempre se les anuncia de lo que él hizo a su favor.

Los que rechazan a Jesús se quedan, en consecuencia, en una posición de condenación eterna, pero no porque Dios no quiera salvarlos en Jesucristo Su Hijo, sino porque ellos mismos eligen esa condición.

Estas personas, ya judías o ya de cualquier otra nacionalidad, se quedan como no hijos de Dios y sufrirán las terribles consecuencias de sus menosprecio y su rechazo al Hijo de Dios.

2. Los suyos hijos de Dios por la autoridad de Dios son toda la humanidad que recibió, creyó y siguió a Jesús como Dios hecho hombre.

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre; les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).

La palabra es “mas” es una conjunción adversativa, que se usa para conceptos o circunstancias opuestas. En el versículo 11 el evangelista mostró con claridad como un sector de seres humanos “no recibió” a Jesús, Dios hecho Hombre (Juan 1:1, 14); y ahora, en el versículo 12, él mostrará que hubo seres humanos que sí recibieron y que sí creyeron en Jesús, y que fueron privilegiados, por lo tanto, con la bendición de ser hechos hijos De Dios.

La palabra “mas” introduce el hecho de que no todos cerraron sus ojos y sus corazones a Jesús y a las evidencias de que provenía de Dios y era Dios (Juan 1:1). Gracias a Dios, sí hubo gente que “recibió”, “creyó” y “siguió” al Hijo de Dios en aquel tiempo.

Todas las personas que recibieron y creyeron en Jesús fueron hechos hijos de Dios. Dios mismo les dio esa “potestad”. La palabra “potestad” (exousía: derecho, autoridad, privilegio legítimo) implica que Dios autorizó e hizo que estos hombres y mujeres fuesen hechos sus hijos.

Los que no recibieron a Jesucristo siguen siendo “lo suyo”, pero no son hijos de Dios. Dios no tiene comunión ni compañerismo con ellos.

Los que recibieron y creyeron en Jesús, sin embargo, sí son hijos de Dios. Dios les ha dado ese derecho y privilegio. Dios tiene una relación estrecha con ellos. Son sus hijos por causa de Jesucristo Su Hijo.

El versículo 13 certifica que el privilegio de ser hijos de Dios no es solo una cuestión legal, sino un hecho también un hecho espiritual que Dios obró directamente en el interior de quienes creyeron y recibieron a Jesús para hacerlos verdadera y realmente sus hijos.

El evangelista Juan expresó este maravilloso hecho divino, al que conocemos como nacer de nuevo o nuevo nacimiento, con estás precisas y preciosas palabras: “los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:13). Los que creen en Jesús son realmente hijos de Dios por haberlo recibido como quien en es él.

El hecho de ser hijos de Dios no es una obra planeada y realizada por seres humanos. Esto incluye también a quienes creen en Jesús y le siguen. La humanidad no ejecuta su nacimiento espiritual, es Dios mismo quien opera y materializa espiritualmente tal nacimiento. Los hijos de Dios por la fe en Jesús no realizan en ninguna manera ese su engendramiento. Es Dios mismo quien ejecuta el nuevo nacimiento.

Dios da este privilegio a toda persona que escucha sobre Jesús y su obra de salvación y cree en él y lo sigue. Dios quiere que toda la humanidad reciba a Jesús. Es por eso que ha ordenado a su iglesia que vaya por todo el mundo y predique el evangelio a toda criatura. Todo criatura tiene que aprovechar la oportunidad de ser hecho hijo De Dios.

Recuerda. Dios quiere y puede hacerte hijo suyo. Lo único que tienes que hacer es recibir y creer en Jesús de todo corazón. Hazlo hoy mismo. Recibe a Jesús. Aprovecha tu oportunidad de entrar a la familia de Dios como hijo suyo.

3. Ahora, al igual que en el periodo del Nuevo Testamento y en toda la historia post neotestamentaria, lo que determina que un ser humano creado por Dios reciba la potestad de ser hecho hijo de Dios es la fe en Jesucristo.

Jesucristo sigue dividiendo a la humanidad en estos dos grupos: Los que son hijos de Dios por recibirle y creer en él y los que no son sus hijos por no recibirle ni seguirle.

Es obvio que la división de la humanidad en estos dos grupos no es responsabilidad de Dios, sino de los seres humanos. Dios quiere que todos sean sus hijos, pero él no fuerza la fe ni la creencia de nadie. Es el ser humano el que decide su destino como hijo de Dios o como no hijo suyo.

Jesucristo sigue siendo anunciado como lo que la Biblia dice sobre él. Él es el Hijo de Dios que vino a esta tierra a salvar a los pecadores. Él se hizo hombre para dar su vida en rescate por todos. Él murió por nuestros pecados conforme a la Escritura. Él resucitó de entre los muertos al tercer día para nuestra justificación. Jesucristo está vivo y ofrece salvación y vida eterna a todo aquel que cree en él y lo sigue.

Es responsabilidad del hombre “recibir” y “creer” en Jesucristo. Si lo hace, Dios lo hace nacer de nuevo como su hijo, su verdadero hijo. Si no “recibe” ni “cree” en Jesús, Dios no lo hace su hijo, sino que lo deja en su condición humana perdida.

Es tiempo de finalizar.

La humanidad está dividida en dos por causa de Jesucristo.

Recibe y cree en Jesús para que Dios te haga su hijo. No desaproveches tu oportunidad y privilegio. Sigue a Jesús ya mismo y serás verdaderamente un hijo de Dios.

Si ya eres hijo de Dios porque ya has recibido y ya has creído en Jesús, enhorabuena. Gózate cada día y crece como hijo de Dios. Afirma tu fe y obedece a Jesús testificando su salvación a otros y viviendo cada día para él y su gloria.

 

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Mateo 25:41 Explicado: Para quién fue preparado realmente el lago de fuego.

El lago de fuego, el fuego eterno no fue hecho para la humanidad.

Jesucristo vino a este mundo para salvar a los pecadores. Dios ama a los hombres y no quiere su condenación, sino su salvación eterna. No se puede acusar a Dios de planear y de anhelar la condenación eterna de los seres humanos. La Biblia enseña que Dios quiere la salvación de todos los hombres. (1 Timoteo 2:3-6; 2Pedro 3:9).

El que quiere la condenación de los hombres y su destrucción es Satanás, quien se constituyó por sí mismo como enemigo de Dios. El Diablo vino para matar y destruir a los hombres. Él siempre está acechando a los cristianos para devorarlos. (Juan 10:10; Efesios 6:11; 1 Pedro 5:8).

El Diablo, en consecuencia, desde que pecó contra Dios, y sabiendo ya que su destino es el lago de fuego, acechó, acecha y acechará a la humanidad para llevarla hasta ese su lugar de condena.

El Diablo no quiere irse al lago de fuego solamente con sus ángeles; él también quiere a seres humanos allí.

Jesucristo, respecto al Diablo, a sus ángeles -demonios- y al fuego eterno o lago de fuego, dijo: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.” (San Mateo 25:41). Las palabras de nuestro Señor necesitan leerse y entenderse bien, muy bien. Es crucial que así sea.

En este texto, Jesucristo reveló estas siguientes verdades respecto al plan de Dios para con la humanidad, al lago de fuego, el diablo y sus ángeles, y nosotros los seres humanos:

1) El fuego eterno, el lago de fuego, fue preparado para el Diablo y sus ángeles, no para los seres humanos. El texto es clarísimo. La condenación eterna fue diseñada teniendo a Satanás y sus demonios como sujetos claves. Ellos irán allí o sí (Apocalipsis 20:10).

2) El Diablo y sus ángeles no pueden escaparse de ese su destino de condenación. No existe redención para ellos. Dios no planeó salvación para Satanás y sus demonios, sino condenación. (Hebreos 2:16). Tanto el Diablo como sus demonios saben que su destino es irreversible. (Mateo 8:29; Judas 1:6; Apocalipsis 12:12; 20:10).

3) Los seres humanos no fueron creados para ser condenados y no tienen que ir necesariamente al lago de fuego o fuego eterno. Para los seres humanos Dios ha provisto salvación y vida eterna por medio de Jesucristo y sus obra salvadora (Juan 3:16-21; Romanos 5:6-11). El hombre no tiene la condenación determinada. Se le ofrece la salvación y el perdón de pecados si es que cree y sigue a Jesucristo. (Juan 1:11-13). Su condenación se disipa y se desvanece tan pronto cree genuinamente en el Hijo de Dios. (Juan 3:36; Mateo 25:34-40). 

4) Hay un buen número de seres humanos que irán al fuego eteno o lago de fuego. Aunque los seres humanos no fueron hechos para condenación, Dios sí arrojará al lago de fuego junto al Diablo y sus ángeles a los seres humanos que no creen ni siguen a Jesucristo y que le muestran su menosprecio tratando mal a quienes sí creen en él y le siguen (Mateo 25:41-45). Quienes vayan a condenación irán al lago de fuego por su propia determinación y elección, ya que escogieron por sí mismos despreciar e ignorar a Jesucristo y su obra de salvación a su favor (Apocalipsis 20:15; 21:8). Ellos no tendrán ninguna excusa por su terrible elección.

En español, Mateo 25:41 es contundente: La condenación de los seres humanos no es la prioridad de Dios. Él no hizo el lago de fuego para ellos, sino para el diablo y sus ángeles.

La traducción al español refleja estas ideas en conformidad con el texto griego, en cuya sintaxis no se deja margen para interpretar que el fuego eterno haya sido preparado originalmente para los seres humanos, sino solamente para Satanás y sus demonios.

Los hombres tenemos oportunidad de salvación eterna, aprovechémosla. Dios nos creo para que vivamos en comunión con él. Su plan y su determinación para con nosotros es que reinemos con él por la eternidad.

Está escrito: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mateo 25:34). Este texto es igual de claro. Dios ha preparado para nosotros los seres humanos un reino a su lado. Jesús también habló de las moradas que él está preparando para quienes creen en él y le siguen (Juan 14:1-3).

Al final de los tiempos, quienes creen en Jesús y le siguen, vivirán con Dios en su tabernáculo eterno. Está escrito: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y el morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.” (Apocalipsis 21:3). Este es plan original de Dios para con toda la humanidad, que habitemos junto a él.

No nos dejemos engañar por nuestro enemigo el Diablo. No lo sigamos en su rebelión contra Dios. Satanás nos quiere engañados para que lo acompañamos en su condenación. Sus ofertas todas son mentira y solamente mentira. No se puede confiar en él en ningún momento. (Juan 8:44; Apocalipsis 20:7-10).

No lo sigamos a él.

Resistámosle y dejémoslo.

No dejemos que logre su objetivo para con nosotros ni para nuestro prójimo.

Miremos a Jesucristo, Dios hecho Hombre. Él vino para deshacer las obras del Diablo y para sacarnos de su opresivo dominio (1 Juan 3:8; Hechos 26:18).

Miremos a Jesucristo con fe y seamos salvos del diablo y su condenación eterna.

Escapémonos del lago de fuego y de la compañía eterna del Diablo y sus demonios creyendo y siguiendo a Jesucristo.

Creer y seguir a Jesucristo en esta vida y en esta tierra es urgente. Hagámoslo hoy mismo. Amén.

 

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De la Intimidad al Impacto: La integridad externa como una expresión del ser interior.

Dios obra en nuestro interior, en lo más profundo de nosotros. Es allí donde Su Espíritu y Su Palabra nos transforman y vitalizan espiritualmente. Es en nuestra soledad y en nuestra intimidad donde se gesta nuestro éxito o nuestra derrota espiritual.

David, el dulce cantor de Israel y el hombre conforme al corazón de Dios, entendió esa realidad incuestionable de la vida espiritual. Tanto su victoria como su caída espiritual germinaron en lo más recóndito de su ser.

Este salmo, el 51, que fue escrito por David cuando Dios lo amonestó y lo restauró, luego de su terrible fracaso con Betsabé y Urías heteo, es la evidencia.

…

La vida en este tiempo se desenvuelve entre otros y con otros. Las demandas de la vida pública nos llevan fuera de la intimidad y de la soledad. Estamos condicionados a desentendernos y a desenfocarnos de nuestra vida interior. La sociedad obsesionada con la imagen pública, las apariencias y el reconocimiento externo nos hacen olvidarnos de nuestra alma.

Tenemos que resistir la presión por nuestro desempeño exterior porque afectará negativamente a nuestro fortalecimiento interior.

Dios ama la verdad en lo íntimo. Dios nos hace sabios en secreto, cuando estamos solos. Es en esa intimidad que nos enseña y nos comparte su sabiduría.

Dios y nuestra alma se encuentran en la privacidad. La Biblia es clarísima. Su obra purificadora ocurre cuando estamos aislados de todos y de todo.

Dios trata con nosotros en lo más profundo de nuestro corazón. Él ve dentro de nosotros, no solamente afuera. Su enfoque transformador no empieza de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera.

Para reflexionar en esto, vale preguntarse: ¿qué es lo más importante y vital en un auto? Aunque tiene muchas piezas importantes, hay una que es crucial y por la cual todas las demás funcionan: el motor. De la misma manera, en la vida cristiana el corazón es el motor interior que impulsa todo el funcionamiento externo. La Palabra nos dice en el Salmo 51:6: «He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.»

En el diseño bíblico de la verdadera integridad, comprender la verdad en lo íntimo implica reconocer el significado de la palabra verdad (Émet), que se refiere a la sinceridad, autenticidad y alineación entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.

Lo íntimo representa lo más profundo, lo recóndito, la recámara secreta del ser donde nadie más -excepto Dios- tiene acceso. Dios nos trata individual y personalmente a cada uno. ¡Qué bendición que es así!

La naturaleza del Nuevo Pacto, el cual se selló con la sangre preciosa de Jesucristo, no consiste en una religión de normas externas ni de fachadas morales, sino en una transformación profunda del corazón (Jeremías 31:33; Ezequiel 36:26-27).

Dios nos hace nacer nacer de nuevo por nuestra fe en Jesús y nos cambia en nuestro ser interno para empezar a dar fruto externo, en nuestro vivir diario.

En este proceso opera el trinomio de la transformación interna, donde Dios trabaja en la intimidad de nuestro ser mediante tres agentes fundamentales:

Primero, el Espíritu Santo en el interior como la fuente inagotable de vida que fluye desde las entrañas (Juan 7:37-39);

Segundo, la Palabra de Dios como un bisturí que penetra, discierne y alinea las intenciones del corazón (Hebreos 4:12); y

Tercero, la voz y la conciencia instruida a través del consejo suave de Dios -Por Su Espíritu y Su Palabra- que redarguye y enseña en la quietud de la noche (Salmo 16:7).

Como fundamento indispensable, todo este trinomio es posible y tiene eficacia gracias a la obra redentora de Jesucristo en la Cruz del Calvario.

Como resultado, se produce un efecto dominó con cinco manifestaciones de un corazón transformado. Cuando la vida privada con Dios es sana, el fruto público fluye de forma natural:

1) En la nutrición de nuestro interior al seleccionar lo que leemos, escuchamos y permitimos ingresar a nuestra mente -La alimentamos con la palabra de Dios (1 Pedro 2:2 y con todo lo que es bueno y digno (Filipenses 4:)-;

2) En nuestra comunicación, mediante palabras con valor y veraces que edifican a quienes nos oyen (Efesios 4:25, 29);

3) En nuestros filtros emocionales y reacciones, mostrando dominio propio y madurez ante las ofensas, provocaciones, adversidades y tentaciones (Gálatas 5:16-24);

4) En nuestra conducta pública, expresada en ética, honestidad y rectitud en todo lo que hacemos cuando nadie nos ve y también cuando todos nos ven (Filipenses 2:14-16); y

5) En nuestra perspectiva de vida, caracterizada por un optimismo y una esperanza inquebrantable en relación con el futuro (Tito 2:11-15; Apocalipsis 22:20).

En conclusión, la vida pública con poder no es más que el desbordamiento de lo que ha crecido en la intimidad, en nuestro interior, en lo secreto, que es cuando Dios trata con nosotros y nos transforma.

…

En consecuencia, no intentemos arreglar el fruto externo sin rendir primero nuestro ser interior al Señor y ante el Señor.

Nuestro desafío es cultivar nuestra relación con Dios en lo secreto; la luz de su presencia en nosotros y su obra bendita serán tan reales, pero tan reales, que quienes nos rodean la verán, se acercarán a Él y glorificarán su nombre. Amén.

David conoció y agradó a Dios mucho fue un desconocido y solitario pastor de ovejas, pero sucumbió ante la tentación y pecó grave y escandalosamente cuando su vida pública lo hizo insincero y no veraz en su ser interior y en su soledad.

No incurramos en su craso error.

Busquemos a Dios en nuestro ser interior con sinceridad de corazón y experimentemos su bendita obra santificadora cada día. Que nuestra vida pública exprese la vida que Dios está produciendo en nuestro corazón.

…

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Nadie da a otro lo que no tiene; pero tú, hijo de Dios, ya tienes lo más valioso que dar. ¡Dáselo!

Nadie puede dar a otro lo que no tiene. Es imposible. Solamente podemos dar lo que tenemos. Tenemos que ser conscientes de nuestras limitaciones, también de nuestras posibilidades.

Pedro y Juan conocían lo que podían y no podían dar. Estas sus palabras son para enmarcar y vivir a cada instante: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hechos 3:6).

El paralítico del relato bíblico esperaba “algo” que Pedro y Juan no tenían, pero recibió de ellos algo mucho más valioso: su salud física y también su salud espiritual; él pudo caminar y alabar a Dios por el poder de Jesucristo. Los apóstoles le dieron lo que sí poseían y es por eso que el paralítico caminó y alabó.

Las palabras de Pedro y de Juan al paralítico están en mi mente desde ayer. Vinieron a mi mente mientras visitaba el penal El Milagro. Los presos tienen muchas necesidades allí. Varias de esas necesidades se solucionan con dinero, y yo no lo tengo. Me sentí frustrado por eso, pero me animé al saber que sí tenía algo valioso que darles: el evangelio de Jesucristo.

Di el evangelio a varios de ellos. Les dije que Jesús vino a salvarlos, que murió por sus pecados y que resucitó para su justificación. Les dije que creyendo y siguiendo a Jesús serían verdaderamente libres -a pesar de estar en prisión- y podrían empezar una vida nueva.

Fueron varios de los internos los que me agradecieron por el mensaje y el folleto que les di. Cumplí mi labor como testigo de Jesús y su salvación con ellos. Di lo que sí tenía. Compartí con ellos lo que no se puede comprar con dinero, el evangelio de salvación.

Salí del penal reconfortado. 

Tengo algo valioso que dar, no solo a los presos, sino a toda persona que se relaciona conmigo. El evangelio de salvación, que anuncia el perdón de pecados, la libertad de condenación y la vida eterna, me ha sido entregado; es mi posesión, pero no solo para mi beneficio, sino para el de toda persona, tengo dárselo urgentemente. ¡Ayúdame a compartir tu evangelio con todo pecador, oh Dios y Padre de Jesucristo!

Dios nunca nos pide que demos lo que no tenemos.

Nadie podrá condenarnos a nosotros por no darle lo que no está en nuestras manos ni en nuestro poder.

No nos turbemos ni nos afanemos por no dar lo que no poseemos.

Pedro y Juan dieron lo que tenían al paralítico -la capacidad de andar por el poder del nombre de Jesucristo-. Ellos no le dieron oro ni plata porque no tenían.

Solamente somos responsables por dar aquello que sí tenemos, hermanos.

1) Si tienes a Cristo y su evangelio siempre pueden compartirlos. No los guardes solo para ti. Testifica, habla, comparte. Otros pecadores necesitan a Jesús y su salvación. Dáselos tú.

2) Siempre puedes orar e interceder por todos los hombres, para que crean y sigan a nuestros Señor.

3) Ya que vives y trabajas entre otros seres humanos, siempre puedes darles la luz de Cristo por medio tu buen testimonio.

4) Ya que tienes oídos y boca para hablar, siempre puedes escuchar las cargas de tu prójimo con compasión y animarles con palabras de aliento.

5) Por último, si Dios te ha prosperado y sí tienes dinero más que suficiente, ayuda a los necesitados sabiamente, y coopera con la evangelización mundial con generosidad y regularidad.

Una vida transformada por la fe en Jesucristo, con el presencia poderosa del Espíritu Santo, siempre tiene algo que dar a su prójimo.

Gracias Dios porque los cristianos siempre tenemos algo valioso que dar a nuestros semejantes.

Muévenos a compartir con gozo lo que tú nos has dado. Amén y amén.

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¿A quién puedes compartirle hoy de lo que Dios ya te ha dado? Haz la cita, llama, fija la hora y ve y comparte el mensaje de salvación con urgencia.

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Sufrimiento persistente y gracia suficiente: Cómo vivir con un dolor que no se va.

Toda persona necesita a Dios para vivir en esta tierra. Lo necesita siempre, pero muchísimo más cuando sufre, ya sea por quebranto y angustia del alma o por herida y enfermedad grave y muy dolorosa del cuerpo.

El sufrimiento y la tristeza extrema —ya por decepción, injusticia, enfermedad o muerte— son muchas veces terribles e insoportables, muy, pero muy difíciles de sobrellevar.

Los cristianos no están exentos de este tipo de experiencias en esta tierra. La Biblia no nos promete que no sufriremos; al contrario, enseña que las tribulaciones serán nuestra compañía constante hasta que entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

Pablo, el apóstol a los gentiles, vivió una experiencia continua de dolor extremo. Él testifica que rogó tres veces al Señor que le quitase ese aguijón —un mensajero de Satanás que lo abofeteaba— el cual le fue dado por Dios para protegerlo del enaltecimiento y la soberbia (2 Corintios 12:7).

Nadie quiere padecer dolor extremo de forma constante. Todos podemos soportar el dolor, pequeño o grande, pero por poco tiempo. Nuestro mayor desafío es el sufrimiento profundo, agudo e incesante… ese tipo de tormento que no deseamos ni en el cuerpo ni en el alma.

Pablo padeció ese aguijón y suplicó al Señor que se lo quitase. Dios respondió su plegaria, pero no como él esperaba: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Dios no le quitó el mensajero de Satanás. En cambio, le dio su gracia y su poder, los cuales se perfeccionan en la debilidad y en el padecimiento extremo.

Pablo aceptó la voluntad de Dios. Entendió que el Señor había diseñado y permitido esa dolorosa condición para hacerlo humilde y dependiente de Él. Esa rendición abrió sus ojos para testificar que, gracias a ese dolor continuo, podía ser depositario del poder de Cristo. Por eso se gloriaba de buena gana en sus debilidades.

Ningún hijo de Dios está solo en sus tribulaciones. Dios está a su lado, fortaleciéndolo, aliviándolo y consolándolo. Podemos orar como Pablo para que se nos quite lo que nos atormente. Si Dios nos lo quita, amén. Pero si no nos lo quita, amén también. Recordemos que no sufrimos ni padecemos en nuestra propia fuerza, sino en el poder y la fuerza de Dios.

No nos resistamos a las tribulaciones, ni a las enfermedades, ni a la muerte misma, hermanos en Cristo. Asumámoslas con humildad y buena gana, aunque duelan, y mucho. No estamos solos en ninguno de esos momentos. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con su gracia y todo su poder, nos acompaña siempre, y especialmente en situaciones como estas. Amén y amén.

 

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Solo O Fructífero: La Opción Crucial que Jesús Tomó por la Humanidad.

“El significado profundo del Grano de Trigo de Juan 12:24, la terrible exclusión que Jesús evitó con su muerte y el llamado radical a que el cristiano dé su propio fruto.”

Dios Hijo, la segunda persona de la Trinidad, se hizo Hombre en Jesús de Nazaret para salvar a los seres humanos de sus pecados y de su condenación. Él siempre vivió en función de su misión. Sus palabras sobre el propósito de su venida son claras y Juan 12:24 es la evidencia.

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.”

Seis días antes de la Pascua, Jesús reveló que Él mismo era ese grano. Su entrada en Jerusalén (Zacarías 9:9) lo confirmaba: para que Su Reino se extendiera a todo el mundo (el “mucho fruto”), Él debía morir.

Jesús, con el poder de elegir, pudo haber guardado Su vida. Si no hubiese muerto, se habría quedado “solo” (sin vida eterna para nadie más). Él habría sido el único en la gloria de Dios. Todos los demás habríamos quedado excluidos eternamente.

Él, sin embargo, optó por dar Su vida por nosotros. Murió en nuestro lugar para resucitar y, como el grano que produce la espiga, levantar y llevar a muchísimos otros seres humanos hacia la gloria de Dios (Hebreos 2:10).

Este pasaje no solo establece el plan de salvación, sino también el camino del discípulo. Jesús nos enseña que en Su camino hay que “morir” para realmente “vivir” y ser fructíferos:

“El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25).

El cristianismo demanda el sacrificio de uno mismo. Jesús empieza su Iglesia sacrificándose por ella (Efesios 5:25) y demanda que Sus discípulos mueran a sí mismos para ser Sus testigos y portavoces. El egoísmo no tiene parte en la vida de los cristianos.

Jesús nos llama a morir a nuestra vida en este mundo para vivir la Suya. ¡Él nos convoca a seguirle y a imitarle! ¡Hagámoslo! ¡Muramos a nosotros y vivamos a Cristo cada día! ¡Hay recompensa eterna por hacerlo!

“Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.” (Juan 12:25-26).

Oración: Padre, ayúdanos a morir a nuestro ego y a darnos a Ti y a los demás, por gratitud a la obra salvadora de Jesucristo en el Gólgota. Amén.
…
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¡Dios no siempre explica sus razones, pero siempre se revela!

Job, el patriarca del Antiguo Testamento, experimentó a Dios y nosotros también podemos experimentarlo en todo momento. No en forma audible y visible como él, pero sí en forma espiritual y real por medio de su obrar soberano y providencial, y su palabra escrita, la Biblia, la palabra de Dios.

Job necesitaba una respuesta personal de Dios. Él, a pesar de ser un hombre integro (no sin pecado), recto y temeroso de Dios, sufrió la muerte de sus 10 hijos, la quiebra económica, la soledad conyugal, la pérdida de su salud y la reprensión e incomprensión de sus amigos.

Todo estos males, que lo confundieron porque estaba convencido de que no había hecho nada de malo, fueron obra del diablo, pero con el permiso del Soberano de toda la creación, el Único y Verdadero Dios. (El diablo no es autónomo; él nunca puede hacer nada sin la autorización de Dios).

En su confusión y en su lucha por entender el porqué de su sufrimiento, clamó, reclamó y se comprometió a una audiencia con Dios para presentar su injusto caso. Él tenía la convicción de que Dios lo entendería; por eso es que quería estar “cara a cara” ante Dios para argumentar su sufrida situación.

Dios se manifestó a Job para darle la respuesta que buscaba. Al manifestarse, sin embargo, Dios confrontó a Job con preguntas cuyas respuestas mostraban su grandeza y inmenso poder.

La reacción de Job ante la manifestación personal de Su Creador fue arrepentimiento en polvo y ceniza y humillación ante él y estas palabras de admiración: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti.” (Job 42:2).

Job se rindió ante el todo poder y el todo saber de Dios (que limita al diablo y al mal, aunque permite su obrar y lo aprovecha para el bien de su pueblo). Job aprendió que debía confiar y esperar en Dios aun cuando no entendiese la razón de lo que le aconteció. Dios se agradó de su humilde reacción y, aunque no le explicó el porqué de su dolor, sí restauró su salud, le dio 10 hijos más y le devolvió sus bienes por duplicado.

No siempre vamos a saber el porqué de nuestros sucesos dolorosos; Dios no está obligado a explicarnos todo, todo, todo. Lo que sí vamos a conocer a través del dolor y el sufrimiento, si es que nos mantenemos fieles y si es que nos encomendamos a Dios, es esto: Dios está con nosotros, y nos oye, y “todo lo puede” y “todo lo sabe”. ¡Él sabe todos los porqués y siempre son para nuestro bien, aunque nosotros no los sepamos!

¡Esperemos, confiemos, clamemos, oigamos y conozcamos más y mejor a nuestro Dios durante nuestro sufrimiento incompresible! Amén.  

¡Dios y Padre de Jesucristo, ayúdanos a vivir confiados y seguros en ti aun cuando el diablo nos ataque muy duramente y nos genere sufrimiento que no entendemos! Te pedimos esto en Jesús tu Hijo, amén.

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“¿Has sentido a Dios en tu sufrimiento aunque no entendieras el porqué?”
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¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

¿De qué espíritu somos los cristianos? ¿De perder o de salvar a los hombres?

El cristianismo en la Tierra tiene una única y fundamental razón de ser: la salvación de los seres humanos. Si alguna vez dudamos de nuestra misión principal, basta con recordar la pregunta más incómoda que Jesús hizo a dos de sus discípulos más cercanos.

Jacobo y Juan, los hijos del trueno, se llenaron de ira cuando los samaritanos, motivados por viejas enemistades étnicas y religiosas, rechazaron a Jesús en su camino a Jerusalén. ¿Cuál fue su reacción? Rápida y condenatoria: “Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?” (Lucas 9:54, RVR60, paráfrasis).

La respuesta de Jesús, que aún resuena para la Iglesia de hoy, fue un durísimo llamado de atención: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Lucas 9:55, RVR60).

El Espíritu Condenatorio vs. el Espíritu de Cristo

Tendemos a olvidar el porqué estamos aquí. Jacobo y Juan lo hicieron. Ellos estaban dispuestos a mandar que lloviese fuego del cielo para que consumiese a los samaritanos que (por razones religiosas y enemistad étnica) no quisieron recibir a Jesús en su pueblo al notar que estaba yendo a Jerusalén.

Jesús reprendió duramente a Jacobo y a Juan por su impaciencia y por su presteza condenatoria para con sus semejantes. El llamado de atención fue muy fuerte.

Un espíritu que prioriza el juicio, la sentencia y el castigo, como el de ellos, es muy opuesto al espíritu de Cristo, que busca redimir y salvar.

La misión de Jesús es la salvación de los seres humanos, no su perdición. Él vino para salvar a los hombres y nunca olvidó ese su objetivo. Toda su vida, sus enseñanzas y sus acciones se rigieron por ese norte. Sobre esta declaración giró toda su labor en esta tierra:

“… porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas” (Lucas 9:56, RVR60).

La reprensión de Jesús a sus discípulos es clarísima y los cristianos de hoy tenemos que considerarla para analizarnos profundamente. Nosotros debemos tener el mismo norte de Cristo: la salvación de los seres humanos. Nunca tenemos que tener un espíritu opuesto al objetivo y al espíritu de nuestro Señor y Salvador.

No Jueces, Sino Mensajeros

Nosotros no debemos permitir que las ofensas, la rebeldía, la injusticia, la indiferencia espiritual y la maldad de los hombres nos impacienten y nos desvíen del Espíritu de Cristo. No nos constituyamos en jueces ni en verdugos de nuestros semejantes.

  • Podemos corregir y reprender a nuestros semejantes, pero jamás debemos actuar como si fuésemos jueces de los hombres.
  • El rol de Juez final de los seres humanos le corresponde a Dios y a nadie más.

No estamos en esta tierra para perder ni condenar a los hombres. Ese no es el propósito de Dios para nosotros en este mundo. Nosotros estamos aquí por la salvación de los hombres. Despojémonos del espíritu condenatorio de los hijos de Zebedeo y revistámonos del Espíritu de Cristo, que está lleno de gracia, de bondad y de misericordia.

Dios nos salvó y nos envió al mundo para anunciar a todos los seres humanos el evangelio de salvación en Cristo Jesús. Nosotros (cada cristiano en forma particular, y toda la iglesia en general) somos la extensión de la misión salvadora de Dios Hijo a favor de los hombres.

Mostremos el espíritu redentor, liberador y salvador de Jesucristo, y quitemos de nuestro ser todo vestigio del espíritu condenatorio y de perdición al relacionarnos con nuestros semejantes.

¡Que Dios nos ayude a vivir haciendo todo lo que está a nuestro alcance con el fin de que mucha más gente sea salva por medio de Jesucristo! ¡Que siempre sepamos que somos del Espíritu de Jesucristo y que queremos la salvación de todos los hombres, no su perdición! Amén.

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Mi batalla cotidiana: Dejar “el púlpito de boquilla” y Vivir lo que enseño y predico.

“A cada instante y en cada circunstancia peleo por no ser ni el escriba ni el fariseo a quienes Jesús reprochó duramente.”

Jesucristo no veía con agrado a una gran parte de “los escribas” y de “los fariseos”. Sus palabras para con este gran sector religioso judío fueron durísimas. El capítulo 23 del libro de Mateo está dirigido por entero a ambos grupos religiosos.

El discurso de Jesús contra esas dos facciones del judaísmo de su tiempo fue severo e inflexible. Cada versículo del capítulo 23 es una condena al “ser” y al “hacer” de los escribas y fariseos. Los “Ayes” contra ellos son difíciles de asumir. Siempre que leo esa porción de la escritura temo y me estremezco. En ninguna manera quiero esas palabras dirigidas hacia mí. No quiero ser ni “escriba” ni “fariseo”.

Los escribas y los fariseos, que eran enemigos de Jesús y que fueron confrontados por él, están en mi mente en estos días. Ellos eran los maestros de Israel y los que enseñaban la ley de Dios al pueblo.

Jesús hace referencia a la posición y al trabajo de maestros de los escribas y los fariseos con esta declaración: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.” (San Mateo 23:2-3).

En estas sus palabras, Jesús destaca tres asuntos claves sobre los escribas y fariseos: 1) Su autoridad, hablaban y enseñaban con la autoridad de Moisés y de la ley de Dios dada a él; 2) Su precisión y fidelidad al exponer y enseñar la ley de Dios en la vida de los israelitas, Jesús afirma que sus oyentes debían guardar y hacer lo que ellos enseñaban. 3) Su terrible y condenable pecado, ellos mismos no practicaban ni guardaban lo que le enseñaban a guardar y hacer a otros.

De estos tres aspectos, el que me amonesta y me asusta es el tercero: “Su terrible y condenable pecado”. No quiero cometerlo. No quiero practicarlo. “No quiero ser escriba ni fariseo” en ese aspecto.

Esa es mi batalla diaria. (Y la de todo siervo y obrero de Dios).

Mi lucha cotidiana es no practicar, no guardar, ni hacer lo que le enseño y le pido a otros que practiquen, guarden y hagan.

Los escribas y fariseos eran “catedráticos de boquilla” y “maestros de pizarra”. Eran exigentes y estrictos en enseñar a cumplir la ley de Dios a otros, pero no a sí mismos. Su magisterio era inflexible y riguroso para con sus estudiantes, mas no para consigo.

Jesús denunció la doble vara de los escribas y fariseos con estas palabras: “Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y la ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.” (Mateo 23:4).

Mi combate habitual como predicador y maestro de la Biblia, la palabra de Dios, es no ser parte de los escribas ni de los fariseos que fueron reprendidos con justa razón por Jesucristo, Dios hecho Hombre.

No quiero convertirme en un Predicador y Maestro Bíblico de Boquilla. No quiero exigirle a otros lo que no me exijo a mí mismo. No es bueno ni justo que utilice la posición y la autoridad que da el enseñar la palabra de Dios para pedir que la cumplan otros, pero no yo.

Si anunció que la Biblia manda que los seres humanos se acerquen a Dios por medio de Jesucristo para obtener perdón de pecados y vida eterna, tengo que estar acercándome verdaderamente a Dios únicamente por medio de Jesús.

Si enseño que la palabra de Dios dice que todo hijo de Dios debe testificar de Jesucristo y predicar el evangelio a toda criatura en todo tiempo, tengo que dar el ejemplo e ilustrar tal enseñanza por medio de una vida que testifica y evangeliza siempre.

Si enseño que la Biblia dice que se tiene que perdonar a otros sus ofensas, tengo que ser el primero en practicar y obedecer esa enseñanza.

Si enseño que la Biblia ordena a los hijos que cuiden de sus padres cuando ya son ancianos, tengo que obeceder esa palabra y cuidar a mis padres en su vejez.

Si predico que la Biblia manda que los hijos de Dios tienen que orar sin cesar, debo estar guardando y obedeciendo ese mandato y orando, por tanto, en todo tiempo y en toda circunstancia,

En fin …

No quiero ser un maestro ni un predicador merecedor del capítulo 23 de Mateo.

Esta mi lucha es, también, creo yo, la lucha de todo pastor, misionero y evangelista que quiere ser fiel a Dios y a su palabra. Todo aquel que se sienta (se para) en la “cátedra de Moisés” (el púlpito) del siglo XXI guerrea para no ser ni el escriba ni el fariseo al que reprendió Jesús.

Voy a terminar este testimonio de mi batalla.

Necesito la ayuda de Dios para no caer en el craso yerro de los escribas y fariseos de los días de Jesús. Al igual que ellos, soy pecador e imperfecto. No estoy libre de ese su tropiezo.

Tengo que velar y orar para no caer en esta horrible tentación. Jesús dijo que la carne es débil y él tiene mucha razón. Necesito, por tanto, orar sin cesar para no caer ni convertirme en un reprochable y condenable escriba y fariseo moderno.

Requiero de la intercesión y la ayuda en oración de mis hermanos en Cristo para no ser un predicador y maestro que no practica ni obedece lo que él mismo predica y enseña.

¡Dios y Padre de Jesucristo, auxíliame en mi lucha consciente por no ser un predicador ni un maestro que no practica la palabra tuya que enseño a tus hijos! Amén y amén.

¡Cuiden a los hijos de Dios por medio de visitarles cotidianamente, siervos de Dios!

La visitación es una actividad clave para cuidar y apacentar a los miembros del cuerpo de Cristo con fruto permanente.

Jesucristo partió a los cielos sin dejar a sus seguidores sin apacentadores. Él preparó a sus discípulos para que cumpliesen esa tarea. Empero, antes de encargarles a sus ovejas, él se aseguró de que sus apóstoles lo amaban. Es por eso que les preguntó si es que lo amaban. Una vez que él tuvo esa certeza, le dijo a Pedro, el líder de los apóstoles:

“Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.” (Juan 21:17).

Los siervos de Dios tienen que cumplir esta su tarea por medio de visitarlos constantemente.

Visitar a los hermanos en Cristo en sus casas es una actividad clave para los pastores, misioneros y evangelistas que aman a los hijos de Dios y que cumplen con apacentar y cuidar la grey de Dios fielmente.

Los beneficios de cuidar a las ovejas del Señor por medio de visitas regulares son invaluables. Como todos los seres humanos, los cristianos tienen sus problemas y sus luchas; por tanto, recibir la visita de sus pastores y líderes los conforta y motiva.

La visitación hace que los apacentadores y los apacentados se conozcan, se aprecien y se vinculen en amor y en confianza mutua. Tanto los unos como los otros recibirán crecimiento espiritual como resultado de este encuentro espiritual, lo cual es vital para la buena marcha de toda la congregación.

La visitación a las ovejas tiene que ser bien aprovechada. Durante la misma, los apacentadores deben: 1) Enseñar una verdad o un texto bíblico. 2) Hacer preguntas a los hermanos y responder también las preguntas de ellos. 3) Tener un tiempo de intercesión junto a los hermanos visitados y orar por ellos y sus familias. 4) Escuchar y escuchar las inquietudes de los hijos de Dios. 5) Recalcar las metas y las actividades de la congregación.

Este tipo de visita tiene que estar en la agenda del trabajo diario de todo pastor y líder que ama a Cristo y a su iglesia. Debe ser anunciada personalmente y debe tener una duración de entre 20 a 30 minutos. Esta visita no debe ser confundida con la visita en razón de una invitación a comer o de crisis o emergencia. Esta visita es clave para cuidar y para discipular a los hermanos en Cristo.

Los miembros de la Iglesia no deben ver la visita pastoral como una actividad extraña del siervo de Dios. (Hay iglesias cuyos pastores y misioneros ni siquiera saben donde viven y trabajan los miembros de su congregación). El pastor tiene que ser conocido por realizar esta actividad fielmente.

Dios, por la labor que realizó, me da el privilegio de acompañar a los pastores cuando están realizando sus visitas a los miembros bajo su cuidado. En mi último viaje a Sullana, por ejemplo, acompañé al pastor Rubén Córdova a hacer visitas a algunos hermanos en sus hogares.

El pastor Rubén, al ir con él, me contó que en este caso, visitaríamos a hermanos ancianos que estaban enfermos. Visitamos en total a tres hermanos ancianos, dos mujeres y un varón. El varón estaba postrado en cama y no podía valerse por sí mismo. Gracias a Dios, uno de sus hijos lo cuida, con el apoyo de sus hermanos. Terminamos nuestra visita en cada hogar con oración. El gozo de los hermanos por la visita fue visible.

La visitación es una actividad valiosísima y no está siendo aprovechada suficientemente. Quienes lideran la iglesia del Dios viviente tienen que asumirla y realizarla con fiel cotidianidad.

Dios bendice mi alma al acompañar a los siervos de Cristo en esta su tarea cuando estoy con ellos por una conferencia, curso o campaña. En este mi último viaje me tocó ir con el pastor Rubén Córdova para esta crucial e indispensable actividad. Estoy muy agradecido a Dios por darme este tipo de experiencias.

He compartido este testimonio con el fin de estimular a los pastores, misioneros, evangelistas, maestros y líderes de la Iglesia a visitar, visitar y visitar tanto como tengan tiempo.

La visitación es vital para cumplir el mandato de apacentar la ovejas de Jesucristo.

Termino. Pero no sin escribir unos consejos claves: 1) Hay que tener una agenda de visitación preestablecida. 2) El siervo de Dios tiene que ser conocido por hacer visitas. 3) Hay que avisar a los hermanos sobre el día y la hora de la visita. 4) Hay que visitar cuando toda los hermanos están en casa. 5) Hay que visitar acompañados de al menos 1 a 3 hermanos. 6) Hay que evitar visitar en horarios de comida o de trabajo urgente. 7) Hay que mantener cada visita dentro de un tiempo determinado. 8) Hay que tener mucha prudencia y amabilidad al hacer las visitas.

Jesucristo quiere que sus siervos, que lo aman, apaciente por amor y voluntaria, sacrificada y diligentemente a su la grey que él compró con su sangre preciosa.

“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.” (1 Pedro 5:1-4).

¡Que Dios bendiga a la grey de Dios con siervos suyos que la apacientan y cuidan por medio de visitarlos!

¡Dios recompensará generosamente a quienes cumplen bien su labor de apacentar a los hijos de Dios!