¡Vivamos y hagamos discípulos en pro de la predicación del evangelio a toda criatura, discípulos de Jesús!

“La Gran Comisión es nuestro deber supremo en esta tierra.

En la fotografía en la que se lee el texto de Mateo 28:18-20, que encabeza este escrito se ve a cuatro personas. Tres de ellas son discípulos de Cristo y están evangelizando a una joven polaca.

Estos tres discípulos aprovecharon una caminata por la playa de Ostia di Lido, Roma, Italia, para anunciar el evangelio de Cristo.

La fotografía muestra un ejemplo concreto de cristianos cumpliendo con su deber supremo en su vida cotidiana.

Estos tres cristianos tuvieron la intención de evangelizar y aprovecharon ese su momento para hablar de Jesús a la jovencita polaca, que, por cierto, escuchó el evangelio con entusiasmo. (Ellos también evangelizaron a dos mujeres italianas que estaban cuidando a sus hijos en uno de los parques de la ciudad).

Dios nos ha dado a los cristianos la misión de Cristo y todos nosotros estamos llamados a cumplirla en todo tiempo.

Tenemos que vivir nuestra vida en esta tierra en función de la misión que Dios nos ha encomendado a nosotros por medio de Jesucristo, Su Hijo, nuestro Señor y Salvador. Él nos dice a nosotros ahora lo mismo que le dijo a sus discípulos: “Como me envío el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21). 

Los hijos de Dios y la iglesia de Jesucristo están en este mundo para cumplir el propósito de Dios. Cada uno de los hijos de Dios por medio de Jesucristo y toda la iglesia de Jesucristo tienen un propósito, un objetivo determinado por Dios para su vida en esta tierra. Su propósito, su objetivo, es cumplir la voluntad de Dios y la voluntad de Dios es la salvación de los seres humanos.

Dios quiere salvar, no condenar. Dios no quiere que los hombres perezcan en condenación, sino que todos procedan al arrepentimiento. Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.

Dios, en consecuencia de ese su deseo salvador, envió a Jesucristo para salvar a los pecadores.

Jesucristo vino a la tierra y dijo justamente que el propósito de su venida era dar su vida en rescate por muchos. La muerte, la sepultura y la resurrección de Jesucristo son vitales para la salvación de los seres humanos. En la muerte de Jesucristo, Dios mostró su amor por los pecadores porque él murió en remplazo de ellos, para salvarlos y rescatarlos así de toda su condenación.

Jesucristo, durante su ministerio en la tierra, aparte de la obra de salvación que realizó, enseñó y predicó la palabra de Dios e hizo discípulos. Los discípulos fueron formados y entrenados por Jesucristo para cumplir la misma misión que él vino a cumplir.

La última orden de Jesús a sus discípulos previo a irse a los cielos, fue: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19-20).

El cumplimiento de la misión de hacer discípulos es trascendental para asegurar la predicación y el anuncio del evangelio de Jesucristo a toda criatura en todo el mundo.

El objetivo de nuestra vida en esta tierra es la misión y su cumplimiento y es por eso que ésta está declarada y ratificada al fin de cada uno de los cuatro evangelios y al inicio del libro de Hechos.

Esta misión es el propósito de la existencia de todos y cada uno de los hijos de Dios. Los hijos de Dios por medio de Jesucristo constituyen hoy la Iglesia de Jesucristo y la misión de Jesús es también la misión de la Iglesia.

Todos debemos vivir en esta tierra cumpliendo la Gran Comisión intencionalmente en todo momento.

¡Apreciemos el privilegio de vivir en función de la Gran Comisión y aprovechemos cada oportunidad para anunciar el evangelio de Cristo a nuestros semejantes!

¡Qué Dios no ayude a vivir cumpliendo Su Misión! Amén.”

¡Seamos los cristianos y las iglesias “Gayo” tras y junto a los divulgadores de la verdad!

“Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos, los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor; y harás bien en encaminarlos como es digno de su servicio a Dios, para que continúen su viaje. Porque ellos salieron por amor del nombre de Él, sin aceptar nada de los gentiles. Nosotros, pues, debemos acoger a tales personas, para que cooperamos con la verdad” (3 Juan 5-8).

Elogio de Juan apóstol a Gayo, el amado, el cooperador con la difusión de la verdad.

La divulgación de la verdad, es decir, el mensaje de que Dios existe y de que está salvando a los hombres de sus pecados por medio de Jesucristo Su Hijo, demanda ingentes recursos.

Estos recursos vienen siempre de Dios a través de quienes creen y siguen a Jesucristo. Son los hijos de Dios quienes ponen a disposición de la verdad sus vidas y sus recursos para que sea ella divulgada a muchas más personas en todas partes de este mundo.

La verdad de Dios revelada en Jesús de Nazaret se propaga, entonces, en función de la cooperación de los discípulos. A más discípulos cooperando, mayor difusión y mayor alcance. (Foto: Todas las congregaciones locales existen debido a los hijos de Dios “Gayo”).

En los días iniciales de la iglesia de nuestro Señor Jesucristo existían muchos divulgadores y portadores itinerantes del evangelio de nuestro Señor. Estos hombres se movían de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad predicando y enseñando las buenas nuevas de salvación a todos cuantos podían.

Estos predicadores itinerantes se caracterizaban por su fe en el Hijo de Dios, por su amor a Jesucristo, por su negativa a recibir recursos de los no discípulos y por su pasión por difundir y explicar la verdad de Dios a muchas más personas y en muchos otros lugares.

Estos predicadores necesitaban ayuda logística básica para cumplir su tarea de divulgación de la verdad: comida, hospedaje, recursos financieros, compañerismo, recomendación y guía en todo lugar a donde llegaban y desde donde volvían a emprender un nuevo viaje divulgador. (Foto: Luis Tintaya y yo, junto al misionero peruano Julio Velasquez, quien gracias a hermanos e iglesias “Gayo” ha sido usado por Dios para edificar congregaciones de hijos de Dios en Venezuela y España). 

Las necesidades de los divulgadores itinerantes de la verdad de Dios por medio de Jesucristo, el Salvador y Señor de todos los hombres, eran satisfechas por hombres como Gayo, quienes recibían fraternalmente a estos hermanos y los servían mientras estaban con ellos, y quienes luego los encaminaban al momento en que les tocaba partir hacia otro lugar.

El encaminarlos, empero, no era solamente un saludo de despedida y un conjunto corto de instrucciones para que no se perdiesen en el camino. No, no era solo eso. Era mucho más. La palabra “encaminarlos” en este contexto implicaba el “darle todo lo necesario” para garantizar que los predicadores y maestros de la verdad llegasen a su nuevo destino y cumpliesen más fácilmente su labor divulgadora.

En aquellos días, los viajes se hacían a pie, en bestias y en barcos. Viajar demandaba tiempo y cuanto más tiempo, más comida y más dinero. La palabra de Dios y la gracia de Dios era (es y será) gratuita siempre, pero llevarlas a los pecadores que todavía no creen era costoso. Cuanto más cerca el destino a divulgar la verdad, menos oneroso; pero cuanto más lejos, mucho más oneroso. (Foto: El misionero peruano Raúl Sinti e Ivette, su esposa, y sus hijas, están divulgando la verdad en España. Están allí gracias a los hermanos e iglesias “Gayo”, pero necesitan más).

Los predicadores itinerantes de aquel tiempo, al ser “desconocidos”, necesitaban también de cartas de recomendación para ser recibidos confiadamente en las congregaciones que existían en su camino. En consecuencia, encaminarlos implicaba consejos aclaratorios y complementarios de la verdad de Dios y la entrega de cartas de recomendación (Hechos 18:24-28). (En el año 1988, al empezar mi labor divulgadora de la verdad del evangelio, recibí una carta de recomendación para ser recibido en una ciudad donde iba a predicar. Si así fue conmigo hace poquitos años, imagínense cuán indispensable y necesario eran esas cartas en el tiempo del Nuevo Testamento).

Gayo encaminaba lo más adecuadamente que podía a los predicadores y el uso de esa palabra para describir su labor lo demuestra. “Encaminar” significa, en el contexto usado, “enviar adelante” o “acompañar en el camino”. Esto quiere decir que Gayo despedía a los mensajeros itinerantes dándoles apoyo y provisiones para su viaje, para que estuviesen equipados para continuar su misión divulgadora de la verdad.

El trabajo hospitalario y equipador de Gayo llegó a los oídos de Juan por boca de estos mismos predicadores itinerantes, que testificaban de su servicio y de su amor delante de toda la congregación. El apóstol Juan, quien para aquel entonces ya estaba muy anciano, escribió esta carta a Gayo para reconocerle y felicitarle ante la iglesia de Cristo por tan encomiable y trascendental labor en pro de la difusión de la verdad de Dios.

La verdad salvífica de Dios a favor de los hombres revelada en Cristo Jesús en la palabra de Dios, la Biblia, necesita ser divulgada también hoy a los pecadores que todavía no la creen. Los predicadores y maestros itinerantes y los pecadores que aún no están en la verdad necesitan de creyentes e iglesias “encaminadoras”.

Llevar a la verdad de Dios a muchos más hombres y mujeres hoy en día requiere de lo mismo que antes: transporte, alimentación, hospedaje, recursos financieros, compañerismo, recomendación, guía, etc. Al igual que antes, cuanto más cerca se lleva la verdad, menos recursos; cuanto más lejos, más recursos.

Al igual que antes, Dios suple los recursos para la difusión de la verdad por medio de sus hijos y de sus iglesias. Las iglesias y los hermanos “Gayo” son claves para que la verdad del evangelio de Cristo llegue a los pecadores necesitados de salvación.

Hace poquito he sido testigo de cómo varias iglesias y hermanos “Gayo” de Perú “encaminaron” a una divulgadora de la verdad para que la llevase a la gente que la necesita en la República de Mali.

Los hermanos y las iglesias “Gayo” compraron los tickets de bus y de avión, proveyeron para trámites consulares, dieron hospedaje y alimentación, acompañaron y recibieron y guiaron a la divulgadora en los diferentes lugares a donde llegó, y abastecieron y abastecen de dinero para que viva y cumpla su misión en ese su campo de misión.

Los hermanos y las iglesias “Gayo” son esenciales en los viajes de predicación y enseñanza que he realizado hasta hoy. Escribo esta nota con gratitud, para reconocer a estos hermanos colaboradores con la verdad. (Foto: Niños de la Iglesia Bautista Betel de Paita. El igual que ellos, los niños de la República de Mali tendrán una maestra de la verdad gracias a los hermanos e iglesias “Gayo” de Perú).

Voy a terminar ya esta nota.

Los hermanos y las iglesias “Gayo” aman a Cristo, a Su Iglesia, a Su evangelio, a la verdad, a los pecadores y a los divulgadores de la palabra de Dios. Ellos son obedientes a Dios y quieren que haya más gente que conozca a Cristo y le siga. El rol de los “Gayo” tiene que ser valorado suficientemente y mi escrito es un granito de arena para que sea así.

¡Seamos cristianos e iglesias “Gayo”! ¡Encaminemos y ayudemos a los que difunden la verdad para que lleguen bien equipados para anunciarla a los pecadores dondequiera que estén!

¡Muchas gracias Dios y Padre de Jesucristo por los hermanos en Cristo y las iglesias colaboradoras con la divulgación de la verdad del evangelio de salvación!

¡Oh Dios de toda salvación, te rogamos que levantes muchos más hermanos e iglesias con el corazón de “Gayo”!

Los discípulos de Jesucristo y los “ríos de agua viva” de su “interior”.

Las palabras de Jesús en Juan 7:37-39 son poderosas, muy poderosas.

Hay enseñanza clara y contundente sobre la realidad y las obras de la vida espiritual para todo aquel que tiene oídos para oír y ojos para ver.

Jesús dijo: “… Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:37-38).

“La sed” es la falta de Dios en nuestra vida, es decir, sin en él en y con nosotros, nos falta vida espiritual y satisfacción espiritual… ¡estamos sedientos! Siempre, siempre tenemos “sed”. Nuestra alma no se sacia. Nuestro corazón está hambriento y no hay nada que lo satisfaga.

“Venir a Cristo” es creer en él y seguirle de todo corazón, reconociéndole como el Mesías, el Hijo de Dios, el único salvador del mundo, y el único que sacia eterna, continua y permanentemente la sed de nuestra alma.

Una vez que creemos en Jesús y le seguimos de todo corazón, en consecuencia, “bebemos” de él, quien es “el agua de vida”. Al “beber” de él somos saciados, ya no tenemos sed espiritual…  ¡estamos saciados! … ¡Nuestra sed “desaparece”: ya no hay sed espiritual alguna!

¡Jesucristo nos ha saciado al creer en él y seguirle!

Pero esa satisfacción espiritual, ese saciar, que ocurrió en nuestro interior y que es la vida espiritual que nos ha sido dada por el Espíritu Santo (Juan 7:39) al creer en Jesucristo, nuestro Señor y Salvador: no se queda allí, sino que al llenarnos e inundarnos a nosotros, primero, fluye y se expresa fuera de nosotros, a otros, y a otros. Es por eso que Jesús afirma que, del interior del creyente, “… correrán ríos de agua viva”.

“Los ríos de agua viva”, que es la vida espiritual que experimentamos al creer en Jesús, no se queda en nosotros y con nosotros, que hemos creído, sino que empieza a fluir desde nuestro corazón, y a expresarse, y a “empapar” todo nuestro ser y todo ámbito de la vida que vivimos en esta tierra.

El fluir de la Vida Espiritual Personal que experimentamos al creer en Jesús es lógico y “natural”. Los manantiales de agua, que originan los ríos, que irrigan y hacen florecer y acrecentar la vida por todo lugar por el que van corriendo y empapando son el ejemplo perfecto para ilustrar el claro efecto de la vida espiritual que Dios nos da por medio de Jesucristo, Su Hijo, nuestro Señor y Salvador.

Dios nos da de su vida por medio del Espíritu Santo al creer en Jesús.

Esta su vida eterna, que es propia solamente de Dios, nos es dada por Jesús Su Hijo. Jesús es el Único al que Dios le ha concedido el poder de conceder la vida suya a quienes creen él y le siguen.

Él le dijo esto a la mujer samaritana cuando habló con ella en el pozo de Jacob, en la ciudad Sicar: “… Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:13-14).

Todos tenemos que acudir a Jesús para que “bebamos” agua de vida.

La mujer samaritana le pidió a Jesús “su agua” y eso mismo debemos hacer nosotros todos.

Pero volvamos a Juan 7:37-39 para ver cómo se manifiesta la vida espiritual que produce el Espíritu Santo en nosotros y desde nosotros. En el texto en mención, la realidad y el obrar de la vida espiritual en y desde todos aquellos que hemos creídos se “ve” en la imagen de “ríos de agua viva”.

Esta vida espiritual impacta toda nuestra vida personal en relación a Dios, primero. Dios empieza a ser indispensable en nuestras vidas. En consecuencia, todos nuestros pensamientos, motivos, emociones, acciones y voluntad son totalmente transformadas hacia Dios. Nosotros somos hechos nuevas criaturas e hijo de Dios. Eso

Pero la vida espiritual que nos transforma y sacia totalmente a nosotros no queda allí, sino que al empaparnos, empieza a fluir fuera de nosotros e impacta positivamente en nuestra vida familiar, ya que vivimos en ella, entre ella y con ella. Son nuestros familiares (padres, hermanos, esposa, hijos, etc, etc.) los primeros en ser irrigados por la vida nueva que Dios no da al empezar a seguir a Jesucristo.

La vida espiritual sale, asimismo, del ámbito familiar e impacta a nuestros hermanos en Cristo, que son la iglesia del Dios Viviente, la congregación de los santos, el Cuerpo de Jesucristo. Los discípulos de Jesucristo están ligados a la iglesia de Cristo porque son miembros de ella. Gran parte de sus vidas en esta tierra transcurren en, con y por la iglesia. Jesucristo lo ha decidido así y es por eso que el Espíritu Santo sumerge e integra a los creyentes en él en la iglesia. La congregación en general y cada miembro en particular recibe y da vida espiritual a todo aquel que ha creído en Jesús. La iglesia del Dios viviente es empapada espiritualmente por la vida que el Espíritu Santo le da a sus miembros.

Así, la vida espiritual sigue imparablemente su rumbo e impacta también nuestra vida en nuestro barrio, comunidad y pueblo. La vida espiritual influye y afecta también al país al que pertenecemos y al mundo en el que vivimos. Nuestra luz, que es la luz de Jesucristo, alumbra a este nuestro entorno con la verdad y los principios y valores que Dios nos revelado en la Biblia, su palabra escrita. Nuestro modo de vivir y de obrar no que oculto y es por eso que todos quienes se relacionan con nosotros los ven. Todo nuestro entorno en bendecido espiritualmente por Dios por medio de nosotros.

“Los ríos de agua”, que empezaron “a correr” desde nuestro “interior”, irrigaron e impartieron “el agua de vida”, que es Jesús y su salvación, a toda persona en todo ámbito en el que nosotros nos hemos desenvuelto.

Finalmente, y para terminar este cuadro a partir de “los ríos de agua viva”, tenemos que expresar que este fluir de la vida espiritual obrada por Espíritu Santo en y partir de nuestro interior, es hecho y vivido desde la perspectiva del futuro y la eternidad que Dios nos enseña en Su Palabra, la Biblia. Porque los cristianos somos conscientes que estamos en esta tierra por breve tiempo. Nosotros sabemos que el futuro y la eternidad están viniendo para nosotros, y que son buenos; porque Dios terminará su obra salvadora y nos transformará en personas a la imagen de Jesucristo Su Hijo (1 Juan 3:1-3).

El futuro y la eternidad no asustan a los hijos de Dios. Nosotros sabemos que viviremos en “cielos nuevos y tierra nueva en los que mora la justicia” (2 Pedro 3). Para quienes creemos y seguimos a Jesucristo ni el futuro ni la eternidad nos son inciertos. Nuestra vida toda está escondida en Jesucristo y anhelamos que él venga y manifieste la obra que empezó en nosotros el día que creímos en él y acudimos a “beber” de él para satisfacer nuestra sed espiritual.

La imagen que presentó Jesucristo en Juan 7:38 respecto a la vida espiritual en nosotros sus seguidores es poderosa y claramente comprensible. Es fácil darse cuenta del irradiar “natural” y lógico de la vida que Dios nos da en Cristo Jesús.

Si ya has creído en Jesús, alégrate y gózate por la vida espiritual que Dios te ha dado por medio de Jesucristo.

Si ya estás siguiendo a Jesucristo, afírmate en tu vida espiritual y fortalécela y acreciéntela cada día de tu vida en esta tierra.

Pero si todavía no has creído en Jesucristo ni le estás siguiendo, no continúes en esa condición. Jesucristo aún sigue invitándote a recibir su vida espiritual en el interior de tu ser. Sus palabras a ti, son estas: “… si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:37-38).

Imita a la mujer samaritana, háblale a Jesús en oración y pídele la vida eterna. Jesús te la dará. Esta es la forma en la que la mujer samaritana le solicitó vida eterna a Jesús: “… Señor, dame esa agua, para que no tenga sed, ni venga aquí a sacarla” (Juan 4:15). No demores, ¡pídele a Jesucristo su agua de vida ya! Amén.