¡Mi amigo Percy ya descansa de su aflicción!

Hace dos meses que Percy se fue a su encuentro con el Señor Jesucristo.

Hace dos meses que él está en mi mente.

Su imagen y su historia, la parte que conozco, me tiene meditando en el sufrimiento interior.

El sufrimiento interior es el más terrible de los sufrimientos. Ese tipo de sufrimiento se lo padece solo, y todo el tiempo, y sin que los demás lo entiendan, y sin que nadie pueda ayudar, entender y menos consolar verdaderamente.

Cuando el sufrimiento es espiritual e interno, él único que puede ayudar, aliviar, consolar y animar es Dios. Percy tenía ese tipo de padecimiento y es por eso que se acercó a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo, quien vino del cielo a la tierra para salvarnos de nuestros pecados y de nuestra condenación.

Dios ayudó a Percy a sobrellevar su intenso dolor interno. Dios lo consoló y lo fortaleció porque Dios es Dios de toda consolación. Está porción de la Biblia describe bien al Dios que conoció Percy: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación.” (2 Corintios 1:3).

Percy profesó fe en Jesucristo entre el año 90 y el año 2000.

Lo conocí en mi primera experiencia pastoral en una congregación de mi ciudad. Pasé muy buenos tiempos de compañerismo y de edificación con él. Era muy entusiasta y diligente en el Señor y su obra. A él le gustaba anunciar el evangelio de Jesucristo. Siempre venía a verme para hablar de Dios y de su palabra, la Biblia.

Percy me introdujo a la predicación del evangelio por medio de una emisora. Él alquiló un espacio en una radio en El Porvenir (un Distrito de mí Provincia). En esa emisora, él transmitía música evangélica y clases bíblicas. A mí me correspondía la enseñanza. Hasta hoy recuerdo la serie de lecciones que brinde en su programa radial. Nosotros crecimos y edificamos a otros hablando del Discipulado Bíblico. ¡Pasamos un muy provechoso tiempo en ese programa radial!

Percy era un joven bastante noble, o “buena gente”, como decimos en mí ciudad. Él creció solitario, pero aun así era risueño y un poco bromista. Su sufrimiento espiritual y mental lo agobiaba. Toda su aflicción estaba en su ser interior. Nada fuera de él hacía presagiar lo que sufría.

El dolor interno que padecía Percy le abrumada. Él no podía dormir por el dolor. Eran muchas las noches que pasaba en vela. Sus ojos siempre estaban rojos por la falta de buen dormir. Esa su circunstancia, hacía que él siempre estuviese ansioso y sudoroso. Sus manos constantemente estaban húmedas. Los doctores que lo examinaron, no le encontraron mal físico; así que lo derivaron a los sicólogos, quienes tampoco le ayudaron suficientemente.

Tuve la oportunidad de aconsejar a Percy respecto a su enfermedad. Lo dirigí a Dios por medio de Jesús. Hablamos bastante sobre el sufrimiento indecible que experimentó Job y otros hombres de Dios en la Biblia. Pero, aunque creía y entendía lo que la Biblia decía, él sentía que su dolor era distinto. El dolor que lo afligía era muy fuerte y tampoco pude hacer mucho por él.

Percy se frustró conmigo porque no lo entendía; eso es cierto, y he aprendido que es muy difícil entender y sentir el sufrimiento del que sufre. Solamente el que sufre entiende su dolor. Solamente Dios, también, entiende perfectamente el dolor del que sufre.

En aquellos días, yo no era tan consciente de mí incapacidad para empatizar con el que sufre por dentro. Con todo, lo guíe a Dios. Le mostré por la Biblia que Dios sí entiende al que sufre. Y entiende porque es Dios, pero también porque al hacerse hombre en Jesús, experimentó el dolor humano, y se constituyó en él como nuestro sumo Sacerdote, que siempre se compadece de nosotros.

El autor del libro de Hebreos escribió: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” (Hebreos 4:15).

Dios me llevó a otra ciudad por varios años y es así como dejé de ver a mi amigo Percy.

Él y yo volvimos a vernos después de mucho tiempo.

Cuando lo volví a ver, Percy ya estaba casado y tenía hijos. Tenía un trabajo seguro y se veía mejor. Su fe en Cristo seguía firme. Seguía sirviendo a Dios y compartiendo el evangelio por medio de las redes sociales. Él, por el sufrimiento que siempre experimentaba, era solidario y compasivo. Siempre estaba apoyando en oración. Lideró, incluso, un movimiento de intercesión por medio de las redes sociales.

Los últimos días de Percy en este mundo fueron también de mucho dolor.

Me enteré de su condición porque un día recibí un mensaje de su cuenta de Messenger. Él mensaje no lo escribió él, sino un hermano en Cristo, que lo había acompañado durante su último período de dolor y de lucha espiritual y física, antes de dejar esta tierra.

Él hermano en mención me escribió y me dio la noticia de la partida de Percy hacia el Señor Jesucristo. Este hermano me narró los sufrimientos y las luchas que experimentó antes de partir. Sus males, esta vez, no fueron solo espirituales, sino también físicos.

La partida de Percy a la presencia de Jesucristo me hizo pensar mucho en el dolor espiritual y mental que sufren los seres humanos. Percy luchó con dolor mental y espiritual toda su vida en esta tierra. Él tuvo días en los que su sufrimiento era insoportable, pero Dios lo consoló y lo fortaleció para seguir adelante.

En un sentido, Percy hizo una vida “normal” a pesar de su dolor singular gracias a que conoció a Jesucristo y se hizo su discípulo.

Cuando recibí la noticia de la muerte de Percy, me sorprendí y entristecí. Dios, sin embargo, me consoló con este pensamiento, Percy ya descansa, ya está aliviado, ya ha dejado de experimentar el sufrimiento que lo acompañó toda su vida.

La muerte, para quienes creen en Jesús y le siguen, es el final del dolor y del sufrimiento que se experimenta en esta tierra. Al morir, los cristianos “descansan”, “reposan”. Se acaba todo su sufrimiento, todo su dolor. Eso mismo es lo que está viviendo ahora Percy. Necesitaba descansar y Dios le dio y le está dando descanso.

Dios me dio el privilegio de presentar el evangelio de Jesucristo en el sepelio de mi hermano en Cristo. Me esforcé en dejar en claro que Jesucristo perdona, salva y da vida eterna a todo aquel que cree en él.

Ruego a Dios que la familia de Percy siga también a Jesucristo.

Por lo demás, estoy contento por Percy.

Estoy seguro que él ahora está sosegado, aliviado y tranquilo.

Ya nada le aflige, ya nada le genera dolor.

Esta palabra de Juan en Apocalipsis se está cumpliendo en este mi hermano en Cristo: “Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.” (Apocalipsis 14:13).

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