Dios obra en nuestro interior, en lo más profundo de nosotros. Es allí donde Su Espíritu y Su Palabra nos transforman y vitalizan espiritualmente. Es en nuestra soledad y en nuestra intimidad donde se gesta nuestro éxito o nuestra derrota espiritual.
David, el dulce cantor de Israel y el hombre conforme al corazón de Dios, entendió esa realidad incuestionable de la vida espiritual. Tanto su victoria como su caída espiritual germinaron en lo más recóndito de su ser.
Este salmo, el 51, que fue escrito por David cuando Dios lo amonestó y lo restauró, luego de su terrible fracaso con Betsabé y Urías heteo, es la evidencia.
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La vida en este tiempo se desenvuelve entre otros y con otros. Las demandas de la vida pública nos llevan fuera de la intimidad y de la soledad. Estamos condicionados a desentendernos y a desenfocarnos de nuestra vida interior. La sociedad obsesionada con la imagen pública, las apariencias y el reconocimiento externo nos hacen olvidarnos de nuestra alma.
Tenemos que resistir la presión por nuestro desempeño exterior es desmedro de nuestro interior. Dios ama la verdad en lo íntimo.
Dios nos hace sabios en secreto, cuando estamos solos. Es en esa intimidad que nos enseña y nos comparte su sabiduría.
Dios y nuestra alma se encuentran en la privacidad. La Biblia es clarísima. Su obra purificadora ocurre cuando estamos aislados de todos y de todo.
Dios trata con nosotros en lo más profundo de nuestro corazón. Él ve dentro de nosotros, no solamente afuera. Su enfoque transformador no empieza de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera.
Para reflexionar en esto, vale preguntarse: ¿qué es lo más importante y vital en un auto? Aunque tiene muchas piezas importantes, hay una que es crucial y por la cual todas las demás funcionan: el motor. De la misma manera, en la vida cristiana el corazón es el motor interior que impulsa todo el funcionamiento externo. La Palabra nos dice en el Salmo 51:6: «He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.»
En el diseño bíblico de la verdadera integridad, comprender la verdad en lo íntimo implica reconocer el significado de la palabra verdad (Émet), que se refiere a la sinceridad, autenticidad y alineación entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.
Lo íntimo representa lo más profundo, lo recóndito, la recámara secreta del ser donde nadie más -excepto Dios- tiene acceso. Dios nos trata individual y personalmente a cada uno. ¡Qué bendición que es así!
La naturaleza del Nuevo Pacto, el cual se selló con la sangre preciosa de Jesucristo, no consiste en una religión de normas externas ni de fachadas morales, sino en una transformación profunda del corazón (Jeremías 31:33; Ezequiel 36:26-27).
Dios nos hace nacer nacer de nuevo por nuestra fe en Jesús y nos cambia en nuestro ser interno para empezar a dar fruto externo, en nuestro vivir diario.
En este proceso opera el trinomio de la transformación interna, donde Dios trabaja en la intimidad de nuestro ser mediante tres agentes fundamentales:
Primero, el Espíritu Santo en el interior como la fuente inagotable de vida que fluye desde las entrañas (Juan 7:37-39);
Segundo, la Palabra de Dios como un bisturí que penetra, discierne y alinea las intenciones del corazón (Hebreos 4:12); y
Tercero, la voz y la conciencia instruida a través del consejo suave de Dios -Por Su Espíritu y Su Palabra- que redarguye y enseña en la quietud de la noche (Salmo 16:7).
Como fundamento indispensable, todo este trinomio es posible y tiene eficacia gracias a la obra redentora de Jesucristo en la Cruz del Calvario.
Como resultado, se produce un efecto dominó con cinco manifestaciones de un corazón transformado. Cuando la vida privada con Dios es sana, el fruto público fluye de forma natural:
1) En la nutrición de nuestro interior al seleccionar lo que leemos, escuchamos y permitimos ingresar a nuestra mente -La alimentamos con la palabra de Dios (1 Pedro 2:2 y con todo lo que es bueno y digno (Filipenses 4:)-;
2) En nuestra comunicación, mediante palabras con valor y veraces que edifican a quienes nos oyen (Efesios 4:25, 29);
3) En nuestros filtros emocionales y reacciones, mostrando dominio propio y madurez ante las ofensas, provocaciones, adversidades y tentaciones (Gálatas 5:16-24);
4) En nuestra conducta pública, expresada en ética, honestidad y rectitud en todo lo que hacemos cuando nadie nos ve y también cuando todos nos ven (Filipenses 2:14-16); y
5) En nuestra perspectiva de vida, caracterizada por un optimismo y una esperanza inquebrantable en relación con el futuro (Tito 2:11-15; Apocalipsis 22:20).
En conclusión, la vida pública con poder no es más que el desbordamiento de lo que ha crecido en la intimidad, en nuestro interior, en lo secreto, que es cuando Dios trata con nosotros y nos transforma.
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En consecuencia, no intentemos arreglar el fruto externo sin rendir primero nuestro ser interior al Señor y ante el Señor.
Nuestro desafío es cultivar nuestra relación con Dios en lo secreto; la luz de su presencia en nosotros y su obra bendita serán tan reales, pero tan reales, que quienes nos rodean la verán, se acercarán a Él y glorificarán su nombre. Amén.
David conoció y agradó a Dios mucho fue un desconocido y solitario pastor de ovejas, pero sucumbió ante la tentación y pecó grave y escandalosamente cuando su vida pública lo hizo insincero y no veraz en su ser interior y en su soledad.
No incurramos en su craso error.
Busquemos a Dios en nuestro ser interior con sinceridad de corazón y experimentemos su bendita obra santificadora cada día. Que nuestra vida pública exprese la vida que Dios está produciendo en nuestro corazón.
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