El rol invisible y poderoso que transforma naciones: La urgencia de interceder en oración por todos los hombres.

Jesucristo es cabeza de su iglesia y su iglesia es su cuerpo. Jesús es el único mediador e intercesor seguro y eficaz entre Dios y los hombres y su iglesia también tiene que serlo -no usurpando a Jesús, pero sí reflejándolo e imitándolo-.

Dios ha colocado en esta época a la iglesia de Jesucristo como intercesora entre Dios y los hombres y ella tiene que serlo intencional y diligentemente hasta que Su Salvador la lleve a su presencia.

La naturaleza y la acción intercesora de la iglesia por medio de la oración es vital e indispensable para la salvación de los perdidos, el cumplimiento de su misión y la vida quieta y reposada en toda piedad y honestidad de toda la iglesia, las familias, los pueblos y las naciones de este mundo.

La iglesia de Jesucristo y cada uno de los miembros de ella cumplen su rol intercesor por todos los hombres y mujeres del mundo ante Dios mediante: 1) Su presencia y su testimonio viviente en y entre ellos, 2) Su labor evangelizadora y discipuladora a toda criatura y en todas las naciones y 3) Sus oraciones y ruegos por todos los hombres de todo el planeta.

Los tres roles son esenciales, pero en este escrito quiero resaltar la intercesión, que es el rol no visible y frecuentemente desvalorizado, pero crucial para la vida de la propia iglesia y su misión, y para la salvación y la extensión de la misericordia divina a favor de la humanidad en todo tiempo, hasta que Dios determine el retorno de Jesucristo y el inicio del fin de la era presente.

1 Timoteo 2:1-8 es el texto crítico y determinante sobre lo indispensable de nuestra intercesión. Tenemos que estar orando por todos los hombres. Dios y la humanidad entera “dependen” de nuestro trabajo intercesor. Nuestra labor intercesora tiene que ser natural, espontánea y urgente.

Analicemos, pensemos y cumplamos nuestro rol intercesor a favor de todos los hombres en base a 1 Timoteo 2:1-8.

1) Interceder ante Dios por todos los hombres es un acto de obediencia voluntario y espontáneo fruto del amor y la gratitud a Dios.

“Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres” (2:1).

Pablo es clarísimo. Orar por todos los hombres es nuestra acción prioritaria. Tanto, que es la acción que nosotros debemos realizar antes que cualquier otra acción. Es decir, no podemos evangelizar, por ejemplo, sin primero orar por aquellos a quienes les vamos a testificar. Tampoco podemos quejarnos de nuestros gobernantes y autoridades ni criticarlos si es que primero no hemos estado orando por ellos.

Pablo nos dice: “Exhorto ante todo …”. Exhortar, según la RAE en línea, es “incitar a alguien a que haga o deje de hacer algo.” Sus sinónimos son: animar, alentar, amonestar, pedir, suplicar. En griego, exhortar (Parakalo) significa, “llamar al lado, ponerse al lado de uno o de otro para ayudarle, animarle y rogarle.” Esta palabra, implica, por tanto, que Pablo se pone junto a nosotros para movernos empática y confiadamente a ejercer este nuestro determinante y vital rol intercesor.

Orar por todos los hombres es un acto de obediencia espontánea y natural. Pablo quiere que cumplamos este rol reconociendo su importancia. La autoridad apostólica y la autoridad del Espíritu Santo sobre nosotros son determinantes. Obedecer esta exhortación es nuestra única opción, no obligada, sino de amor agradecido. No podemos escaparnos de ella. Obedezcamos esta exhortación con la ayuda de Dios, hermanos.

Nuestra intercesión por todos los hombres es integral y los distintos términos usados en la exhortación lo evidencia: “Exhorto ante todo que se hagan rogativas (Deēseis – carecer, necesitar), oraciones (Proseuchas – Invocación o adoración), peticiones (Enteuxeis – reunirse con, acercarse a o tener acceso a) y acciones de gracias (Eucharistias – gratitud, reconocimiento por bondad o favor) por todos los hombres.”

Nosotros obedecemos a Dios y oramos por todos los hombres en función 1) de sus necesidades urgentes, 2) de nuestra adoración a Dios y por la necesidad que los hombres tienen de volverse a él en arrepentimiento para adorarle, 3) de nuestra confianza en que Dios nos oye y de nuestra identificación con nuestros semejantes y sus males, y 4) de la gratitud que tenemos para con Dios por su bondad y su gracia para con nosotros y para con todos los hombres.

Obedezcamos a Dios e intercedamos así en oración por toda la humanidad por amor y gratitud, hermanos.

2) La iglesia brinda cobertura espiritual universal a toda la humanidad por medio de sus oraciones.

“… por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia” (2:1-2).

Los cristianos estamos llamados a orar “por todos los hombres”. Todos los hombres son todos los varones y todas mujeres -de todas las edades y de todo el mundo-. Esto implica todos los seres humanos pecadores, es decir, los pecadores que “hacen el bien” desde su pecaminosidad -la gente de bien- y los pecadores que “hacen el mal’ desde ella. Nuestra intercesión por todos los hombres incluye a los pecadores que se han extremado en su maldad y que han escogido la violencia y el asesinato egoísta, ventajoso, alevoso y cruel de sus semejantes.

Nuestra intercesión, a su vez, debe enfocarse en quienes gobiernan y en la élite que los respalda y hasta los dirige. Pablo nos dice: “Por los reyes y por todos los que están en eminencia.”

Al igual que en el caso anterior, nuestra intercesión tiene que incluir al gobernante pecador y a su élite que “hace el bien”, a los que “hacen el mal” y a los que se han extremado en su maldad.

Tenemos que orar por quienes son autoridades y dirigen a los seres humanos en todos los niveles. A nivel de las comunidades y pueblos pequeños, de las provincias, de los países y de los imperios.

Nuestro ruego por las autoridades y la élite que los respalda es vital para el avance el bien y para la restricción del mal y su crecimiento. Dios ha determinado que sean las autoridades quienes se encarguen de esa tarea esencial y es muy importante que nosotros cooperemos con nuestra intercesión constante.

3) La labor intercesora de los cristianos generará como resultado la paz y prosperidad general de los ciudadanos y de las naciones.

“… para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador” (2:2-3).

Dios siempre quiere el bien de la humanidad. Él no nos creo para atormentarnos y para que suframos. Es nuestra desobediencia en Adán y nuestra desobediencia personal la que trajo y la que trae el dolor multiplicado y la maldición a nuestro mundo, pero aún así Dios quiere que nos vaya bien y que disfrutemos de la abundancia que hay en esta tierra.

Nuestra prioritaria intercesión por todos los hombres y  por quienes están en eminencia es esencial e indispensable para la prosperidad y la paz de los pueblos y naciones. Pablo escribe: “… para que vivamos quieta y reposamente en toda piedad y honestidad.”

El resultado de nuestras peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias ante Dios por todos seres humanos logrará un mundo mejor, no perfecto, pero muchísimo mejor -donde se pueda vivir, trabajar, prosperar y disfrutar sin temor alguno-. Esto no significa, necesariamente, que lograremos la vida celestial sin interrupción en esta tierra, sino que se estimulará el bien hacer y la bondad, y se restringirá y se disminuirá el mal hacer.

A Dios no le disgusta que vivamos bien en esta tierra y el apóstol a los gentiles expresa diafanamente ese hecho. Él dice: “Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador.” Es muy importante que cumplamos este rol intercesor, hermanos míos.

El avance de la delincuencia menor -robos, hurtos y estafas-, mayor -la corrupción y los asaltos violentos- y extremo y mortal -homicidios, terrorismo, narcotráfico, extorsión y sicariato- son un llamado a interceder muchísimo más.

Este tipo de contexto nos interpela como Cuerpo del Intercesor Único, Jesucristo nuestro Señor y Salvador. Necesitamos suplicar con muchísima más constancia e intensidad si es que queremos “vivir quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.” Hagámoslo.

4) Nuestro rol intercesor como hijos de Dios es una expresión de crecimiento y conformación a la imagen de Jesucristo.

“… el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo. Para esto yo fui constituido predicador y apóstol (digo verdad en Cristo, no miento), y maestro de los gentiles en fe y en verdad” (2:4-7).

Cuando nosotros creemos y seguimos a Jesucristo nos constituimos en hijos de Dios (Juan 1:12-13). A partir de ese momento, Dios trabaja en nosotros para conformanos a la imagen de Jesucristo Su Hijo. Esta su obra perfeccionada él la realiza por medio del Espíritu Santo, Su Palabra escrita, Su Iglesia y los sucesos cotidianos.

Dios espera, por tanto, que el carácter, la voluntad, el deseo salvífico y la veracidad de nuestro Redentor y Salvador Jesucristo sean también nuestros. Nuestra acción intercesora a favor de todos los hombres, en consecuencia, es una evidencia de que nosotros estamos creciendo en esa bendita semejanza.

Los cristianos no intercedemos ante Dios por todos los hombres para condenación y perdición. A nosotros no nos está ordenado actuar como fiscales ni jueces de los hombres. Nosotros, al ser el Cuerpo del Intercesor, queremos y buscamos para los hombres ante Dios lo mismo que Jesucristo quiere para ellos. Él no vino para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Recordemos que no pidió la condenación de los hombres al morir en la cruz, sino que Su Padre los perdonase por el pecado que estaban cometiendo al matarlo (Lucas 23:34).

Nuestra intercesión y nuestras peticiones son Jesús-céntricas. Esto significa que nosotros priorizamos y buscamos la salvación y el conocimiento de la verdad para todos los hombres por medio de ellas.

Nosotros evangelizamos y testificamos de la obra redentora de Jesucristo a favor, no de algunos pocos seres humanos, sino de todos los hombres (2:4, 6) en nuestras oraciones y súplicas.

El cristiano no pide venganza, ni juicio, ni condenación para todos los hombres en su intercesión. No importa cuanto sea el mal que recibe o cuanto sea el mal que hacen los hombres, el hijo de Dios no pide maldiciones ni el infierno para ellos por esa causa. El cristiano reconoce que está en esta tierra no para la condenación de los seres humanos, sino para su salvación. (Lucas 9:52-56). Su intercesión universal y espefífica por todos los hombres, en consecuencia, refleja y expresa el mismo espíritu salvífico de Jesucristo Su Salvador y Señor.

5) Orar por libre y voluntariamente por toda la humanidad es una expresión y una señal de que vivimos en comunión continua con Dios y con nuestro prójimo.

“Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda” (2:8).

Nuestro rol intercesor demanda que vivamos en una buena relación con Dios y con todos aquellos que nos rodean. Nosotros no podemos orar ni suplicar por nadie voluntaria y espontáneamente si estamos viviendo con pecados no confesados ni abandonados. Nosotros no podemos interceder ante Dios si estamos enojados y airados con alguien.

Es la voluntad de Dios que cumplamos nuestro rol intercesor en todo lugar -en donde estamos: en la casa, en la calle, en el trabajo, en el negocio, etc.- “… levantando manos santas, sin ira ni contienda” -no tenemos que tener ningún pecado contra Dios ni contra los hombres que no hemos solucionado-.

Es muy difícil que nosotros podamos orar e interceder por alguien ante Dios si no estamos en comunión con él y con nuestros semejantes. Dios no recibirá nuestras súplicas a favor de nadie ni de nosotros mismos si es que tenemos cuentas pendientes con nuestro prójimo.

Mateo 5:21-24 y 1 Pedro 3:1-7 testifican que nuestras oraciones no fluirán libremente hasta Dios si no nos purificamos de emociones y actos pecaminosos contra Dios y contra quienes se relacionan con nosotros.

Limpiémonos de todo fruto de la carne para cumplir espontánea y eficazmente nuestro rol intercesor con la ayuda de Dios, hermanos en Cristo.

Conclusión: Cumplamos nuestro rol intercesor con rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias a favor de todos los hombres.

Tenemos una responsabilidad trascendental ante Dios y ante los hombres. La iglesia, es decir, todos y cada uno de nosotros que creemos y seguimos a Jesucristo, está en este mundo para continuar la misión de su Salvador y Su Redentor -Su Cabeza-. No puede ni debe eximirse de su posición y deber, sino asumirla diligente e intencionalmente.

Nuestra intercesión es indetenible. Nadie puede impedirla, excepto nosotros mismos -por negligencia y por falta de ética de arrepentimiento-. Oremos por todos los hombres con ruegos y súplicas. Es urgente que lo hagamos.

Oremos por todos los hombres por su necesidad de Dios.

Oremos para que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de Jesucristo.

Oremos por las autoridades para que teman a Dios, amen la justicia, premien al que hace el bien y castiguen al que hace lo malo.

Oremos para que Dios siga extendiendo su gracia y su misericordia salvadora a todos los hombres por mucho más tiempo.

Oremos en todo tiempo, en todo lugar y en toda circunstancia.

Oremos a nivel personal, familiar, grupal y congregacional cada vez que tengamos oportunidad.

¡Ayudáme a cumplir mi rol intercesor a favor de todos los hombres, oh Dios y Padre de Jesucristo!

¡Obra en tu iglesia y en todos y cada uno de los miembros de ella a ver a la intercesión a favor de todos los hombres como la actividad prioritaria para practivar antes que cualquier otra!

¡Que el Dios y Padre de Jesucristo nos asemeje a Su Hijo para orar salvíficamente a favor de todos los hombres cada día!

¡Pongámonos en la brecha a favor de los hombres y que Dios nos encuentre allí en todo momento, hermanos! Amén y amén.

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