Jesucristo nos divide: ¿O somos solo creación de Dios o somos también hijos de Dios?

Jesucristo divide a toda la humanidad en dos grupos bien diferenciados:

1) los que son suyos e hijos de Dios y

2) los que son suyos, pero que no son hijos de Dios.

No existe un punto neutro.

Él vino a esta tierra y estableció esta división desde el principio de su ministerio terrenal.

Somos nosotros quienes escogemos y decidimos nuestro lugar en esa división.

Examinemos esta realidad en Juan 1:11-13.

1. “Los suyos” no hijos de Dios son los que no creyeron en Jesús y no le siguieron.

“A lo suyo vino y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).

El evangelista escribe sin ambigüedad.

Él expone la venida de Jesucristo -“A lo suyo vino …”- y el cómo fue rechazado por un sector de la humanidad del momento histórico en el que llegó -“… y los suyos no le recibieron”-.

No hay duda alguna en la declaración.

“Lo suyo” en el texto y en su contento cercano y amplio admite solamente dos únicas opciones:

La primera: “Lo suyo” es toda la creación y, en forma específica, el mundo, la tierra, en la que habitamos todos los seres humanos (Juan 1:3, 9-10). Este mundo, nuestro planeta, y todo lo que hay en él, es de Jesucristo porque él lo hizo y lo sostiene.

La segunda: “Lo suyo”, en forma mucho más especial y limitada, es la nación de Israel, el pueblo del pacto, a quien Jesús siempre dijo que fue enviado (Mateo 15:24).

Ahora necesitamos definir quienes son “… los suyos que no le recibieron”. El significado también se puede conocer con certeza por el contexto cercano y amplio del evangelio de Juan y de los otros tres evangelios.

“Los suyos que no recibieron a Jesús” son, en primer lugar, todos los ciudadanos judíos de su época. Tanto los que lo vieron como los que oyeron de él durante sus tres años de ministerio público. Estas personas “no recibieron” a Jesús como el Mesías, el Salvador del mundo.

Estas personas no creyeron en Jesús y es por eso que no lo siguieron.Todas estas personas, por tanto, no son hijos de Dios.

“Los suyos que no le recibieron” son, en segundo lugar, todos los seres humanos del mundo de la época en la se escribió el evangelio de Juan que no creyeron ni recibieron a Jesús como el hijo de Dios.

Toda esa gente, al igual que los judíos que rechazaron a Jesús en sus días de ministerio, no le recibieron a pesar de que escucharon claramente quién era él y qué es lo que había hecho a favor de la humanidad al morir y resucitar al tercer día.

El evangelista maneja “lo suyo” y “los suyos” de forma magistral. “Lo suyo” es el entorno que le pertenece por derecho de creación (su planeta / su nación); “los suyos” son los habitantes de ese mundo (toda la humanidad / los judíos). Como bien señaló en el versículo anterior, “el mundo no le conoció” (v. 10): lo que define la tragedia de “los suyos” es precisamente su acto personal de no conocer ni recibir al Dios hecho hombre.

Las expresiones bíblicas del evangelio de Juan sobre quienes no recibieron a Jesús, tanto de los judíos como de toda la humanidad, siguen siendo actuales porque hoy también hay muchos que “no conocen” (Juan 1:10) ni “reciben” (Juan 1:11) a Jesús como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.

Es triste que la historia del rechazo a Jesús se repita día a día.

Es lamentable que haya gente que “no conoce” (no se relaciona, no le sigue) a Jesús a pesar de que escuchan de él.

Es trágico que existan personas que “no reciban” al Hijo de Dios aún cuando siempre se les anuncia de lo que él hizo a su favor.

Los que rechazan a Jesús se quedan, en consecuencia, en una posición de condenación eterna, pero no porque Dios no quiera salvarlos en Jesucristo Su Hijo, sino porque ellos mismos eligen esa condición.

Estas personas, ya judías o ya de cualquier otra nacionalidad, se quedan como no hijos de Dios y sufrirán las terribles consecuencias de sus menosprecio y su rechazo al Hijo de Dios.

2. Los suyos hijos de Dios por la autoridad de Dios son toda la humanidad que recibió, creyó y siguió a Jesús como Dios hecho hombre.

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre; les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).

La palabra es “mas” es una conjunción adversativa, que se usa para conceptos o circunstancias opuestas. En el versículo 11 el evangelista mostró con claridad como un sector de seres humanos “no recibió” a Jesús, Dios hecho Hombre (Juan 1:1, 14); y ahora, en el versículo 12, él mostrará que hubo seres humanos que sí recibieron y que sí creyeron en Jesús, y que fueron privilegiados, por lo tanto, con la bendición de ser hechos hijos De Dios.

La palabra “mas” introduce el hecho de que no todos cerraron sus ojos y sus corazones a Jesús y a las evidencias de que provenía de Dios y era Dios (Juan 1:1). Gracias a Dios, sí hubo gente que “recibió”, “creyó” y “siguió” al Hijo de Dios en aquel tiempo.

Todas las personas que recibieron y creyeron en Jesús fueron hechos hijos de Dios. Dios mismo les dio esa “potestad”. La palabra “potestad” (exousía: derecho, autoridad, privilegio legítimo) implica que Dios autorizó e hizo que estos hombres y mujeres fuesen hechos sus hijos.

Los que no recibieron a Jesucristo siguen siendo “lo suyo”, pero no son hijos de Dios. Dios no tiene comunión ni compañerismo con ellos.

Los que recibieron y creyeron en Jesús, sin embargo, sí son hijos de Dios. Dios les ha dado ese derecho y privilegio. Dios tiene una relación estrecha con ellos. Son sus hijos por causa de Jesucristo Su Hijo.

El versículo 13 certifica que el privilegio de ser hijos de Dios no es solo una cuestión legal, sino un hecho también un hecho espiritual que Dios obró directamente en el interior de quienes creyeron y recibieron a Jesús para hacerlos verdadera y realmente sus hijos.

El evangelista Juan expresó este maravilloso hecho divino, al que conocemos como nacer de nuevo o nuevo nacimiento, con estás precisas y preciosas palabras: “los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:13). Los que creen en Jesús son realmente hijos de Dios por haberlo recibido como quien en es él.

El hecho de ser hijos de Dios no es una obra planeada y realizada por seres humanos. Esto incluye también a quienes creen en Jesús y le siguen. La humanidad no ejecuta su nacimiento espiritual, es Dios mismo quien opera y materializa espiritualmente tal nacimiento. Los hijos de Dios por la fe en Jesús no realizan en ninguna manera ese su engendramiento. Es Dios mismo quien ejecuta el nuevo nacimiento.

Dios da este privilegio a toda persona que escucha sobre Jesús y su obra de salvación y cree en él y lo sigue. Dios quiere que toda la humanidad reciba a Jesús. Es por eso que ha ordenado a su iglesia que vaya por todo el mundo y predique el evangelio a toda criatura. Todo criatura tiene que aprovechar la oportunidad de ser hecho hijo De Dios.

Recuerda. Dios quiere y puede hacerte hijo suyo. Lo único que tienes que hacer es recibir y creer en Jesús de todo corazón. Hazlo hoy mismo. Recibe a Jesús. Aprovecha tu oportunidad de entrar a la familia de Dios como hijo suyo.

3. Ahora, al igual que en el periodo del Nuevo Testamento y en toda la historia post neotestamentaria, lo que determina que un ser humano creado por Dios reciba la potestad de ser hecho hijo de Dios es la fe en Jesucristo.

Jesucristo sigue dividiendo a la humanidad en estos dos grupos: Los que son hijos de Dios por recibirle y creer en él y los que no son sus hijos por no recibirle ni seguirle.

Es obvio que la división de la humanidad en estos dos grupos no es responsabilidad de Dios, sino de los seres humanos. Dios quiere que todos sean sus hijos, pero él no fuerza la fe ni la creencia de nadie. Es el ser humano el que decide su destino como hijo de Dios o como no hijo suyo.

Jesucristo sigue siendo anunciado como lo que la Biblia dice sobre él. Él es el Hijo de Dios que vino a esta tierra a salvar a los pecadores. Él se hizo hombre para dar su vida en rescate por todos. Él murió por nuestros pecados conforme a la Escritura. Él resucitó de entre los muertos al tercer día para nuestra justificación. Jesucristo está vivo y ofrece salvación y vida eterna a todo aquel que cree en él y lo sigue.

Es responsabilidad del hombre “recibir” y “creer” en Jesucristo. Si lo hace, Dios lo hace nacer de nuevo como su hijo, su verdadero hijo. Si no “recibe” ni “cree” en Jesús, Dios no lo hace su hijo, sino que lo deja en su condición humana perdida.

Es tiempo de finalizar.

La humanidad está dividida en dos por causa de Jesucristo.

Recibe y cree en Jesús para que Dios te haga su hijo. No desaproveches tu oportunidad y privilegio. Sigue a Jesús ya mismo y serás verdaderamente un hijo de Dios.

Si ya eres hijo de Dios porque ya has recibido y ya has creído en Jesús, enhorabuena. Gózate cada día y crece como hijo de Dios. Afirma tu fe y obedece a Jesús testificando su salvación a otros y viviendo cada día para él y su gloria.

 

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Mateo 25:41 Explicado: Para quién fue preparado realmente el lago de fuego.

El lago de fuego, el fuego eterno no fue hecho para la humanidad.

Jesucristo vino a este mundo para salvar a los pecadores. Dios ama a los hombres y no quiere su condenación, sino su salvación eterna. No se puede acusar a Dios de planear y de anhelar la condenación eterna de los seres humanos. La Biblia enseña que Dios quiere la salvación de todos los hombres. (1 Timoteo 2:3-6; 2Pedro 3:9).

El que quiere la condenación de los hombres y su destrucción es Satanás, quien se constituyó por sí mismo como enemigo de Dios. El Diablo vino para matar y destruir a los hombres. Él siempre está acechando a los cristianos para devorarlos. (Juan 10:10; Efesios 6:11; 1 Pedro 5:8).

El Diablo, en consecuencia, desde que pecó contra Dios, y sabiendo ya que su destino es el lago de fuego, acechó, acecha y acechará a la humanidad para llevarla hasta ese su lugar de condena.

El Diablo no quiere irse al lago de fuego solamente con sus ángeles; él también quiere a seres humanos allí.

Jesucristo, respecto al Diablo, a sus ángeles -demonios- y al fuego eterno o lago de fuego, dijo: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.” (San Mateo 25:41). Las palabras de nuestro Señor necesitan leerse y entenderse bien, muy bien. Es crucial que así sea.

En este texto, Jesucristo reveló estas siguientes verdades respecto al plan de Dios para con la humanidad, al lago de fuego, el diablo y sus ángeles, y nosotros los seres humanos:

1) El fuego eterno, el lago de fuego, fue preparado para el Diablo y sus ángeles, no para los seres humanos. El texto es clarísimo. La condenación eterna fue diseñada teniendo a Satanás y sus demonios como sujetos claves. Ellos irán allí o sí (Apocalipsis 20:10).

2) El Diablo y sus ángeles no pueden escaparse de ese su destino de condenación. No existe redención para ellos. Dios no planeó salvación para Satanás y sus demonios, sino condenación. (Hebreos 2:16). Tanto el Diablo como sus demonios saben que su destino es irreversible. (Mateo 8:29; Judas 1:6; Apocalipsis 12:12; 20:10).

3) Los seres humanos no fueron creados para ser condenados y no tienen que ir necesariamente al lago de fuego o fuego eterno. Para los seres humanos Dios ha provisto salvación y vida eterna por medio de Jesucristo y sus obra salvadora (Juan 3:16-21; Romanos 5:6-11). El hombre no tiene la condenación determinada. Se le ofrece la salvación y el perdón de pecados si es que cree y sigue a Jesucristo. (Juan 1:11-13). Su condenación se disipa y se desvanece tan pronto cree genuinamente en el Hijo de Dios. (Juan 3:36; Mateo 25:34-40). 

4) Hay un buen número de seres humanos que irán al fuego eteno o lago de fuego. Aunque los seres humanos no fueron hechos para condenación, Dios sí arrojará al lago de fuego junto al Diablo y sus ángeles a los seres humanos que no creen ni siguen a Jesucristo y que le muestran su menosprecio tratando mal a quienes sí creen en él y le siguen (Mateo 25:41-45). Quienes vayan a condenación irán al lago de fuego por su propia determinación y elección, ya que escogieron por sí mismos despreciar e ignorar a Jesucristo y su obra de salvación a su favor (Apocalipsis 20:15; 21:8). Ellos no tendrán ninguna excusa por su terrible elección.

En español, Mateo 25:41 es contundente: La condenación de los seres humanos no es la prioridad de Dios. Él no hizo el lago de fuego para ellos, sino para el diablo y sus ángeles.

La traducción al español refleja estas ideas en conformidad con el texto griego, en cuya sintaxis no se deja margen para interpretar que el fuego eterno haya sido preparado originalmente para los seres humanos, sino solamente para Satanás y sus demonios.

Los hombres tenemos oportunidad de salvación eterna, aprovechémosla. Dios nos creo para que vivamos en comunión con él. Su plan y su determinación para con nosotros es que reinemos con él por la eternidad.

Está escrito: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.” (Mateo 25:34). Este texto es igual de claro. Dios ha preparado para nosotros los seres humanos un reino a su lado. Jesús también habló de las moradas que él está preparando para quienes creen en él y le siguen (Juan 14:1-3).

Al final de los tiempos, quienes creen en Jesús y le siguen, vivirán con Dios en su tabernáculo eterno. Está escrito: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y el morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.” (Apocalipsis 21:3). Este es plan original de Dios para con toda la humanidad, que habitemos junto a él.

No nos dejemos engañar por nuestro enemigo el Diablo. No lo sigamos en su rebelión contra Dios. Satanás nos quiere engañados para que lo acompañamos en su condenación. Sus ofertas todas son mentira y solamente mentira. No se puede confiar en él en ningún momento. (Juan 8:44; Apocalipsis 20:7-10).

No lo sigamos a él.

Resistámosle y dejémoslo.

No dejemos que logre su objetivo para con nosotros ni para nuestro prójimo.

Miremos a Jesucristo, Dios hecho Hombre. Él vino para deshacer las obras del Diablo y para sacarnos de su opresivo dominio (1 Juan 3:8; Hechos 26:18).

Miremos a Jesucristo con fe y seamos salvos del diablo y su condenación eterna.

Escapémonos del lago de fuego y de la compañía eterna del Diablo y sus demonios creyendo y siguiendo a Jesucristo.

Creer y seguir a Jesucristo en esta vida y en esta tierra es urgente. Hagámoslo hoy mismo. Amén.

 

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De la Intimidad al Impacto: La integridad externa como una expresión del ser interior.

Dios obra en nuestro interior, en lo más profundo de nosotros. Es allí donde Su Espíritu y Su Palabra nos transforman y vitalizan espiritualmente. Es en nuestra soledad y en nuestra intimidad donde se gesta nuestro éxito o nuestra derrota espiritual.

David, el dulce cantor de Israel y el hombre conforme al corazón de Dios, entendió esa realidad incuestionable de la vida espiritual. Tanto su victoria como su caída espiritual germinaron en lo más recóndito de su ser.

Este salmo, el 51, que fue escrito por David cuando Dios lo amonestó y lo restauró, luego de su terrible fracaso con Betsabé y Urías heteo, es la evidencia.

…

La vida en este tiempo se desenvuelve entre otros y con otros. Las demandas de la vida pública nos llevan fuera de la intimidad y de la soledad. Estamos condicionados a desentendernos y a desenfocarnos de nuestra vida interior. La sociedad obsesionada con la imagen pública, las apariencias y el reconocimiento externo nos hacen olvidarnos de nuestra alma.

Tenemos que resistir la presión por nuestro desempeño exterior porque afectará negativamente a nuestro fortalecimiento interior.

Dios ama la verdad en lo íntimo. Dios nos hace sabios en secreto, cuando estamos solos. Es en esa intimidad que nos enseña y nos comparte su sabiduría.

Dios y nuestra alma se encuentran en la privacidad. La Biblia es clarísima. Su obra purificadora ocurre cuando estamos aislados de todos y de todo.

Dios trata con nosotros en lo más profundo de nuestro corazón. Él ve dentro de nosotros, no solamente afuera. Su enfoque transformador no empieza de afuera hacia adentro, sino de adentro hacia afuera.

Para reflexionar en esto, vale preguntarse: ¿qué es lo más importante y vital en un auto? Aunque tiene muchas piezas importantes, hay una que es crucial y por la cual todas las demás funcionan: el motor. De la misma manera, en la vida cristiana el corazón es el motor interior que impulsa todo el funcionamiento externo. La Palabra nos dice en el Salmo 51:6: «He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.»

En el diseño bíblico de la verdadera integridad, comprender la verdad en lo íntimo implica reconocer el significado de la palabra verdad (Émet), que se refiere a la sinceridad, autenticidad y alineación entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.

Lo íntimo representa lo más profundo, lo recóndito, la recámara secreta del ser donde nadie más -excepto Dios- tiene acceso. Dios nos trata individual y personalmente a cada uno. ¡Qué bendición que es así!

La naturaleza del Nuevo Pacto, el cual se selló con la sangre preciosa de Jesucristo, no consiste en una religión de normas externas ni de fachadas morales, sino en una transformación profunda del corazón (Jeremías 31:33; Ezequiel 36:26-27).

Dios nos hace nacer nacer de nuevo por nuestra fe en Jesús y nos cambia en nuestro ser interno para empezar a dar fruto externo, en nuestro vivir diario.

En este proceso opera el trinomio de la transformación interna, donde Dios trabaja en la intimidad de nuestro ser mediante tres agentes fundamentales:

Primero, el Espíritu Santo en el interior como la fuente inagotable de vida que fluye desde las entrañas (Juan 7:37-39);

Segundo, la Palabra de Dios como un bisturí que penetra, discierne y alinea las intenciones del corazón (Hebreos 4:12); y

Tercero, la voz y la conciencia instruida a través del consejo suave de Dios -Por Su Espíritu y Su Palabra- que redarguye y enseña en la quietud de la noche (Salmo 16:7).

Como fundamento indispensable, todo este trinomio es posible y tiene eficacia gracias a la obra redentora de Jesucristo en la Cruz del Calvario.

Como resultado, se produce un efecto dominó con cinco manifestaciones de un corazón transformado. Cuando la vida privada con Dios es sana, el fruto público fluye de forma natural:

1) En la nutrición de nuestro interior al seleccionar lo que leemos, escuchamos y permitimos ingresar a nuestra mente -La alimentamos con la palabra de Dios (1 Pedro 2:2 y con todo lo que es bueno y digno (Filipenses 4:)-;

2) En nuestra comunicación, mediante palabras con valor y veraces que edifican a quienes nos oyen (Efesios 4:25, 29);

3) En nuestros filtros emocionales y reacciones, mostrando dominio propio y madurez ante las ofensas, provocaciones, adversidades y tentaciones (Gálatas 5:16-24);

4) En nuestra conducta pública, expresada en ética, honestidad y rectitud en todo lo que hacemos cuando nadie nos ve y también cuando todos nos ven (Filipenses 2:14-16); y

5) En nuestra perspectiva de vida, caracterizada por un optimismo y una esperanza inquebrantable en relación con el futuro (Tito 2:11-15; Apocalipsis 22:20).

En conclusión, la vida pública con poder no es más que el desbordamiento de lo que ha crecido en la intimidad, en nuestro interior, en lo secreto, que es cuando Dios trata con nosotros y nos transforma.

…

En consecuencia, no intentemos arreglar el fruto externo sin rendir primero nuestro ser interior al Señor y ante el Señor.

Nuestro desafío es cultivar nuestra relación con Dios en lo secreto; la luz de su presencia en nosotros y su obra bendita serán tan reales, pero tan reales, que quienes nos rodean la verán, se acercarán a Él y glorificarán su nombre. Amén.

David conoció y agradó a Dios mucho fue un desconocido y solitario pastor de ovejas, pero sucumbió ante la tentación y pecó grave y escandalosamente cuando su vida pública lo hizo insincero y no veraz en su ser interior y en su soledad.

No incurramos en su craso error.

Busquemos a Dios en nuestro ser interior con sinceridad de corazón y experimentemos su bendita obra santificadora cada día. Que nuestra vida pública exprese la vida que Dios está produciendo en nuestro corazón.

…

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Sufrimiento persistente y gracia suficiente: Cómo vivir con un dolor que no se va.

Toda persona necesita a Dios para vivir en esta tierra. Lo necesita siempre, pero muchísimo más cuando sufre, ya sea por quebranto y angustia del alma o por herida y enfermedad grave y muy dolorosa del cuerpo.

El sufrimiento y la tristeza extrema —ya por decepción, injusticia, enfermedad o muerte— son muchas veces terribles e insoportables, muy, pero muy difíciles de sobrellevar.

Los cristianos no están exentos de este tipo de experiencias en esta tierra. La Biblia no nos promete que no sufriremos; al contrario, enseña que las tribulaciones serán nuestra compañía constante hasta que entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

Pablo, el apóstol a los gentiles, vivió una experiencia continua de dolor extremo. Él testifica que rogó tres veces al Señor que le quitase ese aguijón —un mensajero de Satanás que lo abofeteaba— el cual le fue dado por Dios para protegerlo del enaltecimiento y la soberbia (2 Corintios 12:7).

Nadie quiere padecer dolor extremo de forma constante. Todos podemos soportar el dolor, pequeño o grande, pero por poco tiempo. Nuestro mayor desafío es el sufrimiento profundo, agudo e incesante… ese tipo de tormento que no deseamos ni en el cuerpo ni en el alma.

Pablo padeció ese aguijón y suplicó al Señor que se lo quitase. Dios respondió su plegaria, pero no como él esperaba: “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Corintios 12:9).

Dios no le quitó el mensajero de Satanás. En cambio, le dio su gracia y su poder, los cuales se perfeccionan en la debilidad y en el padecimiento extremo.

Pablo aceptó la voluntad de Dios. Entendió que el Señor había diseñado y permitido esa dolorosa condición para hacerlo humilde y dependiente de Él. Esa rendición abrió sus ojos para testificar que, gracias a ese dolor continuo, podía ser depositario del poder de Cristo. Por eso se gloriaba de buena gana en sus debilidades.

Ningún hijo de Dios está solo en sus tribulaciones. Dios está a su lado, fortaleciéndolo, aliviándolo y consolándolo. Podemos orar como Pablo para que se nos quite lo que nos atormente. Si Dios nos lo quita, amén. Pero si no nos lo quita, amén también. Recordemos que no sufrimos ni padecemos en nuestra propia fuerza, sino en el poder y la fuerza de Dios.

No nos resistamos a las tribulaciones, ni a las enfermedades, ni a la muerte misma, hermanos en Cristo. Asumámoslas con humildad y buena gana, aunque duelan, y mucho. No estamos solos en ninguno de esos momentos. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, con su gracia y todo su poder, nos acompaña siempre, y especialmente en situaciones como estas. Amén y amén.

 

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¡Dios no siempre explica sus razones, pero siempre se revela!

Job, el patriarca del Antiguo Testamento, experimentó a Dios y nosotros también podemos experimentarlo en todo momento. No en forma audible y visible como él, pero sí en forma espiritual y real por medio de su obrar soberano y providencial, y su palabra escrita, la Biblia, la palabra de Dios.

Job necesitaba una respuesta personal de Dios. Él, a pesar de ser un hombre integro (no sin pecado), recto y temeroso de Dios, sufrió la muerte de sus 10 hijos, la quiebra económica, la soledad conyugal, la pérdida de su salud y la reprensión e incomprensión de sus amigos.

Todo estos males, que lo confundieron porque estaba convencido de que no había hecho nada de malo, fueron obra del diablo, pero con el permiso del Soberano de toda la creación, el Único y Verdadero Dios. (El diablo no es autónomo; él nunca puede hacer nada sin la autorización de Dios).

En su confusión y en su lucha por entender el porqué de su sufrimiento, clamó, reclamó y se comprometió a una audiencia con Dios para presentar su injusto caso. Él tenía la convicción de que Dios lo entendería; por eso es que quería estar “cara a cara” ante Dios para argumentar su sufrida situación.

Dios se manifestó a Job para darle la respuesta que buscaba. Al manifestarse, sin embargo, Dios confrontó a Job con preguntas cuyas respuestas mostraban su grandeza y inmenso poder.

La reacción de Job ante la manifestación personal de Su Creador fue arrepentimiento en polvo y ceniza y humillación ante él y estas palabras de admiración: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti.” (Job 42:2).

Job se rindió ante el todo poder y el todo saber de Dios (que limita al diablo y al mal, aunque permite su obrar y lo aprovecha para el bien de su pueblo). Job aprendió que debía confiar y esperar en Dios aun cuando no entendiese la razón de lo que le aconteció. Dios se agradó de su humilde reacción y, aunque no le explicó el porqué de su dolor, sí restauró su salud, le dio 10 hijos más y le devolvió sus bienes por duplicado.

No siempre vamos a saber el porqué de nuestros sucesos dolorosos; Dios no está obligado a explicarnos todo, todo, todo. Lo que sí vamos a conocer a través del dolor y el sufrimiento, si es que nos mantenemos fieles y si es que nos encomendamos a Dios, es esto: Dios está con nosotros, y nos oye, y “todo lo puede” y “todo lo sabe”. ¡Él sabe todos los porqués y siempre son para nuestro bien, aunque nosotros no los sepamos!

¡Esperemos, confiemos, clamemos, oigamos y conozcamos más y mejor a nuestro Dios durante nuestro sufrimiento incompresible! Amén.  

¡Dios y Padre de Jesucristo, ayúdanos a vivir confiados y seguros en ti aun cuando el diablo nos ataque muy duramente y nos genere sufrimiento que no entendemos! Te pedimos esto en Jesús tu Hijo, amén.

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“¿Has sentido a Dios en tu sufrimiento aunque no entendieras el porqué?”
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La Gran Necesidad: Dios Con Nosotros.

La Gran Necesidad: Dios Con Nosotros.

Nuestra mayor necesidad es la comunión con Dios, la cual perdimos trágicamente en el Edén por causa del pecado de Adán. El mayor mal de aquel día no fue la tierra, sino ser echados de la presencia de Dios.

  • Fuimos creados para el compañerismo: Dios nos diseñó para vivir junto a Él, en una relación continua y eterna.
  • Sin Él, somos: “Huérfanos”, “muertos vivos”, solos, sin ayuda, sin punto de partida, sin camino ni punto de llegada.

La Misión de Emanuel: Dios Viene a Nosotros

Dios no quiso que esta separación fuera permanente. Aunque tuvo que cumplir su palabra al echarnos de su presencia (Génesis 3:22-24), Su objetivo eterno es vivir con nosotros, en nosotros y entre nosotros.

Por eso, Él mismo vino a nosotros:

Jesús de Nazaret es Dios Hijo hecho Hombre.

Cuando el Espíritu Santo engendró a Jesús, se cumplió la bendita promesa:

“He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.” (Mateo 1:23; Isaías 7:14)

La Solución en Jesús

  • Revelación: En Jesús, nosotros vemos y encontramos a Dios. Él es el único que lo revela y expone plenamente.
  • Unión Eterna: Solo Jesús nos une y nos vincula verdadera y eternamente con el Padre.

Todos necesitamos a Dios, y todos podemos restaurar Su compañerismo y amistad ya desde esta vida.

Emanuel, Dios con nosotros, no es solo un título, sino la restauración permanente e inquebrantable de la presencia divina perdida en Edén. (Apocalipsis 21:3).


El Llamado

No te quedes solo en el conocimiento. Dios es tu mayor necesidad; Su voluntad, guía y sostén son indispensables para tu vida en este mundo y en el venidero.

¡En Jesucristo, tú tienes a Dios contigo!

Lo único que tienes que hacer es creer y seguir a Jesús, a quien Él ha enviado. ¡Síguele desde hoy y para siempre! Amén.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. (Juan 1:14).

Jesús no solo vino, él se quedó entre nosotros y en nosotros, y nos trajo a Dios para vivir ya hoy en nosotros por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado. (Efesios 1:13; Romanos 8:9).

¡Cree y sigue ya a Jesucristo de una vez desde hoy y para siempre!

#JesúsTraeADiosYnosUneConÉl

…

Esta nota tiene el formato de Google Gemini.

¡Confiemos en Jehová Dios totalmente!

Todas las personas que viajan en un avión confían que el avión es bueno, eficiente y apropiado para llevarlos a su destino.

Estos viajeros suben a los aviones confiando totalmente sus vidas y su plan de viaje a los pilotos, pues saben y entienden que ellos los conducirán a su destino con toda seguridad.

Todos los viajeros viajan con seguridad y esperanza en los aviones y tienen toda la razón del mundo para hacerlo, pues Google Gemini afirma que “… el medio de transporte moderno más seguro es el avión.”

…

Proverbios 3:5-6 me hizo reflexionar en cuánta gente confía y encomienda totalmente su vida y sus planes a los pilotos y a los aviones. Todos los aeropuertos del mundo son la evidencia empírica irrefutable de la fe de los seres humanos en la industria aeronáutica. (Aun los pasajeros desconfiados y miedosos, y que no se “fían” totalmente de los pilotos y de los aviones, están seguros en los vuelos).

…

Pero Proverbios 3:5-6 no fue escrito para que confiemos en los pilotos y los aviones, sino en Jehová Dios, nuestro Creador y Redentor, el único y verdadero Dios. La exhortación y la orden del escritor de Proverbios es clarísima:

“Fíate de Jehová de todo tu corazón,
Y no te apoyes en tu propia prudencia.

Reconócelo en todos tus caminos,
Y él enderezará tus veredas.”

Tenemos que fiarnos “… de Jehová todo corazón”. Tenemos que hacerlo nosotros mismos, nadie más puede fiarse de Dios por nosotros. Cada uno de nosotros tiene que entregarse a Jehová personalmente. Al fiarnos totalmente de corazón en él, le confiamos toda nuestra vida.

El fiarse en Jehová Dios implica “dejar de apoyarnos en nuestra propia prudencia” y sabiduría. A partir de encomendarnos a Dios, nosotros ya no dirigimos nuestra vida. Nuestra “prudencia”, que “es nuestra sensatez, cautela y buen juicio”, queda de lado. Ahora es la sensatez, cautela y el buen juicio de Dios las que nos gobiernan y conducen.

Cuando nosotros nos entregamos de todo corazón a Jehová Dios y “lo reconocemos en todos nuestros caminos”, nuestra vida queda en sus manos y él se encarga de enderezar entonces nuestras veredas y nuestro andar por ellas.

…

El significado de Proverbios 3:5-6 está ilustrado en la relación entre los pilotos del avión y los pasajeros del mismo. Todos, absolutamente todos los pasajeros dejan de apoyarse en “su” propia prudencia y juicio al viajar en los aviones. En los aviones, todos los pasajeros están en las manos de los pilotos y de su prudencia al viajar en ellos. Los pasajeros quedan en las manos de los pilotos para despegar, para volar y para aterrizar aterrizar el avión. Los pasajeros solamente tienen que subir y seguir confiadamente las instrucciones de los tripulantes del avión.

…

Lo que hacen los pasajeros con los pilotos y el avión al volar tenemos que hacerlo nosotros con Dios y nuestra vida con él.

…

Nuestra vida en este mundo es como un viaje. Tiene un punto de partida, un trayecto y un punto de llegada.

El punto de partida es Dios; con él y por él es que existimos y tenemos vida en este mundo. El trayecto es nuestra vida en este mundo; desde que nacemos hasta que morimos. El punto de llegada es nuestro encuentro con Dios; salimos de él y volvemos a él, ya para vida eterna o ya para condenación eterna.

El destino final ante Dios, ya para vida eterna o ya para condenación eterna, depende de cómo vivimos nuestra vida en este mundo (nuestro trayecto, nuestro viaje).

Si durante esta vida nos fíamos de todo corazón en Dios, y no en nuestra propia prudencia, sino que lo reconocemos en todos nuestros caminos, entonces y solo entonces, vamos a llegar hasta Dios para vivir junto a él por toda la eternidad.

Pero …

Si durante esta vida no nos fíamos de todo corazón en Dios, sino que vivimos según nuestra propia sabiduría y consejo, y no lo reconocemos en todos nuestros caminos, ni dejamos que enderece nuestros pasos, entonces nuestro encuentro con Dios será para condenación perpetua.

…

Dios quiere que vivamos a su lado como sus hijos desde hoy y por toda la eternidad. Dios envió a Jesucristo su Hijo a esta tierra para salvarnos de nuestros pecados y darnos vida eterna. Jesús murió por nuestros pecados y resucitó de los muertos para nuestra justificación. Jesús está vivo y ofrece salvarnos y hacernos hijos de Dios si creemos en él y le seguimos.

Dios en su sabiduría y prudencia eterna ha establecido a Jesús como el único camino para llegar hasta él. Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres. Para llegar a Dios salvíficamente hay creer y seguir a Jesús en forma necesaria e indispensable. No hay otra forma de llegar a Dios.

La fe genuina en Jesucristo en respuesta a lo que Biblia dice de él es la primera evidencia en este tiempo de que nos fiamos de Jehová de todo corazón. Si creemos y seguimos a Jesús de verdad en esta tierra, somos hijos De Dios y Dios vive en nosotros y nos conduce por medio de Su Espíritu Santo. En consecuencia, Dios está en todos nuestros caminos y se asegura de llevarnos hasta él para vida eterna.

Fiémonos de Jehová de todo corazón y empecemos nuestra vida con él creyendo y siguiendo a Jesucristo Su Hijo. ¡Que Dios nos ayude a fiarnos de él de corazón creyendo y siguiendo a Jesucristo! Amén.

Proverbio no calvinista – Dios es nuestro ejemplo: Él no nos pide hacer lo que no hace.

He denominado a Proverbios 3:27-28 como Proverbio no calvinista. ¿Por qué? Porque el Calvinismo enseña que Dios es la voluntad de Dios que una gran cantidad de la humanidad sea condenada. En consecuencia, para estos seres humanos no existe posibilidad alguna de salvación, pues, Jesucristo no murió ni resucitó por ellos.

El proverbio, que denomino no calvinista, que es palabra inspirada por el Espíritu Santo de Dios y que se nos da a nosotros para practicarlo y vivirlo, enseña clara y contundentemente que tenemos que ayudar y hacerle bien a nuestro prójimo necesitado y con muchísima mayor razón si es que tenemos la capacidad para hacerlo. 

La instrucción del proverbio es ineludible: “No te niegues a hacer el bien a quien es debido, Cuando tuvieres poder para hacerlo. No digas a tu prójimo: Anda, y vuelve, Y mañana te daré, Cuando tienes contigo qué darle.” (Proverbios 3:27-28).

Obviamente, la instrucción del proverbio es principalmente para nosotros los seres humanos. Nosotros los seres humanos no debemos negarnos a hacerle el bien a quienes lo necesitan. No podemos nosotros postergarle una ayuda indispensable a quienes la necesitan.

Dios no nos pide a nosotros algo que no podemos hacer. Sus mandatos siempre son posibles de cumplir. En este proverbio, la capacidad de realizar lo que se nos demanda está destacada con estas frases: “cuando tienes poder para hacerlo” y “cuando tienes contigo que darle”.

No es bueno ni es propio de los cristianos evitar la ayuda y el socorro a los necesitados. Y no lo es no por nosotros mismos solamente, sino porque nuestro Dios no es un Dios que se niegue, que se resista, que se prive y que evite socorrer y ayudar a los necesitados.

Dios, el único y verdadero, el Dios de la Biblia, no quiere perder las almas de los hombres, no quiere abandonarlos en su tragedia y desgracia. No, Dios “no decreta” la condenación a los seres humanos.

Este proverbio es una exhortación que un dios que ha predestinado a un sector de seres humanos a la condenación desde antes que ellos pecasen no puede dar. Esta instrucción, es impropia de un dios que no hace nada para evitar la condenación de quienes viven y heredarán condenación. No es posible que un dios que tiene la capacidad y el poder de salvar a los pecadores y no no hace, le ordene a sus hijos que hagan lo que él no hace.

El Dios que escribió este proverbio no es calvinista. El Dios que escribió este proverbio es el primero en hacer aquello que ordena que sus hijos hagan. El Dios de la Biblia siempre es el modelo y el ejemplo de aquello que quiere que sus hijos practiquen.

El Dios de la Biblia “… no se niega a hacerle bien a quien es debido”. El Dios de la Escritura Sagrada no le dice al necesitado de pan “… Anda, y vuelve, y mañana te daré”. El Dios y Padre de Jesucristo, el Señor y Salvador del mundo, siempre actúa en base a su poder y siempre da lo tiene que dar.

Este proverbio llamó mi atención hace unos días atrás. Ese día me estuvieron hablando de la doble predestinación calvinista. El proverbio me hizo ver que Dios no es calvinista. ¡Claro que no!

El dios calvinista se “niega” a hacerle bien a quien es debido -a quien lo necesita-, aunque tiene poder para hacerlo”. El Dios de la Biblia, en cambio, está dispuesto para hacerle bien a todos y le ordena a sus hijos que hagan eso mismo. Esa es la razón por la que denominé a Proverbios 3:27-28 como un “proverbio no calvinista”.

¡Qué Dios nos ayude a vivir y a hacer conforme a Su ejemplo y a lo que nos dice en Su Palabra, la Biblia! Amén.

¡Agradar y complacer a Dios no es tan complicado!

A Dios se le puede agradar y satisfacer fácilmente.

Complacer a nuestro Creador y Redentor no es tan complicado.

La voluntad de Dios, lo que él quiere, está expresada con claridad en su palabra escrita. Y ahora, con Jesucristo Su Hijo, El Espíritu Santo en nosotros y Su Palabra escrita, la Biblia, sus demandas nos son asequibles y ligeras.

Complacer, agradar y contentar a Dios, según Miqueas 6:8, no es tan complicado ni tan engorroso. Dios no nos pide demasiadas cosas ni nada que nos sea imposible de realizar. Sus deseos y sus mandatos, que no son muchos ni tan complejos, están al alcance de nuestra voluntad.

Dios no quiere grandes sacrificios ni nos hace peticiones que nos sean gravosas e imposibles de ejecutar (Miqueas 6:6-7).

No nos pide todos nuestros bienes ni nuestros productos, ya pocos o ya muchos.

No nos pide ahora que sacrifiquemos nuestros animales para que esté contento con nosotros.

No está interesado en que le entreguemos a nuestros hijos en holocausto por causa de nuestros pecados.

¡A Dios no lo compramos con lo más preciado que poseamos! Arrancarle aprobación a Dios no es tan intrincado. La complicación siempre ha estado, está y estará en nosotros pecadores; nunca en él. Él no pide mucho de nosotros.

Dios sabe que nosotros complicamos lo que es sencillo y por eso que se esmera en facilitarnos las cosas.

Dios, por tanto, ha declarado lo que es bueno y sus demandas a nosotros están clarísimas. Agradarle, en consecuencia, sí es posible. Mucho más si es que nosotros creemos y seguimos a Jesucristo Su Hijo y tenemos en nuestro ser Su Espíritu, El Espíritu Santo.

Miqueas 6:8 es un texto clave y sencillo para demostrar que Dios no nos pide demasiadas ni tampoco cosas imposibles. Obviamente, lo único que Dios quiere de nosotros es lo bueno y eso lo ha declarado clara y contundentemente.

El texto de Miqueas nos presenta tres acciones nobles a realizar para agradar a Dios. Dos de la acciones están relacionadas con nuestro prójimo, con la gente que nos rodea y con la gente con la que nos relacionamos. La tercera acción está relacionada exclusivamente para con Dios.

Tanto las demandas relacionadas con los seres humanos como la relacionada con Dios están íntimamente relacionadas y son interdependientes entre sí. Ante Dios, no hay la una sin las otras, y viceversa.

Veámoslas:

1. Hacer justicia.

Dios quiere que hagamos justicia. Hacer justicia es lo mismo que hacer lo bueno, lo justo, lo recto, lo honesto a todos las personas que nos rodean. Nuestra conducta y nuestras obras para con nuestro prójimo y nuestros semejantes tienen que ser dignas y apropiadas.

Dios quiere que nosotros seamos justos en nuestra manera de ser y que esa nuestra justicia sea visible en nuestras buenas obras, que él ha preparado para que nosotros los cristianos andemos en ella. Nosotros no debemos ser conocidos por obrar con injusticia, sino por hacer obras buenas y justas.

2. Amar misericordia.

Dios espera de nosotros bondad, gracia y buena voluntad para con quienes nos rodean. Nosotros no estamos llamados ni a desear ni a hacer mal a nadie.

Nosotros nos compadecemos por los sufrimientos y los males que le acontecen a nuestro prójimo. Ese nuestro “amar misericordia” nos impulsa a socorrer y a levantar al caído.

Darle apoyo, consuelo y soporte concreto a los desvalidos y a los atribulados es esencial para agradar a Dios. Nosotros tenemos que ser buenos y bondadosos.

Nosotros estamos aquí para mostrarle a nuestros semejantes que Dios es bueno. Quienes nos rodean tienen que ver la bondad de Dios en nosotros y en la forma en que nosotros tratamos a quienes se relacionan con nosotros.

3. Humillarnos ante Dios.

Dios quiere que vivamos humillados ante él. Y claro que sí tenemos que vivir constantemente humillados y reverentes ante nuestro Dios.

Él es tan gran grande, tan bueno, tan maravilloso y tan todo, que … solamente la postración humilde y agradecida ante Dios en Jesucristo Su Hijo es la manera correcta de vivir.

Conducirnos y obrar sumisos, rendidos, reverentes y obedientes a Dios siempre es la manera correcta y adecuada de cautivarle y agradarle. Alegremos el corazón de nuestro Hacedor viviendo humillados ante él de corazón, hijos de Dios.

Las tres demandas de Dios son diáfanas, transparentes, claramente visibles.

Propongámonos darle alegría a Dios haciendo lo que él nos pide.

Hagámoslo de todo corazón.

Es justo y correcto que lo hagamos sincera y genuinamente.

Es coherente, racional e inteligente hacer lo que Dios pide.

Todos los seres humanos tenemos que vivir agradando a Dios y los cristianos muchísimo más.

Dios nos ha salvado por medio de Jesucristo Su Hijo y nos ha dado su Espíritu Santo para motivarnos y movernos hacia amarle y deleitarle.

¡Hagámosle el bien a nuestros semejantes y cumplamos así la petición que Dios nos hace!

¡Nunca permitamos que nuestro alma se eleve soberbiamente ni delante de los hombres y muchísimo menos delante Dios!

¡Reconozcamos la grandeza y la inmensidad de Dios y obedezcámosle y sirvámosle humildemente ahora y por la eternidad! Amén y amén.

 

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¡Admiremos y alabemos a Dios por su interés especial por los seres humanos!

Nuestra sentidos siempre tienen que estar alertas para experimentar a Dios en sus obras; para maravillarnos, alabarle, adorarle, temerle y glorificarle.

La obra más impresionante y por la que Dios gana todo nuestro ser y todo lo que tenemos, desde luego, es su obra se salvación de nuestros pecados y de nuestra condenación por medio de Jesucristo Su Hijo. No hay obra más persuasiva, seductora y convincente que esa para nosotros que creemos y seguimos a Jesucristo desde que lo conocimos por medio de su evangelio.

Pero todas las demás, como la creación, el cuidado providencial del universo y, en especial, su enfoque en el bienestar de nosotros los seres humanos, son sorprendente e impresionantemente admirables. ¡Todos nosotros, sin excepción, somos objeto del amor de Dios y todo lo que hace a nuestro favor desde que existimos es la evidencia ineludible de ello!

El salmista estaba impresionado por cómo Dios se interesaba y privilegiada al ser humano. Dios tiene a los ángeles y al universo entero, que son mucho más hermosos, inmensos y superiores, pero le presta atención y distingue al ser humano, que es infinitamente pequeño y, tengo que escribirlo, el que más problemas y dolor y decepción le causa.

La perplejidad del salmista es también la mía.

Mi asombro y mi admiración por cómo Dios nos trata a nosotros los seres humanos afloró mientras estaba en el vuelo de la fotografía en el que he colocado el texto del Salmo 8:3-4. Desde el avión pude contemplar la inmensidad y la belleza silenciosa de los cielos y el resplandor saludable y memorable del sol que estaba en su ocaso.

Nosotros los seres humanos no tenemos excusa ante Dios.

No amarle, no obedecerle y no servirle no es una buena decisión. No alabarle, no adorarle, no temerle y no creerle ante tanta evidencia y grandeza nos pasará factura cuando nos presentemos y nos paremos ante él al terminar el mundo presente. ¿Qué le podremos decir que nos disculpe y nos justifique si es que no le hemos buscado ni agradado por medio de Jesucristo Su Hijo mientras estuvimos en esta tierra?

No hay nada, absolutamente nada que podamos argüir en nuestra defensa.

Solo el silencio terrorífico y avergonzado nos acompañará en ese supremo y temible instante.

Tal enmudecimiento convicto y culpable será mucho más atroz y sobrecogedor si es que hemos oído de Jesucristo y su salvación y lo hemos rechazado por el motivo que sea mientras Dios nos dio vida.

Pero no tiene que ser así.

Dios tiene amor e interés en cada uno de nosotros.

Dios nos buscó, nos busca y nos sigue buscando cada día y estar vivos es la evidencia concreta.

Dios dio a Jesucristo y lo sacrificó en la cruz del Calvario para que nosotros seamos salvos. Nosotros no podíamos obrar esa bendita salvación. Dios por amor sacrificó a Su Hijo en nuestro lugar (Romanos 5:6-8). La salvación nuestra está cerca, muy cerca de nosotros.

Ahora es el tiempo de creer y de seguir a Jesucristo. ¡Hagámoslo! ¡No demoremos más!

Nosotros los seres humanos somos privilegiados y distinguidos por Dios.

Solamente tenemos que tener los ojos abiertos por la fe para mirar a nuestro alrededor y verlo.

De tanta belleza y grandeza que Dios ha creado y tiene para cuidar, contemplar y deleitarse; nos prefiere a nosotros, y nos ama, busca, cuida y atiende diligentemente. Nosotros le importamos y mucho. ¡Qué bendecidos y aventajados que somos los seres humanos!

¡Creamos, obedezcamos, sirvamos, alabemos, … y glorifiquemos a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo todos los días de nuestra vida!

¡Este universo temporal que ya pronto será transformado en el universo eterno en el que moraremos con Dios por siempre tiene que ser testigo de nuestra fe y de nuestro amor a Dios por medio de Jesucristo Su Hijo! Amén.

 

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