¡Hijos benditos de Dios por medio de Jesucristo!

Hijos benditos de Dios por medio de Jesucristo Su Hijo.

Los hombres y mujeres que creen y siguen a Jesucristo son hijos de Dios. Ese es un privilegio y una bendición grande que Dios les da a ellos por la fe en Jesucristo. Son muchos los hombres y mujeres que creen y siguen a Jesús y que son, por tanto, hijos de Dios. Estos hijos de Dios, entonces, son amados, perdonados, libres de condenación, herederos de Dios y coherederos con Cristo.

El apóstol Pablo escribió al respecto: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.” (Romanos 8:16-17).

Esta bendición no es de todos los seres humanos, pero no porque no esté a su alcance, sino porque existe un gran sector de seres humanos que no cree, no acepta y no recibe a Jesús como enviado de Dios. Ese grupo de humanos, por tanto, se queda en su condición caída, que es heredada de Adán, quien desobedeció a Dios y arrastró a todos a esa condición.

La condición caída está sintetizada en esta palabras de Romanos 3:23: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” La desobediencia de Adán nos constituyó a todos pecadores y destituidos (expulsados, echados, prohibidos, sin derecho a, sin el privilegio) de la gloria de Dios. En consecuencia, no nos es posible comunión ni compañerismo con Dios en esa nuestra condición caída. Es justamente por ese hecho que Adán y Eva se escondieron de Dios por miedo a él en el huerto.

Dios, que es bueno y que nos ama y no nos quiere perdidos, envió a Jesucristo para revertir nuestra desdichada condición caída. Jesucristo vino a esta tierra y se dedicó a buscar y a salvar lo que se había perdido. Su obra cumbre para salvarnos fue su muerte por nuestras transgresiones y su resurrección de los muertos al tercer día para nuestra justificación. Pablo escribió así al respecto: “… a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación.” (Romanos 4:24-25).

Los evangelios, que son cuatro (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), son clarísimos respecto al hecho de que Jesús es Dios hecho Hombre y él único que puede perdonar nuestros pecados y librarnos de nuestra condición caída. Así es como se presentó Jesús desde el principio de su vida en este mundo y, sobre todo, cuando empezó a predicar y a enseñar siendo ya de unos treinta años de edad.

Jesús, sin embargo, no fue recibido, ni aceptado como Hijo de Dios. Al contrario, él fue rechazado. El clímax de su rechazo fue su cruenta muerte por nuestros pecados y la negación de su resurrección por parte de las autoridades judías de ese tiempo.

Pero no todos rechazaron a Jesús. Él tuvo gente que le creyó desde el principio. Todos estos que creyeron en él y le siguieron fueron sus discípulos y sus testigos oculares de quien fue realmente él, y de todo lo que hizo y que probó verdaderamente que él es Dios hecho Hombre.

Juan se refiere a estos discípulos de Jesús cuando dice “… mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios”. Todo aquel que creyó y siguió a Jesús ese tiempo recibió “el derecho”, “el permiso”, “el privilegio” y “la facultad” de ser hijo de Dios.

Pero el ser hijos de Dios por creer en Jesús y seguirle no fue solo para la gente de aquellos días, sino también para nosotros que vivimos en este tiempo. A Nosotros también se nos anuncia el evangelio de Jesús para ser salvos de nuestros pecados e hijos de Dios. Si nosotros creemos en Jesús, y le recibimos, y le seguimos genuinamente como sus discípulos, seremos entonces hijos benditos de Dios, pues, esta palabra es también para nosotros hoy: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:12-13). 

Ser hijos de Dios por la fe en Jesús es nuestro privilegio bendito. Al creer, Dios, por medio de Su Espíritu Santo, nos hacer nacer de nuevo y nos imparte su vida, sus valores y su naturaleza, la cual se acrecentará continuamente, hasta que lleguemos a ser semejantes a Jesucristo, Su Hijo.

¡Creamos en Jesús mientras estamos en esta tierra! ¡Aprovechemos que estamos vivos y pongamos nuestra fe en Jesús para ser hijos de Dios¡ ¡Nada ni nadie es más valioso e indispensable que la bendición eterna de ser hijos de Dios por medio de Jesucristo Su Hijo! Amén.

Posted in Uncategorized.