¡Siempre transparentes y visibles ante Dios!

Dios está siempre presente. Él ve todo y sabe todo. No hay nada de nosotros que escape a su percepción.

Nos observa tanto en la luz como en la oscuridad. Ni las tinieblas más profundas ni el escondite más recóndito pueden ocultarnos de su presencia. Todos somos transparentes y siempre visibles ante sus ojos.

El escritor del Salmo 139 sabía que Dios es omnisciente y omnipresente. David sabía que nunca se deja de estar en la presencia de Dios. Él está siempre y también ve todo en todo momento. No existe un instante de nuestra vida que está fuera de su vista.

Dios nos vio en el vientre de nuestra madre. Él nos ve al levantarnos y al sentarnos. Él nos ve cuando andamos y también cuando descansamos.

La vista de Dios cubre nuestro ser interior y también el exterior.

Él contempla nuestros pensamientos, intenciones y acciones. Dios percibe nuestra tristeza y nuestra alegría, nuestro ánimo y nuestro desánimo, nuestra fortaleza y nuestra debilidad.

Dios nos conoce profundamente y podemos ser auténticos en su presencia. ¡Qué maravilloso es conocer y relacionarnos con este bendito y glorioso Dios a través de la fe en Jesucristo, Su Hijo, nuestro Señor y Salvador!

David estaba impresionado y maravillado por Dios y sus virtudes. Él era consciente de la imposibilidad de escaparse de la presencia de tan grande Dios. Su reacción natural ante esta cualidad de Dios fue la alabanza y la adoración reverente y gozosa.

Los hijos de Dios por la fe en Jesucristo tenemos que ser genuinos siempre ante Dios. Debemos pararnos ante él con confianza y sinceridad. No hay razón para la doblez sino para la transparencia y la autenticidad. ¡Alabemos y adoremos respetuosa y alegremente a través de Jesús a este nuestro maravilloso y grandioso Dios todo vidente! Amén.

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