La mayor necesidad de las multitudes son buenos “pastores” y los cristianos tenemos que hacer cuanto podamos para que los tengan.
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Jesús de Nazaret se preocupaba por todo el ser humano y por todos los seres humanos. El veía y servía al hombre completo durante su trabajo didáctico en la tierra. El ámbito físico y el ámbito espiritual de todas las personas eran objeto de su atención. Los cuatro evangelios testifican ese hecho.
Los tres años y medio de su trabajo diligente y sacrificado por todas las ciudades y aldeas de Israel están descritos y resumidos en esta declaración de Mateo, el publicano al que hizo su apóstol: “Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo.” (Mateo 9:35)
El contacto y el trabajo de Jesús entre la gente le hizo ser consciente de uno de los grandes males que tienen las multitudes: Las conducen líderes impíos, sin valores bíblicos, cobardes, codiciosos y egoístas. Este tipo de liderazgo solamente se preocupa por sí mismo y por su entorno cómplice, pero no por las grandes mayorías.
En sus días, el liderazgo representativo de todo el liderazgo político y religioso mundial, estaba lejos de Dios y de su palabra escrita y, por tanto, estaba lejos de guiar y de conducir a las multitudes hacia Dios y hacia su buena, perfecta y agradable voluntad.
En el ámbito religioso, los ancianos y los principales sacerdotes y los fariseos, que conducían a los judíos, o ignoraban las Sagradas Escrituras o la menospreciaban. Los gobernantes romanos y los gobernantes de los demás pueblos, como es bien sabido, eran páganos y adoradores de múltiples dioses.
En el ámbito político, los judíos estaban gobernados por Herodes, que era cruel y codicioso. También estaban gobernados por el Imperio Romano que, en Judea, estaba representado y regido por el gobernador Poncio Pilato, que era injusto, de doble ánimo y cobarde.
Las multitudes como consecuencia de tales guías ciegos y codiciosos, no tenían guía, ni conducción, ni liderazgo espiritual piadoso. Todo el liderazgo, tanto religioso como político, estaba torcido y enfocado en sus propios intereses.
Jesucristo vio ese cuadro caótico y sin rumbo de las multitudes y tuvo compasión ellas por su lamentable y triste situación. El evangelista Mateo escribió al respecto: “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas que no tienen pastor.” (Mateo 9:36).
La crucifixión de Jesucristo es el ejemplo de actos perversos que cometieron las multitudes por causa del mal liderazgo político religioso. Los “pastores” de Israel apresaron, violentaron, juzgaron y condenaron a Cristo por envidia y por ceguera espiritual. El “gobernante” romano, Poncio Pilato, entregó a Jesús a los judíos para que lo crucificasen sabiendo que él era justo y que había sido entregado a su autoridad por envidia y celo. La multitud “decidió” la crucifixión de Jesús por ignorancia, por ingratitud y por seguir a los líderes que los manipularon.
La condición de las multitudes no ha cambiado demasiado. Y no ha cambiado, lamentablemente, porque el liderazgo, tanto político como religioso que las conduce, tampoco ha mejorado.
Todas las multitudes sufren la falta de “pastores buenos”. Esa la gran necesidad de la gente de todos los tiempos y muchísimo más en este último tiempo. Las multitudes siguen “desamparadas y dispersas” por no tener buenos conductores y guías.
Esta es una lista de hechos graves actuales que “han aceptado” las multitudes de sus “pastores” políticos y religiosos:
El asesinato de bebés en el vientre de su madre por sus propios padres y con la ayuda de los médicos y las autoridades.
El “cambio” de sexo de niños y niños.
El matrimonio entre hombres con hombres y mujeres con mujeres.
La promoción de la promiscuidad sexual con el pretexto de la salud pública.
El menoscabo de la autoridad de los padres, los maestros y las autoridades.
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Las palabras de Jesucristo respecto al mal liderazgo de las multitudes son muy relevantes.
Él, que siempre quiere el bien de todos, y el que se sacrificó para salvarnos a todos, describió la gran necesidad de buenos pastores y guías así: “… A la verdad la mies es mucha, y los obreros pocos.” (Mateo 9:37).
Las palabras de Jesús, en función del contexto político, religioso y social en el que fueron pronunciadas, son muy claras. Hay multitudes que quieren y necesitan “pastores” buenos, pero no los encuentran. Y no los encuentran, no porque no haya, sino porque los que hay, o son muy “malos pastores” (que es lo mismo o peor que no tenerlos), o si son “buenos pastores”, son insuficientes, porque no cubren la hartísima demanda.
La cantidad de multitudes que necesita conductores, guías y gobernantes buenos es muchisisísima y los apacentadores buenos poquisisísimos.
La mies sigue siendo mucha y los apacentadores buenos pocos.
La necesidad de buenos “padres”, de buenos “pastores”, de buenos “gobernadores”, de buenos “líderes” espirituales, es mucha, mucha, mucha; en todas “las masas” de gente, en todas “las multitudes”; desde las más pequeñas hasta las más grandes, desde las más básicas hasta las más compejas.
Las familias, las asociaciones, las comunidades, las naciones y hasta los imperios, requieren de buenos gobernantes para evitar el “desamparo”, “la dispersión” sin rumbo y el camino al desastre.
Los “pastores” buenos (en tanto “gobernantes políticos”) son cruciales para conducir a los pueblos a una vida terrenal “óptima”, y a mirar a Dios y a Jesucristo y a su buena voluntad revelada en la Biblia.
Los pastores buenos (en tanto “líderes espirituales”) de las iglesias son indispensables para que los hijos de Dios prediquen el evangelio, hagan discípulos y entrenen a quienes conducirán a las multitudes.
Jesucristo no solamente denunció el gran mal que es la falta de buenos conductores, de buenos guías, de buenos apacentadores; él también dió la solución, el remedio, el qué es lo que se tiene que hacer.
Fueron los discípulos de Jesús quienes escucharon directa y claramente lo que se tenía que hacer para que “las multitudes” tuviesen buenos “pastores”. Su orden a ellos fue: “Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.” (Mateo 9:38).
Como en todo lo que tiene se requiere para esta vida y la para la venidera, Dios es quien tiene la solución para que haya “más obreros”, más “buenos pastores”, más buenos “conductores”. Es él quien tiene que levantarlos, prepararlos, enviarlos, usarlos y guardarlos.
Dios, asimismo, brinda su solución de buenos “apacentadores” para las multitudes por medio del trabajo y de la intercesión de sus hijos, que son todos aquellos que hoy creen en Jesucristo Su Hijo y le siguen.
Son los discípulos de Jesucristo los que serán usados por Dios para brindarle a las multitudes los “obreros”, los “apacentadores” y los “guías” buenos. Todos quienes somos hijos de Dios estamos llamados a “rogar” encarecida y humildemente al “Señor de la mies que envíe obreros a su mies”.
Somos todos los que hoy seguimos a Jesucristo, quienes tenemos que convocar y entrenar a los obreros que trabajarán conduciendo a las multitudes y a la mies del Señor hacia Dios, hacia Jesucristo y hacia la obediencia a la palabra de Dios, que es todo lo que está escrito en la Biblia.
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Las multitudes, como en los días de Jesucristo, continuan “desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. Es así en todo aspecto de la vida. Las multitudes necesitan buenos apacentadores y están a la expectativa de encontrar a “los obreros del Señor de la mies” que él ha enviado y enviará por la intercesión y el trabajo evangelizador de los discípulos de Jesucristo.
¡Qué Dios nos ayude a rogar mucho más constante y urgentemente al Señor de la mies para que envíe obreros a su mies!
¡Qué Dios nos mueva y nos use con mayor urgencia para predicar el evangelio y hacer discípulos a fin de que hayan “obreros” suficientes para apacentar a la iglesia y a las multitudes!

