¡Dios nos ama … a lo pecadores!

Dios es amor.

El amor es su esencia, su naturaleza.

No existe ningún gesto ni acción divina que no estén impregnadas por su esencia, el amor.

El amor de Dios es el atributo divino que me atrapa, me conmueve, me impresiona y me persuade.

Al principio, cuando me acerqué a Dios por medio de Jesucristo, me acerqué por mi vacío, por mi frustración existencial y por mi anhelo de cambio, de transformación. Yo estaba cansado de vivir como vivía, y quería una vida nueva … y Dios me la ha dado.

Así fue cuando me acerqué a Dios, ahora, sin embargo, después de los años, y de mi estudio de la Biblia, y del conocimiento de mí mismo (en especial, de mi condición pecaminosa), me quedo con Dios y continuaré con él hasta el fin, no solamente porque me dio vida nueva, sino porque me cautiva, me maravilla y me impulsa su amor, su grandioso, asombros e inefable amor.

El amor de Dios para con nosotros los seres humanos no tiene nada que ver con que haya algo especial en nosotros mismos. Todo el amor de Dios para con nosotros tiene que ver solamente con Dios. Su amor empezó cuando nosotros no existíamos siquiera; es por él que existimos; es él quien decidió crearnos y formarnos, conforme a su imagen y a su semejanza.

El amor de Dios se hace patente en toda nuestra historia, pues, a pesar de que nos revelamos contra él en Adán, nuestro padre; él no nos ha exterminado ni nos ha desaparecido de sobre la faz de la tierra. Al contrario, él no ha mantenido y nos mantiene en ella, y nos multiplica, y nos sustenta, y nos tiene paciencia, y nos soporta, y nos busca redentoramente todo el tiempo de nuestra vida en ella.

La evidencia cumbre del amor de Dios es lo que él hizo por medio de Jesucristo a favor de nosotros aun cuando somos pecadores. Su obra de amor está descrita muy claramente en los cuatro evangelios, que narran ciertísimamente quién es Jesús, qué es lo ha hecho, qué es lo que ofrece y qué es lo que pide de nosotros pecadores.

La escritura afirma que Dios amó tanto a los pecadores que envió a Jesucristo a esta tierra para buscarlos y salvarlos de sus pecados. Su venida, motivada por el amor de Dios, está expuesta por el propio Jesús en Juan 3:16. Sus palabras son más que sublimes: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

Los cuatro evangelios del Nuevo Testamento son unánimes respecto a que Jesús sabía muy bien que su misión consistía en servir a la humanidad pecadora dando su vida en rescate por ella. En consecuencia, la traición de Judas y su entrega a las principales autoridades judías para ser condenado a muerte no fueron una sorpresa para él.

Tampoco lo dejaron perplejo sus sufrimientos a manos de las autoridades judías y el pueblo de Israel de ese entonces. Ni aun la muerte misma lo agarró “desprevenido”; lo que desconcertó a Jesús, humanamente hablando, fue “el abandono”, “el desamparo” de Dios.

Y es su clamor en su agonía en la cruz del Calvario la que confirma su desconcierto. Mateo testifica su clamor y estupor así: “Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí. Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).

El “desamparo” de Dios a Jesús tiene su explicación en el amor de Dios por los pecadores. En la cruz del Calvario Jesús llevaba el pecado del mundo. Él tenía sobre sí el pecado de todos y cada uno de los seres humanos que han vivido, que viven y que vivirán hasta el fin de este mundo presente.

En la cruz, Dios hizo pecado a Jesús por nosotros. En aquel crucial instante, Jesús estaba padeciendo el castigo de nuestra paz.

Dios, por tanto, por amor a nosotros pecadores, estaba sacrificando a su amado Hijo, al único que nunca lo ofendió ni pecó contra él. Todo lo que hizo Dios y la forma que trató a Su Unigénito en la cruz, fue por amor a nosotros.

El mensaje de Romanos 5:8 sobre el amor de Dios es maravilloso e inigualable. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Estas palabras no necesitan explicación, sino gratitud, asombro, reverencia, adoración, consagración, amor, obediencia, lealtad, etc., etc.

Todo lo que ha hecho, hace y hará Dios por los seres humanos pecadores a través de Jesús Su Hijo, es por amor. Dios nos ama y nunca hay razón para dudarlo. Y si por una u otra razón nos viene la duda de que Dios nos ame, lo que tenemos que hacer es mirar a Jesucristo, nuestro Señor y Salvador: Él es la evidencia indubitable y concreta de que Dios nos ama en una forma impresionante.

En consecuencia, y para terminar ya esta reflexión, los cristianos y el cristianismo bíblico somos una realidad por el amor de Dios y es por eso que nos debemos a su amor; nosotros somos cautivos del amor de Dios.

Los cristianos, por tanto, tenemos que amar y vivir  siempre amando como Dios ama. Nosotros no podemos anidar odio en nuestro ser. No es propio del Dios a quien servimos, ni de Cristo, quien se sacrificó por amor por nosotros.

El amor de Dios tiene que gobernar y dirigir todas nuestras relaciones personales, y todas nuestras acciones y reacciones. Dios y su amor son nuestro ejemplo y nuestra meta al vivir en esta tierra. Y Dios, para asegurarse de que así sea, ha derramado su amor en nuestros corazones.

Dios nos ha capacitado para vivir en su amor y por su amor. Está escrito: “… y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” (Romanos 5:5).

¡Siempre te estamos muy agradecidos, oh Dios, por amarnos en Cristo Jesús como nos amas!

¡Ayúdanos, oh Dios nuestro, a vivir en amor y por tu amor todos los días que nos des para vivir en esta tierra!

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