Adán, el trabajo, y nosotros.

“Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrase y lo guardase” (Génesis 2.15).

Dios ha hecho especial al ser humano. Su trato para con él lo evidencia. En este texto, por ejemplo, Dios coloca a Adán en el huerto de Edén. El huerto era un paraíso: tenía todo que lo es vital. Dios lo colocó allí y le dio un trabajo. Ese trabajo  evidencia lo especial que él es.

El trabajo y el hombre está unidos inseparablemente. Nuestra existencia está asociada al trabajo. Dios nos hizo trabajadores, nos dio trabajo, y quiere que trabajemos. Las palabras “guardase” y “labrase” especifican nuestro trabajo primigenio en la tierra,

Se nos encomendó trabajar “labrando” la tierra (Génesis 2.5). Este trabajo empezó en el huerto en Edén (Génesis 2.15). El huerto era el modelo de cómo debía hacer el hombre en toda la tierra. Nuestro trabajo era hacer de la tierra un huerto como el que él hizo para nosotros.

“Labrar” tiene que ver con “preparar, acomodar, sembrar, regar, cultivar y trabajar la tierra para que produzca.” “Guardar” tiene que ver con “vigilar, cuidar, proteger, custodiar, defender, preservar”. Tanto “labrar” como “guardar” enmarcan y definen el trabajo de Adán en el huerto. Adán debía lograr que el huerto siempre fuese productivo y bello.

Desde el tercer día de la creación y hasta el momento en el que Adán y Eva fueron creados, toda la tierra era “muy posiblemente” una jungla, una selva (Génesis 1.11-13; 2.4-7). Dios dio a Adán y Eva el trabajo de convertir esa “jungla” en un huerto.

Adán empezó su trabajo de “labrar” y “guardar” el huerto. El relato bíblico testifica que él puso nombre a los animales (Génesis 2.19-20). Lo imagino disfrutando ese su trabajo. Tristemente, él disfrutó su trabajo por breve tiempo.

Su desobediencia trastocó todo.

Su pecado le afectó a él y a su trabajo.

Fuera del huerto, su trabajo no fue igual.

Su caída afectó a toda su descendencia y nosotros lo somos.

Es por eso que para muchos el trabajo es “un mal necesario”.

Los cristianos debemos lograr un cambio en la sociedad con respecto al trabajo. Nuestra fe y nuestra forma de trabajar deben impactar a quienes nos rodean.

El trabajo es la expresión de la capacidad creativa del hombre y la evidencia crucial de la imagen y semejanza de Dios en él. Dios trabaja y Jesús, Su Hijo, también lo hace. Jesús dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5.17).

La capacidad, la oportunidad y el deber de trabajar son un privilegio que Dios nos ha concedido.

¡Disfrutemos trabajando para la gloria de Dios por más pesado y duro que sea el trabajo que nos toca realizar!

Amén.

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