¡El desgaste mortal de la vida humana!

La vida está acompañada de la muerte. Desde que empezamos a vivir; empezamos también a morir. Al principio, y en todo ser humano promedio, la vida es rebosante, creciente, dinámica, fuerte, ágil, productiva, alerta, etc. Esto es así hasta un momento, hasta un climax, a partir del cual comienza el declive, el decaimiento, el envejecimiento, … el desgaste.

Entonces, una vez pasada el climax y la cumbre de la vida, ésta empieza a ser disminuida, debilitada y apocada por la muerte, que es la que empieza a manifestarse, y la que empieza a carcomer y a desgastar poquito a poquito a cada uno de nuestros órganos y miembros.

Como consecuencia de este desgaste y decaimiento, todos nosotros empezamos a perder la fuerza, la movilidad, la agilidad, la productividad, etc. Todo empieza a sernos mucho más trabajoso, duro y doloroso. Nuestros sentidos empiezan a ser cada vez más y más débiles y poco eficientes. Entonces, los males y las enfermedades, que antes eran contrarrestadas y vencidas por la fuerza de la rebosante y creciente vida, empiezan a ser constantes y cada vez más y más difíciles de curar y de derrotar.

La vida se va apagando porque la muerte va tomando control de todo el ser. Esto es así para el promedio de todos los hombres (porque en algunos, la muerte toma control y los mata en la plenitud de la vida). Este proceso mortal es irreversible e imparable. Una vez que empieza, ya no tiene vuelta atrás. A lo mucho, lo que puede hacerse con este proceso (y se ha hecho y seguro que se seguirá haciendo) en el que la vida es absorbida por la muerte, es retardarla, palearla y hasta hacerla indolora, pero no evitarla ni interrumpirla.

Me causa dolor, tristeza e impotencia el proceso de desgaste irreversible de la muerte de un ser humano. No porque yo mismo la esté viviendo ahora en la dimensión que describo, sino porque la he visto en otros, antes; y porque la estoy viendo ahora mismo, irreversible, imparable y rápida en gente a la que amo y que es muy cercana a mí.

No me gusta lo que entiendo y veo sobre este proceso mortal de la vida humana. Seguro que me gustará menos cuando yo mismo tenga que experimentarlo en carne propia, si es que así lo dispone Dios. (Dios evitó este proceso con Enoc y Elías, y lo evitará también en aquellos que estén vivos cuando Jesucristo venga por su iglesia).

Empero, mi entendimiento de este proceso mortal de desgaste y envejecimiento, no es desesperanzado, porque soy creyente en Jesucristo, y en la Biblia, que es la Palabra de Dios, y que tiene la exposición veraz sobre esta cuestión humana, que es endémica y que nos acompaña en todo nuestro corto peregrinaje en este mundo. La Biblia hace claro que en todo este proceso de vida mortal moribunda, los seguidores de Jesucristo somos suyos, tanto si vivimos como si morimos. (Romanos 14:8).

Escribo esta nota adolorido y triste, pero con esperanza, y con ánimo. Y es que la fe genuina en Dios, que está basada en la Biblia, es así, alentadora, esperanzadora, optimista y gozosa.

Y es que si uno a creído verdaderamente en Jesucristo, y se ha hecho su discípulo, su seguidor, tiene en su ser, que está muriendo por este proceso mortal irreversible, al hombre interior, al hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y la santidad de la verdad (Efesios 4:23); el cual, según 1 Corintios 4:16, “se va renueva de día en día.”

La vida mortal que tenemos en este mundo, es temporal, efímera y breve. Esta vida va a acabar; vamos a morir. Pero, y me gusta este pero, cuando “este hombre exterior se desgaste” completamente y muera; “el hombre interior”, “el nuevo hombre creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”, se expresará, … rebosante, glorioso, gozoso y eterno.

Tenemos que mirar, experimentar e interpretar esta vida mortal moribunda en base a nuestra fe en Cristo Jesús, nuestro Señor. Él no nos ha dejado a oscuras respecto a este endémico proceso de vida mortal. Él mismo declaró: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:25-26).

La mujer que escuchó a Jesús respondió a su declaración y a su pregunta con una convicción y una certeza que es propia de la verdadera fe, que es la que Dios quiere que tengamos. Ella dijo: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a mundo” (Juan 11:27).

Yo también creo en Jesús. Como creo en él, miró el proceso de desgaste, de marchitación y de envejecimiento mortal de la vida presente, tanto de aquellos a quienes amo como el mío propio, no como finales y definitivos, sino como el alumbramiento del “hombre interior”, que saldrá y emergerá libre de las limitaciones, del desgaste, de la marchitación, del envejecimiento, de la corrupción y de la mortalidad, para vivir plena e inmortalmente por toda la eternidad.

Amén y amén.

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