Mi segundo hijo me sorprendió con una pregunta. Me dijo: “El miedo es lo que nos hace humanos. ¿Qué piensas de esta declaración.” Su pregunta me hizo pensar. ¿Los seres humanos tenemos miedo? ¡Claro que tenemos miedo! A unos les da miedo una cosa; a otros, otra. ¿Es verdad, entonces, que el miedo es lo que nos hace humanos?
La pregunta de mi hijo me llevó a la Biblia, porque para mí, ella es palabra de Dios y, por tanto, la fuente de autoridad para todo asunto de la vida del hombre y del universo en que habita. Al ir a la Biblia, encontré que el miedo sí está asociado con el ser humano.
Adán y Eva fueron los primeros en experimentar miedo.
El miedo es una emoción y una sensación horrible. Cualquier diccionario resume al miedo como una “sensación de angustia provocada por peligro real o imaginario.” Su sinónimos exponen lo terrible del miedo: “recelo”, “temor”, “espanto”, “terror”, “pavor”, “pánico”.
Adán y Eva tuvieron recelo, temor, espanto, terror, pavor, pánico. Su miedo les hizo enconderse. ¡Fueron los primeros en experimentar esta horrible sensación!
El miedo de Adán y Eva fue a Dios. Le tuvieron pavor y se escondieron de él. No quisieron que los viese “desnudos”. No quisieron estar a su lado… Antes no habían tenido ese terror ni ese pánico de Dios. Antes escuchaban a Dios y no tenían ni espanto y ni recelo. ¿Qué pasó?
El relato bíblico lo dice. Ellos desobedecieron a Dios, fueron en contra de su mandato. Ellos obedecieron a otro antes que a Dios. Obedecieron a la serpiente, que es identificado como el diablo y satanás (Apocalipsis 12:9).
Adán y Eva no experimentaron miedo previo a su desobediencia a Dios por el engaño del diablo. Su miedo, esa sensación horrible que turbó sus vidas, no fue parte de su ser original, sino una consecuencia, un resultado de desobedecer a Dios y de hacerle caso al diablo.
“El miedo es lo que nos hace humanos” es una afirmación inexacta. El miedo no nos hace humanos. Fuimos creados sin experimentar miedo. Vivimos un corto lapso de nuestra vida sin miedo. Disfrutamos de Dios, de nosotros mismos, de las otras criaturas y de todo lo existente sin miedo alguno. El miedo llegó a nosotros como una consecuencia de la desobediencia.
El miedo, entonces, está asociado con nosotros como una evidencia de que somos seres humanos pecadores. El miedo es una expresión de estar alejados de Dios y de haber perdido nuestra comunión con él. El miedo está con nosotros porque hemos caído en desgracia. Pablo lo expresa con contundencia: “Por cuando todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
Es por eso que no existe ningún ser humano sin miedo. ¡Todos tenemos miedo! ¡Tenemos miedo casi a todo!
Algunos tienen miedo a los perros, a los gatos, a las ratas, a las serpientes, … hasta a los ratones. Otros tienen miedo al futuro, al fracaso, a la soledad, a la pérdida de control, a la pérdida de empleo, etc. Y la mayoría, por no decir, todos, tiene miedo a accidentes, a enfermedades… ¡a la muerte!
El miedo es propio de los seres humanos pecadores y está siempre presente en nuestras vidas.
Pero el miedo tiene su lado bueno, aunque es horrible y nos hace pasar vergüenza. El miedo nos ayuda a ser cautos, precavidos, cuidadosos. El miedo nos ayuda a “huir” de peligros y a no “meternos” en tantos problemas.
Pero, tristemente, hay un pero terrible con respecto al miedo que experimentamos los seres humanos. Tenemos miedo a casi todo, pero hay un miedo que se está perdiendo, y que se ha perdido, y que ya casi no existe en muchos humanos. Es el miedo primigenio, el primer miedo que existió, el miedo de Adán y Eva: el miedo a Dios.
Adán y Eva tuvieron miedo de Dios. Habían pecado; habían desobedecido; Habían sido desleales; habían traicionado a Dios, Su Creador bondadoso. Eso les hizo tener miedo de él y por eso se escondieron y no quisieron estar en su delante.
Adán y Eva tuvieron pavor a Dios por su condición caída.
Los hombres y mujeres de hoy están en la misma condición de Adán y Eva. Son pecadores y ofenden a Dios. Están caídos. Están destituidos de la gloria de Dios. Pero, a diferencia de Adán y Eva, no tiene miedo, no le tienen pavor.
Son muchos los que no honran y no agradecen a Dios, pero no tienen pánico. Viven cómo si no Dios existiese y como si nunca fuesen a pararse delante de Dios para darle cuenta por cómo se relacionaron con él mientras estuvieron vivos.
El miedo está con nosotros y es nuestro compañero constante. Pero ningún miedo es tan crucial como el miedo que experimentaron Adán y Eva. El miedo a Dios es el miedo indispensable. Y es indispensable porque refleja que sabemos que hemos pecado, y que merecemos el justo juicio de Dios, y que no tenemos excusa ante él, y que estamos en sus manos para lo que él determine.
Adán y Eva tuvieron miedo a Dios y eso hizo que Dios se conmoviese, los buscase y los llamase. Dios se acercó a ellos con misericordia y los trató con benevolencia. No los destruyó. No determinó su exterminio. Evitó la perpetuidad de su condición y les abrió camino para su redención.
Yo he tenido ese miedo a Dios y por eso me acerqué a él cuando fui joven. Yo tengo miedo a Dios y por eso es que me arrepiento a él cuando peco y le desagrado. Yo tengo miedo a Dios y es por eso que evito ofenderle y desagradarle lo más que puedo.
El miedo del pecador es horrible. La sensación de pavor por haber ofendido a Dios es espantosa. He experimentado el espanto y el terror por ser pecador. Pero ese espanto y ese terror son positivos porque nos colocan en la situación oportuna para que podamos experimentar la misericordia, la gracia y la buena voluntad de Dios.
Dios socorre al que tiene miedo de él debido a su condición pecaminosa. El profeta Isaías escribió: “Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.” (Isaías 66:2).
El ser humano pecador que tiembla de miedo ante la presencia de Jehová Dios y su voz porque es consciente de su condenación es el que Dios salvará. Dios mostrará su compasión, su misericordia, su gracia y su favor al ser humano pecador que le tiene terror a causa de su pecado.
Dios no quiere condenar; él quiere salvar. Es por eso que envío a Jesucristo a la tierra. Jesucristo murió por nosotros pecadores. Jesucristo resucitó de entre los muertos y vive para siempre. Jesucristo da perdón y vida eterna a aquel que cree en él y le sigue. La persona que cree en Jesús y le sigue tiene comunión y paz con Dios. Él que sigue a Jesús ya no tiene miedo de Dios, ni de su juicio, ni de su condenación.
El que sigue a Jesús es hecho hijo de Dios. Es coheredero juntamente con Cristo. El cree en Jesús ha dejado atrás el miedo primigenio. Ahora se acerca a Dios confiadamente y vive así toda su vida en esta tierra. El cree en Jesús sabe que vive con Dios y que al morir irá con Dios y ya no le tiene miedo y ya no se esconde de él.
El que sigue a Jesús tiene todavía sus miedos, que son terribles, pero el miedo original, el miedo del pecador sentenciado no redimido ya no está en su vida. Jesucristo lo ha vestido de justicia y santidad y ya no tiene porqué esconderse de Dios.
¡Gracias a Dios por Jesucristo, Su Hijo, quien nos quita el miedo a Dios por ser pecadores y quien nos cubre consigo mismo para vivir libre y gozosamente con Dios por toda la eternidad!
Amén y amén.
