¡Mi amigo Percy ya descansa de su aflicción!

Hace dos meses que Percy se fue a su encuentro con el Señor Jesucristo.

Hace dos meses que él está en mi mente.

Su imagen y su historia, la parte que conozco, me tiene meditando en el sufrimiento interior.

El sufrimiento interior es el más terrible de los sufrimientos. Ese tipo de sufrimiento se lo padece solo, y todo el tiempo, y sin que los demás lo entiendan, y sin que nadie pueda ayudar, entender y menos consolar verdaderamente.

Cuando el sufrimiento es espiritual e interno, él único que puede ayudar, aliviar, consolar y animar es Dios. Percy tenía ese tipo de padecimiento y es por eso que se acercó a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo, quien vino del cielo a la tierra para salvarnos de nuestros pecados y de nuestra condenación.

Dios ayudó a Percy a sobrellevar su intenso dolor interno. Dios lo consoló y lo fortaleció porque Dios es Dios de toda consolación. Está porción de la Biblia describe bien al Dios que conoció Percy: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación.” (2 Corintios 1:3).

Percy profesó fe en Jesucristo entre el año 90 y el año 2000.

Lo conocí en mi primera experiencia pastoral en una congregación de mi ciudad. Pasé muy buenos tiempos de compañerismo y de edificación con él. Era muy entusiasta y diligente en el Señor y su obra. A él le gustaba anunciar el evangelio de Jesucristo. Siempre venía a verme para hablar de Dios y de su palabra, la Biblia.

Percy me introdujo a la predicación del evangelio por medio de una emisora. Él alquiló un espacio en una radio en El Porvenir (un Distrito de mí Provincia). En esa emisora, él transmitía música evangélica y clases bíblicas. A mí me correspondía la enseñanza. Hasta hoy recuerdo la serie de lecciones que brinde en su programa radial. Nosotros crecimos y edificamos a otros hablando del Discipulado Bíblico. ¡Pasamos un muy provechoso tiempo en ese programa radial!

Percy era un joven bastante noble, o “buena gente”, como decimos en mí ciudad. Él creció solitario, pero aun así era risueño y un poco bromista. Su sufrimiento espiritual y mental lo agobiaba. Toda su aflicción estaba en su ser interior. Nada fuera de él hacía presagiar lo que sufría.

El dolor interno que padecía Percy le abrumada. Él no podía dormir por el dolor. Eran muchas las noches que pasaba en vela. Sus ojos siempre estaban rojos por la falta de buen dormir. Esa su circunstancia, hacía que él siempre estuviese ansioso y sudoroso. Sus manos constantemente estaban húmedas. Los doctores que lo examinaron, no le encontraron mal físico; así que lo derivaron a los sicólogos, quienes tampoco le ayudaron suficientemente.

Tuve la oportunidad de aconsejar a Percy respecto a su enfermedad. Lo dirigí a Dios por medio de Jesús. Hablamos bastante sobre el sufrimiento indecible que experimentó Job y otros hombres de Dios en la Biblia. Pero, aunque creía y entendía lo que la Biblia decía, él sentía que su dolor era distinto. El dolor que lo afligía era muy fuerte y tampoco pude hacer mucho por él.

Percy se frustró conmigo porque no lo entendía; eso es cierto, y he aprendido que es muy difícil entender y sentir el sufrimiento del que sufre. Solamente el que sufre entiende su dolor. Solamente Dios, también, entiende perfectamente el dolor del que sufre.

En aquellos días, yo no era tan consciente de mí incapacidad para empatizar con el que sufre por dentro. Con todo, lo guíe a Dios. Le mostré por la Biblia que Dios sí entiende al que sufre. Y entiende porque es Dios, pero también porque al hacerse hombre en Jesús, experimentó el dolor humano, y se constituyó en él como nuestro sumo Sacerdote, que siempre se compadece de nosotros.

El autor del libro de Hebreos escribió: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” (Hebreos 4:15).

Dios me llevó a otra ciudad por varios años y es así como dejé de ver a mi amigo Percy.

Él y yo volvimos a vernos después de mucho tiempo.

Cuando lo volví a ver, Percy ya estaba casado y tenía hijos. Tenía un trabajo seguro y se veía mejor. Su fe en Cristo seguía firme. Seguía sirviendo a Dios y compartiendo el evangelio por medio de las redes sociales. Él, por el sufrimiento que siempre experimentaba, era solidario y compasivo. Siempre estaba apoyando en oración. Lideró, incluso, un movimiento de intercesión por medio de las redes sociales.

Los últimos días de Percy en este mundo fueron también de mucho dolor.

Me enteré de su condición porque un día recibí un mensaje de su cuenta de Messenger. Él mensaje no lo escribió él, sino un hermano en Cristo, que lo había acompañado durante su último período de dolor y de lucha espiritual y física, antes de dejar esta tierra.

Él hermano en mención me escribió y me dio la noticia de la partida de Percy hacia el Señor Jesucristo. Este hermano me narró los sufrimientos y las luchas que experimentó antes de partir. Sus males, esta vez, no fueron solo espirituales, sino también físicos.

La partida de Percy a la presencia de Jesucristo me hizo pensar mucho en el dolor espiritual y mental que sufren los seres humanos. Percy luchó con dolor mental y espiritual toda su vida en esta tierra. Él tuvo días en los que su sufrimiento era insoportable, pero Dios lo consoló y lo fortaleció para seguir adelante.

En un sentido, Percy hizo una vida “normal” a pesar de su dolor singular gracias a que conoció a Jesucristo y se hizo su discípulo.

Cuando recibí la noticia de la muerte de Percy, me sorprendí y entristecí. Dios, sin embargo, me consoló con este pensamiento, Percy ya descansa, ya está aliviado, ya ha dejado de experimentar el sufrimiento que lo acompañó toda su vida.

La muerte, para quienes creen en Jesús y le siguen, es el final del dolor y del sufrimiento que se experimenta en esta tierra. Al morir, los cristianos “descansan”, “reposan”. Se acaba todo su sufrimiento, todo su dolor. Eso mismo es lo que está viviendo ahora Percy. Necesitaba descansar y Dios le dio y le está dando descanso.

Dios me dio el privilegio de presentar el evangelio de Jesucristo en el sepelio de mi hermano en Cristo. Me esforcé en dejar en claro que Jesucristo perdona, salva y da vida eterna a todo aquel que cree en él.

Ruego a Dios que la familia de Percy siga también a Jesucristo.

Por lo demás, estoy contento por Percy.

Estoy seguro que él ahora está sosegado, aliviado y tranquilo.

Ya nada le aflige, ya nada le genera dolor.

Esta palabra de Juan en Apocalipsis se está cumpliendo en este mi hermano en Cristo: “Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.” (Apocalipsis 14:13).

¡Jesús se fue, pero volverá!

¡Cómo se fue Jesús a los cielos, así  es como él vendrá otra vez!

Los cristianos estamos esperando el retorno de Jesucristo.

Nuestra vida está en sus manos y solamente cuando él venga está nuestra vida será plena y gloriosa.

Nosotros creemos que Jesús es Dios hecho Hombre. Él, quien es Dios Hijo, la segunda persona del Único Dios vivo y verdadero, vino a esta tierra, se encarnó y habitó entre nosotros los seres humanos para que conozcamos y tengamos compañerismo con Dios.

Nosotros conocemos muy bien la historia de la salvación de Dios a través de Jesús, la cual está narrada en los cuatro evangelios. En estos cuatro libros se nos muestra con hechos que Jesús es a quien Dios envió para buscarnos y salvarnos de nuestra condenación y perdición.

La obra cumbre de Jesús fue su muerte por nuestros pecados y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Todo esto en conformidad con las escrituras del Antiguo Testamento, que se cumplieron específicamente en él.

Jesús, una vez resucitado, se dedicó por cuarenta días a enseñar a sus discípulos todo lo concerniente al reino de Dios.

Luego de esto, él ascendió a los cielos y sus discípulos, que estaban con él, lo vieron y son testigos oculares de este su ascenso.

Sus discípulos miraron impresionados el ascenso de Jesús a los cielos. Ellos no dejaron de mirar los cielos aun cuando Jesús ya había sido ocultado de su vista por una  nube.

Fue en esa circunstancias que se les dijo a ellos que Jesús volvería otra vez. Los que dieron el anuncio profético de la venida de Jesucristo fueron dos varones (dos ángeles) que estaban vestidos con vestiduras blancas.

Lucas, el autor del libro de Hechos, testifica este maravilloso acontecimiento: “Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entretanto él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” (Hechos 1:10-11).  

¡Cómo se fue, así es como Jesús vendrá otra vez!

Jesús vendrá y tomará a su iglesia para que se reúna con él en los cielos.

Cuando esto ocurra, los cristianos que ya están muertos, serán resucitados; y los cristianos que todavía estén vivos, serán transformados.

Luego, tanto los resucitados como los transformados, serán arrebatados en la nubes para recibir al Señor Jesús en el aire, para estar así siempre con el Señor (1 Tesalonicenses 4:13-17).

Los cristianos siempre están esperando a Jesús.

El alma de los hijos de Dios anhela el regreso de su salvador.

Todo discípulo de Jesucristo quiere que él venga y asuma ya su reino totalmente.

Jesús vendrá personalmente a arrebatar a su iglesia. No tengamos ninguna dura de eso. Él dio su vida y compró a cada hijo de Dios con su sangre preciosa, la cual es más valiosa e incorruptible que el oro y la plata. Nosotros le pertenecemos y nos vendrá a llevar a su gloria para estar con él por toda la eternidad.

Nuestra esperanza no está en este mundo.

Nosotros no queremos estar aquí por siempre.

Nuestra ciudadanía está en los cielos y desde allí esperamos a Jesús, nuestro Señor y Salvador, quien nos transformará y nos dará un cuerpo semejante a la gloria suya.

El retorno de Jesucristo desencadenará una serie de acontecimientos gloriosos y magníficos con los que se dará fin a este mundo presente para alumbrar el mundo nuevo, que será grandioso y maravilloso.

Jesús mismo ha dicho que vendrá y tenemos que está seguros y confiados que así será.

Sus últimas palabras en el libro de Apocalipsis 22:20 fueron: “… Ciertamente vengo en breve.”

Jesús siempre cumple su palabra y por eso que la iglesia de Cristo contesta así a esta su promesa: “Amén; sí, ven, Señor Jesús.”

¡Animémonos y alentemos unos a otros con esta bendita esperanza del retorno de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, quien pronto viene por nosotros! ¡Sirvámosle y hablemos de Jesús a quienes nos rodean para que crean en él y le sigan y sean salvos! ¡Qué Dios nos ayude a vivir para Cristo entretanto lo esperamos con ansias! Amén.

¡Hijos benditos de Dios por medio de Jesucristo!

Hijos benditos de Dios por medio de Jesucristo Su Hijo.

Los hombres y mujeres que creen y siguen a Jesucristo son hijos de Dios. Ese es un privilegio y una bendición grande que Dios les da a ellos por la fe en Jesucristo. Son muchos los hombres y mujeres que creen y siguen a Jesús y que son, por tanto, hijos de Dios. Estos hijos de Dios, entonces, son amados, perdonados, libres de condenación, herederos de Dios y coherederos con Cristo.

El apóstol Pablo escribió al respecto: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.” (Romanos 8:16-17).

Esta bendición no es de todos los seres humanos, pero no porque no esté a su alcance, sino porque existe un gran sector de seres humanos que no cree, no acepta y no recibe a Jesús como enviado de Dios. Ese grupo de humanos, por tanto, se queda en su condición caída, que es heredada de Adán, quien desobedeció a Dios y arrastró a todos a esa condición.

La condición caída está sintetizada en esta palabras de Romanos 3:23: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” La desobediencia de Adán nos constituyó a todos pecadores y destituidos (expulsados, echados, prohibidos, sin derecho a, sin el privilegio) de la gloria de Dios. En consecuencia, no nos es posible comunión ni compañerismo con Dios en esa nuestra condición caída. Es justamente por ese hecho que Adán y Eva se escondieron de Dios por miedo a él en el huerto.

Dios, que es bueno y que nos ama y no nos quiere perdidos, envió a Jesucristo para revertir nuestra desdichada condición caída. Jesucristo vino a esta tierra y se dedicó a buscar y a salvar lo que se había perdido. Su obra cumbre para salvarnos fue su muerte por nuestras transgresiones y su resurrección de los muertos al tercer día para nuestra justificación. Pablo escribió así al respecto: “… a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación.” (Romanos 4:24-25).

Los evangelios, que son cuatro (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), son clarísimos respecto al hecho de que Jesús es Dios hecho Hombre y él único que puede perdonar nuestros pecados y librarnos de nuestra condición caída. Así es como se presentó Jesús desde el principio de su vida en este mundo y, sobre todo, cuando empezó a predicar y a enseñar siendo ya de unos treinta años de edad.

Jesús, sin embargo, no fue recibido, ni aceptado como Hijo de Dios. Al contrario, él fue rechazado. El clímax de su rechazo fue su cruenta muerte por nuestros pecados y la negación de su resurrección por parte de las autoridades judías de ese tiempo.

Pero no todos rechazaron a Jesús. Él tuvo gente que le creyó desde el principio. Todos estos que creyeron en él y le siguieron fueron sus discípulos y sus testigos oculares de quien fue realmente él, y de todo lo que hizo y que probó verdaderamente que él es Dios hecho Hombre.

Juan se refiere a estos discípulos de Jesús cuando dice “… mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios”. Todo aquel que creyó y siguió a Jesús ese tiempo recibió “el derecho”, “el permiso”, “el privilegio” y “la facultad” de ser hijo de Dios.

Pero el ser hijos de Dios por creer en Jesús y seguirle no fue solo para la gente de aquellos días, sino también para nosotros que vivimos en este tiempo. A Nosotros también se nos anuncia el evangelio de Jesús para ser salvos de nuestros pecados e hijos de Dios. Si nosotros creemos en Jesús, y le recibimos, y le seguimos genuinamente como sus discípulos, seremos entonces hijos benditos de Dios, pues, esta palabra es también para nosotros hoy: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:12-13). 

Ser hijos de Dios por la fe en Jesús es nuestro privilegio bendito. Al creer, Dios, por medio de Su Espíritu Santo, nos hacer nacer de nuevo y nos imparte su vida, sus valores y su naturaleza, la cual se acrecentará continuamente, hasta que lleguemos a ser semejantes a Jesucristo, Su Hijo.

¡Creamos en Jesús mientras estamos en esta tierra! ¡Aprovechemos que estamos vivos y pongamos nuestra fe en Jesús para ser hijos de Dios¡ ¡Nada ni nadie es más valioso e indispensable que la bendición eterna de ser hijos de Dios por medio de Jesucristo Su Hijo! Amén.

¡Iluminados y alumbrados por Dios y por Jesucristo Su Hijo!

Al salir del avión y experimentar la claridad y la energía del sol abrazador selvático me vino a la mente un texto profético del Apocalipsis. En ese texto se anticipa un mundo nuevo en el que el sol será minimizado.

El sol es vital para la vida en esta tierra. ¿Cómo es que se sustentará la vida en ese mundo nuevo si es que el sol es opacado?

El texto del Apocalipsis lo dice clara y contundentemente: La gloria de Dios y de Jesucristo Su Hijo iluminarán y alumbrarán la ciudad en que habitarán los hijos de Dios. Está escrito: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que alumbren en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera” (Apocalipsis 21:23).

La vida eterna en la ciudad celestial que Dios tiene preparada para sus redimidos se augura maravillosa y esplendorosa. Allí, la luz del sol y de la luna no nos serán necesarias. La vida, la salud, la claridad y la energía que requerimos para vivir ya no nos serán dadas por ambos astros, sino por Dios y por Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. ¡Cuán bendita es la esperanza que Dios nos da a conocer en la Biblia, su palabra!

¡Quiénes creen en Jesucristo y le siguen tienen certeza y seguridad tanto para sus vidas en esta tierra como para sus vidas en la eternidad! Los seres humanos no vivimos y nos morimos y ya no hay nada más. No es así. Hay otra vida después de ésta. Hay otro mundo también. La biblia nos dice la verdad respecto a lo que viene y haremos muy bien en creerla y vivirla.

El frío no me gusta, y si es por mucho tiempo, menos. El frío me estremece, me entume, me enferma y paraliza. Prefiero al sol, a su luz, a su calor, a su energía. La luz del sol y su calor me serán algo incómodos, pero me dan vigor y ganas de andar y de obrar. El calor del sol no me deja en cama, me impulsa a levantarme, a pararme.

Espiritualmente también es así. No me gusta estar frío, sin energía y sin ánimo. Necesito a Dios y a Jesucristo Su Hijo. Dios me da aliento y energía para vivir cada día. Él me sostiene y me motiva. ¡Doy gracias a Dios por permitirme conocerle y seguirle por medio de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador!

¡Qué grandioso va a ser el día en que empecemos a vivir la eternidad al lado de Dios! Allí ya no habrá nada ni nadie que nos debilite y desaliente. Vivir iluminados y alumbrados por Dios y Jesucristo Su Hijo ya hoy es glorioso, y lo será mucho más en la eternidad. Amén.

José, el hombre que venció el mal con el bien.

José es el hombre que todos debemos ser. Él experimentó lo bueno y lo malo de la vida, y estas experiencias lo moldearon según la voluntad de Dios. Lo bueno y lo malo no afectaron negativamente su carácter; al contrario, lo enriquecieron y perfeccionaron.

En este mundo, lo bueno y lo malo son inevitables. Todos los seres humanos los experimentamos en mayor o menor grado.

Lo malo incluye la maldad, el odio, el maltrato, la violencia verbal y física, la mentira, la injusticia y la ingratitud. Lo bueno abarca el bien, el amor, el buen trato, la amabilidad verbal, la veracidad, la justicia y la gratitud. José sufrió lo malo y disfrutó lo bueno de la vida.

José sufrió lo malo principalmente de sus propios hermanos. Siendo el penúltimo de doce hermanos, fue aborrecido, envidiado y maltratado  por ellos. Finalmente, fue vendido como esclavo.

José también sufrió en la casa de su amo, donde fue acosado sexualmente por su patrona, y al rechazarla, fue calumniado y encarcelado injustamente.

En prisión, José interpretó los sueños del copero y el panadero del Faraón de Egipto. Aunque el copero fue liberado, olvidó interceder por José ante Faraón durante dos largos años.

A pesar de estas injusticias, José no se dejó llevar por el resentimiento ni la amargura. En cambio, perdonó a sus hermanos y no guardó rencor contra la esposa de Potifar ni el copero.

Experimentar lo malo causa dolor, impotencia, frustración, decepción, tristeza, llanto, desaliento, etc. Estas emociones son normales y transitorias, pero pueden convertirse en emociones dañinas y destructivas, si es que no se las vence con el bien.

José tiene que haber luchado mucho en su interior para no convertirse en resentido, amargado, frustrado, vengativo y odioso. La narración bíblica no muestra esa su lucha interna. Empero, la escritura y la evidencia empírica nos dan sustento para afirmar que él no fue ajeno a la tentación de pagar con emociones y actos malos a quienes lo maltrataron.

El relato bíblico muestra a José siendo un hombre bueno e interesado por el bienestar de los demás. Lo malo que experimentó de parte de otros no lo hicieron un mal hombre. No, no fue así. Lo malo que padeció lo hizo atento, paciente, considerado, misericordioso, perdonador y bondadoso.

José interpretó y reaccionó a lo malo de la vida y a la maldad desde su fe y su temor a Jehová su Dios. Él andaba con Dios. Dios estaba presente en todas sus acciones. José sabía que Dios estaba con él y que todo suceso por más malo que fuese estaba bajo su control soberano.

José testificó que Dios trató y estuvo con él durante todo el tiempo en que sufrió lo malo. Él quiso que se supiese siempre lo que Dios había hecho en su vida durante su aflicción; es por eso que llamó Manases a su hijo mayor.

Manases significa “hacer olvidar”. José nombró a su hijo dando esta su razón: “… porque Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre.” (Génesis 41:51).

Dios consoló a José en su dolor y en su amargura. Fue Dios quien alivió su tristeza por el mal que le hicieron. Fue Dios quien hizo que “olvidase” lo mal que fue tratado.

Nosotros no estamos exentos de experimentar lo malo. Los primeros cristianos sufrieron lo malo, pero Dios trató con ellos como lo hizo con José.

A nosotros lo malo nos tiene que ayudar siempre a ser buenos. Nuestro carácter como hijos de Dios tiene que ser fortalecido y perfeccionado para conformarnos a la voluntad de Dios.

La exhortación de Pedro a los cristianos de su tiempo nos es pertinente. Nosotros debemos sufrir lo malo de la vida siendo buenos. Él escribió: “Así qué, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello.” (1 Pedro 4:15-16).

Seamos como José. Que padecer lo malo y a los malos nos haga buenos para nuestro Dios y para Jesucristo Su Hijo. No dejemos que lo malo nos haga perder el gozo de nuestra salvación. Jesucristo vino para darnos vida en abundancia y no lo malo ni los malos deben interrumpir esa vida bendita.

Vencer el mal con el bien es posible para quienes que somos hijos de Dios por medio de Jesucristo. Lo malo y los malos deben fortalecer y afirmar nuestra personalidad como nuevas criaturas en Cristo Jesús.

José es un ejemplo que nosotros debemos emular. ¡Qué Dios nos ayude!

¡Dios y Padre de Jesucristo, haz que lo malo de la vida acreciente nuestro amor, devoción, confianza y lealtad plena a ti y a tu Hijo Jesucristo! Amén y amén.

¡Siempre transparentes y visibles ante Dios!

Dios está siempre presente. Él ve todo y sabe todo. No hay nada de nosotros que escape a su percepción.

Nos observa tanto en la luz como en la oscuridad. Ni las tinieblas más profundas ni el escondite más recóndito pueden ocultarnos de su presencia. Todos somos transparentes y siempre visibles ante sus ojos.

El escritor del Salmo 139 sabía que Dios es omnisciente y omnipresente. David sabía que nunca se deja de estar en la presencia de Dios. Él está siempre y también ve todo en todo momento. No existe un instante de nuestra vida que está fuera de su vista.

Dios nos vio en el vientre de nuestra madre. Él nos ve al levantarnos y al sentarnos. Él nos ve cuando andamos y también cuando descansamos.

La vista de Dios cubre nuestro ser interior y también el exterior.

Él contempla nuestros pensamientos, intenciones y acciones. Dios percibe nuestra tristeza y nuestra alegría, nuestro ánimo y nuestro desánimo, nuestra fortaleza y nuestra debilidad.

Dios nos conoce profundamente y podemos ser auténticos en su presencia. ¡Qué maravilloso es conocer y relacionarnos con este bendito y glorioso Dios a través de la fe en Jesucristo, Su Hijo, nuestro Señor y Salvador!

David estaba impresionado y maravillado por Dios y sus virtudes. Él era consciente de la imposibilidad de escaparse de la presencia de tan grande Dios. Su reacción natural ante esta cualidad de Dios fue la alabanza y la adoración reverente y gozosa.

Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo tenemos que ser genuinos siempre ante Dios. Debemos pararnos ante él con confianza y sinceridad. No hay razón para la doblez sino para la transparencia y la autenticidad. ¡Alabemos y adoremos respetuosa y alegremente a través de Jesús a este nuestro maravilloso y grandioso Dios todo vidente! Amén.

El ateo y sus problemas por causa de su “gran” fe en la no existencia de Dios.

El ateo tiene problemas graves y fundamentales por negar la existencia de Dios. Desde luego, él no acepta que tiene problemas por no creer en Dios. No. Él niega estos sus problemas.

Los problemas de los ateos como consecuencia de “su fe”, que ellos no asumen ni aceptan como “fe”, son varios y muy serios.Por cierto, la fe del ateo es más grande, aunque no por eso mejor, que la fe del creyente en Dios. La razón de la grandeza de la fe del ateo es que él cree en “él”, es decir, en su creencia, en última instancia, “él es dios” (aunque él sabe, y nosotros también, que no lo es).

El cuestionamiento de un periodista ateo al entrenador de España Luis de la Fuente por causa de su fe en Dios me llamo la atención y me hizo pensar en ese periodista ateo y en sus problemas en razón de su “creencia” que intenta ser “increencia”.

En la entrevista previa al partido final de la Eurocopa, un periodista que se identificó como ateo, afirmó que le generaba problemas que el entrenador no dejase su lado su fe al preparar el partido de la final. El entrenador le contestó que a él también le generaba problemas el ateísmo del periodista, pero que respetaba esa su opción. La respuesta del entrenador provocó risas en el resto de los oyentes. (En una entrevista anterior, una periodista le preguntó si era supersticioso; ella hizo esta pregunta porque Luis de la Fuente se persigna siempre. Luis de la Fuente negó en esa entrevista que su acto fuese superstición; él calificó su acto como expresión de fe, de verdadera fe en Dios, ya que él es creyente católico).

…

Los ateos se meten en líos y tienen líos muy serios por negar la existencia de Dios.

A mí me ha caído muy bien la luz del lío del ateo que se hizo visible en la entrevista al entrenador Luis de la Fuente, quien dirigió al equipo de futbol de España a la conquista de Eurocopa 2024, que terminó este 13 de julio.

A continuación la lista del al menos cinco problemas cruciales que tiene todo ateo y que les imposible de resolver como consecuencia de negar la existencia de Dios:

1. El Ateo no tiene punto de referencia para su existencia, su ser y su vida.

En el plano meramente humano todo ser humano tiene un punto de referencia para su existencia en este mundo. Su punto de referencia son sus padres, su padre y su madre.

Excepto Adán y Eva, todos dependemos de nuestros padres para nuestra existencia. Sin nuestros padres, ninguno de nosotros tiene existencia, ni ser, ni vida.

Nuestra existencia, nuestro ser y nuestra vida no nos son propias, nos vienen “de” y “por” nuestros padres.

Es imposible negar este hecho.

Asumiendo y dando por sentado que la existencia, el ser y la vida de todo ser humano son consecuencia de sus progenitores, preguntó: ¿Qué pasaría con un ser humano que, por cualquier motivo que sea, llega a la conclusión que su padre y su madre no son sus padres? ¿En qué le afectará esa decisión?

Su determinación, desde luego, no anulará su existencia, ni su ser, ni su vida. Empero, eso sí, le afectará en quedará sin su punto de referencia para explicar su existencia, su ser y su vida. Él no podrá responder estas preguntas fundamentales: ¿de dónde vengo? ¿cómo es que llegué aquí? ¿qué es lo que soy?

Al negar que sus padres son sus padres, este ser humano se queda sin aquellos que pueden darle la respuesta verdadera a estas cruciales preguntas.

En el ámbito espiritual, y yendo ya al plano vertical, y espiritual, todos los ateos tienen este problema respecto a explicar su existencia, su ser y su vida.

Los seres humanos siempre han explicado su existencia, su ser y su vida a partir de Dios y su poder creativo. El ateo no cree en Dios y niega su existencia, en consecuencia, no puede explicar su existencia a partir de lo que Dios dice.

El ateo tiene que explicar su existencia sin tomar en cuenta a Dios. Ese es su principal y fundamental problema.

Este gran y crucial problema, lleva al ateo a otro problema grave.

2. El Ateo tiene que inventar el relato sobre su existencia, su ser y su vida.

El ser humano que niega que sus padres son sus padres, “se queda” sin quienes le dieron la existencia, el ser y la vida, y también sin su narración de cómo es que le dieron las mismas.

En consecuencia, este ser humano tiene que “inventar” una narrativa, un relato, una explicación sobre cómo es que vino a este mundo. Y desde luego, tal “historia” saldrá de su propia mente, de su imaginación, que tendrá que “indagar” e “indagar” en fuentes y en testimonios “inexistentes”.

Este ser humano podrá vestir y revestir su “historia” de veracidad y de exactitud, pero será irreal, mítica y alejada de la realidad, aun cuando está exponiendo un hecho real; su existencia, su ser y su vida.

Esto mismo le pasa al ateo.

Como no cree en Dios y como desconoce su exposición de cómo es que él creo el universo y todo lo que existe, incluyendo a los seres humanos, sus criaturas corona de su creación, el ateo tiene que “inventar” e “imaginar” la narración que expone como es que el tiene existencia, ser y vida.

El ateo tiene que “crear” su relato, que aunque trate de su origen, que es real, ya que él existe, es y vive en el tiempo y en el espacio, es imaginado, inventado, mítico.

Este es el segundo problema del ateo, él no tiene el relato verdadero sobre su existencia, su ser y su vida. Su relato no tiene fuente informativa veraz ya que es producto de su imaginación.

El relato del ateo sobre su existencia es en sí mismo una fantasía, su fantasía.

Este segundo problema del ateo le lleva a un tercer no menor problema.

3. El Ateo vive su existencia, su ser y su vida sobre una narrativa falaz.

El hijo que niega a sus padres inventa e imagina su historia, la cual es mítica, falsa. Este hijo reinvindica y vive su vive toda su vida en función de esa narrativa falsa. Todos sus principios y valores emanan de una realidad imaginada.

Pasa lo mismo con el ateo.

El ateo vive su vida en base a una historia falsa. Sus principios y valores surgen de una falacia, aun cuando él se desenvuelva igual a cualquier otro ser humano creyente que tiene una narrativa veraz sobre su origen.

Este hecho nos lleva al cuarto problema del ateo. 

4. El ateo no tiene soporte externo genuino para su existencia, su ser y su vivir diario.

El hijo que niega que sus padres son sus padres no pueden acudir a ellos por ayuda. Su ayuda vendrá de aquellos a quienes en su mítica historia ha denominado como “progenitores”, como “familia”. Empero, esos “progenitores” y esa “familia” no existen y no le darán ayuda real.

Eso mismo pasa con el ateo y es justamente en este punto donde el periodista ateo se escandalizó con el hoy entrenador de España, don Luis de la Fuente. Al periodista ateo le “generaba un problema” y no podía entender que Luis de la Fuente, y varios de sus jugadores, buscasen soporte en su fe en Dios al competir en su deporte.

El ser humano que cree en Dios siempre buscará su ayuda y siempre le agradecerá a él por ella. El creyente en Dios no vive su vida sin depender de Dios y de su ayuda. El ateo en cambio no puede hacer vivir así. El ateo siempre cree que todo está en sus manos y es por eso que no solicitará ayuda de Dios.

El ateo buscará ayuda de aquellos a quienes él considera sus progenitores, pero éstos, como no existen, porque se los ha inventado e imaginado (Isaías 44:16-17), no le pueden ayudar. En consecuencia, el ateo no tiene ayuda externa a sí mismo que le sea real.

El ateo, por tanto, se parece a los hombres idólatras describe en la BiBlia. Estos idólatras se inventan sus dioses y piden de ellos su ayuda, pero como éstos realmente no existen, no les ayudan (Isaías 37:18-19). Él ateo, entonces, está siempre solo, solo, solo; no tiene ayuda fuera de sí mismo.

Esto nos lleva al quinto y último problema de ateo.

5. El ateo vive toda su vida esperando un final que no le será real.

En este punto dejo ya la analogía del hombre que niega que sus padres son sus padres. Ahora me enfocaré solamente en el final que espera y anticipa el ateo para sí mismo.

El ateo, al no creer en Dios, ha inventado e imaginado una narrativa sobre su propio origen, que es real, y que él en ninguna manera puede negar. Esa narrativa le ha dado principios valores sin fundamento real, y es en función de ellos que él ha edificado su vida entera. Su narrativa le ha dado también una esperanza, la cual es irreal y falaz, porque la ha edificado sobre una historia falsa.

El día que su vida en esta tierra termine el ateo se encontrará con Dios, Su Creador. Ese día ha de ser terrible para él. Ese día se encontrará con aquel a quien él ha negado. Ese día él verá el craso error existencial que vivió.

…

Finalmente, y terminado este escrito sobre los problemas en los que se meten los ateos con su negación de la existencia de Dios, quiero resaltar el valor que tiene el vivir en esta tierra en función a nuestra fe en Dios en toda área de nuestra vida.

Quienes creemos en Dios y Su Hijo Jesucristo, quien fue enviado a la tierra para salvarnos de nuestros pecados y librarnos de toda condenación, tenemos también nuestros problemas, pero no son ninguno de los cinco problemas que tiene el ateo.

Es más, nuestra creencia en el Dios y Padre de Jesucristo, quien envío a Su Hijo para que muriese por nuestras transgresiones y resucitase para nuestra justificación (Romanos 4:25), no solamente nos soluciona los cinco problemas del ateo, sino que también nos asiste y nos socorre y nos fortalece para afrontar cada problema y desafío que tengamos en esta vida.

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Las respuestas y el testimonio de Luis de la Fuente, entrenador de España, y campeón de la Eurocopa 2024, me han entusiasmado. Me alegra mucho cuando se testifica valiente, sabia y respetuosamente la fe en Dios en una sociedad que ha abandonado la fe y que escracha y menosprecia a los que creen en Dios y esperan en él.

Los creyentes en Dios, el único que existe y que se ha revelado en la Biblia, tenemos que cobrar ánimo y testificar de él con alegría, valentía y entusiasmo. Tenemos que contar las virtudes de nuestro buen Dios a toda persona que se relaciona con nosotros. (1 Pedro 2:9-10).

Negar la existencia de un hecho, no lo hace desaparecer.

Así como el que un hijo niegue que sus padres son sus padres no anula el hecho de que sus padres existan y sean sus padres, así tampoco se anula la existencia de Dios por el hecho de negar que él es real y que verdaderamente existe y es el creador y el sustentador de todo cuanto existe.

Dios existe, es y vive para siempre. El ateo no tiene razón y es por eso que tiene problemas con la vida de fe de los creyentes en el Dios y Padre de Jesucristo, el único Dios vivo y verdadero.

El ateo verdaderamente tiene problemas. Sus problemas son graves aunque él mismo no sea consciente de eso.

El ateo tiene un problema con Dios y debe arreglarlo con él.

Dios está disgustado con el ateo y lo califica de necio (Salmos 14:1).

Dios, sin embargo, no está cerrado a rescatar al ateo de los problemas que tiene por causa de negar él existe, es y vive para siempre. Dios quiere rescatar al ateo y hacerlo salvo de sus pecados.

Gracias a la misericordia y la paciencia de Dios, hay esperanza para todo ateo. ¡Qué bueno que es así! ¡Qué Dios siga teniendo misericordia de los ateos y los rescate de la narrativa falaz sobre la que viven! Amén.

¡Qué Dios obre en quienes creen en él y le siguen por medio de Jesucristo Su Hijo para que testifiquen de él valiente, sabia y respetuosamente dondequiera que estén! Amén y amén.

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Luis de Fuente aclara que no es supersticioso, sino creyente.

https://www.youtube.com/shorts/yeA77f3C9yU

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Luis de la Fuente en la entrevista en la que el periodista le dice que como ateo tiene problemas con él por causa de su fe en Dios. (minuto 23 en adelante).

¡Los cristianos son competentes para vivir en Dios y hablar de Jesucristo y su salvación!

Conducir a los hombres hasta Dios, al único y verdadero, Jehová, el Dios y Padre de Jesucristo, para que crean en él y le sigan y sean sus hijos, no es tarea solo humana, sino también divina. No es posible realizar esta eterna y urgente labor en la aptitud y suficiencia humana … ¡Es imprescindible el poder, la sabiduría y la aptitud que solamente Dios puede dar!

Pablo fue un competente testigo de Cristo. Él es nuestro ejemplo a seguir. A nosotros nos toca también testificar de Jesucristo y su obra de salvación y tenemos que aprender mucho de él y de su trabajo.

La evidencia bíblica respecto a Pablo como discípulo, testigo, maestro, predicador e interprete de las Sagradas Escrituras es impresionante. Pablo hizo un trabajo laborioso, suficiente, eficiente, fructífero y productivo. Su legado en discípulos, iglesias y libros, testifican de su efectividad. Dios lo usó … “y lo usa”, “y lo sigue usando” todavía hasta hoy.

Pablo, sin embargo, para evitar una falsa interpretación de él y de su trabajo, testifica que su suficiencia y su capacidad para cumplir su tarea no fue suya, sino de Dios. Fue Dios, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, quien lo capacitó y habilitó con denuedo, sabiduría, poder y valentía para hablar el evangelio por dondequiera que fue.

Rescatar a los hombres de su propio pecado y de las garras del diablo no es posible para los seres humanos; se requiere necesariamente del poder y de la sabiduría de Dios. Sin Dios este objetivo es imposible, pero con él y con su poder, siempre se puede trabajar confiado y esperanzado. Está escrito: “… ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible.” (Mateo 19:25-26).

La palabra competencia en 2 Corintios 3:4-6 es una palabra poderosa y significativa. Ella resume “la combinación de conocimientos, capacidades, habilidades, actitudes, que se expresan en el saber hacer, en el hacer bien lo que se encomienda”. Esta palabra califica e identifica a los trabajadores útiles y destacados en sus tareas y Pablo lo era, pero no por sí mismo. Este es su testimonio: “Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.”

Los sinónimos específicos de esta palabra en base son también impresionantes: “poder”, “capacidad”, “autoridad”, “pericia”, “aptitud”, etc. Todo trabajador competente es confiable. Se puede estar seguro y tranquilo con trabajadores así.

Pablo usó esta palabra para describir su suficiencia y su competencia al predicar y enseñar el evangelio de Jesucristo y las sagradas escrituras a los hijos de Dios y a toda la iglesia. Esa su suficiencia y competencia no le era propia, provenía de Dios. Él quería dejar muy en claro ese hecho. Dios le hizo “capaz”, “apto”, “suficiente” y “competente” para el trabajo que le encomendó. Es por eso que él se dedicó con toda confianza y por entero a ese su trabajo.

Enseñar, predicar y compartir el evangelio es una obra espiritual, no carnal. El ser humano está perdido y bajo el dominio del diablo. Él no puede ser salvo y libre de esa su terrible condición por sí mismo ni tampoco por la ayuda de todos los seres humanos habidos o por haber. La salvación y la liberación espiritual es obra de Dios.

El hombre pecador solamente puede ser salvo si es que cree en el evangelio de Jesucristo, que es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Y ese mensaje solo puede ser anunciado competentemente en el poder y la sabiduría de Dios. Los hombres que anuncian el evangelio tienen que ser hechos competentes por Dios mismo para que “… la excelencia del poder sea de Dios…” visiblemente y no de ellos. (2 Corintios 4:7).

Todos quienes hoy testifican, enseñan y proclaman a Jesucristo y su obra de salvación necesitan que Dios obre en ellos y a través de ellos. ¡Y él lo hace, créanlo! Él es el principal interesado en salvar a los pecadores. Él es quien establece, perfecciona, capacita, empodera y usa a los pecadores que creen en Jesús y le siguen.

La vida cristiana no se vive en la fuerza ni la competencia de uno mismo. Nada se sobrelleva ni se soporta sin Dios ni su intervención a nuestro favor.

Dios es el que empodera, capacita, entrena, habilita y fortalece a quienes creen en Jesús y le siguen y le sirven.

Los que testifican de Cristo y predican y enseñan la palabra de Dios a la humanidad y a la iglesia necesitan que Dios los haga aptos para su tarea y para vivir agrandándole cada día.

Pablo lo sabía y es por eso que escribió también estas palabras: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriare más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (2 Corintios 12:9-10).

¡Dios hace competentes, suficientes y aptos para creer, crecer, servirle y obedecerle a quienes ponen su fe en Jesucristo! ¡Qué Dios nos ayude y nos siga haciendo competentes, suficientes y aptos para predicar el evangelio de Jesucristo a mucha más personas! Amén.

El amor de Dios en sus hijos: vivir, reaccionar y relacionarse solo por amor.

Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo viven y se relacionan con sus semejantes por amor, con amor y en amor.

Ellos imitan a Dios como hijos amados y todas sus acciones, reacciones y motivaciones surgen y se originan en el amor, el amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en sus corazones (Romanos 5:5).

El seguidor de Jesucristo, por tanto, no odia ni aborrece a nadie. (No debería). (Estas emociones son obra de la carne).

El cristiano no puede vivir en ira pecaminosa ni en enojo permanente. Su llamado a no guardar rencor y a perdonar siempre están implantados en su mente y en su corazón por la fe en el Dios que lo ha transformado al creer y seguir al Hijo Unigénito de Dios. (Estas emociones son obra de la carne y se opone al ideal del Espíritu que Dios ha puesto en él. Gálatas 5:16-21).

Por causa de Jesús, entonces, toda la vida, las obras, las reacciones y las motivaciones de los cristianos en esta tierra emanan (y tienen que emanar) del amor de Dios.

Su primer amor, desde luego, está dedicado y dirigido a Dios, Su Creador, Su Sustentador y Su Redentor. Él está llamado a amar a Dios con toda su mente, su alma, su corazón y sus fuerzas (Deuteronomio 6:4-5).

Los cristianos aman y deben amar a Dios con todo su ser. Está escrito: “Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.” (Mateo 22:37-38).

Dios es la fuente, el río y el océano del amor del discípulo de Jesucristo.

La señal más evidente de este su amor a Dios es su obediencia a la palabra escrita de Dios que está únicamente en los sesenta y seis libros de la Biblia. El cristiano, por tanto, demuestra y hace evidente su amor a Dios por medio de hacerle caso a él antes que cualquier otro. (Juan 14:15, 21; Hechos 4:19-20; 5:29-32).

El hijo de Dios por la fe en Jesucristo ama también a quienes lo rodean, tanto a los que están cerca como a los que están lejos. Él ama a todos los seres humanos. Su amor a Dios (al que no ve) se hace visible en su amor a sus semejantes (a los que él sí ve).

Su amor no es solo de palabra, sino de hecho (1 Juan 3:16-18). El cristiano obedece a Dios y ama a su prójimo como se ama a sí mismo. Esto es lo que dijo Jesús al respecto: “Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:39).

Toda la ley de Dios depende del amor a Dios y al prójimo y los discípulos de Jesucristo lo saben muy bien. (Mateo 22:40; Romanos 13:8-10). Vivir en amor es cumplir con la voluntad de Dios expresada en las Escrituras.

Obviamente, el amor del discípulo de Jesús para con sus semejantes se manifiesta y se expresa primero en su familia de sangre, según el vínculo natural que le une a cada miembro. Así, él ama a sus padres y expresa ese su amor respetándolos, obedeciéndolos, honrándolos y cuidándolos. Ama a sus hermanos y expresa su amor a ellos con cuidado, ayuda y servicio diligente. El amor del cristiano se extiende también al resto de sus familiares que derivan de su padre y de su madre.

El creyente, asimismo, al contraer matrimonio para formar su propia familia, ama su cónyuge, a sus hijos y a los familiares de su cónyuge. (Efesios 5:21-6:4). El amor divino en el corazón de los cristianos, y no solo el amor natural, es vital en todo hogar cristiano y lo identificará y lo distinguirá ante quienes lo rodean. 

Los cristianos se conducen con amor y en amor al relacionarse con sus hermanos espirituales, que son todos aquellos que creen y siguen a Jesucristo, y que constituyen la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3:14-15).

Este amor, que surge del Espíritu Santo que mora en todo discípulo, es indispensable en toda iglesia para vivir glorificando a Dios y para cumplir su misión de testificar de la salvación de Dios a toda la humanidad.

La capacidad de amar de los cristianos es desafiada por quienes les hacen mal y por quienes son sus enemigos.

Los cristianos todavía somos pecadores e imperfectos y nuestra reacción carnal a la maldad de los malos y de nuestros enemigos es la evidencia concreta.

La carne, que se opone al espíritu, nos impulsará a la ira pecaminosa, a la venganza, al resentimiento, a la amargura, al aborrecimiento y a devolver el mal por el mal. (Gálatas 5:16-26; Romanos 12:19-21).

La reacción carnal ante el mal de otros y de sí mismo es la batalla continua y ardua de todo hijo de Dios.

El ser vencido por el mal para hacerle mal a los que nos hacen mal es nuestra tentación constante a nuestra vida de amor y en amor. Dios nos conoce y es por eso que nos ordena clara y específicamente: “… Amad vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los os ultrajan y os persiguen.” (Mateo 5:44). En consecuencia, el seguidor de Jesucristo está obligado a vivir amando a todos, todo el tiempo y en todas las circunstancias.

En los cristianos no hay lugar para el odio ni para el aborrecimiento; esas emociones son propias del diablo y de las personas que le pertenecen y siguen.

Eso no significa, sin embargo, que no vendrán ni no surgirán en nuestro ser. Recordemos que aún somos pecadores y que la perfección plena nos es futura. (1 Juan 3:2-3).

No seamos ilusos, sino realistas.

Con todo y por nuestro realismo, tenemos que tener cuidado con cultivar y enraizar las obras de la carne. No son propias de nuestra nueva en Cristo, sino de la vida que teníamos lejos de él. Combatámoslas con la ayuda de nuestro bendito y paciente Dios.

Está escrito: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: Todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.” (1 Juan 3:10-12).

Amar a Dios y por él y su obra en nosotros a nuestro prójimo y a todo ser humana es la evidencia concreta que ya no pertenecemos al diablo, sino a Dios.

Termino.

Jesucristo es la encarnación y la evidencia de la existencia del único Dios que es amor. Este único Dios nos ama en Jesús hasta el punto de sacrificarlo por nosotros para salvarnos de nuestra condenación (1 Juan 4:7-10). Dios mostró “… su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Todos los hijos de Dios hemos sido persuadidos, cautivados y conquistados por el amor de Dios en Jesucristo Su Hijo y es por eso que amamos y vivimos en su amor, con su amor y por su amor toda nuestra vida.

¡Muchas gracias Dios por amarnos y darnos tu amor y tu capacidad de amar para que te amemos a ti con todo nuestro ser y a nuestros semejantes como a nosotros mismos! Amén y amén.

 

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¿Luchando contra la verdad? La lección de Saulo de Tarso.

Descubre por qué resistirse a los hechos sobre Jesucristo arrebata la paz y cómo la rendición trae verdadera liberación.

Saulo se resistía aceptar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador de los judíos y del mundo entero. Su resistencia a los hechos y a las evidencias que Jesús mostró en su corto tiempo en la tierra, y que el Antiguo Testamento respaldaban, le hicieron perseguir injusta y violentamente a las discípulos y a la iglesia de Jesucristo. (1 Timoteo 1:13).

Pablo conocía las Escrituras. Él, asimismo, sabía de Jesús, de sus palabras y de sus hechos. En consecuencia, en su mente había una gran lucha respecto a Jesús. Una parte de su mente clamaba: “Jesús es el Mesías, el enviado de Dios. Él es a quien todo judío creyente está esperando.” La otra parte le decía, sin embargo: “Eso no puede ser, él es un impostor.”

En el interior de Saulo (Pablo) esa lucha era intensa y dolorosa.

Él se resistía tercamente a aceptar que Jesús era el Mesías.

Es en ese contexto que Jesús le dijo al aparecérsele en camino a Damasco: “… dura cosa te es dar coces contra el aguijón”, le dijo. (Hechos 9:5).

En lo básico, esa expresión implicaba que el dolor en el corazón de Saulo era mayor y más intenso en la medida que negaba lo que los hechos y las evidencias le decían sobre Jesús y su divinidad.

A mayor negación, mayor dolor.

A mayor resistencia, mayor intranquilidad.

La ira y la determinación violenta y asesina de Pablo al perseguir a los cristianos eran un reflejo de su frustración por negar esos hechos y evidencias.

Saulo no tenía paz en su ser. Su resistencia a los los hechos, a la verdad y a los evidencias que mostraban que Jesús provenía de Dios lo atormentaban. Su remordimiento, su congoja y su intranquilidad por su obrar injusto y criminal contra Jesucristo y sus seguidores lo “torturaban”.

Cerrar los ojos para no ver los hechos no desaparecen a éstos.

Oscurecer la conciencia para no ver la luz, no extingue la luz.

Toda persona que niega hechos vive en felicidad irreal. Todo aquel que cierra sus ojos a las evidencias se engaña y se conduce ilusamente. El que se resiste a la verdad nunca puede disfrutar de paz real ni de dicha verdadera.

Saulo, quien luego llegó a ser conocido como Pablo, es un ejemplo de cómo vive y reacciona quien no acepta los hechos, ni las evidencias, ni la verdad sobre Jesús el Unigénito Hijo de Dios. En especial, de aquellos que se oponen airada y violentamente a Jesús, a su evangelio y a su iglesia.

Jesucristo tuvo misericordia de Saulo.

Él se apiadó de quien luego le serviría como Pablo.

Jesucristo me asombra por lo que hizo por causa de Saulo (Pablo). Su compasión para con él le hizo dejar su asiento a la derecha de Dios Padre para “venir” a la tierra y “encontrarse personalmente” con su atormentado y agobiado perseguidor.

Jesús se reveló a su perseguidor asesino y lo salvó y lo transformó en su testigo más apasionado y fervoroso.

La vida de Saulo Pablo dio un vuelco tremendo al rendirse a los hechos reconociendo a Jesús como el Señor, el Cristo, el enviado de Dios.

El momento de su liberación fue crucial pues la paz espiritual inundó su alma al aceptar que Jesús es el salvador de mundo. La tortura y el tormento producto de su terca resistencia y oposición a Jesús y a su iglesia terminaron para siempre.

No es bueno vivir negando los hechos.

No es sano resistirse a las evidencias.

No es de sabios vivir en contra de la verdad.

Jesucristo es un personaje histórico real. Se hizo carne y habitó entre los hombres. No se puede ignorar ni quién es ni lo que hizo. Todos los seres humanos tenemos que tomar una determinación respecto a él.

Jesús es Dios hecho Hombre.

Él es el Salvador de mundo.

Jesucristo es el camino, la verdad y la vida.

Él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Todo aquel que cree en Jesús y le sigue es hecho hijo de Dios, tiene vida eterna y vive y vivirá con Dios por siempre jamás.

Jesucristo es nuestra única opción de salvación. Saulo Pablo se rindió a Jesús y le siguió y le sirvió toda su vida en esta tierra. Eso mismo es lo que todos tenemos que hacer. Aceptar y rendirnos a los hechos, las evidencias y a la verdad: Jesús es el Señor y el Salvador del universo.

Jesucristo es el único que nos une a Dios. Solamente Jesucristo tiene que ser el sujeto de toda nuestra fe. Nuestro vivir en este mundo sólo tiene sentido y dirección siguiendo a Jesucristo. Solamente con Jesús y en Jesús tenemos una vida que agrada y glorifica a Dios.

Jesús cumplió las Sagradas Escrituras. Él demostró con sus hechos portentosos que es Dios hecho hombre. Las evidencias respecto a la veracidad de todo lo que dijo han transformado al mundo en el que vivimos hasta hoy.

Jesús es el personaje que la historia humana no puede esquivar.

Jesucristo nos obliga a cada uno de nosotros a tomar una determinación respecto a él.

O creemos en él y le seguimos, o no le creemos y no le seguimos. No hay lugar para la neutralidad.

“Dejemos de dar coces contra el aguijón” y entreguémonos con fe a Jesucristo de una vez para siempre. Imitemos a Saulo (Pablo) y aceptemos que Jesús es el Señor.

Nuestra alma no tendrá paz verdadera ni gozo genuino hasta que no reconozcamos que Jesús es el Señor y nos sometamos a él para obedecerle y servirle. ¡Qué Dios nos ayude a creer y seguir a Jesucristo todos los días de nuestra vida en esta tierra! Amén.

“Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Hechos 9:5-6

 

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