La muerte reina en esta tierra.
No me gusta la muerte.
Me aflige la muerte y sus efectos.
Tampoco me gusta ver la agonía, ni cuando empieza ni cuando está finalizando.
Asimismo, no me gusta ser testigo del dolor de nadie por causa de la agonía y de la muerte.
Empero, no puedo esquivar a la muerte. Siempre hay alguien en agonía. No falta en todo momento un ser humano que no esté muriendo. Tampoco faltan seres humanos que estén sufriendo por la agonía y la muerte de un ser querido.
La Biblia expone clara y crudamente todo lo que tiene que ver con la muerte.
Al respecto de la muerte, este párrafo de la Biblia que transcribo dice: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan. (Hebreos 9:27-28).
Es clarísimo en esta escritura que no podemos eludir ni evitar la muerte de nadie. Tampoco vamos a esquivar ni impedir nuestra propia muerte.
“La muerte está establecida”. La muerte física ocurrirá sí o sí “una sola vez”. Dios lo determinó así, pero no porque fue su plan inicial, sino porque Adán, nuestro padre desobedeció y pecó, y nosotros también en él. (Romanos 5:12).
Pero la muerte, siendo lo terrible que es, no es lo más terrible que está establecido para nosotros los seres humanos. Lo más terrorífico y amedrentador que nos espera luego de ella es el juicio, no el del hombre, sino el de Dios, nuestro Creador, Sustentador y Redentor, y también nuestro Juez.
Son muchos los que piensan que la muerte es el final, el descanso, el dejar de sufrir. La Biblia, empero, no confirma ese pensamiento. La Biblia presenta al juicio de Dios como lo que sigue le sigue a la muerte. Sus palabras son clarísimas: “… y después de esto el juicio.”
Me causan pavor los juicios, y el juicio de Dios mucho más. Exponer mis actos, mis pensamientos y mis motivaciones externas e internas ante Dios no es algo que quiero hacer. Mi pecaminosidad e imperfección han untado todo lo que vivo. Será espantoso y vergonzoso estar de pie ante Dios en el juicio.
La muerte y el juicio de Dios me espantan porque soy pecador y porque el serlo me es inevitable. No me malentiendan, he luchado, lucho y lucharé para no pecar contra Dios. Lo que quiero decir con mi declaración es que el pecado en una fuerza que no podemos derrotar por nosotros mismos.
Ser pecador no es algo de lo que me vanaglorio. No he disfrutado, no disfruto y no disfrutaré, en última instancia, ni ser pecador ni pecar contra Dios. La condición de pecador en un hecho trágico para mí. Todos los males de mi vida son consecuencia de mi pecaminosidad.
Empero, el párrafo de Hebreos 9:27-28, nos da esperanza. En ese bendito párrafo se habla de Cristo, el Hijo de Dios que vino a este mundo por mandato de Dios, no para condenarlo, sino para salvarlo (Juan 3:16-18). Jesucristo fue introducido a este mundo con muchísima alegría porque es el Salvador de mundo (Lucas 2:8-14).
Jesucristo es el remedio de Dios para la condenación del pecado, la muerte y el juicio final suyo. El párrafo presenta a nuestro Señor y Salvador en sus dos cruciales venidas: la primera y la segunda.
En su primera venida, Jesús vino a la tierra para salvar a los pecadores. Él mismo dijo que había venido para llamar a los pecadores al arrepentimiento y para dar su vida en rescate por muchos. En su venida primera el murió por nosotros pecadores. Este sacrificio por los pecadores lo realizó “una sola vez” para siempre. Dios Padre lo determinó así. Está escrito: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5:8). Luego de morir por los pecadores, Jesús resucitó de entre los muertos al tercer día, y fue visto por sus discípulos, y ascendido a los cielos, de donde vendrá por segunda vez.
En su segunda venida, de acuerdo al párrafo de Hebreos 9:27-28, Jesús vendrá “sin relación con el pecado” y será así porque ya pagó por él. Su segunda venida tiene el objetivo de “… salvar a los que le esperan.” Esto implica que hay esperanza para todos cuántos creemos en Jesucristo y le seguimos.
Empecé mi escrito afirmando que no me gusta ver la muerte, ni la agonía, ni la aflicción. Nuestro mundo está impregnado y rodeado de esa cosas, que son endémicas y que nos acompañan por dondequiera que vamos. No las podemos esquivar, ni evitar.
Llegará un día, sin embargo, en el que la muerte, la agonía y la aflicción, serán extirpadas de nuestras vidas y de este universo creado por Dios. Ese día será un gran día. Ese día será el fin del mundo presente y el inicio de la eternidad.
Ese bendito día llegará y será Jesús, Dios hecho Hombre, quien lo traerá y e iniciará.
La fe en Jesús en conformidad con la Biblia me da esperanza y ánimo para enfrentar el dolor, la agonía y la muerte.
¡Qué Dios nos ayude a creer en Jesucristo Su Hijo en base a su palabra escrita, la Biblia!
¡Qué Dios nos dé ánimo con sus promesas de vida y gozo eterno para estar listos para enfrentarnos al dolor, la agonía y la muerte!
¡Qué Dios nos ayude a los cristianos a darle esperanza y ayuda con el evangelio de Jesucristo a todo aquel que está pasando por el dolor, la agonía y la muerte!
¡Anhelemos y preparémonos para vivir eternamente en el mundo nuevo que traerá Jesucristo y en el que el pecado y la muerte ya no reinarán más!
Amén y amén.
