¡Tomemos de corazón decisiones que glorifiquen a Dios!

Siempre tenemos que tomar decisiones de corazón que glorifiquen a Dios.

Las decisiones de corazón para la gloria de Dios nos traerán la bendición de Dios y alejarán sus maldiciones.

Nada es mejor que tomar decisiones que agradan a Dios porque son conforme a su bendita y buena voluntad.

“Una decisión es el acto de una persona de escoger, seleccionar y decidir entre una serie de posibilidades basada en sus juicios, que trae como consecuencia un resultado”.

Los seres humanos tomamos decisiones, muchas decisiones, cada día lo hacemos.

La capacidad de tomar decisiones es inherente al hecho de ser personas a la imagen y semejanza de Dios, nuestro Creador, quien nos hizo así y quien espera de nosotros, también, sabias y mejores decisiones.

Desde luego, eso sí, hay hechos de nuestra vida en la que nosotros no hemos decidido nada. Nuestra existencia. Nuestros padres. Nuestro nacionalidad (la de nacimiento). Nuestro nombre. Nuestro entorno cercano de crecimiento infantil. Etc.

Es cierto, asimismo, que hay una época de nuestra vida en la que nuestras decisiones están supervisadas por nuestros padres. En esa etapa, la mayoría de nuestras decisiones son importantes, pero no tan trascendentales.

Cuando crecemos, empero, nuestra decisiones son independientes y dependen de nosotros y muy poco de los demás.

Asumir la responsabilidad y los resultados de nuestras decisiones es propio de nuestro crecimiento, de nuestra madurez, de ser adultos.

Dios nos dio la capacidad de decidir.

Nuestros padres nos protegieron de nuestras decisiones cuando fuimos niños.

Ahora, que ya somos adultos, tenemos que tomar decisiones a cada instante, cada día. ¡Asegurémonos de decidir correcta y sabiamente!

La decisión indispensable, la cual debe regir a todas las demás, es la decisión de glorificar, agradar y complacer a Dios.

Nunca nuestras decisiones deben quebrantar esa decisión indispensable y esencial.

Las sacerdotes de Judá incurrieron en ese error atroz y Dios los reprendió duramente: “Ahora, pues, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento. Si no oyereís, y si no decidís de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho Jehová de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones; y aun las he maldecido, porque no os habéis decidido de corazón.” (Malaquías 2:1-2).

Los sacerdotes de Israel fallaron en la decisión vital.

Ellos tomaron la decisión equivocada.

Los sacerdotes decidieron servir y glorificar a Dios superficialmente.

Los sacerdotes “oían” a Dios. Ellos “representaban” a Dios ante sus conciudadanos, pero hipócritamente. Los sacerdotes no estaban viviendo genuinamente para Dios, ellos estaban lejos del él.

Por fuera, se veían piadoses y fieles al “adorar” y “servir” en el templo, pero en sus pensamientos y sus corazones estaban muy distantes de Dios.

Esa no fue una buena decisión. El mal ejemplo de los sacerdotes cundió en los judíos de su tiempo, lo cuales también comenzaron a vivir con menosprecio a Dios y a todo lo que giraba alrededor de él.

Tan grave fue la rebelión espiritual del pueblo judío que Dios les escribió el libro de Malaquías para reclamarles y reprenderles por su forma de vivir su vida para con él y para con sus prójimo.

El profeta fue clarísimo desde el principio de su profecía, la cual no fue dada a favor del pueblo, sino en su contra: “La profecía de la palabra de Jehová contra Israel, por medio de Malaquías” (Malaquías 1:1).

Lo que hicieron los sacerdotes y los judíos ya lo había hecho antes la humanidad entera. El apóstol Pablo refiriéndose a esta acción humana que atrajo la ira de Dios, escribió: “… pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.” (Romanos 1:21). ¡Qué trágico! La decisión de no glorificar ni agradecer a Dios en ninguna manera es buena. Esta decisión siempre nos acarreará el juicio divino.

¡Nosotros tenemos que evitar decidir como los sacerdotes y los judíos del libro de Malaquías! ¡No debemos imitar la decisión humana de no glorificar ni agradecer a Dios!

Nunca debemos decidir en contra de lo que Dios quiere de nosotros. Las consecuencias son siempre terribles. Su daño nos atraerá el enojo de Dios y afectará a nosotros en forma personal y familiar. Todo nuestro entorno será afectado gravemente. Dios fue muy claro con los sacerdotes y del pueblo judío, él les enviaría maldición y cambiaría sus bendiciones por maldiciones.

Tiene que ser horrible vivir bajo la maldición de Dios y sin sus bendiciones.

La prioridad de Dios para con nosotros es bendecirnos, no maldecirnos. No obliguemos a Dios a tratarnos como no es su prioridad. Usemos nuestra capacidad de decidir para hacer lo que Dios quiere de nosotros.

Tanto la bendición de Dios como su maldición dependen de si vivimos haciendo su voluntad o yendo contra ella. La decisión de cómo vamos a vivir está en nosotros y en nadie más. Nosotros somos los únicos responsables de si Dios nos bendecirá o maldecirá.

Dios quiere que vivamos dándole gloria. Fue para eso que envió a Jesucristo a la tierra para salvarnos de nuestra condenación.

Jesús murió por nuestros pecados y resucitó del los muertos al tercer día. Él está vivo y nos hace hijos de Dios si es que creemos en él y le seguimos.

Dios nos bendice con su salvación eterna por medio de Jesús ya desde hoy y lo hace para que nosotros lo glorifiquemos y lo honremos en toda nuestra manera de vivir. Vivir para gloria de Dios es una determinación que nosotros tenemos tomar personal y voluntariamente. Decidamos de todo corazón vivir para la gloria de Dios.

Decidir vivir para la gloria de Dios es nuestro culto racional y lo más inteligente que nosotros los seguidores de Jesucristo podemos hacer. ¡Qué Dios nos ayude a tomar la decisión de corazón de vivir para su gloria en todo aspecto de nuestra vida! Amén.

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).

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