Hay ocasiones en los que quisiera que Dios no me viese.
En esos momentos, yo no quisiera que viese ni fuera de mí y menos aún dentro de mí. En esos momentos, a mí me gustaría que todo lo mío, en especial, lo que no es bueno, estuviese oculto y encubierto de él.
Pero eso es imposible y lo sé, pues, Dios siempre ve.
No existe un instante en el que yo, y todo ser humano, esté oculto a sus ojos. Siempre estamos en su presencia. Su mirada traspasa todo obstáculo, toda barrera y todo escondite que coloquemos entre nosotros y él.
David, el rey de Israel, que tuvo momentos en su vida que hubiera preferido mantener encubiertos de Dios, escribió: “Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandece alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti. Y la noche resplandece como el día: lo mismo te son las tinieblas que la luz.” (Salmo 139.11-12).
David tuvo momentos de tropiezo, de debilidad. Su carne y sus pasiones pecaminosas lo doblegaron, y cedió, y pecó, y ofendió a Dios. ¡Su caída fue vergonzosa! Y lo peor de todo: ¡Dios lo vio! Está escrito: “… Mas esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Jehová.” (2 Samuel 11:27).
¡David tiene que haber querido que las tinieblas más oscuras lo ocultasen de los ojos de Dios!
Pero …
Dios nos ve en la noche más compacta y en las tinieblas más negras. Las tinieblas más densas y la noche más oscura son claras y diáfanas a sus ojos. Él nos mira en la penumbra y en la negrura de la noche como si mirase el día más soleado.
¡Qué grandioso y glorioso es el Dios y Padre de Jesucristo! ¡Cuán bendito es Jesucristo, quien nos hace aceptos ante los ojos del Dios todo vidente! ¡Gracias a Dios por Jesucristo Su Hijo quien nos cubre nuestras tinieblas con la luz de su justicia y santidad!
¡Por Jesucristo y su obra de salvación es que todo pecador que cree en él puede ser visto por Dios como digno de vivir y experimentar su gloria ya hoy y por toda la eternidad!
¡Acerquémonos al Dios que todo lo ve por medio de Jesucristo! ¡Nunca nos arrepentiremos de hacerlo! Amén.
