Los cristianos estamos llamados a orar por nuestras autoridades; hagámoslo. Se nos llama a someternos a quienes nos gobiernan; hagámoslo… sí y solamente sí, no nos piden que vayamos en contra de Dios y de su palabra. Se nos ordena pagarle los tributos; también hay que hacerlo, hasta donde podamos aunque, ciertamente, quienes hoy gobiernan, cobran por todo y, lo que es peor, para (por lo menos en Perú) despilfarrarlo, o robarlo, o invertirlo ineficientemente.
Empero, lo que nunca debemos hacer es confiar y confiar en nuestras autoridades, ni en las autoridades de los otros países, y menos en las autoridades de las potencias mundiales. No debemos confiar supremamente en ninguna autoridad de este mundo. El escritor del salmo 146 nos exhorta a no confiar en las autoridades ni en los hombres con la siguiente declaración: “No confíes en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación. Pues sale su aliento, y vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos” (Salmo 146:3-4).
Para sustentar su petición, el salmista no se basa en la pecaminosidad y la falta de veracidad de los príncipes de este mundo y de todos los hombres, las cuales son suficientes para no confiar en ellos. No confiemos en las intenciones, en las palabras, en las disposiciones y menos en las acciones de quienes nos gobiernan. El salmista sustenta su petición en hechos indubitables que son propios de todos los seres humanos: 1) Las autoridades y los hombres no pueden salvar y es imposible encontrar salvación en ellos. 2) Las autoridades y los hombres no tienen el control del universo ni de las circunstancias en las que están inmersos, aunque ellos “crean” que sí lo tienen. 3) Las autoridades y los hombres son débiles y transitorios. No tienen ni la fuerza ni la durabilidad necesaria para darnos el socorro que necesitamos. 4) Las autoridades y los hombres tienen ideas y pensamientos que son débiles y pasajeros y tan efímeros como ellos. Por tanto, confiar nuestra vida y ponernos en manos de las autoridades y de los hombres es incierto e inseguro, y muy, pero muy peligroso.
Las autoridades pueden tener muy buenas intenciones. Lo cual, por cierto, muchísimas veces, tristemente, no es así, pues se mueven en función de sus propios intereses, no el de los gobernados. Empero, asumamos que siempre quieren hacer lo mejor en bien de los ciudadanos y que siempre nos dicen la verdad. Aún así, su capacidad para socorrernos y para ayudarnos no está en ellos, pues solamente son hombres imperfectos, y débiles, y muy limitados.
Aparte de lo ya dicho, los cristianos debemos recordar que son las autoridades de las naciones (con muy pocas excepciones en la historia) las que conducen a los pueblos a alejarse de Dios e ir en contra de él y su bendita voluntad. Esto es así y la Biblia tiene el registro que respalda esta verdad. Por ejemplo, la muerte de Cristo fue determinada, en el ámbito de humano visible, por una alianza entre las autoridades de aquellos días (Véase el Salmo 2 y también Hechos 4:24-28). También, tanto la batalla de Armagedón (Apocalipsis 16:12-16; 19:11-21) como la batalla de Gog y Magog (Apocalipsis 20:7-10), que son batallas contra Dios y Jesucristo, para impedir que asuman Su reino y lo establezcan eternamente, serán impulsadas y dirigidas por las autoridades de las naciones (Con la asesoría y la manipulación de Satanás, desde luego).
En vez de confiar en las autoridades, tenemos que confiar en Jehová, nuestro Dios. Confiemos en Dios y busquemos su ayuda. En Dios debe estar nuestra esperanza. Nadie más que él es soberano y todo suficiente en cualquier situación. Solamente él es confiable. Solamente él tiene el poder, la veracidad y la motivación justa y pura para darnos ayuda adecuada, suficiente y precisa.
Jehová nuestro Dios hace justicia a los agraviados. Jehová nuestro Dios da pan a los hambrientos. Jehová nuestro Dios liberta a los cautivos. Jehová nuestro Dios abre los ojos a los ciegos. Jehová Dios levanta a los caídos.
Jehová nuestro Dios se preocupa, se interesa y ayuda a aquellos que más lo necesitan. Jehová ama a los justos. Jehová guarda a los extranjeros. Jehová sostiene al huérfano y a la viuda. También, Jehová trastorna el camino de los impíos; es bueno que lo haga, para que los que roban y hacen mal no queden impunes.
En el contexto tan dramático que estamos viviendo; confiemos en Jehová Dios, no en nuestras autoridades. Miremos a Dios y a nuestro Señor Jesucristo antes que a los hombres. El socorro viene de nuestro Dios. La sabiduría y las fuerzas vienen de arriba, del trono de Dios, quien por su misericordia y su gracia, nos oye y acude a socorrernos.
El corona virus o el virus chino está haciendo estragos en todos los países. Hay muchos muertos y habrán más. Son muchos los que hoy están sufriendo esta enfermedad en carne propia y son todos los seres humanos los que padecen sus consecuencias, aun cuando no todos estén enfermos. La iglesia de Jesucristo, que es Su Cuerpo, en tanto humana y presente en este mundo, no está exenta ni ilesa de este virus y sus consecuencias. Empero, por causa de Dios y de Jesucristo Su Hijo, hoy más que nunca, nuestro testimonio y nuestra fe tienen que ser muy visibles.
Estamos sometidos a las autoridades humanas y a sus disposiciones al asumir esta pandemia; pero no confiemos en ellas, sino en Dios, porque es él en última instancia el soberano y el único que puede darnos ayuda y socorro oportuno. Solamente en él podemos confiar supremamente. Solo a él podemos darle nuestra vida entera sin ninguna decepción ni lamento.
Reposemos confiadamente en Dios. Al hacerlo, alabémosle y cantémosle, ahora y durante toda nuestra vida. Nuestro Dios es el Rey. Él nunca ha dejado ni dejará de reinar. Puede parecer que no está, pero no es así. Él está presente y muy atento a lo que está ocurriendo. Nada sucede en este mundo sin su autorización y sin los límites necesarios. Dios nunca le da a sus hijos y a la humanidad en su totalidad más de lo que ellos pueden sobrellevar.
¡Alabado sea Dios por siempre y siempre! ¡Siempre, siempre es seguro confiar y confiar en él y solamente en él! ¡La bienaventuranza y la dicha de los hijos de Dios está en confiar y poner toda su esperanza en Jehová Dios y en Su Hijo Jesucristo, quien se dio a sí mismo en rescate por todos! Amén y amén.




