Dios quiere que sus hijos, los que somos cristianos y seguimos a Jesucristo, derrotemos el mal y a los malos que no le siguen, con el bien y siendo buenos. Esa es la voluntad de Dios, que obtengamos la victoria contra el mal y los malos con el bien, que es el arma que siempre, siempre y siempre debemos usar los que somos temerosos de Dios.
Esto, a simple vista, parece muy fácil, pero no lo es. La razón es muy sencilla: El mal y los malos son poderosos y tienen un líder formidable y muy astuto, que es el Diablo y Satanás.
La guerra encarnizada y cruenta entre el bien y el mal o entre los buenos y los malos se viene librando casi desde el principio de la creación. Esta guerra se libra desde que Satanás se hizo Satanás, dejando así de ser Lucero, el hijo de la mañana.
Desde ese momento mismo, esa guerra se inició y nuestros primeros padres, Adán y Eva, tuvieron que librarla. Tristemente, ellos, cuando el mal aún no había nacido en su ser, no se aferraron ni a Dios ni la palabra que él les había dado, y por eso, fueron los primeros seres humanos derrotados por el mal y el maligno, y los primeros que se corrompieron, y los primeros en los que el mal se anidó.
Luego de eso, la guerra contra en el mal se comenzó a pelear en el corazón de cada ser humano. Había sí la influencia externa del mal por Satanás y por sus demonios, y por la influencia externa de los otros seres humanos que ya tenían el mal dentro (este ocurrió desde Adán y Eva); pero básicamente, la guerra se peleaba en el corazón de cada ser humano.
El primero que cedió a la maldad de su corazón, según el relato bíblico, fue Caín, quien por enojo y furia intensa, asesinó con alevosía, premeditación y ventaja a su hermano Abel (Génesis 4:1-8). Dios le advirtió a Caín que él mal estaba allí, a la puerta, y que quería dominarlo y enseñorearse de él; pero que todo dependía de él mismo, que él era quien debía vencer a tal adversario. Caín no hizo caso de la advertencia de Dios y perdió, el mal lo sometió, su enojo se convirtió en furia, y su furia derivó en un fratricidio atroz y malvado contra su propio hermano.
Después de Adán y de Caín, el mal invadió totalmente el corazón y la vida de todo ser humano. Ya no se hacía el bien, sino solamente el mal. Los seres humanos perdimos, el mal nos ganó y para desgracia nuestra, nos corrompimos totalmente (Génesis 6:5, 11-13). ¡Qué terrible! ¡El mal nos derrotó! ¡Dejamos de hacer lo bueno! Toda la humanidad olvidó el bien, excepto Noé, quien fue el único que agradó a Dios en esa tan negra época de nuestra historia.
Podría seguir narrando como la guerra del hombre por hacer el bien y no el mal se ha tornado encarnizada durante toda nuestra historia. La Biblia, que es fiel y verdadera, narra esta guerra con toda honestidad y con un realismo tremendo.
Hoy, esta batalla es todavía más fuerte y ardua. El mal y los que hacen el mal son muchos. Cada día somos tentados a hacer lo malo. El mal está al alcance de nuestra mano, y de nuestros ojos. Las tentaciones sexuales son las más comunes y las que están más cerca de todo hombre y de toda mujer, sin importar la edad que tengan. El internet y la televisión han acercado a este pecado demasiado. Por eso, la exhortación de Pablo, de no ser vencido de lo malo, sino de vencer con el bien el mal es muy, pero muy pertinente y apropiada.
Las circunstancias en las que más somos tentados a hacer lo malo son aquellas en las que somos lastimados o heridos por ofensas y por los actos de maldad de aquellos que nos rodean. Cuando alguien nos ofende o nos hiere gravemente, allí mismo, en ese mismo instante, el mal aparece para vencernos. El resentimiento, la amargura, la frustración, los deseos de venganza, los deseos de devolver el mal que nos hicieron con hechos malvados empiezan a aparecer en nuestro corazón. Ese es el momento clave en el que la exhortación de Pablo tiene que ser obedecida de inmediato. No podemos dejarnos vencer por el mal. Tenemos que derrotar el mal y para hacer eso, lo que tenemos que hacer es el bien.
Eso significa que en vez de amargura y de resentimiento hay que perdonar al que nos hizo mal. En vez de frustración y desaliento, hay que cobrar ánimo y acrecentar la esperanza. En vez de deseos de venganza y de devolver mal por mal, hay que tener misericordia y hacerle lo bueno al que nos dañó.
Nuestro Señor Jesucristo es nuestro ejemplo supremo. Él no se dejó vencer por el mal, sino que venció con el bien el mal. En la cruz del Calvario, lejos de destruir a los que lo condenaron y ajusticiaron injusta y malévolamente, oró a su Padre por ellos y dijo: “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen.” (Lucas 23:24).
Otro que hizo lo mismo que Jesús cuando lo asesinaron a pedradas en forma cruel e injusta fue Esteban. Esteban murió diciendo puesto de rodillas a gran voz: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado.” (Hechos 7:60).
¡Qué Dios nos ayude a no ser vencidos de lo malo, sino a vencer con el bien el mal! Todos somos tentados a someternos al mal como sus esclavos y súbditos, pero no nos dejemos derrotar. Triunfemos contra el mal haciendo el bien.
El mal paga siempre mal. Uno siempre se va a lamentar de hacer lo malo. Si uno no se lamenta ahora por hacer lo malo, lo hará en la eternidad, cuando este mundo pase.
De igual manera, uno jamás se lamentará de haber vencido con el bien el mal. El que hace el bien siempre puede descansar en paz. Su alma estará tranquila y confiada. Si no ve el fruto de sus actos buenos en esta tierra, los verá en la eternidad, cuando el reino de Cristo sea ya una realidad por los siglos de los siglos.
Recordemos y procuremos cumplir siempre con esta exhortación todos los días de nuestra vida aquí en la tierra: “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.” (Romanos 12:21).
¡Ganemos con la ayuda de Dios esta ardua, dura y diaria guerra!
¡Qué Dios nos sostenga y nos fortalezca cada día para vencer al mal haciendo el bien!
Amén.